sábado, 31 de octubre de 2009

Erótico chocolate

Lo sabía. Sabía exactamente por qué estaba allí sentado, con las piernas dormidas, y un dolor de cuello abrasador, pese al frío que le acurrucaba la piel en pequeños círculos granulados. Carne de gallina para una espera. Esperar. Quizás era lo que más le agobiaba, agotar su paciencia envenenada con la rabia que inundaba su cuerpo. Se movió un poco, para hacer circular la sangre lo mejor posible, pero sabía que aún le quedaba un buen rato con las rodillas flexionadas. Miró hacia arriba y observó unas enormes manchas de color verde oscuro, entrecerró los ojos dejando una rendija de luz… sí. Quizás África. Sí, África encajaba perfectamente con el perfil de aquella mácula que se convertía en el borrón que dotaba de informalidad higiénica a su cuarto de baño. Suspiró y dejó caer la cabeza en gesto de resignación entre sus manos. Estaba condenado a estar allí sentado, sin moverse, con las piernas entumecidas y el culo helado, pero no podía hacer nada. Nada. Sólo esperar. Al menos tenía un descanso, leve y minúsculo, que le estaba dejando algunos minutos para reflexionar sobre todo aquello. Para hacerle pensar sobre las ilusiones. ¿Qué es una ilusión para el ser humano? una visión desvirtuada de la realidad que se quiere ver. Un engaño o mentira que la conciencia crea en la mente febril de una persona cuerda y racional, similar a un sueño etéreo, pero con la capacidad de hacerse realidad. Quiso sonreír pero le salió una carcajada. ¡Menudo payaso estaba hecho!. Y todo por culpa de su adorado e idolatrado Mel. Entonces se puso serio y su rostro se tornó sombrío, pues tenía claro que iba a denunciarle. Lo denunciaría. Sabía que vivía en Barcelona y hasta se había hecho con su dirección.



No hacía ni más de veinticuatro horas cuando empezó todo, en el vestíbulo de su cine habitual, donde acudía todos los miércoles desde hacía más de diez años. Como acostumbraba, echó un vistazo a la cartelera y seleccionó la película nueva que iba a acompañarle esa noche. No tenía muy buena pinta, pero su papel de cinéfilo empedernido le obligaba hacer una visita semanal a su cine preferido, y el único filme que quedaba con algo de dignidad era ese. Compró su entrada y frenó sus pasos en el vestíbulo para aprovisionarse de un cargamento de golosinas dulces y saladas. Por ese motivo escogía la sesión de las diez de la noche, la mejor excusa para cenar palomitas con coca-cola, precedidas de un paquete de avellanas caramelizadas, y para rematar, una bolsita cargada de regaliz. Su estómago sabía rezar a tiempo y se preparaba para esos cócteles explosivos a media semana, a cambio, recibía una dieta sana y equilibrada el resto de días. Pero aquel miércoles fue diferente. Al acercarse a la vitrina de palomitas, y antes de saludar a Laura, la chica que le atendía en los últimos meses, algo le llamó la atención de forma inusual. Sus ojos se llenaron de asombro y el corazón le dio un vuelco vertiginoso. Sus pulmones se hincharon de aire y la boca segregaba un dulzor especial. Es la sensación del encuentro que paladeaba en ese mismo instante. Tras la vitrina aparecían, perfectamente ordenadas en su caja, las chocolatinas que tanto tiempo había esperado. Sonrió con labios bobalicones y su mirada se ablandó como si de una amante deseada se tratara. Pero no iba muy desencaminada tal sensación, pues esperaba encontrarla en su interior, guiñándole un ojo, besándose en la mano y lanzándole sus labios después de soplar sutilmente. Desde ese momento, supo que esa noche no habría palomitas con coca-cola, que no saborearía el caramelo de las avellanas, y que ni siquiera se mancharía la comisura de sus labios de negro, tras devorar el regaliz ávidamente. Empezaba a sospechar que esa noche, ni siquiera vería la película.


