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¡Ya huele a Feria don Anselmo!La frase resonó en sus oídos. Le pegó un tiento al vino tinto y volvió a recostarse sobre la barra. Suspiró atrapado en un halo de recuerdos estampados en su memoria. A don Anselmo el olor a azahar le traía la melancolía. Para él, que seguía quemando incienso en su casa, la
Semana Santa se había tomado un descanso de un año, pero volvería en forma de
vísperas cuando pasaran un par de semanas. Pero ahora... ahora venía la
Feria de Abril. Y el camarero, su amigo
Antoñito, se lo recordaba con una sonrisa en los labios. Sorna patente que se dibujaba en una sonrisa socarrona y una mirada aguda, y también cejuda, que Antoñito no era muy amigo de la estética facial y coleccionaba gatos allí donde termina la frente y comienzan los ojos.

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¡Eso, eso!, ya huele a Feria don Anselmo – esta vez la voz venía de un extremo de la barra, donde
Manolo, apodado
‘el Cabrillas’, dejó escapar una sonrisilla aguda y nerviosa, que desvelaba un hilo de ansiedad ante la reacción que pudiera tener el bueno de don Anselmo. El gesto de Manolo era pura provocación. Fue
tornero en la desaparecida ISA, donde había trabajado desde los catorce años hasta su jubilación. Pero nada tenía que ver su oficio con su apodo. ‘El Cabrillas’ siempre iba con gorra. Una gorra azul eléctrico como la túnica de El Baratillo, que diría don Anselmo, y su mote no tenía nada que ver con el trabajo desempeñado a lo largo de su vida. Sobre eso había sus opiniones en el barrio. Algunos decían que antes de que su cabeza se convirtiera en un solar, tenía unos rizos que más que caracoles eran cabrillas. Otros que en una ocasión fue al campo a recolectar estos animalitos y que vino cargado de ellos, pero en lugar de ir directamente para su casa, se paró en el bar, algo muy usual en Manolo, con lo cual hizo literal aquella expresión de
“te van a salir cabrillas”. Y eso ocurrió. El bar se llenó de moluscos gasterópodos ante la atónita mirada de los allí congregados, el mosqueo de Antoñito y el sudor de Manolo intentando recoger, a toda prisa, conchas y cuernos. Y precisamente por cuernos, que no lo son, que son ojos, se le apodaba a Manolo ‘el Cabrillas’, pues al parecer, su mujer no llevaba muy bien el Mandamiento que aconsejaba no cometer adulterio. Sea de una forma u otra, o tal vez de todas ellas a la vez, le apodaban ‘el Cabrillas’, y era algo que aceptaba. Con resignación al principio, pero después con guasa. Sin embargo sus amigos le llamaban Manolo. Don Anselmo le sonrió, embarcado en un nuevo sorbo de vino, mientras recordaba la historia de ‘el Cabrillas’. A Manolo no le gustó esa sonrisa. Mudó el gesto rápidamente, pues pareció leer en aquel gesto el recuerdo de su sobrenombre. Casi sin quererlo, en su cabeza sonó aquella antigua canción cuyo estribillo hablaba de un
venao con cuernos maritales.
Son rumores, son rumores, pensó...

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¿No piensas ir a la Feria don Anselmo? – la pregunta, entremezclando el tuteo amistoso y el don, era lanzada por otro habitual del bar del barrio.
