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viernes, 26 de marzo de 2010

Cera


Velo oscuro de la promesa. Rocalla rizada del costado de palio. Rojo sangre del cuerpo de Cristo. Lumbre de sentimientos ante las lágrimas de cristal de la Madre de Dios. Tinieblas que iluminan la oscuridad del día. La luz de la fe. El fuego de la lengua que sigue el camino de la cruz. Ni se creará ni se destruirá, sólo se transformará en el tiempo fugado y breve que el Barroco materializa en siete días de Pasión. La cera es el preludio, la señal del comienzo, el mejor testigo de la Semana Santa, la marca más efímera que sufre la ciudad cuando todo se haya cumplido. Se consumirá con el aire de siete días, que son toda una vida, pero permanecerá en nuestros corazones desde la infancia.

Como la vanitas del Barroco, el suspiro de sabernos mortales, de la presencia de la Muerte, nos hace tener constancia del paso del tiempo. Si hay un elemento común en la Semana Santa que nos recuerda lo efímero de la misma, es la cera. Cuando se es niño, la cera es el mayor juego para la espera eterna de la llegada del paso. Las filas de nazarenos se multiplican y los cientos se convierten en miles. No hay número limitado en la infancia inocente del niño, pues las horas son siglos, como dijo el poeta. La espera es consumida por una bola de cera que no deja de crecer, como el niño que la alimenta. La cera se convierte en ilusión. Su picadura ardiente sorprenderá la inocencia de aquellos que no necesitan comprender lo que ocurre, porque lo están viviendo. La promesa, transmutada en luz de fe, se derrite en la penitencia como testigo de lo ocurrido, y desprenderá sus lágrimas de color sobre la bola de un niño. Principio, fin y principio de nuevo. La penitencia transformada en ilusión. El adulto sabe que la señal que deja la cera en el alma es más duradera que el calor que emana del pabilo, pero el chiquillo aún no lo sabe. La madurez se ha consumado y la ilusión deja paso a una conciencia del transcurrir del tiempo. Reloj de cera que se derrite cada año en las manos del niño hecho hombre.

Un año la bola dejará de crecer y descansará en un cajón junto al pañuelo de papel que servía para evitar la breve quemadura. Allí estarán las estampas dobladas por las esquinas y los caramelos que no se comieron. En ese cajón se guarda el juego de la espera penitencial, el tacto de la sonrisa de la infancia, el olor de la crepitación del humo, el sonido de la ilusión al gotear el tiempo derretido ante sus ojos. En ese cajón se guardan los años endurecidos en una bola que dejará de crecer porque el niño ya es adulto y la razón no deja entender lo que ocurre. Ya no hay que esperar al reloj porque es el tiempo el que se consume tan rápido como la cera de la promesa al cuadril, como la la penitencia que da luz.

Cuando todo se haya consumido quedará ella, como no podía ser de otra forma. La ciudad se vestirá con una alfombra de colores que demuestran el camino que ha seguido el Hijo de Dios y Su Bendita Madre. Y un año más, el niño seguirá pidiendo cera, mientras el adulto sabe que la verdadera marca de su infancia se queda guardada en el cajón de su alma, fundida y consolidada, como aquella bola que descansa en el cajón de los recuerdos de su niñez.

Texto publicado en la revista "Último Tramo" de 2010.
Excelente imagen del
Canónigo Alberico

jueves, 4 de febrero de 2010

Tres años...

"- ¿Ya no escribes?

- No, ya no.

- Eso no se olvida ¿no?

- No".

"Alatriste" - Agustín Díaz Yanes

[Tres años repartiendo agua.
Gracias a todos los que se han pasado alguna vez por aquí, escribieran o no.
Gracias]

sábado, 30 de enero de 2010

Auschwitz

Algunos hombres giran la cabeza ante su nombre, otros responden con palabras duras, y muchos miran de forma extraña. Mantienen sus ojos vacíos e inexpresivos. Conozco esa mirada, pues tuve que contemplarla durante años ante el espejo. Son cicatrices que el tiempo se encarga de grabar a fuego en los arrabales de nuestro corazón. Sitian el alma de terror y desesperación que tarda en desaparecer. La mancha de la humillación emponzoña la conciencia y el pavor envenena la vida. La infancia se antojaba tan lejos… era apenas un esbozo de felicidad desdibujado en aquella tristeza a rayas. Nuestra infancia es como un juguete olvidado en el cajón de nuestra habitación, acudimos a ella cuando necesitamos refugiarnos de nuestra realidad. Huir de la presión adulta, de la madurez y sus problemas. Pero a mí me arrebataron mi infancia. Se encargaron de borrarla de mi memoria, sin embargo, fue cuando más intenté rescatarla. La buscaba y la ansiaba entre tanto horror. En ocasiones cerraba los ojos e intentaba soñar. Es difícil tener fantasías dentro de una pesadilla, sin embargo solía conseguirlo muy a menudo. Luego tenía que volver. Siempre había que despertar. Empecé a desear quedarme dormido para siempre en el eterno sueño de mi infancia olvidada. Aquella sensación inmaculada de la inocencia de un niño. De su libertad. De su tranquilidad. De su belleza idealizada. Siempre tenía que acudir a ella mediante recuerdos, porque mi infancia, hijo mío, se quedó fuera de aquella alambrada para siempre.

Dicen que hace mucho calor. Dicen que es cavernoso y que huele a azufre, que las tinieblas y la oscuridad se turnan para decorar el interior de sus entrañas, pero el infierno no es así. El infierno es frío. Frío como el metal de las armas. Frío como la humedad de los barracones. Frío como el alambre, como si no tuvieras sentimientos. Frío como el gas que evaporaba la dignidad de los seres humanos que lo poblaban y como los cuerpos inertes de mis compañeros, de mis amigos, de mis familiares. Fríos como los recuerdos que veo aparecer en sueños. Tan frío como el hielo que se acurrucó en mi alma para siempre. No supe a qué sabía la alegría y el tiempo se convirtió en el peor de los diablos de aquella morada. A la Esperanza se le paró el reloj y estábamos tan cercanos a la Muerte que nos confundían con ella.

Un día todo acabó. Parecía otro de mis sueños, pero hacía mucho que no soñaba. Nos rescataron y entonces desperté de mi madurez obligada. Ya no era un niño, pero me di cuenta que volvía a llorar como si lo fuera, volví a descubrir el tacto de la luz y el calor más allá del frío infierno. Volví a sentir la libertad de mi infancia y la belleza de la vida. Aquellos pequeños detalles de mi niñez siempre me han acompañado, porque cuando salí de aquel lugar me di cuenta que la vida me había dado otra oportunidad. Perdí mi infancia, pero volví a tener otra. Recuerda siempre, hijo mío, que tu padre sobrevivió al campo de concentración de Auschwitz, pero muchos de sus amigos, de mi familia y la tuya, perecieron allí. Mis cicatrices son las del Mundo civilizado, que debe saber mirar en ellas para no volverlas a sufrir.

Cerró la carta de su abuelo y la guardó en aquel sobre amarillento por el paso del tiempo. A partir de ese día, Violeta sintió la luz de la vida más fuerte que nunca…

Texto realizado para el programa Radio Estilo que dirige, magistralmente,
Saray Pavón Márquez

Desde aquí le agradezco la oportunidad que me brindó al participar

viernes, 18 de diciembre de 2009

Final

Hace poco vi “Lucía y el sexo”, de Julio Medem. Había escuchado hablar de ella, pero nunca me había sentado a verla. Todos me decían que tenía un guión extraordinario y que la historia era genial. Me invitaron a verla y me perdí entre sus geniales diálogos. Es una película que te hace reflexionar. Es una cinta que, como norma general, no te deja indiferente. Hace unos días surgió la propuesta de crear una entrada sobre el final de las cosas. No sabía que escribir, Cronos me tiene maniatado últimamente y las ideas no suelen ser buenas. Fue entonces cuando me acordé de esa película. En “Lucía y el sexo” hay una frase magnífica, encerrada en un contexto especial, que decía lo siguiente: “La primera ventaja es que cuando el cuento llega al final no se acaba, sino que se cae por un agujero y el cuento reaparece en mitad del cuento. Ésta es la segunda ventaja, y la más grande, que desde aquí se le puede cambiar el rumbo, si tú me dejas, si me das tiempo”. Me fascinó esa posibilidad, la capacidad de cambiar el rumbo de las cosas, de los acontecimientos, de la carencia de final. No existiría final, porque cuando lo presintiéramos, siempre podríamos volver al centro de la historia. El final es algo muy relativo, puede ser lo esperado o lo temido, pero en las dos ocasiones tiene ligada una sensación de placer y de angustia. Si el final se espera, la angustia reside en el tiempo de llegada. Si por el contrario no se quiere llegar al final de algo, el placer desaparece cuando llega la angustia del nunca jamás. ¿Quiénes de ustedes no ha deseado volver atrás cuando el final se ha intuido? Pese a todo, creo que el final es necesario.


