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sábado, 3 de julio de 2010

Mi General

Hace mucho que no escribo. El tiempo pasa y la virginidad de las ideas escritas resucita como si nunca antes hubiera sabido plasmar pensamientos sobre papel. Las divagaciones de este pobre viejo que no deja de ser joven, se pierden en el eco de la memoria, traslúcida del uso. Hoy tiene que ser distinto. Hoy tiene que ser algo especial, algo diferente, porque hoy se trata de un amigo. Voto a tal que no miento si lo esperaba sobre un jamelgo blanco, quizás con cierto toque de galán de cine, espada al cinto y armadura ceñida, antes del siglo de las luces. Mano derecha de los Trastamara y mercenario de la tierra gabacha, sin ser perro luterano, pero alquilando su espada al mejor postor, que no era otro que la alternativa al trono de un Pedro rey conocido como cruel y justiciero a la vez. No debemos engañarnos, pues sólo se trataba del personaje ficticio, el personaje real lo conocí una noche en el Vizcaíno, al despuntar lluvia en la Plaza de los Carros.


Ya hablé en una ocasión de este encuentro y no quiero repetirme. El gusano del tiempo devora los días como lo hace en los lienzos del Barroco. Mendrugos de pan duro se resecan en las historias pintadas de los genios del XVII, anunciando que la vida acaba en el beso que ofrece una pálida dama. Mi puesto del agua está seco y las palabras se evaporan con el calor de estos días. Pocos son los que pasan ya por aquí, y no les culpo, pues las cántaras yacen abandonadas al descuido temporal de un tiempo sin tiempo. Puede que vuesas mercedes me recuerden como un blog abandonado, con la imagen del cuadro que preside este rincón, o tal vez con otra, pero con una imagen al fin y al cabo. Todos tenemos sobre nosotros una imagen, o varias, que trascienden más allá del subconsciente de la persona que nos mira o nos recuerda. En la memoria de los demás podemos ser cuadros, momentos, fotografías, caricias, ciudades, perfumes o incluso palabras. Podemos ser todo con lo que nos relacionan, o todo cuanto significamos para ellos. Podemos ser un icono, un sentimiento o un objeto, o todos a la vez. Incluso podemos aumentar esa lista. Hoy tendré una imagen más de mi amigo Sergio, que aumentará la forma en la que se refleja en mi memoria.

Sergio es y será siempre mi General. Antes de conocerlo siempre me lo imaginé con armadura y luchando con espada ancha y pesada, unido en contra del monarca que revolucionó el Alcázar estéticamente. Luego llegó aquella noche lluviosa de abril y su rostro ya no sería el retrato medieval de un general francés. La ficción se retiraba con elegancia para dejar pasar la realidad de una persona más allá de la abstracción de la Historia. El pseudónimo marcaba la referencia a fuego de su futuro, pero quedaría tatuado de la misma forma que la burla socarrona y pueril reconoce las debilidades de los niños cuando la infancia es un sueño que puede aspirarse y sentirse. Du Guesclin para identificarlo ante aquél que no lo conociera en persona, pero ya siempre sería Sergio. Mi amigo Sergio. Y el tiempo pasó y todo cambió. Ya no era solo el apellido de un mercenario francés, era algo más. No sólo eran las Sevillanadas más críticas, mordaces e irónicas, ni tampoco la Historia de la Sevilla que nos muestra a través de sus ojos y su buen hacer, se convirtió en mucho más.


Mi amigo Sergio es un tío especial, y me acuerdo de él cada vez que paso por la calle Rábida y veo las columnas que forman parte de la verja que separa el parque o cuando un rojo especial suena a gloria tras gritar Freddie: “lo quiero todo”. Sergio es una llamada en el momento exacto, una colaboración de lujo cuando quieres hablar de Historia, cervecitas en el Garlochí, un historiador vestido de arquitecto, el amigo de mi primo, Las Misericordias de Santa Cruz perfumadas por el azahar de la antigua Borceguíes, el descubrimiento de última hora, “La Escuela de Atenas” de Rafael, Ester, una película de espadas y caballos, la reencarnación de un emperador romano en un cócker o el premio de un pony inesperado. Mi amigo Sergio es el punto y final de una Madrugá eterna que termina en los labios entreabiertos de la Madre de un Gitano divino. La tez morena de la Niña de San Román que deshace en Angustias el final de una noche eterna.


