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lunes, 23 de noviembre de 2009

Cello

Una vez llegó un hombre a El Torino hablando de una mujer, el alma y el aire. Ese día, la barra lucía las manchas del viernes y la conciencia se quedaba pegada a la comisura de los labios de la bella Inés, que cantaba al otro lado del velo de alquitrán. Aquel tipo se dejó caer por el gaznate de las escaleras del bar pasada la media noche de los noctámbulos, y me pareció un espíritu consumido por la oscilante luz de la bohemia. Puso su sombra a remojar en una ginebra sin tónica y dejó crecer sus palabras con el humo de su cigarrillo. Recuerdo su mirada, desgastada de tanto usarla, pero pulida con un exquisito brillo de vida. Comenzó a recitar una poesía como presentación mientras su aliento tallaba el aire de volutas grises:

El alma es igual que el aire.
Con la luz se hace invisible,
perdiendo su honda negrura.
Sólo en las profundas noches
son visibles alma y aire.
Sólo en las noches profundas.
Que se ennegrezca tu alma,
pues quieren verla mis ojos.
Oscurece tu alma pura.
Déjame que sea tu noche,
que enturbia tu transparencia.
¡Déjame ver tu hermosura!

Una poesía al trasluz del aliento denso del bar era igual de chirriante que un vaso limpio tras la barra. Dejó que el ambiente viciado de El Torino secara mi impresión húmeda de ron y dijo el nombre de su autor. Manuel Altolaguirre. No acerté a decir nada más ingenioso que un sonoro silencio, adornado con la sonrisa sincera que guardo para los encuentros familiares. Era uno de esos hombres anacrónicos, sacados de una novela negra de viñetas monocromas. Me lanzó una pregunta cuando estaba leyendo las arrugas de sus ojos. ¿Has tocado alguna vez un cello? La respuesta negativa de mi cabeza le abofeteó media sonrisa seca en su cara. A veces la vida te da la oportunidad de conocer historias que cambian la tuya. A veces la vida te da la oportunidad de emborracharte de un alcohol diferente al etílico y puedes degustar vicios ajenos. Me dijo que había visto una mujer que era un cello. Me habló del sonido eterno de ese instrumento, de su esencia y de su forma y figura. Me contó que cuando la tuvo delante sintió uno de los sonidos más bellos que tiene la vida.


Estás hablando de una fotografía de Man Ray, le dije por primera vez roncando las palabras de mi garganta, pero con la misma seguridad con la que una voz sensual te invita a una cama gratis. Siempre he sido un experto para perderme entre los nutritivos escotes de las mujeres que asoman por El Torino. Agarro las curvas femeninas con la misma pasión con la que trabaja un escultor. No me importa gastar la lengua con los labios de bocas ajenas o tallar mi saliva con la madera de la nariz de Pinocho, si eso me sirve para salir acompañado cuando se acuesta la luna. Sin embargo, debo reconocerte que no supe interpretar el mensaje de ese tipo. Me miró sin saber de qué hablaba y me respondió tan serenamente como el silbido de un sicario tras despachar su trabajo.

¿Man Ray? No sé quién es Man Ray. Yo hablo de una mujer que conozco. Cuando escuchas hablar a un cello, el sonido de su corazón te atrapa como el canto de una sirena, como el alcohol embriaga los sentidos de un borracho. Puedes ver qué color tienen los sentimientos y la música de la vida. La elegancia toma forma y el perfume de las notas embriaga el ambiente. Así es la mujer que conozco. Te hace vibrar como las cosquillas del arco que dan vida a las cuerdas. Te hace temblar cuando te mira. Y su sonrisa parte en dos la conciencia racional de un hombre y vuelve cuerdo a un loco. Es capaz de derretir el fuego con su cuerpo. ¿Has conocido alguna vez a una mujer capaz de pintarse los labios con el carmín del vino? Así es ella. Elegante y con clase. Créeme cuando te digo, muchacho, que cuando la conoces jamás has sentido una tentación tan atractiva y prohibida a la vez. El alma es igual que el aire, con la luz se hace invisible. El alma del cello no se ve, pero se siente, sólo así eres capaz de tocarlo.


Fue eso. Nada más. No volví a verlo. Susurró una historia breve como el suspiro de un niño. Tenue como la luz amarillenta de la barra. El hilo destilado de su voz me acomodó una imagen borrosa en mi cabeza que sólo recuerdo cuando bebo ginebra. Desde entonces busco a una mujer que se parezca a la de Man Ray. Busco a una mujer que me enseñe el decálogo de la tentación del vicio y el alma oculta de un violonchelo. Cuando la encuentre le contaré mi historia y se la dedicaré para hacerla inmortal. Sólo tendré que decir: "para el cello que me enseñó cómo suena la vida..."

jueves, 22 de octubre de 2009

Atención, pregunta

lunes, 19 de octubre de 2009

Resaca

Al terminar el concierto de Wembley '86, aparece en el DVD el tema "Melancholy Blues", mientras el grupo aparece en backstage y abandona el estadio. Cada vez que termino una buena noche, una juerga indescriptible o una fiesta inolvidable, al día siguiente, ésa es la canción que suena en mi subconsciente.

Another party's over...



A pesar de todo, es un día maravilloso
And no-one's gonna stop me now, oh yeah...

sábado, 5 de septiembre de 2009

Reina asesina

Elegante y con clase, te atrae como el alcohol perfuma la conciencia del etílico fumador. Pero no te equivoques, el armiño esconde secretos prohibidos de placer y la persuasión queda prendida con un buen toque sutil de Moet et Chandon. Cuando estés acariciando la refinada delicadeza de un pastel dulce, la sal que curará tus heridas saltará en puñados incontrolables ante una invitación inusual, pero tentativa. Irrechazable. Te engatusará con caviar, cigarrillos a medio fumar y la figura impecable de una dosis exacta de amabilidad, para ofrecerte una invitación al camino del deseo. Y es increíble. Espectacular física y personalmente. No podrás verlo, porque te cegará su acento aristocrático -baronesa- pensarás, y luego, siempre que se te apetezca, te deslizará el veneno de la pasión más fogosa. Cuando la conoces, no puedes dejar de mirarla, y su sensual contoneo perfumado te recordará a París. Un gusto exquisito que no se pierde siquiera cuando te desliza bajo su mirada la pretensión más oscura y placentera que hayas experimentado. En cualquier momento, a ese precio, recomendable.

Y es que muchos no lo saben hasta que lo prueban. Ella es tan elegante como una dama de noble cuna, pero tan letal como una reina asesina. En cualquier momento te dará a probar sus secretos más ocultos. El ardiente corazón de una llama por dentro romperá la voluntad en dos y la pólvora inflamará la dinamita. Te perforará el subconsciente como un rayo láser, y cuando quieras darte cuenta, la gelatina te habrá despeinado la cordura. Un apetito insaciable, ¿quieres probar?





Killer Queen


She keeps Moet et Chandon in her pretty cabinet
"Let them eat cake" she says just like Marie Antoinette
A built-in remedy for Kruschev and Kennedy
At anytime an invitation you can't decline

Caviar and cigarettes, well versed in etiquette
Extraordinarily nice
She's a killer queen, gunpowder, gelatine
Dynamite with a laser beam guaranteed to blow your mind
Anytime
Recommended at the price
Insatiable an appetite, wanna try?

To avoid complications, she never kept the same address
In conversation, she spoke just like a baroness
Met a man from China, went down to Geisha Minah
Then again, incidentally, if you're that way inclined

Perfume came naturally from Paris
For cars she couldn't care less, fastidious and precise
She's a killer queen, gunpowder, gelatine
Dynamite with a laser beam guaranteed to blow your mind

Anytime

Drop of a hat she's as willing and playful as a pussy cat
Then momentarily out of action, temporarily out of gas
To absolutely drive you wild, wild...
She's all out to get you

She's a killer queen, gunpowder gelatine
Dynamite with a laser beam guaranteed to blow your mind
Anytime
Recommended at the price
Insatiable an appetite, wanna try?


