Y apareció a lo lejos. Una diminuta mota de polvo en la inmensidad del cielo. Cuando pierdes la razón y la esperanza se convierte en una gota perdida en la grandiosidad del mar, crece la incredulidad de la vida. Las dudas plagian el desanimo y la desazón se pega a la piel del subconsciente. Pero allí estaba. El frágil y débil rayo de luz de esa bóveda oscura que aquellos hombres tenían por destino. Apenas un perfil disimulado que atravesaba las retinas de la emoción. El final del castigo. El comienzo de la vida. Era como si, en todo aquel tiempo, hubieran vagado por los ríos de la muerte que bañan el infierno. Un infierno sin penumbra ni tinieblas. Un averno de líquido salado y sol castigador, donde la luz maltrata y el agua quema las entrañas y no sacia la sed. Y ahora… ahora parecía que la esperanza cobraba rédito de nuevo. La muerte campaba a sus anchas por el boceto de balsa que se emborronaba con el paso de los días, diluyéndose entre las olas de una cuenta atrás, pero aquel punto de la lejanía hizo brotar vida. Era la esperanza. La oportunidad. La certeza de saber que, quizás la arena del reloj no terminaría aplastándolos en la soledad de aquel desierto de agua y sales movedizas. Inmediatamente los nervios se desataron en la precariedad de unos tablones deformados y las fuerzas, que creían perdidas por los resquicios de la balsa, aparecieron de nuevo. Tenían que hacerse ver. Tenían que volver a la vida. Tal vez no consiguieran nada… o quizás fuera la última ocasión de no escribir el final bajo las arenas oscuras del mar.

Habían zarpado en la fragata real “Medusa” el 17 de junio desde Francia, para navegar hasta San Luis en Senegal. Corría el año 1816, y tenían como objetivo tomar posesión de la colonia del África occidental que Inglaterra había restituido al país galo. A bordo se encontraban el nuevo gobernador de Senegal acompañado de su familia, el personal administrativo y un batallón de infantería de marina encargado de proteger las posesiones de ultramar, así como unos sesenta científicos que querían explorar el país al que se dirigían. En total cerca de cuatrocientos pasajeros se encontraban a bordo de la fragata, mucho más de lo habitual y, en todo caso, demasiado para los botes de salvamento. La arrogancia aristocrática del comandante, Hugues Du Roy de Chaumareys, cuya posesión del puesto correspondía más a una lealtad monárquica que a los conocimientos de navegación y experiencia marítima, parece que le impidió hacer caso a los consejos de sus oficiales en la travesía. Se produjeron conflictos y, finalmente, la catástrofe. Los errores de navegación y la negligencia hicieron que la fragata encallara en el banco de Arguin, cerca de las costas africanas, entre las Islas Canarias y Cabo Verde, para finalmente naufragar el 2 de julio. Después de algunas tentativas de poner la nave a flote, los responsables perdieron el control de los nervios y dieron bruscamente la orden de evacuar el barco. En medio del pánico, el egoísmo y la brutalidad, el gobernador, el capitán y los más altos oficiales ocuparon los seis botes de salvamento. Las ciento cuarenta y siete personas que no tuvieron sitio en los botes, se vieron impelidas a ocupar una balsa construida precariamente con tablones, fragmentos del mástil y cuerdas. Los ocupantes de los botes prometieron que los remolcarían hasta tierra firme, pero dos horas más tarde cortaron las cuerdas que unían los botes con la balsa. Jamás llegó a aclararse el por qué y en qué circunstancias. Los ciento cuarenta y siete náufragos se quedaron a solas. Atados a la angustia y la impotencia de una armadía de ocho por quince metros de destino flotante. Para muchos, el último viaje antes de subirse a la barca de Caronte.
Durante trece días, el espacio que otorgaba la precaria embarcación, se convirtió en un pequeño mundo donde el estatus y la jerarquía quedaban a manos de los pocos funcionarios y oficiales que no tuvieron sitio en los botes. Pronto se desató una situación de pánico aderezado con profundos matices de angustia aterradora y asfixiante. No había salida y la esperanza comenzó a consumirse con el paso del tiempo. Los bordes de la balsa se hundían en el agua y llegar al centro era símbolo de salvación momentánea, evitando lo máximo posible el azote de las olas y las posibilidades de caer al mar. Un mar de desolación donde el retorno a la vida se vendía muy caro. Cuando la primera tarde murió, el ocaso extendió su espeso manto sobre el mar y la oscuridad lo inundó todo, había veinte personas en los bordes de la balsa. Un desfile de quejidos, lamentos y gritos desfiló durante toda la noche. A la mañana siguiente, las veinte personas habían desaparecido. El drama y la angustia se acentuaron la segunda noche. El miedo y el pavor a la muerte se podían sentir y palpar en un ambiente de tensión e incertidumbre. Todos querían llegar al centro para no desaparecer cuando el sol cayera. Era la lucha por la supervivencia. La fuerza por mantenerse vivo. Entonces la locura rompió los amarres de la razón y se desató un torbellino de nervios que acabó desquiciando a los pocos oficiales a bordo, los únicos que iban armados. El primer disparo no fue el último. Los ojos de la sinrazón se apoderaban de los actos de locura y el sonido de los disparos se unía al grito de los hombres que aullaban de miedo. La tragedia y la enajenación se habían apoderado de la balsa y campaban a sus anchas entre la insensatez y la barbarie, compañeras inseparables. La muerte cedió su guadaña a los oficiales, que sesgaron la vida de sesenta y cinco hombres. ¿Acaso el infierno era peor que aquello?.

