viernes, 22 de mayo de 2009

F.C. Barcelona-Manchester U.

Será en Roma, cuna del Arte y ciudad de memoria tallada en piedra, donde el vencedor podrá dejar impreso su nombre en la Historia del Fútbol. Tal vez la igualdad de la contienda tenga a bien ofrecernos un buen espectáculo. Puede que la arena del Coliseo contagie a los dos equipos y los sumerja en una batalla encarnizada por demostrar cuál de los dos grupos de jugadores es mejor. Veintidós hombres. Un balón. Dos aficiones. Un espectáculo. Y millones de ganadores. Todos los que disfrutarán: los amantes del fútbol, incluso los que no son tan devotos de este deporte.

Será en Roma, la Ciudad Eterna, donde se decida el vencedor de este duelo de titanes y la Liga de Campeones de 2009 tenga su dueño. ¿Hay mejor urbe que Roma para coronar al campeón de Europa?, ¿acaso no fue en esta ciudad donde surge la idea de unificar el continente en uno?, quizás las formas no fueran las más idóneas, utilizando la fuerza combativa y el ejército romano, pero finalmente consiguieron la unidad deseada. De igual manera, los dos equipos no escatimarán en esfuerzo para hacerse con el deseado trofeo y pondrán toda la carne en el asador, lo que asegura un extraordinario espectáculo. Una final de nivel desbordante que promete un duelo vibrante entre los dos mejores equipos de Europa, y no sólo por haber llegado a la final, sino por su juego rápido, claro y de tiralíneas. Un planteamiento ganador que les ha hecho vencedores de sus respectivas ligas. Jugadores dotados de desborde personal e individualidades capaces de ganar un partido por sí solos, completarán la función. Romper las barreras de los récords será otro de los aspectos a los que tendremos que prestar atención durante tan esperado encuentro.



Capaces de enamorar con su fútbol de toque, precisión y capacidad goleadora, ambos equipos tienen la habilidad de hacerse gustar. Todo aquel que los haya visto jugar en los últimos encuentros, le guste el deporte rey o no, habrá sucumbido al espectáculo, porque no es otra cosa, es un bello teatro de balón, perfectamente orquestado, que augura un partidazo el miércoles 27 de mayo. Para el Manchester United, la victoria supondría el doblete, junto con la Premier League, pero para el Fútbol Club Barcelona el efecto sería mayor: la conquista de una superación que le llevaría a batir todas las marcas registradas, con un triplete que incluiría Liga, Copa del Rey y el título en cuestión. Pero… ¿cuál de los dos equipos vencerá el miércoles?, ¿conseguirá el Manchester el doblete o el Barcelona el triplete?, ¿quién, a juicio de vosotros, tiene mejor plantilla?, ¿quién juega mejor?, ¿quién se lo merece más?, preguntas todas que podéis responder mientras saciáis vuestra sed.


Como en aquella ocasión, hace un año, vuelvo a proponeros una porra. Transformo este rincón donde se ofrece agua a todo aquel que quiera refrescarse y traigo varias mesas de madera. Se podrá apostar, aunque no con dados ni encuadernadas marcadas. Cada uno podrá decidir un resultado exacto y sólo se podrá repetir en una ocasión, es decir, sólo coincidirán dos marcadores iguales. Los empates también sirven, pues el marcador que salga ganador será el que llegue hasta el final de los noventa minutos, sin incluir los goles de la prórroga o la tanda de penaltis finales. El ganador de dicha porra tendrá la opción de elegir una Obra de Arte, sobre la que realizaré una entrada en su honor. Animaos y participad…

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NOTA POST-PARTIDO

F.C. Barcelona 2 - 0 Manchester United
Se consiguió el triplete
Ganador de la porra: Juanma

¡Enhorabuena!
Y gracias a todos por participar

viernes, 15 de mayo de 2009

Pasatiempo

A continuación os propongo un pasatiempo:
Descubre las diferencias y rodéalas con un círculo


Quizás sea difícil, pues las diferencias no siempre aparecen exteriormente. O tal vez no las haya. En cierto modo me recuerda al siguiente vídeo, donde una misma imagen puede ser vista de forma muy distina, aunque pueda parecer que nada haya cambiado de una a otra.



¿Hay diferencias de la temporada pasada a ésta?, ¿cuál es el locutor que os gusta más del vídeo?, ¿ganará el Real Betis al Almería?, ¿hay diferencia de esta temporada a las tres anteriores?, ¿os gusta la jugada del vídeo?, ¿bajará el Real Betis a Segunda División?, ¿qué pasará el año que viene?, quizás vuesas mercedes puedan ayudarme con estas dudas existenciales. Os vertiré agua fresca mientras opináis...

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(Nota del domingo 17 de mayo)
Real Betis 2-0 Almería
¿salvados?

domingo, 10 de mayo de 2009

Victoria

Decía Gustav Klimt “el que quiera saber algo sobre mí deberá observar detenidamente mis cuadros”. No se equivocaba el genial pintor de Viena, y tal vez la mejor forma de conocer a alguien sea a través de aquellas obras de Arte que le apasionan o le sorprenden. A veces no somos nosotros los que elegimos una representación artística, sino que es ella la que atrapa a sus espectadores. Los absorbe y los transporta a un punto onírico, dentro de una línea transgresora entre la realidad física y los deseos espirituales. Una elevación del alma suspendida en lo etéreo, donde el significado y el simbolismo juegan un papel tan importante, como incomprensible para la lógica y la razón. Sin saber porqué, eliges una obra de Arte porque la sientes, pero también ella te atrapa a ti. Es cuasi un paseo sin explicación, y tampoco es preciso que sea comprensible. Sencillamente es necesario dejarse llevar, volar y fluir a través del mensaje que nos expresa y que nos transmite. Puede que la clave esté en todas esas sensaciones que nos hacen estremecernos ante un edificio, una escultura, una pintura o un objeto que posean las características necesarias para ser Arte. Esa obra que clasificas entre tus favoritas, te engancha y te sugestiona la primera vez que la ves. Se crea un viaje astral que nos separa de todo lo físico que conocemos. Nuestra mente y conciencia se traslada en un camino espiritual atravesando campos de emociones que sólo experimentamos con la visualización y el contacto directo con esa obra. Podemos viajar al futuro y al pasado con la simple contemplación de la sensibilidad artística. Es entonces cuando se crean unos lazos inseparables. Puede que estos síntomas estén englobados en lo que Henri Beyle llamó “Síndrome de Stendhal”, y que él mismo sufrió al llegar a Florencia, pero yo voy más allá de lo puramente físico. No estoy hablando de mareos ni de asfixia, sino de algo mucho más trascendental. Pongamos un ejemplo de lo anteriormente citado. Tengo una amiga cuyas obras de Arte preferidas son Las Pirámides de Gizeh, Abu-Simbel, el “David” de Miguel Ángel y “Las Meninas” de don Diego. A través de las diferentes representaciones artísticas elegidas por ella podemos averiguar, como decía Klimt, algo sobre su forma de ser.


Las Pirámides de Gizeh y el Templo de Abu-Simbel son dos ejemplos claros del Arte Egipcio, pero siempre han estado muy relacionados con el esoterismo y el misterio. Los egipcios poseían características sorprendentes que podían ser claramente señaladas como producto de una respuesta sobrenatural. ¿Qué tienen las Pirámides de Gizeh que tanta curiosidad despierta en muchos de nosotros?, es un símbolo ascensional. A través de la pirámide, y más en Egipto cuya finalidad era mortuoria, el alma del difunto asciende al cielo. También se relaciona con Ra, dios del Sol. El Astro Rey da luz, y la luz es conocimiento. La sabiduría se convierte aquí en el motivo de existencia. La razón es la luz. Y no hay que descartar su relación directa con los masones, como dijo M. Saunier “es el símbolo supremo de toda iniciación, edificado según los designios del Gran Arquitecto del Universo, que es la Vida”. Las Pirámides de Gizeh fueron construidas hacia el 2585-2511 a.C. y corresponden a la IV Dinastía, en relación con los faraones Keops, Kefren y Mikerinos. Teorías y estudios han querido ajustarlas a unas coordenadas coincidentes con la astrología y la astronomía, dentro de unas especificaciones particulares. Desde su creación, las pirámides se convertirían en un sello característico de Egipto. Abu-Simbel es diferente. Es un templo cargado de vida donde el silencio y la calma invitan a lo contrario. Formado por dos conjuntos que se complementan, constituye una verdadera obra, culminación del Arte Egipcio. Realizado hacia 1260 a.C. su fachada nos invita a reflexionar sobre la grandeza del faraón y la insignificancia del visitante, del ser humano junto a la divinidad, que se adentra y sumerge en un mundo de pomposidad, todo ello bajo la tutela de los dioses y el propio faraón divinizado. En la profundidad de su corredor principal, se sitúa el conjunto de esculturas formado por Ptah, Amón-Ra, Ra-Harakhte y Ramsés II, dentro de una penumbra que se rompe dos veces al año, el 20 de octubre y el 20 de febrero, cuando el equinoccio hace presencia y la luz lo llena todo. Es un templo donde parece que no hay vida, pero estaba diseñado para que rebosara vitalidad. Se puede presentir la luz que recibe. Debido a su traslado entre 1964 y 1968, por la construcción del lago Nasser y su inundación, perdió la armonía que poseía. Un conjunto que integraba su monumentalidad y bella perfección con la sutileza de su alrededor, haciendo del paisaje su mejor aliado. Actualmente, este último detalle se ha perdido.


