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viernes, 15 de abril de 2011

La primera vez de mi amigo Álvaro

Se abre el puesto del agua, excepcionalmente, para recoger en jarrillos de aluminio el texto que hiciera mi amigo Álvaro para el Especial de Semana Santa de Casco Antiguo. Gracias...

"La primera vez"


Sevilla es un mar de calles en el que todos tienen cabida, por eso será que cada día se acercan hasta ella más y más foráneos que vienen dispuestos a desabrocharse el alma y empaparse del olor a azahar que brota de cada plazuela al notar que asoma entre la primavera nuestra tan esperada Semana Santa.

Acción y reacción. Llegar, conocerla y enamorarte de ella, dejarte atrapar por el frasco de las esencias que se destapa en cualquier esquina durante la semana más mágica del año.

Cofradías y cofradías, calles y más calles. De este modo descubriremos que Sevilla es su centro, calle Feria rebosante de vida y de cofradías, Plaza del Salvador y Calle Cuna, estrechez en Francos y algarabía en la Alfalfa, silencio en Doña Mª Coronel, oscuridad en Sales y Ferré, recogimiento en Conde de Barajas y Cardenal Espínola.

Cofradías y más cofradías, caminatas incesantes. De este modo descubriremos también que Sevilla son sus barrios y arrabales, brisa fresca para el visitante, aires toreros por San Bernardo y marineros en Triana, aroma de ribera en el Arenal y de naranjos en Santa Cruz. Tiro de Línea, Nervión, San Pablo, Porvenir y Cerro, barrios que alejados del casco histórico tienen sello propio y son ejemplo de juventud, fuerza e ilusión.

Pero lo más importante no es el hecho de conocer y descubrir cosas nuevas, lo verdaderamente importante es redescubrir lo ya conocido, encontrando momentos que nos vuelvan a emocionar una y otra vez: la revirá de un misterio; la trasera de un palio que se difumina entre el gentío; ciriales encendidos revolviendo las esquinas; una nube de incienso; el silencio del Postigo cuando arranca una chicotá; el tañir de las campanas durante la recogida de Santa Marta; una levantá en el puente; la oscuridad de Mateos Gago un Martes Santo…

Tesoros y detalles que guardaremos en la memoria y que permanecerán con nosotros para siempre, pudiéndolos revivir cada vez que queramos con sólo cerrar los ojos.

Detalles, que aunque pequeños esconden un inmenso significado.

Detalles como aquella estampita del Cristo de San Bernardo o del Sentencia que me regalaron hace años y que siempre guardaré como oro en paño, o esa medallita de San Esteban que descansa en un rincón privilegiado de mi casa. Detalles que todos conservamos como un preciado botín que nos acercará a la Semana Santa cuando no la tengamos cerca.

La Semana Santa sevillana es un punto y aparte en la vida del cofrade, es el manantial de sentimientos que no cesa de brotar; el manantial del que merece la pena beber; del que hay que empaparse.

Un año más durante una semana, Sevilla rezará en silencio y hablará con la mirada; un año más merecerá la pena conocerlo, vivirlo y sentirlo.

sábado, 10 de abril de 2010

Los momentos...

Hoy ya es mañana y no hay pasos. Siempre nos apoyamos en el mañana para no consumir el presente demasiado cuando vivimos la Semana Santa. Siempre queda un día más. Siempre tenemos la esperanza de volver a ver aparecer dos parejas de ciriales detrás de una esquina, o una nube de incienso velándonos la mirada de unas bambalinas. Hoy ya es mañana y Sevilla está vacía de cera. Ya terminó. Ya acabó. Todo pasa y todo queda. Se fue tan rápido como vino y de la misma forma que se desvanece el perfume de azahar cuando el incienso se guarda en navetas de fe. La Semana Santa es una vida que se rueda en Siete Días, una vida diferente a la que se desarrolla el resto del año. Ya lo dijo Caro Romero, "el mundo es ancho y difuso, la vida es una semana". Pero ¡qué semana! Y es así como nos encontramos, tristes y nostálgicos, todos aquellos que vivimos esta vida de Siete Días. Nos abraza la melancolía, con retales quebrados de compasión, cuando amanece un nuevo lunes, que ya no tendrá ni faldones ni varales.


A veces el final se contempla como un palio que se va. El palio se aleja lentamente y deja atrás un sabor agridulce que nos envuelve de melancolía y nostalgia. Una vez más, el tiempo se ha vuelto traicionero y nos engaña con engarces de belleza atrapados en suspiros etéreos y efímeros. El vaivén de unas bambalinas que marcan el compás de los minutos derramados en sílabas de oboe. De fondo suena la Banda de Música de Santa Ana y el bellísimo paso de María Santísima de Regla se prepara para enfilar la calle Argote de Molina. Pronto todo pasa. La quietud virtuosa deja paso al vigor sosegado. La bulla se mueve y sólo queda el rumor de lo acontecido minutos antes. Sevilla se hace y se deshace con una rapidez extraordinaria. Era Miércoles Santo, y sin embargo la 1 de la madrugada anunciaba ya mantillas. Dicen que la Semana Mayor te devuelve a tu infancia, que vuelves a recordar y a vivir como un niño, pero no te dicen que con el tiempo de un anciano. Las calles se beben la cera y en tu memoria sólo permanecen los recuerdos de unos días marcados por la transfiguración de nuestro espíritu. Así me sentí yo cuando la Virgen de la Hermandad de los Panaderos reviró en la calle Alemanes y el reloj se replegó sobre sí mismo para anunciarme la llegada del principio del fin. Fue entonces cuando me di cuenta que el final insinuado durante los primeros días, se materializaba. Ya era Jueves Santo cuando volvía a mi casa y sólo quedaba una Cuesta del Rosario empinada que terminaría en El Salvador Resucitado. El Jueves Santo el reloj nos engaña y juega con nosotros escondiendo un día. Cuando despiertas, ya es Sábado Santo y el epílogo se escribe con azucenas en el seno dorado de La Soledad.


Creo que me estoy haciendo viejo, y no sólo lo digo por la suma lógica de años, o por los nuevos dolores que han surgido en esta Semana Santa, lo digo por otros motivos. Por el paso ineludible, y cada vez más fugaz, del tiempo, y por mi incapacidad de expresión emocional. Cuando somos niños, aquello que nos gusta lo decimos con sinceridad y desechamos los menesteres que obstaculizan nuestra comodidad, regurgitamos improperios sin ser prudentes y entendemos más cosas sin el raciocinio de la madurez. Ahora que soy adulto me cuesta expresar con palabras todo lo que quiero decir en este texto. No se equivoquen vuesas mercedes, no pretendo hacer ninguna crónica de la Semana Santa de 2010. Hay gente que sabe hacerlo mejor que yo, y luego están los periódicos, que demuestran tener grandes redactores con calidad literaria suficiente. Con este texto pretendía escribir mis sensaciones, mis vivencias desde que se abrieron las puertas en El Porvenir y se cerraron en San Lorenzo, pero me doy cuenta que me estoy haciendo viejo y que sólo he escrito dos párrafos de torpes emociones.


Tal vez ya es demasiado tarde para evocar aquellos momentos cofrades que han enraizado en mi alma este año, que se han clavado de la misma forma que las miradas del Domingo de Ramos lo hacían con la Virgen que vive en San Juan de la Palma. Son muchos los finales que tiene nuestra Pasión, pero cuando entra la Virgen de la Amargura, no sólo acaba el Domingo de Palmas, acaba algo de la Semana Santa. Algo se desvanece y se esfuma sin que te des cuenta. Algo se evapora ante tus ojos y sólo eres consciente cuando las puertas de la iglesia se cierran. Entonces sabes que tendrás que esperar un año para volver a ver a San Juan intentando animar a María con las chanzas y corrillos de la calle Feria. Y te quedas perdido entre tanta gente. En soledad, rodeado de personas. Pero este año tenía a mi amiga Rocío. Me había acordado de ella algunas horas antes, cuando el Socorro del Amor endulzaba Cuna mientras Jesús de las Penas se escuchaba andar a través de Pantión. Nos miramos y recorrimos el inicio del Lunes Santo hasta el coche, haciendo balance de la jornada extinta ante las puertas de la Señora de la Amargura. La compañía de Rocío fue otro regalo. Es bonito saber que los recuerdos más bellos de un día pueden ser compartidos con una persona querida. Gracias Rocío.


Si el Lunes Santo me quedo con el inmortal reflejo de la Virgen de las Tristezas y la traición de Judas en la Alfalfa, el Martes Santo siempre tiene un recuerdo fijo que renuevo anualmente. A veces buscamos los momentos y los lugares más precisos del pasado para intentar vivir de la misma forma la felicidad de antaño. El flaco de Madrid, poeta canalla y pirata cojo, lo dijo en una ocasión, o tal vez lo cantó, que “al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver”, pero muchos de nosotros lo hacemos cada año, como peces de ciudad, cuando la Luna de Nissan ilumina el cielo sevillano. Quizás solemos caer en ese error, o puede que busquemos inútilmente sensaciones enraizadas en nuestra infancia, que tienen su eco en una madurez que se empapa de incienso nuevo cada año. Sin embargo, y pese a la frase de don Joaquín, creo que muchos de nosotros lo conseguimos, de forma diferente, pero alcanzamos emociones parecidas anualmente. La Semana Santa se repite todos los años, pero de forma distinta. Nosotros no somos los mismos. Nuestras circunstancias no son las mismas. La vida no es la misma. El tiempo no espera a nadie y la experiencia nos rebaja la candelería de la razón y la infancia la exorna de flores.


