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martes, 9 de junio de 2009

¿Sabéis qué significa este cuadro?


"Saturno devorando a sus hijos"

Francisco de Goya y Lucientes
1820-1823


...pues eso.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Bernini vs. Rembrandt

La Mitología ha servido siempre inspiración a muchos artistas a lo largo de la Historia del Arte. Ha sabido adaptarse a todos los soportes posibles, ya sea arquitectura, escultura o pintura, sin olvidar aquellas técnicas como la musivaria, la orfebrería o la joyería, mal llamadas Artes Menores.

En ocasiones, un tema en concreto ha sido reproducido en varios medios y tratado con asiduidad a lo largo de la Historia, lo cual nos sirve para comparar cómo ha evolucionado el tratamiento de dicho mito según la época. Pero... ¿qué ocurre cuando coinciden en una misma época el mismo tema?, es el caso de El Rapto de Proserpina, cuya representación corre a cargo de Gian Lorenzo Bernini en Escultura y Harmennsz van Rijn Rembrandt en Pintura.




¿Qué opinan vuesas mercedes?, ¿os gusta la Mitología?, qué preferís, ¿escultura o pintura?, ¿Bernini o Rembrandt?, ¿quién creéis que representa mejor el mito citado?... echaos un trago para calmar la sed del calor que llegará con el veranillo del membrillo.

viernes, 25 de julio de 2008

El rostro del pintor

"Esa fiera Gorgona y cruel a la que horriblemente colúmenes viperinos dan escuálida pompa, y espantosa tiene la crin" – Giovanni Battista Marino, 1613


Sudaba. Tenía la frente empapada. Su corazón bombeaba sangre con fuerza. Atrapado en su propio destino, avanzaba prudentemente. No se encontraba cerca de su tierra. No se encontraba en ningún lugar conocido. Allí sólo había oscuridad. Casi el fin del mundo. No lejos del reino de los muertos. Al Occidente Extremo. Un cavernoso hogar para tres monstruos. Una gran boca de piedra que daba la bienvenida a una profunda garganta oscura. Fauces de la muerte que recibían a todos aquellos que querían morir. Tres horribles hermanas, pero sólo una de ellas mortal. Se desplazaba con sigilo en el interior de aquel espeso lienzo de tinieblas. La vista se adaptaba como podía. Haces de luz repartidos por un angosto recorrido iluminaban con luz titilante pequeños retazos de aquel horrible agujero. Se acercó con mucho sigilo envuelto en penumbras. No se veía nada. Su corazón iba a estallar. En sus sienes sentía un martilleo profundo que se confundía con su agitada respiración. Un ruido. Los ojos se abren de par en par. Poca luz. Agarró con fuerza su espada y levantó el escudo. Un escudo pulido con esmero y conciencia. Tan brillante que reflejaba la realidad. Y esa era su intención. La poca luz del tenebroso lugar dejó ver miembros petrificados. Un brazo. Una pierna. Una cabeza cuyo rostro había quedado atrapado en un grito de terror. Llegó al final del angosto pasillo cavernoso y se abrió una galería con varias columnas. Poco más se podía ver. Un nuevo ruido. Los músculos se tensaron. El sudor brotaba a borbotones y caía en surcos interminables por su cuello. La mirada iba de un lado a otro. Pupilas dilatadas. Escudo en alto. Espada presta. Pegó su espalda a una de las columnas. Silencio. Nada. Un fortísimo silencio que helaba su sangre. Avanzó con paso inseguro sin hacer ruido hasta la próxima columna. Quietud. Silencio y calma. Una calma similar a la que antecede una tormenta. No se escucha nada. Tan sólo el corazón tamborilea en su pecho. Un siseo aceitoso cruza la galería. Denso y agudo a la vez. Levantó la espada y ocultó su rostro tras el escudo. Comenzó a mirar a través de él. Algo se arrastraba. Su corazón martilleaba con fuerza. El sudor no dejaba de empaparle. Un penetrante escalofrío recorrió su espalda. Algo se acercaba. Tragó saliva y abrió más los ojos. El ruido venía de la penumbra interior. De aquella garganta interminable de sombras y noche. No se veía nada. Tensión. Espera. Un nuevo siseo. La sangre golpea con fuerza sus sienes. Levanta el escudo y empieza a contemplar aquello que se acerca por su espalda. De nuevo silencio. Un olor nauseabundo le rodea. Y entonces, un reflejo dorado aparece ante sus ojos. Aquel monstruo ya no estaba a su espalda. Estaba frente a él. No pudo evitar contemplarla. Alas de oro y manos de bronce. Y su cabeza... su cabeza estaba rodeada de serpientes y sus ojos echaban chispas. Aquella mirada penetró hasta lo más profundo de su ser. No pudo dejar de mirarla. Y de pronto sintió que todo se paraba. Sintió que sus piernas se clavaban al suelo. Que sus manos quedaban atrapadas en un rictus mortal. Que su pecho lo aprisionaba con fuerza. Sintió que la piedra lo ahogaba por dentro y que su hálito de vida escapaba en un suspiro frío. Un suspiro de terror y muerte. Cuando la oscuridad eterna lo envolvía volvió a contemplar ese rostro. El rostro de la Gorgona Medusa. Aquel rostro que no era otro sino el suyo.