Conocía la obra de Mel. La conocía desde hacía mucho tiempo, pero por otros motivos diferentes a los artísticos. Ignoraba que sus pinturas eran el símbolo de un icono Pop de la época del consumismo. No le interesaba saber que cada uno de sus cuadros se relacionaba directamente con alguna multinacional, como el propio refresco que consumía. Tampoco se preocupaba en indagar sobre la forma y estilo en que sus figuras cuadraban a la perfección con los productos que aparecían en los lienzos. Sólo había visto uno, pero le daba igual. Le daba absolutamente igual. Lo único que quería, que deseaba fervientemente, era encontrar el premio que Mel le había sugerido cuando le encontró en una revista de corte erótico. No era la única publicación que tenía de ese estilo, pues hasta dos cajas de zapatos llenas bajo su cama, atesoraban en sus entrañas revistas de curvas peligrosas, perfiles imposibles, interiores atrevidos y deseos irrefrenables. Al ver la obra, pintura entre tanta fotografía resultaba extraña, pero no por ello menos atractiva, buscó información. Dio con ella en el pie de página, donde aparecía el autor, Mel Ramos… y nada más. Su imaginación tejió una red densa, amplia y extraña que terminó por atar cabos excesivamente surrealistas, pese a tratarse de un tema Pop, pero él no lo sabía. Ni le importaba. Nunca le importó. Ahora tenía la chocolatina ante sus ojos, la misma que tanto tiempo había esperado. La misma que tanto tiempo había deseado.


Abrió su cartera y sacó varios billetes. Sus ojos le brillaban y Laura se dio cuenta de ese destello inusitado en la mirada de aquel cliente habitual, la sonrisilla nerviosa y el pulso galopante que quebraba el aire en agitaciones convulsas. Cuando la joven comenzó a rellenar la correspondiente ración de palomitas, él negó con la cabeza y señaló la caja de chocolatinas marca “Snickers” que estrenaba localidad en la vitrina, extendió tres billetes en el mostrador y la requirió en su totalidad. Laura abrió mucho los ojos pero le despachó su petición, le cobró y le sonrió como hacía cada miércoles. Pero no era un miércoles cualquiera. No lo había sido desde que vio las chocolatinas. Acarició la caja con un gesto a caballo entre el cariño y la lujuria, aún en el vestíbulo del cine, sintió un calor sofocante ascender por su espalda y un vértigo que le cortaba la respiración. Estaba excitado y no podía esperar. Sacó su entrada del bolsillo, salió a la calle y se la dio a la primera persona que vio en la cola. Su imaginación daba forma a deseos carnales con ayuda de la lujuria, y la excitación le impulsaba a caminar cada vez más deprisa hasta su casa. Cruzó volando el zaguán, subió las escaleras de dos en dos y abrió la puerta a trompicones. Cerró tras de sí, se desnudó con una sola mano y se sentó en el sofá. Estaban solos él y su caja de chocolatinas “Snickers”. Se relamió nervioso. Estaba degustando ese momento con un placer inconmensurable. El brillo de sus ojos hacía desfilar la mirada en un vaivén intenso entre las barras de chocolate. El deseo y la lujuria eran dos ingredientes dulces para él, que se frotaba las manos al pensar, imaginar, sin problema alguno, la visión de una diosa pagana, de piel suave y rosada, de una blancura bella e idealizada, dorada cabellera, pechos turgentes y generosos, y un perfil perfecto. Una línea curvada en la armonía del equilibrio, uniéndose en una estrechez impecable. La sublime estructura formada de una Venus bellísima, que le miraba a través de unos ojos azules inmensos, cargados de sensualidad sugerente. Casi pudo sentir una erección. Chasqueó la lengua y se frotó las manos. Abrió la primera chocolatina y no encontró nada. Una suave brisa de decepción secó el sudor de su frente. Quizás tenga que comérmela. Una vez devorada la primera, sin éxito, acudió a la segunda. Le quitó el envoltorio y apareció otra nueva barra de chocolate. Se encogió de hombros y se la zampó en dos bocados. Comenzó así una tarea sistemática. Un bucle de tiempo encogió en repetición matemática el mismo gesto, a veces más rápido, otras a menor velocidad. Una tras otra, las chocolatinas se perdían en la ansiedad erótica del cinéfilo empedernido, que había cambiado su película por una ilusión.