Cuando Miguel Ángel realiza el “David”, rompe con todas las representaciones anteriores. Nada se le iguala. Haciendo un alarde de técnica y rebosando genialidad pese a su juventud, el magnífico escultor tuvo que hacer la figura del rey de Israel partiendo de un bloque ya trabajado por Agostino di Duccio, sin mucho éxito. Por este motivo, si de algo adolece dicha escultura, es de falta de profundidad. Sin embargo, el resultado fue una impresionante obra de cuatro metros de alto, un colosalismo que iniciaría una revolución estética y técnica en el Cinquecento. Pero Miguel Ángel no sólo modificó las medidas y mejoró la técnica ya existente, además aportó algo que no había anteriormente. Una visión completamente diferente del tema tratado. Se abandona ese aire infantil, esa inocencia propia de lo pueril que rebosan las representaciones anteriores de David. El genial escultor difumina el pasado y lo transforma en un ejemplo de belleza sin parangón. Evade los escrúpulos y las pantomimas eclesiásticas sobre la desnudez y representa la belleza del cuerpo humano. Atraviesa con su veraz imagen y la naturalidad de las formas todo el recato que emana de la Iglesia y lo relaciona directamente con el espíritu humano. A Buonarroti no le importan las lenguas viperinas e hipócritas que pueden desprenderse en forma de críticas venenosas contra su escultura. Miguel Ángel es un creyente acérrimo. Tiene fe y se demuestra en aquellas poesías que dejó escritas, pero él la entiende de otra forma. Cree en la belleza como camino para llegar a Dios. Alcanzar el cielo por la contemplación de la exultante hermosura, pero la belleza tiene el peligro pecaminoso de caer en el Amor. Este camino dual, espinoso, que lo describe como abrasador y, en realidad, contradictorio incluso para él mismo, lo atormentará durante toda su vida. Este punto dubitativo de existencia moral lo narrará a la perfección en una frase mítica: “…Ama, abrásate, pues todo mortal no tendrá otras alas para llegar al cielo”. La belleza humana, para el magnífico creador de la Toscana, es piadosa porque imita la belleza divina, y ésta se puede representar desnuda. El resto aparece en la mirada de David, donde se puede apreciar el cambio. No es un hombre vencedor, pues aún no ha hecho nada, pero está seguro de sí mismo. Hay una presencia celestial y humana a la misma vez. Miguel Ángel esculpió el espíritu humano en consonancia con la belleza divina.


Don Diego es punto y aparte. Es la dulzura hecha pintura. La genialidad expuesta en un lienzo. Lo sublime al óleo. La delicadeza y la sutilidad de lo magnífico representado con una técnica exquisita y deliciosa. Quizás sean “Las Meninas” un mal ejemplo para encontrar los posibles errores que cometiera don Diego en su carrera, pues esta obra posee una espléndida composición que ha supuesto un paradigma en la Historia del Arte. El excelso pintor alcanza aquí el límite de la perfección y palpa toda su capacidad, en un cuadro que se sitúa en las postrimerías de su carrera y, por consiguiente, de su propia vida. La relación entre la naturalidad, la realidad, y los estudios y reflexiones que le han aportado unos conocimientos técnicos sorprendentes, se ven reflejados en esta obra. Su Arte, si alguna vez no fue maduro, aquí lo es en su completa plenitud. No abandona la interpretación humana, la representación del espíritu interno y de la persona que pinta. Es decir, no ha dejado de inmortalizar sólo la figura de los personajes, sino su propio mundo interior. Don Diego demuestra en este lienzo que la culminación de su obra coincide con el último suspiro de su vida. Dicen que la perfección no existe, pero si alguien tuvo la oportunidad de acariciarla, ese era el admirable y grandioso pintor sevillano. También conocida como “La Familia de Felipe IV”, no ha dejado de levantar dudas sobre el tema representado, así como el misterio que suscita al introducir al espectador en una creación magnífica, donde la realidad es la protagonista. ¿Qué pinta don Diego en su lienzo?. Es un cuadro dentro de otro cuadro. Considerada obra clave en la Historia de la Pintura Universal, Lucas Jordán, pintor barroco de la corte española, opinó al contemplarla por primera vez “ésta es la Teología de la Pintura”, y Carl Justi no pudo expresar de forma más clara lo que sintió al verla, “no hay cuadro que nos haga olvidar éste”.


Ya lo dijo Klimt, “el que quiera saber algo sobre mí deberá observar detenidamente mis cuadros”. No sólo tenemos un cuadro, también una escultura y dos edificios de la Historia del Arte para conocer a través de ellos algo sobre mi amiga y su forma de ser. Ella es diferente. Es capaz de romper los esquemas y convertirse en aquella figura destacada de las demás sin pretenderlo, y eso es lo mágico de su maravillosa forma de ser. En cierto modo, también le tiene que gustar el templo de Atenea Niké de la Acrópolis de Atenas, pues en dicha obra aparece un friso en relieve cargado de una representación en serie de la Victoria. Todas aladas y dispuestas de la misma manera, excepto una. Una de ellas se para deliciosamente a ajustarse la sandalia. Es precisamente esa Victoria la que hace grande el conjunto. La que armoniza y equilibra todo el relieve dotándolo de un aire especial, de un detalle que asombra y llama la atención. Algo tan natural y sencillo como el gesto representado, hace que esa Victoria esté fuera de lo común. La que destaca de todas las demás sin pretenderlo. Ésa es mi amiga, la que rompe los moldes de la normalidad y se convierte en la representación humana de algo que parecía extinto: la nobleza y la bondad. Por eso puede que le guste el “David” de Miguel Ángel, o quizás por ese motivo la escultura la ha elegido a ella. La obra de Arte, a veces, es la que consigue retenerte, la que te selecciona como su espectador. El “David” del genio Buonarroti destaca por romper con todas las representaciones anteriores del mismo personaje. A mi amiga le ocurre lo mismo. Cuando la conoces, quedas atrapado por ese ramillete de virtudes que creías habían desaparecido en la picardía del mundo, muertas por el egoísmo creciente de una humanidad en la que la bondad se paga a precio de oro, sin saber el rico que ni el más poderoso caballero puede con ella. Un mundo en que la nobleza se traiciona asaeteándola por la espalda, pero que ella se encarga de elevar y ondearla al viento, y lo mejor, siempre inconscientemente, como debe ser. Cuando contemplas la belleza del “David”, te das cuenta que la perfección no existe por muy poco, y que realmente sobra lo demás. No hay visión para otra cosa. La naturalidad de su desnudo es la mejor forma de relacionar el espíritu del Arte con la hermosura sin ambages. ¿Por qué no dejarse atrapar por lo bello?, y era entonces cuando Miguel Ángel hablaba del Amor y la forma de abrasar que tenía este sentimiento. A mi amiga le gustan las rosas rojas. La belleza de la rosa roja siempre ha estado relacionada con el Amor, y quizás tenga una conexión casi directa con la obra del escultor toscano. Belleza y Amor. Mi amiga, al igual que cuando uno se deja atrapar por la perfección equilibrada y la extraordinaria composición del David, cuando mira una rosa, nunca ve las espinas. Puede que la bondad pura, aquello que creemos se ha perdido, resida en ella de tal manera que sólo puede ver lo bueno. No hay nada más. Sencillamente es así de simple. Lo bueno. Y así de difícil.