Pero el Martes Santo decía, tras divagar entre reflexiones barrocas y olvidar el hilo de este pensamiento abierto, que siempre tengo un recuerdo fijo. Hay un sentimiento que suele repetirse cada año, con sus matices diferentes, pero manteniendo su espíritu intacto. Me tiembla el pulso cuando intento comprender que Juan de Mesa creó la Muerte más Buena, o se me ahoga el aliento al ver llorar a la Candelaria por la calle Alcaicería, pero no son ninguno de esos dos los sentimientos exactos. Contemplé cómo se burlaban los judíos ante el Señor de la Ventana mientras todos los que estábamos en la Alfalfa nos rendíamos ante Él y Su Madre, que me conmovió como hacía años, pero tampoco era ese el sentimiento. Cuando la noche se cierra entre orcos sanguinarios que ignoran el mensaje trazado y la comprensión del respeto, Jesús es Presentado ante una turba ignorante y maleducada que se burla de Él y alborota la entrada del santo de Nursia. Allí es donde vuelvo a sentir, cada Semana Santa, lo que hace unos años palpé con el corazón. En esta ocasión me acompañaba un garabato artístico de aquel arroyo que bajara por el callejón de los nazarenos de la Fundación. Sin capirote y sin bocina, pero con la mirada de nazareno del Cristo de la Sangre, mi amigo Antonio, una de esas personas que te hace sentir bien, exquisita compañía la fría noche del Martes Santo, padre de una fiebre literaria apadrinada por Peyré, fue testigo junto a mí de aquél recuerdo fijo, de aquel sentimiento del que hablo. Y no hay misterio señores. No se trata de algo oculto o prohibido. No es un caso excepcional ni prodigioso. No esperen que anuncie la panacea de la emoción o la inconmensurable sensación del misticismo ascético que pueda sentir un religioso fanático, atado a la columna vertebral de su ideología. Es algo mucho más simple y mucho más sencillo. Mi recuerdo oscila y gira en torno a la mirada de mi hermana cuando abandona el terciopelo morado de su capirote y el Ave María se ha cantado en la Calzá. La devoción brilla en mis ojos porque ella hace que me sienta orgulloso. Ese recuerdo fijo que se renueva cada año tiene mucho que ver con las tardes de nuestra infancia, esas tardes de vídeos antiguos y la película de Juan Lebrón. Es mi hermana pequeña, la que me puede, culpable de ese sentimiento de cariño orgulloso. Tal vez sea porque en ese instante, la memoria me ofrece la visión de aquella infancia, lejana ya, que oculta la mujer que ya es y a la que quiero con locura.


Los crucificados del Miércoles Santo te dan que pensar. Sevilla convierte la Muerte en obra de Arte y los claveles rojos lloran con lágrimas de lirios. No pude ver a San Bernardo, el crucificado de la Escuela de Cristo que me recuerda una tradición de estreno, que vivió su segundo año allá en Cuaresma, cuando los sueños estaban por estrenar y las ilusiones se planchaban con papel de estraza. Decía que los crucificados te dan que pensar. La verticalidad mortal, que pende del madero presagiando el sudario del Sábado Santo, cae a plomo sobre la horizontalidad vital, el mar de personas que la rodea. Dos líneas perpendiculares que confluyen en el punto exacto marcado por el paso en movimiento. En Francos me reencontré con la Sed. Hacía mucho tiempo que no veía esta cofradía. ¿Hay algo más humano que tener sed? El Cristo de Nervión nos recuerda esa humanidad de Jesús, esa debilidad que demostraba su carácter más terrenal. Pero esa jornada está marcada por esa sensación que cité anteriormente, ver alejarse el palio de María Santísima de Regla. Otro de esos finales personales que me hacen consciente de cómo la cruz de guía del tiempo entra con adelanto en la razón de la sinrazón de esa Semana Eterna. Cuando el candelabro de guardabrisas del palio de Los Panaderos desapareció tras la esquina de Argote de Molina, la tierra, hasta entonces detenida en un suspiro ahogado por le exquisita revirá, reanuda su movimiento, pero mucho más rápido, para recuperar el tiempo congelado. Así fue como volví a casa, mientras recibía una llamada de cuatro hachones que esperaban en El Salvador. Por las calles vacías, ya brillaba el augurio de las peinetas.


A mi amigo Guille no le gusta la Semana Santa. Siempre ha hecho incursiones en los siete días de la Pasión de forma discreta, en ocasiones contadas y con motivo de casos muy concretos, como la salida de nazareno de un amigo o en la inmortal Madrugá. Quizás por estas premisas, me extrañó sobremanera que me llamara la radiante mañana del Jueves Santo, ofreciéndome ver la salida de Los Negritos. Y allí estábamos cuando el sol bañaba de luz una jornada brillante y exquisita, rodeados de trajes de chaqueta y mantillas. Me acordé de mi amigo Álvaro cuando observé los balcones que se convertían en palcos provisionales, y en mi amiga Mercedes, y busqué entre los encajes negros unos ojos verdes de gata, pero pronto aparecieron los característicos faroles de caoba y la efigie de Ocampo, don Andrés, el tío de don Francisco, de apellido Ocampo también, que se recordaría esa noche cuando ya no fuera Jueves Santo y el Silencio impusiera su cruz del revés en Sevilla y el Calvario fuera un monte de la Magdalena. Pero en ese momento estaba perdido en la curva sinuosa de Bizancio y en cómo una lluvia de pétalos grababa en mi cabeza mi primera salida de los Negritos. Y luego, una vez más, vi alejarse el palio entre peinetas, me acordé de mi amiga Reyes y sentí como la gente se movía de un lado a otro buscando nuevos destinos. El manto de la Virgen de los Ángeles brillaba al sol y las bambalinas perfumaban el aire con su vaivén, mientras la banda cerraba mi jornada de Jueves Santo. A partir de ahí, nada es lo que parece y los días se confunden para trabarse con los minutos y perderse en el tiempo sin tiempo de lo irracional. Las imágenes se sobreponen y la realidad es una confusión desvirtuada en una cascada de acontecimientos. Deja de ser hoy sin ser todavía mañana y no ha dejado de ser ayer cuando vuelve a ser hoy. ¡Pero qué estoy diciendo! Sólo sé que salí de mi casa el Jueves Santo para volver cuando el Sábado Santo ya era una realidad escondida en las frías calles de Sevilla.


La noche más larga, que termina cuando Las Angustias sienten expirar al Gitano de la cava, empezó como siempre para mí. Dos medallas. Dos escudos. Mi madre me ayuda a ponerme la cola por detrás del cinturón de esparto, mientras mi padre me lo abrocha y me ajusta los bajos. Luego el camino es siempre el más corto, mi abuela me lo señala desde su casa, para cumplir el rito y la regla que dijera don Rafael. Los momentos siguientes serán un compás a boga de ariete, al cuadril mientras la respiración se hace ruán, dos golpes de canasto para bajar el reloj de cera y pasos cortos. Gracias por permitirme, un año más, volver a acompañarte Señor, gracias un año más, por dejarme marcarte el camino Madre del Traspaso. Basílica, cuando todo se ha consumido y Sevilla no sabe si anochece de nuevo o amanece, en el momento en que el sol se asoma por las azoteas de San Lorenzo para contemplar a la Madre de Dios, sin éxito, porque cuando llega a la plaza, solo quedan los vencejos que acompañan a los nazarenos. Siempre por el camino más corto. Y se acaba. Se consume de la misma forma que la luz nueva del Viernes Santo. Se presiente el final cuando mis lágrimas se evaporan tras el antifaz, cuando vuelvo a casa para ser consciente que el epílogo de esta rosa de Pasión está escrito en la cera sin derramar de La Soledad. Como la penúltima levantá de una cuadrilla, acudí esa misma tarde para contemplar el Romanticismo de Sevilla y derretirme con una resucitada Ione tras Buenaventura. Fue el Cachorro quien marcó el ocaso de una noche fría. Me hizo ilusión volver a contemplar a la Sagrada Mortaja después de muchos años, pero me quedo con un instante preciso. Un momento congelado en mi memoria que no hacía otra cosa que retrotraerme a esa revirá del Miércoles Santo. Otra vez un palio alejándose. Otra vez el final escondido en la cera cuajada, derretida y solidificada. El paso del tiempo, oculto en el resquicio abierto a mi mirada, se materializaba en el bosque que precedía la peana de la Virgen de Loreto. Podía contemplar el final. Otro de esos finales. Se había consumido el Viernes Santo. No podía imaginarme que para mí también concluiría la Semana Santa entre la candelería del palio de San Isidoro.


El Sábado Santo, la fiebre me privó de despedir mi Semana Santa frente a la puerta de San Lorenzo, como todos los años. Una llamada de mi General me requería ante la oscuridad de una plaza que vive dos momentos muy diferentes en dos días unidos por el destino precipitado, y sin frenos, de algo inevitable, pero no pude. Y me quedé con la nostalgia de pensar que aún me queda un día más. Me quedé con la melancolía de sentir la ausencia de una jornada que se tornó febril. Y entonces todo se deshizo. Ya no hubo pasos. Ya no hubo incienso. Ya no hubo cera. Se alejó completamente el palio de Los Panaderos. Solamente hubo vacío, pero quedaron estos momentos que os he narrado entre reflexiones vagas de este aguaó que se hace viejo. No hace mucho escuché que la vida no se mide por minutos, sino por momentos. Tal vez estos sean mis mejores minutos, o mis mejores momentos de esta Semana Santa, y sólo quería compartirlos con vuesas mercedes.