Michelangelo despertó sobresaltado. Jadeaba con fuerza mientras se miraba las manos. Aún lleno de incredulidad se levantó. Las sábanas estaban empapadas. Su frente brillaba de sudor. Se acercó al espejo y contempló su rostro. Había soñado con Medusa. Con la Gorgona a la que mató Perseo. En su sueño tenía que matarla... pero no pudo. Quedó atrapado por esa mirada petrificante de vida. Lo que más sorprendió a Michelangelo fue que el rostro de la Gorgona... era el suyo. El mismo que ahora contemplaba en el espejo. Se palpó su cara y comprobó que no había sido más que un sueño. Se dio media vuelta y observó el lienzo preparado para pintar. La luz del alba irrumpía con fuerza en la ciudad eterna cuando Michelangelo comenzó a teñir con pintura la inmaculada tela. No podía parar. Tenía una idea en su cabeza. Su mano se movía con destreza y agilidad y sus miradas oscilaban entre el espejo y el lienzo que empezaba a mostrar la silueta de un rostro. El esbozo de una mirada. Rondaba el año de 1595.


Francesco del Monte estaba muy orgulloso de su protegido. Aquel muchacho de 29 años demostraba en cada encargo que su genialidad pictórica era incuestionable. El Arte de la Pintura era un poder que conseguía dominar hábilmente. Sin embargo, su fuerte carácter, huraño, amargo y violento, a veces le jugaban malas pasadas. Aún así, Del monte sonreía. Por fin había acabado. Hacía un año que le encargaron las pinturas de la Capilla Contarelli, y las había entregado rápidamente. En ellas se podía contemplar un claroscuro perfecto. Un contraste de luces magnífico. El tenebrismo puro de un pintor que se abría camino hacia la fama. Si bien ese éxito lo compartía con sus riñas y continuos enfrentamientos. Del Monte no sabía que su protegido ya palpaba el Barroco con las dos manos. Lo único que sabía el cardenal era que por fin iba a contemplar aquella obra que le encargó hacía cinco años. Y entonces entró y la vio. Allí estaba la obra. Terminada y ajustada sobre un escudo, como había pedido. La cabeza de la Gorgona. Medusa. El regalo que le había prometido al Gran Duque de Toscana, Fernando I de Médicis. Del Monte no daba crédito. Unos terribles ojos le miraban desde la superficie convexa. Las serpientes se arremolinaban alrededor del rostro. Un rostro desencajado. Un rostro que destila dolor y sufrimiento pero a la vez transmite horror y pavor. Una cabeza recién mutilada de la que brota sangre mientras exhala un último grito ahogado. Un grito de miedo y odio. La cabeza de Medusa. La mirada de Medusa. Capaz de petrificar a cualquier ser mortal e inmortal incluso después de muerta.