La nobleza hecha persona, amigo de sus amigos, la sonrisa cuando te hace falta, la mano fuerte que agarrar y que te agarra. Ese es mi amigo Sergio, que hoy dará su palabra en una alianza que le convertirá en un galán de cine comprometido.

¡Disfruta de tu día mi General!

martes, 23 de marzo de 2010

Luz de Viernes

Dicen que tiene una leyenda. Cuentan que su nombre se debe a un gitano de la cava, allí por la antigua alfarería de la niña de Sevilla. Que el imaginero talló la agonía en madera de sentimiento. Otros dicen que su apodo viene del cariño de los gitanos de Triana, que lo tratan con el amor que se reserva a un niño, y ¿acaso no es el Hijo del Hombre?. Algunos opinan, sin embargo, que se llama así porque es el “Cachorro del León de Judá”. Qué más da... Es el Santísimo Cristo de la Expiración, el Cachorro, y lo que mucha gente no sabe, es que la Luz del Viernes Santo está en Su Mirada.

Ya no será lo mismo, porque todo es diferente. El final se acerca y todo reluce pero con un brillo distinto. Hay un cierto toque mate que bruñe las formas del día sacando un lustre de nostalgia y melancolía. Todo tiene una belleza sutil y delicada, casi insinuada. Se presiente la culminación y los roces suaves de la Pasión se deslizan con un tacto sedoso y terso, dúctil a la percepción de un sueño. Todo parece ya lejano y el Domingo de Ramos se convierte en huella para nuestra memoria. Se siente el final haciéndose eco repetido en el abismo de lo ascético. Todo aparece tremendamente reposado, sosegado y apacible. Se va cerrando la Semana en un curvo omega, tan extremo de aquel alfa luminoso. La luz es diferente. Todo será diferente. Se ahoga en un suspiro de último estertor el gozo y la alegría tan esperada y ansiada. No falta más aire en los pulmones del que espera, que justo antes de la ansiada llegada, y más pena marchita, que ver partir aquello que tanto se ha deseado. Por eso la luz del Viernes Santo es diferente. Alumbra con un velo transparente, traslúcido, un divino telón calado que deja ver un haz luminoso que se derrite. Se consume. Como la cera del penitente, que derrama lágrimas de tiempo consumido en la ilusión vivida en una Semana. Todo se acaba ya. Es el fin y no queremos verlo. Llegan las postrimerías de la Pasión, rebajadas como la candelería de un palio a su vuelta. Es el principio del fin, y llega con una luz diferente.

Y es en ese momento cuando sentimos que se nos va. Que no podemos hacer nada por parar el tiempo. Hay detalles que se repiten cada año, pero de forma distinta. No es lo mismo. El Barroco está presente en todos y cada uno de los pormenores que exornan la Semana Santa de Sevilla, sello inconfundible del tempus fugit. Hay una sensación de lo efímero y breve. Un examen meticuloso del paso del tiempo y de cómo los momentos experimentados un año, no serán iguales al siguiente. Todo es diferente y el prisma cambia. La sombra de aquel nazareno volviendo a casa por el camino más corto, alargada como el recuerdo de lo vivido, será un epílogo que anteceda la cubierta final del libro sagrado de la Gloria. Sólo la luz del Viernes Santo se repetirá. Una luz que irradia de una Mirada.


Ese final barroco aparece insinuado desde el principio. Le dio forma Francisco Antonio Gijón, y los años han querido que se difumine en retales a lo largo de los Siete Días Sagrados. Pero es el Viernes Santo cuando lo recordamos. Cuando miramos hacia atrás, y aún sentimos la sangre del pelícano que se abre el pecho por sus hijos. Porque se puede morir por Amor, y quien lo dude, que vaya al Salvador. O cuando el presente llama a nuestra conciencia y un Cirineo ayuda a llevar el peso de la cruz del último ruán negro. Cuando volvemos a sentir escalofríos en nuestra espalda al ver pasar al Gran Poder con su poderosa zancada, sobre la canastilla del creador del Cachorro. Porque cuando vio terminada su obra, ese Crucificado, Francisco Antonio Gijón se emocionó. No lo sabía, pero había creado el final del Barroco. Lo ignoraba, pero el colofón de lo efímero quedaba resumido en la agonía que tenía frente a él. Desconocía que los años lo recordarían como el ilustre imaginero que tallara la leyenda de un moribundo de Triana. Ya lo dijo don Antonio Núñez de Herrera: “Él le vio morir. Y aún le ve, con el recuerdo en las manos y la visión atormentada en el filo de las gubias. Después ¡Santana bendita! El escultor sigue viéndolo, transfigurado, cierto, con los ojos de la cara. Muchedumbre de gentes lo verían”. ¿Qué podía hacer?.

