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lunes, 23 de noviembre de 2009

Cello

Una vez llegó un hombre a El Torino hablando de una mujer, el alma y el aire. Ese día, la barra lucía las manchas del viernes y la conciencia se quedaba pegada a la comisura de los labios de la bella Inés, que cantaba al otro lado del velo de alquitrán. Aquel tipo se dejó caer por el gaznate de las escaleras del bar pasada la media noche de los noctámbulos, y me pareció un espíritu consumido por la oscilante luz de la bohemia. Puso su sombra a remojar en una ginebra sin tónica y dejó crecer sus palabras con el humo de su cigarrillo. Recuerdo su mirada, desgastada de tanto usarla, pero pulida con un exquisito brillo de vida. Comenzó a recitar una poesía como presentación mientras su aliento tallaba el aire de volutas grises:

El alma es igual que el aire.
Con la luz se hace invisible,
perdiendo su honda negrura.
Sólo en las profundas noches
son visibles alma y aire.
Sólo en las noches profundas.
Que se ennegrezca tu alma,
pues quieren verla mis ojos.
Oscurece tu alma pura.
Déjame que sea tu noche,
que enturbia tu transparencia.
¡Déjame ver tu hermosura!

Una poesía al trasluz del aliento denso del bar era igual de chirriante que un vaso limpio tras la barra. Dejó que el ambiente viciado de El Torino secara mi impresión húmeda de ron y dijo el nombre de su autor. Manuel Altolaguirre. No acerté a decir nada más ingenioso que un sonoro silencio, adornado con la sonrisa sincera que guardo para los encuentros familiares. Era uno de esos hombres anacrónicos, sacados de una novela negra de viñetas monocromas. Me lanzó una pregunta cuando estaba leyendo las arrugas de sus ojos. ¿Has tocado alguna vez un cello? La respuesta negativa de mi cabeza le abofeteó media sonrisa seca en su cara. A veces la vida te da la oportunidad de conocer historias que cambian la tuya. A veces la vida te da la oportunidad de emborracharte de un alcohol diferente al etílico y puedes degustar vicios ajenos. Me dijo que había visto una mujer que era un cello. Me habló del sonido eterno de ese instrumento, de su esencia y de su forma y figura. Me contó que cuando la tuvo delante sintió uno de los sonidos más bellos que tiene la vida.


Estás hablando de una fotografía de Man Ray, le dije por primera vez roncando las palabras de mi garganta, pero con la misma seguridad con la que una voz sensual te invita a una cama gratis. Siempre he sido un experto para perderme entre los nutritivos escotes de las mujeres que asoman por El Torino. Agarro las curvas femeninas con la misma pasión con la que trabaja un escultor. No me importa gastar la lengua con los labios de bocas ajenas o tallar mi saliva con la madera de la nariz de Pinocho, si eso me sirve para salir acompañado cuando se acuesta la luna. Sin embargo, debo reconocerte que no supe interpretar el mensaje de ese tipo. Me miró sin saber de qué hablaba y me respondió tan serenamente como el silbido de un sicario tras despachar su trabajo.

¿Man Ray? No sé quién es Man Ray. Yo hablo de una mujer que conozco. Cuando escuchas hablar a un cello, el sonido de su corazón te atrapa como el canto de una sirena, como el alcohol embriaga los sentidos de un borracho. Puedes ver qué color tienen los sentimientos y la música de la vida. La elegancia toma forma y el perfume de las notas embriaga el ambiente. Así es la mujer que conozco. Te hace vibrar como las cosquillas del arco que dan vida a las cuerdas. Te hace temblar cuando te mira. Y su sonrisa parte en dos la conciencia racional de un hombre y vuelve cuerdo a un loco. Es capaz de derretir el fuego con su cuerpo. ¿Has conocido alguna vez a una mujer capaz de pintarse los labios con el carmín del vino? Así es ella. Elegante y con clase. Créeme cuando te digo, muchacho, que cuando la conoces jamás has sentido una tentación tan atractiva y prohibida a la vez. El alma es igual que el aire, con la luz se hace invisible. El alma del cello no se ve, pero se siente, sólo así eres capaz de tocarlo.


Fue eso. Nada más. No volví a verlo. Susurró una historia breve como el suspiro de un niño. Tenue como la luz amarillenta de la barra. El hilo destilado de su voz me acomodó una imagen borrosa en mi cabeza que sólo recuerdo cuando bebo ginebra. Desde entonces busco a una mujer que se parezca a la de Man Ray. Busco a una mujer que me enseñe el decálogo de la tentación del vicio y el alma oculta de un violonchelo. Cuando la encuentre le contaré mi historia y se la dedicaré para hacerla inmortal. Sólo tendré que decir: "para el cello que me enseñó cómo suena la vida..."

martes, 29 de septiembre de 2009

Ya no sale

Es un rito. Ya lo dijo don Rafael Montesinos, el rito y la regla. Todos tenemos un rito personal, cargado de símbolos e iconografía propia y familiar. Todos respiramos la tradición y costumbre enraizada en el corazón más profundo de nuestra semilla cofrade. Es así y así debe ser. Llegará el día, y como siempre, nos costará respirar. Llegará y necesitaremos inhalarlo entrecortadamente, como si el aliento fuera denso en nuestros pulmones y le costara entrar y salir. Nos faltará el aire y la emoción silenciará las palabras que sobran cuando hay gestos que lo llenan todo. Y habrá recuerdos, deshilachados en el ambiente por la ausencia de quien se quiere y no está. Será entonces cuando sintamos llegar el momento. Y no se hablará. Y será en silencio. Túnica sobre los hombros. Ya sientes el peso de la estación y el olor inmaculado, sin rastro del paso del tiempo. Huele a una tarde santa. A una noche eterna. Ceñirás cíngulo o cinturón de esparto. Botonadura o cola. Medalla propia y ajena, pero familiar. Y luego, cuando el aire que acaricie tu cara sea el de la calle, cubrirás tu rostro y serán tus ojos la única ventana de tu alma. Escucharemos a nuestras espaldas: ¡mira mamá, un nazareno!. Y habrá comenzado la Estación de Penitencia. Son los nazarenos dueños de su anonimato. El antifaz los convierte en iguales. Todos son figuras aisladas dentro de un conjunto equilibrado. El cortejo de la cofradía. Un año puede faltar uno, pero la gente no se da cuenta. Otro puede tener uno de más, pero tampoco se dan cuenta. Solo la madre, la mujer, el marido, el hijo, la hija, el amigo son conscientes de esa ausencia o de esa incorporación. Para el resto, es una masa articulada que se adapta al horario de paso. Un río de cera ardiendo que antecede al Señor y Su Madre.

Siempre he dicho que mis años comienzan en septiembre. Es en este mes cuando la vida laboral vuelve a ponerse en funcionamiento. Es en septiembre cuando queda un año para las vacaciones. Y es en este mes cuando empezamos a calcular con mayor frecuencia los días que faltan para Semana Santa. En esa cuenta, en la que caen las hojas del almanaque como marchitas manos de árbol, es cuando la ilusión se incuba de manera especial. Se acumula en nuestro interior y estalla el siete de enero, cuando la Estrella de Bagdad aún no ha dejado de brillar en el horizonte. Pero este año será diferente. Este año ya no sale. Dice nuestro amigo Diego que no quiere salir más. Dice nuestro amigo Diego que cuelga su túnica de red internacional. Ya ves, dirán muchos, un nazareno menos para el cortejo. Algunos no lo notarán, gran cantidad de internautas no se enterarán, a otros no les importará, pero muchos de nosotros notaremos el hueco en la fila. Dice nuestro amigo Diego que todo llega. Tal vez ya era hora de no volver a sacar más papeletas de sitio de este cortejo de redes. Tenemos que respetar su decisión, pues no cabe otra, pero no tenemos porqué estar de acuerdo. Yo no lo estoy amigo Diego, porque tus versos me han hecho reír, me han hecho reflexionar. Porque tus versos han traído incienso a mi cabeza, han sido la protesta de todos nosotros. Porque tus versos, amigo mío, me han emocionado. No me lo tengas en cuenta, que ya sé que tengo que respetar tu decisión, simplemente me he drogado demasiado con tus palabras y ahora, cuando vuelva a cruzar LaCava de la red buscándote, notaré tu ausencia en las filas. Son los nazarenos dueños de su anonimato. El antifaz los convierte en iguales, pero muchos de nosotros nos daremos cuenta que este año, cuando el azahar sea semilla y el incienso ni siquiera esté mezclado, nos faltarán los versos de nuestro amigo Diego, Lacava. Gracias por regalarnos tres años de exquisita elegancia escrita. Aquí tiene voacé su casa y, no te preocupes amigo, que dejaremos la puerta abierta, por si acaso se te ocurre regresar.