Del Monte miró a su protegido. Michelangelo esperaba su opinión, aunque la mirada del cardenal expresaba su desconcierto. Silencio. Nadie habló. El pintor levantó la cabeza. Francesco del Monte volvió a mirar el escudo. Realmente aquel muchacho era un genio. Perseo utilizó el escudo como espejo para matar a la Gorgona. Igual que había hecho él para pintar el lienzo. Pero el rostro... el rostro era el suyo. El terror y el miedo procedía de aquel rostro que ahora esperaba con mirada arrogante una opinión. Para su sorpresa, el cardenal sonrió. Eres un genio, Michelangelo Merisi da Caravaggio, le dijo Francesco del Monte.


Corría el año 1600, y aquel encargo acabó en las manos del Gran Duque de Toscana. Las malas lenguas decían que el cardenal tenía otras intenciones. Por aquella época, había en el Palacio de los Médicis un cuadro con la misma temática, pero del gran Leonardo da Vinci. Del Monte quería demostrar que Caravaggio era tan bueno como el gran genio da Vinci. Algunos lo tomaron tan sólo como una oportunidad del cardenal para manifestar la gran calidad de su protegido. Pero qué más da... de una forma u otra, aquel escudo terminó en Florencia. En el Palacio de los Médicis. Observándolo todo con su mirada. La misma que atraparía la conciencia de todos aquellos que la vieran. De todos aquellos que comprobaran que aquel rostro de miedo y horror, era el de un hombre que en lo más profundo de su ser, se veía como un monstruo...


Retrato de Caravaggio - Ottavo Leoni

martes, 18 de septiembre de 2007

Prometeo visto por Pedro Pablo

Posiblemente fuera a partir del 9 de mayo del 1600, fecha en la que partió hacia Italia para ampliar su formación artística, haciendo su primera parada en Venecia, donde permanecería casi nueve años trabajando para Vincenzo Gonzaga, pero sin dejar de viajar por el país transalpino.
La influencia de la mitología griega había sido muy profunda en la civilización romana, la cual adquirió y adaptó gran parte de los dioses del Olimpo heleno para su riqueza cultural y artística, y este detalle era algo que se había hecho patente desde siempre en Italia, que no había perdido su relación con esa religión politeísta que dominó la creencia de los romanos. Pese a ser promotora del cristianismo y abanderarlo en su capital, la inmortal Roma de los papas, nunca se le hizo ascos a la mitología, y siempre se tuvo en cuenta como cuerno de abundancia para las creaciones artísticas y los temas profanos, como algunos miembros de la iglesia demostraron en más de una ocasión. Quizás por ello y por la posibilidad artística que ofrecía, la mitología no dejaba de ser una temática usual en los encargos de los pintores que vivían en estos años en los que el Barroco se extendía a pasos agigantados por el viejo continente.


Pedro Pablo Rubens se dejó persuadir por el encanto de esas historias milenarias que recorrían las voces legendarias y los relieves clásicos, aquellos mitos que decoraban edificios romanos y que dieron pie a maravillosas esculturas. Se dejó atrapar por las hazañas y aventuras y por los castigos de los malvados dioses griegos.
Y así fue como se decidió a crear a Prometeo, hijo de un titán, como lo había sido Zeus, y cuya historia le fascinó, prueba de ello fue que realizó dos obras con este personaje como protagonista.
Según nos cuenta la mitología, Prometeo fue quien creó los primeros hombres, modelándolos con arcilla, aunque este detalle no aparece en La Teogonía de Hesíodo, donde simplemente es el bienhechor de los hombres. De una manera u otra, entró en la historia de los mitos como protector y amante de éstos, engañando a Zeus como prueba de este detalle. En Mecone, durante un sacrificio solemne, había hecho dos partes de un buey, y conocedor de la avaricia y ansia de los dioses, en un lado puso la carne y las entrañas, recubriéndolas con el vientre del animal, y en otro puso los huesos pelados, aunque cubriéndolos con grasa blanca. Posteriormente le dio a elegir entre los dos montones a Zeus, quedando el rechazado para los hombres. El padre de los dioses, movido por el engaño de la apetitosa grasa blanca, eligió el montón relleno de huesos. Al ser consciente del engaño que había sufrido y la tremenda astucia de Prometeo, sintió una fuerte aversión y odio hacia el titán y los hombres, favorecidos por la inteligencia de su creador y protector.