Ella es un misterio. Descubrir su forma de ser y navegar por sus conversaciones, es como un viaje astral cargado de elementos esotéricos. Y eso le encanta. Los enigmas siempre han sido una obsesión para ella. El halo de lo desconocido y todos los secretos que nos depara el destino, y el propio pasado, han supuesto una fuente de conocimiento que germina en su interior como si de una planta llena de sabiduría se tratara. Por eso las Pirámides de Gizeh y Abu-Simbel, repletos de preguntas sin contestar, la atraparon en uno de sus viajes. El brillo de la curiosidad y los arcanos, encerrados en previsiones futuras de cartón y bolas de cristal desvirtuado. Y puede que también la atrapara esa luz. Esa misma luz, tan presente y relacionada con el Sol y el dios Ra en Egipto, que terminaría siendo la culpable de su inteligencia. Portadora de conversaciones fascinantes, nunca dejas de aprender con ella, y te aportará siempre algo. Opiniones sinceras y valiosos puntos de vista. Y no por ello deja de ser prudente. Esa prudencia que se vislumbra en el rostro vencedor, pero cauto, del “David”. Y es que mi amiga puede conseguir todo lo que se proponga. David no sabía que era imposible derrotar a Goliat, por eso lo consiguió. Ella no sabe que es extraordinaria, en todas las acepciones de la palabra, de hecho lo niega rotundamente, por eso lo es. Y además me da la oportunidad de decírselo cada vez que la veo. Por muchas veces que veamos “Las Meninas”, jamás nos cansaremos de decir que es un cuadro maravilloso. Extraordinario.


¿Y no hay dulzura en un cuadro de don Diego?, ¿algo más humanamente representado que los retratos del genio sevillano?, ¿la nobleza exultante de un pintor que siempre apoyó a Felipe IV por su amistad antes que por ser el monarca?, pues quizás este sea un ejemplo claro del porqué en la elección de este lienzo. Mi amiga es un espejo donde mirarse, como el mismo que don Diego utiliza en el salón del Alcázar del rey. Representa la nobleza, pero es tan humilde como la cruz de la orden de Santiago, que fue pintada después. Con su genio, fuerte cuando hace falta sacarlo, como se destila de la mirada de David. Pero si hay algo que caracteriza a esta escultura y a “Las Meninas”, es su carácter extraordinario, excelente. Esa puede ser la mayor cualidad de mi amiga, que es excelente.


Y es que mi amiga te sorprende, como la “Victoria de Samotracia” sorprende al visitante del Louvre desplegando sus alas en aquella hermosa escalera. Las mismas alas que suelen tener los ángeles de la guarda, como ella. Fuente de misterio y esoterismo agrupado en una pirámide de buenos consejos. Tan transparente como una Bola de Cristal, reservada para los mejores augurios. Cuartillas de cartón para averiguar el futuro escrito en la telepatía de mundos personales. Un paseo nocturno por las calles medievales de una ciudad mariana. La dulzura de una tarta de queso bañada con frambuesa a la orilla de un jardín zen. Amante de los viajes, físicos o psíquicos, que nos depara la vida. La Historia Interminable de una ilusión que no pierde. Una ilusión que transmite y contagia. Una ilusión que te hace levitar espiritualmente, que te transporta a ese mundo del que nunca debemos salir completamente, donde los sueños son posibles y el vértigo te hace sonreír. El café de un domingo por la tarde. El equilibrio y la armonía de un serranito de pollo. La excursión al corazón de la naturaleza más humana. Lámpara de sal que limpia de negatividad a todo el que la rodea. Un tesoro digno de descubrir. La libertad del tiempo y sus cadenas. La que siempre está ahí. La sorpresa de una boca muda que responde a un oído sordo. La risa sincera. Abanderada del honor y la moral. Una mano que te aúpa y un hombro donde apoyarte. Capaz de darlo todo por nada. La sensibilidad a flor de piel. La mejor compañía que se puede tener. El mejor consejo que se puede seguir. La sonrisa de la amistad. La prueba de que la bondad y la nobleza no se han extinguido: mi amiga Victoria.

Puede que, después de este análisis entre el Arte y las personas, en el cual hemos podido comprobar la relación directa entre las diferentes representaciones artísticas y sus espectadores favoritos, nos surja la duda de quién hace realmente la elección, si el individuo… o la obra de Arte. Si tenéis la oportunidad de comprobarlo directamente, puede que lo sepáis.

Y a vuesas mercedes... ¿cuales son las obras de Arte que os atraparon?, ¿conocéis a mi amiga Victoria?, ¿cual es la pintura, la escultura y el edificio artístico que os enamoró?, ¿os sentis relacionados con ellas?...ya hace calor. Echaos un trago.

Para mi amiga Victoria, poseedora de todas las virtudes expuestas anteriormente…

martes, 5 de mayo de 2009

Lección de Conan

De la aventura "La búsqueda de la Corona Cobra"


Corresponde al ejemplar americano "The Savage Sword of Conan 41"
Guión: Roy Thomas / Dibujo: John Buscema y Tony DeZuñiga


- y le llaman bárbaro -

sábado, 2 de mayo de 2009

Ellas

“Madre: la palabra más bella pronunciada por el ser humano” - Kahil Gibran

Tras el coro inicial de Bohemian Rhapsody, la primera palabra que pronuncia Freddie Mercury es “mamá”. Es una confesión envuelta en un halo de tragedia y tristeza. El personaje necesita contárselo a alguien importante, desahogarse y manifestar su dolor, sus dudas y su miedo, sobre todo, ese miedo que destila el mensaje envuelto en la canción de Queen. Es por este motivo que la primera frase va dirigida a su madre: “Mamá, maté a un hombre”. Y si lo pensamos detenidamente, una revelación de tal magnitud se relaciona directamente con una madre, la figura en la que volcamos toda nuestra confianza y de la que recibimos ese Amor incondicional. Pase lo que pase.


Picasso

Las madres poseen una capacidad innata que suele estar infravalorada. Más de un sexto sentido, como en muchas ocasiones se han encargado de hacernos saber. Cuando Napoleón cayó en Waterloo fue, en su mayor parte, por la debilidad que adolecían sus tropas al tener que dividirse en varios frentes. La fragmentación de soldados hizo que las fuerzas de las tropas se mermaran y quedaran expuestas a su rotura en un ataque de grandes dimensiones. Demasiadas batallas para el ejército del emperador francés. Sin embargo, nuestras madres son capaces de llevar varias ‘guerras’ por delante sin detenerse y, lo más increíble, superarlas con éxito, arrojo, fuerza, una muestra sorprendente de coraje y valor. Son así, capaces de abordar todas las murallas y superar los obstáculos con una resolución admirable. Y muy a tener en cuenta. A veces pienso que nuestras madres están infravaloradas, pues poseen la inmensa virtud de abarcar no solamente lo que está en su mano, sino mucho más. Si ellas hubieran combatido junto a Napoleón, probablemente Francia tendría actualmente unas fronteras mucho más amplias. No se detienen ante nada y consiguen superarse de forma magistral. Son joyas sin tallar. Esas bellas piedras pulimentadas que aparecen en el corazón de la naturaleza y poseen un valor incalculable, pues aún no están modificadas por el humano.


De Chirico

Las madres tienen el don de la ubicuidad. Cuando parece que no van a poder con nada más, lo consiguen. Están pendientes de todo y te aportan ese dato que no recuerdas, ese detalle que se te olvidaba, el bocadillo para que no pases hambre, la advertencia irónica, la chaqueta para abrigarte, el hombro para que llores, la riña que te hace abrir los ojos, el remiendo de tu corazón, el grito desesperado, el regalo inesperado, la caricia para que te pongas bueno, el dardito de un aviso, el beso de buenas noches, la palmera de chocolate, el mejor consejo, tu comida favorita, tus dos horas de digestión, el abrazo de siempre… el Amor de una madre. Y es que ellas llevan nuestra casa, en ocasiones nuestro trabajo, su trabajo, nuestro médico, el médico del abuelo, el médico de la abuela, su médico, la compra, nuestra comida, la comida del abuelo, la comida de la abuela, su comida, y cariño y besos para todos. Son geniales. Mil cosas para dos manos y un solo cuerpo. Cada vez estoy más seguro: Napoleón hubiera ganado. Por eso hoy, día de la Madre, quiero hacerles este pequeño homenaje, muy lejano a lo que realmente se merecen. No, no me he equivocado. Hoy es el día de la Madre. Y ayer. Y antes de ayer. Y el otro. Y lo será mañana. Y pasado mañana. Y todos los días, porque es así como debe de ser.


