Como si de una densa niebla se tratara, las imágenes se fueron disipando en los ojos de la memoria y una faz blanca lo inundó todo. Un destello de luz roto de pronto por la oscuridad profunda de las tinieblas. Miedo y pavor extendiéndose como la pólvora de miles de cañones. Hay recuerdos que no se pueden borrar. Hay momentos que no se pueden desterrar de la mente. Hay heridas que el tiempo jamás podrá cerrar y curar, porque el olvido no es suficiente para hacer frente a muchos de los sentimientos que mueven el corazón de una persona. Es entonces cuando los sueños se convierten en pesadillas y aquellas imágenes que se intentaban desvanecer, vuelven una y otra vez. Sudando y ahogando un grito desesperado, Emilia se incorporó en la cama. Hacía tiempo que su pasado no le visitaba cuando Morfeo la abrazaba, pero esa noche la sobresaltó un ruido de aviones y cientos de explosiones a su alrededor. Gritos de terror y miedo fundidos en sepia. Miró a su alrededor y comprobó que todo estaba en orden. Silencio y tranquilidad. La maleta antigua, de piel gastada por el paso del tiempo, reposaba cerca de la puerta. Su ropa para el viaje esperaba en la silla de su cuarto, mientras su marido no dejaba de resoplar rítmicamente en sonoros ronquidos. Miró el reloj y se dio cuenta que aún le quedaban varias horas hasta que la alarma avisara para la hora de partir. Madrid les esperaba. Se volvió a acostar y cerró los ojos, con la esperanza de no encontrar más gritos en sus sueños.

“Fue en la edad de nuestro primer amor
cuando los mensajes son propicios al precoz embelesamiento
y los suaves atardeceres toman un perfume dulcísimo
en forma de muchacha azul o de mayo que desaparece,
cuando
unos hombres duros como el sol del verano
ensangrentaban la tierra blasfemando
de otros hombres tan duros como ellos;”
Las noticias de la Guerra Civil no hacían otra cosa que minar el ánimo de Pablo. La Exposición Internacional de París se acercaba a pasos agigantados y tenía que entregar su obra para el Pabellón Español. Una obra que no tenía acabada. Una obra que no había comenzado. Impotente por los acontecimientos que se vivían en su país, se dejaba calmar por la tranquilidad de los alrededores de la casa rural, no lejos de Versalles, en las inmediaciones de Le-Tremblay-sur-Mauldre. Pero las noticias no dejaban de llegar. Su madre, residente en Barcelona, le pone al corriente de cómo España se acuchilla y masacra. Todos los relatos son negras necrológicas de un país que estalla por los cuatro costados y el desmoronamiento de la razón humana. España se muere en una guerra incivil. Hasta Salvador se dio cuenta y realizó una premonición de receta para una “Construcción blanda con judías hervidas”. Una auténtica metáfora visual de las tensiones físicas y emocionales que ahogaban a la piel de toro. Y entonces llegó el 26 de abril de 1937 y la muerte cayó del cielo en el vientre de unos misiles. Al día siguiente, Pablo leía el periódico francés L’Humanité y temblaba en lo más profundo de sus entrañas, al comprobar cómo la locura de la guerra y el miedo del poder irracional, sesgaba la vida de inocentes. Las dramáticas fotografías del rotativo galo sobrecogieron al pintor y le sumieron en un profundo pesar. Su mente retuvo esas imágenes latentes de barbarie y terror y la inspiración acudió en forma de musas cadáveres que danzaban a su alrededor. Sintió pena, rabia, ira e impotencia. Angustia frente al dolor universal que simboliza una guerra. Los tres días siguientes serían el marco geográfico de una idea. La gestación de modelos de dolor imborrable que perdurarían por siempre en la creación de uno de los mayores alegatos genéricos contra la barbarie, el terror y la guerra. El sábado 1 de mayo de 1937, apareció el primer boceto de su futura obra para el Pabellón de España de la Expositión Internationale Des Arts Et Techniques Dan La Vie Moderne de París. El sábado 1 de mayo de 1937, "El Guernica" comenzó a tomar forma.