El final le da sentido a todo. Volviendo a inspirarme en el celuloide, recuerdo otro fragmento, esta vez de la película “Troya” de Wolfgang Petersen, cuando Aquiles le dice lo siguiente a Briseida: "Te contaré un secreto, algo que no se enseña en tu templo. Los dioses nos envidian. Nos envidian porque somos mortales, porque cada instante nuestro podría ser el último, todo es más hermoso porque hay un final". Y es así. El final es necesario para que la vida tenga sentido.

jueves, 22 de octubre de 2009

Atención, pregunta

lunes, 19 de octubre de 2009

Resaca

Al terminar el concierto de Wembley '86, aparece en el DVD el tema "Melancholy Blues", mientras el grupo aparece en backstage y abandona el estadio. Cada vez que termino una buena noche, una juerga indescriptible o una fiesta inolvidable, al día siguiente, ésa es la canción que suena en mi subconsciente.

Another party's over...



A pesar de todo, es un día maravilloso
And no-one's gonna stop me now, oh yeah...

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Estabas equivocado

Llegábamos algo más tarde que otros años. Parecía que estaba saliendo todo a pedir de boca, aunque pareciera ser una trama cargada de golpes de efecto. El hilo argumentativo de esa película en la que todo va perfectamente hasta que al director, o al guionista, dependiendo de la soldadura del cerebro de cada uno, se le ocurre aliñar la historia con un quiebro. Y no una bicicleta o un taconazo llegando a la línea de fondo, pues sería espectacular, sino otro tipo de regate. Algo furibundo para el espectador. Pero, afortunadamente, iba todo sobre ruedas, o sobre zapatillas de esparto olvidadas por deportivas. Mejor, mucho mejor. Pero que todo estuviera saliendo bien no significaba que no llegáramos algo más tarde que otros años. Se notó enseguida. La gente se agolpaba con ansia y el ambiente traía aires cargados de humo aromático, pero aún no se veía ni la cruz de guía. Cogimos asiento frente a la farola que está a eje con la puerta. Un buen sitio. El suelo aún sigue siendo gratis. Desde allí podíamos contemplar la entrada sin problemas. Miré al cielo buscando estrellas. Enfoqué lo mejor posible, pero la contaminación lumínica había guardado las estrellas en la mochila de su luz, así que lo único que pude distinguir fue un negro perfectamente limpio. No llovería al día siguiente. Y casi enfrascado en mis predicciones miopes, el redoble del tambor sonó de la misma forma que huele un petisú recién hecho. Creció el rumor, aumentó el público y pronto regalaron pisotones y empujones a diestro, siniestro, delantera y trasera. Yo saqué mi cámara nueva. Una flamante Canon Reflex Digital que me hacía babear cada vez que la miraba y maldecir a final de mes. No tenía ni idea de cómo usar más de la mitad de los botones que ocupan su dorsal, pero si girabas el objetivo eras capaz de ver las imperfecciones faciales de un niño de dos meses. Poco más sabía, así pues, modo automático. Pulso el disparador y el flash ejerce una erección fulgurante. Presiono con más fuerza y la imagen queda petrificada en el momento exacto. Un instante del tiempo atrapado en un fragmento de segundo. Sientes la luz, ves la luz, pero sólo en tu recuerdo. No eres capaz de seguir el encendido y apagado lacónico del destello, solo intuirlo. Sabes que ha ocurrido, y como prueba de ello, aparece un resorte en tu memoria que queda archivado, pero apenas es una idea. Una impresión fugaz de algo familiar.


Todo es efímero. Me lo habías dicho con naturalidad. Me encogí de hombros y acepté aquella afirmación. Al fin y al cabo llevabas razón. Pero ese día, mientras esperaba al segundo de los pasos, supe que te habías equivocado. Todo tiene un final. La existencia es perecedera y el Barroco nos lo enseñó hace cuatrocientos años. La Semana Santa es barroca en su mayor parte. Contemplé aquel río de capirotes morados de hermanos nazarenos avanzando por la calle Oriente y girando en San Benito para aparecer su blanco inmaculado. El desgaste y la erosión se hacen patente en cada una de las marcas hechas por las horas. Los cirios han consumado el tiempo, y éste se ha evaporado en volutas negras y derretido en recuerdos sólidos. La cera puede ser un ejemplo brillante para ilustrar esta reflexión. Cuando los años hayan llenado de polvo el alma de la memoria, las cenizas de la vida sustituirán nuestra existencia. Fue entonces cuando me di cuenta que te habías equivocado, al ver aparecer al Santísimo Cristo de la Sangre. Tambores y cornetas para un Crucificado de suma elegancia y clase exquisita. Música para los cuatro clavos de la calle Oriente. Se siente el aire de Juan de Mesa en las manos de Francisco Buiza. Se palpa el Amor en la Sangre de Cristo. Giró y avanzó por la calle para encontrarse con la puerta. Desde hace años espero el segundo paso con otras cosquillas diferentes, con un interés especial. Y allí estaba el bosquecillo de ángeles mancebos, el Sacramento y el Hijo de Dios. Un nazareno levanta la mano. Lleva bocina. Yo te sonrío, intento saludarte y hago el mayor de los esfuerzos por hacer una foto decente. Al menos que se vea bien. Lástima. Otro año será. Me dio coraje porque no pude acercarme para decírtelo. Para comentarte que me había dado cuenta que estabas equivocado. Luego pasaron los días, las semanas y los meses. Nos vimos, pero nunca te lo he dicho. Y ahora, intentando escribir algo con sentido para ti y tu cumpleaños, me acuerdo de este momento. Menuda entrada que me está saliendo... ¿aún no sabes por qué estás equivocado?



Amigo Antonio, a veces nos da la sensación de que pasaremos desapercibidos en la vida. A muchos les preocupa este detalle pero para otros, no deja de ser algo inevitable. Me dijiste que es efímero cuanto nos rodea, que todo es perecedero. Quizás sea así. Algunos momentos son destellos cegadores. Imágenes desvirtuadas por el paso del tiempo que han perdido su nitidez. Recuerdos atrapados en figuras sin color. Son la pincelada fulminante de un instante atrapado en la memoria. Como la luz del flash. Sabemos que ha ocurrido y las sensaciones que tuvimos permanecerán intactas. En otras ocasiones, sin embargo, somos conscientes de cómo se derriten los años a nuestro paso, y aflora la angustia por el apetito voraz del tiempo. Todo se consume, como el cirio que nos acompaña en nuestra Estación de Penitencia. Cada año, una velita más en la tarta de la vida. Esta es la teoría y, casi siempre, la realidad. Pero la noche del Martes Santo, cuando contemplé el rostro del Cristo de la Sangre, su bello perfil compacto, más reunificado que el mesino del Amor, me di cuenta que no llevabas razón. Un hombre como tú no debe preocuparse por lo efímero o por el paso del tiempo. Lucía y Martín aprenden contigo los valores necesarios para moverse en este mundo que cambia cada día más. Lo sé porque lo he visto. Eso es suficiente. Esto te hará imperecedero porque ellos se encargaran de transmitirlo, como tú lo hiciste. Será la mejor forma de evitar la fugacidad de los momentos. Y luego está Él. El Cristo de la Sangre. Muchos de nosotros lo relacionamos contigo, y Él, amigo mío, no es efímero. Es eterno.


Para mi amigo Antonio en el día de su cumpleaños, dueño de un Callejón y de un Arroyo, palangana (nadie es perfecto), buen filósofo, gran persona, merecedor de una entrada mejor...

sábado, 5 de septiembre de 2009

Reina asesina

Elegante y con clase, te atrae como el alcohol perfuma la conciencia del etílico fumador. Pero no te equivoques, el armiño esconde secretos prohibidos de placer y la persuasión queda prendida con un buen toque sutil de Moet et Chandon. Cuando estés acariciando la refinada delicadeza de un pastel dulce, la sal que curará tus heridas saltará en puñados incontrolables ante una invitación inusual, pero tentativa. Irrechazable. Te engatusará con caviar, cigarrillos a medio fumar y la figura impecable de una dosis exacta de amabilidad, para ofrecerte una invitación al camino del deseo. Y es increíble. Espectacular física y personalmente. No podrás verlo, porque te cegará su acento aristocrático -baronesa- pensarás, y luego, siempre que se te apetezca, te deslizará el veneno de la pasión más fogosa. Cuando la conoces, no puedes dejar de mirarla, y su sensual contoneo perfumado te recordará a París. Un gusto exquisito que no se pierde siquiera cuando te desliza bajo su mirada la pretensión más oscura y placentera que hayas experimentado. En cualquier momento, a ese precio, recomendable.

Y es que muchos no lo saben hasta que lo prueban. Ella es tan elegante como una dama de noble cuna, pero tan letal como una reina asesina. En cualquier momento te dará a probar sus secretos más ocultos. El ardiente corazón de una llama por dentro romperá la voluntad en dos y la pólvora inflamará la dinamita. Te perforará el subconsciente como un rayo láser, y cuando quieras darte cuenta, la gelatina te habrá despeinado la cordura. Un apetito insaciable, ¿quieres probar?





Killer Queen


She keeps Moet et Chandon in her pretty cabinet
"Let them eat cake" she says just like Marie Antoinette
A built-in remedy for Kruschev and Kennedy
At anytime an invitation you can't decline

Caviar and cigarettes, well versed in etiquette
Extraordinarily nice
She's a killer queen, gunpowder, gelatine
Dynamite with a laser beam guaranteed to blow your mind
Anytime
Recommended at the price
Insatiable an appetite, wanna try?

