“Llegará un día que nuestros recuerdos serán nuestra riqueza” – Paul Géraldy
Se había enterado por casualidad. Una frase suelta en el aire que llegó hasta sus oídos, mientras la bolsa amarilla recogía las escasas monedas que el día otorgaba. Todos tenemos un pasado, y
Mariano también lo tenía. No tan diferente al de mucha gente. Tenía familia y un buen trabajo, pero la vida suele ponerte obstáculos que resultan impredecibles. Eran dos hombres bien ataviados los que comentaron algo al pasar por su lado. Chaqueta y corbata. Ropa de trabajo en campos de negocios, donde las batallas se libran con plumas o estilográficas, y las guerras se ganan con sonrisas y estrategias. Algo le sonaba a Mariano. La información llegó mutilada, casi tanto como su desayuno diario, pero pudo hilvanar los datos suficientes para la cita.
Día 12 – Santa Catalina – Nueve de la noche. Siempre había sido un enamorado de aquella Iglesia. No tenía otra cosa que hacer y el tiempo le sobraba a raudales, hasta que la vieja Parca que corta el hilo se decidiera a guardar el suyo.
Gente de todo tipo y condición. Muchos le miraron cuando llegó envuelto en ese viejo abrigo verde raído y lleno de agujeros que había encontrado la semana anterior en la basura. La cara sucia y llena de churretes. Barba de un puñado de días olvidada y pelo enmarañado. Y encima de todo eso, una capa pesada de pobreza, oportunidades perdidas y abandono de la esperanza. Quizás esta última prenda, invisible para los demás, era la que más le pesaba a Mariano. Pero allí estaba. Había acudido a la cita de aquellos dos hombres de chaqueta y corbata. Pero él no se había colado en ninguna reunión de importantes empresas. Ni siquiera estaba estorbando para que los negocios llegaran a buen puerto. Estaba colaborando sin darse cuenta, porque lo que realmente quería y deseaba era estar cerca de ella. De
Santa Catalina.

Se apartó un poco del gentío y se sentó apoyado en los muros. Alzó la vista y contempló las personas allí reunidas. Chaquetas, corbatas, botines, camisetas, rebecas, tocas, abrigos. Entonces dejó caer su cabeza hacia atrás y sintió cómo su nuca tocaba la pared. ¿Qué es lo que le queda a un hombre que ya no tiene nada?, sus recuerdos. Aquellos recuerdos era toda la riqueza que Mariano tenía. Y Santa Catalina estaba en la mayoría de ellos. Y lloró. Lloró desconsolada y amargamente. Sin compasión de sí mismo y acordándose de todos los momentos. Cada recuerdo era una pequeña joya envenenada. Era como un puñal de oro que se clavaba en su corazón. La primera vez que cruzó sus puertas acompañado de su padre, la llegada de Cuaresma y sus ansias por contemplar aquel Misterio imponente, las Lágrimas de Su Señora, la cara de su hijo, el mayor, cuando contempló su Capilla Sacramental. Y su mujer, diciéndole que sí ante el altar. Lo había perdido todo... menos sus recuerdos. La única riqueza que le quedaba. No quería que Santa Catalina también se perdiera...
“Los recuerdos no pueblan nuestra soledad, como suele decirse; antes al contrario, la hacen más profunda” – Gustav Flaubert
La echaba de menos. Mucho más de lo que él mismo hubiera pensado. Rodeado entre todo aquel gentío aglomerado, se sintió sólo. Una soledad extraña y melancólica. Nostalgia de todo lo vivido y ahora desaparecido de su vida, aunque no olvidado. Los recuerdos permanecían y poblaban su mente, pero no ayudaban a combatir el vacío que ella había dejado en su vida. No se sentía con fuerzas para nada más, pero sabía que, si recuperaba Santa Catalina, una parte de su amor volvería con él. Y por eso estaba allí. Por
Santa Catalina y sus recuerdos.