Dalí

Algunos artistas retrataron a su madre y la inmortalizaron en sus lienzos para siempre. La convirtieron en Arte y la dotaron de la vida eterna con el recuerdo incombustible de contemplar su figura procedente de los pinceles de su hijo. Así fue como De Chirico, antes de su Metafísica, captó la serenidad de su madre con un dibujo marcado y unas líneas perfectamente perfiladas. Picasso, antes de fragmentar la realidad en la geometría de cubos irregulares, se dejó imbuir por el Realismo, y prueba de su paso por este estilo, es la representación de su madre, pensativa, mirando hacia abajo, recuerdo imperecedero de aquella mujer que le dio la oportunidad de vivir. Vincent siempre aporta un toque mágico. Un toque de viveza colorista que acentúa con la textura de su paleta. Trazos gruesos y luminosos que llenan de vida el retrato. Su madre aparece con un gesto amable y simpático. Se deja intuir el movimiento que con el tiempo adquirirá la pintura de Van Gogh. Y dentro del Postimpresionismo se podría encuadrar el lienzo de Salvador Dalí que capta la figura pensativa de su madre, doña Felipa Dome Domenech de Dalí. Todos estos artistas, y muchos más, quisieron dejar plasmada la imagen de su madre para siempre, otorgándole ese matiz de universal y eternidad. No es de extrañar, porque las madres siempre estarán ahí. Pase lo que pase, una madre siempre responde por su hijo y lo apoya. Ni veinte mil soldados de un tercio de Flandes del siglo XVII podrían con una madre que protege a sus hijos. No hay mayor valor ni mayor coraje. Hasta el final.


Van Gogh

Renoir realizó una obra de características maternales, pero no era su madre. Era su mujer. Quizás los pintores se decidieran a inmortalizar a sus madres porque, de una forma u otra, la madre de cada uno de ellos era la mujer de su vida. Y puede que este sencillo trazo aderezado con tintes pasionales no esté alejado de la realidad. Pero Renoir, al pintar a su mujer, dota al retrato de ese otro punto de vista. En los anteriores, el Amor que sienten sus autores por la persona que les dio la vida se hace notar. Incluso se palpa en algunos casos, como demuestra Van Gogh. Renoir vio la maternidad y el Amor de la madre en su mujer. Y es que la mujer es la única capaz de dar vida, de sentir con una sensibilidad y unas emociones que están al alcance de muy pocos. Y ese Amor, tan destacado en algunos casos, pasa desapercibido para muchas personas, cuando nunca debemos olvidar que una madre siempre estará ahí.


Renoir

Para nuestras madres siempre seremos sus niños. No hay distinción de crecimiento, pues ellas siempre darán su Amor de la misma forma, aunque diversificando los diferentes estratos del momento. Tal vez por eso los artistas la plasmaron en diferentes momentos de sus vidas. Y esta representación artística no es de extrañar, pues las madres son un estilo independiente de todo lo demás. Aportan su propia idiosincrasia y poseen unas normas y leyes comunes, atadas en su subconsciente por un filo y delgado hilo conductor que las une a todas en un marcado patrón. Hay frases universales que nuestras madres se han encargado de escribir con letras de fuego en el memorial de nuestra infancia, madurez y siguientes estados del ser humano. Quien no ha escuchado alguna vez un “¿qué pasa, que tengo que ir yo?” cuando no encuentras lo que buscas y ya le has preguntado a tu madre varias veces. La permisividad y la ayuda gratuita con su “venga anda, vete que ya lo hago yo”, o el contrapuesto, cuando algo no sale y ella te suelta un “¡ave trae!”. Consejos sabios que no siempre seguimos, como el clásico “abrígate que va a hacer frío”, a lo que tú te niegas, apoyado en ese calor que te puede en esos momentos, ella contesta “luego te acordarás de mí”, y a la vuelta, arrecio y helado por el inesperado aire gélido que tu madre parecía intuir, te espeta una de sus preferidas e inevitables frases: “te lo dije”. Ellas nos recuerdan las cosas (“¿lo llevas todo?”), nos insinúan nuestro futuro (“cuando tengas tus hijos, lo comprenderás”), y cuando no estamos de acuerdo, nos dan la libertad necesaria (“bueno… haz lo que quieras. Tú verás”). Por eso queremos a nuestra madre. Por eso es tan especial. Por eso y por tantas cosas que dejan de ser universales para convertirse en otros detalles que sólo nos atañen a nosotros, secretos de madres a hijos, secretos que todos guardamos, en nuestra intimidad.

Y a vuesas mercedes… ¿qué retrato os gusta más?, ¿qué frases son típicas de madre?

Para mi madre especialmente (con permiso de mi padre, otro genio del que ya hablaré en su momento), y para todas las madres del mundo, verdaderas guerreras de la vida, que celebraron su día ayer, antes de ayer, la semana pasada, hoy, lo celebrarán mañana, pasado mañana, el mes que viene y siempre…

domingo, 26 de abril de 2009

Paciencia

Como cada día se puso la ropa del trabajo. Los pantalones de pinzas negros y la camisa blanca. Exquisitez pulcra de un inmaculado traje de espera. Ciñó las mangas, anchas por el paso del tiempo, ese maldito reloj que no cesa de pasar para el resto de mortales, pero que a él se le congeló sin que se diera cuenta. Luego abrazó al chalequillo desde dentro. Zapatos negros, lustrados con todo el primor y pulcritud de una buena mano acostumbrada. Y así un día más. Así de nuevo rueda el tiempo para el resto del mundo, menos para él. Esclavo de los minutos congelados, en una eterna espera que se convierte en una compañera fatal. No existe el tiempo. Los segundos son personajes desconocidos cuyo rostro ignora. Las horas, bellas damas que se fueron cuando el retraso de una llegada fantasma hizo presencia. Los días apenas se hacen notar en reflejos diurnos temporales, que dan paso a un velo negro de recogida. Y luego vuelta a empezar. Otra vez. El bucle en espiral de una historia interminable que repite sus frases cada día. Un cuadro dentro de otro cuadro. Y fue así, y es así, como pasan las jornadas. Primero los días, luego los meses y más tarde, casi sin darse cuenta, los años. Porque él no envejece, sólo espera. Y cada mañana, al despuntar el alba, se vuelve a vestir con ropa de trabajo, a pesar de estar ya jubilado. Se enciende un habano y cruza los brazos, rodeado de la soledad y el silencio. Hoy es domingo, pero eso no le importa, pues el domingo de un jubilado antecede a otro domingo.



Edward Hopper - Sunday (Domingo)


Está jubilado de la vida, pero nunca deja de esperar. Vive en un tiempo sin tiempo, donde la luz es el único indicio del paso de las horas, pero sin conocimiento exacto. Lo único que se consume es ese puro a medio fumar, que está suspendido dentro de la calma total. A veces, cuando le gente lo observa, se da cuenta que no mira a ningún sitio. Su mirada está vacía y parece estar atrapado en un mundo sin vida. Vacío a su alrededor, vacío en los escaparates, vacío en la ciudad… vacío en su espíritu y su alma. Está sólo. Resignación de algo que presientes, pero nunca termina de suceder. Dicen que está esperando, que a veces, cuando alguien se le acerca, dice que vendrá. Que ella llegará. Que todo saldrá bien. Que sólo necesita algo de tiempo. Tiempo… precisamente lo que se nos esfuma de las manos constantemente, a ese hombre, sentado con sus pantalones negros y su camisa blanca manchada de chalequillo de luto, le sobra. Vive atrapado en una balsa sin salida, donde las manecillas del reloj han muerto. Nada se mueve. Aferrado a un cabo de esperanza en cuyo extremo aparece una promesa en labios de carmín. Constantemente esperando sin el menor atisbo de llegada. Esperando, en ocasiones, sin saber quién es, qué es o dónde está. Evaporándose en un torbellino de preguntas entrelazadas, que la inmortalidad de la espera le impone sin piedad. Prisionero de un cuento de nunca empezar. Sin embargo, aquel hombre, perdido y náufrago, aguarda algo. Dicen que de vez en cuando rueda una lágrima por su mejilla. La gente lo mira y encuentra en él un símbolo de la soledad, pero algunos dicen que musita algo de vez en cuando. Dicen que con la vista perdida en el fondo de la nada, articula palabras de esperanza. Dicen que habla de una mujer, la más bella que haya conocido nunca nadie. Dicen que entonces, sólo en ese momento, sus ojos brillan con una luminosidad iridiscente. Que llegará algún día. Que todo saldrá bien. Pero sobre todo, la gente que ha tenido la oportunidad de escucharle, dicen que la palabra que más se le escucha, ahogada entre suspiros, es paciencia. Que sólo necesita un poco de paciencia. Sólo un poco de paciencia…

(1..2...1, 2, 3, 4)
Me cayó una lágrima porque te echo de menos
Aún estoy bien para sonreír
Chica, ahora pienso en ti todos los días
Hubo un tiempo en el que no estaba seguro
Pero pusiste mi mente agusto
No hay duda de que ahora estás en mi corazón

Dije, Mujer, tómalo con calma
Funcionará bien por sí solo
Todo lo que necesitamos es un poco de paciencia
Dije, cariño, hazlo lento,
Y estaremos bien juntos
Todo lo que necesitamos es un poco de paciencia
(Paciencia)
Mmm, sí...