Lo sabía. Sabía exactamente por qué estaba allí sentado. Esa ilusión… ya no era capaz de hacerse realidad, era una pintura. Se trataba de un tema del Arte Pop. Ahora lo sabía. Sabía quién era Mel Ramos a la perfección: un pintor nacido en Sacramento, California, en 1935, que descubre un filón a sus treinta años, en 1965, cuando sus mujeres desnudas representan marcas publicitarias en una época de consumismo y desarrollo. El estilo de cartel de Pop Art de Ramos deja al descubierto las estrategias de venta de la industria publicitaria al utilizar sus imágenes. Eso era. Un lienzo asqueroso entremezclado con las bellezas de su revista erótica. Un cuadro Pop… Ahora le importaba. Nunca le importó, pero ahora, mientras se deshidrataba sentado en el váter por comerse toda una caja de chocolatinas “Snickers” buscando una exuberante mujer de piel blanca y mirada fatal, le daba tiempo a pensar en su denuncia. Pensaba denunciarlo, sin duda alguna, porque la inocencia de personas como él podían verse en peligro. ¿Qué es una ilusión?, una visión desvirtuada de la realidad que se quiere ver. En ese momento otro retortijón acudió a su barriga y se retorció temblando. ¡Maldito Mel!

11 comentarios:

Ariel dijo...

Jajaja, muy bueno Aguador. Aplausos.
Me gustó bastante.
Te dejo un abrazo che, que estes bien.

NATURAL DE SEVILLA dijo...

Genial, no tengo otra palabra, mi admirado amigo. Un fuerte abrazo.

Juanma dijo...

Hijo mío, te digo igual que Natural de Sevilla: una genialidad. Qué quieres que te diga, un placer de lectura. Para golosos soñadores, sin duda.

Un fuerte abrazo.

dama dijo...

Menos mal que no has puesto la botellita de coca cola, el chocolate siempre es mejor para todo, de mí hace lo que quiere, me domina.
Haz sabido crear una historia fantástica, como tú sólo sabes hacerlo, pero es que esta vez, te has superado. Será porque eres único contando historias o porque has unido en perfecta armonía, dos de mis pasiones, el dibujo y el chocolate.

Besos.

elzalemo dijo...

Que bueno tio, me ha encantado tu blog.

un saludo

El callejón de los negros dijo...

Hay escenas que son se visualizan incluso antes de terminar de leerlas. Qué fácil lo haces.

Supongo que serás consciente de que hemos acabado con las reservas de cacao en cinco kilómetros a la redonda.

Hay muchas inocencias que perder a lo largo de la vida...

Te veo el viernes trece.

Antonio

MaeseRancio dijo...

Me ha gustado tu entrada tanto como el chocolate, incluso con su punto escatológico a lo Carlos Herrera... jejeje.

María Jiménez V. dijo...

Jajajaja....
Atrapas al lector hasta el final...
Excelente narrativa y maravillosas imágenes literarias las que manejas
Se siente, se vive cada palabra...

Saludos desde el otro lado del Atlántico.

María Jiménez V. dijo...

Jajajaja....
Atrapas al lector hasta el final...
Excelente narrativa y maravillosas imágenes literarias las que manejas
Se siente, se vive cada palabra...

Saludos desde el otro lado del Atlántico.

Anónimo dijo...

Desde Cantillana estamos pensando que no deberías tardar tanto en actualizar, necesitamos tus palabras.

JanuskieZ dijo...

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