sábado 6 de febrero de 2010

Avatar

“Año 2154. Jake Sully (Sam Worthington) es un ex-marine confinado en una silla de ruedas que, a pesar de su cuerpo tullido, todavía es un guerrero de corazón. Jake ha sido reclutado para viajar a Pandora, donde las corporaciones están extrayendo un mineral extraño que es la clave para resolver los problemas de la crisis energética de la Tierra. Al ser tóxica la atmósfera de Pandora, ellos han creado el programa Avatar, en el cual los humanos "conductores" tienen sus conciencias unidas a un avatar, un cuerpo biológico controlado de forma remota que puede sobrevivir en el aire letal. Estos cuerpos están creados genéticamente de ADN humano, mezclado con ADN de los nativos de Pandora, los Na'vi. Ya en su forma avatar, Jake puede caminar otra vez. Ha recibido la misión de infiltrarse entre los Na'vi, los cuales se han convertido en el mayor obstáculo para la extracción del mineral. Pero una bella Na'vi, Neytiri (Zoe Saldana), salva la vida de Jake, y todo cambia. Jake es admitido en su clan y aprende a ser uno de ellos, lo cual le hace someterse a muchas pruebas y aventuras. Mientras, los humanos siguen con su plan, confiando en que la información de Jack les sea útil”FilmAffinity.


Si usted ha acudido a ver "Avatar" en 3D y ha tenido mareos o ha sufrido molestias oculares, está dentro de los afectados por el nuevo formato propuesto para los cines de España, Europa y el resto del mundo, según las noticias. Si por el contrario se encuentra dentro de aquellos usuarios del cine que no ha visto la película de James Cameron en 3D, no tiene porqué preocuparse por la posible repercusión en los defectos causados en la vista, sin embargo se ha perdido una de esas cintas que dejan un muy buen sabor de boca.



"Avatar" era una de esas películas que no me llamaban la atención. Leí la sinopsis y no consiguió engancharme. Escuchaba las buenas críticas y opiniones de mis amigos que habían ido a verla, pero no terminaban de convencerme. Un fin de semana, tal vez por exceso de recomendaciones, compré las entradas un día antes para asegurarme una buena butaca, aunque estaba seguro que la sala no se llenaría, pero me gusta ser previsor. Acerté. La sala se llenó completamente, a pesar de llevar más de un mes y medio en cartelera. Tenía tres horas de film ante mis ojos y me preparé para la ocasión. Apenas noté el paso del tiempo. Puede que este detalle no sorprenda en una película de acción, pero si a esta información le agrego que la cinta de James Cameron no tiene un guión extraordinario ni una historia espectacular, surgen algunas dudas sobre la calidad de la película. Nada más lejos de la realidad. "Avatar" es un espectáculo visual y auditivo, un film cargado de colorido y efectos sonoros magníficos enmarcados en una buena música, todo cargado de acción a raudales, que deja una sensación majestuosa cuando las letras finales despiden al espectador.



Con una muy buena dirección, James Cameron consigue crear una cinta con un argumento bastante predecible, pero no por ello decepcionante. Sabemos lo que va a ocurrir y los elementos que crean la historia, pero a pesar de ello nos gusta. No posee un guión brillante y lleno de giros sorprendentes, de hecho adolece de esos elementos sorpresa a los que nos tiene acostumbrados su director en anteriores cintas (“Terminator”, “Alien, el regreso”, “Terminator 2” o “Titanic”), pero consigue sumergir al espectador en el mundo de Pandora y concienciarse de la difícil vida de sus habitantes. Con un pequeño toque inocente que acoge la clasificación de todos los públicos y una pincelada Disney sin pertenecer a la compañía (con un malo muy malo incluido) hace que un film con un gran porcentaje de digitalización, se convierta en una aventura llena de sensaciones que todos queremos vivir. Pese a su alto contenido digital, el reparto ayuda a cerrar esta creación con las buenas interpretaciones, aunque no excesivamente brillantes, de Sam Worthington, Sigourney Weaver y Zoe Saldana, de la que sólo podemos ver sus facciones en el mundo Na’vi. Se completa la ficha técnica con la música de James Horner, compositor con el que ya contó Cameron en su ultrapremiada “Titanic”, y la fotografía de Mauro Fiore.