Como venganza, Zeus les castigó decidiendo no volverles a enviar el fuego, sin embargo, Prometeo volvió a socorrer a los hombres y, robó “semillas” de fuego en la ‘rueda del Sol’, según unas fuentes, o lo sustrajo de la fragua de Hefesto, según otras. Así pues, Rubens representa a Prometeo en ese momento de robar el fuego, con una antorcha en la mano que simboliza el hurto del bienhechor de los hombres, el cual gira la cabeza hacia atrás esperando la venganza del Dios del Trueno, que parece haberse enterado de lo ocurrido y prepara el cielo oscureciéndolo para descargar su furia contra el entrometido y astuto titán.


El flamenco enmarca la obra en un halo de voluptuosidad y crea una atmósfera que envuelve al espectador en un baile de formas sinuosas y contornos vibrantes. Con una pincelada intrépida y rápida marca las pautas de la figura, que se balancea en un equilibrio armónico.

Pero Zeus montó en cólera y no dejó pasar la oportunidad de castigar a los mortales y Prometeo. Contra los primeros ideó enviar a Pandora, la cual encargó a Hefesto, que la modeló a imagen y semejanza de las diosas inmortales, y contra el segundo maquinó uno de los castigos más horrorosos que se conocen de la mitología griega. Ávido de venganza y dispuesto a demostrar las consecuencias de burlarse del padre de los dioses, Zeus encadenó a Prometeo con cadenas de acero en el Cáucaso, enviando un águila, nacida de la unión de Equidna y Tifón, que le devoraba el hígado, el cual se regeneraba constantemente, padeciendo una de las torturas más terribles y dolorosas de la leyenda griega. Para asegurarse de que padecería hasta el final de los tiempos dicho castigo, Zeus juró por Éstige que jamás desataría a Prometeo de la roca.


Este mito tuvo que impactar muchísimo a Rubens, que decidió plasmarlo en un lienzo hacia 1611-1612, en el que aparece el águila devorando el hígado del titán ante los gestos de desesperación y dolor de éste. La composición es magnífica y deja entrever la influencia que Venecia imprimió en Pedro Pablo Rubens, creando un estilo de amalgama entre lo flamenco e italiano, con líneas sinuosas que derrochan exhuberancia y virtuosismo, dentro de un movimiento contenido, como demuestra la figura de Prometeo, que se retuerce ante los espasmos de dolor y el sufrimiento, tensando los músculos ante la inmovilidad que le ofrecen las cadenas de acero, que lo dejan a merced del despiadado águila, el cual lo retiene con sus garras, dejando a la vista el dinamismo del cuerpo, tratado con una luz que destaca Rubens entre la penumbra que ocupa el lugar donde está encadenado, tan solo quebrada por el manto blanco que se deja caer a la izquierda, que se relaciona con el mechón del mismo color que exorna la cabeza del animal. Se crea así una línea diagonal que cruza el cuadro, otorgando de equilibrio a toda la composición.

Cuando el titán comprendió que su destino consistía en padecer una agonía eterna, Heracles (Hércules en la mitología romana), pasó por la región del Cáucaso, de camino a una de sus aventuras, y atravesó de un certero flechazo el águila que atormentaba a Prometeo, liberándole de su sufrimiento y de las cadenas que lo ataban a la roca. Ante esta proeza de Heracles, Zeus no protestó, ya que se sentía satisfecho por ese gesto que aumentaba la gloria de su hijo, mas para que su juramento no fuese en vano, ordenó al bienhechor de los hombres que llevase un anillo fabricado con el acero de sus cadenas y un trozo de la roca a la que había estado encadenado y condenado, de este modo, una atadura de acero seguiría uniendo al titán con su peña hasta la eternidad.