No pudo hacer otra cosa Francisco Antonio Gijón que emocionarse. Quiso esculpir la Expiración del Señor, y cinceló la volatilidad de una mortaja aún con vida. La abstracción de un rayo eterno que ilumina de forma diferente una tarde de luto en Sevilla. Lo etéreo convertido en madera y la espiritualidad en forma de suspiro agónico. Consiguió materializar lo divino y el espolón de la vida como remate en una Mirada al Cielo. No pudo hacer otra cosa que emocionarse, porque al contemplar su obra, Francisco Antonio Gijón se dio cuenta que había tallado la Luz. Porque el Viernes Santo no amanece cuando se escucha El Silencio de vuelta en San Antonio Abad, o cuando los vencejos reciben al Señor de Sevilla y a Su Bendita Madre del Mayor Dolor y Traspaso. Ni cuando el Calvario sella La Magdalena. Ni siquiera cuando la Esperanza se reparte por las dos orillas del Guadalquivir y un Gitano vuelve con los labios moraos a la calle Verónica. El Viernes Santo amanece a las tres de la tarde en la cava de Triana, y es entonces, sólo entonces, cuando podemos darnos cuenta que la luz de Sevilla es diferente. Ya no es la luminosidad del Domingo Ramos. La claridad del Lunes Santo. La alegría del Martes o el colorido del Miércoles. El brillo radiante y azul del Jueves Santo. La Luz del Viernes está en la Mirada glauca del Señor del Cachorro. El Santísimo Cristo de la Expiración que eleva su último estertor al Cielo de Sevilla para morir un año más en el ocaso malva de Triana. Allí dónde los rayos del día se desvanecen y se hunde el Sol para escribir el epílogo de una Semana que morirá al día siguiente, y volverá a nacer el Domingo de Resurrección. El principio del fin. Filosofía grabada a fuego de la Semana Santa de Sevilla. Se apagan los cirios de la Pasión y la Luz se derrama por el Cielo. Ha muerto el Cachorro.


Dicen que el Señor murió la Madrugá del Viernes Santo, pero en realidad lo hace cuando llega la noche, cuando la Expiración cruza el puente y exhala en Triana, a la altura de Callao, donde el Cachorro es un gitano con la cara del Hijo de Dios.

Texto publicado en la revista "Último Tramo" de 2009.
Fotografías gracias a
Canónigo Alberico y Diego Escobedo

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Estabas equivocado

Llegábamos algo más tarde que otros años. Parecía que estaba saliendo todo a pedir de boca, aunque pareciera ser una trama cargada de golpes de efecto. El hilo argumentativo de esa película en la que todo va perfectamente hasta que al director, o al guionista, dependiendo de la soldadura del cerebro de cada uno, se le ocurre aliñar la historia con un quiebro. Y no una bicicleta o un taconazo llegando a la línea de fondo, pues sería espectacular, sino otro tipo de regate. Algo furibundo para el espectador. Pero, afortunadamente, iba todo sobre ruedas, o sobre zapatillas de esparto olvidadas por deportivas. Mejor, mucho mejor. Pero que todo estuviera saliendo bien no significaba que no llegáramos algo más tarde que otros años. Se notó enseguida. La gente se agolpaba con ansia y el ambiente traía aires cargados de humo aromático, pero aún no se veía ni la cruz de guía. Cogimos asiento frente a la farola que está a eje con la puerta. Un buen sitio. El suelo aún sigue siendo gratis. Desde allí podíamos contemplar la entrada sin problemas. Miré al cielo buscando estrellas. Enfoqué lo mejor posible, pero la contaminación lumínica había guardado las estrellas en la mochila de su luz, así que lo único que pude distinguir fue un negro perfectamente limpio. No llovería al día siguiente. Y casi enfrascado en mis predicciones miopes, el redoble del tambor sonó de la misma forma que huele un petisú recién hecho. Creció el rumor, aumentó el público y pronto regalaron pisotones y empujones a diestro, siniestro, delantera y trasera. Yo saqué mi cámara nueva. Una flamante Canon Reflex Digital que me hacía babear cada vez que la miraba y maldecir a final de mes. No tenía ni idea de cómo usar más de la mitad de los botones que ocupan su dorsal, pero si girabas el objetivo eras capaz de ver las imperfecciones faciales de un niño de dos meses. Poco más sabía, así pues, modo automático. Pulso el disparador y el flash ejerce una erección fulgurante. Presiono con más fuerza y la imagen queda petrificada en el momento exacto. Un instante del tiempo atrapado en un fragmento de segundo. Sientes la luz, ves la luz, pero sólo en tu recuerdo. No eres capaz de seguir el encendido y apagado lacónico del destello, solo intuirlo. Sabes que ha ocurrido, y como prueba de ello, aparece un resorte en tu memoria que queda archivado, pero apenas es una idea. Una impresión fugaz de algo familiar.