viernes, 17 de abril de 2009

La espera

“Conocer el alma sevillana, adentrarse en sus complicaciones, saber salir a la superficie de su serenidad, después de haber recorrido el laberinto de sus requerimientos sentimentales, es dar a la Semana Santa sevillana el alto valor espiritual que le corresponde. Ignorarlo todo, medir este pueblo con el mismo rasero con que se han medido otros pueblos, es leer un día que los disciplinantes se alquilaron y negar los disciplinantes; es no comprender la Semana Santa de Sevilla y negarla”Manuel Chaves Nogales


La calma que azotaba con fuerza la ciudad se hacía sentir. Había acabado ese mundo de siete días. La completa normalidad era, probablemente, lo más anormal. Algo inverosímil. La mayor rareza que cerraba el ciclo abierto hacía apenas una semana. Ecos de cornetas y redobles aún se cuajaban en los rincones de la urbe. Las saetas se despegaban de la cal de las paredes y la cera se secaba a la luz de la luna. Todo en calma. En silencio. La soledad es un lugar tan vacío, que hace temblar el alma. Y ahora la ciudad estaba sola. Quedan las imágenes latentes que conservaremos replegadas en la memoria. Los milagros desarrollados en una Semana Santa magnífica.


Y andando por las calles de la melancolía, de la nostalgia, me perdí entre el vacío de una normalidad que estallaba en un silencio callado. Era ya de madrugada y no había nadie en la calle. Todo ha llegado a su final. Aquí no ha pasado nada. Sólo quedan vestigios. Restos inequívocos de lo que ha ocurrido. La cera exorna el asfalto. La rampla espera a su transporte. Las luces vuelven a ser eléctricas. Petaladas de sueños consumidos al aire. Incienso en el ambiente que se diluye con el frescor de las noches. Incluso parece que hasta el azahar se ha marchitado. No podemos atrapar el tiempo, y siguen las horas su curso para otorgarnos esa tristeza tan necesaria que tantas veces he nombrado. La misma que emerge cuando se espera a la Soledad de San Lorenzo. Triste y sola, como diría el Bachiller Fulano de Tal.

Ya la hora de maitines es llegada,
ya amontonan las sillas, y la gente
se retira en silencio lentamente
con cara soñolienta y fatigada.

Como triste violeta abandonada,
con un puñal clavado reluciente,
pasa La Soledad rápidamente
bajo el dosel llorosa y enlutada.

¡Madre Santa, que apuras el dolor
terrible, amargo, duro y angustioso,
de volver sola de enterrar tu amor!
Eres broche magnífico y valioso
que cierra la diadema soberana
de la Semana Santa Sevillana.



Tal vez por eso, o porque San Lorenzo tiene para mí un toque de principio y de fin, me acerqué, lentamente. El frío de la noche se hacía notar. Esta vez no estaba acompañado cuando pasé por San Juan de la Palma. Sonreí al ver la puerta. ¡Cuánto se va al ver entrar a la Amargura!. Nunca los momentos se repiten. Nunca los instantes que el tiempo te deja vivir son los mismos, por mucho que nos empeñemos en compararlos. A veces, casi sin darme cuenta, me quedo mirando un momento fijamente, para de alguna forma grabarlo a fuego en mi memoria. Archivarlo en mis recuerdos. Soy un ladrón de imágenes. Quizás por este motivo al pasar por la puerta del Silencio Blanco, sonó en mi mente Jesús de las Penas y luego Amargura. Algo se movió dentro. Un roce de labios inolvidable. Hasta el corazón dio un vuelco. Es necesario seguir adelante. Es necesario esperar. La paciencia es virtud y compañera de viaje para aquél que disfruta del goce sublime de un bello instante. Dos Miradas enfrentadas. Dos Miradas que me pueden. Y mientras, la normalidad del silencio de la noche me abraza con su punzante lógica. Todo ha acabado. Quedan las emociones. Las sensaciones. Los momentos. Me acercaba a la Plaza y recordaba la última vez que estuve allí. Al despedir a la Soledad. Y esas palabras de Peyré

“Por mi parte, a mi regreso de San Lorenzo, de donde volvía de acompañar a la Soledad, no solamente no me sentía cansado, sino que experimentaba la vacía sorpresa y la indecible tristeza que se apodera entonces de la ciudad y penetra en todas las almas”.


¡Cuánta verdad se esconde en estas letras! Y llegué a San Lorenzo. Luz naranja, como la del Sol, para alumbrar la noche donde vive el Señor de Sevilla y Su Bendita Madre. Sólo silencio. El eco de mis pasos y aquel nudo en la garganta que se ceñía a mi pena. Entré por Conde de Barajas y observé la puerta de la Parroquia y luego la de la Basílica. Entonces fue cuando le vi. No había nadie en la Plaza. Y allí estaba, sentado en la puerta del Gran Poder. Un niño. Ni siquiera pasaban coches cerca. Una calma extraña y densa sembraba el ambiente de un silencio acogedor. Un sosiego y una quietud que acariciaba la piel erizándola. Observé al chiquillo que miraba hacia abajo. Sostenía en sus manos una cestilla de mimbre oscura. Estaba ataviado de blanco y lucía una cruz roja en el pecho. ¿Un nazareno de la Borriquita?. Tendría unos ocho años. Me acerqué lentamente. Ni un ruido. Tampoco la brisa del frescor de la madrugada se hacía notar. Era como si hubiera desaparecido la temperatura y el vacío de la noche se hubiera tragado los sonidos achacosos de la tristeza. Ni siquiera mis pasos devolvían eco alguno. Nada. Cuando llegué a la puerta, aquel niño me miró. No sabría decir qué sentí en ese momento. No sabría explicar porqué mi cuerpo se paralizó y mi mente naufragó en un mar blanco. Aquel niño rebosaba una hermosura que jamás podré describir con palabras. Casi sin voz, le pregunté qué hacía allí. Entonces me sonrió. “Esperar… Estoy esperando a que bajen al Señor, pues entonces comenzará Todo”. Mi rostro tuvo que ser una interrogación vacilante entre la sorpresa y la ternura. No hablé. Enmudecí ante el dulce rostro de aquel niño y su sencilla respuesta. “Ya sólo queda un año”, apostilló sin dejar de sonreír. No dije nada más. Todo estaba claro. Fue entonces cuando lo entendí. Asentí y le devolví la sonrisa. Es un ciclo, y ahora comienza la espera. De nuevo seremos niños que contaremos los días que quedan para volver a sentir la ilusión, y nos haremos mayores el Viernes Santo, cuando la Luz del mundo haya cambiado y sólo queden tres días para que el Señor resucite. Y nazca de nuevo. Y vuelva a ser Niño que espera el Domingo de Ramos para salir del Divino Salvador. Pero antes… bajará en San Lorenzo para abrazar a sus hijos.


“No podréis concebir ninguna otra utilidad para vuestros días, ni ningún otro gusto a la vida. Con toda la ciudad, giraréis alrededor de no sé qué vacío de naufragio. ¿Esperar un año antes de volver a ver los camiones descargar las tablas de los palcos y tribunas, antes de sorprender un paso, con sus figuras bajo fundas blancas, a través de una callejuela? ¿Un año, antes de ver a la Amargura reaparecer en el umbral de San Juan de la Palma? ¿Esperar un año la vuelta de la fiesta? Toco aquí uno de los secretos de la tristeza de Sevilla, que dura mucho más que la alegría, pero que la primera visión de la Semana Santa es suficiente para conjurar; lo sé, por haberlo sufrido yo mismo”.