"Trata de una prostituta de lujo. Intentaba decir que las personas con clase también pueden ser putas. De eso trata la canción, aunque preferiría que la gente la interpretara a su manera, que vean en ella lo que quieran ver" - Freddie Mercury



Happy Birthday Freddie
05-09-46/05-09-09

martes, 2 de junio de 2009

A day in the life


Cuando la rutina desaparece convertida en trizas por una bofetada que te despierta, que te sumerge en altas dosis de realidad, el aire se vuelve denso y espeso. Casi inexistente. La atmosfera se contrae en un velo grueso que se ciñe a tu rostro sin dejarte respirar, apretando cada vez más, pero sin llegar a ahogarte completamente. Al principio deseas zafarte de esa barrera que te impide respirar, o al menos, que te retrasa la toma de oxígeno necesaria para mantenerse con vida. Te sientes como si practicaras submarinismo, pero sin tubo ni gafas. Una experiencia pueril, recuerdo de nuestra infancia, cargada de un riesgo inexistente. Tu cuerpo ya está mojado. La superficie te besa en el cuello. Sólo la cabeza se resiste, preparada en el exacto momento para retener el aire. El tiempo, aún en el exterior, no se ha sumergido. Aprietas la nariz fuertemente con el pulgar y el nudillo del dedo índice, abres la boca ampliamente y aspiras con fuerza, llenando tus pulmones con una extensa bocanada de aire fresco. Luego llenas tus carrillos sin soltarlo. Estás preparado para la inmersión. Y entonces desciendes hasta las sombras del corazón marino, donde la realidad es más densa, más lenta, más borrosa de contemplar, menos ruidosa, pero no por ello más tranquila. Todo se vuelve extremadamente espeso y pesado. El tiempo pasa más despacio, pero no se puede bucear eternamente con un pulgar y un dedo índice en la nariz. Tocas la arena con la punta de tus dedos, suave alfombra granulada que se deshace en delgados hilos de placentera caricia. La presión aumenta, pero no puedes subir a la superficie porque tienes que mantenerte cerca del suelo. La realidad, en ocasiones, está tan cerca de la tierra, que alejarse de ella sería evadirse de nuestra propia existencia. No sabes cuánto tiempo ha transcurrido, pero empiezas a pensar en el aire. El esfuerzo crece y no paras de bracear con dificultad para mantenerte sumergido, mientras tus pulmones adolecen de un oxígeno que no llega y comienza a desaparecer. Vuelves a tocar la arena y su roce te tranquiliza, pero la calma es finita. Tus ojos observan pasar la vida con parsimonia, pues todo parece fluir lentamente bajo el agua. No hay tiempo real, sólo insinuado, pero necesitas aire. Necesitas volver a la superficie. Evadirte de la realidad profunda. Ya no existe la rutina de un oxígeno al alcance de una respiración pausada y rítmica, solo bocanadas de aire fresco de vez en cuando. Subidas a la superficie para aislarte de esa sima subterránea, donde la penumbra reina en contra de la luz y siembra de desconcierto tu vida diaria. Es la nueva rutina. No puedes más. Los ojos te escuecen y no puedes llorar. No sabes reír y te cuesta trabajo mantenerte sin impulso. La presión en tu pecho crece y la vista se torna en manto oscuro salpicado de puntos brillantes. Exhalas un par de volutas de aire que se transforman en dos enormes burbujas. Aire que se libera convertido en dióxido de carbono. No puedes tragar. Sientes una punzada en la nuca que te atraviesa con un dolor indescriptible y la garganta se pliega sobre sí misma. Todo da vueltas y la angustia aumenta considerablemente. La ansiedad se apodera de tu conciencia, la poca que resiste, y te giras para mirar hacia arriba. Hacia la luz. La superficie. Necesitas subir para respirar y aislarte de esa realidad que tocas con tus manos y se desvanece en el agua, porque abajo no hay aire. Tu sien te martillea, la cabeza te da vueltas, y las piernas comienzan a fallar. Cuando crees que no vas a llegar, el sol baña tu rostro y el agua se escurre por tus mejillas. Has salido al exterior. Fuera de la realidad densa y espesa. ¿Estás soñando?, tal vez sólo se trate de una pesadilla, pero ahora da igual, sólo quieres respirar. Tomar aire. Llenar tus pulmones. Quieres sonreír, y reír, y respirar, y hablar, y chillar, y respirar de nuevo. Pronto habrá que sumergirse otra vez, porque ahora la rutina está en esa penumbra compacta y apelmazada, no lo puedes olvidar, así que es bueno respirar. Así era como se sentía él. Cogió aire y su vista se aclaró antes de volver a lo difuso. Incluso podía escuchar un sonido. Un piano… un toque orquestal. ¿Qué demonios….?, es música.


Entonces apareció en la superficie, y el sol calentaba su cuerpo. Y la arena era sólida y no flotaba en el agua. Sacudió su cabeza se incorporó y observó la costa dorada que se extendía ante su mirada. Excesivamente pequeña. No era una isla, más bien simulaba una roca flotante, a la deriva, como un iceberg sin hielo. Apenas cincuenta o sesenta metros cuadrados en círculo. Arena o piedra, le permitía descansar de su sempiterna inmersión subacuática, mientras aquel respiro de aire fresco le perdurara, o el sueño estallara en veinte mil punzadas de dolor submarino. Pero la música no dejaba de sonar. Un piano y una voz. Aquello no era la realidad, y él lo sabía. La superficie ya no era la rutina, sino algo especial y fuera de lo común. La anormalidad de una locura transitoria que sentaba realmente bien. Algo razonable dentro de una irracionalidad surrealista. Comenzó a rodear la pequeña lengua de arena, y los pasos se iban alargando, y la arena iba creciendo y la tierra se iba ampliando. Había más terreno conforme avanzaba. De un impulso casi innato, sus piernas, entumecidas hace unos segundos por el esfuerzo del buceo diario, empezaron a trotar, y pronto se vio corriendo. Corría con todas sus fuerzas. Abrió los brazos y sintió cómo una brisa tibia secaba su cuerpo empapado de realidad y el sol bañaba su rostro. Sintió ganas de gritar y gritó. Sintió ganas de chillar y chilló. No paró de correr. Cada vez más deprisa. La arena no se acababa y seguía extendiéndose sin descanso. Cuando una punzada cruzó su costado derecho y el corazón palpitaba con fuerza en su pecho, se dejó caer, totalmente agotado, pero sonriendo. Ahora era consciente de que aquel descanso, aquella toma de aire, era diferente de las demás, pues se extendía su periplo en la superficie. Miró al cielo. Un azul diferente. Azul intenso y casi mareante, en una perfección inmaculada, concebida con una tonalidad fija e infinita. No veía nada más, pero sí escuchaba. Música de nuevo. Se incorporó y ya no había arena a su alrededor. Tres mesas unidas preparadas para un festín nocturno. El sol ya dormía en el horizonte y todos le esperaban en la mesa para comenzar la cena en un lugar extraño, allende la ría de Bilbao, cerca del monte Sinaí, donde el carvajo no era un árbol de tronco grueso y grandes ramas tortuosas, sino un bar de veladores con flamenquines muy decentes y mechá muy insolente.


Tomó asiento y observó la compañía de la que gozaba, reunida en una estampa singular, y aunque surrealista, más considerada como temática Pop que del manifiesto de André Breton. Se acordó de Peter Blake y de su portada para el disco de Los Beatles “Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band”. El artista Pop había utilizado un collage impresionante de personajes conocidos, todos apretados, asistiendo a un funeral desconocido. Pero en esta ocasión no existía ningún sepelio, pues lo más luctuoso de los congregados eran algunos matices de negro, como alivio de luto, tal vez, en un ambiente distendido y agradable. Esto era más de lo esperado en una usual bocanada de aire fresco. Se imaginaba al señor Blake y su entonces esposa, Jann Haworth, reunidos más allá, observando la escena para un nuevo collage como la portada del disco de los escarabajos. Allí estaban casi todos, huecos vacíos de ausencia se dejaban sentir, pero la cena colorista se completaba con comensales de la más variopinta locura, a veces necesaria para acudir a la verdad del mundo. Una serie de personajes tras la línea del anonimato, quebrada en aquella isla flotante de asfalto, donde los rostros dejaban atrás una realidad inventada. A la mesa, el Sr. Andreu, que aparcaba un espejismo de seriedad de lo visto y oído para declamar con bromas y buen humor, su verdadera forma de ser. A su lado, su Estrella, que no se llama así, pero posee las virtudes de un astro nocturno, pues brilla, y siempre supone la mitad perfecta a la pieza de su compañero. Juan reía detrás de su barba, alumbrado por una luz de gas eléctrica, y quizás el modelo a seguir por Peter Blake, pues era el único actor, con radio incluida, que comía esa noche. También estaba allí María de las Mercedes, muy guapa, y a pesar de ser Borbón, sin obedecer a las leyes del paso del tiempo, engalanada con bella vestimenta y haciendo halago de su anacronismo favorito. No sería el primero de aquella cena suspendida en la inconsciencia de un día ilógico y predecesor de otro más irracional si cabe. Acompañaba a Su Majestad un Fiscal, pero no de despachos amplios y tribunas de madera que preservan la ley de la justicia… no. Eso no. Otra clase de fiscal, amante de vértebras dorsales y mantos recogidos en la cintura. Más allá, en el vértice opuesto de la mesa donde se sentaba él, un zapatero recortado sobre fondo verde, se abanicaba el calor que se adhería con fuerza a los cuerpos. Y aunque todo pueda indicar que era un insecto, no lo era, pues la ficción a veces juega malas pasadas. Fue así como el Rocío de una mañana valverdeña, aún lejana, se materializó de la mejor forma posible. A su lado, Martín. Martín era sencillamente Martín, y eso era lo más espectacular de aquel niño que no necesitaba máscara, que reía cuando quería y protestaba cuando algo no le gustaba. Quizás fue observando a Martín, sencillamente Martín, cuando se dio cuenta que los adultos habían perdido esa libertad de reír cuando desean y protestar cuando algo no les gusta. La paciencia era la máxima virtud que atesoraban sus padres, dueños del Callejón de los Negros, también presentes, aunque el verdadero propietario era bocina del Cristo de la Sangre. Martín tenía una hermana, que también acudió a la cena, pero ya no era sencillamente una niña, sino una brujita cuyo perfil se recortaba en un fondo rosa chicle. Su nombre sonaba a composición de Serrat, y su cara era tan bonita como la letra de dicha canción. ¿Qué es esto?, se preguntaba. Miró a su siniestra y observó dos ojos azules que le sonreían Por la puerta trasera de una agradable sonrisa. A su diestra, el sarcasmo y la ironía tomaban forma en una Gata de ojos verdes y nombre de capital de imperio, toda una teoría del caos hecha persona. ¿Y él?, ni siquiera se había mirado.