To avoid complications, she never kept the same address
In conversation, she spoke just like a baroness
Met a man from China, went down to Geisha Minah
Then again, incidentally, if you're that way inclined

Perfume came naturally from Paris
For cars she couldn't care less, fastidious and precise
She's a killer queen, gunpowder, gelatine
Dynamite with a laser beam guaranteed to blow your mind

Anytime

Drop of a hat she's as willing and playful as a pussy cat
Then momentarily out of action, temporarily out of gas
To absolutely drive you wild, wild...
She's all out to get you

She's a killer queen, gunpowder gelatine
Dynamite with a laser beam guaranteed to blow your mind
Anytime
Recommended at the price
Insatiable an appetite, wanna try?


"Trata de una prostituta de lujo. Intentaba decir que las personas con clase también pueden ser putas. De eso trata la canción, aunque preferiría que la gente la interpretara a su manera, que vean en ella lo que quieran ver" - Freddie Mercury



Happy Birthday Freddie
05-09-46/05-09-09

lunes, 31 de agosto de 2009

Es diferente



“Hay destinos humanos ligados con un lugar o con un paisaje. Allí, en aquel jardín, sentado al borde de una fuente, soñaste un día la vida como embeleso inagotable. La amplitud del cielo te acuciaba a la acción; el alentar de las flores, las hojas y las aguas, a gozar sin remordimientos. Más tarde habías de comprender que ni la acción ni el goce podrías vivirlos con la perfección que tenían en tus sueños al borde de la fuente. Y el día que comprendiste esa triste verdad, aunque estabas lejos y en tierra extraña, deseaste volver a aquel jardín y sentarte de nuevo al borde de la fuente, para soñar otra vez la juventud pasada”Ocnos, Luis Cernuda

Es diferente. Está claro y fuera de toda duda. Es diferente cuando no la sientes cerca. Tan diferente como algo inexistente, pero añorado a la vez. Es el saber que no puedes tocarla, olerla, oírla, que no puedes besarla, contemplarla, degustarla, que no puedes sentirla. La carencia total de cada una de las emociones que tiñen tus versos de la memoria con bellos colores monocromos. No hay que darle más vueltas porque es así. Sin más. Pero a veces, sólo en ocasiones, es necesario recordar, y hacer recordar, y cuando la memoria ha desdibujado los perfiles nítidos de la última imagen, sólo quedará la sensación imborrable e incorrupta, inmaculada incluso, del primer sentimiento vivido, pero también revivido. Y no es otra cosa, sino el exilio, bien forzado bien placentero, el que hace quebrar nuestro corazón cuando acudimos a un Amor incondicional. Es ella, y siempre lo fue. Y lo es. Y lo será cuando su perfil aparezca insinuado en la tibieza del aire cálido que solo tiene su cielo, perfumada con la dama de noche de un manto iluminado, brillante bajo la luz que posee o sensual tras un velo calado de fina lluvia. Cuando aparece sentada a los pies de la Cuesta del Caracol, esperándonos justo después de la corona del Quinto Centenario, entre las cuerdas del arpa del Alamillo o detrás de un pequeño indio que otea el horizonte de asfalto.


Por muchas cartas que le quieran escribir a esa mujer de origen fenicio, entrañas romanas, alma árabe y nombre de reconquista, los recuerdos de las primeras sensaciones serán el perfume que nos embriague cuando estemos fuera. Y es diferente. Ya lo dijo don Manuel Chaves Nogales “Hay, sin embargo, otra ciudad -¡hay tantas ciudades en cada recinto!- para los exégetas meticulosos, para los líricos, siempre insatisfechos, hambrientos de un hambre insaciable de ideal”. Es diferente porque cuando no estamos cerca, es cuando nuestros momentos a solas, nuestra intimidad compartida, acude a borbotones y nos hace revivir de manera especial esa complicidad que solo tenemos con ella. Porque Sevilla es la Giralda, la Torre del Oro y los Alcázares para los turistas, pero para muchos de nosotros es algo más. Es un adarve fresco, un jardín templado calado de luz, el escarceo amoroso de la trasera de un palio, una tapita de boquerones en adobo, el brillo del Giraldillo cuando las nubes esconden al sol, el olor de la mañana de un domingo silente, la cervecita del Tremendo, la primavera de su otoño, la luz de su Viernes Santo, el albero de nuestra ropa el domingo de Feria, el sabor de la grama del Parque del Alamillo, el sonido que tiene el reflejo del río, la espina clavada de un Cisquero, el sabor de Triana, la esquina de Santa Catalina, el color de las fuentes, el tacto del Parque de María Luisa, el cajón que corona un Traspaso, la nieve con perfume de azahar, el verde de la Palmera, el frío luterano, el olor del Rinconcillo, la hiedra de la calle Mármoles, el rojo de Nervión, la muralla del Valle, la lona verdiblanca, los coroneles alineando soldaos de la calle Gerona, el sabor del incienso, el farolillo rojo, las croquetas del Ovidio, la mancha de cera en la chaqueta, el chirimiri que cala, el magnolio de la esquina, los calentitos celestiales de doña Juana, la palmera de San Juan de la Palma, el codazo del Vizcaíno, el suspiro de miel del Señor del Cementerio, los adoquines de la calle Sol o el Monasterio de San Jerónimo.



Sevilla no es la ciudad más bonita del mundo, a veces amanece acuchillada por zanjas, su transporte público adolece de mejora, es agobiada por obras y mutilada en su idiosincrasia interna, anclada en la mentalidad rancia de alguna élite vagabunda y asfixiada en su intento de contemporaneidad en muchas de las ocasiones. Pero a pesar de todo, la quiero, estoy enamorado de ella, no puedo, ni quiero, hacer nada por evitarlo, y ella lo sabe.

He vuelto, y quizás la mejor de las sensaciones sea la que tenía aquel niño de don Luis Cernuda cuando acudía en busca de la ciudad una mañana veraniega de domingo, uno de esos paseos exquisitos e íntimos que recuerdo cuando estoy fuera: “Pero siempre sobre todo aquello, color, movimiento, calor, luminosidad, flotaba un aire limpio y como no respirado por otros todavía, trayendo consigo también algo de aquella misma sensación de lo inusitado, de la sorpresa, que embargaba el alma del niño y despertaba en él un gozo callado, desinteresado y hondo. Un gozo que ni los de la inteligencia luego, ni siquiera los del sexo, pudieron igualar ni recordárselo”Ocnos, Luis Cernuda



Fotos de nuestro genial Canónigo

martes, 9 de junio de 2009

¿Sabéis qué significa este cuadro?


"Saturno devorando a sus hijos"

Francisco de Goya y Lucientes
1820-1823


...pues eso.

sábado, 6 de junio de 2009

Seis de junio, dos genios

“No sabemos lo que hacían los padres de Velázquez. De ser hidalgos, ‘con lustre’, no harían nada, sino vivir de las rentas o propiedades que pudieran tener. Si eran conversos o cristianos nuevos, es probable que se dedicaran a alguna actividad. Su hijo primogénito, Diego, nació el 1599; fue bautizado en la parroquia de San Pedro el 6 de junio, siendo padrino Pablo de Ojeda” - Julián Gállego

Cuatrocientos diez años que nació don Diego. Felicidades querido pintor. Gran genio.
1599-2009

* * * * * * * * *
Du Guesclin nació un 6 de junio. No Bertrand, el general francés, sino Sergio, nuestro general, sevillano, para más señas, que alumbra el camino del conocimiento de esta tierra mariana. Batallador y luchador nato, investigador pasional y arquitecto profesional, historiador vocacional y nazareno de la más bella de Las Angustias.

Felicidades don Sergio, general que nos enseña la Historia de esta bendita ciudad. ¿No sabéis quién es?, quizás ahora sea un buen momento para conocerlo, allí donde sus Sevillanadas son el azote de la ignorancia y la desidia contra el Patrimonio.