Todo es efímero. Me lo habías dicho con naturalidad. Me encogí de hombros y acepté aquella afirmación. Al fin y al cabo llevabas razón. Pero ese día, mientras esperaba al segundo de los pasos, supe que te habías equivocado. Todo tiene un final. La existencia es perecedera y el Barroco nos lo enseñó hace cuatrocientos años. La Semana Santa es barroca en su mayor parte. Contemplé aquel río de capirotes morados de hermanos nazarenos avanzando por la calle Oriente y girando en San Benito para aparecer su blanco inmaculado. El desgaste y la erosión se hacen patente en cada una de las marcas hechas por las horas. Los cirios han consumado el tiempo, y éste se ha evaporado en volutas negras y derretido en recuerdos sólidos. La cera puede ser un ejemplo brillante para ilustrar esta reflexión. Cuando los años hayan llenado de polvo el alma de la memoria, las cenizas de la vida sustituirán nuestra existencia. Fue entonces cuando me di cuenta que te habías equivocado, al ver aparecer al Santísimo Cristo de la Sangre. Tambores y cornetas para un Crucificado de suma elegancia y clase exquisita. Música para los cuatro clavos de la calle Oriente. Se siente el aire de Juan de Mesa en las manos de Francisco Buiza. Se palpa el Amor en la Sangre de Cristo. Giró y avanzó por la calle para encontrarse con la puerta. Desde hace años espero el segundo paso con otras cosquillas diferentes, con un interés especial. Y allí estaba el bosquecillo de ángeles mancebos, el Sacramento y el Hijo de Dios. Un nazareno levanta la mano. Lleva bocina. Yo te sonrío, intento saludarte y hago el mayor de los esfuerzos por hacer una foto decente. Al menos que se vea bien. Lástima. Otro año será. Me dio coraje porque no pude acercarme para decírtelo. Para comentarte que me había dado cuenta que estabas equivocado. Luego pasaron los días, las semanas y los meses. Nos vimos, pero nunca te lo he dicho. Y ahora, intentando escribir algo con sentido para ti y tu cumpleaños, me acuerdo de este momento. Menuda entrada que me está saliendo... ¿aún no sabes por qué estás equivocado?



Amigo Antonio, a veces nos da la sensación de que pasaremos desapercibidos en la vida. A muchos les preocupa este detalle pero para otros, no deja de ser algo inevitable. Me dijiste que es efímero cuanto nos rodea, que todo es perecedero. Quizás sea así. Algunos momentos son destellos cegadores. Imágenes desvirtuadas por el paso del tiempo que han perdido su nitidez. Recuerdos atrapados en figuras sin color. Son la pincelada fulminante de un instante atrapado en la memoria. Como la luz del flash. Sabemos que ha ocurrido y las sensaciones que tuvimos permanecerán intactas. En otras ocasiones, sin embargo, somos conscientes de cómo se derriten los años a nuestro paso, y aflora la angustia por el apetito voraz del tiempo. Todo se consume, como el cirio que nos acompaña en nuestra Estación de Penitencia. Cada año, una velita más en la tarta de la vida. Esta es la teoría y, casi siempre, la realidad. Pero la noche del Martes Santo, cuando contemplé el rostro del Cristo de la Sangre, su bello perfil compacto, más reunificado que el mesino del Amor, me di cuenta que no llevabas razón. Un hombre como tú no debe preocuparse por lo efímero o por el paso del tiempo. Lucía y Martín aprenden contigo los valores necesarios para moverse en este mundo que cambia cada día más. Lo sé porque lo he visto. Eso es suficiente. Esto te hará imperecedero porque ellos se encargaran de transmitirlo, como tú lo hiciste. Será la mejor forma de evitar la fugacidad de los momentos. Y luego está Él. El Cristo de la Sangre. Muchos de nosotros lo relacionamos contigo, y Él, amigo mío, no es efímero. Es eterno.


