Era la quietud más que el silencio. La calma peligrosa y la falta de ruido. El siseo de la brisa tibia e incluso caliente como trasfondo del teatro barroco. La templanza combate con los nervios y la soledad se puede tornar en compañía desagradable. La luz de un candil titilaba en una esquina mientras su oscilante lengua anaranjada lamía con parsimonia los rincones más cercanos. Había sido una jornada de revuelo. Aún se escuchaban anclados en las entrañas de la ciudad los ecos lejanos de la ceremonia. Celebración precedida de muerte y Sevilla siempre voluble. Lluvia y mal tiempo para despedir al monarca de aquella España desangrada monetariamente por los cuatro costados. Aguas revueltas de monarquía flemática y abúlica que adolecía un cambio. Tres días antes celebraba la ciudad las honras por el fallecido rey. Se iba un Filipo y llegaba otro. El cuarto. Había sido un día alegre y apacible y se dejó a un lado el luto, se alzaron los pendones por el nuevo rey, el cuarto Felipe, y la jornada había sido de chanza y fiesta. De corrillos altaneros y juergas tras el fruto de Baco. Aquel 6 de junio de 1621, domingo de la Santísima Trinidad, expiraba y la noche se deshacía entre la oscuridad moteada de las calles.
La luz plateada se filtraba entre los resquicios de esquinas despellejadas por el tiempo. Brillaba la luna después de varios días de cielo rojizo sobre la ciudad. Pero no era lo único que brillaba en las calles de Sevilla en esas horas de noche recién estrenada. Un mal encuentro envuelto en una chuscada de hijosdalgo dio pie a un grito ahogado antes de que pudiera maldecir. Tres borbotones de sangre saltaban manchando el jubón de cortapisa de su compañero, que había sacado la toledana y daba muestras de buen hacer. Revuelta rápida y nuevo brillo de hoja. Mellada por el paso del tiempo, pero de buena mano, que aunque era mercenario de espada, la honradez en el bello arte de matar en la Sevilla del Barroco escaseaba. Pasos racheados y resuello aplacado por el vino. Medio giro y piqueta en la siniestra del soldado buscavidas. Muerde el brazo el frío acero de una toledana, pero deja espacio su costado para que tres palmos de hoja vieja le ensarten en el infierno de los nobles caballeros. Esta vez el grito sí se hace oír. Ya no hay bromas ni bravuconerías. El pisaverde aristócrata ya sabe cuál es el precio de la fanfarronería en los rincones oscuros de las calles sevillanas. Es una pena que no le sirva para el futuro, pues la parca le ha sonreído en aquella esquina de luz titilante y brillo plateado.

Se acercan tres y él está herido. No quiere más lances para celebrar la llegada del nuevo rey. Envaina la espada y siente el frío de la vizcaína al tacto con sus riñones. Embozado en la capa y con el chapeo calado hasta la sien, pone tierra de por medio con zancadas amplias entre las sombras que acarician. Voces de alarma a su espalda y ruido de botas sedientas de sangre vengativa. Enfila la calle Santa Inés y busca San Pedro. No le da tiempo. Sabe que sus perseguidores le alcanzarán. Entonces aminora la marcha y se da la vuelta. Mira hacia arriba con aire desafiante y se echa atrás la capa. Se atusa la barba y sonríe bajo su bigote de soldado. Llegó la hora. Escupe al suelo y contempla cómo tres siluetas se recortan en la tibia noche. Avanzan hacia él. El brillo de sus aceros anuncia un final escarlata. Decide morir con su vieja toledana en la mano y blandiendo la vizcaína. Mira a su alrededor y afianza el flanco izquierdo, donde tiene el tajo, junto a la puerta lateral del Convento de Santa Inés. Aprieta los dientes y espera la llegada de los tres. Pero lo siguiente que aparece es un milagro con sotana, exornada con brocados, cuyo rostro palidece al encontrarse con la figura del soldado enguantado y presto para batirse. Antes de nombrar al Hijo de Dios y comenzar un Paternóster atropellado, dos fuertes manos lo empujan al compás lateral del convento y lo tiran de espaldas al suelo. Un chillido agudo se escapa de la garganta del cura, que empieza a creer que ha llegado su hora y pide perdón por sus pecados. Que no son pocos, pues la Sevilla que era Puerto del Mundo también lo era de los lupanares más frondosos de España. Pero el soldado, curtido en veteranas batallas de la vida, y no pocos lances de guerra, cierra desde dentro la puerta y escucha como maldicen sus perseguidores. Sonríe al cura y le ayuda a levantarlo, mientras le pide acogerse a sagrado. El presbítero tuvo que ver el cielo, o la salvación terrenal, en la sonrisa del aquel hombre herido, pues le ofrece ocultarse en la Iglesia, previo aviso de la clausura de dicho edificio sagrado. Envainadas espada y daga, ambos hombres se acercaron a la puerta del templo. El clérigo le ofreció entrar en la iglesia, mientras él avisaría a la congregación del visitante forzoso.