Hace unos días, mientras estábamos sentados en el sofá, mi madre cosía hilvanando un volante de un traje de flamenca para la Feria de Abril. Dentro de mi ignorancia costurera, le pregunté si todo el hilo que estaba pasando de un lado a otro, tenía que quitarlo una vez la máquina de coser hacía su trabajo, a lo que mi madre respondió “sí… en esta vida todo es hacer para luego deshacer”. La Semana Santa se hace para deshacerse poco a poco, para volatilizarse y convertirse en un suspiro etéreo que permanece en nuestra memoria hasta el año que viene, y luego pasará como un suspiro, al nombrarla se desvanecerá, pero eso es lo que la hace grande. Eso es lo que hace que esperemos. Hoy ya es mañana y sólo queda esperar. Ya siento el principio de la cuenta atrás de la Luna de Parasceve, de nuevo estoy sentado en el banco de la espera, como haría un padre con su hijo. Y será en Sevilla, como dijo don Antonio Núñez de Herrera… “Tiene mucha importancia ser hijos de Dios… pero mejor ser sus padres. Porque ved que un día entre los días, como en la cumbre del monte sagrado, le dijeron a la ciudad: - Mujer, he ahí a tu hijo. Y era un lirio con siete pétalos a orillas del Guadalquivir”.

viernes, 26 de marzo de 2010

Cera


Velo oscuro de la promesa. Rocalla rizada del costado de palio. Rojo sangre del cuerpo de Cristo. Lumbre de sentimientos ante las lágrimas de cristal de la Madre de Dios. Tinieblas que iluminan la oscuridad del día. La luz de la fe. El fuego de la lengua que sigue el camino de la cruz. Ni se creará ni se destruirá, sólo se transformará en el tiempo fugado y breve que el Barroco materializa en siete días de Pasión. La cera es el preludio, la señal del comienzo, el mejor testigo de la Semana Santa, la marca más efímera que sufre la ciudad cuando todo se haya cumplido. Se consumirá con el aire de siete días, que son toda una vida, pero permanecerá en nuestros corazones desde la infancia.

Como la vanitas del Barroco, el suspiro de sabernos mortales, de la presencia de la Muerte, nos hace tener constancia del paso del tiempo. Si hay un elemento común en la Semana Santa que nos recuerda lo efímero de la misma, es la cera. Cuando se es niño, la cera es el mayor juego para la espera eterna de la llegada del paso. Las filas de nazarenos se multiplican y los cientos se convierten en miles. No hay número limitado en la infancia inocente del niño, pues las horas son siglos, como dijo el poeta. La espera es consumida por una bola de cera que no deja de crecer, como el niño que la alimenta. La cera se convierte en ilusión. Su picadura ardiente sorprenderá la inocencia de aquellos que no necesitan comprender lo que ocurre, porque lo están viviendo. La promesa, transmutada en luz de fe, se derrite en la penitencia como testigo de lo ocurrido, y desprenderá sus lágrimas de color sobre la bola de un niño. Principio, fin y principio de nuevo. La penitencia transformada en ilusión. El adulto sabe que la señal que deja la cera en el alma es más duradera que el calor que emana del pabilo, pero el chiquillo aún no lo sabe. La madurez se ha consumado y la ilusión deja paso a una conciencia del transcurrir del tiempo. Reloj de cera que se derrite cada año en las manos del niño hecho hombre.

Un año la bola dejará de crecer y descansará en un cajón junto al pañuelo de papel que servía para evitar la breve quemadura. Allí estarán las estampas dobladas por las esquinas y los caramelos que no se comieron. En ese cajón se guarda el juego de la espera penitencial, el tacto de la sonrisa de la infancia, el olor de la crepitación del humo, el sonido de la ilusión al gotear el tiempo derretido ante sus ojos. En ese cajón se guardan los años endurecidos en una bola que dejará de crecer porque el niño ya es adulto y la razón no deja entender lo que ocurre. Ya no hay que esperar al reloj porque es el tiempo el que se consume tan rápido como la cera de la promesa al cuadril, como la la penitencia que da luz.

Cuando todo se haya consumido quedará ella, como no podía ser de otra forma. La ciudad se vestirá con una alfombra de colores que demuestran el camino que ha seguido el Hijo de Dios y Su Bendita Madre. Y un año más, el niño seguirá pidiendo cera, mientras el adulto sabe que la verdadera marca de su infancia se queda guardada en el cajón de su alma, fundida y consolidada, como aquella bola que descansa en el cajón de los recuerdos de su niñez.

Texto publicado en la revista "Último Tramo" de 2010.
Excelente imagen del
Canónigo Alberico

martes, 23 de marzo de 2010

Luz de Viernes

Dicen que tiene una leyenda. Cuentan que su nombre se debe a un gitano de la cava, allí por la antigua alfarería de la niña de Sevilla. Que el imaginero talló la agonía en madera de sentimiento. Otros dicen que su apodo viene del cariño de los gitanos de Triana, que lo tratan con el amor que se reserva a un niño, y ¿acaso no es el Hijo del Hombre?. Algunos opinan, sin embargo, que se llama así porque es el “Cachorro del León de Judá”. Qué más da... Es el Santísimo Cristo de la Expiración, el Cachorro, y lo que mucha gente no sabe, es que la Luz del Viernes Santo está en Su Mirada.

Ya no será lo mismo, porque todo es diferente. El final se acerca y todo reluce pero con un brillo distinto. Hay un cierto toque mate que bruñe las formas del día sacando un lustre de nostalgia y melancolía. Todo tiene una belleza sutil y delicada, casi insinuada. Se presiente la culminación y los roces suaves de la Pasión se deslizan con un tacto sedoso y terso, dúctil a la percepción de un sueño. Todo parece ya lejano y el Domingo de Ramos se convierte en huella para nuestra memoria. Se siente el final haciéndose eco repetido en el abismo de lo ascético. Todo aparece tremendamente reposado, sosegado y apacible. Se va cerrando la Semana en un curvo omega, tan extremo de aquel alfa luminoso. La luz es diferente. Todo será diferente. Se ahoga en un suspiro de último estertor el gozo y la alegría tan esperada y ansiada. No falta más aire en los pulmones del que espera, que justo antes de la ansiada llegada, y más pena marchita, que ver partir aquello que tanto se ha deseado. Por eso la luz del Viernes Santo es diferente. Alumbra con un velo transparente, traslúcido, un divino telón calado que deja ver un haz luminoso que se derrite. Se consume. Como la cera del penitente, que derrama lágrimas de tiempo consumido en la ilusión vivida en una Semana. Todo se acaba ya. Es el fin y no queremos verlo. Llegan las postrimerías de la Pasión, rebajadas como la candelería de un palio a su vuelta. Es el principio del fin, y llega con una luz diferente.

Y es en ese momento cuando sentimos que se nos va. Que no podemos hacer nada por parar el tiempo. Hay detalles que se repiten cada año, pero de forma distinta. No es lo mismo. El Barroco está presente en todos y cada uno de los pormenores que exornan la Semana Santa de Sevilla, sello inconfundible del tempus fugit. Hay una sensación de lo efímero y breve. Un examen meticuloso del paso del tiempo y de cómo los momentos experimentados un año, no serán iguales al siguiente. Todo es diferente y el prisma cambia. La sombra de aquel nazareno volviendo a casa por el camino más corto, alargada como el recuerdo de lo vivido, será un epílogo que anteceda la cubierta final del libro sagrado de la Gloria. Sólo la luz del Viernes Santo se repetirá. Una luz que irradia de una Mirada.


Ese final barroco aparece insinuado desde el principio. Le dio forma Francisco Antonio Gijón, y los años han querido que se difumine en retales a lo largo de los Siete Días Sagrados. Pero es el Viernes Santo cuando lo recordamos. Cuando miramos hacia atrás, y aún sentimos la sangre del pelícano que se abre el pecho por sus hijos. Porque se puede morir por Amor, y quien lo dude, que vaya al Salvador. O cuando el presente llama a nuestra conciencia y un Cirineo ayuda a llevar el peso de la cruz del último ruán negro. Cuando volvemos a sentir escalofríos en nuestra espalda al ver pasar al Gran Poder con su poderosa zancada, sobre la canastilla del creador del Cachorro. Porque cuando vio terminada su obra, ese Crucificado, Francisco Antonio Gijón se emocionó. No lo sabía, pero había creado el final del Barroco. Lo ignoraba, pero el colofón de lo efímero quedaba resumido en la agonía que tenía frente a él. Desconocía que los años lo recordarían como el ilustre imaginero que tallara la leyenda de un moribundo de Triana. Ya lo dijo don Antonio Núñez de Herrera: “Él le vio morir. Y aún le ve, con el recuerdo en las manos y la visión atormentada en el filo de las gubias. Después ¡Santana bendita! El escultor sigue viéndolo, transfigurado, cierto, con los ojos de la cara. Muchedumbre de gentes lo verían”. ¿Qué podía hacer?.