Hacía frío y la gente se frotaba las manos. Una señora mayor estaba junto a él con rebeca y toca negra. Tenía que rondar un buen puñado de años, pues su rostro estaba poblado por unas líneas profundas y marcadas, pero sus ojos desprendían vida. Más allá, la gente seguía llegando para apoyar la causa de una restauración. Entonces todo se archivó en un instante fugaz y latente. El abrir y cerrar de ojos de un segundo apiñado en el rincón de lo preciso. Su respiración se quebró y permaneció suspendida. La inmovilidad acudió a su cuerpo y un rictus de expectación congeló su rostro. Había sido tan sólo un momento. Un perfil familiar y un pellizco agudo en la boca del estómago. Pero entonces lo que creyó ver se convirtió en lo que quiso ver. No era quien esperaba. Su respiración volvió y con ella la relajación convertida en desazón y tristeza. Y la soledad. No hay nada más triste que sentirse solo rodeado de gente. Y él se sentía así.

Quizás sus recuerdos no poblaran su soledad después de todo. No veía nada ni escuchaba nada de su alrededor. Sólo sentía una indomable necesidad de sentarse en el interior de la Iglesia de Santa Catalina y contemplarla. Acariciarla con la mirada y perderse entre sus recuerdos de
Historia y
Arte. La necesitaba porque su amor se había quedado encerrado allí. No quería pasar toda su vida entre recuerdos de una Iglesia desaparecida, quería recuperarla. Y sabía que estaba haciendo todo lo posible... pues ahora, su soledad era mucho más profunda.
“La vida sería imposible si todo se recordase. El secreto está en saber elegir lo que debe olvidarse” – Roger Martin du Gard
Quizás fuera por eso. Tal vez en su interior, en lo más profundo de sus entrañas, sabía que no podía olvidar. No podía ni quería olvidar, porque su viejo corazón no le dictaba otro menester. Y allí estaba frente a las puertas de su niñez, los muros de su juventud, el arco de su madurez y la cubierta ajada y arruinada de su anciana existencia. Hacía frío, pero el calor humano ayudaba a seguir junto a sus recuerdos. A su espalda se encontraba aquel edificio por el cual había salido tan de noche para ella. A sus noventa años, Angelita gustaba de cenar pronto en invierno, cuando el frío se hacía notar fuera y su brasero encendía el hogar con calor dulce. Un calor exornado con el vapor de la alhucema, mientras su sopa humeaba volutas de picatoste con sabor a hierbabuena. Sorbos pequeños que servían para romper el silencio de su soledad. Y cuando el postre se desmembraba en dulces gajos de naranja, la sintonía de Arrayán la acompañaba en sus noches calcadas en un trasluz de rutina.
Las nueve de la noche era tarde para ella, pero ese día era diferente. Se lo había dicho su vecina por la mañana y ella no lo dudó. Frotó sus desvencijadas piernas con todas las fuerzas de su carácter nonagenario y se armó de rebeca y toca negras, pues el luto sería ya eterno. Y allí estaba. A la hora citada. Rodeada de gente de todas las edades y condiciones. Hombres de negocios, chavales, personas mayores, incluso vio a un indigente mirar la Iglesia con nostalgia. Su pulso temblaba, más por el peso de los años que por el frío, que también hacía mella en sus desgastados huesos. Pero sabía por qué había acudido esa noche allí. Tenía unas grandísimas ganas de vivir, pero era consciente que sus noventa años la acercaban al atardecer de su vida, y quizás no viera restaurada su Iglesia, la misma que la acogió de niña en esos juegos perdidos en la memoria. Pero algo dentro de ella le decía que tenía que estar allí, para que sus hijos la disfrutaran, y sus nietos y todos los que vinieran detrás.

Se giró y contempló
Santa Catalina. Estaba sucia, estropeada y enferma. Angelita había olvidado muchas cosas en su vida. Algunos momentos que quiso borrar de su cabeza un día, casi sin darse cuenta. Otros que desaparecieron con el paso de los años y que nadie se ocupó de recuperar. Quizás el secreto fuera ese...
saber elegir lo que debe olvidarse. Ella no se había olvidado de Santa Catalina, y allí estaba para demostrarlo. Le habían dicho que su Iglesia estaba enferma, pero que la curarían, y que volvería a entrar. Cerró los ojos y se perdió en todos esos recuerdos que había apilado en su memoria. No era difícil acudir a Santa Catalina, pues su vida había pasado alrededor de aquellos muros que ahora se agrietaban como sus manos.