Paco el lechero. Todo el mundo conocía a Paco. Enjuto y delgado como La Canina de San Gregorio, fue el lechero del barrio cuando las fotografías se llamaban retratos y las cámaras de fotos, cámaras de retratar. Nieto e hijo de lecheros, con la llegada de los tiempos modernos se perdió su oficio. Las vacas ya no se ordeñaban a mano, sino a máquina. Paco estaba considerado el cantaor del barrio, por su afición al flamenco -
¡¡venga don Anselmo!!, si ya huele a Feria – pero a don Anselmo le seguía oliendo más a incienso que a Zotal. El azahar era su perfume matutino. A media tarde caía una torrija. Y seguía escuchando marchas de cornetas y tambores por la tarde, y en la cama, cuando la barriga se convertía en bombo del bingo para dar vueltas al pescaíto de la cena, se colocaba los cascos y se perdía en los sones de Tejera. En la boda de don Anselmo no sonó la marcha nupcial cuando entró al banquete, sonó
Pasan Los Campanilleros. Y esto era un detalle que conocía todo el barrio. Y él era así... más capillita que feriante. Iría a la Feria. Por compromisos, más semejantes a contratos que a invitaciones. Gran tortura manque le pesara, porque no era su fuerte. La risa chirriante de Manolo ‘el Cabrillas’ se dejó sentir, de la misma forma que chillan los neumáticos al pisar la cera. Algo se cocía tras la barra. La risa de ‘el Cabrillas’ era como los ciriales que giran en una esquina. Presagiaba algo. Por el rabillo del ojo observó como Antoñito se movía rápidamente. Cual San Pancracio en la tienda de ultramarinos del barrio, su mano sostenía un objeto circular que ensartaba con el dedo índice. Giró sobre sí mismo como un niño Seise y se puso ante la mini cadena. Don Anselmo se olía algo. Y no era el agrio olor corporal de ‘el Cabrillas’. Entonces Antoñito se dio la vuelta. Bosque frondoso en su mirada de chanza, sonrisa abierta como un damero blanquinegro, patillas pobladas que se arqueaban sobre los mofletes, todo un homenaje a Curro Jiménez, y carrillada desplegada cual corneta de la Banda del Sol. Lo que empezó a sonar después, era una mezcla de rock con sevillanas.
- Cierto es don Anselmo. Eso será pa’horrá – espetó Manolo.
- O pa’ ahuyentá a los canis – replicó Paco el lechero
- ¡Canis ya hay por tos laos! – protestó Manolo.
- No... Cani sólo hay uno y juega en el Villarreal – la carcajada que acompañó al chiste de Antoñito era la suya propia, pues a los congregados no hizo gracia el chiste. Tosió, provocado por la risa, y se sirvió otro trago de manzanilla, mientras su cabeza empezaba a tomar un tono de pimiento morrón, similar a un farolillo.
- Antoñito miarma, pon un poquito de altramuse, aseituna o argo hijo, que con la mansanilla sola me va a tené que dá la llave del cuarto de baño de señoras. Anda no seas rácano, que tienes menoh detalleh que un bañadó Meyba – protestó el lechero.
- Po ya tas equivocao listo... ¿la mansanilla entonse que é?, ¿agua susia o Listerine amarillo? – respondió Antoñito, que sacó unas avellanas y altramuces.
- El cani ya se está convirtiendo en un elemento más de la Feria – comentó don Anselmo volviendo al tema – ¿es cani no?
- Sí señor. Es cani. Aunque la palabra no viene en el diccionario – dijo Paco el lechero antes de endosarse otro lingotazo de manzanilla y coger un par de altramuces.
- En realidad la palabra cani debe proceder de chabacano o chabacana, cuyo significado es sin arte o grosero y de mal gusto. Con el tiempo, se habrá ido deteriorando y metamorfoseando en cano, canorro o cani. Por eso a ellos, que los llamen cani, no les sienta muy bien – respondió perfectamente don Benito, el docto Liendre.
- Ya habló el universitario... – dijo con sorna y burla Manolo.
- ¿Tú lo sabíah Cabrillas? – preguntó Antoñito en tono de reproche.
- No que no lo sabía. Yo sé cómo van vestíos. Aunque no son los mismos en Semana Santa que en Feria – dijo ‘el Cabrillas’, haciéndose el entendido.
- ¿No son los mismos? – preguntó con interés don Anselmo.
- O sí. Pero hay diferensias. Y unah cuantah. El traje blanco pal Domingo de Ramos, la camisita negra pal Alumbrao. El pograma en Semana Santa, la maseta de rebujito en Feria. De “¿quillo tiene una estampita?” a “¿quillo tiene un sigarro?”... – así andaba Manolo, desgranando las diferencias, y las avellanas, cuando le interrumpió Paco el lechero cantando.
- “...va Jessi la poligonera presumiendo por la calle, con su flor en la pechera y un mantón cruzao al talle bajo un cielo de farolillos que va cubriendo la calle y observar atónitos como la Yeni y la Vanesa ya están bailando, y cantando una por tientos y la otra por tangos...”
- ¡Olé ahí que arte! – gritó entre risas Antoñito.
- ¡Qué manera de cargarse unas sevillanas tan bonita de loh Amigos de Gine hijo! – dijo con mala cara Manolo.
- Entonces... ¿hay diferencias entre los canis de Semana Santa y los canis de la Feria? – preguntó don Anselmo. Don Benito levantó la copa, comenzando el gesto de hacer un brindis, y se volvió al lector que ahora mismo lee esta entrada diciéndole:
- ¿Vuesa merced qué opina?