No pudo hacer otra cosa Francisco Antonio Gijón que emocionarse. Quiso esculpir la Expiración del Señor, y cinceló la volatilidad de una mortaja aún con vida. La abstracción de un rayo eterno que ilumina de forma diferente una tarde de luto en Sevilla. Lo etéreo convertido en madera y la espiritualidad en forma de suspiro agónico. Consiguió materializar lo divino y el espolón de la vida como remate en una Mirada al Cielo. No pudo hacer otra cosa que emocionarse, porque al contemplar su obra, Francisco Antonio Gijón se dio cuenta que había tallado la Luz. Porque el Viernes Santo no amanece cuando se escucha El Silencio de vuelta en San Antonio Abad, o cuando los vencejos reciben al Señor de Sevilla y a Su Bendita Madre del Mayor Dolor y Traspaso. Ni cuando el Calvario sella La Magdalena. Ni siquiera cuando la Esperanza se reparte por las dos orillas del Guadalquivir y un Gitano vuelve con los labios moraos a la calle Verónica. El Viernes Santo amanece a las tres de la tarde en la cava de Triana, y es entonces, sólo entonces, cuando podemos darnos cuenta que la luz de Sevilla es diferente. Ya no es la luminosidad del Domingo Ramos. La claridad del Lunes Santo. La alegría del Martes o el colorido del Miércoles. El brillo radiante y azul del Jueves Santo. La Luz del Viernes está en la Mirada glauca del Señor del Cachorro. El Santísimo Cristo de la Expiración que eleva su último estertor al Cielo de Sevilla para morir un año más en el ocaso malva de Triana. Allí dónde los rayos del día se desvanecen y se hunde el Sol para escribir el epílogo de una Semana que morirá al día siguiente, y volverá a nacer el Domingo de Resurrección. El principio del fin. Filosofía grabada a fuego de la Semana Santa de Sevilla. Se apagan los cirios de la Pasión y la Luz se derrama por el Cielo. Ha muerto el Cachorro.


Dicen que el Señor murió la Madrugá del Viernes Santo, pero en realidad lo hace cuando llega la noche, cuando la Expiración cruza el puente y exhala en Triana, a la altura de Callao, donde el Cachorro es un gitano con la cara del Hijo de Dios.

Texto publicado en la revista "Último Tramo" de 2009.
Fotografías gracias a
Canónigo Alberico y Diego Escobedo

miércoles, 17 de febrero de 2010

No existe la espera

Será como si nada hubiera existido hasta entonces. Será como si el tiempo se rompiera. Será como si los minutos rebosaran de la esfera del reloj y la arena trazara el camino que nos lleva de nuevo a nuestra infancia. Está escrito sobre las marcas de nuestra ciudad que cuarenta días marcarán la espera del tiempo añorado. Girará el mundo para que tenga sentido la vida en una semana, que vaticinarán cuarenta días y cuarenta noches. Sólo entonces volveremos a ser niños para envejecer en siete días ante el presagio de lo que va a ocurrir. Y Sevilla volverá a renacer de las entrañas de su propia razón de ser. En cuarenta días.


Pero, ¿son estos cuarenta días una espera? No. Sevilla no espera, Sevilla se prepara. Sevilla se transforma. Sevilla se viste de primavera y se queda prendida de una cuarentena que la fragmenta en sensaciones fundidas con el aroma del incienso que se presiente. Todo se presiente. Es la espera de lo que ya ha llegado. La realidad se transforma porque no existe una coherencia y al reloj se le para la arena de su destino. No busquemos un razonamiento porque no existe. No busquemos una explicación porque ya está ocurriendo. Es la paradoja de esta Sevilla donde una espera puede ser tan dulce como el momento de la llegada. El tiempo sin tiempo que diría el poeta. Saboreamos la sensación de una dulce angustia por el lento pasar de los días, sin saber que la espera no existe, porque Sevilla ya ha dejado de esperar. Esta cuarentena es efímera y breve y se evaporará como la canela y el clavo del incienso, se rebajará como el cirio de la penitencia, en un abrir y cerrar de ojos tan certero como el que pende de la pared del Hospital de la Caridad. Cuarenta días no es una espera, es un suspiro de aquél niño interior que parte el reloj para vivir otra vida dentro de la vida misma, degustando cada momento la ansiada llegada de la primera visión de la Pasión. Cuando crecemos perdemos la dilatación de las horas, sin embargo en estos cuarenta días la arena del reloj se irá cuajando como el aceite de la cera. Las agujas del tiempo descansarán conforme avancen los días. La vida quedará prendida de un capullo de azahar, en el momento exacto de mezclarse la miel y el vino, en ese instante preciso en que nuestra infancia vuelve a surgir de nuestro interior. Los días pasarán cada vez más lentos y se congelarán. Será entonces cuando volvamos atrás y nuestra niñez se presente de nuevo ante nosotros. Volveremos a tener la capacidad de ilusionarnos y la experiencia será una ausencia sin recuerdo. Nos alcanzará de nuevo la virtud de la inocencia y nos enfrentaremos virginales al Domingo de Ramos, como si nunca hubiera ocurrido antes. Entonces aparecerá nuestra infancia cruzando la ciudad y volveremos a ser niños. Y el incienso brillará y los cirios derretirán el tiempo. Volveremos a ser niños y tendremos ante nosotros toda una vida que se consumirá en siete días, para luego volver a esperar.



“Es tan dulce esperarte y soñar tu llegada, que no quiero que llegues, quiero oírte llegar”Francisco Morales Padrón

Y llegará. El tiempo se detendrá cuando la eclosión de la Gloria esté a punto de hacerse nombre. Cuando ya nada se presienta porque sea una realidad. Todo estallará cuando le den la cruz a la Victoria de la Paz y un río blanco nos anuncie que El Porvenir ya no es un barrio, sino la Semana Santa hecha realidad… entonces se extenderán las palmas y los olivos, aquéllos que serán la ceniza del mañana. Las cenizas del Miércoles del año que viene.

Son cuarenta días, pero… ¿qué son cuarenta días? Cuarenta días es un suspiro, cuarenta días es toda una vida, toda una vida para morir en una semana.


Vídeo del gran Antonio Casado

“Desde el seno eterno del tiempo –como los ríos yacentes en las entrañas de la tierra, que al mar despierta con su remota voz–, vuelven siempre redivivas estas horas embalsamadas de incienso y de rosas para la inmortalidad. Así guarda Sevilla en su seno el ‘tiempo suyo’, y el hombre la muerte dentro de sí mismo, igual que se esconde el hueso en la fruta apetecible –que escribió el lírico germano, de la innumerable, caudal agonía–.“Rafael Laffón



Imágenes del siempre increíble Canónigo Alberico

miércoles, 10 de febrero de 2010

Nazarenas para el Gran Poder

"Aún lleva este Cristo sobre sí las briznas de la carpintería de José y el dolor antiguo de los proletarios. Pero es un hombre vigoroso, musculado por el trabajo y los caminos, que podría, si quisiera, transfigurarse en el extremista aquel que daba al eco y al viento de las montañas su palabra magnífica y rebelde:
'Me han ungido para dar buenas nuevas a los pobres... para poner en libertad a los quebrantados... ¡ay de vosotros los hartos! Porque tendréis hambre'" - Antonio Núñez de Herrera



Hermanas nazarenas del Gran Poder: ¡ENHORABUENA!

Y vuesas mercedes, ¿qué opinan de la decisión de la Hermandad de aceptar hermanas nazarenas en sus filas?

viernes, 1 de enero de 2010

Ya es mañana... y todo empieza

Hoy es viernes, tenía que ser viernes. Hoy es 1 de enero, y al igual que el año, hoy en San Lorenzo hay cera nueva. En la Plaza Donde Todo Empieza...


"¿Cómo siente Sevilla la devoción hacia Nuestro Padre Jesús del Gran Poder? Es indefinible; para el observador extraño, será siempre un misterio este movimiento impulsivo de nuestro pueblo hacia el Nazareno de Montañés"
- La Ciudad, Manuel Chaves Nogales

martes, 29 de septiembre de 2009

Ya no sale

Es un rito. Ya lo dijo don Rafael Montesinos, el rito y la regla. Todos tenemos un rito personal, cargado de símbolos e iconografía propia y familiar. Todos respiramos la tradición y costumbre enraizada en el corazón más profundo de nuestra semilla cofrade. Es así y así debe ser. Llegará el día, y como siempre, nos costará respirar. Llegará y necesitaremos inhalarlo entrecortadamente, como si el aliento fuera denso en nuestros pulmones y le costara entrar y salir. Nos faltará el aire y la emoción silenciará las palabras que sobran cuando hay gestos que lo llenan todo. Y habrá recuerdos, deshilachados en el ambiente por la ausencia de quien se quiere y no está. Será entonces cuando sintamos llegar el momento. Y no se hablará. Y será en silencio. Túnica sobre los hombros. Ya sientes el peso de la estación y el olor inmaculado, sin rastro del paso del tiempo. Huele a una tarde santa. A una noche eterna. Ceñirás cíngulo o cinturón de esparto. Botonadura o cola. Medalla propia y ajena, pero familiar. Y luego, cuando el aire que acaricie tu cara sea el de la calle, cubrirás tu rostro y serán tus ojos la única ventana de tu alma. Escucharemos a nuestras espaldas: ¡mira mamá, un nazareno!. Y habrá comenzado la Estación de Penitencia. Son los nazarenos dueños de su anonimato. El antifaz los convierte en iguales. Todos son figuras aisladas dentro de un conjunto equilibrado. El cortejo de la cofradía. Un año puede faltar uno, pero la gente no se da cuenta. Otro puede tener uno de más, pero tampoco se dan cuenta. Solo la madre, la mujer, el marido, el hijo, la hija, el amigo son conscientes de esa ausencia o de esa incorporación. Para el resto, es una masa articulada que se adapta al horario de paso. Un río de cera ardiendo que antecede al Señor y Su Madre.