Para mi amigo Antonio en el día de su cumpleaños, dueño de un Callejón y de un Arroyo, palangana (nadie es perfecto), buen filósofo, gran persona, merecedor de una entrada mejor...

sábado, 6 de junio de 2009

Seis de junio, dos genios

“No sabemos lo que hacían los padres de Velázquez. De ser hidalgos, ‘con lustre’, no harían nada, sino vivir de las rentas o propiedades que pudieran tener. Si eran conversos o cristianos nuevos, es probable que se dedicaran a alguna actividad. Su hijo primogénito, Diego, nació el 1599; fue bautizado en la parroquia de San Pedro el 6 de junio, siendo padrino Pablo de Ojeda” - Julián Gállego

Cuatrocientos diez años que nació don Diego. Felicidades querido pintor. Gran genio.
1599-2009

* * * * * * * * *
Du Guesclin nació un 6 de junio. No Bertrand, el general francés, sino Sergio, nuestro general, sevillano, para más señas, que alumbra el camino del conocimiento de esta tierra mariana. Batallador y luchador nato, investigador pasional y arquitecto profesional, historiador vocacional y nazareno de la más bella de Las Angustias.

Felicidades don Sergio, general que nos enseña la Historia de esta bendita ciudad. ¿No sabéis quién es?, quizás ahora sea un buen momento para conocerlo, allí donde sus Sevillanadas son el azote de la ignorancia y la desidia contra el Patrimonio.

domingo, 22 de marzo de 2009

Para ti...

(Domingo por la mañana. Abrió la carta y el corazón le dio un vuelco)



Queridísima mía:

Quería enseñarte tantas cosas, que ahora no sé por dónde empezar. Quería que contemplaras tantas maravillas, que se trastabillan los recuerdos con las sensaciones. Quería descubrirte los encantos más ocultos de nuestra ciudad y los secretos mejor guardados de los siete días más grandes que tiene Sevilla. Quería susurrarte al oído mientras la dulzura del azahar se despliega y el incienso invita al sabor de la miel y el vino. Tantas cosas quería enseñarte, queridísima mía, que me olvidé del tiempo. Tantas cosas quería contarte, que me olvidé de lo efímera y breve que a veces pueden llegar a ser las jornadas fragmentadas de la vida. Los momentos y ciclos que aparecen en nuestro camino. A veces se me olvida que cuando comienza a prender la mecha del pabilo, también empieza a rebajarse la candelería. Es el principio del fin. La arena del reloj cae de la misma forma que el incienso asciende al cielo. A bocanadas amplias. La Semana Santa es una parábola del tiempo.
Vanitas barroca de lo que es y lo que fue. Toma forma en un exorno floral, un bulto de lona en el rincón de una iglesia o un nazareno de escayola policromada tras un escaparate. Llega y se va rápidamente. Y ahora que nuestros corazones están separados, ahora que no podré cogerte de la mano cuando me emocione, quizás sea el momento de escribirlo. Ahora que te echo de menos y no podré besarte mientras el tiempo arde y se derrite en lágrimas de cera, te escribo esta carta. Te garabateo mis sentimientos y todos aquellos detalles que me hubiera gusta enseñarte, antes de que la Gloria tome forma.

Y es que, quería enseñarte tantas cosas, que no sé por dónde empezar. Me pasa igual que a la primavera, que a veces no sabe cuándo llegar a Sevilla. Dicen que llega el veintiuno de marzo, pero no siempre es así. La primavera llega cuando la tibieza del aire acaricia sus calles. Cuando cambia el perfume del frío y el incienso huele a clavo y canela. Cuando de los naranjos brotan lágrimas blancas. Cuando el sol se acuesta más tarde. Cuando el azahar se abre y Sevilla se viste de flor. Cuando la ceniza de las palmas y olivos de años anteriores se hace cruz en la frente del que aún conserva la Fe. Cuando se escucha el racheo nocturno de ensayos de ilusión. Cuando la luz, esa luz que tan importante es para ti, cambia en nuestra ciudad y todo es más luminoso. Todo brilla más. Todo es más bello. Y es que no sé por dónde empezar, como la primavera.