martes, 2 de junio de 2009

A day in the life


Cuando la rutina desaparece convertida en trizas por una bofetada que te despierta, que te sumerge en altas dosis de realidad, el aire se vuelve denso y espeso. Casi inexistente. La atmosfera se contrae en un velo grueso que se ciñe a tu rostro sin dejarte respirar, apretando cada vez más, pero sin llegar a ahogarte completamente. Al principio deseas zafarte de esa barrera que te impide respirar, o al menos, que te retrasa la toma de oxígeno necesaria para mantenerse con vida. Te sientes como si practicaras submarinismo, pero sin tubo ni gafas. Una experiencia pueril, recuerdo de nuestra infancia, cargada de un riesgo inexistente. Tu cuerpo ya está mojado. La superficie te besa en el cuello. Sólo la cabeza se resiste, preparada en el exacto momento para retener el aire. El tiempo, aún en el exterior, no se ha sumergido. Aprietas la nariz fuertemente con el pulgar y el nudillo del dedo índice, abres la boca ampliamente y aspiras con fuerza, llenando tus pulmones con una extensa bocanada de aire fresco. Luego llenas tus carrillos sin soltarlo. Estás preparado para la inmersión. Y entonces desciendes hasta las sombras del corazón marino, donde la realidad es más densa, más lenta, más borrosa de contemplar, menos ruidosa, pero no por ello más tranquila. Todo se vuelve extremadamente espeso y pesado. El tiempo pasa más despacio, pero no se puede bucear eternamente con un pulgar y un dedo índice en la nariz. Tocas la arena con la punta de tus dedos, suave alfombra granulada que se deshace en delgados hilos de placentera caricia. La presión aumenta, pero no puedes subir a la superficie porque tienes que mantenerte cerca del suelo. La realidad, en ocasiones, está tan cerca de la tierra, que alejarse de ella sería evadirse de nuestra propia existencia. No sabes cuánto tiempo ha transcurrido, pero empiezas a pensar en el aire. El esfuerzo crece y no paras de bracear con dificultad para mantenerte sumergido, mientras tus pulmones adolecen de un oxígeno que no llega y comienza a desaparecer. Vuelves a tocar la arena y su roce te tranquiliza, pero la calma es finita. Tus ojos observan pasar la vida con parsimonia, pues todo parece fluir lentamente bajo el agua. No hay tiempo real, sólo insinuado, pero necesitas aire. Necesitas volver a la superficie. Evadirte de la realidad profunda. Ya no existe la rutina de un oxígeno al alcance de una respiración pausada y rítmica, solo bocanadas de aire fresco de vez en cuando. Subidas a la superficie para aislarte de esa sima subterránea, donde la penumbra reina en contra de la luz y siembra de desconcierto tu vida diaria. Es la nueva rutina. No puedes más. Los ojos te escuecen y no puedes llorar. No sabes reír y te cuesta trabajo mantenerte sin impulso. La presión en tu pecho crece y la vista se torna en manto oscuro salpicado de puntos brillantes. Exhalas un par de volutas de aire que se transforman en dos enormes burbujas. Aire que se libera convertido en dióxido de carbono. No puedes tragar. Sientes una punzada en la nuca que te atraviesa con un dolor indescriptible y la garganta se pliega sobre sí misma. Todo da vueltas y la angustia aumenta considerablemente. La ansiedad se apodera de tu conciencia, la poca que resiste, y te giras para mirar hacia arriba. Hacia la luz. La superficie. Necesitas subir para respirar y aislarte de esa realidad que tocas con tus manos y se desvanece en el agua, porque abajo no hay aire. Tu sien te martillea, la cabeza te da vueltas, y las piernas comienzan a fallar. Cuando crees que no vas a llegar, el sol baña tu rostro y el agua se escurre por tus mejillas. Has salido al exterior. Fuera de la realidad densa y espesa. ¿Estás soñando?, tal vez sólo se trate de una pesadilla, pero ahora da igual, sólo quieres respirar. Tomar aire. Llenar tus pulmones. Quieres sonreír, y reír, y respirar, y hablar, y chillar, y respirar de nuevo. Pronto habrá que sumergirse otra vez, porque ahora la rutina está en esa penumbra compacta y apelmazada, no lo puedes olvidar, así que es bueno respirar. Así era como se sentía él. Cogió aire y su vista se aclaró antes de volver a lo difuso. Incluso podía escuchar un sonido. Un piano… un toque orquestal. ¿Qué demonios….?, es música.


Entonces apareció en la superficie, y el sol calentaba su cuerpo. Y la arena era sólida y no flotaba en el agua. Sacudió su cabeza se incorporó y observó la costa dorada que se extendía ante su mirada. Excesivamente pequeña. No era una isla, más bien simulaba una roca flotante, a la deriva, como un iceberg sin hielo. Apenas cincuenta o sesenta metros cuadrados en círculo. Arena o piedra, le permitía descansar de su sempiterna inmersión subacuática, mientras aquel respiro de aire fresco le perdurara, o el sueño estallara en veinte mil punzadas de dolor submarino. Pero la música no dejaba de sonar. Un piano y una voz. Aquello no era la realidad, y él lo sabía. La superficie ya no era la rutina, sino algo especial y fuera de lo común. La anormalidad de una locura transitoria que sentaba realmente bien. Algo razonable dentro de una irracionalidad surrealista. Comenzó a rodear la pequeña lengua de arena, y los pasos se iban alargando, y la arena iba creciendo y la tierra se iba ampliando. Había más terreno conforme avanzaba. De un impulso casi innato, sus piernas, entumecidas hace unos segundos por el esfuerzo del buceo diario, empezaron a trotar, y pronto se vio corriendo. Corría con todas sus fuerzas. Abrió los brazos y sintió cómo una brisa tibia secaba su cuerpo empapado de realidad y el sol bañaba su rostro. Sintió ganas de gritar y gritó. Sintió ganas de chillar y chilló. No paró de correr. Cada vez más deprisa. La arena no se acababa y seguía extendiéndose sin descanso. Cuando una punzada cruzó su costado derecho y el corazón palpitaba con fuerza en su pecho, se dejó caer, totalmente agotado, pero sonriendo. Ahora era consciente de que aquel descanso, aquella toma de aire, era diferente de las demás, pues se extendía su periplo en la superficie. Miró al cielo. Un azul diferente. Azul intenso y casi mareante, en una perfección inmaculada, concebida con una tonalidad fija e infinita. No veía nada más, pero sí escuchaba. Música de nuevo. Se incorporó y ya no había arena a su alrededor. Tres mesas unidas preparadas para un festín nocturno. El sol ya dormía en el horizonte y todos le esperaban en la mesa para comenzar la cena en un lugar extraño, allende la ría de Bilbao, cerca del monte Sinaí, donde el carvajo no era un árbol de tronco grueso y grandes ramas tortuosas, sino un bar de veladores con flamenquines muy decentes y mechá muy insolente.


Tomó asiento y observó la compañía de la que gozaba, reunida en una estampa singular, y aunque surrealista, más considerada como temática Pop que del manifiesto de André Breton. Se acordó de Peter Blake y de su portada para el disco de Los Beatles “Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band”. El artista Pop había utilizado un collage impresionante de personajes conocidos, todos apretados, asistiendo a un funeral desconocido. Pero en esta ocasión no existía ningún sepelio, pues lo más luctuoso de los congregados eran algunos matices de negro, como alivio de luto, tal vez, en un ambiente distendido y agradable. Esto era más de lo esperado en una usual bocanada de aire fresco. Se imaginaba al señor Blake y su entonces esposa, Jann Haworth, reunidos más allá, observando la escena para un nuevo collage como la portada del disco de los escarabajos. Allí estaban casi todos, huecos vacíos de ausencia se dejaban sentir, pero la cena colorista se completaba con comensales de la más variopinta locura, a veces necesaria para acudir a la verdad del mundo. Una serie de personajes tras la línea del anonimato, quebrada en aquella isla flotante de asfalto, donde los rostros dejaban atrás una realidad inventada. A la mesa, el Sr. Andreu, que aparcaba un espejismo de seriedad de lo visto y oído para declamar con bromas y buen humor, su verdadera forma de ser. A su lado, su Estrella, que no se llama así, pero posee las virtudes de un astro nocturno, pues brilla, y siempre supone la mitad perfecta a la pieza de su compañero. Juan reía detrás de su barba, alumbrado por una luz de gas eléctrica, y quizás el modelo a seguir por Peter Blake, pues era el único actor, con radio incluida, que comía esa noche. También estaba allí María de las Mercedes, muy guapa, y a pesar de ser Borbón, sin obedecer a las leyes del paso del tiempo, engalanada con bella vestimenta y haciendo halago de su anacronismo favorito. No sería el primero de aquella cena suspendida en la inconsciencia de un día ilógico y predecesor de otro más irracional si cabe. Acompañaba a Su Majestad un Fiscal, pero no de despachos amplios y tribunas de madera que preservan la ley de la justicia… no. Eso no. Otra clase de fiscal, amante de vértebras dorsales y mantos recogidos en la cintura. Más allá, en el vértice opuesto de la mesa donde se sentaba él, un zapatero recortado sobre fondo verde, se abanicaba el calor que se adhería con fuerza a los cuerpos. Y aunque todo pueda indicar que era un insecto, no lo era, pues la ficción a veces juega malas pasadas. Fue así como el Rocío de una mañana valverdeña, aún lejana, se materializó de la mejor forma posible. A su lado, Martín. Martín era sencillamente Martín, y eso era lo más espectacular de aquel niño que no necesitaba máscara, que reía cuando quería y protestaba cuando algo no le gustaba. Quizás fue observando a Martín, sencillamente Martín, cuando se dio cuenta que los adultos habían perdido esa libertad de reír cuando desean y protestar cuando algo no les gusta. La paciencia era la máxima virtud que atesoraban sus padres, dueños del Callejón de los Negros, también presentes, aunque el verdadero propietario era bocina del Cristo de la Sangre. Martín tenía una hermana, que también acudió a la cena, pero ya no era sencillamente una niña, sino una brujita cuyo perfil se recortaba en un fondo rosa chicle. Su nombre sonaba a composición de Serrat, y su cara era tan bonita como la letra de dicha canción. ¿Qué es esto?, se preguntaba. Miró a su siniestra y observó dos ojos azules que le sonreían Por la puerta trasera de una agradable sonrisa. A su diestra, el sarcasmo y la ironía tomaban forma en una Gata de ojos verdes y nombre de capital de imperio, toda una teoría del caos hecha persona. ¿Y él?, ni siquiera se había mirado.