Vestía de negro, pero no era luto. Y respiraba. Tomaba aire en sus pulmones de una forma inusitada. Tranquilamente y deleitándose con cada bocanada, pues no sabía cuando tendría que volver a sumergirse en la realidad. Y si aquello, finalmente, no era más que un sueño, estaba plácidamente despierto en una ficción onírica. Peter Blake no podría haberlos retratado mejor. Se acordaba del pintor inglés pop. O del Pop del pintor inglés. No sabía quién era el Sargento Pimienta. Más tarde llamó alguien, pero no era el sargento, pues resultó ser un general francés, también anacrónico, que no había podido acudir a la cena. De algo estaba seguro, y es que después de sobrevivir a la última inmersión, él no era aquel sargento que buscaba en los demás. Aunque tampoco creía que ellos fueran los integrantes de la banda del club de corazones solitarios. Todos eran buenas personas, de buen humor, mejor carácter y agradable compañía. Todo era muy divertido y tenía ganas de reír. Él, que en ocasiones se olvidaba de lo que era eso. Entonces cayó en la cuenta… Blake no podría haberlos retratado, por mucho que aquella escena le recordara la portada del disco de Los Beatles. El artista del Pop Art pretendía una protesta inusitada de la realidad de su tiempo. Una verdad oculta por la banalización de lo importante y la elevación sagrada de lo superficial. En los altares estaban la fama, el dinero, las imágenes comerciales, la parte individual de una sociedad inundada por nuevos iconos célebres que ocultaban todo lo anterior. La realidad de los sesenta se convierte en un collage que superpone los nuevos clichés, anónimos algunos, otros famosos personajes que encarnan los modelos que la sociedad pretende seguir, en una constante adoración. Detrás de esa superposición de planos quedan los verdaderos modelos de la vida, los sueños, las esperanzas, las metas, los trabajos, abandonados a favor de una ideología de estrellato contemporáneo, nueva e innovadora, frente al viejo pensamiento desligado de una exitosa realidad de fama efímera. No. Nada de lo que allí se contemplaba tenía que ver con eso. En aquella cena tan real como la fiesta de no-cumpleaños de Alicia, y tan ficticia como el montadito de mechá sin sabor, había gente que no ha perdido sus valores. Las máscaras cayeron sin necesidad de soltar amarres. Y la memoria ya no incluía el esfuerzo de respirar. El ritmo se adaptó perfectamente a la existencia onírica, si realmente era un sueño. Tal vez ni él mismo se había dado cuenta.


Lo de Bohemia fue un insulto. Allí se acabo la noche. Murió el día sin necesidad de que comenzase otro y un escalofrío le recorrió su cuerpo. Si se marchaba y volvía a dormir, tal vez despertaría en su otrora pesadilla de rutina. Tenía que mantenerse despierto. O soñando en esa superficie móvil que había encontrado. Ese pedrusco donde naufragó llevado por la marea, cuyo perfil cambiaba vertiginosamente y le ofrecía oxígeno gratis. ¡Gratis!. A veces un pensamiento horrible cruzaba por su cabeza. La comercialización de oxígeno a precio exagerado le causaba pavor. Y el caso es que sabía, porque no se le olvidaba, que adolecería aquel aire cuando tuviera que volver a sumergirse. Inmersión inmediata cuando sus ojos se cerraran para abrirlos bajo el agua. Pero ahora estaba en Bohemia, un insulto cuando la Rapsodia era sustituida por el zumo de mambo, perfecto para encender los motores de una brasileña que bailaba a ritmo desbocado. El resto fue breve. Y la arena cayó tan rápido del reloj como el agua desciende por una cascada. Agua… eso le recordó su inmersión. Se agobió y decidió no dormir. Diáspora de comensales. Como si de un espejismo se tratara, se desvanecieron los protagonistas de la cena. Estaba sólo otra vez, seguía sonando música, aunque no la reconocía, pero la isla permanecía a flote y él había decidido no dormir.


Sin saber cómo el tiempo avanzó, y sin estar dormido pero tampoco despierto, observó a la Esperanza. Y de eso sí se acordó. De su figura perfilada en el azul del cielo. De su tez morena. De su contoneo. Por eso quizás flotaba y oscilaba entre el ensueño etéreo y la realidad que estrechaba su isla. Pero estaba cansado. Agotado. Y tenía miedo. Un miedo indescriptible. Un pánico que había vivido anteriormente y que ahora volvía con una normalidad extrema, como si estuviera todo preparado para esa vuelta. Una preocupación le angustiaba y le rodeaba el cuello en un esbozo de llanto. La realidad, o tal vez aquel sueño que comenzaba a desvanecerse, estaba desvirtuado. Las imágenes aparecían a través de un cristal esmerilado. No supo nada más, pero tampoco se acordaba de cómo había llegado hasta allí. Sin saberlo volvía a tener el agua al cuello. Sintió que sus piernas le pesaban como dos barras de plomo. Intentaba mantenerse a flote. El final de nuevo. Otra vez a coger aire. No era rutina el aire que respiraba, sino pura y dura exclusividad, alcanzada sin esperarlo y arrebatada de la misma forma. ¿Había sido un sueño y acababa de despertarse o era ahora cuando cerraba los ojos para volver a tener una pesadilla prolongada?. No lo sabía, ni tenía mucho tiempo para pensarlo. Miró a su alrededor. Agua. Sólo una superficie dúctil y blanda, decidida a tragársele. La música que le había acompañado durante aquel día largo, o quizás doble jornada, se perdía en el aire. Ese ansiado aire. Entonces apretó su nariz con el pulgar y el nudillo del índice, cogió una bocanada de oxígeno y se dejó lastrar por la atracción de la realidad. Cuando llegó al fondo abrió los ojos. Borrosidad de nuevo. Todo atrapado en aquel mundo lento de visión turbia e imprecisa. Tocó la arena, como siempre hacía, deslizándola entre sus dedos. Y fue cuando sacó algo. Se le escaparon dos grandes burbujas de la sorpresa. Las lágrimas son más saladas cuando la amargura es mayor. Lloró y el agua se volvió dulce comparada con aquel llanto. Sostenía entre sus manos el escudo de su equipo. En lo más profundo. En la penumbra. ¿Era un sueño?, no. Era la realidad convertida en pesadilla. La música traspasó la densidad del agua. I’d love to turn you on¿entusiasmarme? Pensó. Y los recuerdos acudieron. ¡Ya está!, aquella canción de Los Beatles. El sargento Pimienta. La cena con aquellos personajes tan amables. Y su equipo. Bajo el agua, con los carrillos inflados y la visión entumecida, supo que estaría con su equipo en el hundimiento y cuando volviera a la superficie. Ahora y siempre. Me encantaría entusiasmarte




sábado, 2 de mayo de 2009

Ellas

“Madre: la palabra más bella pronunciada por el ser humano” - Kahil Gibran

Tras el coro inicial de Bohemian Rhapsody, la primera palabra que pronuncia Freddie Mercury es “mamá”. Es una confesión envuelta en un halo de tragedia y tristeza. El personaje necesita contárselo a alguien importante, desahogarse y manifestar su dolor, sus dudas y su miedo, sobre todo, ese miedo que destila el mensaje envuelto en la canción de Queen. Es por este motivo que la primera frase va dirigida a su madre: “Mamá, maté a un hombre”. Y si lo pensamos detenidamente, una revelación de tal magnitud se relaciona directamente con una madre, la figura en la que volcamos toda nuestra confianza y de la que recibimos ese Amor incondicional. Pase lo que pase.


Picasso

Las madres poseen una capacidad innata que suele estar infravalorada. Más de un sexto sentido, como en muchas ocasiones se han encargado de hacernos saber. Cuando Napoleón cayó en Waterloo fue, en su mayor parte, por la debilidad que adolecían sus tropas al tener que dividirse en varios frentes. La fragmentación de soldados hizo que las fuerzas de las tropas se mermaran y quedaran expuestas a su rotura en un ataque de grandes dimensiones. Demasiadas batallas para el ejército del emperador francés. Sin embargo, nuestras madres son capaces de llevar varias ‘guerras’ por delante sin detenerse y, lo más increíble, superarlas con éxito, arrojo, fuerza, una muestra sorprendente de coraje y valor. Son así, capaces de abordar todas las murallas y superar los obstáculos con una resolución admirable. Y muy a tener en cuenta. A veces pienso que nuestras madres están infravaloradas, pues poseen la inmensa virtud de abarcar no solamente lo que está en su mano, sino mucho más. Si ellas hubieran combatido junto a Napoleón, probablemente Francia tendría actualmente unas fronteras mucho más amplias. No se detienen ante nada y consiguen superarse de forma magistral. Son joyas sin tallar. Esas bellas piedras pulimentadas que aparecen en el corazón de la naturaleza y poseen un valor incalculable, pues aún no están modificadas por el humano.