Al cabo de una semana no quedaban a bordo más que veintiocho supervivientes, de los cuales sólo catorce parecían capaces de sobrevivir algunos días más. La razón había desaparecido en muchos de ellos y había dejado paso a la demencia. Otros estaban gravemente heridos y sus miradas se perdían más allá del presente. Más allá de este mundo. El hambre también iba a bordo desde el primer día y la sed abrasaba más que el sol. Todos empezaban a temer que la esperanza se había desvanecido y que estaban a merced de un destino escrito con letras negras de epitafio. Fallecieron muchos y se decidió tirarlos por la borda, pero no todos. Algunos quedaron a merced del abrasador astro rey, que cuarteaba las pieles y agrietaba los labios casi tanto como la sal del agua que los rodeaba. La fortaleza del hambre empezó a afectar a los supervivientes y se lanzaron ávidamente sobre los cadáveres. Algunos se resistieron, pero la necesidad se hizo mayor y la única forma de prolongar la existencia dándole una oportunidad a la esperanza, pasaba por alimentarse. Aunque fuera de una manera deplorable. El espectáculo de la precaria balsa era dantesco. Una escena discordante que decoraría el salón más fastuoso del infierno. El teatro de una realidad amarga que ensombrecería la razón del hombre más cuerdo y enaltecería la locura de la mente más morbosa y sádica. La monstruosidad más humana.

Fue entonces cuando alguien lo divisó. Era algo. Algo en el horizonte. Algo distinto. Pero daba igual. Cualquier cosa distinta en el horizonte, diferente a la línea que dividía el cielo del mar, era buena. Luego una voz emergió con fuerza entre los pocos hombres que quedaban y se arremolinaban intentando perfilar con nitidez el punto lejano. Era la punta de un mástil. Una mezcla de sensaciones y sentimientos se apoderó de la balsa y los hombres que quedaban en ella. Afloraron energías renovadas impulsadas por la ilusión y el último destello que la esperanza les hacía para continuar con vida. Alegría mezclada con miedo. Miedo y terror que ensombrecían la última oportunidad del destino, pues estaban muy lejos y los cascotes que quedaban por balsa, apenas sobresalían por encima del agua. Apilaron las pocas barricas y cajas que quedaban y se apoyaron sobre ellas. En lo más alto se colocó el náufrago superviviente de raza negra Jean-Charles, el único náufrago del pueblo que quedaba entre los catorce. El resto eran oficiales, científicos o secretarios. Pero nada de eso importaba ya. Todos eran iguales ante el hambre, la sed y el miedo. Todos eran iguales ante la muerte.

El revuelo y los nervios se mezclaban con la alegría y la angustia. La esperanza crecía y se topaba de bruces con el miedo. Toda la embarcación era un ramillete inquieto de sentimientos y emociones. Todos los supervivientes trataban de mantenerse con vida un poco más. Todos trataban de hacerse ver. Todos menos uno. Aquél hombre miraba en dirección contraria. Su vista perdida en un destino incontrolable y en el castigo sufrido. Perdido a la deriva, se dejaba llevar por la desazón y la resignación. Ya nada importaba. Nada tenía sentido. La vida se había convertido en un viaje impulsado por las cadenas de la supervivencia. El tiempo castigaba los sueños y los flagelaba con las tiras de cuero de la desesperación. Poco quedaba de aquellas ilusiones que brillaban en el horizonte, que aparecían como una estrella de esperanza en la línea divisoria de la incertidumbre. Quizás el tiempo se había parado y naufragaba por el purgatorio de la soledad. Sin rumbo. El aire soplaba con fuerza en dirección contraria y movía los hilos del abatimiento. Las nubes se arremolinaban y la penumbra se cerraba en la oscuridad de la desolación. Las aguas se crispaban y la balsa de la duda temblaba ante un futuro incierto. Pronto llovería y, tal vez, acabaría aquel infierno entre los abrazos mortales del mar. Devorado por la crudeza implacable de la languidez y el desfallecimiento del destino, que terminaría por hacerlo desaparecer de la existencia. Quizás ya estaba muerto y no lo sabía. A su alrededor todo se movía y sus compañeros saltaban de un lado a otro. Pero él… él dudaba si todo aquello era verdad o una nueva mentira de aquel azar grotesco que se burlaba y mofaba de los hombres hacinados en un puñado de palos vaporosos. No sabía qué hacer. Al borde de la desconfianza y la incertidumbre, no sabía si mirar atrás y aferrarse a la esperanza del mástil que se dibujaba en el horizonte, o dejarse llevar por el abatimiento y el aire en contra. Agarrado a la muerte en una combinación de eterna duda entre la meditación de lo existencial y la enajenación perpetua. Oscilaba en la delgada y fina línea de su destino. ¿El final o seguir luchando?