Me siento aquí en las escaleras
Porque preferiría estar sólo
Si no puedo tenerte ahora mismo,
Esperaré querida,
A veces me pongo tan tenso
Pero no puedo acelerar el tiempo,
Pero tú sabes, amor,
Que hay algo más que considerar.

Dije, Mujer, vayamos despacio
Y las cosas saldrán bien,
Todo lo que necesitamos es un poco de paciencia
Dije, cariño, tómate tu tiempo,
Porque las luces están brillando fuerte
Tú y yo tenemos todo lo necesario para lograrlo
No lo estropearemos, ni lo romperé
Nunca, porque no podría soportarlo...

...Un poco de paciencia, mmm sí, mmm sí,
Necesitamos un poco de paciencia, sí
Sólo un poco de paciencia, sí...
Algo más de paciencia, sí...

He estado caminando por las calles de noche
Tratando de tomarlo bien,
Difícil de ver con tantos alrededor
Sabes que no me gusta estar atrapado entre la multitud,
Y las calles no cambian excepto, chica, el nombre
No tengo tiempo para el juego
Porque te necesito,
Sí sí, te necesito,
Ohh, te necesito,
Sí, te necesito...
...todo este tiempo.

Paciencia
- Guns N' Roses


(1..2...1, 2, 3, 4)
Shed a tear 'cause I'm missin' you
I'm still alright to smile
Girl, I think about you every day now
Was a time when I wasn't sure
But you set my mind at ease
There is no doubt
You're in my heart now

Said, woman, take it slow
It'll work itself out fine
All we need is just a little patience
Said, sugar, make it slow
And we come together fine
All we need is just a little patience
(patience)
Mm, yeah

I sit here on the stairs
'Cause I'd rather be alone
If I can't have you right now
I'll wait, dear
Sometimes I get so tense
But I can't speed up the time
But you know, love
There's one more thing to consider

Said, woman, take it slow
And things will be just fine
You and I'll just use a little patience
Said, sugar, take the time
'Cause the lights are shining bright
You and I've got what it takes
To make it, We won't fake it,
I'll never break it
'Cause I can't take it

...a little patience, mm yeah, mm yeah
need a little patience, yeah
just a little patience, yeah
some more patience, yeah
need some patience, yeah
could use some patience, yeah
gotta have some patience, yeah
all it takes is patience,
just a little patienceis all you need

I been walkin' the streets at night
Just tryin' to get it right
Hard to see with so many around
You know I don't like
Being stuck in the crowand
The streets don't change
But baby, the name
I ain't got time for the game
'Cause I need you, yeah, yeah,
But I need you, whoa,
I need you, whoa,
I need you...
...all this time.

Patience
- Guns N' Roses



¿Qué opinan vuesas mercedes?, ¿llegará esa mujer de la que habla?, ¿lo ha engañado?, ¿o sencillamente espera su propio destino?, ¿cómo terminará la espera?

martes, 21 de abril de 2009

¿Arte o 'frikismo'?


Siempre cargados de controversia y marcando a las personas que se encargan de coleccionarlos, los cómics (que no tebeos), han estado relacionados en su mayoría con aquellos personajes que se encuentran dentro de un mundo raro, cuasi onírico podríamos decir, que flota en la fantasía y la rareza psíquica y psicológica.



Las tiendas que los venden se convierten en lugares de culto, puntos de peregrinación mensuales donde el vocabulario se enriquece de matices específicos y las historias cobran vida.


Sin embargo, la colección de cómics no engloba a un mundo tan raro ni todas las personas que los compran son extraños seres sin vida social, se podría decir que está en esa línea divisoria, en ese punto intermedio de creación artística dónde la duda hace oscilar al visitante ocasional y al coleccionista nato.



¿Son sus autores artistas?
¿Son los dibujos creaciones artísticas?
¿Son los cómics Arte o Frikismo en estado puro?



¿Qué opinan vuesas mercedes?
¿coleccionan algún cómic?
¿creen que las personas que compran estos productos son 'frikis' o gente completamente normal con una afición?,
sírvanse un buen trago de agua, que ya aprieta la calor, y mójense de camino...

viernes, 17 de abril de 2009

La espera

“Conocer el alma sevillana, adentrarse en sus complicaciones, saber salir a la superficie de su serenidad, después de haber recorrido el laberinto de sus requerimientos sentimentales, es dar a la Semana Santa sevillana el alto valor espiritual que le corresponde. Ignorarlo todo, medir este pueblo con el mismo rasero con que se han medido otros pueblos, es leer un día que los disciplinantes se alquilaron y negar los disciplinantes; es no comprender la Semana Santa de Sevilla y negarla”Manuel Chaves Nogales


La calma que azotaba con fuerza la ciudad se hacía sentir. Había acabado ese mundo de siete días. La completa normalidad era, probablemente, lo más anormal. Algo inverosímil. La mayor rareza que cerraba el ciclo abierto hacía apenas una semana. Ecos de cornetas y redobles aún se cuajaban en los rincones de la urbe. Las saetas se despegaban de la cal de las paredes y la cera se secaba a la luz de la luna. Todo en calma. En silencio. La soledad es un lugar tan vacío, que hace temblar el alma. Y ahora la ciudad estaba sola. Quedan las imágenes latentes que conservaremos replegadas en la memoria. Los milagros desarrollados en una Semana Santa magnífica.


Y andando por las calles de la melancolía, de la nostalgia, me perdí entre el vacío de una normalidad que estallaba en un silencio callado. Era ya de madrugada y no había nadie en la calle. Todo ha llegado a su final. Aquí no ha pasado nada. Sólo quedan vestigios. Restos inequívocos de lo que ha ocurrido. La cera exorna el asfalto. La rampla espera a su transporte. Las luces vuelven a ser eléctricas. Petaladas de sueños consumidos al aire. Incienso en el ambiente que se diluye con el frescor de las noches. Incluso parece que hasta el azahar se ha marchitado. No podemos atrapar el tiempo, y siguen las horas su curso para otorgarnos esa tristeza tan necesaria que tantas veces he nombrado. La misma que emerge cuando se espera a la Soledad de San Lorenzo. Triste y sola, como diría el Bachiller Fulano de Tal.

Ya la hora de maitines es llegada,
ya amontonan las sillas, y la gente
se retira en silencio lentamente
con cara soñolienta y fatigada.

Como triste violeta abandonada,
con un puñal clavado reluciente,
pasa La Soledad rápidamente
bajo el dosel llorosa y enlutada.

¡Madre Santa, que apuras el dolor
terrible, amargo, duro y angustioso,
de volver sola de enterrar tu amor!
Eres broche magnífico y valioso
que cierra la diadema soberana
de la Semana Santa Sevillana.



Tal vez por eso, o porque San Lorenzo tiene para mí un toque de principio y de fin, me acerqué, lentamente. El frío de la noche se hacía notar. Esta vez no estaba acompañado cuando pasé por San Juan de la Palma. Sonreí al ver la puerta. ¡Cuánto se va al ver entrar a la Amargura!. Nunca los momentos se repiten. Nunca los instantes que el tiempo te deja vivir son los mismos, por mucho que nos empeñemos en compararlos. A veces, casi sin darme cuenta, me quedo mirando un momento fijamente, para de alguna forma grabarlo a fuego en mi memoria. Archivarlo en mis recuerdos. Soy un ladrón de imágenes. Quizás por este motivo al pasar por la puerta del Silencio Blanco, sonó en mi mente Jesús de las Penas y luego Amargura. Algo se movió dentro. Un roce de labios inolvidable. Hasta el corazón dio un vuelco. Es necesario seguir adelante. Es necesario esperar. La paciencia es virtud y compañera de viaje para aquél que disfruta del goce sublime de un bello instante. Dos Miradas enfrentadas. Dos Miradas que me pueden. Y mientras, la normalidad del silencio de la noche me abraza con su punzante lógica. Todo ha acabado. Quedan las emociones. Las sensaciones. Los momentos. Me acercaba a la Plaza y recordaba la última vez que estuve allí. Al despedir a la Soledad. Y esas palabras de Peyré

“Por mi parte, a mi regreso de San Lorenzo, de donde volvía de acompañar a la Soledad, no solamente no me sentía cansado, sino que experimentaba la vacía sorpresa y la indecible tristeza que se apodera entonces de la ciudad y penetra en todas las almas”.