Vestía de negro, pero no era luto. Y respiraba. Tomaba aire en sus pulmones de una forma inusitada. Tranquilamente y deleitándose con cada bocanada, pues no sabía cuando tendría que volver a sumergirse en la realidad. Y si aquello, finalmente, no era más que un sueño, estaba plácidamente despierto en una ficción onírica. Peter Blake no podría haberlos retratado mejor. Se acordaba del pintor inglés pop. O del Pop del pintor inglés. No sabía quién era el Sargento Pimienta. Más tarde llamó alguien, pero no era el sargento, pues resultó ser un general francés, también anacrónico, que no había podido acudir a la cena. De algo estaba seguro, y es que después de sobrevivir a la última inmersión, él no era aquel sargento que buscaba en los demás. Aunque tampoco creía que ellos fueran los integrantes de la banda del club de corazones solitarios. Todos eran buenas personas, de buen humor, mejor carácter y agradable compañía. Todo era muy divertido y tenía ganas de reír. Él, que en ocasiones se olvidaba de lo que era eso. Entonces cayó en la cuenta… Blake no podría haberlos retratado, por mucho que aquella escena le recordara la portada del disco de Los Beatles. El artista del Pop Art pretendía una protesta inusitada de la realidad de su tiempo. Una verdad oculta por la banalización de lo importante y la elevación sagrada de lo superficial. En los altares estaban la fama, el dinero, las imágenes comerciales, la parte individual de una sociedad inundada por nuevos iconos célebres que ocultaban todo lo anterior. La realidad de los sesenta se convierte en un collage que superpone los nuevos clichés, anónimos algunos, otros famosos personajes que encarnan los modelos que la sociedad pretende seguir, en una constante adoración. Detrás de esa superposición de planos quedan los verdaderos modelos de la vida, los sueños, las esperanzas, las metas, los trabajos, abandonados a favor de una ideología de estrellato contemporáneo, nueva e innovadora, frente al viejo pensamiento desligado de una exitosa realidad de fama efímera. No. Nada de lo que allí se contemplaba tenía que ver con eso. En aquella cena tan real como la fiesta de no-cumpleaños de Alicia, y tan ficticia como el montadito de mechá sin sabor, había gente que no ha perdido sus valores. Las máscaras cayeron sin necesidad de soltar amarres. Y la memoria ya no incluía el esfuerzo de respirar. El ritmo se adaptó perfectamente a la existencia onírica, si realmente era un sueño. Tal vez ni él mismo se había dado cuenta.


Lo de Bohemia fue un insulto. Allí se acabo la noche. Murió el día sin necesidad de que comenzase otro y un escalofrío le recorrió su cuerpo. Si se marchaba y volvía a dormir, tal vez despertaría en su otrora pesadilla de rutina. Tenía que mantenerse despierto. O soñando en esa superficie móvil que había encontrado. Ese pedrusco donde naufragó llevado por la marea, cuyo perfil cambiaba vertiginosamente y le ofrecía oxígeno gratis. ¡Gratis!. A veces un pensamiento horrible cruzaba por su cabeza. La comercialización de oxígeno a precio exagerado le causaba pavor. Y el caso es que sabía, porque no se le olvidaba, que adolecería aquel aire cuando tuviera que volver a sumergirse. Inmersión inmediata cuando sus ojos se cerraran para abrirlos bajo el agua. Pero ahora estaba en Bohemia, un insulto cuando la Rapsodia era sustituida por el zumo de mambo, perfecto para encender los motores de una brasileña que bailaba a ritmo desbocado. El resto fue breve. Y la arena cayó tan rápido del reloj como el agua desciende por una cascada. Agua… eso le recordó su inmersión. Se agobió y decidió no dormir. Diáspora de comensales. Como si de un espejismo se tratara, se desvanecieron los protagonistas de la cena. Estaba sólo otra vez, seguía sonando música, aunque no la reconocía, pero la isla permanecía a flote y él había decidido no dormir.


Sin saber cómo el tiempo avanzó, y sin estar dormido pero tampoco despierto, observó a la Esperanza. Y de eso sí se acordó. De su figura perfilada en el azul del cielo. De su tez morena. De su contoneo. Por eso quizás flotaba y oscilaba entre el ensueño etéreo y la realidad que estrechaba su isla. Pero estaba cansado. Agotado. Y tenía miedo. Un miedo indescriptible. Un pánico que había vivido anteriormente y que ahora volvía con una normalidad extrema, como si estuviera todo preparado para esa vuelta. Una preocupación le angustiaba y le rodeaba el cuello en un esbozo de llanto. La realidad, o tal vez aquel sueño que comenzaba a desvanecerse, estaba desvirtuado. Las imágenes aparecían a través de un cristal esmerilado. No supo nada más, pero tampoco se acordaba de cómo había llegado hasta allí. Sin saberlo volvía a tener el agua al cuello. Sintió que sus piernas le pesaban como dos barras de plomo. Intentaba mantenerse a flote. El final de nuevo. Otra vez a coger aire. No era rutina el aire que respiraba, sino pura y dura exclusividad, alcanzada sin esperarlo y arrebatada de la misma forma. ¿Había sido un sueño y acababa de despertarse o era ahora cuando cerraba los ojos para volver a tener una pesadilla prolongada?. No lo sabía, ni tenía mucho tiempo para pensarlo. Miró a su alrededor. Agua. Sólo una superficie dúctil y blanda, decidida a tragársele. La música que le había acompañado durante aquel día largo, o quizás doble jornada, se perdía en el aire. Ese ansiado aire. Entonces apretó su nariz con el pulgar y el nudillo del índice, cogió una bocanada de oxígeno y se dejó lastrar por la atracción de la realidad. Cuando llegó al fondo abrió los ojos. Borrosidad de nuevo. Todo atrapado en aquel mundo lento de visión turbia e imprecisa. Tocó la arena, como siempre hacía, deslizándola entre sus dedos. Y fue cuando sacó algo. Se le escaparon dos grandes burbujas de la sorpresa. Las lágrimas son más saladas cuando la amargura es mayor. Lloró y el agua se volvió dulce comparada con aquel llanto. Sostenía entre sus manos el escudo de su equipo. En lo más profundo. En la penumbra. ¿Era un sueño?, no. Era la realidad convertida en pesadilla. La música traspasó la densidad del agua. I’d love to turn you on¿entusiasmarme? Pensó. Y los recuerdos acudieron. ¡Ya está!, aquella canción de Los Beatles. El sargento Pimienta. La cena con aquellos personajes tan amables. Y su equipo. Bajo el agua, con los carrillos inflados y la visión entumecida, supo que estaría con su equipo en el hundimiento y cuando volviera a la superficie. Ahora y siempre. Me encantaría entusiasmarte




viernes, 22 de mayo de 2009

F.C. Barcelona-Manchester U.

Será en Roma, cuna del Arte y ciudad de memoria tallada en piedra, donde el vencedor podrá dejar impreso su nombre en la Historia del Fútbol. Tal vez la igualdad de la contienda tenga a bien ofrecernos un buen espectáculo. Puede que la arena del Coliseo contagie a los dos equipos y los sumerja en una batalla encarnizada por demostrar cuál de los dos grupos de jugadores es mejor. Veintidós hombres. Un balón. Dos aficiones. Un espectáculo. Y millones de ganadores. Todos los que disfrutarán: los amantes del fútbol, incluso los que no son tan devotos de este deporte.

Será en Roma, la Ciudad Eterna, donde se decida el vencedor de este duelo de titanes y la Liga de Campeones de 2009 tenga su dueño. ¿Hay mejor urbe que Roma para coronar al campeón de Europa?, ¿acaso no fue en esta ciudad donde surge la idea de unificar el continente en uno?, quizás las formas no fueran las más idóneas, utilizando la fuerza combativa y el ejército romano, pero finalmente consiguieron la unidad deseada. De igual manera, los dos equipos no escatimarán en esfuerzo para hacerse con el deseado trofeo y pondrán toda la carne en el asador, lo que asegura un extraordinario espectáculo. Una final de nivel desbordante que promete un duelo vibrante entre los dos mejores equipos de Europa, y no sólo por haber llegado a la final, sino por su juego rápido, claro y de tiralíneas. Un planteamiento ganador que les ha hecho vencedores de sus respectivas ligas. Jugadores dotados de desborde personal e individualidades capaces de ganar un partido por sí solos, completarán la función. Romper las barreras de los récords será otro de los aspectos a los que tendremos que prestar atención durante tan esperado encuentro.



Capaces de enamorar con su fútbol de toque, precisión y capacidad goleadora, ambos equipos tienen la habilidad de hacerse gustar. Todo aquel que los haya visto jugar en los últimos encuentros, le guste el deporte rey o no, habrá sucumbido al espectáculo, porque no es otra cosa, es un bello teatro de balón, perfectamente orquestado, que augura un partidazo el miércoles 27 de mayo. Para el Manchester United, la victoria supondría el doblete, junto con la Premier League, pero para el Fútbol Club Barcelona el efecto sería mayor: la conquista de una superación que le llevaría a batir todas las marcas registradas, con un triplete que incluiría Liga, Copa del Rey y el título en cuestión. Pero… ¿cuál de los dos equipos vencerá el miércoles?, ¿conseguirá el Manchester el doblete o el Barcelona el triplete?, ¿quién, a juicio de vosotros, tiene mejor plantilla?, ¿quién juega mejor?, ¿quién se lo merece más?, preguntas todas que podéis responder mientras saciáis vuestra sed.