¿Seguirá unido Prometeo al trozo de roca?, ¿qué fue lo que más le fascinó a Rubens?, ¿se merece alguien semejante castigo?, ¿y a vuesas mercedes, qué es lo que más os ha sorpendido?, ¿conocíais este mito?...cuando don Diego conoció a Pedro Pablo, yo ya había sido inmortalizado repartiendo agua, así pues, saciad vuestra sed con estas viejas cántaras de antaño...

viernes, 22 de junio de 2007

Furia de Titanes


Recuerdo cuando iba a casa de mi tío Antonio y le pedía que me la pusiera. Me sentaba en el sillón y veía como Perseo llegaba hasta la Gorgona y volvía para salvar a Andrómeda.
La sinopsis la podemos encontrar en cualquier página web, como FilmAffinity: “Cuando el gobernador de Argos decide sacrificar a su hija y a su nieto Perseo, el dios Zeus (que es el padre del niño) decide salvarles y arrasar la ciudad. Perseo crece feliz en su nuevo hogar, hasta que la diosa Thetis, en venganza por cómo Zeus ha castigado a su hijo Calibos con una horrible deformidad, saca a Perseo de su hogar y le abandona a su suerte. Al conocer la noticia, Zeus ordena a otros dioses que ofrezcan algunos regalos mágicos a su hijo para protegerle. Así, Perseo, que ha conocido a un viejo actor de teatro, encuentra una mañana una prodigiosa espada, capaz de cortar la piedra, un casco que le hace invisible, o un escudo que le proteja de cualquier daño. Con ellos se dirige a la cercana ciudad de Jopa, sobre cuya princesa pesa una maldición”.



Llamada “Clash of Titans” en su versión original, “Furia de titanes” es una adaptación del mito de Perseo y su lucha con Medusa para salvar a la ciudad de Jopa y a la princesa Andrómeda de la destrucción del monstruo marino Kraken, realizada en 1981 por el director Desmond Davis.
Al ser una adaptación, aparecen elementos que no coinciden con la mitología griega, y la historia real, así pues, algunos detalles son discordantes y estridentes, confrontándose en anacronismos y contradicciones, lo que demuestra la crisis en la que se veía inmerso el género, coincidente además, con la creación de Star Wars y un nuevo horizonte de ciencia-ficción por George Lucas.
Detalles como el tamaño del guardián de los Infiernos, Cerbero, el perro de tres cabezas que poseía un tamaño descomunal según la mitología, aquí aparece no más grande que un pastor alemán con dos cabezas, o la introducción de Kraken como un monstruo de la mitología griega, cuando en realidad correspondía a la mitología escandinava.


La película sirvió como despedida para Ray Harryhausen, creador de otras obras del género como “Jasón y los Argonautas” o “Simbad y la Princesa”, y sus efectos especiales, que tan obsoletos estaban quedando. Dichos efectos eran los llamados stop-motion, técnica de animación consistente en fotografiar y mover los personajes fotograma a fotograma.


La película fue un fracaso y no tuvo buenas críticas. Pero a mí me encantaba. Siempre me había gustado la mitología griega, y en esta película encontraba una historia que poseía su encanto. De acuerdo. Estaba llena de anacronismos... ¿y qué? no me importaba. Me gustaba “Jasón y los Argonautas”, donde aparecían Tritón, un vellocino de oro, calaveras luchando contra soldados y el autómata Talos. Me gustaba “Simbad y la Princesa”, donde las contradicciones y la unión de mitologías hacían coincidir a un cíclope y un dragón. Y ahora “Furia de Titanes”, donde un flojo protagonista como Harry Hamlin, famoso por su papel en “La Ley de los Ángeles”, interpretaba a Perseo, que tenía que buscar a Medusa con ayuda de un búho robot... ¿y qué? A mí me encantaba. Y me sigue gustando. Soy consciente de lo anticuado que han quedado los efectos especiales, y los niños de ahora, acostumbrados a Harry Potter, personajes de ordenador como Shrek o efectos especiales como los de Spiderman, pensarán que estoy viendo una película hecha por aficionados, pero para mí siempre será “Furia de Titanes”, la gran película de la mitología griega. Y además me encanta.