Siempre he dicho que mis años comienzan en septiembre. Es en este mes cuando la vida laboral vuelve a ponerse en funcionamiento. Es en septiembre cuando queda un año para las vacaciones. Y es en este mes cuando empezamos a calcular con mayor frecuencia los días que faltan para Semana Santa. En esa cuenta, en la que caen las hojas del almanaque como marchitas manos de árbol, es cuando la ilusión se incuba de manera especial. Se acumula en nuestro interior y estalla el siete de enero, cuando la Estrella de Bagdad aún no ha dejado de brillar en el horizonte. Pero este año será diferente. Este año ya no sale. Dice nuestro amigo Diego que no quiere salir más. Dice nuestro amigo Diego que cuelga su túnica de red internacional. Ya ves, dirán muchos, un nazareno menos para el cortejo. Algunos no lo notarán, gran cantidad de internautas no se enterarán, a otros no les importará, pero muchos de nosotros notaremos el hueco en la fila. Dice nuestro amigo Diego que todo llega. Tal vez ya era hora de no volver a sacar más papeletas de sitio de este cortejo de redes. Tenemos que respetar su decisión, pues no cabe otra, pero no tenemos porqué estar de acuerdo. Yo no lo estoy amigo Diego, porque tus versos me han hecho reír, me han hecho reflexionar. Porque tus versos han traído incienso a mi cabeza, han sido la protesta de todos nosotros. Porque tus versos, amigo mío, me han emocionado. No me lo tengas en cuenta, que ya sé que tengo que respetar tu decisión, simplemente me he drogado demasiado con tus palabras y ahora, cuando vuelva a cruzar LaCava de la red buscándote, notaré tu ausencia en las filas. Son los nazarenos dueños de su anonimato. El antifaz los convierte en iguales, pero muchos de nosotros nos daremos cuenta que este año, cuando el azahar sea semilla y el incienso ni siquiera esté mezclado, nos faltarán los versos de nuestro amigo Diego, Lacava. Gracias por regalarnos tres años de exquisita elegancia escrita. Aquí tiene voacé su casa y, no te preocupes amigo, que dejaremos la puerta abierta, por si acaso se te ocurre regresar.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Estabas equivocado

Llegábamos algo más tarde que otros años. Parecía que estaba saliendo todo a pedir de boca, aunque pareciera ser una trama cargada de golpes de efecto. El hilo argumentativo de esa película en la que todo va perfectamente hasta que al director, o al guionista, dependiendo de la soldadura del cerebro de cada uno, se le ocurre aliñar la historia con un quiebro. Y no una bicicleta o un taconazo llegando a la línea de fondo, pues sería espectacular, sino otro tipo de regate. Algo furibundo para el espectador. Pero, afortunadamente, iba todo sobre ruedas, o sobre zapatillas de esparto olvidadas por deportivas. Mejor, mucho mejor. Pero que todo estuviera saliendo bien no significaba que no llegáramos algo más tarde que otros años. Se notó enseguida. La gente se agolpaba con ansia y el ambiente traía aires cargados de humo aromático, pero aún no se veía ni la cruz de guía. Cogimos asiento frente a la farola que está a eje con la puerta. Un buen sitio. El suelo aún sigue siendo gratis. Desde allí podíamos contemplar la entrada sin problemas. Miré al cielo buscando estrellas. Enfoqué lo mejor posible, pero la contaminación lumínica había guardado las estrellas en la mochila de su luz, así que lo único que pude distinguir fue un negro perfectamente limpio. No llovería al día siguiente. Y casi enfrascado en mis predicciones miopes, el redoble del tambor sonó de la misma forma que huele un petisú recién hecho. Creció el rumor, aumentó el público y pronto regalaron pisotones y empujones a diestro, siniestro, delantera y trasera. Yo saqué mi cámara nueva. Una flamante Canon Reflex Digital que me hacía babear cada vez que la miraba y maldecir a final de mes. No tenía ni idea de cómo usar más de la mitad de los botones que ocupan su dorsal, pero si girabas el objetivo eras capaz de ver las imperfecciones faciales de un niño de dos meses. Poco más sabía, así pues, modo automático. Pulso el disparador y el flash ejerce una erección fulgurante. Presiono con más fuerza y la imagen queda petrificada en el momento exacto. Un instante del tiempo atrapado en un fragmento de segundo. Sientes la luz, ves la luz, pero sólo en tu recuerdo. No eres capaz de seguir el encendido y apagado lacónico del destello, solo intuirlo. Sabes que ha ocurrido, y como prueba de ello, aparece un resorte en tu memoria que queda archivado, pero apenas es una idea. Una impresión fugaz de algo familiar.


Todo es efímero. Me lo habías dicho con naturalidad. Me encogí de hombros y acepté aquella afirmación. Al fin y al cabo llevabas razón. Pero ese día, mientras esperaba al segundo de los pasos, supe que te habías equivocado. Todo tiene un final. La existencia es perecedera y el Barroco nos lo enseñó hace cuatrocientos años. La Semana Santa es barroca en su mayor parte. Contemplé aquel río de capirotes morados de hermanos nazarenos avanzando por la calle Oriente y girando en San Benito para aparecer su blanco inmaculado. El desgaste y la erosión se hacen patente en cada una de las marcas hechas por las horas. Los cirios han consumado el tiempo, y éste se ha evaporado en volutas negras y derretido en recuerdos sólidos. La cera puede ser un ejemplo brillante para ilustrar esta reflexión. Cuando los años hayan llenado de polvo el alma de la memoria, las cenizas de la vida sustituirán nuestra existencia. Fue entonces cuando me di cuenta que te habías equivocado, al ver aparecer al Santísimo Cristo de la Sangre. Tambores y cornetas para un Crucificado de suma elegancia y clase exquisita. Música para los cuatro clavos de la calle Oriente. Se siente el aire de Juan de Mesa en las manos de Francisco Buiza. Se palpa el Amor en la Sangre de Cristo. Giró y avanzó por la calle para encontrarse con la puerta. Desde hace años espero el segundo paso con otras cosquillas diferentes, con un interés especial. Y allí estaba el bosquecillo de ángeles mancebos, el Sacramento y el Hijo de Dios. Un nazareno levanta la mano. Lleva bocina. Yo te sonrío, intento saludarte y hago el mayor de los esfuerzos por hacer una foto decente. Al menos que se vea bien. Lástima. Otro año será. Me dio coraje porque no pude acercarme para decírtelo. Para comentarte que me había dado cuenta que estabas equivocado. Luego pasaron los días, las semanas y los meses. Nos vimos, pero nunca te lo he dicho. Y ahora, intentando escribir algo con sentido para ti y tu cumpleaños, me acuerdo de este momento. Menuda entrada que me está saliendo... ¿aún no sabes por qué estás equivocado?



Amigo Antonio, a veces nos da la sensación de que pasaremos desapercibidos en la vida. A muchos les preocupa este detalle pero para otros, no deja de ser algo inevitable. Me dijiste que es efímero cuanto nos rodea, que todo es perecedero. Quizás sea así. Algunos momentos son destellos cegadores. Imágenes desvirtuadas por el paso del tiempo que han perdido su nitidez. Recuerdos atrapados en figuras sin color. Son la pincelada fulminante de un instante atrapado en la memoria. Como la luz del flash. Sabemos que ha ocurrido y las sensaciones que tuvimos permanecerán intactas. En otras ocasiones, sin embargo, somos conscientes de cómo se derriten los años a nuestro paso, y aflora la angustia por el apetito voraz del tiempo. Todo se consume, como el cirio que nos acompaña en nuestra Estación de Penitencia. Cada año, una velita más en la tarta de la vida. Esta es la teoría y, casi siempre, la realidad. Pero la noche del Martes Santo, cuando contemplé el rostro del Cristo de la Sangre, su bello perfil compacto, más reunificado que el mesino del Amor, me di cuenta que no llevabas razón. Un hombre como tú no debe preocuparse por lo efímero o por el paso del tiempo. Lucía y Martín aprenden contigo los valores necesarios para moverse en este mundo que cambia cada día más. Lo sé porque lo he visto. Eso es suficiente. Esto te hará imperecedero porque ellos se encargaran de transmitirlo, como tú lo hiciste. Será la mejor forma de evitar la fugacidad de los momentos. Y luego está Él. El Cristo de la Sangre. Muchos de nosotros lo relacionamos contigo, y Él, amigo mío, no es efímero. Es eterno.


Para mi amigo Antonio en el día de su cumpleaños, dueño de un Callejón y de un Arroyo, palangana (nadie es perfecto), buen filósofo, gran persona, merecedor de una entrada mejor...

viernes, 17 de abril de 2009

La espera

“Conocer el alma sevillana, adentrarse en sus complicaciones, saber salir a la superficie de su serenidad, después de haber recorrido el laberinto de sus requerimientos sentimentales, es dar a la Semana Santa sevillana el alto valor espiritual que le corresponde. Ignorarlo todo, medir este pueblo con el mismo rasero con que se han medido otros pueblos, es leer un día que los disciplinantes se alquilaron y negar los disciplinantes; es no comprender la Semana Santa de Sevilla y negarla”Manuel Chaves Nogales


La calma que azotaba con fuerza la ciudad se hacía sentir. Había acabado ese mundo de siete días. La completa normalidad era, probablemente, lo más anormal. Algo inverosímil. La mayor rareza que cerraba el ciclo abierto hacía apenas una semana. Ecos de cornetas y redobles aún se cuajaban en los rincones de la urbe. Las saetas se despegaban de la cal de las paredes y la cera se secaba a la luz de la luna. Todo en calma. En silencio. La soledad es un lugar tan vacío, que hace temblar el alma. Y ahora la ciudad estaba sola. Quedan las imágenes latentes que conservaremos replegadas en la memoria. Los milagros desarrollados en una Semana Santa magnífica.