Como en aquella ocasión, hace un año, vuelvo a proponeros una porra. Transformo este rincón donde se ofrece agua a todo aquel que quiera refrescarse y traigo varias mesas de madera. Se podrá apostar, aunque no con dados ni encuadernadas marcadas. Cada uno podrá decidir un resultado exacto y sólo se podrá repetir en una ocasión, es decir, sólo coincidirán dos marcadores iguales. Los empates también sirven, pues el marcador que salga ganador será el que llegue hasta el final de los noventa minutos, sin incluir los goles de la prórroga o la tanda de penaltis finales. El ganador de dicha porra tendrá la opción de elegir una Obra de Arte, sobre la que realizaré una entrada en su honor. Animaos y participad…

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NOTA POST-PARTIDO

F.C. Barcelona 2 - 0 Manchester United
Se consiguió el triplete
Ganador de la porra: Juanma

¡Enhorabuena!
Y gracias a todos por participar

viernes, 15 de mayo de 2009

Pasatiempo

A continuación os propongo un pasatiempo:
Descubre las diferencias y rodéalas con un círculo


Quizás sea difícil, pues las diferencias no siempre aparecen exteriormente. O tal vez no las haya. En cierto modo me recuerda al siguiente vídeo, donde una misma imagen puede ser vista de forma muy distina, aunque pueda parecer que nada haya cambiado de una a otra.



¿Hay diferencias de la temporada pasada a ésta?, ¿cuál es el locutor que os gusta más del vídeo?, ¿ganará el Real Betis al Almería?, ¿hay diferencia de esta temporada a las tres anteriores?, ¿os gusta la jugada del vídeo?, ¿bajará el Real Betis a Segunda División?, ¿qué pasará el año que viene?, quizás vuesas mercedes puedan ayudarme con estas dudas existenciales. Os vertiré agua fresca mientras opináis...

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(Nota del domingo 17 de mayo)
Real Betis 2-0 Almería
¿salvados?

domingo, 10 de mayo de 2009

Victoria

Decía Gustav Klimt “el que quiera saber algo sobre mí deberá observar detenidamente mis cuadros”. No se equivocaba el genial pintor de Viena, y tal vez la mejor forma de conocer a alguien sea a través de aquellas obras de Arte que le apasionan o le sorprenden. A veces no somos nosotros los que elegimos una representación artística, sino que es ella la que atrapa a sus espectadores. Los absorbe y los transporta a un punto onírico, dentro de una línea transgresora entre la realidad física y los deseos espirituales. Una elevación del alma suspendida en lo etéreo, donde el significado y el simbolismo juegan un papel tan importante, como incomprensible para la lógica y la razón. Sin saber porqué, eliges una obra de Arte porque la sientes, pero también ella te atrapa a ti. Es cuasi un paseo sin explicación, y tampoco es preciso que sea comprensible. Sencillamente es necesario dejarse llevar, volar y fluir a través del mensaje que nos expresa y que nos transmite. Puede que la clave esté en todas esas sensaciones que nos hacen estremecernos ante un edificio, una escultura, una pintura o un objeto que posean las características necesarias para ser Arte. Esa obra que clasificas entre tus favoritas, te engancha y te sugestiona la primera vez que la ves. Se crea un viaje astral que nos separa de todo lo físico que conocemos. Nuestra mente y conciencia se traslada en un camino espiritual atravesando campos de emociones que sólo experimentamos con la visualización y el contacto directo con esa obra. Podemos viajar al futuro y al pasado con la simple contemplación de la sensibilidad artística. Es entonces cuando se crean unos lazos inseparables. Puede que estos síntomas estén englobados en lo que Henri Beyle llamó “Síndrome de Stendhal”, y que él mismo sufrió al llegar a Florencia, pero yo voy más allá de lo puramente físico. No estoy hablando de mareos ni de asfixia, sino de algo mucho más trascendental. Pongamos un ejemplo de lo anteriormente citado. Tengo una amiga cuyas obras de Arte preferidas son Las Pirámides de Gizeh, Abu-Simbel, el “David” de Miguel Ángel y “Las Meninas” de don Diego. A través de las diferentes representaciones artísticas elegidas por ella podemos averiguar, como decía Klimt, algo sobre su forma de ser.


Las Pirámides de Gizeh y el Templo de Abu-Simbel son dos ejemplos claros del Arte Egipcio, pero siempre han estado muy relacionados con el esoterismo y el misterio. Los egipcios poseían características sorprendentes que podían ser claramente señaladas como producto de una respuesta sobrenatural. ¿Qué tienen las Pirámides de Gizeh que tanta curiosidad despierta en muchos de nosotros?, es un símbolo ascensional. A través de la pirámide, y más en Egipto cuya finalidad era mortuoria, el alma del difunto asciende al cielo. También se relaciona con Ra, dios del Sol. El Astro Rey da luz, y la luz es conocimiento. La sabiduría se convierte aquí en el motivo de existencia. La razón es la luz. Y no hay que descartar su relación directa con los masones, como dijo M. Saunier “es el símbolo supremo de toda iniciación, edificado según los designios del Gran Arquitecto del Universo, que es la Vida”. Las Pirámides de Gizeh fueron construidas hacia el 2585-2511 a.C. y corresponden a la IV Dinastía, en relación con los faraones Keops, Kefren y Mikerinos. Teorías y estudios han querido ajustarlas a unas coordenadas coincidentes con la astrología y la astronomía, dentro de unas especificaciones particulares. Desde su creación, las pirámides se convertirían en un sello característico de Egipto. Abu-Simbel es diferente. Es un templo cargado de vida donde el silencio y la calma invitan a lo contrario. Formado por dos conjuntos que se complementan, constituye una verdadera obra, culminación del Arte Egipcio. Realizado hacia 1260 a.C. su fachada nos invita a reflexionar sobre la grandeza del faraón y la insignificancia del visitante, del ser humano junto a la divinidad, que se adentra y sumerge en un mundo de pomposidad, todo ello bajo la tutela de los dioses y el propio faraón divinizado. En la profundidad de su corredor principal, se sitúa el conjunto de esculturas formado por Ptah, Amón-Ra, Ra-Harakhte y Ramsés II, dentro de una penumbra que se rompe dos veces al año, el 20 de octubre y el 20 de febrero, cuando el equinoccio hace presencia y la luz lo llena todo. Es un templo donde parece que no hay vida, pero estaba diseñado para que rebosara vitalidad. Se puede presentir la luz que recibe. Debido a su traslado entre 1964 y 1968, por la construcción del lago Nasser y su inundación, perdió la armonía que poseía. Un conjunto que integraba su monumentalidad y bella perfección con la sutileza de su alrededor, haciendo del paisaje su mejor aliado. Actualmente, este último detalle se ha perdido.


Cuando Miguel Ángel realiza el “David”, rompe con todas las representaciones anteriores. Nada se le iguala. Haciendo un alarde de técnica y rebosando genialidad pese a su juventud, el magnífico escultor tuvo que hacer la figura del rey de Israel partiendo de un bloque ya trabajado por Agostino di Duccio, sin mucho éxito. Por este motivo, si de algo adolece dicha escultura, es de falta de profundidad. Sin embargo, el resultado fue una impresionante obra de cuatro metros de alto, un colosalismo que iniciaría una revolución estética y técnica en el Cinquecento. Pero Miguel Ángel no sólo modificó las medidas y mejoró la técnica ya existente, además aportó algo que no había anteriormente. Una visión completamente diferente del tema tratado. Se abandona ese aire infantil, esa inocencia propia de lo pueril que rebosan las representaciones anteriores de David. El genial escultor difumina el pasado y lo transforma en un ejemplo de belleza sin parangón. Evade los escrúpulos y las pantomimas eclesiásticas sobre la desnudez y representa la belleza del cuerpo humano. Atraviesa con su veraz imagen y la naturalidad de las formas todo el recato que emana de la Iglesia y lo relaciona directamente con el espíritu humano. A Buonarroti no le importan las lenguas viperinas e hipócritas que pueden desprenderse en forma de críticas venenosas contra su escultura. Miguel Ángel es un creyente acérrimo. Tiene fe y se demuestra en aquellas poesías que dejó escritas, pero él la entiende de otra forma. Cree en la belleza como camino para llegar a Dios. Alcanzar el cielo por la contemplación de la exultante hermosura, pero la belleza tiene el peligro pecaminoso de caer en el Amor. Este camino dual, espinoso, que lo describe como abrasador y, en realidad, contradictorio incluso para él mismo, lo atormentará durante toda su vida. Este punto dubitativo de existencia moral lo narrará a la perfección en una frase mítica: “…Ama, abrásate, pues todo mortal no tendrá otras alas para llegar al cielo”. La belleza humana, para el magnífico creador de la Toscana, es piadosa porque imita la belleza divina, y ésta se puede representar desnuda. El resto aparece en la mirada de David, donde se puede apreciar el cambio. No es un hombre vencedor, pues aún no ha hecho nada, pero está seguro de sí mismo. Hay una presencia celestial y humana a la misma vez. Miguel Ángel esculpió el espíritu humano en consonancia con la belleza divina.