De Chirico

Las madres tienen el don de la ubicuidad. Cuando parece que no van a poder con nada más, lo consiguen. Están pendientes de todo y te aportan ese dato que no recuerdas, ese detalle que se te olvidaba, el bocadillo para que no pases hambre, la advertencia irónica, la chaqueta para abrigarte, el hombro para que llores, la riña que te hace abrir los ojos, el remiendo de tu corazón, el grito desesperado, el regalo inesperado, la caricia para que te pongas bueno, el dardito de un aviso, el beso de buenas noches, la palmera de chocolate, el mejor consejo, tu comida favorita, tus dos horas de digestión, el abrazo de siempre… el Amor de una madre. Y es que ellas llevan nuestra casa, en ocasiones nuestro trabajo, su trabajo, nuestro médico, el médico del abuelo, el médico de la abuela, su médico, la compra, nuestra comida, la comida del abuelo, la comida de la abuela, su comida, y cariño y besos para todos. Son geniales. Mil cosas para dos manos y un solo cuerpo. Cada vez estoy más seguro: Napoleón hubiera ganado. Por eso hoy, día de la Madre, quiero hacerles este pequeño homenaje, muy lejano a lo que realmente se merecen. No, no me he equivocado. Hoy es el día de la Madre. Y ayer. Y antes de ayer. Y el otro. Y lo será mañana. Y pasado mañana. Y todos los días, porque es así como debe de ser.


Dalí

Algunos artistas retrataron a su madre y la inmortalizaron en sus lienzos para siempre. La convirtieron en Arte y la dotaron de la vida eterna con el recuerdo incombustible de contemplar su figura procedente de los pinceles de su hijo. Así fue como De Chirico, antes de su Metafísica, captó la serenidad de su madre con un dibujo marcado y unas líneas perfectamente perfiladas. Picasso, antes de fragmentar la realidad en la geometría de cubos irregulares, se dejó imbuir por el Realismo, y prueba de su paso por este estilo, es la representación de su madre, pensativa, mirando hacia abajo, recuerdo imperecedero de aquella mujer que le dio la oportunidad de vivir. Vincent siempre aporta un toque mágico. Un toque de viveza colorista que acentúa con la textura de su paleta. Trazos gruesos y luminosos que llenan de vida el retrato. Su madre aparece con un gesto amable y simpático. Se deja intuir el movimiento que con el tiempo adquirirá la pintura de Van Gogh. Y dentro del Postimpresionismo se podría encuadrar el lienzo de Salvador Dalí que capta la figura pensativa de su madre, doña Felipa Dome Domenech de Dalí. Todos estos artistas, y muchos más, quisieron dejar plasmada la imagen de su madre para siempre, otorgándole ese matiz de universal y eternidad. No es de extrañar, porque las madres siempre estarán ahí. Pase lo que pase, una madre siempre responde por su hijo y lo apoya. Ni veinte mil soldados de un tercio de Flandes del siglo XVII podrían con una madre que protege a sus hijos. No hay mayor valor ni mayor coraje. Hasta el final.


Van Gogh

Renoir realizó una obra de características maternales, pero no era su madre. Era su mujer. Quizás los pintores se decidieran a inmortalizar a sus madres porque, de una forma u otra, la madre de cada uno de ellos era la mujer de su vida. Y puede que este sencillo trazo aderezado con tintes pasionales no esté alejado de la realidad. Pero Renoir, al pintar a su mujer, dota al retrato de ese otro punto de vista. En los anteriores, el Amor que sienten sus autores por la persona que les dio la vida se hace notar. Incluso se palpa en algunos casos, como demuestra Van Gogh. Renoir vio la maternidad y el Amor de la madre en su mujer. Y es que la mujer es la única capaz de dar vida, de sentir con una sensibilidad y unas emociones que están al alcance de muy pocos. Y ese Amor, tan destacado en algunos casos, pasa desapercibido para muchas personas, cuando nunca debemos olvidar que una madre siempre estará ahí.


Renoir

Para nuestras madres siempre seremos sus niños. No hay distinción de crecimiento, pues ellas siempre darán su Amor de la misma forma, aunque diversificando los diferentes estratos del momento. Tal vez por eso los artistas la plasmaron en diferentes momentos de sus vidas. Y esta representación artística no es de extrañar, pues las madres son un estilo independiente de todo lo demás. Aportan su propia idiosincrasia y poseen unas normas y leyes comunes, atadas en su subconsciente por un filo y delgado hilo conductor que las une a todas en un marcado patrón. Hay frases universales que nuestras madres se han encargado de escribir con letras de fuego en el memorial de nuestra infancia, madurez y siguientes estados del ser humano. Quien no ha escuchado alguna vez un “¿qué pasa, que tengo que ir yo?” cuando no encuentras lo que buscas y ya le has preguntado a tu madre varias veces. La permisividad y la ayuda gratuita con su “venga anda, vete que ya lo hago yo”, o el contrapuesto, cuando algo no sale y ella te suelta un “¡ave trae!”. Consejos sabios que no siempre seguimos, como el clásico “abrígate que va a hacer frío”, a lo que tú te niegas, apoyado en ese calor que te puede en esos momentos, ella contesta “luego te acordarás de mí”, y a la vuelta, arrecio y helado por el inesperado aire gélido que tu madre parecía intuir, te espeta una de sus preferidas e inevitables frases: “te lo dije”. Ellas nos recuerdan las cosas (“¿lo llevas todo?”), nos insinúan nuestro futuro (“cuando tengas tus hijos, lo comprenderás”), y cuando no estamos de acuerdo, nos dan la libertad necesaria (“bueno… haz lo que quieras. Tú verás”). Por eso queremos a nuestra madre. Por eso es tan especial. Por eso y por tantas cosas que dejan de ser universales para convertirse en otros detalles que sólo nos atañen a nosotros, secretos de madres a hijos, secretos que todos guardamos, en nuestra intimidad.

Y a vuesas mercedes… ¿qué retrato os gusta más?, ¿qué frases son típicas de madre?

Para mi madre especialmente (con permiso de mi padre, otro genio del que ya hablaré en su momento), y para todas las madres del mundo, verdaderas guerreras de la vida, que celebraron su día ayer, antes de ayer, la semana pasada, hoy, lo celebrarán mañana, pasado mañana, el mes que viene y siempre…

domingo, 26 de abril de 2009

Paciencia

Como cada día se puso la ropa del trabajo. Los pantalones de pinzas negros y la camisa blanca. Exquisitez pulcra de un inmaculado traje de espera. Ciñó las mangas, anchas por el paso del tiempo, ese maldito reloj que no cesa de pasar para el resto de mortales, pero que a él se le congeló sin que se diera cuenta. Luego abrazó al chalequillo desde dentro. Zapatos negros, lustrados con todo el primor y pulcritud de una buena mano acostumbrada. Y así un día más. Así de nuevo rueda el tiempo para el resto del mundo, menos para él. Esclavo de los minutos congelados, en una eterna espera que se convierte en una compañera fatal. No existe el tiempo. Los segundos son personajes desconocidos cuyo rostro ignora. Las horas, bellas damas que se fueron cuando el retraso de una llegada fantasma hizo presencia. Los días apenas se hacen notar en reflejos diurnos temporales, que dan paso a un velo negro de recogida. Y luego vuelta a empezar. Otra vez. El bucle en espiral de una historia interminable que repite sus frases cada día. Un cuadro dentro de otro cuadro. Y fue así, y es así, como pasan las jornadas. Primero los días, luego los meses y más tarde, casi sin darse cuenta, los años. Porque él no envejece, sólo espera. Y cada mañana, al despuntar el alba, se vuelve a vestir con ropa de trabajo, a pesar de estar ya jubilado. Se enciende un habano y cruza los brazos, rodeado de la soledad y el silencio. Hoy es domingo, pero eso no le importa, pues el domingo de un jubilado antecede a otro domingo.



Edward Hopper - Sunday (Domingo)


Está jubilado de la vida, pero nunca deja de esperar. Vive en un tiempo sin tiempo, donde la luz es el único indicio del paso de las horas, pero sin conocimiento exacto. Lo único que se consume es ese puro a medio fumar, que está suspendido dentro de la calma total. A veces, cuando le gente lo observa, se da cuenta que no mira a ningún sitio. Su mirada está vacía y parece estar atrapado en un mundo sin vida. Vacío a su alrededor, vacío en los escaparates, vacío en la ciudad… vacío en su espíritu y su alma. Está sólo. Resignación de algo que presientes, pero nunca termina de suceder. Dicen que está esperando, que a veces, cuando alguien se le acerca, dice que vendrá. Que ella llegará. Que todo saldrá bien. Que sólo necesita algo de tiempo. Tiempo… precisamente lo que se nos esfuma de las manos constantemente, a ese hombre, sentado con sus pantalones negros y su camisa blanca manchada de chalequillo de luto, le sobra. Vive atrapado en una balsa sin salida, donde las manecillas del reloj han muerto. Nada se mueve. Aferrado a un cabo de esperanza en cuyo extremo aparece una promesa en labios de carmín. Constantemente esperando sin el menor atisbo de llegada. Esperando, en ocasiones, sin saber quién es, qué es o dónde está. Evaporándose en un torbellino de preguntas entrelazadas, que la inmortalidad de la espera le impone sin piedad. Prisionero de un cuento de nunca empezar. Sin embargo, aquel hombre, perdido y náufrago, aguarda algo. Dicen que de vez en cuando rueda una lágrima por su mejilla. La gente lo mira y encuentra en él un símbolo de la soledad, pero algunos dicen que musita algo de vez en cuando. Dicen que con la vista perdida en el fondo de la nada, articula palabras de esperanza. Dicen que habla de una mujer, la más bella que haya conocido nunca nadie. Dicen que entonces, sólo en ese momento, sus ojos brillan con una luminosidad iridiscente. Que llegará algún día. Que todo saldrá bien. Pero sobre todo, la gente que ha tenido la oportunidad de escucharle, dicen que la palabra que más se le escucha, ahogada entre suspiros, es paciencia. Que sólo necesita un poco de paciencia. Sólo un poco de paciencia…

(1..2...1, 2, 3, 4)
Me cayó una lágrima porque te echo de menos
Aún estoy bien para sonreír
Chica, ahora pienso en ti todos los días
Hubo un tiempo en el que no estaba seguro
Pero pusiste mi mente agusto
No hay duda de que ahora estás en mi corazón

Dije, Mujer, tómalo con calma
Funcionará bien por sí solo
Todo lo que necesitamos es un poco de paciencia
Dije, cariño, hazlo lento,
Y estaremos bien juntos
Todo lo que necesitamos es un poco de paciencia
(Paciencia)
Mmm, sí...