Y andando por las calles de la melancolía, de la nostalgia, me perdí entre el vacío de una normalidad que estallaba en un silencio callado. Era ya de madrugada y no había nadie en la calle. Todo ha llegado a su final. Aquí no ha pasado nada. Sólo quedan vestigios. Restos inequívocos de lo que ha ocurrido. La cera exorna el asfalto. La rampla espera a su transporte. Las luces vuelven a ser eléctricas. Petaladas de sueños consumidos al aire. Incienso en el ambiente que se diluye con el frescor de las noches. Incluso parece que hasta el azahar se ha marchitado. No podemos atrapar el tiempo, y siguen las horas su curso para otorgarnos esa tristeza tan necesaria que tantas veces he nombrado. La misma que emerge cuando se espera a la Soledad de San Lorenzo. Triste y sola, como diría el Bachiller Fulano de Tal.

Ya la hora de maitines es llegada,
ya amontonan las sillas, y la gente
se retira en silencio lentamente
con cara soñolienta y fatigada.

Como triste violeta abandonada,
con un puñal clavado reluciente,
pasa La Soledad rápidamente
bajo el dosel llorosa y enlutada.

¡Madre Santa, que apuras el dolor
terrible, amargo, duro y angustioso,
de volver sola de enterrar tu amor!
Eres broche magnífico y valioso
que cierra la diadema soberana
de la Semana Santa Sevillana.



Tal vez por eso, o porque San Lorenzo tiene para mí un toque de principio y de fin, me acerqué, lentamente. El frío de la noche se hacía notar. Esta vez no estaba acompañado cuando pasé por San Juan de la Palma. Sonreí al ver la puerta. ¡Cuánto se va al ver entrar a la Amargura!. Nunca los momentos se repiten. Nunca los instantes que el tiempo te deja vivir son los mismos, por mucho que nos empeñemos en compararlos. A veces, casi sin darme cuenta, me quedo mirando un momento fijamente, para de alguna forma grabarlo a fuego en mi memoria. Archivarlo en mis recuerdos. Soy un ladrón de imágenes. Quizás por este motivo al pasar por la puerta del Silencio Blanco, sonó en mi mente Jesús de las Penas y luego Amargura. Algo se movió dentro. Un roce de labios inolvidable. Hasta el corazón dio un vuelco. Es necesario seguir adelante. Es necesario esperar. La paciencia es virtud y compañera de viaje para aquél que disfruta del goce sublime de un bello instante. Dos Miradas enfrentadas. Dos Miradas que me pueden. Y mientras, la normalidad del silencio de la noche me abraza con su punzante lógica. Todo ha acabado. Quedan las emociones. Las sensaciones. Los momentos. Me acercaba a la Plaza y recordaba la última vez que estuve allí. Al despedir a la Soledad. Y esas palabras de Peyré

“Por mi parte, a mi regreso de San Lorenzo, de donde volvía de acompañar a la Soledad, no solamente no me sentía cansado, sino que experimentaba la vacía sorpresa y la indecible tristeza que se apodera entonces de la ciudad y penetra en todas las almas”.


¡Cuánta verdad se esconde en estas letras! Y llegué a San Lorenzo. Luz naranja, como la del Sol, para alumbrar la noche donde vive el Señor de Sevilla y Su Bendita Madre. Sólo silencio. El eco de mis pasos y aquel nudo en la garganta que se ceñía a mi pena. Entré por Conde de Barajas y observé la puerta de la Parroquia y luego la de la Basílica. Entonces fue cuando le vi. No había nadie en la Plaza. Y allí estaba, sentado en la puerta del Gran Poder. Un niño. Ni siquiera pasaban coches cerca. Una calma extraña y densa sembraba el ambiente de un silencio acogedor. Un sosiego y una quietud que acariciaba la piel erizándola. Observé al chiquillo que miraba hacia abajo. Sostenía en sus manos una cestilla de mimbre oscura. Estaba ataviado de blanco y lucía una cruz roja en el pecho. ¿Un nazareno de la Borriquita?. Tendría unos ocho años. Me acerqué lentamente. Ni un ruido. Tampoco la brisa del frescor de la madrugada se hacía notar. Era como si hubiera desaparecido la temperatura y el vacío de la noche se hubiera tragado los sonidos achacosos de la tristeza. Ni siquiera mis pasos devolvían eco alguno. Nada. Cuando llegué a la puerta, aquel niño me miró. No sabría decir qué sentí en ese momento. No sabría explicar porqué mi cuerpo se paralizó y mi mente naufragó en un mar blanco. Aquel niño rebosaba una hermosura que jamás podré describir con palabras. Casi sin voz, le pregunté qué hacía allí. Entonces me sonrió. “Esperar… Estoy esperando a que bajen al Señor, pues entonces comenzará Todo”. Mi rostro tuvo que ser una interrogación vacilante entre la sorpresa y la ternura. No hablé. Enmudecí ante el dulce rostro de aquel niño y su sencilla respuesta. “Ya sólo queda un año”, apostilló sin dejar de sonreír. No dije nada más. Todo estaba claro. Fue entonces cuando lo entendí. Asentí y le devolví la sonrisa. Es un ciclo, y ahora comienza la espera. De nuevo seremos niños que contaremos los días que quedan para volver a sentir la ilusión, y nos haremos mayores el Viernes Santo, cuando la Luz del mundo haya cambiado y sólo queden tres días para que el Señor resucite. Y nazca de nuevo. Y vuelva a ser Niño que espera el Domingo de Ramos para salir del Divino Salvador. Pero antes… bajará en San Lorenzo para abrazar a sus hijos.


“No podréis concebir ninguna otra utilidad para vuestros días, ni ningún otro gusto a la vida. Con toda la ciudad, giraréis alrededor de no sé qué vacío de naufragio. ¿Esperar un año antes de volver a ver los camiones descargar las tablas de los palcos y tribunas, antes de sorprender un paso, con sus figuras bajo fundas blancas, a través de una callejuela? ¿Un año, antes de ver a la Amargura reaparecer en el umbral de San Juan de la Palma? ¿Esperar un año la vuelta de la fiesta? Toco aquí uno de los secretos de la tristeza de Sevilla, que dura mucho más que la alegría, pero que la primera visión de la Semana Santa es suficiente para conjurar; lo sé, por haberlo sufrido yo mismo”.

De nuevo Joseph Peyré ponía palabras a mis sentimientos. Ha sido una Semana Santa espléndida. Una de las mejores de mi vida. No la olvidaré… aunque el año que viene, cuando sea Domingo Ramos, habrá que volver a dejarse llevar. Emocionarse sin razonar. Sentir sin explicar. Llegué a la esquina de Eslava y escuché el chirriar de las ruedas de un coche. Había vuelto el ruido. Miré atrás y el Niño ya no estaba. Sonreí con una mezcla de pesadumbre y alegría. Comienza la espera y la Plegaria del Bachiller Fulano de Tal me parece la mejor para volver a mi casa. Para volver a la normalidad. Para volver a esperar…

He experimentado supremo el espanto
de verte ¡Jesús! Prendido en el huerto,
y he sufrido triste mirándote muerto
colgado tu cuerpo del Madero Santo.

De brillantes gotas de tu amargo llanto
contemplé ¡María! Tu rostro cubierto,
y he visto en tu pecho la llaga que ha abierto
el puñal terrible de tu gran quebranto.

¡Padre! Te he seguido del huerto a la fosa;
¡Madre! Me han herido tus siete dolores;
con voz conmovida, ferviente y llorosa,
yo os pido una gracia rendido de amores:
¡Dejadme que llegue, si así me conviene,
a Semana Santa del año que viene!


viernes, 3 de abril de 2009

Milagros


Lo que está a punto de ocurrir no es baladí. Lo que estalla por los cuatro costeros de esta bendita ciudad mariana que es Sevilla, no es sólo azahar, ni siquiera un ramillete de volutas de incienso. Todos los detalles, todas aquellas precisas combinaciones de sutilidad y delicadeza, se consuman en siete días. Ya no queda nada y queda todo. Es ahora cuando nos preparamos mentalmente. Es un ramillete de recuerdos y sensaciones, de emociones, trenzadas con un pequeño cordel de cera, apenas visible. Son todas esas imágenes que nuestra memoria rescata y vive con pasión antes de que vuelvan a traspasar nuestra retina. Pero no será igual. Ni siquiera lo veremos todo, aunque creamos que sí. Formaremos parte de un entramado de madera viva que se hará realidad al paso de unas Imágenes de sentimiento. Una metamorfosis íntegra de todo lo que conocemos. En estos días, la ciudad mudará su piel para ponerse otra que dura sólo una semana. En estos días no se piensa. No se razona. En estos días, sólo se vive. Se siente. Todo gira en torno a un periodo con principio y final. Otro mundo. Nada se deja al aire. Todo está escrito, grabado con letras de fuego en el corazón de la ciudad.