No es fácil. No es fácil pero James Cameron lo ha conseguido. Se ha gastado un presupuesto de más de 250 millones de dólares en crear un mundo fantástico donde el espectador es un visitante de lujo, y lo mejor: lo ha hecho bien. Con un grandísimo mensaje que transmite unas ideas muy claras y deja un regusto excelente, "Avatar" es de esas películas que consigue sacar una expresión de satisfacción a todo aquel que se pase por un cine a verla. Un film que ha sido nominado con cuatro Globos de Oro ganando dos (Mejor Película y Mejor Director) y que entra en las listas de los Óscar con nueve nominaciones (Mejor Película, Mejor Director, Mejor Fotografía, Mejor Banda Sonora, Mejor Montaje, Mejor Dirección Artística, Mejor Sonido, Mejores Efectos Sonoros y Mejores Efectos Visuales). Cameron, ante el grandísimo éxito de su obra, ya ha anunciado que habrá trilogía. Quizás sea porque las 3D me cautivaron, tal vez porque quise ser un Na’vi o puede que, sencillamente, fuera porque me hizo ilusión formar parte de una gran aventura visual y sonora, pero "Avatar" me gustó… además, siempre quise montarme en un dragón. Un ocho en la escala de diez.


¿Habéis visto "Avatar"?, ¿qué os parece la idea de la trilogía?

jueves 4 de febrero de 2010

Tres años...

"- ¿Ya no escribes?

- No, ya no.

- Eso no se olvida ¿no?

- No".

"Alatriste" - Agustín Díaz Yanes

[Tres años repartiendo agua.
Gracias a todos los que se han pasado alguna vez por aquí, escribieran o no.
Gracias]

sábado 30 de enero de 2010

Auschwitz

Algunos hombres giran la cabeza ante su nombre, otros responden con palabras duras, y muchos miran de forma extraña. Mantienen sus ojos vacíos e inexpresivos. Conozco esa mirada, pues tuve que contemplarla durante años ante el espejo. Son cicatrices que el tiempo se encarga de grabar a fuego en los arrabales de nuestro corazón. Sitian el alma de terror y desesperación que tarda en desaparecer. La mancha de la humillación emponzoña la conciencia y el pavor envenena la vida. La infancia se antojaba tan lejos… era apenas un esbozo de felicidad desdibujado en aquella tristeza a rayas. Nuestra infancia es como un juguete olvidado en el cajón de nuestra habitación, acudimos a ella cuando necesitamos refugiarnos de nuestra realidad. Huir de la presión adulta, de la madurez y sus problemas. Pero a mí me arrebataron mi infancia. Se encargaron de borrarla de mi memoria, sin embargo, fue cuando más intenté rescatarla. La buscaba y la ansiaba entre tanto horror. En ocasiones cerraba los ojos e intentaba soñar. Es difícil tener fantasías dentro de una pesadilla, sin embargo solía conseguirlo muy a menudo. Luego tenía que volver. Siempre había que despertar. Empecé a desear quedarme dormido para siempre en el eterno sueño de mi infancia olvidada. Aquella sensación inmaculada de la inocencia de un niño. De su libertad. De su tranquilidad. De su belleza idealizada. Siempre tenía que acudir a ella mediante recuerdos, porque mi infancia, hijo mío, se quedó fuera de aquella alambrada para siempre.

Dicen que hace mucho calor. Dicen que es cavernoso y que huele a azufre, que las tinieblas y la oscuridad se turnan para decorar el interior de sus entrañas, pero el infierno no es así. El infierno es frío. Frío como el metal de las armas. Frío como la humedad de los barracones. Frío como el alambre, como si no tuvieras sentimientos. Frío como el gas que evaporaba la dignidad de los seres humanos que lo poblaban y como los cuerpos inertes de mis compañeros, de mis amigos, de mis familiares. Fríos como los recuerdos que veo aparecer en sueños. Tan frío como el hielo que se acurrucó en mi alma para siempre. No supe a qué sabía la alegría y el tiempo se convirtió en el peor de los diablos de aquella morada. A la Esperanza se le paró el reloj y estábamos tan cercanos a la Muerte que nos confundían con ella.