Me siento aquí en las escaleras
Porque preferiría estar sólo
Si no puedo tenerte ahora mismo,
Esperaré querida,
A veces me pongo tan tenso
Pero no puedo acelerar el tiempo,
Pero tú sabes, amor,
Que hay algo más que considerar.

Dije, Mujer, vayamos despacio
Y las cosas saldrán bien,
Todo lo que necesitamos es un poco de paciencia
Dije, cariño, tómate tu tiempo,
Porque las luces están brillando fuerte
Tú y yo tenemos todo lo necesario para lograrlo
No lo estropearemos, ni lo romperé
Nunca, porque no podría soportarlo...

...Un poco de paciencia, mmm sí, mmm sí,
Necesitamos un poco de paciencia, sí
Sólo un poco de paciencia, sí...
Algo más de paciencia, sí...

He estado caminando por las calles de noche
Tratando de tomarlo bien,
Difícil de ver con tantos alrededor
Sabes que no me gusta estar atrapado entre la multitud,
Y las calles no cambian excepto, chica, el nombre
No tengo tiempo para el juego
Porque te necesito,
Sí sí, te necesito,
Ohh, te necesito,
Sí, te necesito...
...todo este tiempo.

Paciencia
- Guns N' Roses


(1..2...1, 2, 3, 4)
Shed a tear 'cause I'm missin' you
I'm still alright to smile
Girl, I think about you every day now
Was a time when I wasn't sure
But you set my mind at ease
There is no doubt
You're in my heart now

Said, woman, take it slow
It'll work itself out fine
All we need is just a little patience
Said, sugar, make it slow
And we come together fine
All we need is just a little patience
(patience)
Mm, yeah

I sit here on the stairs
'Cause I'd rather be alone
If I can't have you right now
I'll wait, dear
Sometimes I get so tense
But I can't speed up the time
But you know, love
There's one more thing to consider

Said, woman, take it slow
And things will be just fine
You and I'll just use a little patience
Said, sugar, take the time
'Cause the lights are shining bright
You and I've got what it takes
To make it, We won't fake it,
I'll never break it
'Cause I can't take it

...a little patience, mm yeah, mm yeah
need a little patience, yeah
just a little patience, yeah
some more patience, yeah
need some patience, yeah
could use some patience, yeah
gotta have some patience, yeah
all it takes is patience,
just a little patienceis all you need

I been walkin' the streets at night
Just tryin' to get it right
Hard to see with so many around
You know I don't like
Being stuck in the crowand
The streets don't change
But baby, the name
I ain't got time for the game
'Cause I need you, yeah, yeah,
But I need you, whoa,
I need you, whoa,
I need you...
...all this time.

Patience
- Guns N' Roses



¿Qué opinan vuesas mercedes?, ¿llegará esa mujer de la que habla?, ¿lo ha engañado?, ¿o sencillamente espera su propio destino?, ¿cómo terminará la espera?

domingo, 22 de marzo de 2009

Para ti...

(Domingo por la mañana. Abrió la carta y el corazón le dio un vuelco)



Queridísima mía:

Quería enseñarte tantas cosas, que ahora no sé por dónde empezar. Quería que contemplaras tantas maravillas, que se trastabillan los recuerdos con las sensaciones. Quería descubrirte los encantos más ocultos de nuestra ciudad y los secretos mejor guardados de los siete días más grandes que tiene Sevilla. Quería susurrarte al oído mientras la dulzura del azahar se despliega y el incienso invita al sabor de la miel y el vino. Tantas cosas quería enseñarte, queridísima mía, que me olvidé del tiempo. Tantas cosas quería contarte, que me olvidé de lo efímera y breve que a veces pueden llegar a ser las jornadas fragmentadas de la vida. Los momentos y ciclos que aparecen en nuestro camino. A veces se me olvida que cuando comienza a prender la mecha del pabilo, también empieza a rebajarse la candelería. Es el principio del fin. La arena del reloj cae de la misma forma que el incienso asciende al cielo. A bocanadas amplias. La Semana Santa es una parábola del tiempo.
Vanitas barroca de lo que es y lo que fue. Toma forma en un exorno floral, un bulto de lona en el rincón de una iglesia o un nazareno de escayola policromada tras un escaparate. Llega y se va rápidamente. Y ahora que nuestros corazones están separados, ahora que no podré cogerte de la mano cuando me emocione, quizás sea el momento de escribirlo. Ahora que te echo de menos y no podré besarte mientras el tiempo arde y se derrite en lágrimas de cera, te escribo esta carta. Te garabateo mis sentimientos y todos aquellos detalles que me hubiera gusta enseñarte, antes de que la Gloria tome forma.

Y es que, quería enseñarte tantas cosas, que no sé por dónde empezar. Me pasa igual que a la primavera, que a veces no sabe cuándo llegar a Sevilla. Dicen que llega el veintiuno de marzo, pero no siempre es así. La primavera llega cuando la tibieza del aire acaricia sus calles. Cuando cambia el perfume del frío y el incienso huele a clavo y canela. Cuando de los naranjos brotan lágrimas blancas. Cuando el sol se acuesta más tarde. Cuando el azahar se abre y Sevilla se viste de flor. Cuando la ceniza de las palmas y olivos de años anteriores se hace cruz en la frente del que aún conserva la Fe. Cuando se escucha el racheo nocturno de ensayos de ilusión. Cuando la luz, esa luz que tan importante es para ti, cambia en nuestra ciudad y todo es más luminoso. Todo brilla más. Todo es más bello. Y es que no sé por dónde empezar, como la primavera.


Impresionante imagen gracias al gran Canónigo Alberico

Llega un momento, cuando la noche del Viernes de Dolores cae, en que las horas son testigo sin ecuánime de lo que está escrito, de aquello que va a ocurrir. Pero no, no te confundas querida mía, que no es todo igual. No es lo mismo. Todo es diferente desde el momento que se acabó el año pasado. Queda todo y nada de lo vivido. Todo pasa y todo queda. Recuerdos y olvidos en una misma balanza. Un diario memorístico que volverá a comenzar desde su primera página en blanco. Debe ser así. Es necesario volver a empezar, como si no hubiéramos visto nunca lo que va a desplegarse ante nuestros ojos, que no es otra cosa que la Gloria misma. Como si lo supiéramos pero sin haberlo visto antes. Un indicio innato. Una insinuación a lo que está por llegar. Te hubiera enseñado cómo tiembla el pulso cuando todo está dispuesto. Cuando se presiente lo que está por llegar. Es un bombeo continúo del momento esperado. Un pellizco eterno en la boca del estómago que se desata en un mar de lágrimas cuando, ya muerto el Viernes de Dolores y recién estrenado el Sábado Pasión, te hubiera llevado a donde Todo empieza. Para ver cómo desciende a la Tierra el Señor de Sevilla y Sus Manos se preparan para recibir la devoción de la ciudad. Es cuando empieza la cuenta atrás, no para el principio, sino para el final. Y me emocionaría, porque no puedo evitarlo. Y tú me preguntarías por qué. Y Él te respondería con el susurro de los besos de Sevilla sobre Sus Manos, preparadas para recibir la devoción de la ciudad. Y Ella te respondería con Su Mirada. Saldríamos de la Basílica y ya sería Sábado Pasión. Y te enseñaría el juego de brillos de esa noche. El guiño de la luna de Parasceve. Cómo se despereza un capullo de azahar en la plaza y el incienso se sospecha bajo las sábanas de la ciudad. Escucharíamos el silencio. Todo se presiente ya. Huele a cera y la plata está limpia. Túnicas colgadas y capirotes enfundados de antifaz. Es una quietud nerviosa y una calma excitante, como la que vaticina la rampla del Salvador. La ciudad no está dormida. Está expectante. Está esperando. Al día siguiente se hará la Semana Santa de Sevilla.