Imagen modificada del libro El Capitán Alatriste
No era junio. Ni siquiera hacía calor. Hacía frío. Las manos no respondían con la suficiente rapidez y las tardes de enero eran noches largas prolongadas por una oscuridad invernal. El nuevo año había comenzado envuelto en una gélida sensación de azote constante. La pareja cruzó la calle en pasos rápidos adelantándose a la llegada del coche y se adentró en el compás del convento. Santa Inés yacía tranquilo. Calma y sosiego roto tan sólo por el traqueteo continuo de los coches sobre los adoquines. El rugir de un ejército de caballos metálicos que se filtraba por la puerta. Ya caía la noche sobre aquella tarde huidiza de enero. El invierno sembraba de oscuridad los ocasos precoces de una Sevilla fría. Se aproximaron a la puerta de la iglesia y cruzaron su dintel. La sensación posterior fue un golpe de efecto a la lógica. Todo un revés de conciencia a lo natural experimentado hasta ahora. A veces nuestros sentidos pierden pie y se ahogan en una situación incomprensible a la razón. No hay explicación. Un murmullo constante se convertía en oración continua y un rumor de meditación cruzaba las paredes como un riachuelo baña un valle. El eco de sus pasos resonaba incluso antes de que pisaran. Pero lo que más sorprendía, lo que más sobrecogía, era el silencio del corazón de la ciudad. Sin decir nada, se dirigieron al último banco. El mismo que estaba pegado a la reja que separaba el coro de la iglesia. El trenzado metálico que servía de límite entre el exterior palpable y la clausura espiritual.

Dos figuras ocupaban dos bancos más. Un señor con sombrero y cabellera plateada al castigo de los años y una señora con una bolsa de la compra. Cuatro en total con ellos. El tiempo se había detenido como también lo había hecho con Doña María Coronel. Solo un rumor sacro estremecía a los congregados. La clausura era un velo transparente que no dejaba ver la realidad. Las monjas rezaban a su espalda y nadie se atrevía a darse la vuelta. El corazón de la ciudad palpitaba alrededor de aquellos muros ancianos de la
Historia, pero nada de eso penetraba en su interior. El bullicio y la prisa quedaban fuera, aislados, como si al cruzar el dintel el pasado fuera una realidad y los años retrocedieran en contra del tempus fugit. No sólo se paraba el tiempo, sino que los años retrocedían y casi se podía sentir el frío helado del toque legendario. Las monjas callaron y el rumor sacro de misal se disipó y embotelló en un quejido metálico. Tañó una campana y a cada golpe las almas presentes se estremecían en una quietud lastimera y ausente de toda racionalidad. El señor del sombrero y pelo cano se levantó y abandonó la iglesia. La campana seguía sonando y rompía el silencio en toques cadenciosos. La señora se levantó, se santiguó y en tres zancadas rápidas cruzó el dintel del templo para desaparecer en la penumbra de la noche que ya caía sobre la ciudad. Se quedaron solos.
La soledad nunca fue tan estremecedora. La pareja se dio la mano y sintió el calor y el amor a través de ellas. A sus espaldas, y tras la reja que separa el mundo irreal de la clausura, sonidos secos y movimientos recordaban que allí había alguien. A veces una tos achacosa. Nada más. Silencio profundo, ascético y cuasi místico que inundaba la iglesia. Sólo la campana, como el aviso de vida exterior, cruzaba el paso del tiempo y se aventuraba a adornar el silencio. Un escalofrío recorrió sus nucas y las piernas se estremecieron ante la idea de tener personas atrás y no poder volverse. Sentir la presencia de alguien que respira a tu espalda. Que te observa tras unos ojos tristes y nostálgicos. Alguien que añora el tacto de una persona querida. Alguien que, después de muchos años encerrado en la meditación eterna de una clausura, suspira por saber cómo es la caricia de unos labios. La pareja se soltó inmediatamente. Había movimientos en la puerta. La campana había dejado de sonar y nada se escuchaba en la iglesia. De pronto, como si el volumen del presente hubiera sido aniquilado, desapareció todo ruido. Todo sonido. Ya nadie tosía. No había susurros vacíos ni pies lastimeros. Un silencio denso y tremendamente sordo se había adueñado de la iglesia. De su presencia. De la ciudad. No pasaban coches fuera. No había presencia humana a sus espaldas. Ni siquiera Maese Pérez el organista acariciaba las teclas del órgano. Ni siquiera Doña María Coronel se acercaba a la reja del coro a rezar. Ni una de las
Once Mil Vírgenes se dejaba ver entre los bancos de la primera fila. Nada. Silencio absoluto como si la iglesia quedara suspendida atemporalmente y el efímero soplo del presente se hubiera reducido a la existencial mirada de los dos enamorados. Ambos miraban a la puerta. Alguien entraba. El único ruido del mundo que en ese momento existía era un roce cansino de pies… y estaba en la puerta de la iglesia.