Un día todo acabó. Parecía otro de mis sueños, pero hacía mucho que no soñaba. Nos rescataron y entonces desperté de mi madurez obligada. Ya no era un niño, pero me di cuenta que volvía a llorar como si lo fuera, volví a descubrir el tacto de la luz y el calor más allá del frío infierno. Volví a sentir la libertad de mi infancia y la belleza de la vida. Aquellos pequeños detalles de mi niñez siempre me han acompañado, porque cuando salí de aquel lugar me di cuenta que la vida me había dado otra oportunidad. Perdí mi infancia, pero volví a tener otra. Recuerda siempre, hijo mío, que tu padre sobrevivió al campo de concentración de Auschwitz, pero muchos de sus amigos, de mi familia y la tuya, perecieron allí. Mis cicatrices son las del Mundo civilizado, que debe saber mirar en ellas para no volverlas a sufrir.

Cerró la carta de su abuelo y la guardó en aquel sobre amarillento por el paso del tiempo. A partir de ese día, Violeta sintió la luz de la vida más fuerte que nunca…

Texto realizado para el programa Radio Estilo que dirige, magistralmente,
Saray Pavón Márquez

Desde aquí le agradezco la oportunidad que me brindó al participar

viernes 1 de enero de 2010

Ya es mañana... y todo empieza

Hoy es viernes, tenía que ser viernes. Hoy es 1 de enero, y al igual que el año, hoy en San Lorenzo hay cera nueva. En la Plaza Donde Todo Empieza...


"¿Cómo siente Sevilla la devoción hacia Nuestro Padre Jesús del gran Poder? Es indefinible; para el observador extraño, será siempre un misterio este movimiento impulsivo de nuestro pueblo hacia el Nazareno de Montañés"
- La Ciudad, Manuel Chaves Nogales

jueves 31 de diciembre de 2009

...otro día.

Hoy a las 23:59 acaba un día. Acaba un mes. Acaba un año... pero hoy es jueves, y mañana será viernes. Terminará el día, pero mañana habrá otro. Como dijo en 'Lo que el viento se llevó' Scarlett O'Hara: "Después de todo... mañana será otro día..."

Feliz Año Nuevo a todos
Vuestro amigo Ramsés

jueves 24 de diciembre de 2009

La sonrisa del pastor

El destino puede ser impredecible, por mucho que digan que está escrito. A veces se trata tan sólo de un boceto del devenir real, y otras, un calco perfecto del futuro planificado por el diablo. Tal vez nuestra vida no sea otra cosa más que un libro, o el capítulo de una novela dilatada. Estamos atados entonces, unidos a un discurrir de acontecimientos desarrollados tras una voz en off que nos predica el sino de nuestra existencia. Todo está pensado para que transcurra la trama a través de unos ojos borrachos de ansiedad por lo que va a ocurrir. Pero… si está todo escrito, ¿por qué nos sorprenden los giros que el tiempo nos tiene guardados? Porque no hemos leído el argumento de nuestra propia vida.


Hoy es Nochebuena. Hoy comienza la Navidad. Hoy un pastor sonreirá en el cuadro del retablo de la Anunciación, aquella obra impresionante de don Juan de Roelas. Una sonrisa que valía un cambio estilístico. Una sonrisa que sorprendía a Pacheco y le despertaba de su imperio inquisitivo. Una sonrisa que permanecerá intacta cuando el crepúsculo de la Estrella de Bagdad sea un hecho. Una sonrisa, queridos amigos, que no podemos olvidar en todo el año. Ahora es el momento de la solidaridad artificial, pero durante todo el año, es el periodo que tenemos para reescribir el guión planificado. Ese capítulo de este libro que es la vida. No nos quedemos sólo aquí. No nos quedemos atrapados en ese boceto que destila el devenir más cercano. El destino está escrito, pero podemos reescribirlo. Ese pastor sonríe durante todo el año, por eso yo os deseo una Feliz Nochebuena, una Feliz Navidad y la permanencia de la sonrisa, tu sonrisa, durante estos 365 días que vienen.

