El esplendor iba pasando como el oro que arribaba al puerto del mundo. Aún faltaba para que las riquezas se trasladaran al sur, allí donde la Caleta se convierte en realidad y la sal perfuma el aire. Pero de momento seguía siendo la puerta hacia el nuevo mundo. No hacía mucho, se había levantado un gran túmulo funerario por la muerte del rey que más hizo por ampliar las fronteras españolas. En 1598 expiraba Felipe II en el Palacio Monasterio de El Escorial y Sevilla le homenajeaba con el monumento al cual don Miguel de Cervantes le dedicaría un soneto:
Voto a Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla;
porque ¿a quién no sorprende y maravilla
Esta máquina insigne, esta riqueza?
Por Jesucristo vivo, cada pieza
vale más de un millón, y que es mancilla
que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla!
Roma triunfante en ánimo y nobleza
Apostaré que el ánima del muerto
por gozar este sitio hoy ha dejado
la gloria donde vive eternamente.
Esto oyó un valentón, y dijo: - Es cierto
cuanto dice voacé, señor soldado.
Y el que dijere lo contrario, miente.
Y luego incontinente
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuése, y no hubo nada.
Bien sabía de lo que hablaba don Miguel, que por aquellos años moraba en la Cárcel Real de Sevilla, desde donde podía contemplar y sentir como la gloria de la llamada Nova Roma pasaba a transformarse en decadencia, que acompañaba a la monarquía española, hundida en la tristeza y sumergida en el más profundo ocaso del esplendor, que se desvanece y enturbia con el paso de los años, donde las guerras dilapidarán la moral de soldados y la riqueza de América. Sin embargo, eran buenos años para las Letras y el Arte, no en vano, fue reconocido como el Siglo de Oro aquél que entraba un año después del nacimiento de don Diego, pupilo y yerno de un pintor nacido en Sanlúcar de Barrameda, que trabajaría en el túmulo funerario de Felipe II junto a un escultor que se había afincado en Sevilla en 1582, alcalaíno de origen y apodado más tarde con el sobrenombre de Lisipo andaluz.
En ese siglo que comenzaba Sevilla era la ciudad más importante en el orden social, económico y religioso, y también era el centro artístico más relevante del territorio hispano, no obstante, sus 120.000 habitantes hacían de ella una urbe populosa y activa, que se beneficiaba del comercio con América y Europa, pese a la decadencia que se venía encima a marchas forzadas, prologada por la peste de 1596. Por aquella época era muy normal encontrar personajes ávidos de riqueza y grandilocuente apariencia. Era importante aparentar, sobrevivir y si era posible, con éxito económico, y esto último era muy usual por estos años en la ciudad que ostentaba el privilegio de albergar el Puerto del Mundo, donde la picaresca y el descaro eran vecinos.
En esa Sevilla de apariencia vivía un personaje que se había criado en el Palacio Arzobispal, a la sombra del cardenal Rodrigo de Castro, tocado por la diosa fortuna y heredero a los 18 años de don Mateo Vázquez de Leca, su tío, el cual fue secretario particular de Felipe II, que no solo le dejó fortuna familiar o un cargo prestigioso, como era la canonjía y el arcedianato de Carmona, sino también su nombre y apellidos. Así pues, Mateo Vázquez de Leca, se convirtió en arcediano de Carmona en un período de esplendor en la ciudad del Betis, donde el oro arribaba un día sí y otro también al Arenal, mientras gozaba de plena juventud, fortuna y cargo prestigioso, que se dedicaba a pasear por las calles de la urbe. Como he dicho anteriormente, era una época de apariencias, y el joven arcediano se encargaba de airearlas, no respetando siempre el cargo que poseía en la Iglesia, ordenado tan solo de epístola o subdiácono, a lo que el padre Aranda solía decir “como la edad era poca y la renta mucha, no fueron sus pasos tan ajustados a las obligaciones en que el estado de eclesiástico le ponían...”. Pero Sevilla comenzaba su descenso, aunque aún le quedaban días de gloria. En uno de esos días del año de 1600, el flamante Vázquez de Leca había vuelto a la Catedral tras la procesión del Corpus, fiesta que cada vez adquiría mayor importancia en la ciudad, y entonces observó una figura que se movía en la penumbra de la Magna Hispalensis. Era una visión borrosa o acaso la figura de una mujer la que se dibujaba al contraluz, y que además parecía llamarle, hacerle señas para que le siguiese. El arcediano, gran sabio de los placeres mujeriegos, se había dejado llevar por los encantos de bellas damas en múltiples ocasiones, y en esta sazón una curiosidad morbosa se apoderó de su mente. Siguió la insinuante figura hasta la Capilla de la Virgen de los Reyes, donde la descubrió quieta en uno de los oscuros rincones. Se acercó a ella y vio su rostro oculto por un manto. Vázquez de Leca le pidió que se descubriera, pero la figura permaneció impasible. La ansiedad y expectación del subdiácono lo espolearon y se dirigió convencido para descubrir la cara de la sensual silueta que lo esperaba en las sombras. Con delicadeza y sin prisa apartó el manto que cubría el rostro, y ante los ojos atónitos del arcediano apareció la visión de la oscuridad, la penumbra del mundo, la carestía de esperanza, apareció el rostro de la muerte. Pegó un respingo hacia atrás mientras la visión se apoderaba de su mente y comenzaba a gritar de terror. Las piernas le flaqueaban y los músculos se habían engarrotado a causa de la tensión, un sudor frío le perlaba la frente y su vestido de brocado y la sotana se pegaban a su espalda, empapada de un miedo helado, pero pudo recomponerse y trastabillar para coordinar sus piernas en una carrera despavorida a los gritos de “¡eternidad, eternidad, eternidad!” mientras salía de la Capilla de la Virgen de los Reyes con el rostro desencajado.