De nuevo Joseph Peyré ponía palabras a mis sentimientos. Ha sido una Semana Santa espléndida. Una de las mejores de mi vida. No la olvidaré… aunque el año que viene, cuando sea Domingo Ramos, habrá que volver a dejarse llevar. Emocionarse sin razonar. Sentir sin explicar. Llegué a la esquina de Eslava y escuché el chirriar de las ruedas de un coche. Había vuelto el ruido. Miré atrás y el Niño ya no estaba. Sonreí con una mezcla de pesadumbre y alegría. Comienza la espera y la Plegaria del Bachiller Fulano de Tal me parece la mejor para volver a mi casa. Para volver a la normalidad. Para volver a esperar…

He experimentado supremo el espanto
de verte ¡Jesús! Prendido en el huerto,
y he sufrido triste mirándote muerto
colgado tu cuerpo del Madero Santo.

De brillantes gotas de tu amargo llanto
contemplé ¡María! Tu rostro cubierto,
y he visto en tu pecho la llaga que ha abierto
el puñal terrible de tu gran quebranto.

¡Padre! Te he seguido del huerto a la fosa;
¡Madre! Me han herido tus siete dolores;
con voz conmovida, ferviente y llorosa,
yo os pido una gracia rendido de amores:
¡Dejadme que llegue, si así me conviene,
a Semana Santa del año que viene!


martes, 25 de noviembre de 2008

El atardecer de Vincent

Brillaban sus ojos al resplandor de los recuerdos. Estaba viendo aquel libro y entonces apareció ese cuadro primerizo en el prólogo del que sería un gran pintor. Acarició delicadamente la fotografía como si pudiera atravesar con sus dedos el papel y sumergirse en la atmósfera que insinuaba la obra. Su rostro dibujó una sonrisa profundamente melancólica y cargada de sentimientos. Era como si la tristeza, por un segundo, hubiera aprendido a reír, a esbozar alegría sin serlo. Sólo era una ilusión y él lo sabía. A veces, se acordaba de lo difícil que eran algunas cosas, y entonces parecía escuchar su voz... dicen que la vida es así. Y otras, se dejaba atrapar por don Pedro, y cómo sugería que la vida no era otra cosa sino sueño.

¿Qué es la vida? Un frenesí,
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.



Observó el cuadro con detenimiento y su corazón comenzó a latir con una fuerza inusitada. Desboque de sentimientos encontrados en el rincón de la memoria. Pudo sentir que le envolvía aquel atardecer verdoso de tonos pardos y emborronado por las lágrimas de la realidad. El gran Vincent ya demostraba su tremenda facilidad para la pintura, aunque aún no había estallado en su interior el ramillete de pinceladas vivas y chorros de luz que el Impresionismo se encargaría de espolear, para acabar cometiendo con su obra, un toque de originalidad inusitado y único en la Historia del Arte. Había saltado al cuadro y se encontraba en aquella pequeña región de Nuenen que acogiera un tiempo al pintor. Contempló el esquema organizado y trazado de aquella zanja central nevada, que seguía su curso hasta la línea final del prado, otorgando una senda de luz, apenas sugerida, y dividiendo hasta el límite del cielo en dos el paisaje. Árboles y zanja verticalmente y el horizonte como frontera horizontal. La lejanía marcaba el final del día entre tonalidades verdosas, oscuras y terrosas. Sólo una línea de luz marcaba la diferencia de atmósfera de toda la obra. El sol moribundo y sus últimas palpitaciones de color anaranjado. Van Gogh estaba palpando el Impresionismo sin necesidad de acudir a París, pues su genialidad se lo ofrecía en bandeja.


Una lágrima furtiva, desoyendo la fuerza de la razón, descendió rápidamente por su rostro e impactó en el libro quebrándose en mil pedazos. Contempló la lámina que ofrecía el libro detenidamente, una vez más. Vincent Van GoghPaisaje al atardecer. Suspiró en un quejido contenido y sus ojos, vidriosos y febriles, dejaron de mirar para ver en su interior. La tira de imágenes aparecía como una proyección de diapositivas ante su mirada velada. Un atardecer con la sombra del gran Vincent bajo su subconsciente y el frescor del final del día acariciando su rostro. Sintió de nuevo las cosquillas en la boca del estómago y aquel momento congelado en un instante del pasado. Los muslos fríos al contacto de la piedra antigua y los detalles de una historia corriendo ante sus ojos como la función de un teatro clásico. Todo desplegado bajo sus pies en el final de un risco. Y al fondo del pasillo de lo ilimitado, un desfile de luces cambiantes y un disco anaranjado que desciende lentamente. Todo es tan bello. Hay tanta belleza alrededor. Y por encima de toda aquella hermosura, estaba ella.


Nada tenía sentido sin ella. La respuesta a todas las preguntas. La dosis necesaria para seguir con vida. La mayor luz de aquel atardecer. Recordaba su perfume. Su olor. El tacto de su piel bajo sus manos. La fuerza con la que sus dedos se entrelazaban en una alianza de amor incondicional. Sonrió mientras una nueva lágrima le besaba el rostro. Recordaba cómo la había abrazado, delicadamente, sintiéndola entre sus brazos. Cómo le había apartado el pelo suavemente para verla mejor. ¡Estaba tan guapa!. Recordaba su sonrisa y su mirada... la misma sonrisa que le hacía temblar y esa mirada que lo atrapaba. Algo genial y especial. Y ahora, sólo y en silencio, sentado en su viejo sillón, observaba aquel cuadro en el que atardecía en Nuenen. El sol se ponía sin remedio, como aquella tarde. Como aquel día que jamás quiso se acabase. No podía parar el tiempo, y tampoco pudo ese día. El sol acabó clavándose en las entrañas de la tierra. Lentamente. El ocaso de una bellísima tarde que agonizaba mortecina entre luces malvas y anaranjadas. Con una parsimonia cargada de hermosura y nostalgia en un mismo golpe. El fin del mundo atrapado en el límite de un risco de piedra clásica. La impotencia de saber que se acaba el día y que no puedes hacer nada porque finalmente el astro rey se oculte tras el horizonte. No puedes pararlo. No puedes frenar el curso del tiempo. Su vista se convirtió en un velo húmedo y la garganta se cerró rápidamente con un mordisco letal. Ese atardecer sólo era un recuerdo y ahora ella no estaba junto a él para abrazarla, acariciarla y besarla. Y le faltaba el aire. La echaba tanto de menos... ¿Dónde estás?, se preguntó mientras su alma se escapaba por los resquicios de su corazón.

Las palabras de Van Gogh en una de las cartas a su hermano Theo resonaban en su cabeza una y otra vez, “una de las cosas más bellas ha sido pintar la oscuridad, que es también color”. Sin darse cuenta, había pasado todas las páginas del libro, y ahora sostenía la cubierta. Las páginas habían pasado sin ser leídas. Sin ser vistas. Habían pasado sin sentido, como el tiempo transcurrido desde la última vez que la vio...

miércoles, 8 de octubre de 2008

El dolor del Guernica

Como si de una densa niebla se tratara, las imágenes se fueron disipando en los ojos de la memoria y una faz blanca lo inundó todo. Un destello de luz roto de pronto por la oscuridad profunda de las tinieblas. Miedo y pavor extendiéndose como la pólvora de miles de cañones. Hay recuerdos que no se pueden borrar. Hay momentos que no se pueden desterrar de la mente. Hay heridas que el tiempo jamás podrá cerrar y curar, porque el olvido no es suficiente para hacer frente a muchos de los sentimientos que mueven el corazón de una persona. Es entonces cuando los sueños se convierten en pesadillas y aquellas imágenes que se intentaban desvanecer, vuelven una y otra vez. Sudando y ahogando un grito desesperado, Emilia se incorporó en la cama. Hacía tiempo que su pasado no le visitaba cuando Morfeo la abrazaba, pero esa noche la sobresaltó un ruido de aviones y cientos de explosiones a su alrededor. Gritos de terror y miedo fundidos en sepia. Miró a su alrededor y comprobó que todo estaba en orden. Silencio y tranquilidad. La maleta antigua, de piel gastada por el paso del tiempo, reposaba cerca de la puerta. Su ropa para el viaje esperaba en la silla de su cuarto, mientras su marido no dejaba de resoplar rítmicamente en sonoros ronquidos. Miró el reloj y se dio cuenta que aún le quedaban varias horas hasta que la alarma avisara para la hora de partir. Madrid les esperaba. Se volvió a acostar y cerró los ojos, con la esperanza de no encontrar más gritos en sus sueños.