Un grandísimo abrazo de vuestro amigo Ramsés.

viernes 18 de diciembre de 2009

Final

Hace poco vi “Lucía y el sexo”, de Julio Medem. Había escuchado hablar de ella, pero nunca me había sentado a verla. Todos me decían que tenía un guión extraordinario y que la historia era genial. Me invitaron a verla y me perdí entre sus geniales diálogos. Es una película que te hace reflexionar. Es una cinta que, como norma general, no te deja indiferente. Hace unos días surgió la propuesta de crear una entrada sobre el final de las cosas. No sabía que escribir, Cronos me tiene maniatado últimamente y las ideas no suelen ser buenas. Fue entonces cuando me acordé de esa película. En “Lucía y el sexo” hay una frase magnífica, encerrada en un contexto especial, que decía lo siguiente: “La primera ventaja es que cuando el cuento llega al final no se acaba, sino que se cae por un agujero y el cuento reaparece en mitad del cuento. Ésta es la segunda ventaja, y la más grande, que desde aquí se le puede cambiar el rumbo, si tú me dejas, si me das tiempo”. Me fascinó esa posibilidad, la capacidad de cambiar el rumbo de las cosas, de los acontecimientos, de la carencia de final. No existiría final, porque cuando lo presintiéramos, siempre podríamos volver al centro de la historia. El final es algo muy relativo, puede ser lo esperado o lo temido, pero en las dos ocasiones tiene ligada una sensación de placer y de angustia. Si el final se espera, la angustia reside en el tiempo de llegada. Si por el contrario no se quiere llegar al final de algo, el placer desaparece cuando llega la angustia del nunca jamás. ¿Quiénes de ustedes no ha deseado volver atrás cuando el final se ha intuido? Pese a todo, creo que el final es necesario.


El final le da sentido a todo. Volviendo a inspirarme en el celuloide, recuerdo otro fragmento, esta vez de la película “Troya” de Wolfgang Petersen, cuando Aquiles le dice lo siguiente a Briseida: "Te contaré un secreto, algo que no se enseña en tu templo. Los dioses nos envidian. Nos envidian porque somos mortales, porque cada instante nuestro podría ser el último, todo es más hermoso porque hay un final". Y es así. El final es necesario para que la vida tenga sentido.

domingo 13 de diciembre de 2009

F.F.de C.

"- Sentía ganas de meterle una bala entre los ojos a cualquiera que se negara a follar para salvar su especie. Quería abrir las válvulas de descarga rápida de todos los petroleros y cubrir de crudo todas esas magníficas playas que yo jamás conocería. Quería respirar humo...

- ¿Dónde estabas, chico psicótico?

- Quería destrozar algo hermoso".

"El Club de la Lucha" - David Fincher

¿Habéis sentido esto alguna vez?

lunes 23 de noviembre de 2009

Cello

Una vez llegó un hombre a El Torino hablando de una mujer, el alma y el aire. Ese día, la barra lucía las manchas del viernes y la conciencia se quedaba pegada a la comisura de los labios de la bella Inés, que cantaba al otro lado del velo de alquitrán. Aquel tipo se dejó caer por el gaznate de las escaleras del bar pasada la media noche de los noctámbulos, y me pareció un espíritu consumido por la oscilante luz de la bohemia. Puso su sombra a remojar en una ginebra sin tónica y dejó crecer sus palabras con el humo de su cigarrillo. Recuerdo su mirada, desgastada de tanto usarla, pero pulida con un exquisito brillo de vida. Comenzó a recitar una poesía como presentación mientras su aliento tallaba el aire de volutas grises:

El alma es igual que el aire.
Con la luz se hace invisible,
perdiendo su honda negrura.
Sólo en las profundas noches
son visibles alma y aire.
Sólo en las noches profundas.
Que se ennegrezca tu alma,
pues quieren verla mis ojos.
Oscurece tu alma pura.
Déjame que sea tu noche,
que enturbia tu transparencia.
¡Déjame ver tu hermosura!