Sí, es cierto... todo está perfectamente preparado y milimetrado. Todo tiene un esquema a seguir, pero el resultado no siempre es el mismo. Luego queda una diáspora incontrolable de emociones y sensaciones que estallan sin control. Hay un encontronazo fugaz. Un choque de trenes en un momento exacto. Algo ocurre. Algo sucede en ese preciso instante y todo parece volar. Suspenderse en el subconsciente. Algo extraordinario y maravilloso. Y ese momento, ese trance que surge y se va en un segundo perpetuo, no se puede explicar con la lógica o narrar sin caer en la imprecisión de la duda. Esa sensación quedará impresa como una marca imperecedera en nuestro interior. No tiene razonamiento o justificación, pero permanecerá. No hay argumentación posible, ni siquiera explicación, pero siempre lo llevaremos dentro. Un espectáculo grandioso y exuberante marcado por unas pautas, unos símbolos y unos significados concretos, pero también fijado por una arbitrariedad y una libertad que no tiene parangón. Cambia la ciudad, cambia el paisaje, pero la esencia se mantiene y ocurre algo que está fuera de todo conocimiento. En ocasiones se rompe el guión establecido y aparece un elemento sorpresa que aporta un ritmo inusitado a toda la escena desarrollada. Sólo entonces podemos aplicarle la pincelada de lo divino. No hay aclaración posible. No hay solución para ese enigma que nos hace estallar el alma en racimos de lágrimas. Esos delicados detalles que se filtran por los resquicios de una pauta a seguir. Esos elementos inexplicables, esos rayos de luz más brillante dentro de la propia luminosidad, son los milagros de la Semana Santa. Pero… ¿qué es para vuesas mercedes un milagro? Tal vez, un buen puñado de elementos o circunstancias que hacen que salgan las cosas bien, o extremadamente bien, y a las que no podemos darle explicación. Puede que estéis pensando que un milagro es aparcar el coche un Domingo de Ramos en la Plaza de San Lorenzo, encontrar una mesa libre en el Horno de San Buenaventura de la Alfalfa un Martes Santo, que nuestro equipo de fútbol vaya ganando mientras un nazareno nos pregunta a través del antifaz, que alguien mire la cara del cirial del Gran Poder, comernos un cucurucho de helado sin que se desfonde y nos manchemos, que nuestro dedo meñique del pie no haya desaparecido cuando lleguemos a casa después de ver la Amargura, no tener que mirar al cielo porque brilla el sol o que el horario del programa se cumpla. Sin embargo, podríamos decir que estos casos pertenecen más a la suerte o azar del momento, incluso a la ciencia, que a un milagro en sí. Son esos ‘mirlos blancos’ que alguna que otra vez hemos tenido el sino de encontrar. Pero un milagro es otra cosa.


En nuestro febril estado, poseedores de una sensación de locura transitoria, nos abandonaremos al brillo de esos detalles deslumbrantes. Será entonces cuando veremos un milagro en los trazos abocetados que, en ocasiones, son el pilar básico de una composición. Y puede que, presos de ese mundo onírico que transcurre en siete días, todo se desarrolle como un sueño de idealizaciones de bellas estampas, que creeremos son milagros. Nos encontremos bajo una intensa lluvia de pétalos, y todo parecerá etéreo. Flotaremos ante la delicia embriagadora de sentirnos volátiles en un mar de flores que se extiende en vertical. Perderemos toda sensación común y corriente de nuestra percepción y careceremos de la razón en ese preciso instante. Pero no será un milagro. Nos abrazará el terciopelo, el ruán, la capa y la cola. Nos ceñirán los cordones franciscanos, los cinturones de esparto y las botonaduras, mientras los borlones nos acarician y la medalla repiquetea en el pecho. Nos sentiremos dentro de la tradición y formaremos parte de todo ese entramado de ilusión y belleza. Pero no será un milagro. Todos los colores serán más radiantes, y no sabremos distinguirlos, pues estarán atrapados en un prisma que los transfigura en formas triangulares, rematadas en puntas cónicas. Morados, bermellones, negros, blancos, azules, verdes, rojos… un desfile de gamas que juegan con la luz y nos hace perder el sentido lógico de la vista. De nuevo la sinrazón se apodera de nosotros y creemos otra vez en la locura. Creer para entender o entender para creer. Pero no será un milagro. Y arderá el tiempo, como siempre lo hace pero más acusado en esta Semana Mayor, sin llorar arena, porque no hay reloj que marque las horas, sino lluvia de cera que riega de lágrimas sólidas las calles. Pero esto, aunque pueda parecerlo, tampoco será un milagro. Nos deslumbrará el oro y la plata, y su incandescente destello al ser tocado por el sol y la luna, nos indicará que hay algo místico en todo lo que vemos. Pero no será un milagro. Un río de fuego se extenderá bajo la penumbra de la noche. Oscuridad y silencio serán los márgenes que lo acompañen, y la luz del pabilo dejará ver miradas de penitencia. Miradas anónimas que rezan por una causa. Hay vida bajo esa quietud de ruán. Y nos puede parecer un milagro, pero no lo será. En la Plaza del Museo, dudaremos si don Bartolomé está pintando la elegancia de lo que ve, y en la del Duque, casi podremos observar, atónitos, como don Diego mueve el pincel para plasmar este mundo que es una semana. Pero no será un milagro. Un ramillete de personas se hará y deshará rápidamente. Una aglomeración de ojos sedientos en la búsqueda de un guardabrisa y un varal. Cientos de personas que se unen de una sola vez y se separan cual diáspora. Es la bulla sevillana, con sus propias normas y su figura camaleónica. Y tampoco esto será un milagro. Volutas de incienso modificarán la luz y la transformarán en sombras claras y reflejos volátiles. Imágenes confusas en espejismos borrosos, una neblina que se convertirá en velo blanco, roto de pronto por la delantera de un paso. Pero no será un milagro. Y puede que el río en estos días tenga un fulgor diferente, y que sus aguas parezcan de plata y Sevilla se haya engalanado como nunca. Pero ni aunque pueda parecerlo, que lo parece, esto tampoco será un milagro. Y los sentidos nos volverán a fallar. En estos Siete Días Sagrados, nuestros sentidos vagan perdidos a la deriva de una confusión eterna. Una duda sin fin que los hace perderse sin saber cuál es la función que deben cumplir. Nuestros ojos contemplarán la candelería menguada y no sabrán si está llorando la cera o son nuestras lágrimas las que descienden vencidas por la emoción. Todo será luz, pero querremos acariciarla, para saber cómo es el tacto dúctil de la belleza. Rozaremos lo sagrado y lo profano. Querremos probar y degustar el choque de las bambalinas, en su delicioso compás de ritmo armónico y equilibrado. Y estaremos perdidos. Nada tendrá sentido y ese será uno de los secretos de la Semana Santa. Porque incluso querremos oler la fragancia que desprende la hermosura espiritual de Esa Señora que pasa ante nosotros, y sentiremos el nardo y la azucena. Y ver. Ver como nunca hemos visto. Contemplar la belleza, lo divino, lo etéreo, lo bendito y lo laico. Todo aquello que creemos sentir. Pero pese a todo, pese a que puede parecer que este espectacular conjunto de sensaciones sea un milagro, no lo es. Este sutil y delicado acervo pertenece a la belleza y esplendor de una Semana nombrada como Santa. A la magnificencia y primor de lo sublime resumido en Siete Días de Pasión.


Entonces… ¿qué es un milagro?, ¿qué características grandiosas e incomprensibles tiene que poseer?, tal vez ni yo mismo lo sepa. Pero hay detalles en esta Semana Mayor, que me hacen reflexionar y pensar. Hay gestos que son especiales y me emocionan. Hay pinceladas que las considero un milagro. Un milagro es el río blanco inmaculado que se extiende cada año por la ciudad y nos recuerda que La Paz es posible, que no es una quimera, que no tenemos que olvidarla. Que existe y que el nombre de su barrio es El Porvenir. La ilusión y la alegría de un niño nazareno. La sonrisa al tendernos su presente de dulce caramelo. Esa sonrisa es un milagro, porque ilumina el mundo, porque nunca un niño debe dejar de sonreír. En la calle Sol nos recordarán que la multiplicación de los panes y los peces del Señor se sigue produciendo. Él está presente en aquellos comedores sociales, sean de hermandades, órdenes o no, donde el milagro se produce diariamente. Dar de beber al sediento y comer al hambriento. Sigue existiendo el Amor. Sigue existiendo el Socorro. Y esto es un milagro. En el Divino Salvador, no hay mejor nombre para identificarlo, nos siguen enseñando cada año, en estos siete días, que el Amor existe y el Socorro también, que tenemos que creer en Él y en Ella. No penséis que me he vuelto loco, pues todo esto es un milagro para mí. Y si la locura es necesaria para entenderlo… ¡volvámonos locos!. Que alguien, por primera vez, contemplando la esencia pura de la Semana Santa encuentre algo que no sabía que tenía. Que alguien sienta la Fe sin haber creído nunca en ella… esto es un milagro. La Semana Mayor de Sevilla está en esos detalles. En la visita de la centuria al Hospital. En el brillo de los ojos de un anciano al comprobar que han venido los romanos de su infancia, los de la Sentencia. En la alegría e ilusión de los niños al ver aparecer por la puerta los armaos de la Macarena. De la Esperanza. ¿Acaso esto no es un milagro?. El Señor y Su Bendita Madre están en estos momentos más presentes que nunca. Esto es lo que no se ve, pero se siente. Lo que tenemos que tener en cuenta. Es un milagro que al Señor de la Salud tengamos que darle las gracias. Que la Estación de Penitencia sea para agradecer algo que ya Ha Hecho. Que ya Ha Curado con su infinita bondad y su Poderosa Salud. Ese es el milagro. Que un enfermo, aquejado en su casa o en el hospital, pueda ver caminar al Hijo de Dios por Sevilla y, emocionado, comprenda que ese es Su Gran Poder. Que está en todos sitios. Que es un milagro. Que gracias a unas personas, otras podrán disfrutar de aquello que no pueden ver, oír o escuchar de cuerpo presente, pero podrán sentir. Gracias a la televisión, gracias a la radio, gracias al Amor que aún existe. Esto es un milagro. Que los ancianos de la Residencia Tartessos acompañen su Soledad con la de San Buenaventura, es algo sobrenatural. Es otro milagro. Que a los enfermos de San Juan de Dios los visite el Señor que calma su Sed y el azul infinito de los ojos de Su Madre y sientan que Él y Ella están allí. Sentir, porque al fin y al cabo la Semana Santa es eso, sentir. ¿No es un milagro esto?, ¿no es un milagro que los enfermos escuchen el tambor tocar por ellos?, ¿la corneta destemplarse al son de una marcha que calma su espíritu?, ¿el sonido y la fragancia de unas bambalinas que se mueven al ritmo que sus corazones marcan?, ¿no es un milagro?.