Impresionante imagen gracias al gran Canónigo Alberico

Llega un momento, cuando la noche del Viernes de Dolores cae, en que las horas son testigo sin ecuánime de lo que está escrito, de aquello que va a ocurrir. Pero no, no te confundas querida mía, que no es todo igual. No es lo mismo. Todo es diferente desde el momento que se acabó el año pasado. Queda todo y nada de lo vivido. Todo pasa y todo queda. Recuerdos y olvidos en una misma balanza. Un diario memorístico que volverá a comenzar desde su primera página en blanco. Debe ser así. Es necesario volver a empezar, como si no hubiéramos visto nunca lo que va a desplegarse ante nuestros ojos, que no es otra cosa que la Gloria misma. Como si lo supiéramos pero sin haberlo visto antes. Un indicio innato. Una insinuación a lo que está por llegar. Te hubiera enseñado cómo tiembla el pulso cuando todo está dispuesto. Cuando se presiente lo que está por llegar. Es un bombeo continúo del momento esperado. Un pellizco eterno en la boca del estómago que se desata en un mar de lágrimas cuando, ya muerto el Viernes de Dolores y recién estrenado el Sábado Pasión, te hubiera llevado a donde Todo empieza. Para ver cómo desciende a la Tierra el Señor de Sevilla y Sus Manos se preparan para recibir la devoción de la ciudad. Es cuando empieza la cuenta atrás, no para el principio, sino para el final. Y me emocionaría, porque no puedo evitarlo. Y tú me preguntarías por qué. Y Él te respondería con el susurro de los besos de Sevilla sobre Sus Manos, preparadas para recibir la devoción de la ciudad. Y Ella te respondería con Su Mirada. Saldríamos de la Basílica y ya sería Sábado Pasión. Y te enseñaría el juego de brillos de esa noche. El guiño de la luna de Parasceve. Cómo se despereza un capullo de azahar en la plaza y el incienso se sospecha bajo las sábanas de la ciudad. Escucharíamos el silencio. Todo se presiente ya. Huele a cera y la plata está limpia. Túnicas colgadas y capirotes enfundados de antifaz. Es una quietud nerviosa y una calma excitante, como la que vaticina la rampla del Salvador. La ciudad no está dormida. Está expectante. Está esperando. Al día siguiente se hará la Semana Santa de Sevilla.


Todo será más luminoso. Quería enseñarte que esa mañana, cuando amanece, el sol brilla como nunca y refleja el color de la vida. Todo es como un sueño tremendamente real. La ilusión se puede tocar. Se puede sentir y formar parte de ella. Sin saber por qué, quieres reír, y a la vez quieres llorar. Sientes alegría desbocada. Quieres respirar. Sales a la calle y el ambiente te abraza sin tocarte. Palmas y olivos se conjugan con el sabor de la miel y el vino. Quieres aspirar profundamente y llenar de aire tus pulmones. Incienso y azahar. Todo se desarrolla bajo una luz luminosa y brillante. El cielo se convierte en una bóveda iridiscente y la tibieza del día te acaricia suavemente. Y casi sin darte cuenta, aparece el primer nazareno y todo es ya realidad. Es Domingo de Ramos, y quería enseñarte qué se siente. Quería mostrarte que todo tiene una simbología, un significado. Que el río blanco inmaculado que viene del barrio del Porvenir es La Paz. La primera en la calle. Y no puede ser de otra forma… La Paz. Cuando el sol dictara sentencia calorífica sobre Sevilla, te enseñaría que Zaqueo es un niño subido a una palmera del Salvador, y que lo antecede un ejército de cantera cofrade. Sonreiríamos al ver cómo los chiquillos se suben el antifaz, cómo el pequeño cofrade lleva vara con insignia en su carrito, o cómo la mayor ilusión del mundo está en los ojos de aquel niño que extiende su mano, minúscula, y nos ofrece un caramelo. Si hay una palabra que defina este día, esa es ilusión. Junto al Alcázar veríamos acercarse a la Virgen de los Dolores y Misericordia con la Giralda al fondo, para explicarte que San Juan va en ese lado porque antes salía con María Magdalena. Mientras los romanos se juegan la túnica del Cristo de las Penas en San Pablo, yo te diría que la Estrella tiene en su rostro ese suspiro ahogado del llanto de Triana. Disfrutaríamos más tarde con la Sagrada Cena y te mostraría que una marcha se puede palpar cuando la toca Tejera. En Doña María Coronel, mientras esperamos el diálogo silente entre María Magdalena y el Cristo de la Buena Muerte, te recordaría aquella tarde tan hermosa que pasamos en el convento de Santa Inés, cuando el tiempo se detuvo y pudimos escuchar a las monjitas rezar. Antes de que el cansancio te pudiera, dentro de la lógica de la primera vez, agarrados de la mano, veríamos cómo el Pelícano de Francisco Antonio Gijón se abre el pecho para dar de comer a sus crías. Por Amor. Y terminaríamos en San Juan de la Palma, para ver llegar el Silencio Blanco y la Virgen de la Amargura. ¿Te acuerdas? Aquella que vimos una vez y te dije que de las tres miradas que me podían, la Suya era una de ellas. Durante la espera, y ya envueltos en la oscuridad de la plaza, te recordaría lo bien que lo pasamos ese día. Te mostraría el silencio de Sevilla cuando llega el Desprecio de Herodes. Y me emocionaría cuando sonara Amargura y Su Mirada nos esquivara, mientras San Juan le señala el final del Domingo de Ramos. Candelería consumada y rebajada. Ya se le ve la cara a María. Te contaría, mientras te abrazo y emprendemos el camino de vuelta, que cuando entra La Amargura, se acaba un poco de Semana Santa.