“Fue en la edad de nuestro primer amor
cuando los mensajes son propicios al precoz embelesamiento
y los suaves atardeceres toman un perfume dulcísimo
en forma de muchacha azul o de mayo que desaparece,
cuando
unos hombres duros como el sol del verano
ensangrentaban la tierra blasfemando
de otros hombres tan duros como ellos;”

Las noticias de la Guerra Civil no hacían otra cosa que minar el ánimo de Pablo. La Exposición Internacional de París se acercaba a pasos agigantados y tenía que entregar su obra para el Pabellón Español. Una obra que no tenía acabada. Una obra que no había comenzado. Impotente por los acontecimientos que se vivían en su país, se dejaba calmar por la tranquilidad de los alrededores de la casa rural, no lejos de Versalles, en las inmediaciones de Le-Tremblay-sur-Mauldre. Pero las noticias no dejaban de llegar. Su madre, residente en Barcelona, le pone al corriente de cómo España se acuchilla y masacra. Todos los relatos son negras necrológicas de un país que estalla por los cuatro costados y el desmoronamiento de la razón humana. España se muere en una guerra incivil. Hasta Salvador se dio cuenta y realizó una premonición de receta para una “Construcción blanda con judías hervidas”. Una auténtica metáfora visual de las tensiones físicas y emocionales que ahogaban a la piel de toro. Y entonces llegó el 26 de abril de 1937 y la muerte cayó del cielo en el vientre de unos misiles. Al día siguiente, Pablo leía el periódico francés L’Humanité y temblaba en lo más profundo de sus entrañas, al comprobar cómo la locura de la guerra y el miedo del poder irracional, sesgaba la vida de inocentes. Las dramáticas fotografías del rotativo galo sobrecogieron al pintor y le sumieron en un profundo pesar. Su mente retuvo esas imágenes latentes de barbarie y terror y la inspiración acudió en forma de musas cadáveres que danzaban a su alrededor. Sintió pena, rabia, ira e impotencia. Angustia frente al dolor universal que simboliza una guerra. Los tres días siguientes serían el marco geográfico de una idea. La gestación de modelos de dolor imborrable que perdurarían por siempre en la creación de uno de los mayores alegatos genéricos contra la barbarie, el terror y la guerra. El sábado 1 de mayo de 1937, apareció el primer boceto de su futura obra para el Pabellón de España de la Expositión Internationale Des Arts Et Techniques Dan La Vie Moderne de París. El sábado 1 de mayo de 1937, "El Guernica" comenzó a tomar forma.


“tenían prisa por matar para no ser matados
y vimos asombrados con inocente pupila
el terror de los fusilados amaneceres,
las largas caravanas de camiones desvencijados
en cuyo fondo los acurrucados individuos
eran llevados a la muerte como acosada manada;”

Camino de Madrid. El tren no se parecía para nada a los de antaño y la gente estaba alegre y contenta. Su marido, su fiel compañero, la besó manteniendo sus labios con tremendo cariño entre los suyos. Habían pasado los años y seguían manteniendo la llama del amor vivo como el primer día, alimentándolo cuando era preciso con caricias y cariño. Ella le sonrió pero estaba lejos del tren y su amortiguado traqueteo. Se frotó el dorso de la mano lentamente y dejó notar las arrugas del tiempo en el tacto. Tenía un par de señales de dos cortes profundos de su infancia en la mano izquierda. Recuerdos de aquella tarde del 26 de abril de 1937. Sus ojos se endurecieron y su mente cruzó el horizonte del pasado para perderse entre gritos de desesperación y llanto. Sonidos de pólvora y terror. Olores de metralla y humo de barbarie. Cicatrices sin cerrar del todo en una vida marcada por un bombardeo. Guernica explotando al aire en un torbellino de gritos y llanto. Ojos desorbitados y miradas de miedo que precedieron a una jornada de dolor. Ni siquiera un mes después, Emilia subía a “La Habana”, el barco que trasladaría a Inglaterra a más de 3500 niños, evitando esa sangrienta guerra incivil que atravesaba el país. Nunca se había sentido tan sola como en aquel barco. Rodeada de niños y sola. La soledad... no siempre se presenta de la misma manera. Tenía catorce años y jamás olvidaría el bombardeo y la última vez que vio el rostro de su madre, bañado en lágrimas.


Faltaba poco y su marido la despertó del pasado con una dulce sonrisa. Sabía en qué pensaba y no hizo falta hablar. A veces... las palabras sobran cuando se conocen los sentimientos. Y él lo sabía. Acarició su mejilla con toda la delicadeza que pudo y le besó la mano. Emilia sonrió y se dejó llevar por el presente y el delicioso sabor a vida que ofrecía. Pronto estarían en Madrid.

“era la guerra, el terror, los incendios, era la patria suicida,
eran los siglos podridos reventando;
vimos las gentes despavoridas en un espanto de consignas atroces;
iban y venían, insultaban, denunciaban, mataban,
eran los héroes, decían golpeando
las ventanillas de los trenes repletos de su carne de cañón;”

Junio de 1937. Había cumplido y la obra estaba terminada. Pablo la observó alejándose hacia atrás, con su vista cansada y su ánimo encontrado en un cruce de sinsabores. Allí estaba su mural para el Pabellón Español. "El Guernica". La expresividad se hacía patente en la distorsión y fragmentación de las figuras. De ellas emergía la angustia y el sufrimiento. El caos se apodera de la estructura del cuadro en un primer momento, como si aún siguieran cayendo bombas y la gente no dejara de chillar y correr. Luego todo se aclara y la lectura puede seguirse. Una figura que grita con los brazos en alto entre el fuego, una mujer que cae en la carrera desesperada por la supervivencia, un caballo que exhala un aullido de dolor al ser herido mientras pisotea un cadáver descuartizado, una mujer que ilumina con una vela la escena y otra que llora desesperadamente la muerte de su hijo, como una Piedad renacentista, mientras un toro mira con vista perdida tras ella. Arriba, una lámpara, un ojo o una bomba, o tal vez los tres elementos.


El pintor pasó su mirada por los detalles que habían cambiado a lo largo del desarrollo del cuadro. Se paró en le herida del caballo, de la cual había desaparecido la figura emergente de un caballito alado, símbolo de la esperanza. Suspiró. Sólo quedaba la flor en la mano de aquel guerrero caído. Una flor que permanecía en el centro del caos. Imperturbable. Como la esperanza. Símbolo de ella y que no se puede quebrantar. Y la luz. Sería el pueblo el que entendería su obra. Todo opuesto y sin embargo relacionado. Blanco y negro para dotarlo de policromía. Antónimos y relacionados. Gris como el horizonte que presagiaba Pablo. Angustia, pena y rabia. Y la impotencia. Sobre todo la impotencia. Cerró los ojos y aspiró con fuerza una bocanada de aire, como si le faltara en ese momento, para luego asentir ante la propia obra y confirmarse a sí mismo. "El Guernica" no volvería a España a menos que Franco perdiera. O cuando éste no estuviera. No sabía el gran genio de la pintura que no lo vería en su tierra de origen. El genial Pablo Picasso no vería nunca su cuadro en España.

“nosotros no entendíamos apenas el suplicio
y la hora dulce de un jardín con alegría y besos;
fueron noches salvajes de bombardeo, noticias lúgubres,
la muerte banderín de enganche cada macilenta aurora;
y héteme aquí solo ante mi vejez más próxima
preguntar en silencio
¿qué fue de nuestro vuelo de remanso,
por qué pagamos las culpas colectivas
de nuestro viejo pueblo sanguinario;
quién nos resarcirá de nuestra adolescencia destruida
aunque no fuese a las trincheras?”

Llegaron a Madrid pronto y el sol aún servía de luz. Salieron de Atocha y comprobaron que el tráfico y los ríos de personas se adueñaban de las calles y mantenían el pulso de la ciudad activo, sin cesar ni un momento. La capital de España se les antojó como un hormiguero que vibraba de vida en un bombeo continuo de ideas y venidas. Podría decirse que el movimiento y el dinamismo sorprendió a Emilia y su marido. Tal vez no se dieron cuenta que era hora punta y eso ayudaba a que todos confluyeran en un ir y venir de pasos acelerados. Observándolo todo y adquiriendo el aire de turistas involuntarios, llegaron hasta el museo. Entraron y se sumergieron en el Arte Contemporáneo, hasta que lo vieron. Todo el viaje tenía un único motivo. Un único sentido. Y allí estaba. Delante de ellos. Emilia cogió aire y lo retuvo en su pecho. Su marido no hacía otra cosa que apretarle la mano con fuerza, pero entonces ella lo miró y no hizo falta nada más. Era su momento íntimo. El encuentro con sus recuerdos mutilados. Él la besó y se alejó dando un paseo.