La alegría y el llanto. La emoción y la risa. Todo forma parte de lo mismo. Es un conjunto de sensaciones que ahora se hacen realidad. Es esto lo que vamos a vivir. Estos son los milagros. Que en el TDH de la Hermandad de Triana no se apague la sonrisa y la Esperanza tenga tez morena. Es un milagro. Que en San Vicente el hábito franciscano sea el símbolo de la grandeza humana. Que una coronación valga el Amor al prójimo, encarnado en el apoyo y cariño a esos niños con Estimulación Precoz. Esto es un milagro. Que en Bielorrusia miles de niños se sientan nazarenos porque su Hermandad está en la calle, no puede ser otra cosa más que un milagro. Algo divino y sobrenatural. Y esto ocurre en Semana Santa. Y será así cuando un joven estudiante se levante de madrugada, al otro lado del mundo, y busque la plataforma necesaria para estar cerca de sus Sagradas Imágenes, aunque sea por la red más universal de todas. Será un milagro. Al igual que aquel hermano que está lejos de su Sevilla, porque ha elegido estar cerca de los que le necesitan, en el corazón de un continente donde tanta falta hace el Amor. Y se emocionará porque podrá sentirse cerca. Y sus lágrimas será la mejor forma de comprobar que la Semana Santa es esto. Será un milagro. Temblarán las Almas cuando el Cristo baje por Sales y Ferré y los miembros de la residencia lo estén esperando. Sentados bajo el primer relente que lloran las estrellas y envueltos en mantas, en el momento en que la noche ya es una realidad. Y se emocionarán cuando el Señor se pare ante ellos y se invierta la ofrenda. Un ramo de claveles rojos para los ancianitos. Será un milagro. Y entonces tendremos la certeza de que aún hay Fe y hay Esperanza. De que existe el Amor. Que existen los milagros. Y será así. Porque cuando la razón pierde pie y la lógica se tambalea en un alambre de espino, tenemos que dejarnos caer en el abrazo de la incoherencia y sumergirnos en aquello que no entendemos. Sólo así podremos creer. Y así encontraremos estos milagros. Y los entenderemos. La Semana Santa es esto. Sentimiento y emoción. Fe y Esperanza.


Sevilla está preparada para vivir en un mundo onírico. Llega la Semana de los sueños. La Semana donde todo está por encima de lo real y la razón comparte protagonismo con la locura. Nos dejaremos llevar por lo sagrado y lo ascético, lo profano y lo laico. Y todos caben aquí. Sin excepciones. La solución a una concordia humana universal encerrada en siete días. Otro milagro que la hace grande. Que la hace Universal. Cabe el autóctono y el extranjero, el político y el apolítico, el católico y el ateo, el creyente y el agnóstico, el rico y el pobre, el capillita que se arregla y prepara con ceremonia cadenciosa y cuasi instructiva, y el cani con su traje y zapatos blancos, para ellos las mejores galas que tienen para acudir a ver sus Imágenes. Porque es así. Todas estas personas, y más que me dejó atrás, están unidas por una misma tradición, la Semana Mayor de Sevilla, y en ella se incluye a todos. ¿Y esto?, ¿no es un milagro esto?, la plena y completa convivencia de diferentes estratos de la sociedad unidos por un único camino: el Amor a la Semana Santa. Es el sentir del pueblo. Todos son uno. Porque es así. Y debe ser así.


Volverán a rezarle a las Imágenes. Volveré por el camino más corto. Volverá a haber recogimiento y alegría. El Jueves Santo volverá a ser el único día que haya luz eterna. Luz de día y luz de noche, cuando el Sol se haya ocultado y tome su relevo la brillante Luna de Parasceve. Volverá a emocionarnos una levantá. Volverá la alegría de la Esperanza. Volverán a fallar los sentidos. Volverá a caer la cera como símbolo del paso del tiempo. Volverán las volutas de incienso. Volverá la lluvia de pétalos. Volverán los milagros. Todo volverá un año más, pero de forma distinta, dándonos la oportunidad, una vez más, de volver a vivir, a sentir estos Siete Días Grandes. Sevilla se convierte en la Jerusalén viva. Un teatro decorado con las escenas más emocionantes que podamos imaginar. No se sabe muy bien si la ciudad se hizo para la Semana Santa o ésta para la urbe. Integración mística y ascética que roza la combinación elocuente de una panacea universal de la convivencia humana. Es una utopía que la realidad se encarga de demostrarnos con el espejo del alma del ciudadano. Sevilla siente la Semana Santa. Vive estos siete días como si quisiera atrapar un instante volátil, una imagen congelada en una esquina, la fragancia del azahar exornando el palio de cajón, la Mano divina perfilada en el azul luminoso de un Domingo de Ramos, el beso al aire del niño, terciopelo mezclado con ruán, lágrimas de cristal que traspasan el espíritu. Pero esto es, cuanto menos, imposible. El que asiste a este espectáculo grandioso, pagano y jubiloso por fuera, místico y sagrado por dentro, se esfuerza y dedica en cuerpo y alma a este menester, a captar cada momento. A veces ufano y alegre, humilde y resignado en otras ocasiones, sabedor de que la teoría es mucho más fácil que la práctica escogida. No se puede describir lo que se va a vivir, lo que se va a ver, lo que se va a sentir. Ni siquiera lo que hemos vivido, visto o sentido años atrás, pues sólo es un recuerdo desvirtuado por la sinrazón del paso del tiempo. Una imagen latente, apenas visible, de aquello que hace un año creímos saborear. Porque cuando estemos sumergidos en esos momentos, sabremos que estamos atrapados en un misterio, aquel que nos hace vivir la eternidad en un instante. Cuan complejo es describir estos detalles sutiles que la pasión del momento nos trae. Pero ahora, quizás por la leve lesión del paso del tiempo, por ese consumir de cera perenne que hace rebajar nuestra candelería, sólo podemos acercarnos a lo vivido. Podemos tener una idea de lo que ocurrió el año pasado. De lo que sentimos años atrás, pero nunca podremos describirlo exactamente y a la perfección. Ni aventurarnos a lo que está por llegar. Podemos percibir que se tratará de algo sobrenatural. Algo que se escapa de la razón, de la lógica. Algo que se escapa incluso de toda explicación sensata. ¿Tenemos entonces que estar locos para entender lo que va a ocurrir?, puede que la locura sea un estado cuasi necesario para poder palpar en su totalidad lo que Sevilla siente en la Semana Santa. Hay que aislarse y desprenderse de toda coherencia, dejar a un lado lo entendible y dejarse llevar por lo que nuestro corazón siente. Quizás esta sea la mejor solución. Toda congruencia queda expuesta a una situación vergonzosa, incapacitada para exponer con lógica aquello que estamos viendo o sintiendo. Y es que no se puede explicar con palabras aquellas emociones que emanan directamente del alma. Es un hecho inexplicable e indescriptible por las leyes naturales.



Hace un par de semanas, mi amigo Alberto y yo nos movíamos con rapidez entre las calles del centro, ávidos en busca de aquel Via+Crucis que había salido. Llevábamos a nuestra espalda la visita de varias iglesias, siempre con la intención de encontrar algún paso montado o, en su defecto, conformarnos con la parihuela o el bulto envuelto en lona. En ese instante, entre las calles estrechas que trazaran con maestría los musulmanes para una fiesta cristiana, mi amigo, casi sin resuello, me preguntó “quillo, ¿por qué nos gusta esto tanto?”. En ese momento lo miré y sonreí, pero no dije nada. El silencio fue la única respuesta a una pregunta que no sabía contestar. Porque realmente no lo sé. Y creedme si os digo que he estado pensando desde entonces en esa pregunta. Y creedme si os digo que no sé explicarlo. Que no sé describirlo. Que no sé decir qué se siente con palabras. Y ahora, llegados a este punto, sé que todo pasará en un abrir y cerrar de ojos. Todo pasará rápidamente. Fugaz y breve como el carbón que da vida al incienso o el azahar que prende del naranjo. Por eso, disfrutad de lo que está por llegar. De lo que va a ocurrir. No le busquéis una explicación. Ni siquiera lógica o razonamiento, porque será inútil. Porque no podréis saber porqué late con fuerza el corazón y porqué un escalofrío recorre vuestra espalda. Porque no podréis saber porqué lloráis o porqué reís. Llega la Gloria… en estos días no se razona. En estos días solo se vive y se siente. Porque la Semana Santa, al fin y al cabo, es esto, un verdadero milagro que hay que sentir.