A veces, el Amor es el motor que mueve al mundo, este detalle no es algo discutible, sino necesario. Es el engranaje que mueve la vida, o al menos debería ser así. Pero en otras ocasiones, el Amor escuece y duele. Se convierte en víctima de su propio crimen. Autor de aquellas grandes heridas que abrasan el espíritu de una forma incandescente. Es un dolor espinoso y agudo, que restalla como si veinte puñales cruzaran tu pecho en varias direcciones. Puede que entonces, sólo en ese momento seas consciente de que has amado. De que amas, aunque no seas correspondido. De que has tocado el Amor y has tenido la oportunidad de conocerlo. De saborearlo, aunque ya no puedas degustarlo más. De acariciarlo, aunque el tiempo y las circunstancias te lo hayan arrebatado de tu lado. Puede que por ese motivo te encuentres a ti mismo llorando, ante un espejo de lágrimas y no reconozcas tu reflejo. Que tus sentimientos salados resbalen por tus mejillas de la misma forma que la angustia abraza tu corazón. Sientes que todo se desmorona a tu alrededor y que nada tiene sentido. Pero tal vez, la peor de las sensaciones sea la del final. La de padecer las postrimerías de algo inolvidable. Un crepúsculo de emociones vividas que tocan a su fin en un momento determinado. Sientes un vacío enorme que sólo puede llenarse con la tristeza y la pena de lo que se va. La nostalgia y la melancolía se apoderan de ti y un velo nubla tu visión, desvirtuando la realidad. El resto, todos esos pedazos que se esparcen por el suelo, no es otra cosa que tu corazón, desvencijado y malherido. Destrozado por remiendos y puntadas que no han servido para unirlo. La soledad te tortura cuando los recuerdos te asaltan y te sigue cuando estás rodeado de gente. Nunca estás acompañado, excepto por ella misma. Atraviesas campos yermos por un sendero sin vida, donde el infinito se trasluce en una línea horizontal que separa el cielo de la tierra, y a los lados del camino, preguntas sin contestar. Por mucho que avanzas, nunca se pone el sol, pero tampoco está amaneciendo. Es un eterno atardecer. Un ocaso inmortal.

Puede que eso sintiera él, vagabundeando por la arena fría de la playa. Allí donde acabaron una noche, se perdió borracho de recuerdos. Nunca el silencio había estado tan sólo. Nunca la soledad había atormentado tanto a una persona. El sol se despedía del cielo y prendía fuego al horizonte. Se sentó en la arena para ver cómo avanzaba el tiempo, pero se encontró con un billete al pasado. Todo se presentaba como un eco de emociones vividas. No había aire. No había viento. No había ruido. No había nada. El silencio roto, solamente, por el bombeo continuo de un corazón a punto de reventar de dolor, mientras el astro rey, moribundo, exhibía su imperecedera agonía sin despedirse de la claridad del día. Las olas se encontraban en un abrazo cíclico con el mar una y otra vez, pero todo era silencio. Nada se atrevía a matar su soledad. A veces, la ausencia de algo o alguien, hace que su presencia sea más fuerte. Y allí estaba la caseta del vigilante, rodeada de un lienzo anaranjado que servía como telón de fondo a un momento blanquinegro. Hay ocasiones en las que te encuentras con tu pasado y los recuerdos asaetean tu alma. Y así estaba él, agonizando a través del tiempo y sus estampas oscurecidas por el desgaste de la memoria. Aquella torre, aquella casetilla anclada en la arena, le dolía en el alma, tal vez porque fue en ella donde descubrió abrazos con sabor a mar. Ahora estaba sola. Bajo su techo de madera, ya nadie se acariciaba con la mirada y se besaba con las manos, como hicieron él y ella esa noche. Ahora veía la estructura triangular como un elemento inmaterial. Un pormenor del destino prendido del cielo. Volatilidad de un lugar inmaterial, sagrado, como el mihrab de una mezquita.