¡Cuánta verdad se esconde en estas letras! Y llegué a San Lorenzo. Luz naranja, como la del Sol, para alumbrar la noche donde vive el Señor de Sevilla y Su Bendita Madre. Sólo silencio. El eco de mis pasos y aquel nudo en la garganta que se ceñía a mi pena. Entré por Conde de Barajas y observé la puerta de la Parroquia y luego la de la Basílica. Entonces fue cuando le vi. No había nadie en la Plaza. Y allí estaba, sentado en la puerta del Gran Poder. Un niño. Ni siquiera pasaban coches cerca. Una calma extraña y densa sembraba el ambiente de un silencio acogedor. Un sosiego y una quietud que acariciaba la piel erizándola. Observé al chiquillo que miraba hacia abajo. Sostenía en sus manos una cestilla de mimbre oscura. Estaba ataviado de blanco y lucía una cruz roja en el pecho. ¿Un nazareno de la Borriquita?. Tendría unos ocho años. Me acerqué lentamente. Ni un ruido. Tampoco la brisa del frescor de la madrugada se hacía notar. Era como si hubiera desaparecido la temperatura y el vacío de la noche se hubiera tragado los sonidos achacosos de la tristeza. Ni siquiera mis pasos devolvían eco alguno. Nada. Cuando llegué a la puerta, aquel niño me miró. No sabría decir qué sentí en ese momento. No sabría explicar porqué mi cuerpo se paralizó y mi mente naufragó en un mar blanco. Aquel niño rebosaba una hermosura que jamás podré describir con palabras. Casi sin voz, le pregunté qué hacía allí. Entonces me sonrió. “Esperar… Estoy esperando a que bajen al Señor, pues entonces comenzará Todo”. Mi rostro tuvo que ser una interrogación vacilante entre la sorpresa y la ternura. No hablé. Enmudecí ante el dulce rostro de aquel niño y su sencilla respuesta. “Ya sólo queda un año”, apostilló sin dejar de sonreír. No dije nada más. Todo estaba claro. Fue entonces cuando lo entendí. Asentí y le devolví la sonrisa. Es un ciclo, y ahora comienza la espera. De nuevo seremos niños que contaremos los días que quedan para volver a sentir la ilusión, y nos haremos mayores el Viernes Santo, cuando la Luz del mundo haya cambiado y sólo queden tres días para que el Señor resucite. Y nazca de nuevo. Y vuelva a ser Niño que espera el Domingo de Ramos para salir del Divino Salvador. Pero antes… bajará en San Lorenzo para abrazar a sus hijos.


“No podréis concebir ninguna otra utilidad para vuestros días, ni ningún otro gusto a la vida. Con toda la ciudad, giraréis alrededor de no sé qué vacío de naufragio. ¿Esperar un año antes de volver a ver los camiones descargar las tablas de los palcos y tribunas, antes de sorprender un paso, con sus figuras bajo fundas blancas, a través de una callejuela? ¿Un año, antes de ver a la Amargura reaparecer en el umbral de San Juan de la Palma? ¿Esperar un año la vuelta de la fiesta? Toco aquí uno de los secretos de la tristeza de Sevilla, que dura mucho más que la alegría, pero que la primera visión de la Semana Santa es suficiente para conjurar; lo sé, por haberlo sufrido yo mismo”.

De nuevo Joseph Peyré ponía palabras a mis sentimientos. Ha sido una Semana Santa espléndida. Una de las mejores de mi vida. No la olvidaré… aunque el año que viene, cuando sea Domingo Ramos, habrá que volver a dejarse llevar. Emocionarse sin razonar. Sentir sin explicar. Llegué a la esquina de Eslava y escuché el chirriar de las ruedas de un coche. Había vuelto el ruido. Miré atrás y el Niño ya no estaba. Sonreí con una mezcla de pesadumbre y alegría. Comienza la espera y la Plegaria del Bachiller Fulano de Tal me parece la mejor para volver a mi casa. Para volver a la normalidad. Para volver a esperar…

He experimentado supremo el espanto
de verte ¡Jesús! Prendido en el huerto,
y he sufrido triste mirándote muerto
colgado tu cuerpo del Madero Santo.

De brillantes gotas de tu amargo llanto
contemplé ¡María! Tu rostro cubierto,
y he visto en tu pecho la llaga que ha abierto
el puñal terrible de tu gran quebranto.

¡Padre! Te he seguido del huerto a la fosa;
¡Madre! Me han herido tus siete dolores;
con voz conmovida, ferviente y llorosa,
yo os pido una gracia rendido de amores:
¡Dejadme que llegue, si así me conviene,
a Semana Santa del año que viene!


viernes, 3 de abril de 2009

Milagros


Lo que está a punto de ocurrir no es baladí. Lo que estalla por los cuatro costeros de esta bendita ciudad mariana que es Sevilla, no es sólo azahar, ni siquiera un ramillete de volutas de incienso. Todos los detalles, todas aquellas precisas combinaciones de sutilidad y delicadeza, se consuman en siete días. Ya no queda nada y queda todo. Es ahora cuando nos preparamos mentalmente. Es un ramillete de recuerdos y sensaciones, de emociones, trenzadas con un pequeño cordel de cera, apenas visible. Son todas esas imágenes que nuestra memoria rescata y vive con pasión antes de que vuelvan a traspasar nuestra retina. Pero no será igual. Ni siquiera lo veremos todo, aunque creamos que sí. Formaremos parte de un entramado de madera viva que se hará realidad al paso de unas Imágenes de sentimiento. Una metamorfosis íntegra de todo lo que conocemos. En estos días, la ciudad mudará su piel para ponerse otra que dura sólo una semana. En estos días no se piensa. No se razona. En estos días, sólo se vive. Se siente. Todo gira en torno a un periodo con principio y final. Otro mundo. Nada se deja al aire. Todo está escrito, grabado con letras de fuego en el corazón de la ciudad.


Sí, es cierto... todo está perfectamente preparado y milimetrado. Todo tiene un esquema a seguir, pero el resultado no siempre es el mismo. Luego queda una diáspora incontrolable de emociones y sensaciones que estallan sin control. Hay un encontronazo fugaz. Un choque de trenes en un momento exacto. Algo ocurre. Algo sucede en ese preciso instante y todo parece volar. Suspenderse en el subconsciente. Algo extraordinario y maravilloso. Y ese momento, ese trance que surge y se va en un segundo perpetuo, no se puede explicar con la lógica o narrar sin caer en la imprecisión de la duda. Esa sensación quedará impresa como una marca imperecedera en nuestro interior. No tiene razonamiento o justificación, pero permanecerá. No hay argumentación posible, ni siquiera explicación, pero siempre lo llevaremos dentro. Un espectáculo grandioso y exuberante marcado por unas pautas, unos símbolos y unos significados concretos, pero también fijado por una arbitrariedad y una libertad que no tiene parangón. Cambia la ciudad, cambia el paisaje, pero la esencia se mantiene y ocurre algo que está fuera de todo conocimiento. En ocasiones se rompe el guión establecido y aparece un elemento sorpresa que aporta un ritmo inusitado a toda la escena desarrollada. Sólo entonces podemos aplicarle la pincelada de lo divino. No hay aclaración posible. No hay solución para ese enigma que nos hace estallar el alma en racimos de lágrimas. Esos delicados detalles que se filtran por los resquicios de una pauta a seguir. Esos elementos inexplicables, esos rayos de luz más brillante dentro de la propia luminosidad, son los milagros de la Semana Santa. Pero… ¿qué es para vuesas mercedes un milagro? Tal vez, un buen puñado de elementos o circunstancias que hacen que salgan las cosas bien, o extremadamente bien, y a las que no podemos darle explicación. Puede que estéis pensando que un milagro es aparcar el coche un Domingo de Ramos en la Plaza de San Lorenzo, encontrar una mesa libre en el Horno de San Buenaventura de la Alfalfa un Martes Santo, que nuestro equipo de fútbol vaya ganando mientras un nazareno nos pregunta a través del antifaz, que alguien mire la cara del cirial del Gran Poder, comernos un cucurucho de helado sin que se desfonde y nos manchemos, que nuestro dedo meñique del pie no haya desaparecido cuando lleguemos a casa después de ver la Amargura, no tener que mirar al cielo porque brilla el sol o que el horario del programa se cumpla. Sin embargo, podríamos decir que estos casos pertenecen más a la suerte o azar del momento, incluso a la ciencia, que a un milagro en sí. Son esos ‘mirlos blancos’ que alguna que otra vez hemos tenido el sino de encontrar. Pero un milagro es otra cosa.