“tenían prisa por matar para no ser matados
y vimos asombrados con inocente pupila
el terror de los fusilados amaneceres,
las largas caravanas de camiones desvencijados
en cuyo fondo los acurrucados individuos
eran llevados a la muerte como acosada manada;”
Camino de Madrid. El tren no se parecía para nada a los de antaño y la gente estaba alegre y contenta. Su marido, su fiel compañero, la besó manteniendo sus labios con tremendo cariño entre los suyos. Habían pasado los años y seguían manteniendo la llama del amor vivo como el primer día, alimentándolo cuando era preciso con caricias y cariño. Ella le sonrió pero estaba lejos del tren y su amortiguado traqueteo. Se frotó el dorso de la mano lentamente y dejó notar las arrugas del tiempo en el tacto. Tenía un par de señales de dos cortes profundos de su infancia en la mano izquierda. Recuerdos de aquella tarde del 26 de abril de 1937. Sus ojos se endurecieron y su mente cruzó el horizonte del pasado para perderse entre gritos de desesperación y llanto. Sonidos de pólvora y terror. Olores de metralla y humo de barbarie. Cicatrices sin cerrar del todo en una vida marcada por un bombardeo. Guernica explotando al aire en un torbellino de gritos y llanto. Ojos desorbitados y miradas de miedo que precedieron a una jornada de dolor. Ni siquiera un mes después, Emilia subía a “La Habana”, el barco que trasladaría a Inglaterra a más de 3500 niños, evitando esa sangrienta guerra incivil que atravesaba el país. Nunca se había sentido tan sola como en aquel barco. Rodeada de niños y sola. La soledad... no siempre se presenta de la misma manera. Tenía catorce años y jamás olvidaría el bombardeo y la última vez que vio el rostro de su madre, bañado en lágrimas.

Faltaba poco y su marido la despertó del pasado con una dulce sonrisa. Sabía en qué pensaba y no hizo falta hablar. A veces... las palabras sobran cuando se conocen los sentimientos. Y él lo sabía. Acarició su mejilla con toda la delicadeza que pudo y le besó la mano. Emilia sonrió y se dejó llevar por el presente y el delicioso sabor a vida que ofrecía. Pronto estarían en Madrid.
“era la guerra, el terror, los incendios, era la patria suicida,
eran los siglos podridos reventando;
vimos las gentes despavoridas en un espanto de consignas atroces;
iban y venían, insultaban, denunciaban, mataban,
eran los héroes, decían golpeando
las ventanillas de los trenes repletos de su carne de cañón;”
Junio de 1937. Había cumplido y la obra estaba terminada. Pablo la observó alejándose hacia atrás, con su vista cansada y su ánimo encontrado en un cruce de sinsabores. Allí estaba su mural para el Pabellón Español. "El Guernica". La expresividad se hacía patente en la distorsión y fragmentación de las figuras. De ellas emergía la angustia y el sufrimiento. El caos se apodera de la estructura del cuadro en un primer momento, como si aún siguieran cayendo bombas y la gente no dejara de chillar y correr. Luego todo se aclara y la lectura puede seguirse. Una figura que grita con los brazos en alto entre el fuego, una mujer que cae en la carrera desesperada por la supervivencia, un caballo que exhala un aullido de dolor al ser herido mientras pisotea un cadáver descuartizado, una mujer que ilumina con una vela la escena y otra que llora desesperadamente la muerte de su hijo, como una Piedad renacentista, mientras un toro mira con vista perdida tras ella. Arriba, una lámpara, un ojo o una bomba, o tal vez los tres elementos.

