
Siempre me ha gustado perderme en ella. Siempre me ha gustado acariciar sus entrañas de Historia y saborear sus rincones. Dejarme llevar por su música diaria y probar sus tapas de magnífica literatura ensartada en dulces de palabras perfectamente armonizados. Y sentir su ambiente y su gente. Y sumergirme en el batiburrillo de tesoros callejeros cuando llega el ecuador de la semana. Y me encantan sus Hermandades. Y la añoraba porque hacía tiempo que no paseaba por ella y que no tenía estas sensaciones. Fue quizás por este motivo que me decidí a recorrerla como antaño. A verla y contemplarla lentamente, recreándome y haciéndome de rogar en cada paso para sentirme como siempre me he sentido. Pero en esta ocasión fue un doble juego de recuerdos y mi corazón me avisó de que había echado de menos a
un amigo muy querido.

Tenía la mañana libre y no lo dudé ni un momento, pues si tenía que elegir un día, tenía que ser aquel. Jueves. Bajé por Regina desde la Encarnación y llegué a la esquina de San Juan de la Palma, rincones y recovecos perdidos de conventos, aderezados con dogmas inmaculistas, llegaron a mi cabeza. Esta Sevilla mía y
sus disputas internas. Allí estaba la plaza y la leyenda que recorre el cementerio y su palma, y al otro lado comenzaba la calle
Feria ahora, antes llamado ese tramo, hasta la Capilla de Montesión, San Juan de la Palma. Y entonces respiré profundamente y me adentré en su corazón. Lentamente. Como llega la Amargura envuelta en la oscuridad de la noche e iluminada su Mirada por la luz de la candelería a los sones de su marcha. Sobre los pies y sin mucho paso, contemplé el Señor Cautivo de la ventana, el despertar de una persiana tardía, el baño de lejía y agua sobre la acera, el primer lingotazo de aquél jubilado sobre la barra del bar, el olor a tostadas del poco madrugador y el crujir de espalda de la calle, que bosteza ante las primeras horas de sol de la mañana. Fue entonces cuando me crucé con dos turistas. Un matrimonio de media edad que lucían una bonita sonrisa y ojos sorprendidos, todo bajo un dosel de cabellos rubios. Ella llevaba una camisa remangada y una mochila, y él una camiseta de franjas horizontales verdiblancas que reconocí al instante. La camiseta del
Céltic de Glasgow. Escocia en la calle Feria. Recordé las sabias palabras de
mi profesor, aunque él se empeñe en lo contrario.
“Si viajaran con vosotros,
si se mezclaran con vuestra gente,
sabrían la alegría que contagiáis allá por donde vais,
descubrirían cómo una pinta sabe mejor en vuestra compañía
y se sorprenderían y mucho
al veros llenar las iglesias allá por donde vais.
Porque ellos no lo saben pero
no, no sois iguales”
No eran iguales. Curiosas palabras las de
mi amigo, pues él tampoco se daba cuenta que no era igual. Así estaba, dando vueltas a la cabeza, cuando se estrechó la calle y un coche me pitó sacándome de mis recuerdos. Le dejé paso y descubrí el lugar donde había visto este año a Los Javieres, cuando su vuelta se consumaba y la Estación de Penitencia expiraba cerca de su parroquia. Seguí mi camino y crucé la línea de Castellar para sentir el cuello de embudo que antecede a las Plaza de los Carros. Allí estaba El Kilo y el
Vizcaíno, sellos imborrables de la Historia más cercana de la calle, tatuados a fuego en la cabeza de los sevillanos. Y el
Jueves. Se abría como un abanico extendiéndose y prolongándose hasta el giro de Corredurías, vulgo Doctor Letamendi. Aquello era una parada obligada, pero no ahora, después. Cuando el sol apretara a pesar de ser ya otoño, y la garganta pidiera algo más que agua. Dejé mi curiosa vista aparcada y continué hacia Omnium Sanctorum. Hacía mucho tiempo que no entraba en la antigua parroquia y contemplaba el buen hacer de Pires Azcárraga y la Negación de San Pedro. Recordé cómo
mi amigo había hablado con alegría de la nueva Hermandad de su calle y cómo, una vez más, había dejado que su corazón escribiera por él, como sólo los grandes saben hacerlo...
“Sentimos una inmensa, total y plena alegría, porque aquel día, aquel Miércoles, llegaron a la Catedral muchos años de PAZ que llevasteis antes que a la Campana, a los hogares del barrio de la Feria...”