Todo será más luminoso. Quería enseñarte que esa mañana, cuando amanece, el sol brilla como nunca y refleja el color de la vida. Todo es como un sueño tremendamente real. La ilusión se puede tocar. Se puede sentir y formar parte de ella. Sin saber por qué, quieres reír, y a la vez quieres llorar. Sientes alegría desbocada. Quieres respirar. Sales a la calle y el ambiente te abraza sin tocarte. Palmas y olivos se conjugan con el sabor de la miel y el vino. Quieres aspirar profundamente y llenar de aire tus pulmones. Incienso y azahar. Todo se desarrolla bajo una luz luminosa y brillante. El cielo se convierte en una bóveda iridiscente y la tibieza del día te acaricia suavemente. Y casi sin darte cuenta, aparece el primer nazareno y todo es ya realidad. Es Domingo de Ramos, y quería enseñarte qué se siente. Quería mostrarte que todo tiene una simbología, un significado. Que el río blanco inmaculado que viene del barrio del Porvenir es La Paz. La primera en la calle. Y no puede ser de otra forma… La Paz. Cuando el sol dictara sentencia calorífica sobre Sevilla, te enseñaría que Zaqueo es un niño subido a una palmera del Salvador, y que lo antecede un ejército de cantera cofrade. Sonreiríamos al ver cómo los chiquillos se suben el antifaz, cómo el pequeño cofrade lleva vara con insignia en su carrito, o cómo la mayor ilusión del mundo está en los ojos de aquel niño que extiende su mano, minúscula, y nos ofrece un caramelo. Si hay una palabra que defina este día, esa es ilusión. Junto al Alcázar veríamos acercarse a la Virgen de los Dolores y Misericordia con la Giralda al fondo, para explicarte que San Juan va en ese lado porque antes salía con María Magdalena. Mientras los romanos se juegan la túnica del Cristo de las Penas en San Pablo, yo te diría que la Estrella tiene en su rostro ese suspiro ahogado del llanto de Triana. Disfrutaríamos más tarde con la Sagrada Cena y te mostraría que una marcha se puede palpar cuando la toca Tejera. En Doña María Coronel, mientras esperamos el diálogo silente entre María Magdalena y el Cristo de la Buena Muerte, te recordaría aquella tarde tan hermosa que pasamos en el convento de Santa Inés, cuando el tiempo se detuvo y pudimos escuchar a las monjitas rezar. Antes de que el cansancio te pudiera, dentro de la lógica de la primera vez, agarrados de la mano, veríamos cómo el Pelícano de Francisco Antonio Gijón se abre el pecho para dar de comer a sus crías. Por Amor. Y terminaríamos en San Juan de la Palma, para ver llegar el Silencio Blanco y la Virgen de la Amargura. ¿Te acuerdas? Aquella que vimos una vez y te dije que de las tres miradas que me podían, la Suya era una de ellas. Durante la espera, y ya envueltos en la oscuridad de la plaza, te recordaría lo bien que lo pasamos ese día. Te mostraría el silencio de Sevilla cuando llega el Desprecio de Herodes. Y me emocionaría cuando sonara Amargura y Su Mirada nos esquivara, mientras San Juan le señala el final del Domingo de Ramos. Candelería consumada y rebajada. Ya se le ve la cara a María. Te contaría, mientras te abrazo y emprendemos el camino de vuelta, que cuando entra La Amargura, se acaba un poco de Semana Santa.


Por eso ahora, mientras escribo esta carta, imagino un desfilar de días con sus destellos más increíbles. Los momentos que escojo para disfrutar al máximo. Aquellos secretos que me gustaría haber compartido contigo. Y te imagino a ti, con tu sonrisa y tu mirada brillante. Te hubiera enseñado cómo se entrega al Hijo del Hombre en San Pedro, cuando ya la noche ha caído y los ciriales aparecen por Sales y Ferré. Te contaría la historia del Ego Sum y porqué dos claveles rojos exornan el llamador de la Presentación ante Caifás. Te susurraría al oído, mientras el silencio suena a palio de cajón, que la Virgen de las Tristezas se llama Isabel, que los Dolores de una Virgen son nuestras Penas, en el preciso instante en que Pantión se hiciera música y el azahar perfumara el incienso de San Vicente. Y entonces veríamos juntos cómo un cuadro se puede hacer escultura. En el momento en que suena una campana destemplada, te hablaría de Ortega Bru, de cómo la sangre se transforma en rosa roja. Y cuando San Andrés se convierta en Santo Sepulcro, te contaré que su cabecera se parece a la de la Iglesia de Auvers, y aunque no la pintó Vincent, la Hermandad que reside en su interior es la de Santa Marta. Estoy seguro que se formaría en tu cara una sonrisa, quizás estés sonriendo en este momento, de la misma forma que se abre una flor de azahar. Bellísima dulzura de la elegancia sevillana. Sería ya Martes Santo y podría enseñarte que es un día cargado de emociones. De amor, cuando viéramos las madres del Cerro acompañando el terciopelo carmesí. De sutileza, viendo la delicada talla del Señor de la Salud. De recuerdos, al contemplar el Cristo de la Buena Muerte de los Estudiantes abandonar la Universidad por la puerta de Geografía e Historia. De recogimiento, cuando el Señor de Las Almas de Los Javieres –sí, la Hermandad de tu amigo Antoñito y mi amigo Manuel- pasa de vuelta por la calle Feria. De dulzura, ante la Virgen de la Bofetá y su bello Nombre. De milagros, cuando nuestros corazones se hubieran encogido en la calle San Esteban viendo entrar a la Virgen de los Desamparados, y tú me hubieras dicho “eso no cabe ahí”, y yo, ya con lágrimas en los ojos, te diría que sí, que es uno de los milagros de nuestra Semana Santa. Y así sería, perilla a perilla, ahogado el grito de dolor y el silencio roto por la devoción de los costaleros. Y el Señor de la Ventana lloraría, porque un año más se ha hecho posible lo imposible. Sería un día de alegría y emociones, y veríamos la cara de mi hermana cuando en la Calzá vuelven a Presentar a Jesús una vez más antes de recibir, ya crucificado, la Sangre de Cristo. Por fin entenderías porqué lloro cuando viene la Virgen de la Encarnación y sus costaleros rezan el Ave María. Quería descubrirte tantas cosas. El azul celeste de los ojos del barrio de Nervión, la belleza del palio de la Virgen de la Palma y explicarte que no es la del Cristo de Burgos, que esa es Madre de Dios de la Palma, la misma que mira al cielo en San Pedro. Enseñarte el palio gótico de la Virgen del Buen Fin, y volverte a explicar que pertenece a la Hermandad de la Lanzada, que la de la Hermandad del Buen Fin es de la Palma, y volver a empezar. Y seguro que te reirías y me dirías que es un lío, y yo me quedaría pensando que tengo mucha suerte de perderme en la luz de tu mirada. Y al final terminaríamos viendo cómo se prende a Jesús en Orfila y mientras pasan los nazarenos con cirios blancos (que son cirios no velas), te contaría porqué la candelería de la Virgen de Regla forma dos cruces en aspa.


¡Ay queridísima mía! Quería enseñarte tantas cosas, que no me caben todas en esta epístola de sentimiento, que ya de por sí está siendo larga. Y es que ahora viene el Jueves Santo. Y me hubiera encantado ver contigo el Cristo de la Fundación de Los Negritos y su palio de aires bizantinos, y quizás me hubieras recordado que fallé el estilo de la Catedral de Venecia en el Trivial. Disfrutar con la gran mole elegante de la Exaltación y la historia de sus caballos. Señalarte los rosarios que sustituyen los borlones de la bambalina de la Virgen de Montesión y relatarte porqué tiene recogido el manto en su cintura de esa forma tan peculiar. Veríamos salir a Pasión y cómo de la escultura de Martínez Montañés resbala una lágrima de bronce, y te volvería a contar, cuando la Virgen de la Merced se acercara, lo que te conté aquella tarde que entramos en el Salvador y nos sentamos ante Ella. ¿Te acuerdas?. Pero aún quedaría El Valle. Veríamos el primer paso y te diría que se le conoce como ‘de los espejitos’. Luego vendría el Nazareno. Recuerdo cómo te impactó el día que fuimos a la Anunciación. Pero yo esperaría a la Virgen del Valle, y luego te diría en voz baja que escucharas lo que dicen sus ojos verdes y vieras su marcha, la que lleva su nombre, esa de la que tantas veces te he hablado. La de Gómez Zarzuela. Nos tendríamos que ir pronto, porque antes de que muera el Jueves Santo, la Madrugá se hace eterna en Sevilla.