De vuelta a casa, paseó por el camino de la memoria y las imágenes cuarteadas de su amor incondicional a su Iglesia. Movió el brasero y avivó el cisco. Se apartó un poco de sopa caliente y puso a Juan con sus niños. No sabía si llegaría el día en que volvería a cruzar su puerta prestada, pero tenía la sensación de que no había sido en balde. Tenía la sensación de que todo aquello serviría para algo. Quizás ella no la viera, pero tal vez sus niños sí. Sonrió y se dejó calentar por la sopa y el olor de la alhucema.
“Poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces” – Marco Valerio Marcial
Afortunadamente iba con
don Benito y no con
‘el Cabrillas’, pues su singular humor le hubiera servido en bandeja la posibilidad, casi irresistible, de soltarle un chorlito en sus gélidas orejas.
Don Anselmo tenía congelados los pabellones auriculares, que diría don Benito, o los pestiños, que remacharía
Paco el lechero, pero sabía que estaba allí porque tenía que estar. Habían entrado en el bar de
Antoñito comentándolo.
En Santa Catalina a las nueve de la noche el día doce de diciembre. No tenía nada que perder, salvo las orejas, que pronto se desprenderían como dos estalactitas que ceden bajo su propio peso.
Don Benito no paraba de citarle el rico patrimonio que atesoraba la Iglesia. Se había enterado de las intenciones de acudir a aquella concentración de su amigo, y no dudó en preguntarle, siempre bajo una pulcra introducción de corrección impoluta, si podía acompañarle. Don Anselmo no dudó un instante, y ambos se habían encajado hasta las puertas de la desafortunada Iglesia. Aquello parecía una bulla sin
canis de punta en blanco, aunque
el Jueves de la
calle Feria no podía presumir de un ramillete más variado de personajes. Tras echar una rápida visual a su alrededor, don Anselmo consiguió reconstruir una repisa de los diferentes estratos que tiene su
Sevilla. Incluso había personas mayores, como la que tenían delante, una señora tocada de negro con rebeca.

Se volvió hacia don Benito y le contó cómo había conocido a
Santa Catalina:
-
Tengo mushos recuerdoh de Santa Catalina amigo don Benito... pero recuerdo la primera vé que entré. ¡Qué maravilla!. Iba con mi padre y era domingo. Ojú don Benito... frío hasía esa mañana com’ahora. Tenía lah orejah que eran doh poshicle de los que vendían en loh ambigú de los ssine de verano de Triana. Mabía comprao mi padre un papé de calentitoh... ya por aqué entonse tenía yo que tomá Armá. Y me dijo, Ansermo hijo, vamo antrá en la Iglesia de Santa Catalina, verá qué bonita. Y llevaba rassón. Mira... cuando yo entré por ehta puerta y luego crussé la otra... y vi ese retablo tan bonito...
-
De don Diego López Bueno mi querido don Anselmo. Sí señor que es una obra magnífica. A nadie deja indiferente – le interrumpió don Benito, que en seguida abrió los ojos como dos huevos tibios al comprender su desliz interrumpiendo a don Anselmo –
discúlpame amigo que te he interrumpido.-
No pasa ná. Po lo que tiba dissiendo amigo... mira me subió una cosa por er pesho. Y no eran ardentíah en. Eran unah cohquiyitah dessas que te dissen, ¡coño!, ¡qué cosa má bonita!. Y luego me metió en Capilla Sacramentá... y eso sí que é una joya. ¡Que recuerdo má bonito! Y tó esto agarrao de la mano de mi padre. Estoy reviviéndolo otra vé. Como viví doh vesse.-
Te entiendo amigo don Anselmo. A mí la Capilla Sacramental me encantó la primera vez que la vi. Tiene una riqueza ornamental estupenda. Un tesoro histórico-artístico inconmensurable. Leonardo de Figueroa en estado puro.-
Y esoh Caballos... En Cuarehma entrá en la Iglesia y encontrártelos de esparda. Y esa Señora... ¿hay lágrimah má bonita?
La cosa se movía y la gente se dispersaba como si el último preste de un palio hubiera pasado ante sus ojos. Con el izquierdo por delante y en parejas nombradas, don Anselmo y don Benito se dirigieron al Rinconcillo, con la venia de Antoñito, para calentarse a base de coroneles y poner en fila a un puñado de soldaos.

Y
vuesas mercedes... ¿estarán presentes el
viernes 12 de diciembre a las nueve de la noche?, ¿qué recuerdos tienen de
Santa Catalina? ...echaos un trago y calmar vuestra sed, pues aunque haga frío, el agua siempre es necesaria.
Imágenes de la Fototeca de la Universidad de SevillaCartel gracias al amigo Híspalis