Tres años después, en 1819, un joven pintor exponía su obra en el Salón Oficial de París. La exposición no sólo tenía una función artística, sino también política. Mediante una presentación especialmente brillante, los Borbones, que habían recuperado el trono en 1814, querían demostrar la estabilidad y la prosperidad de la nación bajo el soberano legítimo. Casi todos los artistas del Salón, rendían homenaje al régimen y a la Iglesia, unida estrechamente a él. De los cuadros históricos de gran formato, que siempre ocupaban el centro del Salón, dos tercios mostraban escenas de la vida de los Santos y el resto celebraban a los monarcas franceses del pasado. Todos menos uno. Un joven pintor llamado Théodore Géricault, con apenas 27 años, el cual exponía una obra titulada “Escena de un naufragio”. No adulaba ni al trono ni al altar, no contribuía a ‘la gloria de la nación’. Todo lo contrario. Recordaba una catástrofe y un escándalo todavía vivos en la memoria de todos. Un episodio trágico que el nuevo régimen hubiera preferido olvidar. El cuadro era una provocación. Un patético símbolo del sufrimiento humano.

Pocos fueron los que alabaron la obra de Géricault. Tenía una dosis macabra de realismo, en el que la pincelada extraordinariamente enérgica acentúa la sensación de arremolinamiento y garantiza la emoción. Había creado un cuadro de marina diferente. La composición piramidal era patente. Quizás el objetivo de Géricault no era del todo el realismo, sino una monumentalidad elaborada artísticamente. Se podía apreciar el profundo estudio anatómico, aunque había omitido las señales de putrefacción de los cadáveres y los cuerpos esqueléticos de los náufragos. Todos estaban bien afeitados y peinados. Pero fueron muy pocos los que se detuvieron en el Salón a ver aquella obra. Entre ellos se hablaba de un hombre que había permanecido más de dos horas frente al cuadro. Un hombre diferente. Taciturno y solitario, pero con un brillo inusitado en su mirada. La gente que pudo verlo decía que era un lunático modernista. Un amante de las nuevas pinturas. Otros dijeron que se trataba de un sádico que disfrutaba con aquella imagen grotesca del género humano. Y muchos fueron los que vieron en su rostro los ojos de un demente. Pero la gente no se daba cuenta. Nadie le preguntó. Nadie le habló. Todo el mundo pensó que era un loco, pero nadie se dio cuenta que era el más cuerdo del salón. Nadie se dio cuenta que había probado el agua salada de aquel lienzo. El hambre más perversa del mundo. La oscuridad más aciaga del infierno. El terror más angustioso de la vida. La supervivencia. La esperanza. Aquel hombre que dudaba entre abrazar a la muerte o seguir luchando.

El barco llegó y los rescató. Finalmente creyó en la esperanza y no se rindió. A veces, cuando la vida parece que nos paga con la moneda más negra del destino, nos reserva un barco en el horizonte para rescatarnos de la deriva. Una mota de polvo insinuada. Un pequeño haz luminoso que se filtra por los resquicios más diminutos. Nada más. Pero el rayo de luz destilado más insignificante, se puede convertir en el sol que ilumine nuestro camino. La pequeña llama de una vela a medio consumir, puede transformarse en el mayor fuego que nos caliente. El espectador de aquella obra suspiró. Sonrió y una lágrima le recorrió la mejilla. Nadie lo reconoció. Abandonó el Salón cruzando un mar de rumores y miradas indiscretas, pero poco le importó. Se sintió más despierto. Más loco. Más alegre. Más triste. Más nervioso. Más calmado. Podía sentir todo aquello. Se sintió más vivo que nunca.
Para mi amigo Carlos, gran luchador, eterno superviviente...