Una poesía al trasluz del aliento denso del bar era igual de chirriante que un vaso limpio tras la barra. Dejó que el ambiente viciado de El Torino secara mi impresión húmeda de ron y dijo el nombre de su autor. Manuel Altolaguirre. No acerté a decir nada más ingenioso que un sonoro silencio, adornado con la sonrisa sincera que guardo para los encuentros familiares. Era uno de esos hombres anacrónicos, sacados de una novela negra de viñetas monocromas. Me lanzó una pregunta cuando estaba leyendo las arrugas de sus ojos. ¿Has tocado alguna vez un cello? La respuesta negativa de mi cabeza le abofeteó media sonrisa seca en su cara. A veces la vida te da la oportunidad de conocer historias que cambian la tuya. A veces la vida te da la oportunidad de emborracharte de un alcohol diferente al etílico y puedes degustar vicios ajenos. Me dijo que había visto una mujer que era un cello. Me habló del sonido eterno de ese instrumento, de su esencia y de su forma y figura. Me contó que cuando la tuvo delante sintió uno de los sonidos más bellos que tiene la vida.


Estás hablando de una fotografía de Man Ray, le dije por primera vez roncando las palabras de mi garganta, pero con la misma seguridad con la que una voz sensual te invita a una cama gratis. Siempre he sido un experto para perderme entre los nutritivos escotes de las mujeres que asoman por El Torino. Agarro las curvas femeninas con la misma pasión con la que trabaja un escultor. No me importa gastar la lengua con los labios de bocas ajenas o tallar mi saliva con la madera de la nariz de Pinocho, si eso me sirve para salir acompañado cuando se acuesta la luna. Sin embargo, debo reconocerte que no supe interpretar el mensaje de ese tipo. Me miró sin saber de qué hablaba y me respondió tan serenamente como el silbido de un sicario tras despachar su trabajo.

¿Man Ray? No sé quién es Man Ray. Yo hablo de una mujer que conozco. Cuando escuchas hablar a un cello, el sonido de su corazón te atrapa como el canto de una sirena, como el alcohol embriaga los sentidos de un borracho. Puedes ver qué color tienen los sentimientos y la música de la vida. La elegancia toma forma y el perfume de las notas embriaga el ambiente. Así es la mujer que conozco. Te hace vibrar como las cosquillas del arco que dan vida a las cuerdas. Te hace temblar cuando te mira. Y su sonrisa parte en dos la conciencia racional de un hombre y vuelve cuerdo a un loco. Es capaz de derretir el fuego con su cuerpo. ¿Has conocido alguna vez a una mujer capaz de pintarse los labios con el carmín del vino? Así es ella. Elegante y con clase. Créeme cuando te digo, muchacho, que cuando la conoces jamás has sentido una tentación tan atractiva y prohibida a la vez. El alma es igual que el aire, con la luz se hace invisible. El alma del cello no se ve, pero se siente, sólo así eres capaz de tocarlo.


Fue eso. Nada más. No volví a verlo. Susurró una historia breve como el suspiro de un niño. Tenue como la luz amarillenta de la barra. El hilo destilado de su voz me acomodó una imagen borrosa en mi cabeza que sólo recuerdo cuando bebo ginebra. Desde entonces busco a una mujer que se parezca a la de Man Ray. Busco a una mujer que me enseñe el decálogo de la tentación del vicio y el alma oculta de un violonchelo. Cuando la encuentre le contaré mi historia y se la dedicaré para hacerla inmortal. Sólo tendré que decir: "para el cello que me enseñó cómo suena la vida..."

sábado 31 de octubre de 2009

Erótico chocolate

Lo sabía. Sabía exactamente por qué estaba allí sentado, con las piernas dormidas, y un dolor de cuello abrasador, pese al frío que le acurrucaba la piel en pequeños círculos granulados. Carne de gallina para una espera. Esperar. Quizás era lo que más le agobiaba, agotar su paciencia envenenada con la rabia que inundaba su cuerpo. Se movió un poco, para hacer circular la sangre lo mejor posible, pero sabía que aún le quedaba un buen rato con las rodillas flexionadas. Miró hacia arriba y observó unas enormes manchas de color verde oscuro, entrecerró los ojos dejando una rendija de luz… sí. Quizás África. Sí, África encajaba perfectamente con el perfil de aquella mácula que se convertía en el borrón que dotaba de informalidad higiénica a su cuarto de baño. Suspiró y dejó caer la cabeza en gesto de resignación entre sus manos. Estaba condenado a estar allí sentado, sin moverse, con las piernas entumecidas y el culo helado, pero no podía hacer nada. Nada. Sólo esperar. Al menos tenía un descanso, leve y minúsculo, que le estaba dejando algunos minutos para reflexionar sobre todo aquello. Para hacerle pensar sobre las ilusiones. ¿Qué es una ilusión para el ser humano? una visión desvirtuada de la realidad que se quiere ver. Un engaño o mentira que la conciencia crea en la mente febril de una persona cuerda y racional, similar a un sueño etéreo, pero con la capacidad de hacerse realidad. Quiso sonreír pero le salió una carcajada. ¡Menudo payaso estaba hecho!. Y todo por culpa de su adorado e idolatrado Mel. Entonces se puso serio y su rostro se tornó sombrío, pues tenía claro que iba a denunciarle. Lo denunciaría. Sabía que vivía en Barcelona y hasta se había hecho con su dirección.