Director: Desmond Davis
Productor: Ray Harryhausen y Charles H. Schneer
Guión: Beverley Cross
Fotografía: Ted Moore
Música: Laurence Rosenthal

Reparto:
Harry HamlinPerseo
Judi BowkerAndrómeda
Burgess MeredithAmmon
Maggie SmithThetis
Ursula AndressAfrodita
Claire BloomHera
Siân PhillipsReina Casiopea
Flora RobsonBruja Estigia
Laurence OlivierZeus
Tim Pigott-SmithThallo
Neil McCarthyCalibos
Susan FleetwoodAtenea
Anna ManahanBruja Estigia
Freda JacksonBruja Estigia
Jack GwillimPoseidón
Donald HoustonRey Acrisio


jueves, 14 de junio de 2007

El Rapto de Proserpina

Su pasión por los temas mitológicos se acrecentaba con el paso del tiempo, y tras conocer al gran escultor dio rienda suelta a sus deseos de poseer aquellos episodios que lo embelesaban. Pero en esta ocasión fue distinto. Algo lo trastornó cuando observó detenidamente la escultura. No daba crédito a lo que veía. Un escalofrío recorrió su cuerpo estremeciéndolo. Aquella mano... no podía ser piedra. Algo había ocurrido. Scipione Borghese era hombre conocedor de la mitología griega, amaba sus rincones más ocultos, sus leyendas más espectaculares, sus historias más bellas, las que contaban relatos de amor o castigos horrendos. Y ésta también la conocía.

Perséfone estaba recogiendo flores en la pradera de Enna en Sicilia con unas ninfas, cuando observó la belleza delicada que desprendía un lirio. En el preciso instante en que la doncella lo cogió la tierra se abrió, apareció el temible Hades y llevóse, a la que sería su prometida, al mundo de los Infiernos. Scipione sabía muy bien lo que quería. Quería ese momento. Ese desgarrador instante en el que Hades toma por la fuerza a la bella mujer, que se resiste a descender a los Infiernos acompañada de su anfitrión. Sin embargo, algo lo estremecía. Esa obra no era real. No podía ser real. El cardenal sabía cómo continuaba la historia. En el instante en el que Perséfone era raptada, un grito desesperado salió de su garganta y arañó el aire. Deméter, su madre, lo ha escuchado. Es su hija. Su corazón se oprime por la angustia, que la recorre rápidamente. Su hija está en peligro. Acude pero no la ve. Perséfone ha desaparecido. Deméter, diosa de la tierra cultivada, del trigo, comenzará así una larga búsqueda que había de obligarla a recorrer todo el mundo con una antorcha encendida en cada mano. Al llegar a Hermíone, en Argólide, sus habitantes le descubrieron al culpable. Indignada y afligida, la diosa resolvió no volver al Cielo y quedarse en la Tierra hasta que le devolviesen a su hija. Su voluntario destierro volvía la tierra estéril, por lo que tuvo que intervenir Zeus, que ordenó a Hades que restituyese a Perséfone... pero ya era tarde. Si quebrantabas el ayuno durante tu estancia en los Infiernos, no podías volver. La joven había tomado un grano de granada. Estaría encadenada para siempre al reino del Hades. Para solucionar el problema, Zeus dispuso que distribuyese el tiempo entre el mundo subterráneo y el terrestre.
Scipione siempre sabía cuando se reencontraban Deméter y su hija Perséfone. Sabía que ese momento llegaba cuando los primeros tallos surgían del suelo y las motas verdes se asomaban entre el gris del frío, cuando la primavera se hacía realidad y un manto de flores recibía a la hija de la tierra cultivada. Sin embargo, cuando el frío volvía y la tristeza del invierno se hacía patente, era Deméter la que lloraba la vuelta de su hija al reino de las sombras. Durante todo el tiempo que permanecen separadas madre e hija, la tierra se vuelve estéril.