La gente se arremolinaba para verlo. Era grande, pero nadie quería perderse ninguno de sus detalles. Emilia se hizo sitio y consiguió situarse frente a frente, entre el público ansioso. Todo el mundo hacía comentarios, todo el mundo hablaba y un jaleoso rumor se extendía aceitosamente. Pero ella no los escuchaba a ellos, pues los gritos de su memoria no dejaban pasar nada más. No los veía, porque las imágenes de sus recuerdos inundaban su cabeza. No había otro olor que no fuera el de la pólvora y el miedo. Allí estaba su infancia arrebatada. Su inocencia interrumpida por un bombardeo. Su vida quebrada en mil pedazos de recuerdos fragmentados en retales de angustia, rabia e impotencia. Allí estaba pintado su dolor. Picasso no pintó la Legión Cóndor alemana. Ni siquiera pintó Guernica. Picasso pintó el pueblo y su dolor. Picasso la pintó a ella. A todos los que sufrieron.


Su mirada comenzó a temblar y la garganta se cerró como un cepo dentado. Observó cada detalle del cuadro y la realidad se confundió con la ficción. Los símbolos con la verdad. Sus recuerdos con el propio cuadro. Y entonces se dio cuenta que sabía leer en el idioma oculto de aquel cuadro y comenzó a ver. A verlo todo. La tormenta de los aviones. Muchos aviones. Uno tras otro. No dejaban de sobrevolar cuervos entre gritos y carreras. Aquel ojo artificial en forma de bombilla en lo alto lo anunciaba. Las bombas miraban desde el cielo y caían en forma de guadaña. Y algunos símbolos más que recordaban a la guerra. La espada en la mano del caído, las flechas, la lanza, el fuego... que se hace partícipe del desastre y devora a los inocentes, como la mujer que perece entre las llamas. Emilia la escucha gritar y traga saliva ante el dolor que muestra su rostro desencajado. Los ojos vacuos y llenos de miedo. El miedo es algo que se pudo encontrar fácilmente en todas las miradas. Una mujer corría de derecha a izquierda huyendo de lo que todos huían aquella tarde. Se dejaba el pie atrás y estaba a punto de caer. Recordaba las caídas de gente desesperada. Y las carreras. Como la de aquel caballo herido que chilla al aire mientras pisa un cadáver descuartizado. Un hombre abandonado a la suerte de la guerra cuya mirada sacude un fuerte escalofrío a Emilia. Vio muchas miradas perdidas como la de aquel hombre que yace bajo los cascos de la guerra. Y también tuvo la sensación de ver aquella paloma de ala rota. La esperanza perdida. El túnel profundo que enfilaba su vida aquella tarde. Emilia sintió algo dentro de ella y su corazón latió con fuerza. Sacó un pañuelo de su bolso y se limpió la humedad de sus ojos. Fue entonces cuando contempló la figura de aquella piedad cubista. Aquel símbolo inequívoco de los verdaderos perjudicados de la guerra. El llanto del pueblo. La madre que abraza a su hijo por última vez antes de darse cuenta que su vida se ha ido con él. Que ya nada tendrá sentido. Que la barbarie y la sinrazón se ha apoderado del mundo. Y chilla y grita. Y nada puede hacer, pues ha muerto en vida con él. Entonces Emilia lloró. Dejó que sus lágrimas acariciaran los pliegues de sus años y que su corazón se desatara de aquel dolor que la oprimía.



“Vanas son las preguntas a las piedras
y mudo el destino insaciable por el viento;
mas quiero hablarte aquí de mi generación perdida,
de su cólera, paloma en una sala de espera con un reloj parado siempre;
de sus besos nunca recobrados,
de su alegría asesinada
por la historia siniestra
de un huracán terrible de locura.”

Miguel Labordeta (1921-1969) – 1936


Se secó las lágrimas y recordó aquel verso de Miguel Labordeta, “paloma en una sala de espera con un reloj parado siempre”. Hay algunas heridas que el tiempo sólo alivia, pero no cierra. De cicatrices está nuestro corazón lleno, pero algunas se abren con más facilidad que otras. Pero hay un brillo sempiterno de algo inesperado en lo más oscuro del horizonte. Lo hubo para Emilia y ella pudo verlo. Supo verlo. Porque hay que saber mirar para verlo. Y también lo vio Picasso. Y en medio de toda aquella vorágine, lo supo encontrar y plasmar. Y allí estaba aquel brazo que ilumina la escena y dota de luz la oscuridad del terror. Y la mano del caído se agarra con mayor fuerza a la flor. Luz y vida. Esperanza. Esperanza para acabar con la guerra, para una vida mejor. Esperanza como pilar básico y motor de la ilusión que no debe morir. La esperanza... siempre presente. Emilia suspiró ante aquella revelación que le regalaba Picasso y que ella supo ver.


Aturdida y algo desorientada por el viaje al pasado, miró a su alrededor. La gente se había marchado. Sólo quedaba una persona a su lado. Era una mujer joven y alta que se volvía en ese momento para mirarla. Sus miradas, húmedas por la emoción del cuadro, se encontraron. Había muchos años de diferencia entre unos ojos y otros, pero sentimientos encontrados. Se sonrieron cómplices de una intimidad inusitada entre dos personas extrañas. Ambas estaba emocionadas. Y entonces apareció el marido de Emilia. La besó con todo el cariño del mundo, y en silencio se dieron la mano. Al marcharse... la anciana se volvió y miró a la joven por última vez, sonriéndole de nuevo, antes de darse la vuelta. Emilia supo que el reloj de la paloma de Labordeta volvió a funcionar. Sabía que habría muchas cosas en la vida que no podría olvidar... porque algunos recuerdos pertenecen al corazón, y no a la memoria. Sabía que la herida de aquel 26 de abril de 1937, sólo se aliviaba con el tiempo, pero que no se cerraría. Y también sabía que no olvidaría nunca a aquella joven dama del museo, con su pelo rizado y su pulsera de ámbar...

Para esa dama de sevillano nombre y pulsera de ámbar, mi amiga Reyes...

sábado, 27 de septiembre de 2008

Mi medley de don Joaquín

Seguramente él lo llamaría de otra forma. Tal vez utilizaría una de esas metáforas que tanto le gustan, ayudándose de los eslabones de una cadena o las trenzas de Rapuncel. De una forma u otra, don Joaquín consigue crear en sus conciertos lo que en Inglaterra se llama medley, y que con tanto éxito utilizarían los grupos de los ’70 y ’80. Aunque posee varios, me quedo con uno en especial, el creado en el concierto de Sabina y Cía, dónde aparecen las canciones “¿Quién me ha robado el mes de abril?” y “Así estoy yo sin ti”. Ambas letras son verdaderas poesías que paso a facilitaros a continuación, junto con el archivo musical:





¿Quién me ha robado el mes de abril?

En la posada del fracaso,
donde no hay consuelo ni ascensor,
el desamparo y la humedad
comparten colchón
y cuando, por la calle,
pasa la vida, como un huracán,
el hombre del traje gris
saca un sucio calendario del
bolsillo y grita
¿quién me ha robado el mes de abril?
¿Pero cómo pudo sucederme a mí?
¿Quién me ha robado el mes de abril?
Lo guardaba en el cajón
donde guardo el corazón.

La chica de BUP casi todas
las asignaturas suspendió
el curso en que preñada
aquel chaval la dejó y cuando en la pizarra
pasa lista en profe de latín
lágrimas de desamor
ruedan por la página de un bloc
y en él escribe
¿quién me ha robado el mes de abril?
¿Cómo pudo sucederme a mí?
¿Pero quién me ha robado el mes de abril?
Lo guardaba en el cajón
donde guardo el corazón.

El marido de mi madre
que en el último tren se largó
con una peluquera
veinte años menor
y cuando exhiben esas risas
de Instamatic en París,
derrotada en el sillón,
se marchita viendo Falcon Crest
mi vieja y piensa
¿quién me ha robado el mes de abril?
¿Cómo pudo sucederme a mí?
¿Pero quién me ha robado el mes de abril?
Lo guardaba en el cajóndonde guardo el corazón.