En nuestro febril estado, poseedores de una sensación de locura transitoria, nos abandonaremos al brillo de esos detalles deslumbrantes. Será entonces cuando veremos un milagro en los trazos abocetados que, en ocasiones, son el pilar básico de una composición. Y puede que, presos de ese mundo onírico que transcurre en siete días, todo se desarrolle como un sueño de idealizaciones de bellas estampas, que creeremos son milagros. Nos encontremos bajo una intensa lluvia de pétalos, y todo parecerá etéreo. Flotaremos ante la delicia embriagadora de sentirnos volátiles en un mar de flores que se extiende en vertical. Perderemos toda sensación común y corriente de nuestra percepción y careceremos de la razón en ese preciso instante. Pero no será un milagro. Nos abrazará el terciopelo, el ruán, la capa y la cola. Nos ceñirán los cordones franciscanos, los cinturones de esparto y las botonaduras, mientras los borlones nos acarician y la medalla repiquetea en el pecho. Nos sentiremos dentro de la tradición y formaremos parte de todo ese entramado de ilusión y belleza. Pero no será un milagro. Todos los colores serán más radiantes, y no sabremos distinguirlos, pues estarán atrapados en un prisma que los transfigura en formas triangulares, rematadas en puntas cónicas. Morados, bermellones, negros, blancos, azules, verdes, rojos… un desfile de gamas que juegan con la luz y nos hace perder el sentido lógico de la vista. De nuevo la sinrazón se apodera de nosotros y creemos otra vez en la locura. Creer para entender o entender para creer. Pero no será un milagro. Y arderá el tiempo, como siempre lo hace pero más acusado en esta Semana Mayor, sin llorar arena, porque no hay reloj que marque las horas, sino lluvia de cera que riega de lágrimas sólidas las calles. Pero esto, aunque pueda parecerlo, tampoco será un milagro. Nos deslumbrará el oro y la plata, y su incandescente destello al ser tocado por el sol y la luna, nos indicará que hay algo místico en todo lo que vemos. Pero no será un milagro. Un río de fuego se extenderá bajo la penumbra de la noche. Oscuridad y silencio serán los márgenes que lo acompañen, y la luz del pabilo dejará ver miradas de penitencia. Miradas anónimas que rezan por una causa. Hay vida bajo esa quietud de ruán. Y nos puede parecer un milagro, pero no lo será. En la Plaza del Museo, dudaremos si don Bartolomé está pintando la elegancia de lo que ve, y en la del Duque, casi podremos observar, atónitos, como don Diego mueve el pincel para plasmar este mundo que es una semana. Pero no será un milagro. Un ramillete de personas se hará y deshará rápidamente. Una aglomeración de ojos sedientos en la búsqueda de un guardabrisa y un varal. Cientos de personas que se unen de una sola vez y se separan cual diáspora. Es la bulla sevillana, con sus propias normas y su figura camaleónica. Y tampoco esto será un milagro. Volutas de incienso modificarán la luz y la transformarán en sombras claras y reflejos volátiles. Imágenes confusas en espejismos borrosos, una neblina que se convertirá en velo blanco, roto de pronto por la delantera de un paso. Pero no será un milagro. Y puede que el río en estos días tenga un fulgor diferente, y que sus aguas parezcan de plata y Sevilla se haya engalanado como nunca. Pero ni aunque pueda parecerlo, que lo parece, esto tampoco será un milagro. Y los sentidos nos volverán a fallar. En estos Siete Días Sagrados, nuestros sentidos vagan perdidos a la deriva de una confusión eterna. Una duda sin fin que los hace perderse sin saber cuál es la función que deben cumplir. Nuestros ojos contemplarán la candelería menguada y no sabrán si está llorando la cera o son nuestras lágrimas las que descienden vencidas por la emoción. Todo será luz, pero querremos acariciarla, para saber cómo es el tacto dúctil de la belleza. Rozaremos lo sagrado y lo profano. Querremos probar y degustar el choque de las bambalinas, en su delicioso compás de ritmo armónico y equilibrado. Y estaremos perdidos. Nada tendrá sentido y ese será uno de los secretos de la Semana Santa. Porque incluso querremos oler la fragancia que desprende la hermosura espiritual de Esa Señora que pasa ante nosotros, y sentiremos el nardo y la azucena. Y ver. Ver como nunca hemos visto. Contemplar la belleza, lo divino, lo etéreo, lo bendito y lo laico. Todo aquello que creemos sentir. Pero pese a todo, pese a que puede parecer que este espectacular conjunto de sensaciones sea un milagro, no lo es. Este sutil y delicado acervo pertenece a la belleza y esplendor de una Semana nombrada como Santa. A la magnificencia y primor de lo sublime resumido en Siete Días de Pasión.


Entonces… ¿qué es un milagro?, ¿qué características grandiosas e incomprensibles tiene que poseer?, tal vez ni yo mismo lo sepa. Pero hay detalles en esta Semana Mayor, que me hacen reflexionar y pensar. Hay gestos que son especiales y me emocionan. Hay pinceladas que las considero un milagro. Un milagro es el río blanco inmaculado que se extiende cada año por la ciudad y nos recuerda que La Paz es posible, que no es una quimera, que no tenemos que olvidarla. Que existe y que el nombre de su barrio es El Porvenir. La ilusión y la alegría de un niño nazareno. La sonrisa al tendernos su presente de dulce caramelo. Esa sonrisa es un milagro, porque ilumina el mundo, porque nunca un niño debe dejar de sonreír. En la calle Sol nos recordarán que la multiplicación de los panes y los peces del Señor se sigue produciendo. Él está presente en aquellos comedores sociales, sean de hermandades, órdenes o no, donde el milagro se produce diariamente. Dar de beber al sediento y comer al hambriento. Sigue existiendo el Amor. Sigue existiendo el Socorro. Y esto es un milagro. En el Divino Salvador, no hay mejor nombre para identificarlo, nos siguen enseñando cada año, en estos siete días, que el Amor existe y el Socorro también, que tenemos que creer en Él y en Ella. No penséis que me he vuelto loco, pues todo esto es un milagro para mí. Y si la locura es necesaria para entenderlo… ¡volvámonos locos!. Que alguien, por primera vez, contemplando la esencia pura de la Semana Santa encuentre algo que no sabía que tenía. Que alguien sienta la Fe sin haber creído nunca en ella… esto es un milagro. La Semana Mayor de Sevilla está en esos detalles. En la visita de la centuria al Hospital. En el brillo de los ojos de un anciano al comprobar que han venido los romanos de su infancia, los de la Sentencia. En la alegría e ilusión de los niños al ver aparecer por la puerta los armaos de la Macarena. De la Esperanza. ¿Acaso esto no es un milagro?. El Señor y Su Bendita Madre están en estos momentos más presentes que nunca. Esto es lo que no se ve, pero se siente. Lo que tenemos que tener en cuenta. Es un milagro que al Señor de la Salud tengamos que darle las gracias. Que la Estación de Penitencia sea para agradecer algo que ya Ha Hecho. Que ya Ha Curado con su infinita bondad y su Poderosa Salud. Ese es el milagro. Que un enfermo, aquejado en su casa o en el hospital, pueda ver caminar al Hijo de Dios por Sevilla y, emocionado, comprenda que ese es Su Gran Poder. Que está en todos sitios. Que es un milagro. Que gracias a unas personas, otras podrán disfrutar de aquello que no pueden ver, oír o escuchar de cuerpo presente, pero podrán sentir. Gracias a la televisión, gracias a la radio, gracias al Amor que aún existe. Esto es un milagro. Que los ancianos de la Residencia Tartessos acompañen su Soledad con la de San Buenaventura, es algo sobrenatural. Es otro milagro. Que a los enfermos de San Juan de Dios los visite el Señor que calma su Sed y el azul infinito de los ojos de Su Madre y sientan que Él y Ella están allí. Sentir, porque al fin y al cabo la Semana Santa es eso, sentir. ¿No es un milagro esto?, ¿no es un milagro que los enfermos escuchen el tambor tocar por ellos?, ¿la corneta destemplarse al son de una marcha que calma su espíritu?, ¿el sonido y la fragancia de unas bambalinas que se mueven al ritmo que sus corazones marcan?, ¿no es un milagro?.


