...me senté en mi vieja silla de madera y vertí en mi jarra el agua fresca que manaba de Sevilla...
jueves, 22 de octubre de 2009
lunes, 19 de octubre de 2009
Resaca
Another party's over...
A pesar de todo, es un día maravilloso
viernes, 2 de octubre de 2009
Inglourious Basterds
- Porque Quentin Tarantino consigue actualizarse sin dejar de ser él.
- Porque cuando terminas de ver la película, tienes ganas de volverla a ver.
- Porque la versión original (que por cierto recomiendo fervientemente) demuestra la grandísima riqueza que alcanza un tremendo elenco de actores internacionales, cada uno hablando en su lengua.
- Porque Brad Pitt hace un papel genial y exquisito, pero un desconocido Christoph Waltz le supera.
- Porque puede ser la película menos sangrienta de Tarantino, pero su huella y mano está presente a lo largo de toda la cinta. Vuelves a montarte en una montaña rusa de sensaciones.
- Porque tiene una banda sonora impresionante, con guiños al western (a los que estamos acostumbrados con Tarantino), el gran Ennio Morricone y detalles tan elegantes como el señor Bowie.
- Porque una desconocida Mélanie Laurent atrapa al espectador con su encanto y su aire fatal a la vez. Increíble interpretación.
- Porque hacía mucho tiempo que no escuchaba aplaudir en el cine al terminar una película.
- Porque Tarantino se permite la licencia de cambiar la historia, pero gusta el resultado.
- Porque tiene un principio épico que te deja sin aliento y te hunde en la butaca.
- Porque aunque los diálogos no tienen el ritmo alocado de otras películas de Tarantino, están equilibrados y perfectamente integrados en la tensión y humor de la película.
- Porque es una película bélica con pinceladas de ironía, clase y elegancia.
- Porque posee un guión tremendo.
- Porque las palabras en italiano de Aldo Raine (Brad Pitt) no tienen precio.
- Porque pagué seis euros por verla y los volvería a pagar.
- Porque le había dado un 8’5 pero pensé que sólo lo cambiaría por un 9 si la viera otra vez en el cine.
- Porque en una escena de gran tensión te comerías un pastel.
- Porque el coronel Hans Landa (Christoph Waltz) es capaz de sembrar terror con simpatía.
- Porque tres no es igual que tres.
- Porque baja el ritmo en algunas ocasiones y tiene momentos que la hacen algo lenta.

FICHA TÉCNICA
Título español: Malditos Bastardos
Título oríginal: Inglourious Basterds (Inglorious Bastards)
Año: 2009
Duración: 153 min.
Director: Quentin Tarantino
Guión: Quentin Tarantino
Música: Ennio Morricone
Fotografía: Robert Richardson
Reparto: Brad Pitt, Diane Kruger, Christoph Waltz, Daniel Brühl, Mélanie Laurent, Eli Roth, Michael Fassbender, Samm Levine, B.J. Novak, Til Schweiger, Gedeon Burkhard, Paul Rust, Michael Bacall, Omar Doom, Sylvester Groth, Julie Dreyfus, Jacky Ido, August Diehl, Martin Wuttke, Richard Sammel, Christian Berkel, Sönke Möhring, Mike Myers, Rod Taylor, Denis Menochet, Cloris Leachman, Enzo G. Castellari
Productora: Coproducción USA-Alemania; Universal Pictures / The Weinstein Company / Lawrence Bender Productions / Neunte Babelsberg Film
"No se vosotros, pero yo no bajé de las puñeteras montañas Humeantes, atravesé el condenado oceano, me abrí paso a tiros por Sicilia, y después salté de un puto avión para enseñar a los nazis humanidad. Los nazis no tienen humanidad por eso todo malnacido que encontremos con este uniforme...debe morir" - Teniente Aldo Raine
martes, 29 de septiembre de 2009
Ya no sale