El pintor pasó su mirada por los detalles que habían cambiado a lo largo del desarrollo del cuadro. Se paró en le herida del caballo, de la cual había desaparecido la figura emergente de un caballito alado, símbolo de la esperanza. Suspiró. Sólo quedaba la flor en la mano de aquel guerrero caído. Una flor que permanecía en el centro del caos. Imperturbable. Como la esperanza. Símbolo de ella y que no se puede quebrantar. Y la luz. Sería el pueblo el que entendería su obra. Todo opuesto y sin embargo relacionado. Blanco y negro para dotarlo de policromía. Antónimos y relacionados. Gris como el horizonte que presagiaba Pablo. Angustia, pena y rabia. Y la impotencia. Sobre todo la impotencia. Cerró los ojos y aspiró con fuerza una bocanada de aire, como si le faltara en ese momento, para luego asentir ante la propia obra y confirmarse a sí mismo. "El Guernica" no volvería a España a menos que Franco perdiera. O cuando éste no estuviera. No sabía el gran genio de la pintura que no lo vería en su tierra de origen. El genial Pablo Picasso no vería nunca su cuadro en España.
“nosotros no entendíamos apenas el suplicio
y la hora dulce de un jardín con alegría y besos;
fueron noches salvajes de bombardeo, noticias lúgubres,
la muerte banderín de enganche cada macilenta aurora;
y héteme aquí solo ante mi vejez más próxima
preguntar en silencio
¿qué fue de nuestro vuelo de remanso,
por qué pagamos las culpas colectivas
de nuestro viejo pueblo sanguinario;
quién nos resarcirá de nuestra adolescencia destruida
aunque no fuese a las trincheras?”
Llegaron a Madrid pronto y el sol aún servía de luz. Salieron de Atocha y comprobaron que el tráfico y los ríos de personas se adueñaban de las calles y mantenían el pulso de la ciudad activo, sin cesar ni un momento. La capital de España se les antojó como un hormiguero que vibraba de vida en un bombeo continuo de ideas y venidas. Podría decirse que el movimiento y el dinamismo sorprendió a Emilia y su marido. Tal vez no se dieron cuenta que era hora punta y eso ayudaba a que todos confluyeran en un ir y venir de pasos acelerados. Observándolo todo y adquiriendo el aire de turistas involuntarios, llegaron hasta el museo. Entraron y se sumergieron en el Arte Contemporáneo, hasta que lo vieron. Todo el viaje tenía un único motivo. Un único sentido. Y allí estaba. Delante de ellos. Emilia cogió aire y lo retuvo en su pecho. Su marido no hacía otra cosa que apretarle la mano con fuerza, pero entonces ella lo miró y no hizo falta nada más. Era su momento íntimo. El encuentro con sus recuerdos mutilados. Él la besó y se alejó dando un paseo.

La gente se arremolinaba para verlo. Era grande, pero nadie quería perderse ninguno de sus detalles. Emilia se hizo sitio y consiguió situarse frente a frente, entre el público ansioso. Todo el mundo hacía comentarios, todo el mundo hablaba y un jaleoso rumor se extendía aceitosamente. Pero ella no los escuchaba a ellos, pues los gritos de su memoria no dejaban pasar nada más. No los veía, porque las imágenes de sus recuerdos inundaban su cabeza. No había otro olor que no fuera el de la pólvora y el miedo. Allí estaba su infancia arrebatada. Su inocencia interrumpida por un bombardeo. Su vida quebrada en mil pedazos de recuerdos fragmentados en retales de angustia, rabia e impotencia. Allí estaba pintado su dolor. Picasso no pintó la Legión Cóndor alemana. Ni siquiera pintó Guernica. Picasso pintó el pueblo y su dolor. Picasso la pintó a ella. A todos los que sufrieron.

