
Quizás fuera esa fiebre que me entró cuando vi descender por primera vez un murciélago humano. Tal vez la risa de Joker me traspasó más de lo que mi subconsciente podía creer. Posiblemente fuera el escudo, que en mi inocente infancia confundía con una boca abierta y sonriente, pues el surrealismo de un niño no tiene límites. O por el contrario, puede que sencillamente fuera por la impresión que me causó ver un superhéroe en una pantalla gigante, con un sonido más fuerte de lo normal y en una sala oscura y cargada de gente. Era la primera vez que iba al cine, y las sensaciones que viví se quedaron ancladas de por vida en mi memoria de niño y en aquellos ojos que ya disfrutaban de los sinsabores de la miopía y el astigmatismo. En la actualidad, Batman es un concepto totalmente renovado y lejano de aquel estereotipo que creara Tim Burton. Toda la parafernalia oscura y de tinieblas del famoso e histriónico director, ha sido sustituida por la increíble eficacia de Christopher Nolan, y el hieratismo de Michael Keaton, el siempre hombre-murciélago de mi infancia, ha sido extraordinariamente resuelto y reencarnado por Christian Bale. Todo cambia y se muta. Y se renueva. Se renovó el Batmobile y se renovó el Cine Delicias. O más bien se eliminó de nuestra vida. Allí donde perdí mi virginidad cinematográfica, ahora se venden productos bajo el lema de un supermercado que nos ofrece más. De una forma u otra, Batman consiguió penetrar en mi mente y dejarme clara una cosa: quería ponerme su traje.
Pasó el tiempo lentamente, porque a los niños, como a los enamorados que esperan, el tiempo no se les pasa con la rapidez que la madurez y la experiencia otorga. Pasa despacio y tedioso en algunas ocasiones. Pero como todo, llegó la fiesta de Navidad de mi colegio, aunque lentamente para mí, porque era niño y en mis días cabían siglos. En dicha fiesta había que disfrazarse, pues era una especie de tradición que se respetaba desde que el parvulito te ponía delante de tu camino de estudiante. Pero ahora tenía más años, y vestirme de pastor no me estimulaba lo suficiente, ni me servía para competir contra los otros disfraces. Se había tomado la decisión y mis padres hicieron el resto. Tendría mi disfraz de Batman. Y allí estaba yo esa mañana. La mañana de los disfraces antes de Navidad. Todo me quedaba a medida pero mis nervios me traicionaron, y el estómago se me llenó de avispas furiosas que daban punzadas cada dos segundos. Allí estaba mi flamante traje de hombre-murciélago. La capa negra cortada en triángulos por abajo, la máscara a medida con los dos cuernos de cartón forrados de tela negra, el cinturón completo de elementos que se cerraba con una chapa grande forrada de amarillo, a modo de imperdible, que anunciaba un zumo ya desaparecido. Todo esperándome para que saliera camino del colegio a demostrarle a mis amigos que era el verdadero Batman, aunque algo encogido de estatura. Finalmente conseguí tranquilizarme, pero cuando llegué ya había comenzado todo.
Al año siguiente la cosa cambió. Un año era demasiado para un niño. Un periodo largo y sin fin en el horizonte donde descubrir toda clase de estímulos y aprender miles de cosas. Pero una vez más, aunque a paso de tortuga mutilada, llegó la Navidad y su típica fiesta. Esta vez lo tenía claro, no me iba a poner nervioso. Debía llegar a tiempo, como los demás. Pero en esta ocasión no iría del Caballero Oscuro. Había pasado todo un año, dónde había conocido otros superhéroes, pero por encima de todos había uno que me sorprendió y consiguió convertirme en un adicto a sus hazañas. El famoso Hombre Araña, o Spiderman. Recuerdo que las tardes eran de aquel personaje con poderes, capaz de trepar muros y lanzar redes, e incluso de prevenir con su sentido arácnido un posible peligro. Sin lugar a dudas, había desbancado a Batman y Michael Keaton. Eran dibujos animados, y yo lo sabía, pero me encantaba verlo padecer como un estudiante, una persona completamente normal, a la que una araña radioactiva le había otorgado poderes. Mucho tiempo pasaría después hasta que me conciencié de que las picaduras de araña no daban estas cualidades. Tenía que disfrazarme de Spiderman, porque además de ser mi superhéroe favorito, era el primero que me había hecho comprar mi primer cómic. Que no tebeo, pues ese honor recayó en los ilustres Mortadelo y Filemón. Y la fiesta llegó y yo entré triunfante e ilusionado con mi disfraz del Hombre Araña, hecho por mis padres otra vez. Allí estaban todos mis amigos y ninguno coincidió conmigo. Nadie quería ser un héroe que vive con su tía May y trabaja en un periódico que lo masacra informativamente. Una amalgama de personajes completaban la fiesta. Guille repetía, y se me iban las cuentas del tiempo, con sus calentadores, zurrón y gorrito de pastor, el último ampliado para tal menester, que el chiquillo crecía y cada vez se le marcaba más la sien. Seguramente lo tenga guardado aún. Alberto lucía, por segundo año consecutivo y adoleciendo un cambio de atuendo, el disfraz de Leonardo, una de las tortugas ninja. La cinta aislante del caparazón daba muestras de la necesaria renovación. Anque supongo que él pensaría lo mismo al ver a Spiderman con zapatos negros. Emilio iba de diablo y Samuel de mejicano, con un bigote que me recordaba a su padre. Manuel fue el único que se unió a la moda de los superhéroes y vino de Capitán América.
Con el tiempo los disfraces fueron cambiando y la seriedad de los mismos ocupó un papel importante en su confección. Llegaron los disfraces de anciana, monje, romano, cámara de fotos (sí ya lo sé... puede ser algo que roce el Surrealismo) e incluso plátano, por mucho que la gente se empeñara en relacionarnos con un motivo más erótico que la fruta del amor. Sin embargo, de todos estos disfraces de mi infancia, no dejo de acordarme de aquellos que se marcaron a fuego, el de Batman, mi primer disfraz apenas con siete años, y Spiderman un año después. Y aunque podáis pensar lo contrario, no soy el que aparece en el vídeo.
Y vuesas mercedes... ¿qué disfraz recordáis de vuestra infancia?, ¿de qué os gustaría disfrazaros en la actualidad?, ¿os habéis disfrazado hace poco?, ¿quién usa disfraz hoy en día?... ahora no me disfrazo, aunque a veces me entran ganas. Quizás sí viva en un disfraz. Uno con jubón ajado y túnica cuarteada por el paso del tiempo. Atrapado en un cuadro en tierra de luteranos, pero de espíritu libre por las calles de la ciudad que me vio saciar la sed de sus hijos. ¿Os sirvo un poco de agua?.