Siempre he dicho que mis años comienzan en septiembre. Es en este mes cuando la vida laboral vuelve a ponerse en funcionamiento. Es en septiembre cuando queda un año para las vacaciones. Y es en este mes cuando empezamos a calcular con mayor frecuencia los días que faltan para Semana Santa. En esa cuenta, en la que caen las hojas del almanaque como marchitas manos de árbol, es cuando la ilusión se incuba de manera especial. Se acumula en nuestro interior y estalla el siete de enero, cuando la Estrella de Bagdad aún no ha dejado de brillar en el horizonte. Pero este año será diferente. Este año ya no sale. Dice nuestro amigo Diego que no quiere salir más. Dice nuestro amigo Diego que cuelga su túnica de red internacional. Ya ves, dirán muchos, un nazareno menos para el cortejo. Algunos no lo notarán, gran cantidad de internautas no se enterarán, a otros no les importará, pero muchos de nosotros notaremos el hueco en la fila. Dice nuestro amigo Diego que todo llega. Tal vez ya era hora de no volver a sacar más papeletas de sitio de este cortejo de redes. Tenemos que respetar su decisión, pues no cabe otra, pero no tenemos porqué estar de acuerdo. Yo no lo estoy amigo Diego, porque tus versos me han hecho reír, me han hecho reflexionar. Porque tus versos han traído incienso a mi cabeza, han sido la protesta de todos nosotros. Porque tus versos, amigo mío, me han emocionado. No me lo tengas en cuenta, que ya sé que tengo que respetar tu decisión, simplemente me he drogado demasiado con tus palabras y ahora, cuando vuelva a cruzar LaCava de la red buscándote, notaré tu ausencia en las filas. Son los nazarenos dueños de su anonimato. El antifaz los convierte en iguales, pero muchos de nosotros nos daremos cuenta que este año, cuando el azahar sea semilla y el incienso ni siquiera esté mezclado, nos faltarán los versos de nuestro amigo Diego, Lacava. Gracias por regalarnos tres años de exquisita elegancia escrita. Aquí tiene voacé su casa y, no te preocupes amigo, que dejaremos la puerta abierta, por si acaso se te ocurre regresar.
lunes, 21 de septiembre de 2009
911
miércoles, 16 de septiembre de 2009
Estabas equivocado
Todo es efímero. Me lo habías dicho con naturalidad. Me encogí de hombros y acepté aquella afirmación. Al fin y al cabo llevabas razón. Pero ese día, mientras esperaba al segundo de los pasos, supe que te habías equivocado. Todo tiene un final. La existencia es perecedera y el Barroco nos lo enseñó hace cuatrocientos años. La Semana Santa es barroca en su mayor parte. Contemplé aquel río de capirotes morados de hermanos nazarenos avanzando por la calle Oriente y girando en San Benito para aparecer su blanco inmaculado. El desgaste y la erosión se hacen patente en cada una de las marcas hechas por las horas. Los cirios han consumado el tiempo, y éste se ha evaporado en volutas negras y derretido en recuerdos sólidos. La cera puede ser un ejemplo brillante para ilustrar esta reflexión. Cuando los años hayan llenado de polvo el alma de la memoria, las cenizas de la vida sustituirán nuestra existencia. Fue entonces cuando me di cuenta que te habías equivocado, al ver aparecer al Santísimo Cristo de la Sangre. Tambores y cornetas para un Crucificado de suma elegancia y clase exquisita. Música para los cuatro clavos de la calle Oriente. Se siente el aire de Juan de Mesa en las manos de Francisco Buiza. Se palpa el Amor en la Sangre de Cristo. Giró y avanzó por la calle para encontrarse con la puerta. Desde hace años espero el segundo paso con otras cosquillas diferentes, con un interés especial. Y allí estaba el bosquecillo de ángeles mancebos, el Sacramento y el Hijo de Dios. Un nazareno levanta la mano. Lleva bocina. Yo te sonrío, intento saludarte y hago el mayor de los esfuerzos por hacer una foto decente. Al menos que se vea bien. Lástima. Otro año será. Me dio coraje porque no pude acercarme para decírtelo. Para comentarte que me había dado cuenta que estabas equivocado. Luego pasaron los días, las semanas y los meses. Nos vimos, pero nunca te lo he dicho. Y ahora, intentando escribir algo con sentido para ti y tu cumpleaños, me acuerdo de este momento. Menuda entrada que me está saliendo... ¿aún no sabes por qué estás equivocado?