Don Diego es punto y aparte. Es la dulzura hecha pintura. La genialidad expuesta en un lienzo. Lo sublime al óleo. La delicadeza y la sutilidad de lo magnífico representado con una técnica exquisita y deliciosa. Quizás sean “Las Meninas” un mal ejemplo para encontrar los posibles errores que cometiera don Diego en su carrera, pues esta obra posee una espléndida composición que ha supuesto un paradigma en la Historia del Arte. El excelso pintor alcanza aquí el límite de la perfección y palpa toda su capacidad, en un cuadro que se sitúa en las postrimerías de su carrera y, por consiguiente, de su propia vida. La relación entre la naturalidad, la realidad, y los estudios y reflexiones que le han aportado unos conocimientos técnicos sorprendentes, se ven reflejados en esta obra. Su Arte, si alguna vez no fue maduro, aquí lo es en su completa plenitud. No abandona la interpretación humana, la representación del espíritu interno y de la persona que pinta. Es decir, no ha dejado de inmortalizar sólo la figura de los personajes, sino su propio mundo interior. Don Diego demuestra en este lienzo que la culminación de su obra coincide con el último suspiro de su vida. Dicen que la perfección no existe, pero si alguien tuvo la oportunidad de acariciarla, ese era el admirable y grandioso pintor sevillano. También conocida como “La Familia de Felipe IV”, no ha dejado de levantar dudas sobre el tema representado, así como el misterio que suscita al introducir al espectador en una creación magnífica, donde la realidad es la protagonista. ¿Qué pinta don Diego en su lienzo?. Es un cuadro dentro de otro cuadro. Considerada obra clave en la Historia de la Pintura Universal, Lucas Jordán, pintor barroco de la corte española, opinó al contemplarla por primera vez “ésta es la Teología de la Pintura”, y Carl Justi no pudo expresar de forma más clara lo que sintió al verla, “no hay cuadro que nos haga olvidar éste”.


Ya lo dijo Klimt, “el que quiera saber algo sobre mí deberá observar detenidamente mis cuadros”. No sólo tenemos un cuadro, también una escultura y dos edificios de la Historia del Arte para conocer a través de ellos algo sobre mi amiga y su forma de ser. Ella es diferente. Es capaz de romper los esquemas y convertirse en aquella figura destacada de las demás sin pretenderlo, y eso es lo mágico de su maravillosa forma de ser. En cierto modo, también le tiene que gustar el templo de Atenea Niké de la Acrópolis de Atenas, pues en dicha obra aparece un friso en relieve cargado de una representación en serie de la Victoria. Todas aladas y dispuestas de la misma manera, excepto una. Una de ellas se para deliciosamente a ajustarse la sandalia. Es precisamente esa Victoria la que hace grande el conjunto. La que armoniza y equilibra todo el relieve dotándolo de un aire especial, de un detalle que asombra y llama la atención. Algo tan natural y sencillo como el gesto representado, hace que esa Victoria esté fuera de lo común. La que destaca de todas las demás sin pretenderlo. Ésa es mi amiga, la que rompe los moldes de la normalidad y se convierte en la representación humana de algo que parecía extinto: la nobleza y la bondad. Por eso puede que le guste el “David” de Miguel Ángel, o quizás por ese motivo la escultura la ha elegido a ella. La obra de Arte, a veces, es la que consigue retenerte, la que te selecciona como su espectador. El “David” del genio Buonarroti destaca por romper con todas las representaciones anteriores del mismo personaje. A mi amiga le ocurre lo mismo. Cuando la conoces, quedas atrapado por ese ramillete de virtudes que creías habían desaparecido en la picardía del mundo, muertas por el egoísmo creciente de una humanidad en la que la bondad se paga a precio de oro, sin saber el rico que ni el más poderoso caballero puede con ella. Un mundo en que la nobleza se traiciona asaeteándola por la espalda, pero que ella se encarga de elevar y ondearla al viento, y lo mejor, siempre inconscientemente, como debe ser. Cuando contemplas la belleza del “David”, te das cuenta que la perfección no existe por muy poco, y que realmente sobra lo demás. No hay visión para otra cosa. La naturalidad de su desnudo es la mejor forma de relacionar el espíritu del Arte con la hermosura sin ambages. ¿Por qué no dejarse atrapar por lo bello?, y era entonces cuando Miguel Ángel hablaba del Amor y la forma de abrasar que tenía este sentimiento. A mi amiga le gustan las rosas rojas. La belleza de la rosa roja siempre ha estado relacionada con el Amor, y quizás tenga una conexión casi directa con la obra del escultor toscano. Belleza y Amor. Mi amiga, al igual que cuando uno se deja atrapar por la perfección equilibrada y la extraordinaria composición del David, cuando mira una rosa, nunca ve las espinas. Puede que la bondad pura, aquello que creemos se ha perdido, resida en ella de tal manera que sólo puede ver lo bueno. No hay nada más. Sencillamente es así de simple. Lo bueno. Y así de difícil.


Ella es un misterio. Descubrir su forma de ser y navegar por sus conversaciones, es como un viaje astral cargado de elementos esotéricos. Y eso le encanta. Los enigmas siempre han sido una obsesión para ella. El halo de lo desconocido y todos los secretos que nos depara el destino, y el propio pasado, han supuesto una fuente de conocimiento que germina en su interior como si de una planta llena de sabiduría se tratara. Por eso las Pirámides de Gizeh y Abu-Simbel, repletos de preguntas sin contestar, la atraparon en uno de sus viajes. El brillo de la curiosidad y los arcanos, encerrados en previsiones futuras de cartón y bolas de cristal desvirtuado. Y puede que también la atrapara esa luz. Esa misma luz, tan presente y relacionada con el Sol y el dios Ra en Egipto, que terminaría siendo la culpable de su inteligencia. Portadora de conversaciones fascinantes, nunca dejas de aprender con ella, y te aportará siempre algo. Opiniones sinceras y valiosos puntos de vista. Y no por ello deja de ser prudente. Esa prudencia que se vislumbra en el rostro vencedor, pero cauto, del “David”. Y es que mi amiga puede conseguir todo lo que se proponga. David no sabía que era imposible derrotar a Goliat, por eso lo consiguió. Ella no sabe que es extraordinaria, en todas las acepciones de la palabra, de hecho lo niega rotundamente, por eso lo es. Y además me da la oportunidad de decírselo cada vez que la veo. Por muchas veces que veamos “Las Meninas”, jamás nos cansaremos de decir que es un cuadro maravilloso. Extraordinario.


¿Y no hay dulzura en un cuadro de don Diego?, ¿algo más humanamente representado que los retratos del genio sevillano?, ¿la nobleza exultante de un pintor que siempre apoyó a Felipe IV por su amistad antes que por ser el monarca?, pues quizás este sea un ejemplo claro del porqué en la elección de este lienzo. Mi amiga es un espejo donde mirarse, como el mismo que don Diego utiliza en el salón del Alcázar del rey. Representa la nobleza, pero es tan humilde como la cruz de la orden de Santiago, que fue pintada después. Con su genio, fuerte cuando hace falta sacarlo, como se destila de la mirada de David. Pero si hay algo que caracteriza a esta escultura y a “Las Meninas”, es su carácter extraordinario, excelente. Esa puede ser la mayor cualidad de mi amiga, que es excelente.


Y es que mi amiga te sorprende, como la “Victoria de Samotracia” sorprende al visitante del Louvre desplegando sus alas en aquella hermosa escalera. Las mismas alas que suelen tener los ángeles de la guarda, como ella. Fuente de misterio y esoterismo agrupado en una pirámide de buenos consejos. Tan transparente como una Bola de Cristal, reservada para los mejores augurios. Cuartillas de cartón para averiguar el futuro escrito en la telepatía de mundos personales. Un paseo nocturno por las calles medievales de una ciudad mariana. La dulzura de una tarta de queso bañada con frambuesa a la orilla de un jardín zen. Amante de los viajes, físicos o psíquicos, que nos depara la vida. La Historia Interminable de una ilusión que no pierde. Una ilusión que transmite y contagia. Una ilusión que te hace levitar espiritualmente, que te transporta a ese mundo del que nunca debemos salir completamente, donde los sueños son posibles y el vértigo te hace sonreír. El café de un domingo por la tarde. El equilibrio y la armonía de un serranito de pollo. La excursión al corazón de la naturaleza más humana. Lámpara de sal que limpia de negatividad a todo el que la rodea. Un tesoro digno de descubrir. La libertad del tiempo y sus cadenas. La que siempre está ahí. La sorpresa de una boca muda que responde a un oído sordo. La risa sincera. Abanderada del honor y la moral. Una mano que te aúpa y un hombro donde apoyarte. Capaz de darlo todo por nada. La sensibilidad a flor de piel. La mejor compañía que se puede tener. El mejor consejo que se puede seguir. La sonrisa de la amistad. La prueba de que la bondad y la nobleza no se han extinguido: mi amiga Victoria.

Puede que, después de este análisis entre el Arte y las personas, en el cual hemos podido comprobar la relación directa entre las diferentes representaciones artísticas y sus espectadores favoritos, nos surja la duda de quién hace realmente la elección, si el individuo… o la obra de Arte. Si tenéis la oportunidad de comprobarlo directamente, puede que lo sepáis.