Por eso ahora, mientras escribo esta carta, imagino un desfilar de días con sus destellos más increíbles. Los momentos que escojo para disfrutar al máximo. Aquellos secretos que me gustaría haber compartido contigo. Y te imagino a ti, con tu sonrisa y tu mirada brillante. Te hubiera enseñado cómo se entrega al Hijo del Hombre en San Pedro, cuando ya la noche ha caído y los ciriales aparecen por Sales y Ferré. Te contaría la historia del Ego Sum y porqué dos claveles rojos exornan el llamador de la Presentación ante Caifás. Te susurraría al oído, mientras el silencio suena a palio de cajón, que la Virgen de las Tristezas se llama Isabel, que los Dolores de una Virgen son nuestras Penas, en el preciso instante en que Pantión se hiciera música y el azahar perfumara el incienso de San Vicente. Y entonces veríamos juntos cómo un cuadro se puede hacer escultura. En el momento en que suena una campana destemplada, te hablaría de Ortega Bru, de cómo la sangre se transforma en rosa roja. Y cuando San Andrés se convierta en Santo Sepulcro, te contaré que su cabecera se parece a la de la Iglesia de Auvers, y aunque no la pintó Vincent, la Hermandad que reside en su interior es la de Santa Marta. Estoy seguro que se formaría en tu cara una sonrisa, quizás estés sonriendo en este momento, de la misma forma que se abre una flor de azahar. Bellísima dulzura de la elegancia sevillana. Sería ya Martes Santo y podría enseñarte que es un día cargado de emociones. De amor, cuando viéramos las madres del Cerro acompañando el terciopelo carmesí. De sutileza, viendo la delicada talla del Señor de la Salud. De recuerdos, al contemplar el Cristo de la Buena Muerte de los Estudiantes abandonar la Universidad por la puerta de Geografía e Historia. De recogimiento, cuando el Señor de Las Almas de Los Javieres –sí, la Hermandad de tu amigo Antoñito y mi amigo Manuel- pasa de vuelta por la calle Feria. De dulzura, ante la Virgen de la Bofetá y su bello Nombre. De milagros, cuando nuestros corazones se hubieran encogido en la calle San Esteban viendo entrar a la Virgen de los Desamparados, y tú me hubieras dicho “eso no cabe ahí”, y yo, ya con lágrimas en los ojos, te diría que sí, que es uno de los milagros de nuestra Semana Santa. Y así sería, perilla a perilla, ahogado el grito de dolor y el silencio roto por la devoción de los costaleros. Y el Señor de la Ventana lloraría, porque un año más se ha hecho posible lo imposible. Sería un día de alegría y emociones, y veríamos la cara de mi hermana cuando en la Calzá vuelven a Presentar a Jesús una vez más antes de recibir, ya crucificado, la Sangre de Cristo. Por fin entenderías porqué lloro cuando viene la Virgen de la Encarnación y sus costaleros rezan el Ave María. Quería descubrirte tantas cosas. El azul celeste de los ojos del barrio de Nervión, la belleza del palio de la Virgen de la Palma y explicarte que no es la del Cristo de Burgos, que esa es Madre de Dios de la Palma, la misma que mira al cielo en San Pedro. Enseñarte el palio gótico de la Virgen del Buen Fin, y volverte a explicar que pertenece a la Hermandad de la Lanzada, que la de la Hermandad del Buen Fin es de la Palma, y volver a empezar. Y seguro que te reirías y me dirías que es un lío, y yo me quedaría pensando que tengo mucha suerte de perderme en la luz de tu mirada. Y al final terminaríamos viendo cómo se prende a Jesús en Orfila y mientras pasan los nazarenos con cirios blancos (que son cirios no velas), te contaría porqué la candelería de la Virgen de Regla forma dos cruces en aspa.