Vázquez de Leca dio un giro radical a su vida con ayuda de Fernando de Mata, un santo varón que vivía por aquel entonces en Sevilla, y que le ayudó gracias a su dirección espiritual, ordenándose posteriormente como sacerdote. Pero tres años después de lo ocurrido, encargó la hechura de un Crucificado a Juan Martínez Montañés. El encargo era preciso y en la escritura de concierto se estipula que “el Cristo ha de estar vivo, antes de haber expirado, con la cabeza inclinada sobre el lado derecho, mirando a cualquier persona que estuviese orando al pie de Él, como que le está el mismo Cristo hablándole y como quejándose que aquello que padece es por el que está orando, y así ha de tener los ojos y rostro, con alguna severidad y los ojos del todo abiertos”. Tanto el cliente como el artista dejaron constancia documental de que la imagen debía ajustarse a un determinado mensaje religioso. Tal vez también se tomó como referencia el Cristo del Auxilio de la Iglesia de la Merced de Lima, que Montañés hiciera en 1602-1603.
Y el gran escultor, apodado Dios de la Madera, hizo honor a su fama y creó, probablemente, el más bello Cristo Crucificado de la escultura Barroca española. Posee un canon alargado y apolíneo en su anatomía, así como una gran belleza y suavidad que exhiben sus formas corpóreas, con cuatro clavos y sudario que envuelven las caderas suavemente. Corona a modo de casquete que enmarca el bello rostro de exquisitas proporciones. Sus pies aparecen cruzados, siguiendo las recomendaciones de Francisco Pacheco y las Revelaciones de Santa Brígida. Paño de pureza con menudos pliegues orquestados, contrasta con el suave tratamiento dado a la piel, cuya exquisita encarnadura mate huye de todo exceso sanguinolento, y fue aplicada por el suegro sanluqueño de don Diego. A ello debemos agregarle una composición serena y reposada, de gran belleza formal y serenidad espiritual, pero dotada de un dramatismo contenido y un bellísimo estudio anatómico. Posee una belleza idealizada.

Todos estos detalles hacen que la obra tenga un magistral equilibrio, verdaderamente clásico, entre las apariencias visibles y la sugestión de lo sobrenatural y trascendente, el escultor revela profundos contenidos espirituales de signo contrarreformista, sin asperezas dramáticas externas ni fatuas gesticulaciones, apoyándose en un refinamiento formal y preciosismo técnico. El clasicismo ‘montañesino’ alcanza cotas insuperables de espiritualidad y belleza formal, con una gran suavidad de las formas, así como una profunda unción sagrada, de sentido místico-ascético, que invita a la oración.
Mi memoria me trae recuerdos de chanzas y corrillos, pero también de rumores. Este Cristo, al que Mateo Vázquez de Leca le puso de
La Clemencia, fue encargado para el oratorio particular de su casona en la collación de San Nicolás, donde le rezaba en silencio y le pedía clemencia por sus pecados, quizás con la mente puesta en aquel espectro que le había visitado tres años antes. Al morir el arcediano, fue donado a la Cartuja de las Cuevas, y tras la exclaustración llevado a la Catedral, donde fue depositado en la Sacristía de los Cálices, lugar en el que adquirió el sobrenombre de
Cristo de los Cálices. Con el tiempo se mereció un lugar privilegiado en la gran obra gótica y obtuvo una capilla propia, donde aparece iluminado constantemente, mientras a sus pies algunos han llegado a comentar que han visto una figura arrodillada que no para de rezar.
Quizás sea verdad o simplemente una leyenda, o tal vez divagaciones de este pobre viejo, al que un muchacho que luego se convirtió en genial pintor, plasmó en un lienzo que serviría para mantener mi alma inmortal, y así poder vagar por mi ciudad hasta la eternidad y llevar el nombre de Sevilla más allá de los confines de la vieja Europa.
No se la fecha exacta de todo esto, pero un buen amigo mío puede decírosla... ¿su nombre? Por estas tierras se le conoce como
Rascaviejas.
Para Manuel Jesús...