Y entonces me ayudarías a ponerme la túnica, junto a mis padres. Me esperaría en el sofá, extendida, como siempre. La cola caería a mi espalda y entre mi madre y tú la cogeríais mientras mi padre me ciñe el cinturón de esparto. Luego me pondría la medalla, la misma que te enseñé la primera vez que viniste a mi casa, y antes de partir, por el camino más corto, a la Basílica, me despediría de mis padres y mi hermana. Ellos me desearían Feliz Estación de Penitencia, con una sonrisa de orgullo que se repite cada año. Entonces te miraría, como si no te hubiera visto nunca antes. Te abrazaría y te daría un beso. Y los ojos me brillarían, porque no tendría que pedir nada más. Porque lo tendría todo. Y todo estaría escrito. Figura de negro ruán perfilándose en la claridad de la luna de Parasceve. Bajo el antifaz una sonrisa iluminaría mi camino. Voy a ver al Señor de Sevilla y Su Bendita Madre. Voy a acompañarlos. Esa noche, la más eterna de la ciudad, sería mi padre el que te contara los secretos. Y créeme, no habrías podido encontrar mejor cicerón. Como hizo conmigo cuando era pequeño, lo hubiera hecho contigo, contándote cada detalle oculto. Y no es sólo lo que cuenta, sino cómo lo cuenta. Te habría descrito cómo luce el bello exorno floral de María Santísima de la Concepción, y habrías descubierto que es azahar, y que nadie sabe de dónde viene. Que todos los años es un secreto. Te diría que la centuria de la Macarena no es romana, es sevillana y de la marca del gran Ojeda. Que aquí son armaos y no romanos. Te hubiera contado cómo llovió un año y la sentencia, entonces de papel, se deshizo siendo sustituida por un periódico. Y también te hubiera narrado porqué la Esperanza Macarena tiene las esmeraldas verdes en su pecho, y porqué a Su espalda, en la bambalina, se puede leer Estrella de la Mañana. Hubieras recordado a tu Cristo, ese que tanto te gusta y que está en la Catedral, al contemplar la efigie del Calvario. Y seguramente, porque lo conozco, mi padre te habría contado la historia de Soleá Dame la Mano y la Esperanza de Triana, justo después de que Jesús de las Tres Caídas hubiera pasado con su izquierdo por delante y recordaras una noche de noviembre. ¿No te acuerdas? Cuando lo vimos sólo en aquel paso sobre lirios morados y yo te abrazaba por la espalda. Más tarde hubieras visto los labios moraos del Señor de la Salud y la belleza oculta, y a veces olvidada, de la Virgen de las Angustias. Pero no sería hasta las 5:30 de la madrugá cuando podría contemplarte. Sólo entonces, un río negro de tinieblas trazaría su curso por Gravina, y sería allí dónde te vería y tú me verías. Porque mi madre me reconoce por mis manos, pero tú, queridísima mía, lo harías por mi mirada, pues no habría antifaz que impidiera reconocer a aquella persona que te ama. Y me sonreirías y yo lo haría tras el ruán negro. Luego llegaría el Señor y mi padre no te diría nada. Sobran las palabras. Una saeta cruzaría la noche y el aire helado que sentirías en tu espalda te erizaría los vellos. Antesala de una música trenzada en palio de cajón. Tampoco mi padre hablaría cuando llegara María Santísima del Mayor Dolor y Traspaso, porque sabe que yo ya te lo habría dicho todo. Porque sabe que yo te habría dicho ya que Su Mirada me puede, que Ella es especial. Cómo la primera vez que fuiste a la Basílica. ¿Recuerdas aquel día? Lo pasamos realmente bien, y lo terminamos allí. Nos sentamos en el primer banco y el silencio fue la mejor forma de hablar.



Quería enseñarte tantas cosas que está carta está siendo demasiado larga, y necesito un final. Solamente quería mostrarte que el Viernes Santo tiene una luz diferente. Una luz que hace que todo tenga un brillo distinto. Es como si el cielo tuviera un velo blanco, un filtro por el que no pasan los rayos en su totalidad. Como el día que fuimos a Itálica y nos sentamos en la colina para observar la ciudad desplegada a nuestros pies o la mañana que nos deleitamos con la vista que ofrecen las almenas de la Torre del Oro. Y quizás el amanecer de este día es el más tardío de todos. Me habrías preguntado qué monumento veríamos ese viernes, y yo te diría que uno de los más bellos. El Barroco en todas sus representaciones. Y a pesar de ser ese el estilo, te hubiera descrito cómo el Romanticismo de la Carretería se deshace en el barrio de los toneleros y la bella cruz de carey que tiene un Nazareno de la calle Castilla. Te habría recordado, al ver la Soledad de San Buenaventura, lo bonito que fue aquel día que entramos en su templo. Las tres cruces de Montserrat y la Verónica penitente, justo antes de que el sol se oculte por Triana. Cuando la cava retrocede en el tiempo y un filtro blanco y negro se extiende por sus arrabales y un Cachorro gitano se atreve a morir a la vuelta. Para entonces ya habríamos visto a Jesús en su tercera caída y aquél Cirineo que tanto te gustó. Sí te acuerdas… fue el día que fuimos a San Isidoro a ver la exposición de Roelas y estaba tras una vitrina de cristal. Ése es. Pero la noche sería de luto y te enseñaría la verdad del silencio de Sevilla. La verdad de un muñidor que tañe el presente con hilos del pasado, en el compás del Convento de la Paz, dónde el tiempo se detiene y te contaría porqué al Señor lo anteceden dieciocho ciriales. Todo se habría consumado y estaría escrito el final. Quedaría el epílogo. Tambor destemplado para los Servitas, que escucharíamos en la Plaza de Santa Isabel, donde mora un crucificado de Mesa que un día veríamos. La centuria romana (ahora no son armaos) del Santo Entierro, que a mi padre siempre ha gustado más. El paseo de la Muerte por la ciudad, derrotada, ante la presencia Divina del día siguiente. Y para poner el broche final, aquella virgencita pequeñita que te enseñé una tarde de invierno tras una reja de forja. La Soledad de San Lorenzo. Y sería curioso, porque te diría, mientras esperamos a que la luz de la plaza se apague y los cirios consuman los últimos suspiros de la Semana Santa, que allí, en San Lorenzo, Todo Empieza y Todo Acaba. Se cerrarían las puertas de la Pasión tras una lluvia de cera y al acercarnos a la puerta, entre un mar de gente que nos lleva, te contaría por qué tenemos que tocarla. El porqué de una Tristeza Necesaria. Al volver a casa, te susurraría al oído que no todo se ha acabado, que en la Trinidad, allí donde una vez intentamos ver las Sagradas Cárceles, queda lo más importante. Queda la Esperanza.


Quería enseñarte tantas cosas que esta epístola se ha convertido en un evangelio, en algo excesivo, pero hay cosas que sólo se pueden decir por carta. Seguramente estés sonriendo, porque siempre me has dicho que cuando hablo de la Semana Santa no tengo límite. Soy un jartible. Lo sé. Sigo siendo un soldado anacrónico versado en las vicisitudes de la vida. Tempus fugit para los Siete Días de la Pasión. Quizás leas esta misiva tumbada en la arena fina de una playa de Huelva. O puede que el sol te esté acariciando en el patio de tu casa. No pretendo nada. Caligrafía precisa y torpe, a la vez, de aquellas emociones que he sentido sin ni siquiera llegar a vivir el momento narrado. ¿Qué hacemos? In Ictu Oculi, que diría Valdés Leal. Todo fue en un abrir y cerrar de ojos, como esta Semana que se aproxima. Solamente quería escribir aquello que pudo haber sido o que, sin darnos cuenta, fue. La ilusión es un destello efímero de los deseos de una persona. A veces se cumple, y otras, tan sólo queda impreso en el boceto del alma. Lo cierto es que yo siempre fui un iluso. Una vez leí que sólo recordamos lo que nunca sucedió. Tal vez por eso recuerdo esta carta tan bien. Por eso cada instante lo he vivido y sentido estando a tu lado. Abrazándote, besándote y acariciándote. Me has dado esa oportunidad. Una vez escuché decir que el placer está tan cerca del dolor, que a veces se llora de alegría. Dentro de poco comenzará la Gloria, y sencillamente, me hubiera gustado enseñarte cómo Sevilla se viste de primavera y se perfuma con azahar e incienso. Como dijo don Antonio Núñez de Herrera “Sí, es verdad que hay este mundo. Pero ¿Quién lo hizo? ¿qué Dios provisional para estos siete días? Hay este mundo que dura una semana. Y otro, que rueda su discurso durante todo el año. Este mundo de la Semana Santa reluce en fiesta nueva para unos nuevos ojos”.



Así es esto. Así es la Pasión según Sevilla. Todo es más hermoso. Todo es más bello porque hay un final. Porque son siete días. Porque quedará un clavel negro, chamuscado, que habrá apagado los cirios rebajados de la candelería más hermosa que ilumina la ciudad. Sólo quería que lo supieras. No podré estar a tu lado para contarte todas estas cosas, pero si quieres encontrarme, ya sabes dónde estoy.

Tu soldado de retaguardia.



(Cerró la carta con lágrimas en los ojos y salió a pasear por aquel Domingo de Resurrección)

jueves, 12 de marzo de 2009

El Club de la Lucha



- Bienvenidos al Club de la Lucha.
La primera regla del Club es, no hablar del Club de la lucha.
La segunda regla del Club es, que ningún socio debe hablar sobre el Club de la Lucha.
En cuanto a la tercera es, si alguien grita “basta”, flaquea o desfallece, el combate se acaba.
La cuarta, que sólo habrá dos luchadores.
La quinta, sólo habrá una pelea cada vez.
La sexta, se peleará sin camisa ni zapatos.
Séptima regla, las peleas durarán el tiempo que sea necesario.
Y la octava y última regla, si esta es vuestra primera noche en El Club de la Lucha... tenéis que pelear
- Tyler Durden



Quizás no me esté permitido hablar sobre El Club de la Lucha, pues me estaría saltando las dos primeras reglas, pero me encontré con él de casualidad. Fue una tarde de sábado, tal vez la lluvia que arreciaba con fuerza en el exterior tuvo que ver, y casi sin proponérmelo encontré el título entre las películas que grababa sistemáticamente y guardaba. Después de dudarlo y reflexionar sobre el título y las posibilidades que podría ofrecerme, me decidí a verla y perderme entre la historia que David Fincher proponía. El resultado no pude ser mejor.