Asi estoy yo sin ti

Extraño como un pato en el Manzanares,
torpe como un suicida sin vocación,
absurdo como un belga por soleares,
vacío como una isla sin Robinson,
oscuro como un túnel sin tren expreso,
negro como los ángeles de Machín,
febril como la carta de amor de un preso…,
Así estoy yo, así estoy yo, sin ti.
Perdido como un quinto en día de permiso,
como un santo sin paraíso,
como el ojo del maniquí,
huraño como un dandy con lamparones,
como un barco sin polizones…,
así estoy yo, así estoy yo, sin ti.
Más triste que un torero
al otro lado del telón de acero.
Así estoy yo, así estoy yo, sin ti.

Vencido como un viejo que pierde al tute,
lascivo como el beso del coronel,
furtivo como el Lute cuando era el Lute,
inquieto como un párroco en un burdel,
errante como un taxi por el desierto,
quemado como el cielo de Chernóbil,
solo como un poeta en el aeropuerto…,
así estoy yo, así estoy yo, sin ti.
Inútil como un sello por triplicado,
como el semen de los ahorcados,
como el libro del porvenir,
violento como un niño sin cumpleaños,
como el perfume del desengaño…,
así estoy yo, así estoy yo, sin ti.
Más triste que un torero
al otro lado del telón de acero.
Así estoy yo, así estoy yo, sin ti.

Amargo como el vino del exiliado,
como el domingo del jubilado,
como una boda por lo civil,
macabro como el vientre de los misiles,
como un pájaro en un desfile…,
así estoy yo, así estoy yo, sin ti.
Más triste que un torero
al otro lado del telón de acero.
Así estoy yo, así estoy yo, sin ti.

Y a vuesas mercedes... ¿os gusta este medley?, ¿cual es vuestro preferido del poeta canalla?, ¿os ha gustado las letras de ambas canciones?... comienza a caer agua en Sevilla, resguardarse en mi puesto del agua.

miércoles, 5 de marzo de 2008

El Dolor del Valle

Es ya tarde. Recogen su tristeza

los últimos espejos.

Entre dos luces nace tu belleza

quebrada de reflejos.


Llevan las asas de tu pena henchida

de brillos maternales

a la penumbra larga de la vida

dos ángeles iguales.


Tu cristalina soledad se fragua

en ópalos sagrados.

Lloran bajo la sombra azul del agua

parques enamorados.


Ya sólo el horizonte es una franja

de dorada blancura.

Se ha parado el dolor. ¿Ante qué zanja?

¿Hacia qué fuerte altura?


¡Oh misterio del oro entre el ramaje!

¿Dónde anida la espada?

En el temblor naranja del plumaje

hasta el pomo clavada.


¡Qué morado marfil desarticula

el ansia de tus ojos!

Si a la Pasión el aire disimula,

Tú alumbras los despojos.

Juan Sierra

sábado, 24 de noviembre de 2007

'No-One But You'

Brian May llegó a decir que Freddie estaba diciendo adios en esta canción. Fue su último videoclip...




A veces tengo la sensación
De que vuelvo a los viejos tiempos - hace mucho
Cuando éramos niños, cuando éramos jóvenes
Las cosas parecían tan perfectas - ¿sabes?
Los días eran interminables, estábamos locos - éramos jóvenes
El sol siempre brillaba - sólo vivíamos para divertirnos
A veces parece como si últimamente - ya no lo sé
El resto de mi vida sólo ha sido un show

Aquellos eran los días de nuestras vidas
Las cosas malas en la vida eran tan pocas
Aquellos días ya han pasado pero una cosa es cierta
Cuando miro y compruebo que todavía te quiero

No puedes retroceder en el tiempo ni invertir las mareas
¿No es una pena?
Me gustaría volver a subir a una montaña rusa
Cuando la vida sólo era un juego
Es inútil sentarse y pensar en lo que hiciste
Cuando puedes relajarte y disfrutarlo a través de tus hijos
A veces parece como si últimamente, ya no lo sé
Mejor ponerse cómodo y déjarse llevar por la corriente

Porque éstos son los días de nuestras vidas
Se han esfumado con la levedad del tiempo
Estos días ya han pasado pero algunas cosas permanecen
Cuando miro y compruebo que no ha cambiado nada

Aquellos fueron los mejores días de nuestras vidas
Las cosas malas eran tan pocas
Aquellos días ya han pasado pero una cosa es cierta
Cuando miro y compruebo que todavía te quiero
Todavía te quiero


Posteriormente, con motivo del disco Queen Rocks, los miembros de la banda le dedicarían una canción.




Una mano sobre el agua
Un ángel alcanzando el cielo
¿Está lloviendo en el cielo?
¿Quieres hacernos llorar?
En todas partes están rotos los corazones
En cada solitaria avenida
Nadie podría alcanzarlos
Nadie excepto tú
Uno por uno
Sólo los buenos mueren jóvenes
Sólo están volando demasiado cerca del sol

Y la vida continúa
Sin ti...
Otra situación delicada
Me ahogo en el Blues
Y me encuentro pensando
Bien - ¿Qué harías tú?
¡Sí!, una operación como esta
Para siempre pagando cada deuda
Demonios, tú creaste una sensación
Encontraste un camino a través - y
Uno por uno
Sólo los buenos mueren jóvenes
Sólo están volando demasiado cerca del sol
Nosotros recordaremos
Para siempre...
Y ahora la fiesta debe terminar
Creo que nunca entenderemos
La razón de tu marcha
¿Era esta la manera en que estaba planeada?
Y bendecimos otra mesa
levantamos nuestras copas una vez más
Hay una cara en la ventana
Y nunca, nunca diciendo adiós...
Uno por uno
Sólo los buenos mueren jóvenes
Sólo están volando demasiado cerca del sol

Llorando por nada
Llorando por nadie

Nadie excepto tú





Freddie Mercury
5-9-46 / 24-11-91

jueves, 15 de noviembre de 2007

Luto por San Juan de la Palma


Nieve viva sientiéndose morena,

Luz de luna volviéndoseme cirio,

Azucena poniéndoseme lirio,

Soberana Señora de la Pena.


Ojos de sevillana nazarena,

pecho de rosas rojas de martirio,

cuerpo de nube en forma de delirio,

alba en la frente y noche en la melena.



Cima de las más altas hermosuras,

simas de las más hondas amarguras,

Palma de luz, Panal de maravilla.



Dolorosa doncella delicada.

Gloria de un pueblo. Reina Coronada.

¡Virgen de la Amargura de Sevilla!

Fragmento de texto del pregón de Antonio Murciano

domingo, 23 de septiembre de 2007

Historia de un Crucificado

El esplendor iba pasando como el oro que arribaba al puerto del mundo. Aún faltaba para que las riquezas se trasladaran al sur, allí donde la Caleta se convierte en realidad y la sal perfuma el aire. Pero de momento seguía siendo la puerta hacia el nuevo mundo. No hacía mucho, se había levantado un gran túmulo funerario por la muerte del rey que más hizo por ampliar las fronteras españolas. En 1598 expiraba Felipe II en el Palacio Monasterio de El Escorial y Sevilla le homenajeaba con el monumento al cual don Miguel de Cervantes le dedicaría un soneto:

Voto a Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla;
porque ¿a quién no sorprende y maravilla
Esta máquina insigne, esta riqueza?
Por Jesucristo vivo, cada pieza
vale más de un millón, y que es mancilla
que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla!
Roma triunfante en ánimo y nobleza
Apostaré que el ánima del muerto
por gozar este sitio hoy ha dejado
la gloria donde vive eternamente.
Esto oyó un valentón, y dijo: - Es cierto
cuanto dice voacé, señor soldado.
Y el que dijere lo contrario, miente.
Y luego incontinente
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuése, y no hubo nada.