Y a vuesas mercedes... ¿cuales son las obras de Arte que os atraparon?, ¿conocéis a mi amiga Victoria?, ¿cual es la pintura, la escultura y el edificio artístico que os enamoró?, ¿os sentis relacionados con ellas?...ya hace calor. Echaos un trago.

Para mi amiga Victoria, poseedora de todas las virtudes expuestas anteriormente…

martes, 5 de mayo de 2009

Lección de Conan

De la aventura "La búsqueda de la Corona Cobra"


Corresponde al ejemplar americano "The Savage Sword of Conan 41"
Guión: Roy Thomas / Dibujo: John Buscema y Tony DeZuñiga


- y le llaman bárbaro -

sábado, 2 de mayo de 2009

Ellas

“Madre: la palabra más bella pronunciada por el ser humano” - Kahil Gibran

Tras el coro inicial de Bohemian Rhapsody, la primera palabra que pronuncia Freddie Mercury es “mamá”. Es una confesión envuelta en un halo de tragedia y tristeza. El personaje necesita contárselo a alguien importante, desahogarse y manifestar su dolor, sus dudas y su miedo, sobre todo, ese miedo que destila el mensaje envuelto en la canción de Queen. Es por este motivo que la primera frase va dirigida a su madre: “Mamá, maté a un hombre”. Y si lo pensamos detenidamente, una revelación de tal magnitud se relaciona directamente con una madre, la figura en la que volcamos toda nuestra confianza y de la que recibimos ese Amor incondicional. Pase lo que pase.


Picasso

Las madres poseen una capacidad innata que suele estar infravalorada. Más de un sexto sentido, como en muchas ocasiones se han encargado de hacernos saber. Cuando Napoleón cayó en Waterloo fue, en su mayor parte, por la debilidad que adolecían sus tropas al tener que dividirse en varios frentes. La fragmentación de soldados hizo que las fuerzas de las tropas se mermaran y quedaran expuestas a su rotura en un ataque de grandes dimensiones. Demasiadas batallas para el ejército del emperador francés. Sin embargo, nuestras madres son capaces de llevar varias ‘guerras’ por delante sin detenerse y, lo más increíble, superarlas con éxito, arrojo, fuerza, una muestra sorprendente de coraje y valor. Son así, capaces de abordar todas las murallas y superar los obstáculos con una resolución admirable. Y muy a tener en cuenta. A veces pienso que nuestras madres están infravaloradas, pues poseen la inmensa virtud de abarcar no solamente lo que está en su mano, sino mucho más. Si ellas hubieran combatido junto a Napoleón, probablemente Francia tendría actualmente unas fronteras mucho más amplias. No se detienen ante nada y consiguen superarse de forma magistral. Son joyas sin tallar. Esas bellas piedras pulimentadas que aparecen en el corazón de la naturaleza y poseen un valor incalculable, pues aún no están modificadas por el humano.


De Chirico

Las madres tienen el don de la ubicuidad. Cuando parece que no van a poder con nada más, lo consiguen. Están pendientes de todo y te aportan ese dato que no recuerdas, ese detalle que se te olvidaba, el bocadillo para que no pases hambre, la advertencia irónica, la chaqueta para abrigarte, el hombro para que llores, la riña que te hace abrir los ojos, el remiendo de tu corazón, el grito desesperado, el regalo inesperado, la caricia para que te pongas bueno, el dardito de un aviso, el beso de buenas noches, la palmera de chocolate, el mejor consejo, tu comida favorita, tus dos horas de digestión, el abrazo de siempre… el Amor de una madre. Y es que ellas llevan nuestra casa, en ocasiones nuestro trabajo, su trabajo, nuestro médico, el médico del abuelo, el médico de la abuela, su médico, la compra, nuestra comida, la comida del abuelo, la comida de la abuela, su comida, y cariño y besos para todos. Son geniales. Mil cosas para dos manos y un solo cuerpo. Cada vez estoy más seguro: Napoleón hubiera ganado. Por eso hoy, día de la Madre, quiero hacerles este pequeño homenaje, muy lejano a lo que realmente se merecen. No, no me he equivocado. Hoy es el día de la Madre. Y ayer. Y antes de ayer. Y el otro. Y lo será mañana. Y pasado mañana. Y todos los días, porque es así como debe de ser.


Dalí

Algunos artistas retrataron a su madre y la inmortalizaron en sus lienzos para siempre. La convirtieron en Arte y la dotaron de la vida eterna con el recuerdo incombustible de contemplar su figura procedente de los pinceles de su hijo. Así fue como De Chirico, antes de su Metafísica, captó la serenidad de su madre con un dibujo marcado y unas líneas perfectamente perfiladas. Picasso, antes de fragmentar la realidad en la geometría de cubos irregulares, se dejó imbuir por el Realismo, y prueba de su paso por este estilo, es la representación de su madre, pensativa, mirando hacia abajo, recuerdo imperecedero de aquella mujer que le dio la oportunidad de vivir. Vincent siempre aporta un toque mágico. Un toque de viveza colorista que acentúa con la textura de su paleta. Trazos gruesos y luminosos que llenan de vida el retrato. Su madre aparece con un gesto amable y simpático. Se deja intuir el movimiento que con el tiempo adquirirá la pintura de Van Gogh. Y dentro del Postimpresionismo se podría encuadrar el lienzo de Salvador Dalí que capta la figura pensativa de su madre, doña Felipa Dome Domenech de Dalí. Todos estos artistas, y muchos más, quisieron dejar plasmada la imagen de su madre para siempre, otorgándole ese matiz de universal y eternidad. No es de extrañar, porque las madres siempre estarán ahí. Pase lo que pase, una madre siempre responde por su hijo y lo apoya. Ni veinte mil soldados de un tercio de Flandes del siglo XVII podrían con una madre que protege a sus hijos. No hay mayor valor ni mayor coraje. Hasta el final.


Van Gogh

Renoir realizó una obra de características maternales, pero no era su madre. Era su mujer. Quizás los pintores se decidieran a inmortalizar a sus madres porque, de una forma u otra, la madre de cada uno de ellos era la mujer de su vida. Y puede que este sencillo trazo aderezado con tintes pasionales no esté alejado de la realidad. Pero Renoir, al pintar a su mujer, dota al retrato de ese otro punto de vista. En los anteriores, el Amor que sienten sus autores por la persona que les dio la vida se hace notar. Incluso se palpa en algunos casos, como demuestra Van Gogh. Renoir vio la maternidad y el Amor de la madre en su mujer. Y es que la mujer es la única capaz de dar vida, de sentir con una sensibilidad y unas emociones que están al alcance de muy pocos. Y ese Amor, tan destacado en algunos casos, pasa desapercibido para muchas personas, cuando nunca debemos olvidar que una madre siempre estará ahí.


Renoir

Para nuestras madres siempre seremos sus niños. No hay distinción de crecimiento, pues ellas siempre darán su Amor de la misma forma, aunque diversificando los diferentes estratos del momento. Tal vez por eso los artistas la plasmaron en diferentes momentos de sus vidas. Y esta representación artística no es de extrañar, pues las madres son un estilo independiente de todo lo demás. Aportan su propia idiosincrasia y poseen unas normas y leyes comunes, atadas en su subconsciente por un filo y delgado hilo conductor que las une a todas en un marcado patrón. Hay frases universales que nuestras madres se han encargado de escribir con letras de fuego en el memorial de nuestra infancia, madurez y siguientes estados del ser humano. Quien no ha escuchado alguna vez un “¿qué pasa, que tengo que ir yo?” cuando no encuentras lo que buscas y ya le has preguntado a tu madre varias veces. La permisividad y la ayuda gratuita con su “venga anda, vete que ya lo hago yo”, o el contrapuesto, cuando algo no sale y ella te suelta un “¡ave trae!”. Consejos sabios que no siempre seguimos, como el clásico “abrígate que va a hacer frío”, a lo que tú te niegas, apoyado en ese calor que te puede en esos momentos, ella contesta “luego te acordarás de mí”, y a la vuelta, arrecio y helado por el inesperado aire gélido que tu madre parecía intuir, te espeta una de sus preferidas e inevitables frases: “te lo dije”. Ellas nos recuerdan las cosas (“¿lo llevas todo?”), nos insinúan nuestro futuro (“cuando tengas tus hijos, lo comprenderás”), y cuando no estamos de acuerdo, nos dan la libertad necesaria (“bueno… haz lo que quieras. Tú verás”). Por eso queremos a nuestra madre. Por eso es tan especial. Por eso y por tantas cosas que dejan de ser universales para convertirse en otros detalles que sólo nos atañen a nosotros, secretos de madres a hijos, secretos que todos guardamos, en nuestra intimidad.

Y a vuesas mercedes… ¿qué retrato os gusta más?, ¿qué frases son típicas de madre?

Para mi madre especialmente (con permiso de mi padre, otro genio del que ya hablaré en su momento), y para todas las madres del mundo, verdaderas guerreras de la vida, que celebraron su día ayer, antes de ayer, la semana pasada, hoy, lo celebrarán mañana, pasado mañana, el mes que viene y siempre…