Era una teoría interesante, sin lugar a dudas. Cuando empiezas a ver El Club de la Lucha se rompen todos los esquemas que creías tener sobre esa película. El título te cambia la percepción de la realidad que estás visionando y consigues introducirte de lleno en una historia que no te dejará indiferente, para bien o para mal. Desarrollo de ideas perfectamente organizadas que, si confluyen a la vez, parece como si el caos se extendiera por la pantalla, pero todo establecido de forma magistral. Un desorden ordenado. El resto se convierte en un desarrollo de acontecimientos que atrapa al espectador y lo absorbe en una mezcla de inusual interés y rasgada curiosidad. No puedes dejar de verla hasta que llega el final.

- Lo sé porque lo sabe Tyler – Jack


La sinopsis que nos facilita FilmAffinity es la siguiente: “Jack es un personaje insomne y desesperado por escapar de su fatal y aburrida vida. En un viaje en avión conoce a Tyler Durden, un carismático vendedor de jabón con una filosofía muy particular; Tyler cree que el perfeccionismo es para los débiles y que es la destrucción de uno mismo lo que realmente hace que la vida merezca la pena. Jack y Tyler forman un club de lucha secreto que se convierte en un éxito arrollador”. La película tuvo sus seguidores y detractores, recibiendo fuertes críticas en su día que la situaban desde sutilmente provocadora, hasta peligrosa apología del terrorismo. En la misma web nos ofrecen varias opiniones, como la de Carlos Boyero en el Diario El Mundo, que la califica de "pretenciosa gilipollez (...) Todo resulta un disparate con pretensiones de gran espectáculo", o Jordi Batlle Caminal en La Vanguardia "su contundencia y radicalidad levantó ampollas", y la contundente visión de Fernando Morales en El País, "de todos es sabida la predilección de Fincher por la violencia. Pero en esta ocasión se ha pasado. El filme es un puro despropósito, un canto fascista al salvajismo". Evidentemente, la película tiene una dosis de violencia que concuerda con el título que posee, pero no por ello resulta una cinta extremadamente violenta, como otras películas que presumen de títulos afables, guiones alabados e historias, presumiblemente, bonitas.



- Lo que posees, acabará poseyéndote – Tyler Durden

Título original: Fight Club
Año: 1999
Director: David Fincher
Productor: Arnon Milchan
Guión: Jim Uhls
Fotografía: Jeff Cronenweth
Música: The Dust Brothers (Michael Simpson y John King)


Reparto:
Edward Norton Jack/Narrador
Brad Pitt Tyler Durden
Helena Bonham Carter Marla Singer
Meat Loaf Robert Paulson, ‘Bob’
Jared Leto Angelface
Rachel Singer Chloe
Joon B. Kim Raymond K. Hessel


Las críticas de cine son opiniones, y la mía queda reflejada aquí. No soy crítico de cine, ni pretendo serlo, pero me gustan las películas que te hacen pensar, aquellas historias que aportan reflexiones que, tal vez, nunca te habías planteado. La película está basada en la primera novela de Chuck Palahniuk, un mecánico de Portland, Oregón, que escribió su obra a mano en solo tres meses, con un interés inusitado y una inspiración sin descanso, como demuestra que a veces, hasta la escribía en un sujetapapeles debajo de un camión. La cinta concluye con una magnífica canción de The Pixies, titulada “Where is my mind?”, del CD Surfer Rosa (1988), la cual os dejo en un video, con la letra subtitulada. Los acordes empiezan a sonar cuando la película comienza a terminar.

- Confía en mí, todo saldrá bien – Jack



- Me has conocido en un momento extraño de mi vida - Jack

lunes, 26 de enero de 2009

Locura

La locura es un estado, o quizás una sensación. Un sabor extraño en el paladar de la razón que afecta a los sentidos externos invadiendo el subconsciente de los internos. No todas las locuras son iguales. Como norma general, y aplicando el significado de un diccionario cualquiera, podríamos decir que la locura tiene relación directa con la privación del juicio o del uso de la razón. Pero… ¿es siempre necesaria el uso de la razón?, ¿qué ocurre cuando una situación requiere la privación del juicio?. Supongo que nadie se ha planteado esta cuestión. Y si se la ha planteado, probablemente ahora mismo sea preso de la locura. Quizás Vincent no estaba loco, sencillamente le hicieron pensar eso. Solo se lo creyó. La locura es un estado emocional al que se puede llegar por medios colaterales. Seguramente si un médico, psiquiatra o psicólogo lee esto, pensará que mi reflexión no se apoya en una base científica y que no llevo razón, y no estaría equivocado, pues no soy ninguna de las tres cosas.

Dicen que cuando la locura te atrapa entras en un mundo diferente. Es como si la realidad se derritiera, pero no llega a ser Surrealismo. Tal vez la locura te atrapa. Arremete contra ti y te hace suyo en un mundo lleno de sinrazón. Un mundo que ha perdido el juicio. Un mundo de locos donde, estar cuerdo, es una locura. Entonces, sólo entonces, te sientes perdido. Como si fueras el náufrago de una tabla flotante en las aguas de algo desconocido. No sabes dónde estás. No sabes quién eres. Te confunden con personajes famosos o crees ser uno de ellos. Cuando llega este momento ves las cosas más claras. Ya no comprendes la realidad porque eres parte de ella. La realidad es una locura y tú perteneces a su entramado. Ese es el momento de ingresar en el Fletcher Memorial Home.

¿Qué es lo que podemos encontrar en dicho lugar?, ya lo dijeron ellos. "Damas caballeros, por favor, den la bienvenida a Reagan y Haig, al señor Begin y amigos. A la señora Thatcher y Paisley, al señor Brezhnev y compañía. Al fantasma de McCarthy y a las memorias de Nixon. Y ahora, para añadir color, un grupo de anónimos magnates. Latinoamericanos de las conservas cárnicas". Sí amigos. Ya hemos entrado en el Fletcher Memorial Home. El lugar donde se honra la memoria selectiva de los grandes gobernadores de la locura. La forma de protesta después de la victoria del Reino Unido en la Guerra de las Malvinas. ¿Y no se sigue viviendo esta locura?, cambien los nombres mis queridos amigos. Sólo adáptenlos al presente. La locura no se ha extinguido, sigue siendo patrimonio del ser humano racional. Para estar loco, sólo hay que perder la razón. O no. “¿Esperaban que les tratásemos con algo de respeto?”. Ellos lo estaban anunciando, “Un rinconcito que sea sólo suyo. El Hogar Conmemorativo Fletcher para tiranos y reyes incurables”. ¿Y qué es la locura? Tan sólo un estado en el que el ser humano desconecta de la realidad para, quizás, pertenecer a ella. Cuando esto ocurra. Ya sabéis dónde tenéis que ir. Allí el fluido rosa convivirá con la razón más clara y nítida. La que otorga la locura.

“¿Está todo el mundo dentro? ¿Lo estáis pasando bien? Ahora puede ser aplicada la solución final”

The Fletcher Memorial Home - Pink Floyd

Take all your overgrown infants away somewhere
And build them a home
A little place of their own
The Fletcher Memorial Home for incurable tyrants and kings

And they can appear to themselves every day
On closed circuit T.V.
To make sure they're still real
It's the only connection they feel

"Ladies and gentlemen,
please welcome Reagan and Haig,
Mr. Begin and friends
Mrs. Thatcher and Paisley,
Mr. Brezhnev and party
The ghost of McCarthy
The memories of Nixon
And now adding colour
A group of anonymous
Latin-american meat packing glitterati"

Did they expect us to treat them with any respect?
They can polish their medals and sharpen their smiles,
And amuse themselves playing games for a while
Boom boom, bang bang, lie down you're dead

Safe in the permanent gaze of a gold glass eye
With their favorites toys
They'll be good girls and boys
In the Fletcher Memorial Home
for colonial wasters of life and limb

Is everyone in?
Are you having a nice time?
Now the final solution can be applied



Llevad a todos vuestros grandullones niños a algún lugar lejano
Y construidles un hogar
Un rinconcito que sea sólo suyo
El Hogar Conmemorativo Fletcher para tiranos y reyes incurables

Allí ellos podrán aparecer ante sí mismos cada día
En circuito cerrado de televisión
Para asegurarse de que todavía son reales
Es la única relación que sienten

"Damas caballeros, por favor,
den la bienvenida a Reagan y Haig,
al señor Begin y amigos
A la señora Thatcher y Paisley,
al señor Brezhnev y compañía
Al fantasma de McCarthy
Y a las memorias de Nixon
Y ahora, para añadir color,
un grupo de anónimos magnates
Latinoamericanos de las conservas cárnicas"

¿Esperaban que les tratásemos con algo de respeto?
Pueden sacar brillo a sus medallas y exagerar sus sonrisas
Y divertirse entre ellos haciendo juegos durante un tiempo
Bum bum, bang bang, cáete al suelo estás muerto

A salvo bajo la permanente mirada de un frío ojo de cristal
Sus juguetes favoritos
Serán buenas chicas y buenos chicos
En el Hogar Conmemorativo Fletcher para
Colonizadores derrochadores de vidas y cuerpos

¿Está todo el mundo dentro?
¿Lo estáis pasando bien?
Ahora puede ser aplicada la solución final.