Bien sabía de lo que hablaba don Miguel, que por aquellos años moraba en la Cárcel Real de Sevilla, desde donde podía contemplar y sentir como la gloria de la llamada Nova Roma pasaba a transformarse en decadencia, que acompañaba a la monarquía española, hundida en la tristeza y sumergida en el más profundo ocaso del esplendor, que se desvanece y enturbia con el paso de los años, donde las guerras dilapidarán la moral de soldados y la riqueza de América. Sin embargo, eran buenos años para las Letras y el Arte, no en vano, fue reconocido como el Siglo de Oro aquél que entraba un año después del nacimiento de don Diego, pupilo y yerno de un pintor nacido en Sanlúcar de Barrameda, que trabajaría en el túmulo funerario de Felipe II junto a un escultor que se había afincado en Sevilla en 1582, alcalaíno de origen y apodado más tarde con el sobrenombre de Lisipo andaluz.

En ese siglo que comenzaba Sevilla era la ciudad más importante en el orden social, económico y religioso, y también era el centro artístico más relevante del territorio hispano, no obstante, sus 120.000 habitantes hacían de ella una urbe populosa y activa, que se beneficiaba del comercio con América y Europa, pese a la decadencia que se venía encima a marchas forzadas, prologada por la peste de 1596. Por aquella época era muy normal encontrar personajes ávidos de riqueza y grandilocuente apariencia. Era importante aparentar, sobrevivir y si era posible, con éxito económico, y esto último era muy usual por estos años en la ciudad que ostentaba el privilegio de albergar el Puerto del Mundo, donde la picaresca y el descaro eran vecinos.

En esa Sevilla de apariencia vivía un personaje que se había criado en el Palacio Arzobispal, a la sombra del cardenal Rodrigo de Castro, tocado por la diosa fortuna y heredero a los 18 años de don Mateo Vázquez de Leca, su tío, el cual fue secretario particular de Felipe II, que no solo le dejó fortuna familiar o un cargo prestigioso, como era la canonjía y el arcedianato de Carmona, sino también su nombre y apellidos. Así pues, Mateo Vázquez de Leca, se convirtió en arcediano de Carmona en un período de esplendor en la ciudad del Betis, donde el oro arribaba un día sí y otro también al Arenal, mientras gozaba de plena juventud, fortuna y cargo prestigioso, que se dedicaba a pasear por las calles de la urbe. Como he dicho anteriormente, era una época de apariencias, y el joven arcediano se encargaba de airearlas, no respetando siempre el cargo que poseía en la Iglesia, ordenado tan solo de epístola o subdiácono, a lo que el padre Aranda solía decir como la edad era poca y la renta mucha, no fueron sus pasos tan ajustados a las obligaciones en que el estado de eclesiástico le ponían...”. Pero Sevilla comenzaba su descenso, aunque aún le quedaban días de gloria. En uno de esos días del año de 1600, el flamante Vázquez de Leca había vuelto a la Catedral tras la procesión del Corpus, fiesta que cada vez adquiría mayor importancia en la ciudad, y entonces observó una figura que se movía en la penumbra de la Magna Hispalensis. Era una visión borrosa o acaso la figura de una mujer la que se dibujaba al contraluz, y que además parecía llamarle, hacerle señas para que le siguiese. El arcediano, gran sabio de los placeres mujeriegos, se había dejado llevar por los encantos de bellas damas en múltiples ocasiones, y en esta sazón una curiosidad morbosa se apoderó de su mente. Siguió la insinuante figura hasta la Capilla de la Virgen de los Reyes, donde la descubrió quieta en uno de los oscuros rincones. Se acercó a ella y vio su rostro oculto por un manto. Vázquez de Leca le pidió que se descubriera, pero la figura permaneció impasible. La ansiedad y expectación del subdiácono lo espolearon y se dirigió convencido para descubrir la cara de la sensual silueta que lo esperaba en las sombras. Con delicadeza y sin prisa apartó el manto que cubría el rostro, y ante los ojos atónitos del arcediano apareció la visión de la oscuridad, la penumbra del mundo, la carestía de esperanza, apareció el rostro de la muerte. Pegó un respingo hacia atrás mientras la visión se apoderaba de su mente y comenzaba a gritar de terror. Las piernas le flaqueaban y los músculos se habían engarrotado a causa de la tensión, un sudor frío le perlaba la frente y su vestido de brocado y la sotana se pegaban a su espalda, empapada de un miedo helado, pero pudo recomponerse y trastabillar para coordinar sus piernas en una carrera despavorida a los gritos de “¡eternidad, eternidad, eternidad!” mientras salía de la Capilla de la Virgen de los Reyes con el rostro desencajado.

Vázquez de Leca dio un giro radical a su vida con ayuda de Fernando de Mata, un santo varón que vivía por aquel entonces en Sevilla, y que le ayudó gracias a su dirección espiritual, ordenándose posteriormente como sacerdote. Pero tres años después de lo ocurrido, encargó la hechura de un Crucificado a Juan Martínez Montañés. El encargo era preciso y en la escritura de concierto se estipula que el Cristo ha de estar vivo, antes de haber expirado, con la cabeza inclinada sobre el lado derecho, mirando a cualquier persona que estuviese orando al pie de Él, como que le está el mismo Cristo hablándole y como quejándose que aquello que padece es por el que está orando, y así ha de tener los ojos y rostro, con alguna severidad y los ojos del todo abiertos. Tanto el cliente como el artista dejaron constancia documental de que la imagen debía ajustarse a un determinado mensaje religioso. Tal vez también se tomó como referencia el Cristo del Auxilio de la Iglesia de la Merced de Lima, que Montañés hiciera en 1602-1603.

Y el gran escultor, apodado Dios de la Madera, hizo honor a su fama y creó, probablemente, el más bello Cristo Crucificado de la escultura Barroca española. Posee un canon alargado y apolíneo en su anatomía, así como una gran belleza y suavidad que exhiben sus formas corpóreas, con cuatro clavos y sudario que envuelven las caderas suavemente. Corona a modo de casquete que enmarca el bello rostro de exquisitas proporciones. Sus pies aparecen cruzados, siguiendo las recomendaciones de Francisco Pacheco y las Revelaciones de Santa Brígida. Paño de pureza con menudos pliegues orquestados, contrasta con el suave tratamiento dado a la piel, cuya exquisita encarnadura mate huye de todo exceso sanguinolento, y fue aplicada por el suegro sanluqueño de don Diego. A ello debemos agregarle una composición serena y reposada, de gran belleza formal y serenidad espiritual, pero dotada de un dramatismo contenido y un bellísimo estudio anatómico. Posee una belleza idealizada.


Todos estos detalles hacen que la obra tenga un magistral equilibrio, verdaderamente clásico, entre las apariencias visibles y la sugestión de lo sobrenatural y trascendente, el escultor revela profundos contenidos espirituales de signo contrarreformista, sin asperezas dramáticas externas ni fatuas gesticulaciones, apoyándose en un refinamiento formal y preciosismo técnico. El clasicismo ‘montañesino’ alcanza cotas insuperables de espiritualidad y belleza formal, con una gran suavidad de las formas, así como una profunda unción sagrada, de sentido místico-ascético, que invita a la oración.

Mi memoria me trae recuerdos de chanzas y corrillos, pero también de rumores. Este Cristo, al que Mateo Vázquez de Leca le puso de La Clemencia, fue encargado para el oratorio particular de su casona en la collación de San Nicolás, donde le rezaba en silencio y le pedía clemencia por sus pecados, quizás con la mente puesta en aquel espectro que le había visitado tres años antes. Al morir el arcediano, fue donado a la Cartuja de las Cuevas, y tras la exclaustración llevado a la Catedral, donde fue depositado en la Sacristía de los Cálices, lugar en el que adquirió el sobrenombre de Cristo de los Cálices. Con el tiempo se mereció un lugar privilegiado en la gran obra gótica y obtuvo una capilla propia, donde aparece iluminado constantemente, mientras a sus pies algunos han llegado a comentar que han visto una figura arrodillada que no para de rezar.

Quizás sea verdad o simplemente una leyenda, o tal vez divagaciones de este pobre viejo, al que un muchacho que luego se convirtió en genial pintor, plasmó en un lienzo que serviría para mantener mi alma inmortal, y así poder vagar por mi ciudad hasta la eternidad y llevar el nombre de Sevilla más allá de los confines de la vieja Europa.

No se la fecha exacta de todo esto, pero un buen amigo mío puede decírosla... ¿su nombre? Por estas tierras se le conoce como Rascaviejas.

Para Manuel Jesús...

sábado, 15 de septiembre de 2007

'Noches de Boda'


Que el maquillaje no apague tu risa,
que el equipaje no lastre tus alas,
que el calendario no venga con prisas,
que el diccionario detenga las balas.