No hacía ni más de veinticuatro horas cuando empezó todo, en el vestíbulo de su cine habitual, donde acudía todos los miércoles desde hacía más de diez años. Como acostumbraba, echó un vistazo a la cartelera y seleccionó la película nueva que iba a acompañarle esa noche. No tenía muy buena pinta, pero su papel de cinéfilo empedernido le obligaba hacer una visita semanal a su cine preferido, y el único filme que quedaba con algo de dignidad era ese. Compró su entrada y frenó sus pasos en el vestíbulo para aprovisionarse de un cargamento de golosinas dulces y saladas. Por ese motivo escogía la sesión de las diez de la noche, la mejor excusa para cenar palomitas con coca-cola, precedidas de un paquete de avellanas caramelizadas, y para rematar, una bolsita cargada de regaliz. Su estómago sabía rezar a tiempo y se preparaba para esos cócteles explosivos a media semana, a cambio, recibía una dieta sana y equilibrada el resto de días. Pero aquel miércoles fue diferente. Al acercarse a la vitrina de palomitas, y antes de saludar a Laura, la chica que le atendía en los últimos meses, algo le llamó la atención de forma inusual. Sus ojos se llenaron de asombro y el corazón le dio un vuelco vertiginoso. Sus pulmones se hincharon de aire y la boca segregaba un dulzor especial. Es la sensación del encuentro que paladeaba en ese mismo instante. Tras la vitrina aparecían, perfectamente ordenadas en su caja, las chocolatinas que tanto tiempo había esperado. Sonrió con labios bobalicones y su mirada se ablandó como si de una amante deseada se tratara. Pero no iba muy desencaminada tal sensación, pues esperaba encontrarla en su interior, guiñándole un ojo, besándose en la mano y lanzándole sus labios después de soplar sutilmente. Desde ese momento, supo que esa noche no habría palomitas con coca-cola, que no saborearía el caramelo de las avellanas, y que ni siquiera se mancharía la comisura de sus labios de negro, tras devorar el regaliz ávidamente. Empezaba a sospechar que esa noche, ni siquiera vería la película.


Conocía la obra de Mel. La conocía desde hacía mucho tiempo, pero por otros motivos diferentes a los artísticos. Ignoraba que sus pinturas eran el símbolo de un icono Pop de la época del consumismo. No le interesaba saber que cada uno de sus cuadros se relacionaba directamente con alguna multinacional, como el propio refresco que consumía. Tampoco se preocupaba en indagar sobre la forma y estilo en que sus figuras cuadraban a la perfección con los productos que aparecían en los lienzos. Sólo había visto uno, pero le daba igual. Le daba absolutamente igual. Lo único que quería, que deseaba fervientemente, era encontrar el premio que Mel le había sugerido cuando le encontró en una revista de corte erótico. No era la única publicación que tenía de ese estilo, pues hasta dos cajas de zapatos llenas bajo su cama, atesoraban en sus entrañas revistas de curvas peligrosas, perfiles imposibles, interiores atrevidos y deseos irrefrenables. Al ver la obra, pintura entre tanta fotografía resultaba extraña, pero no por ello menos atractiva, buscó información. Dio con ella en el pie de página, donde aparecía el autor, Mel Ramos… y nada más. Su imaginación tejió una red densa, amplia y extraña que terminó por atar cabos excesivamente surrealistas, pese a tratarse de un tema Pop, pero él no lo sabía. Ni le importaba. Nunca le importó. Ahora tenía la chocolatina ante sus ojos, la misma que tanto tiempo había esperado. La misma que tanto tiempo había deseado.