Fue entonces cuando se dieron cuenta que las sensaciones no siempre son movimientos del alma impulsadas por la razón. Ante ellos apareció una figura, alta y robusta. Las ropas revueltas y una mancha carmesí en el brazo izquierdo, que descendía hasta la mano, que empezaba a mostrar un tono parduzco. Sangre. En la diestra el sombrero. En sus pies, botas raídas y gastadas. Pantalones bombachos y carcomidos por la miseria y agujeros de pagas inconclusas. Su rostro poseía tres cicatrices que cerraban su expresión de asombro en una amenazante mirada. Bigote y barba descuidadas y un gesto de alerta sempiterna terminaban por rematar un rostro curtido en las estocadas de la vida. El asombro y sorpresa no era propiedad sólo del veterano soldado barroco, sino de aquella pareja del presente, que ya no sabía si el pasado los había alcanzado y todavía no habían nacido. Estupefactos los tres, quedaron inmóviles durante unos segundos mientras se escrutaban con la mirada. Finalmente, decidido ante el mutismo de la pareja, el soldado hizo una leve inclinación de cabeza y dio las buenas noches. Los enamorados, que viajaban con su mirada de la mano izquierda ensangrentada a los ojos vivos y en avizor de aquel hombre, contestaron al unísono con el mismo saludo. Luego, el soldado desechó el peligro y prosiguió su camino en amplias zancadas hasta un extremo de la iglesia. Sólo el eco de sus pasos y el tintineo metálico de la toledana cruzaban como un espíritu el frío aire del templo conventual. Ni Maese Pérez ni Doña María Coronel les habían puesto la piel tan erizada como aquel hombre. Cuando el silencio volvió a ocuparlo todo y sólo los nerviosos corazones se dejaban escuchar, la pareja se levantó. Sin cruzar palabra. Sin mirar atrás. Tan sólo se giraron en la puerta, justo antes de cruzar el dintel Un segundo antes de abandonar la iglesia. Echaron un vistazo al otro extremo y se encontraron con los ojos vivos de aquel hombre. Y una sonrisa, acompañada de un guiño.
Ya había caído la noche en Sevilla y el frío seguía siendo el compañero de aquel día. En el compás de Santa Inés ya no había silencio. La soledad se dejaba sentir menos y los coches pasaban por el adoquinado de la calle. La puerta abierta dejaba ver la luz artificial de las farolas. Era el presente de nuevo. ¿O tal vez el futuro?. Giraron la cabeza y se quedaron inmóviles observando la entrada de la iglesia. No hablaron. No dijeron nada. Tan sólo se miraron. Un beso fue el siguiente invitado en aquella intimidad del compás conventual. Se abrazaron y salieron del recinto sagrado sin intercambiar una sola palabra. Solo miradas cómplices y silencios cariñosos.

A veces nos da la sensación de que el pasado nos alcanza. Otras sencillamente viajamos atrás con recuerdos trenzados en momentos vividos. Y en algunas ocasiones, aquello que se fue y se ocultó bajo la arena de ese reloj imparable que es el tiempo, nos sorprende. Un día aparece tras una puerta cargado de cicatrices, que son las nuestras propias, y nos guiña un ojo. Entonces por un momento, sólo por un momento, desaparecemos del presente y nos perdemos en los entresijos y resquicios de aquellas sombras que, alguna vez, fueron la vida de un tiempo, de un instante, y que ahora se ahogan en los recuerdos de la memoria.