Gracias a CalleFeria
Salí y me di de bruces con el mercado, el sempiterno regalo de vida que tiene este tramo. Allí se puede encontrar de todo y saborearlo de verdad. Saludé a mi prima, frutera del ilustre edificio desde hace años, y luego me adentré por su calle central y su jaleo diario, tan familiar y singular a la vez. Todo apretado y aparentemente desordenado, pero siguiendo un programa iconográfico digno de la mejor fachada barroca. Dispuesto de manera confusa pero ordenada a la lógica, el producto de uno se abraza con el de otro, y las voces del que atiende aquí se cruzan con el de allí. Toque especial que denota el barrio. El mercado de la Feria es algo arraigado en la semilla del fruto de la calle. ¿Habría chicharrones?. Me acordaba otra vez de
él, quizás porque sé que ha vuelto y eso me llena de alegría. Y de recuerdos...
“No tardes en volver querido amigo,
no tardes que en el barrio te esperamos.
Como cada verano, como cada año te esperamos,
a ti y a tu hechura y aroma inconfundibles.
No tardes en volver chicharrón,
chicharrón del mercado de la Feria...”
Y tal vez como su chicharrón, se decidió a volver. Afortunadamente para todos. Sonreí y continué mi paseo por los
recuerdos de la CalleFeria. El último tramo se convertía en un despiezado dominó de fichas desordenadas. Coches alineados y rectificación de tráfico hasta que Resolana irrumpía con fuerza en su estrenado sentido único. Por allí va y viene la Esperanza Macarena, y era ese tramo de Feria, al pasar el mercado, uno de mis preferidos para ver cómo se aleja. Tiempo ha de aquello, cuando aún no seguía con mi cirio al Señor de Sevilla y antecedía a mi Virgen del Mayor Dolor y Traspaso. Recordaba esto cuando volvía sobre mis pasos y me encontré dos amigos charlando y sonriendo luciendo la camiseta del Sevilla F.C. uno y la del
Real Betis el otro.
Mi amigo también es sevillista. Pero es diferente. Lo demostró en dos ocasiones, porque él es muy elegante. No sólo escribe como si la literatura fuera su religión y las palabras su condición, sino que además, es exquisito en su forma de ser. ¿Exageración?... no. Ya lo demostró cuando su equipo iba a jugar una final.
“Y Sevilla está en Silencio...
Porque como dicen en Anfield Road:
‘El fútbol no es una cuestión de vida o muerte, es algo más importante’.
Por eso ayer, al saber que jugaremos otra final me acordé de vosotros,
de los que os fuisteis sin ver un título, sin vivir una final,
de los que vivís en el tercer anillo y siempre empujáis al equipo”
Su equipo jugaba una final y él se acordaba del tercer anillo. Ese anillo sevillista donde todos tenemos a alguien. Ya os lo he dicho, que es muy elegante. Pero su elegancia la demostró cuando más llovía en La Palmera. Cuando verdaderamente hacía falta que apaciguara el chaparrón. Cuando muchos hicieron leña del árbol caído y las chanzas y corrillos agravaban y se aprovechaban de la situación. Fue entonces cuando su estilo y buen hacer derramó en forma de palabras un capote sobre los hombros de aquellos aficionados béticos que sufríamos las embestidas de los medios de comunicación...
“A los que, como yo, dejáis la paga de verano en los carnets,
A los que, como mis hijos, no coméis cuando perdéis,
A los que, como yo, no necesitáis títulos para mantener una devoción,
A los que, como mis hijos, limpiáis lágrimas con banderas.
Porque sois y sentís cómo yo.
Porque vuestro equipo nunca caminará solo,
porque el amor no se compra con dinero,porque una lágrima vale más que una acción,
porque al final de la Palmera no hay una empresa, hay un sentimiento.
A vosotros, porque sois, soñáis y sentís como yo...”
Éste es
mi amigo. Y no dejaba de acordarme de él porque sabía que cuando llegara a mi casa lo encontraría de nuevo. Revisando mi memoria y encontrando cada texto escrito en imágenes latentes, llegué ensimismado al famoso mercadillo de la calle. Una pena que se redujera tanto. Allí se podía encontrar de todo, como demostró don Juan de Mata Carriazo al encontrar el famoso bronce de la diosa Astarté. Curioso y popular. Tan ricamente exornado con los tesoros de la calle o aquellas joyas desprestigiadas por el paso del tiempo. Se amontonan los años y la Historia se revuelve en viejas revistas, desnudos de tersas pieles arrugadas en el presente. Una panera olvidada y sin limpiar. Una vieja lámpara que fue comprada antaño para alguien que la perdió cuando el olvido llegó a su existencia. Hay de todo.
Todo está en el Jueves. Retales de vidas anónimas esparcidos por la calle. Y como marco incomparable, la Plaza de los Carros, con el Kilo, el Vizcaíno y la Capilla de Montesión. Y allí fue donde acabé mi paseo. Sentado frente al Señor de la Sagrada Oración y Su Mirada. Aquella Mirada que suplicaba y pedía ayuda entre olivos.

Fotografía recortada de Roberto Villarrica
“No es fácil escribirte, es mejor hablarte.
No, no es fácil escribirte, es mejor contarte.
Hablarte sobre lo pasado y por pasar,
hablarte de lo acontecido y por venir,
contarte lo acaecido y lo vivido,
contarte lo soñado y deseado.
Hablarte de las ilusiones rotas y de las que incólumes están,
hablarte de eso que Tú sabes y que a veces te oculté,
contarte sueños que hiciste realidad,
contarte realidades que nunca soñé.
No es fácil escribirte, es mejor hablarte.
No, no es fácil escribirte, es mejor contarte”

Gracias a J. Iván Martín
Es mejor hablarte, escribía
mi amigo. Es mejor contarte, decía su corazón. Volví a sonreír, como otras veces lo había hecho esa mañana, porque sabía que volvería a leerle. Porque cuando vi a María Santísima del Rosario recordé, una vez más, que mi amigo había vuelto y que
la ausencia no es el olvido. Estaba feliz. Salí de la Capilla y contemplé la luz bañándolo todo. Volvería a disfrutar de aquellas visiones del mundo desde la Plaza de los Carros. Ya no serían recuerdos de
CalleFeria. Los recuerdos son la voz de ese apuntador escondido en tu cabeza. La ausencia no es el olvido y yo no te he olvidado
amigo mío. Y me alegro que vuelvas para deleitarnos con tu magnífica prosa, tu fina literatura, tu excelente buen hacer y tu elegante pluma. Pero sobre todo... me alegro que vuelvas para disfrutar de tu compañía. De tus lecciones. De tus valores humanos. De tu exquisita forma de ser. De tu amistad. Me alegro que vuelvas,
amigo mío... y tú ¿me sigues llamando profesor cuando nunca he dejado de ser tu alumno?

Y
vuesas mercedes... ¿no lo conocen aún?, ¿y a qué están esperando?... os presento a
mi amigo CalleFeria.
Para Luis...