Pero estaba seguro de algo. Esa obra no era real. No podía ser real. No podía ser piedra. Esa escultura no la había hecho la mano del hombre. Observó detenidamente cada detalle. Se negaba a comprender lo que estaba viendo, simplemente se dejó llevar. Se dejó atrapar por la esencia que desprendía aquella obra que lo dejaba sin aliento. Tenía que ser un castigo. Conocía los castigos griegos. La mitología los nombraba por doquier. Pero también conocía la capacidad del escultor, puesto que ya le había encargado obras anteriormente, y era un genio del cincel. Pero aquello era mármol y, sin embargo, se hundía. El gran rey de los Infiernos asía con fuerza a la joven, que intentaba desembarazarse de la fibra y nervio de su raptor, cuyas rudas manos se hundían en la pierna y la cintura, como si fuera carne dúctil y suave al tacto del gran coloso, que retiene contra su voluntad a la bella doncella. Pero no era carne... ¡era piedra!. Un súbito mareo le recorrió. No podía permanecer en pie, pero la fuerza de la obra lo llamaba, lo atraía.








Se acercó y contempló detenidamente cada detalle y rincón de la joya artística, que el joven escultor Gian Lorenzo Bernini había ejecutado magistralmente. El motivo del movimiento giratorio en espiral ascendente y descendente, que se solía llamar figura serpentinata, derivado del manierismo tardío e interpretado soberbia y espléndidamente por Bernini, caracterizaba también al anterior encargo. Scipione bordeó la obra. La vista desde el lado izquierdo, representaba la captura al vuelo con paso potente y rápido; visto frontalmente el vencedor triunfa, detenido con el trofeo en brazos; desde la derecha se veían las lágrimas de Perséfone y sus oraciones al cielo, el viento parecía sacudir la cabellera, y el can de tres cabezas, el fiero Cancerbero, guardián infernal, que había pasado inadvertido para el cardenal, ladra. Destacaba la parte preferentemente frontal, aunque se podía contemplar desde cualquier posición. Se podía apreciar sin problemas la torsión helicoidal de los cuerpos, recordando la tradición manierista, pero no tenía nada que ver. Scipione lo sabía. Había un gran dinamismo, creando un contraste entre el cuerpo desprotegido y frágil de Perséfone y la fuerte anatomía de Hades, de extraordinaria viveza. Ese ímpetu que desprendían las figuras no era manierista: la mano de Perséfone, empujando por liberarse, pliega la piel del rostro de Hades, el cual hunde sus dedos en la carne de la víctima. Pero no era carne... ¡era piedra!. El cardenal palpó la escultura. Dura. Mármol. Y entonces su mirada la volvió a recorrer y se posó en ese detalle que tanto lo desconcertaba... otra vez... aquella mano...


De nuevo sintió una fuerte presión en el pecho, un escalofrío que recorría su cuerpo y gélidos sudores que humedecían sus ropas, ¿qué tenía aquella obra que tanto le atraía y desconcertaba a la vez?. No podía quedarse con ella... aunque en lo más profundo de su ser la deseaba.

Actualmente, esta gran joya del Barroco, llamado “El Rapto de Proserpina” por utilizar el nombre latino de Perséfone, se encuentra en la Galería Borghese, que fue propiedad del cardenal Scipiones Caffarelli Borghese, sobrino preferido del Papa Pablo V Borghese. El cardenal Scipione estaba dotado de una intuición infalible en materia artística y animado por una pasión que no reparaba en los métodos de adquisición de las obras de mayor valor. Suscitó mucha atención tanto el ímpetu y el desenfado con que se dedicó a coleccionar y encargar obras de Arte, como su inteligente mecenazgo de extraordinarios talentos, además de la creación de la extraordinaria Villa Borghese, donde actualmente se encuentra la Galería y donde confluyen las Tres Artes con la Naturaleza.

La obra fue realizada entre 1621 y 1622. El cardenal Scipione lo regaló en el mismo año de 1622 al cardenal Ludovisi, en cuya villa permaneció hasta 1908, cuando, adquirido por el Estado Italiano, volvió a la colección Borghese. Quien sabe... quizás Scipione sufría el Síndrome de Stendhal. De una manera u otra, la joya barroca, y aquella mano, volvió de nuevo con aquél que la deseaba profundamente...





Y vuesas mercedes, ¿qué opinan de todo esto?