Amigo Antonio, a veces nos da la sensación de que pasaremos desapercibidos en la vida. A muchos les preocupa este detalle pero para otros, no deja de ser algo inevitable. Me dijiste que es efímero cuanto nos rodea, que todo es perecedero. Quizás sea así. Algunos momentos son destellos cegadores. Imágenes desvirtuadas por el paso del tiempo que han perdido su nitidez. Recuerdos atrapados en figuras sin color. Son la pincelada fulminante de un instante atrapado en la memoria. Como la luz del flash. Sabemos que ha ocurrido y las sensaciones que tuvimos permanecerán intactas. En otras ocasiones, sin embargo, somos conscientes de cómo se derriten los años a nuestro paso, y aflora la angustia por el apetito voraz del tiempo. Todo se consume, como el cirio que nos acompaña en nuestra Estación de Penitencia. Cada año, una velita más en la tarta de la vida. Esta es la teoría y, casi siempre, la realidad. Pero la noche del Martes Santo, cuando contemplé el rostro del Cristo de la Sangre, su bello perfil compacto, más reunificado que el mesino del Amor, me di cuenta que no llevabas razón. Un hombre como tú no debe preocuparse por lo efímero o por el paso del tiempo. Lucía y Martín aprenden contigo los valores necesarios para moverse en este mundo que cambia cada día más. Lo sé porque lo he visto. Eso es suficiente. Esto te hará imperecedero porque ellos se encargaran de transmitirlo, como tú lo hiciste. Será la mejor forma de evitar la fugacidad de los momentos. Y luego está Él. El Cristo de la Sangre. Muchos de nosotros lo relacionamos contigo, y Él, amigo mío, no es efímero. Es eterno.
domingo, 13 de septiembre de 2009
Mihrab
Puede que eso sintiera él, vagabundeando por la arena fría de la playa. Allí donde acabaron una noche, se perdió borracho de recuerdos. Nunca el silencio había estado tan sólo. Nunca la soledad había atormentado tanto a una persona. El sol se despedía del cielo y prendía fuego al horizonte. Se sentó en la arena para ver cómo avanzaba el tiempo, pero se encontró con un billete al pasado. Todo se presentaba como un eco de emociones vividas. No había aire. No había viento. No había ruido. No había nada. El silencio roto, solamente, por el bombeo continuo de un corazón a punto de reventar de dolor, mientras el astro rey, moribundo, exhibía su imperecedera agonía sin despedirse de la claridad del día. Las olas se encontraban en un abrazo cíclico con el mar una y otra vez, pero todo era silencio. Nada se atrevía a matar su soledad. A veces, la ausencia de algo o alguien, hace que su presencia sea más fuerte. Y allí estaba la caseta del vigilante, rodeada de un lienzo anaranjado que servía como telón de fondo a un momento blanquinegro. Hay ocasiones en las que te encuentras con tu pasado y los recuerdos asaetean tu alma. Y así estaba él, agonizando a través del tiempo y sus estampas oscurecidas por el desgaste de la memoria. Aquella torre, aquella casetilla anclada en la arena, le dolía en el alma, tal vez porque fue en ella donde descubrió abrazos con sabor a mar. Ahora estaba sola. Bajo su techo de madera, ya nadie se acariciaba con la mirada y se besaba con las manos, como hicieron él y ella esa noche. Ahora veía la estructura triangular como un elemento inmaterial. Un pormenor del destino prendido del cielo. Volatilidad de un lugar inmaterial, sagrado, como el mihrab de una mezquita.