Que las persianas corrijan la aurora,
que gane el quiero la guerra del puedo,
que los que esperan no cuenten las horas,
que los que matan se mueran de miedo.

Que el fin del mundo te pille bailando,
que el escenario me tiña las canas,
que nunca sepas ni cómo, ni cuándo,
ni ciento volando, ni ayer ni mañana.

Que el corazón no se pase de moda,
que los otoños te doren la piel,
que cada noche sea noche de bodas,
que no se ponga la luna de miel.

Que todas las noches sean noches de boda,
que todas las lunas sean lunas de miel.

Que las verdades no tengan complejos,
que las mentiras parezcan mentira,
que no te den la razón los espejos,
que te aproveche mirar lo que miras.

Que no se ocupe de ti el desamparo,
que cada cena sea tu última cena,
que ser valiente no salga tan caro,
que ser cobarde no valga la pena.

Que no te compren por menos de nada,
que no te vendan amor sin espinas,
que no te duerman con cuentos de hadas,
que no te cierren el bar de la esquina.


¿qué más se puede decir?

domingo, 9 de septiembre de 2007

Despedida en una tarde de verano

Edward Hopper - Summer Evening (Tarde de verano)


Antes de que tu cuerpo finalmente
rodara dulce entre la mar dichosa
quisiste reposar tu luz graciosa,
mezclarla acaso con mi luz ardiente.
Cañada y sombras. Más que amor... La fuente
en su exquisita paz se hizo morosa,
y un beso largo y triste, a la hora umbrosa,
brilló en lo oscuro, silenciosamente.
Ay la dicha que eterna se veía
y en esta orilla crudamente mana
un tiempo nuevo para el alma mía.
Todo lo presentí: la luz lejana
la lágrima de adiós, la noche fría
y el muerto rostro al despertar mañana.

Vicente Aleixandre
- Despedida

lunes, 7 de mayo de 2007

Soledad

Según el diccionario:

- (lat. solitate )
f. Carencia de compañía.
2 Pesar y melancolía que se siente por la ausencia, muerte o pérdida de alguna persona o cosa.
3 Lugar desierto o tierra no habitada.
4 Modalidad de baile flamenco en compás de tres por ocho.
5 Música y canto melancólico de este baile.


Según la poesía:

La flor delicada, que apenas existe una aurora,
tal vez largo tiempo al ambiente le deja su olor...
Mas, ¡ay!, que del alma las flores, que un día atesora,
muriendo marchitas no dejan perfume en redor.
La luz esplendente del astro fecundo del día
se apaga, y sus huellas aún forman hermoso arrebol...
Mas, ¡ay!, cuando al alma le llega la noche sombría,
¿qué guarda del fuego sagrado que ha sido su sol?
Se rompe, gastada, la cuerda del arpa armoniosa,
y aún su eco difunde en los aires fugaz vibración...
Mas todo es silencio profundo, de muerte espantosa,
si da un pecho amante el postrero tristísimo son...
Mas nada, ni noche, ni aurora, ni tarde indecisa,
cambian del alma desierta la lúgubre faz...
A ella no llegan crepúsculo, aroma ni brisa...;
a ella no brindan las sombras ensueños de paz.
Vista los campos de flores gentil primavera,
doren las mieses los besos del cielo estival,
pámpanos ornen de otoño la faz placentera,
lance el invierno brumoso su aliento glacial.
Siempre perdidas, vagando en su estéril desierto,
siempre abrumadas de peso de vil nulidad,
gimen las almas do el fuego de amor esta muerto...
Nada hay que pueble o anime su gran soledad.

Gertrudis Gómez de Avellaneda - Soledad del alma

Según los escritores y sabios:


La soledad es el imperio de la conciencia - Gustavo Adolfo Bécquer
La soledad es la gran talladora del espíritu - Federico García Lorca
La soledad es tan necesaria para la imaginación, como lo es la lozanía para el carácter - James Russell Lowell
Entre los enojos de la sociedad y la tristeza de la soledad, el hombre razonable elegirá a la soledad, como la menor - Arthur Schopenhauer
Jamás hallé compañia más sociable que la soledad - Henry David Thoreau

Según Sevilla:




La Soledad de San Buenaventura


La Soledad de San Lorenzo

Según el aguaó:

Bien nos podrían servir todas las versiones anteriores, pero olvidamos que Soledad también es un nombre, y que para muchos es sinónimo del antagonismo dado en el significado del diccionario. Para muchos es compañía y alegría. Según la poesía es tristeza, pero Soledad para sus hijas, es poesía y cariño. Los escritores y sabios la creen necesaria. La Soledad según Sevilla es sentimiento, amor, sutileza y belleza.

Para el aguaó Soledad es un árbol: un magnolio, un cedro glauca, unas secuoyas, una acacia o un arce... para el aguaó, Soledad es un verde que reside en María, una amiga que se llama Glauca María.

Para Glauca María...

domingo, 22 de abril de 2007

Don Francisco


Erase un hombre a una nariz pegado;
érase una nariz superlativa;
érase una nariz sayón y escriba;
érase un pez espada muy barbado.
Era un reloj de sol mal encarado;
érase una alquitara pensativa;
érase un elefante boca arriba;
era Ovidio Nasón más naridado.
Erase el espolón de una galera;
érase una pirámide de Egipto;
las doce tribus de narices era.
Erase un naricismo infinito,
muchísima nariz, nariz tan fiera
que en la cara de Anás fuera delito.


-A una nariz-


De este modo, don Francisco atacaba a Luis de Góngora de una manera sutil y descarada, como llevaba haciendo con asiduidad, la gran mayoría de las veces, bajo el anonimato de una máscara que difícilmente podía ocultar ante sus arrebatos de sinceridad. Le acusaba de ser judío, detalle que achacaba a su nariz (ya que a los judíos se les consideraba narigudos), jugador empedernido, practicante de la homosexualidad y una persona cargada de malicia, indecente e instigador de la escritura sucia. Y es que de don Francisco, se dice que tenía un carácter fuerte, que gustaba de visitar tabernas, disfrutar de los placeres del vino, la encuadernada y las mujeres, aderezado todo ello con dosis de valentía y con una gran habilidad de cara al enfrentamiento con espada, instrumento que manipulaba con gran destreza, a pesar de su cojera, la misma que le ha delatado en Villanueva de los Infantes, donde “un equipo de expertos confirmó que los huesos hallados eran del escritor por anomalía en el fémur derecho” (Diario de Sevilla - Martes, 17 de abril de 2007). Como explica la noticia, “sus restos se encontraban entre otros 167, como mínimo, en la parroquia de San Andrés Apóstol, en Villanueva de los Infantes (Ciudad Real)”; “la identificación se completó porque la talla y la edad correspondían con las de Quevedo, por lo que, aunque no pudo asegurar al cien por cien que correspondían a él, ‘porque ningún método lo puede hacer’, dijo que los huesos son del literato”. Así pues, parece que se despejan las dudas que existían alrededor de su tumba, sobre un posible saqueo y violación de la sepultura del genial escritor. Según la noticia “se han podido recuperar diez piezas del esqueleto, algunas vértebras, los dos fémures y una clavícula; del cráneo, según apuntó (José Antonio Sánchez, director del equipo de la Universidad de la Complutense de Madrid) ‘no se sabe nada’, ya que es una de las partes más frágiles y de las que antes se deterioran”. El 8 de septiembre de 1645, don Francisco de Quevedo y Villegas fallecía y era enterrado en Villanueva de los Infantes, deseo que dejó escrito en su testamento, pero su poesía y genialidad seguiría creciendo a lo largo del tiempo, cargada de popularidad (Poderoso caballero es don Dinero), hazañas y leyendas (...diéronle muerte y cárcel las Españas...), letrillas satíricas (¿Nunca se ha de decir lo que se siente?) o simplemente exquisita poesía...

Con sosiego agradable
se dejan poseer de ti las flores,
mudos están los males,
no hay cuidado que hable,
faltan lenguas y voz a los dolores,
y en todos los mortales
yace la vida envuelta en alto olvido.
Tan solo mi gemido
pierde el respeto a tu silencio santo,
yo tu quietud molesto con mi llanto,
y te desacredito
el nombre de callado, con mi grito.

-Fragmento de El sueño-