Ninguna figura antropomórfica decora el mihrab. Nada que represente a su dios. Posiblemente ese carácter esotérico, ese prisma de inconfesable misticismo, adquiere su propia representación. Un muro orientado hacia la Meca. Sencillamente una pared que delimita el fondo de la mezquita, a eje con la entrada principal. Se puede rezar en cualquier lugar, siempre y cuando la dirección esté orientada a esa pared llamada quibla. Y en ella, como un sencillo punto cardinal sobre el que responder con las reverencias divinas, un nicho. Un hueco cóncavo que se abre para no albergar nada. O para albergarlo todo. Eso es el mihrab. El lugar donde está todo lo santo. No hay representación ninguna, pero a la misma vez, el significado que desprende, todo el poder que destila el vacío sacro, lo convierte en una parcela de un gran poder sagrado. La rica decoración a la que está expuesto, sus bellos ornamentos y la disposición de sus elementos, responden a unas pautas arquitectónicas, pero no esculturales o figurativas. En el mihrab, esa ausencia de figuración, se resuelve con la luz, que emana a borbotones y se derrama desde su cúpula. La mezquita solía ser un edifico oscuro, tan sólo iluminado por hachones o lámparas de titilantes y dubitativos rescoldos de luz. Sólo algunos puntos concretos, necesarios para no andar envueltos en la penumbra completa. Todo se intuía bajo un manto oscuro, y ni siquiera los bellos relieves o la decoración de ataurique, símbolo inequívoco del paraíso, podían verse sin esforzar la visión. Pero el mihrab era diferente. En el mihrab no había representación humana o animal. Pero había luz. Una luz etérea. Una luz fuerte y poderosa que entraba por los lunetos horadados en el tambor de su pequeña cúpula. La esfera superior, la media naranja que resultaba ser el techo de aquel hueco vacío, parecía flotar en el aire. La claridad de ese lugar cegaba al creyente tras salir de la penumbra de las naves de la mezquita. Era entonces, sólo entonces, cuando aquel resplandor se sentía más sagrado que nunca. Misticismo envuelto en el espíritu de lo sagrado y lo poderoso. Dios existía. Un Dios que no necesitaba representación alguna. La cúpula flotaba en un colchón de luz, dotado de brillos sobrenaturales, y el aire de aquel lugar desocupado, el único iluminado cenitalmente, se convertía en algo sagrado. Divino. Allí estaba Dios. El poder inconmensurable suspendido en un halo etéreo, sutil y vaporoso. Todo en ese espacio vacío, sin nadie aparentemente, pero lleno de una fuerza indescriptible.

Como si fuera un musulmán, se acercó a su mihrab particular y acarició su base. La madera estaba fría. Accedió a su parte posterior y tocó la subida. Los peldaños de la escalera estaban húmedos por el ambiente marino, y una leve brisa le susurraba al oído risas perdidas en el fondo de sus recuerdos. Caricias escritas en la arena que el aire del tiempo se encargó de borrar. Besos salados con espuma de mar que la bruma desvaneció. Sólo quedan los recuerdos atrapados en un álbum de soledad. Está sólo y roto por el quebradizo dolor de esos momentos vividos que ya no volverán. Tan sólo es una sombra del hombre que fue. No se acordaba de reír y tampoco se acordaba de olvidar. Daba lo mismo, porque el olvido te puede quitar a alguien de tu mente, pero no de tu corazón. Subió las escaleras hasta aquel reducto de su memoria, atrapado en un filtro monocromo, y se sentó en la base del nicho sagrado. El sol aguantaba su agonía y retrasaba su muerte en el lecho del horizonte. Y allí estaba, cansado de luchar con el destino y herido por varias estocadas de su propia vida. Un soldado atormentado por el transcurso de la batalla, agotado por el paso del tiempo, o quizás por la lentitud del reloj de arena. Un espejo desgastado, sucio y sin reflejo de nadie. A veces buscamos en el presente detalles del pasado, otras aparecen sin esperarlo. Quizás fue su subconsciente, pero consiguió verse a sí mismo desde fuera. Era como si su mente y espíritu hubieran abandonado su cuerpo. Pero no se veía sólo. Estaba apoyado en la baranda de la casetilla, la pared sagrada del mihrab, y la abrazaba a ella. Ya no era el sol, sino la luna la que bañaba con su luz la oscuridad de la noche. Ya no era uno, sino dos otra vez. Risas entrelazadas en murmullos cariñosos, mientras las olas y su melodía rítmica, sembraban el aire de besos salados. Era Amor y abrasaba con una pasión desbordada.