Ninguna figura antropomórfica decora el mihrab. Nada que represente a su dios. Posiblemente ese carácter esotérico, ese prisma de inconfesable misticismo, adquiere su propia representación. Un muro orientado hacia la Meca. Sencillamente una pared que delimita el fondo de la mezquita, a eje con la entrada principal. Se puede rezar en cualquier lugar, siempre y cuando la dirección esté orientada a esa pared llamada quibla. Y en ella, como un sencillo punto cardinal sobre el que responder con las reverencias divinas, un nicho. Un hueco cóncavo que se abre para no albergar nada. O para albergarlo todo. Eso es el mihrab. El lugar donde está todo lo santo. No hay representación ninguna, pero a la misma vez, el significado que desprende, todo el poder que destila el vacío sacro, lo convierte en una parcela de un gran poder sagrado. La rica decoración a la que está expuesto, sus bellos ornamentos y la disposición de sus elementos, responden a unas pautas arquitectónicas, pero no esculturales o figurativas. En el mihrab, esa ausencia de figuración, se resuelve con la luz, que emana a borbotones y se derrama desde su cúpula. La mezquita solía ser un edifico oscuro, tan sólo iluminado por hachones o lámparas de titilantes y dubitativos rescoldos de luz. Sólo algunos puntos concretos, necesarios para no andar envueltos en la penumbra completa. Todo se intuía bajo un manto oscuro, y ni siquiera los bellos relieves o la decoración de ataurique, símbolo inequívoco del paraíso, podían verse sin esforzar la visión. Pero el mihrab era diferente. En el mihrab no había representación humana o animal. Pero había luz. Una luz etérea. Una luz fuerte y poderosa que entraba por los lunetos horadados en el tambor de su pequeña cúpula. La esfera superior, la media naranja que resultaba ser el techo de aquel hueco vacío, parecía flotar en el aire. La claridad de ese lugar cegaba al creyente tras salir de la penumbra de las naves de la mezquita. Era entonces, sólo entonces, cuando aquel resplandor se sentía más sagrado que nunca. Misticismo envuelto en el espíritu de lo sagrado y lo poderoso. Dios existía. Un Dios que no necesitaba representación alguna. La cúpula flotaba en un colchón de luz, dotado de brillos sobrenaturales, y el aire de aquel lugar desocupado, el único iluminado cenitalmente, se convertía en algo sagrado. Divino. Allí estaba Dios. El poder inconmensurable suspendido en un halo etéreo, sutil y vaporoso. Todo en ese espacio vacío, sin nadie aparentemente, pero lleno de una fuerza indescriptible.
Como si fuera un musulmán, se acercó a su mihrab particular y acarició su base. La madera estaba fría. Accedió a su parte posterior y tocó la subida. Los peldaños de la escalera estaban húmedos por el ambiente marino, y una leve brisa le susurraba al oído risas perdidas en el fondo de sus recuerdos. Caricias escritas en la arena que el aire del tiempo se encargó de borrar. Besos salados con espuma de mar que la bruma desvaneció. Sólo quedan los recuerdos atrapados en un álbum de soledad. Está sólo y roto por el quebradizo dolor de esos momentos vividos que ya no volverán. Tan sólo es una sombra del hombre que fue. No se acordaba de reír y tampoco se acordaba de olvidar. Daba lo mismo, porque el olvido te puede quitar a alguien de tu mente, pero no de tu corazón. Subió las escaleras hasta aquel reducto de su memoria, atrapado en un filtro monocromo, y se sentó en la base del nicho sagrado. El sol aguantaba su agonía y retrasaba su muerte en el lecho del horizonte. Y allí estaba, cansado de luchar con el destino y herido por varias estocadas de su propia vida. Un soldado atormentado por el transcurso de la batalla, agotado por el paso del tiempo, o quizás por la lentitud del reloj de arena. Un espejo desgastado, sucio y sin reflejo de nadie. A veces buscamos en el presente detalles del pasado, otras aparecen sin esperarlo. Quizás fue su subconsciente, pero consiguió verse a sí mismo desde fuera. Era como si su mente y espíritu hubieran abandonado su cuerpo. Pero no se veía sólo. Estaba apoyado en la baranda de la casetilla, la pared sagrada del mihrab, y la abrazaba a ella. Ya no era el sol, sino la luna la que bañaba con su luz la oscuridad de la noche. Ya no era uno, sino dos otra vez. Risas entrelazadas en murmullos cariñosos, mientras las olas y su melodía rítmica, sembraban el aire de besos salados. Era Amor y abrasaba con una pasión desbordada.