La alegría y el llanto. La emoción y la risa. Todo forma parte de lo mismo. Es un conjunto de sensaciones que ahora se hacen realidad. Es esto lo que vamos a vivir. Estos son los milagros. Que en el TDH de la Hermandad de Triana no se apague la sonrisa y la Esperanza tenga tez morena. Es un milagro. Que en San Vicente el hábito franciscano sea el símbolo de la grandeza humana. Que una coronación valga el Amor al prójimo, encarnado en el apoyo y cariño a esos niños con Estimulación Precoz. Esto es un milagro. Que en Bielorrusia miles de niños se sientan nazarenos porque su Hermandad está en la calle, no puede ser otra cosa más que un milagro. Algo divino y sobrenatural. Y esto ocurre en Semana Santa. Y será así cuando un joven estudiante se levante de madrugada, al otro lado del mundo, y busque la plataforma necesaria para estar cerca de sus Sagradas Imágenes, aunque sea por la red más universal de todas. Será un milagro. Al igual que aquel hermano que está lejos de su Sevilla, porque ha elegido estar cerca de los que le necesitan, en el corazón de un continente donde tanta falta hace el Amor. Y se emocionará porque podrá sentirse cerca. Y sus lágrimas será la mejor forma de comprobar que la Semana Santa es esto. Será un milagro. Temblarán las Almas cuando el Cristo baje por Sales y Ferré y los miembros de la residencia lo estén esperando. Sentados bajo el primer relente que lloran las estrellas y envueltos en mantas, en el momento en que la noche ya es una realidad. Y se emocionarán cuando el Señor se pare ante ellos y se invierta la ofrenda. Un ramo de claveles rojos para los ancianitos. Será un milagro. Y entonces tendremos la certeza de que aún hay Fe y hay Esperanza. De que existe el Amor. Que existen los milagros. Y será así. Porque cuando la razón pierde pie y la lógica se tambalea en un alambre de espino, tenemos que dejarnos caer en el abrazo de la incoherencia y sumergirnos en aquello que no entendemos. Sólo así podremos creer. Y así encontraremos estos milagros. Y los entenderemos. La Semana Santa es esto. Sentimiento y emoción. Fe y Esperanza.


Sevilla está preparada para vivir en un mundo onírico. Llega la Semana de los sueños. La Semana donde todo está por encima de lo real y la razón comparte protagonismo con la locura. Nos dejaremos llevar por lo sagrado y lo ascético, lo profano y lo laico. Y todos caben aquí. Sin excepciones. La solución a una concordia humana universal encerrada en siete días. Otro milagro que la hace grande. Que la hace Universal. Cabe el autóctono y el extranjero, el político y el apolítico, el católico y el ateo, el creyente y el agnóstico, el rico y el pobre, el capillita que se arregla y prepara con ceremonia cadenciosa y cuasi instructiva, y el cani con su traje y zapatos blancos, para ellos las mejores galas que tienen para acudir a ver sus Imágenes. Porque es así. Todas estas personas, y más que me dejó atrás, están unidas por una misma tradición, la Semana Mayor de Sevilla, y en ella se incluye a todos. ¿Y esto?, ¿no es un milagro esto?, la plena y completa convivencia de diferentes estratos de la sociedad unidos por un único camino: el Amor a la Semana Santa. Es el sentir del pueblo. Todos son uno. Porque es así. Y debe ser así.


Volverán a rezarle a las Imágenes. Volveré por el camino más corto. Volverá a haber recogimiento y alegría. El Jueves Santo volverá a ser el único día que haya luz eterna. Luz de día y luz de noche, cuando el Sol se haya ocultado y tome su relevo la brillante Luna de Parasceve. Volverá a emocionarnos una levantá. Volverá la alegría de la Esperanza. Volverán a fallar los sentidos. Volverá a caer la cera como símbolo del paso del tiempo. Volverán las volutas de incienso. Volverá la lluvia de pétalos. Volverán los milagros. Todo volverá un año más, pero de forma distinta, dándonos la oportunidad, una vez más, de volver a vivir, a sentir estos Siete Días Grandes. Sevilla se convierte en la Jerusalén viva. Un teatro decorado con las escenas más emocionantes que podamos imaginar. No se sabe muy bien si la ciudad se hizo para la Semana Santa o ésta para la urbe. Integración mística y ascética que roza la combinación elocuente de una panacea universal de la convivencia humana. Es una utopía que la realidad se encarga de demostrarnos con el espejo del alma del ciudadano. Sevilla siente la Semana Santa. Vive estos siete días como si quisiera atrapar un instante volátil, una imagen congelada en una esquina, la fragancia del azahar exornando el palio de cajón, la Mano divina perfilada en el azul luminoso de un Domingo de Ramos, el beso al aire del niño, terciopelo mezclado con ruán, lágrimas de cristal que traspasan el espíritu. Pero esto es, cuanto menos, imposible. El que asiste a este espectáculo grandioso, pagano y jubiloso por fuera, místico y sagrado por dentro, se esfuerza y dedica en cuerpo y alma a este menester, a captar cada momento. A veces ufano y alegre, humilde y resignado en otras ocasiones, sabedor de que la teoría es mucho más fácil que la práctica escogida. No se puede describir lo que se va a vivir, lo que se va a ver, lo que se va a sentir. Ni siquiera lo que hemos vivido, visto o sentido años atrás, pues sólo es un recuerdo desvirtuado por la sinrazón del paso del tiempo. Una imagen latente, apenas visible, de aquello que hace un año creímos saborear. Porque cuando estemos sumergidos en esos momentos, sabremos que estamos atrapados en un misterio, aquel que nos hace vivir la eternidad en un instante. Cuan complejo es describir estos detalles sutiles que la pasión del momento nos trae. Pero ahora, quizás por la leve lesión del paso del tiempo, por ese consumir de cera perenne que hace rebajar nuestra candelería, sólo podemos acercarnos a lo vivido. Podemos tener una idea de lo que ocurrió el año pasado. De lo que sentimos años atrás, pero nunca podremos describirlo exactamente y a la perfección. Ni aventurarnos a lo que está por llegar. Podemos percibir que se tratará de algo sobrenatural. Algo que se escapa de la razón, de la lógica. Algo que se escapa incluso de toda explicación sensata. ¿Tenemos entonces que estar locos para entender lo que va a ocurrir?, puede que la locura sea un estado cuasi necesario para poder palpar en su totalidad lo que Sevilla siente en la Semana Santa. Hay que aislarse y desprenderse de toda coherencia, dejar a un lado lo entendible y dejarse llevar por lo que nuestro corazón siente. Quizás esta sea la mejor solución. Toda congruencia queda expuesta a una situación vergonzosa, incapacitada para exponer con lógica aquello que estamos viendo o sintiendo. Y es que no se puede explicar con palabras aquellas emociones que emanan directamente del alma. Es un hecho inexplicable e indescriptible por las leyes naturales.



Hace un par de semanas, mi amigo Alberto y yo nos movíamos con rapidez entre las calles del centro, ávidos en busca de aquel Via+Crucis que había salido. Llevábamos a nuestra espalda la visita de varias iglesias, siempre con la intención de encontrar algún paso montado o, en su defecto, conformarnos con la parihuela o el bulto envuelto en lona. En ese instante, entre las calles estrechas que trazaran con maestría los musulmanes para una fiesta cristiana, mi amigo, casi sin resuello, me preguntó “quillo, ¿por qué nos gusta esto tanto?”. En ese momento lo miré y sonreí, pero no dije nada. El silencio fue la única respuesta a una pregunta que no sabía contestar. Porque realmente no lo sé. Y creedme si os digo que he estado pensando desde entonces en esa pregunta. Y creedme si os digo que no sé explicarlo. Que no sé describirlo. Que no sé decir qué se siente con palabras. Y ahora, llegados a este punto, sé que todo pasará en un abrir y cerrar de ojos. Todo pasará rápidamente. Fugaz y breve como el carbón que da vida al incienso o el azahar que prende del naranjo. Por eso, disfrutad de lo que está por llegar. De lo que va a ocurrir. No le busquéis una explicación. Ni siquiera lógica o razonamiento, porque será inútil. Porque no podréis saber porqué late con fuerza el corazón y porqué un escalofrío recorre vuestra espalda. Porque no podréis saber porqué lloráis o porqué reís. Llega la Gloria… en estos días no se razona. En estos días solo se vive y se siente. Porque la Semana Santa, al fin y al cabo, es esto, un verdadero milagro que hay que sentir.