Volvió a su cuerpo, o quizás no lo abandonó nunca. Sólo era un viaje retrospectivo a lo más profundo de su alma. Allí donde los sentimientos se desbordan en oleadas de pasión incontrolable y campan a sus anchas sembrando emoción. Se sintió llorar. Se escuchó rompiendo el silencio del atardecer en mil pedazos. Volvieron las olas con su murmullo constante y una ligera brisa le envolvió en el eco de su lamento. Y su perfume prendido con alfileres de caña le acarició el rostro. Se levantó de un impulso y se asomó por encima de la barandilla buscando con ojos sedientos. Los rincones de la playa esperaban vacíos. Soledad inquieta y calma lacerante. Una angustia desgarradora le atravesó el pecho, mientras su mirada rastreaba queriendo encontrarla. Pero no halló respuesta esperanzadora y una trenza espinada decoró su ánimo. Lentamente, se acercó a las escaleras y descendió de su mihrab. La casetilla seguía estando fría y un aire gélido soplaba para despedirle. Las olas besaban la orilla con su espuma de plata y decoraban el ocaso con su rumor esponjoso y delicado. Todo se había consumado y las manecillas del reloj habían decidido avanzar. El cielo se vestía de un manto escarlata y el sol se ahogaba en un último suspiro, atravesando las entrañas del horizonte en su descenso mortal. Estaba de nuevo en el suelo granulado y deambuló en círculos sin saber dónde ir. Algo extraño sucedió entonces. Unas manchas pardas se convirtieron en exorno polícromo de la arena. Unas gotas de sangre cayeron a sus pies. No sabía si era el cielo el que se desangraba o si era él, que se había magullado al bajar la escalera. Pronto se dio cuenta que la sangre manaba de su pecho, donde una herida abierta le demostraba que tenía roto el corazón. Lo observó con pena y tristeza. Estaba ajado y maltratado, cubierto de remiendos deshechos y contusiones sin curar. Sacó de su bolsillo un hilo de sutura ensartado en una aguja esterilizada y remendó aquella herida que sabía se abriría pronto. La próxima vez que los recuerdos le acuchillaran el alma. La próxima vez que la ausencia le recordara que la echaba de menos.

Fue así como emprendió el camino de vuelta o, tal vez, prosiguió su viaje. Continuó avanzando por la arena fría y húmeda. A veces le daba la sensación de que todo le pesaba. Se sentía cansado y agotado, y un torbellino de preguntas asaltaba constantemente su cabeza. No solía encontrar las respuestas indicadas. Y era así como naufragaba en un mar de dudas e incomprensión, a la deriva de su propio destino. Luego volvían a sonar los tambores del tercio, suspiraba, sacaba la toledana y la vizcaína, se apoyaba basculando en su cadera y apretaba los dientes. Listo de nuevo para ganarse sus cuartos, aunque la paga se retrasase. El crepúsculo era de un azul marino exquisito. No había rastro de aquella sangre derramada por el sol. En su lugar, un bello filtro violeta, con tonos malvas, descendía como el principio de una nueva obra teatral a punto de comenzar. La noche estrenaba función en unos instantes y esperaba su salida a escena. Su foco principal ya iluminaba el telón. Era hora de huir. La luna amenazaba con traerle nuevos recuerdos.
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'Servilletero', Tirada 7 (2004) - Chema Madoz