Abrió su cartera y sacó varios billetes. Sus ojos le brillaban y Laura se dio cuenta de ese destello inusitado en la mirada de aquel cliente habitual, la sonrisilla nerviosa y el pulso galopante que quebraba el aire en agitaciones convulsas. Cuando la joven comenzó a rellenar la correspondiente ración de palomitas, él negó con la cabeza y señaló la caja de chocolatinas marca “Snickers” que estrenaba localidad en la vitrina, extendió tres billetes en el mostrador y la requirió en su totalidad. Laura abrió mucho los ojos pero le despachó su petición, le cobró y le sonrió como hacía cada miércoles. Pero no era un miércoles cualquiera. No lo había sido desde que vio las chocolatinas. Acarició la caja con un gesto a caballo entre el cariño y la lujuria, aún en el vestíbulo del cine, sintió un calor sofocante ascender por su espalda y un vértigo que le cortaba la respiración. Estaba excitado y no podía esperar. Sacó su entrada del bolsillo, salió a la calle y se la dio a la primera persona que vio en la cola. Su imaginación daba forma a deseos carnales con ayuda de la lujuria, y la excitación le impulsaba a caminar cada vez más deprisa hasta su casa. Cruzó volando el zaguán, subió las escaleras de dos en dos y abrió la puerta a trompicones. Cerró tras de sí, se desnudó con una sola mano y se sentó en el sofá. Estaban solos él y su caja de chocolatinas “Snickers”. Se relamió nervioso. Estaba degustando ese momento con un placer inconmensurable. El brillo de sus ojos hacía desfilar la mirada en un vaivén intenso entre las barras de chocolate. El deseo y la lujuria eran dos ingredientes dulces para él, que se frotaba las manos al pensar, imaginar, sin problema alguno, la visión de una diosa pagana, de piel suave y rosada, de una blancura bella e idealizada, dorada cabellera, pechos turgentes y generosos, y un perfil perfecto. Una línea curvada en la armonía del equilibrio, uniéndose en una estrechez impecable. La sublime estructura formada de una Venus bellísima, que le miraba a través de unos ojos azules inmensos, cargados de sensualidad sugerente. Casi pudo sentir una erección. Chasqueó la lengua y se frotó las manos. Abrió la primera chocolatina y no encontró nada. Una suave brisa de decepción secó el sudor de su frente. Quizás tenga que comérmela. Una vez devorada la primera, sin éxito, acudió a la segunda. Le quitó el envoltorio y apareció otra nueva barra de chocolate. Se encogió de hombros y se la zampó en dos bocados. Comenzó así una tarea sistemática. Un bucle de tiempo encogió en repetición matemática el mismo gesto, a veces más rápido, otras a menor velocidad. Una tras otra, las chocolatinas se perdían en la ansiedad erótica del cinéfilo empedernido, que había cambiado su película por una ilusión.


Lo sabía. Sabía exactamente por qué estaba allí sentado. Esa ilusión… ya no era capaz de hacerse realidad, era una pintura. Se trataba de un tema del Arte Pop. Ahora lo sabía. Sabía quién era Mel Ramos a la perfección: un pintor nacido en Sacramento, California, en 1935, que descubre un filón a sus treinta años, en 1965, cuando sus mujeres desnudas representan marcas publicitarias en una época de consumismo y desarrollo. El estilo de cartel de Pop Art de Ramos deja al descubierto las estrategias de venta de la industria publicitaria al utilizar sus imágenes. Eso era. Un lienzo asqueroso entremezclado con las bellezas de su revista erótica. Un cuadro Pop… Ahora le importaba. Nunca le importó, pero ahora, mientras se deshidrataba sentado en el váter por comerse toda una caja de chocolatinas “Snickers” buscando una exuberante mujer de piel blanca y mirada fatal, le daba tiempo a pensar en su denuncia. Pensaba denunciarlo, sin duda alguna, porque la inocencia de personas como él podían verse en peligro. ¿Qué es una ilusión?, una visión desvirtuada de la realidad que se quiere ver. En ese momento otro retortijón acudió a su barriga y se retorció temblando. ¡Maldito Mel!