Volvió a su cuerpo, o quizás no lo abandonó nunca. Sólo era un viaje retrospectivo a lo más profundo de su alma. Allí donde los sentimientos se desbordan en oleadas de pasión incontrolable y campan a sus anchas sembrando emoción. Se sintió llorar. Se escuchó rompiendo el silencio del atardecer en mil pedazos. Volvieron las olas con su murmullo constante y una ligera brisa le envolvió en el eco de su lamento. Y su perfume prendido con alfileres de caña le acarició el rostro. Se levantó de un impulso y se asomó por encima de la barandilla buscando con ojos sedientos. Los rincones de la playa esperaban vacíos. Soledad inquieta y calma lacerante. Una angustia desgarradora le atravesó el pecho, mientras su mirada rastreaba queriendo encontrarla. Pero no halló respuesta esperanzadora y una trenza espinada decoró su ánimo. Lentamente, se acercó a las escaleras y descendió de su mihrab. La casetilla seguía estando fría y un aire gélido soplaba para despedirle. Las olas besaban la orilla con su espuma de plata y decoraban el ocaso con su rumor esponjoso y delicado. Todo se había consumado y las manecillas del reloj habían decidido avanzar. El cielo se vestía de un manto escarlata y el sol se ahogaba en un último suspiro, atravesando las entrañas del horizonte en su descenso mortal. Estaba de nuevo en el suelo granulado y deambuló en círculos sin saber dónde ir. Algo extraño sucedió entonces. Unas manchas pardas se convirtieron en exorno polícromo de la arena. Unas gotas de sangre cayeron a sus pies. No sabía si era el cielo el que se desangraba o si era él, que se había magullado al bajar la escalera. Pronto se dio cuenta que la sangre manaba de su pecho, donde una herida abierta le demostraba que tenía roto el corazón. Lo observó con pena y tristeza. Estaba ajado y maltratado, cubierto de remiendos deshechos y contusiones sin curar. Sacó de su bolsillo un hilo de sutura ensartado en una aguja esterilizada y remendó aquella herida que sabía se abriría pronto. La próxima vez que los recuerdos le acuchillaran el alma. La próxima vez que la ausencia le recordara que la echaba de menos.
Fue así como emprendió el camino de vuelta o, tal vez, prosiguió su viaje. Continuó avanzando por la arena fría y húmeda. A veces le daba la sensación de que todo le pesaba. Se sentía cansado y agotado, y un torbellino de preguntas asaltaba constantemente su cabeza. No solía encontrar las respuestas indicadas. Y era así como naufragaba en un mar de dudas e incomprensión, a la deriva de su propio destino. Luego volvían a sonar los tambores del tercio, suspiraba, sacaba la toledana y la vizcaína, se apoyaba basculando en su cadera y apretaba los dientes. Listo de nuevo para ganarse sus cuartos, aunque la paga se retrasase. El crepúsculo era de un azul marino exquisito. No había rastro de aquella sangre derramada por el sol. En su lugar, un bello filtro violeta, con tonos malvas, descendía como el principio de una nueva obra teatral a punto de comenzar. La noche estrenaba función en unos instantes y esperaba su salida a escena. Su foco principal ya iluminaba el telón. Era hora de huir. La luna amenazaba con traerle nuevos recuerdos.
sábado, 5 de septiembre de 2009
Reina asesina
Y es que muchos no lo saben hasta que lo prueban. Ella es tan elegante como una dama de noble cuna, pero tan letal como una reina asesina. En cualquier momento te dará a probar sus secretos más ocultos. El ardiente corazón de una llama por dentro romperá la voluntad en dos y la pólvora inflamará la dinamita. Te perforará el subconsciente como un rayo láser, y cuando quieras darte cuenta, la gelatina te habrá despeinado la cordura. Un apetito insaciable, ¿quieres probar?