Su mirada comenzó a temblar y la garganta se cerró como un cepo dentado. Observó cada detalle del cuadro y la realidad se confundió con la ficción. Los símbolos con la verdad. Sus recuerdos con el propio cuadro. Y entonces se dio cuenta que sabía leer en el idioma oculto de aquel cuadro y comenzó a ver. A verlo todo. La tormenta de los aviones. Muchos aviones. Uno tras otro. No dejaban de sobrevolar cuervos entre gritos y carreras. Aquel ojo artificial en forma de bombilla en lo alto lo anunciaba. Las bombas miraban desde el cielo y caían en forma de guadaña. Y algunos símbolos más que recordaban a la guerra. La espada en la mano del caído, las flechas, la lanza, el fuego... que se hace partícipe del desastre y devora a los inocentes, como la mujer que perece entre las llamas. Emilia la escucha gritar y traga saliva ante el dolor que muestra su rostro desencajado. Los ojos vacuos y llenos de miedo. El miedo es algo que se pudo encontrar fácilmente en todas las miradas. Una mujer corría de derecha a izquierda huyendo de lo que todos huían aquella tarde. Se dejaba el pie atrás y estaba a punto de caer. Recordaba las caídas de gente desesperada. Y las carreras. Como la de aquel caballo herido que chilla al aire mientras pisa un cadáver descuartizado. Un hombre abandonado a la suerte de la guerra cuya mirada sacude un fuerte escalofrío a Emilia. Vio muchas miradas perdidas como la de aquel hombre que yace bajo los cascos de la guerra. Y también tuvo la sensación de ver aquella paloma de ala rota. La esperanza perdida. El túnel profundo que enfilaba su vida aquella tarde. Emilia sintió algo dentro de ella y su corazón latió con fuerza. Sacó un pañuelo de su bolso y se limpió la humedad de sus ojos. Fue entonces cuando contempló la figura de aquella piedad cubista. Aquel símbolo inequívoco de los verdaderos perjudicados de la guerra. El llanto del pueblo. La madre que abraza a su hijo por última vez antes de darse cuenta que su vida se ha ido con él. Que ya nada tendrá sentido. Que la barbarie y la sinrazón se ha apoderado del mundo. Y chilla y grita. Y nada puede hacer, pues ha muerto en vida con él. Entonces Emilia lloró. Dejó que sus lágrimas acariciaran los pliegues de sus años y que su corazón se desatara de aquel dolor que la oprimía.

“Vanas son las preguntas a las piedras
y mudo el destino insaciable por el viento;
mas quiero hablarte aquí de mi generación perdida,
de su cólera, paloma en una sala de espera con un reloj parado siempre;
de sus besos nunca recobrados,
de su alegría asesinada
por la historia siniestra
de un huracán terrible de locura.”
Miguel Labordeta (1921-1969) – 1936
Se secó las lágrimas y recordó aquel verso de Miguel Labordeta, “paloma en una sala de espera con un reloj parado siempre”. Hay algunas heridas que el tiempo sólo alivia, pero no cierra. De cicatrices está nuestro corazón lleno, pero algunas se abren con más facilidad que otras. Pero hay un brillo sempiterno de algo inesperado en lo más oscuro del horizonte. Lo hubo para Emilia y ella pudo verlo. Supo verlo. Porque hay que saber mirar para verlo. Y también lo vio Picasso. Y en medio de toda aquella vorágine, lo supo encontrar y plasmar. Y allí estaba aquel brazo que ilumina la escena y dota de luz la oscuridad del terror. Y la mano del caído se agarra con mayor fuerza a la flor. Luz y vida. Esperanza. Esperanza para acabar con la guerra, para una vida mejor. Esperanza como pilar básico y motor de la ilusión que no debe morir. La esperanza... siempre presente. Emilia suspiró ante aquella revelación que le regalaba Picasso y que ella supo ver.

Aturdida y algo desorientada por el viaje al pasado, miró a su alrededor. La gente se había marchado. Sólo quedaba una persona a su lado. Era una mujer joven y alta que se volvía en ese momento para mirarla. Sus miradas, húmedas por la emoción del cuadro, se encontraron. Había muchos años de diferencia entre unos ojos y otros, pero sentimientos encontrados. Se sonrieron cómplices de una intimidad inusitada entre dos personas extrañas. Ambas estaba emocionadas. Y entonces apareció el marido de Emilia. La besó con todo el cariño del mundo, y en silencio se dieron la mano. Al marcharse... la anciana se volvió y miró a la joven por última vez, sonriéndole de nuevo, antes de darse la vuelta. Emilia supo que el reloj de la paloma de Labordeta volvió a funcionar. Sabía que habría muchas cosas en la vida que no podría olvidar... porque algunos recuerdos pertenecen al corazón, y no a la memoria. Sabía que la herida de aquel 26 de abril de 1937, sólo se aliviaba con el tiempo, pero que no se cerraría. Y también sabía que no olvidaría nunca a aquella joven dama del museo, con su pelo rizado y su pulsera de ámbar...
Para esa dama de sevillano nombre y pulsera de ámbar, mi amiga Reyes...