Killer Queen
She keeps Moet et Chandon in her pretty cabinet
"Let them eat cake" she says just like Marie Antoinette
A built-in remedy for Kruschev and Kennedy
At anytime an invitation you can't decline
Caviar and cigarettes, well versed in etiquette
Extraordinarily nice
She's a killer queen, gunpowder, gelatine
Dynamite with a laser beam guaranteed to blow your mind
Anytime
Recommended at the price
Insatiable an appetite, wanna try?
To avoid complications, she never kept the same address
In conversation, she spoke just like a baroness
Met a man from China, went down to Geisha Minah
Then again, incidentally, if you're that way inclined
Perfume came naturally from Paris
For cars she couldn't care less, fastidious and precise
She's a killer queen, gunpowder, gelatine
Dynamite with a laser beam guaranteed to blow your mind
Drop of a hat she's as willing and playful as a pussy cat
Then momentarily out of action, temporarily out of gas
To absolutely drive you wild, wild...
She's all out to get you
She's a killer queen, gunpowder gelatine
Dynamite with a laser beam guaranteed to blow your mind
Anytime
Recommended at the price
Insatiable an appetite, wanna try?
"Trata de una prostituta de lujo. Intentaba decir que las personas con clase también pueden ser putas. De eso trata la canción, aunque preferiría que la gente la interpretara a su manera, que vean en ella lo que quieran ver" - Freddie Mercury
Happy Birthday Freddie
05-09-46/05-09-09
lunes, 31 de agosto de 2009
Es diferente
Es diferente. Está claro y fuera de toda duda. Es diferente cuando no la sientes cerca. Tan diferente como algo inexistente, pero añorado a la vez. Es el saber que no puedes tocarla, olerla, oírla, que no puedes besarla, contemplarla, degustarla, que no puedes sentirla. La carencia total de cada una de las emociones que tiñen tus versos de la memoria con bellos colores monocromos. No hay que darle más vueltas porque es así. Sin más. Pero a veces, sólo en ocasiones, es necesario recordar, y hacer recordar, y cuando la memoria ha desdibujado los perfiles nítidos de la última imagen, sólo quedará la sensación imborrable e incorrupta, inmaculada incluso, del primer sentimiento vivido, pero también revivido. Y no es otra cosa, sino el exilio, bien forzado bien placentero, el que hace quebrar nuestro corazón cuando acudimos a un Amor incondicional. Es ella, y siempre lo fue. Y lo es. Y lo será cuando su perfil aparezca insinuado en la tibieza del aire cálido que solo tiene su cielo, perfumada con la dama de noche de un manto iluminado, brillante bajo la luz que posee o sensual tras un velo calado de fina lluvia. Cuando aparece sentada a los pies de la Cuesta del Caracol, esperándonos justo después de la corona del Quinto Centenario, entre las cuerdas del arpa del Alamillo o detrás de un pequeño indio que otea el horizonte de asfalto.
Por muchas cartas que le quieran escribir a esa mujer de origen fenicio, entrañas romanas, alma árabe y nombre de reconquista, los recuerdos de las primeras sensaciones serán el perfume que nos embriague cuando estemos fuera. Y es diferente. Ya lo dijo don Manuel Chaves Nogales “Hay, sin embargo, otra ciudad -¡hay tantas ciudades en cada recinto!- para los exégetas meticulosos, para los líricos, siempre insatisfechos, hambrientos de un hambre insaciable de ideal”. Es diferente porque cuando no estamos cerca, es cuando nuestros momentos a solas, nuestra intimidad compartida, acude a borbotones y nos hace revivir de manera especial esa complicidad que solo tenemos con ella. Porque Sevilla es la Giralda, la Torre del Oro y los Alcázares para los turistas, pero para muchos de nosotros es algo más. Es un adarve fresco, un jardín templado calado de luz, el escarceo amoroso de la trasera de un palio, una tapita de boquerones en adobo, el brillo del Giraldillo cuando las nubes esconden al sol, el olor de la mañana de un domingo silente, la cervecita del Tremendo, la primavera de su otoño, la luz de su Viernes Santo, el albero de nuestra ropa el domingo de Feria, el sabor de la grama del Parque del Alamillo, el sonido que tiene el reflejo del río, la espina clavada de un Cisquero, el sabor de Triana, la esquina de Santa Catalina, el color de las fuentes, el tacto del Parque de María Luisa, el cajón que corona un Traspaso, la nieve con perfume de azahar, el verde de la Palmera, el frío luterano, el olor del Rinconcillo, la hiedra de la calle Mármoles, el rojo de Nervión, la muralla del Valle, la lona verdiblanca, los coroneles alineando soldaos de la calle Gerona, el sabor del incienso, el farolillo rojo, las croquetas del Ovidio, la mancha de cera en la chaqueta, el chirimiri que cala, el magnolio de la esquina, los calentitos celestiales de doña Juana, la palmera de San Juan de la Palma, el codazo del Vizcaíno, el suspiro de miel del Señor del Cementerio, los adoquines de la calle Sol o el Monasterio de San Jerónimo.
Sevilla no es la ciudad más bonita del mundo, a veces amanece acuchillada por zanjas, su transporte público adolece de mejora, es agobiada por obras y mutilada en su idiosincrasia interna, anclada en la mentalidad rancia de alguna élite vagabunda y asfixiada en su intento de contemporaneidad en muchas de las ocasiones. Pero a pesar de todo, la quiero, estoy enamorado de ella, no puedo, ni quiero, hacer nada por evitarlo, y ella lo sabe.
He vuelto, y quizás la mejor de las sensaciones sea la que tenía aquel niño de don Luis Cernuda cuando acudía en busca de la ciudad una mañana veraniega de domingo, uno de esos paseos exquisitos e íntimos que recuerdo cuando estoy fuera: “Pero siempre sobre todo aquello, color, movimiento, calor, luminosidad, flotaba un aire limpio y como no respirado por otros todavía, trayendo consigo también algo de aquella misma sensación de lo inusitado, de la sorpresa, que embargaba el alma del niño y despertaba en él un gozo callado, desinteresado y hondo. Un gozo que ni los de la inteligencia luego, ni siquiera los del sexo, pudieron igualar ni recordárselo” – Ocnos, Luis Cernuda
jueves, 30 de julio de 2009
Aviso: vuelvo en septiembre
Y aquí estoy, en Isla, rodeado de mis nueve Musas y deseando ver la cara que pone Er Tato cuando vaya a su chiringuito, las vea y le pida diez mojitos. O nueve, y un tinto para un viejo soldado de los tercios de retaguardia, donde la vida te cicatriza por fuera y por dentro.
Servidor volverá en septiembre, y creedme cuando os digo que estas Musas ya han dado sus frutos, mas no seais mal pensados -¡pardiez!- que me han inspirado para escribir. Ya hay nuevas historias. Ya hay nuevos proyectos. Nuevas secciones. Algunos cambios, no profundos, aunque sí necesarios. Mi blog volverá a tener vida a partir de septiembre. Ahora necesito descansar de un año duro, relajarme y disfrutar con mi familia y amigos. Os dejo al cuidado de este humilde puesto hasta que vuelva, y también dejo algunas preguntas cuyas respuestas espero me hagan reflexionar: ¿qué os gusta menos de este rincón?, ¿qué creéis que tiene que mejorar?, ¿qué os gusta más?, ¿qué no cambiaríais de esta vuestra casa?.
Os deseo un feliz verano a todos y cada una de vuesas mercedes.
Vuestro amigo Ramsés.








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