¡Ay queridísima mía! Quería enseñarte tantas cosas, que no me caben todas en esta epístola de sentimiento, que ya de por sí está siendo larga. Y es que ahora viene el Jueves Santo. Y me hubiera encantado ver contigo el Cristo de la Fundación de Los Negritos y su palio de aires bizantinos, y quizás me hubieras recordado que fallé el estilo de la Catedral de Venecia en el Trivial. Disfrutar con la gran mole elegante de la Exaltación y la historia de sus caballos. Señalarte los rosarios que sustituyen los borlones de la bambalina de la Virgen de Montesión y relatarte porqué tiene recogido el manto en su cintura de esa forma tan peculiar. Veríamos salir a Pasión y cómo de la escultura de Martínez Montañés resbala una lágrima de bronce, y te volvería a contar, cuando la Virgen de la Merced se acercara, lo que te conté aquella tarde que entramos en el Salvador y nos sentamos ante Ella. ¿Te acuerdas?. Pero aún quedaría El Valle. Veríamos el primer paso y te diría que se le conoce como ‘de los espejitos’. Luego vendría el Nazareno. Recuerdo cómo te impactó el día que fuimos a la Anunciación. Pero yo esperaría a la Virgen del Valle, y luego te diría en voz baja que escucharas lo que dicen sus ojos verdes y vieras su marcha, la que lleva su nombre, esa de la que tantas veces te he hablado. La de Gómez Zarzuela. Nos tendríamos que ir pronto, porque antes de que muera el Jueves Santo, la Madrugá se hace eterna en Sevilla.


Y entonces me ayudarías a ponerme la túnica, junto a mis padres. Me esperaría en el sofá, extendida, como siempre. La cola caería a mi espalda y entre mi madre y tú la cogeríais mientras mi padre me ciñe el cinturón de esparto. Luego me pondría la medalla, la misma que te enseñé la primera vez que viniste a mi casa, y antes de partir, por el camino más corto, a la Basílica, me despediría de mis padres y mi hermana. Ellos me desearían Feliz Estación de Penitencia, con una sonrisa de orgullo que se repite cada año. Entonces te miraría, como si no te hubiera visto nunca antes. Te abrazaría y te daría un beso. Y los ojos me brillarían, porque no tendría que pedir nada más. Porque lo tendría todo. Y todo estaría escrito. Figura de negro ruán perfilándose en la claridad de la luna de Parasceve. Bajo el antifaz una sonrisa iluminaría mi camino. Voy a ver al Señor de Sevilla y Su Bendita Madre. Voy a acompañarlos. Esa noche, la más eterna de la ciudad, sería mi padre el que te contara los secretos. Y créeme, no habrías podido encontrar mejor cicerón. Como hizo conmigo cuando era pequeño, lo hubiera hecho contigo, contándote cada detalle oculto. Y no es sólo lo que cuenta, sino cómo lo cuenta. Te habría descrito cómo luce el bello exorno floral de María Santísima de la Concepción, y habrías descubierto que es azahar, y que nadie sabe de dónde viene. Que todos los años es un secreto. Te diría que la centuria de la Macarena no es romana, es sevillana y de la marca del gran Ojeda. Que aquí son armaos y no romanos. Te hubiera contado cómo llovió un año y la sentencia, entonces de papel, se deshizo siendo sustituida por un periódico. Y también te hubiera narrado porqué la Esperanza Macarena tiene las esmeraldas verdes en su pecho, y porqué a Su espalda, en la bambalina, se puede leer Estrella de la Mañana. Hubieras recordado a tu Cristo, ese que tanto te gusta y que está en la Catedral, al contemplar la efigie del Calvario. Y seguramente, porque lo conozco, mi padre te habría contado la historia de Soleá Dame la Mano y la Esperanza de Triana, justo después de que Jesús de las Tres Caídas hubiera pasado con su izquierdo por delante y recordaras una noche de noviembre. ¿No te acuerdas? Cuando lo vimos sólo en aquel paso sobre lirios morados y yo te abrazaba por la espalda. Más tarde hubieras visto los labios moraos del Señor de la Salud y la belleza oculta, y a veces olvidada, de la Virgen de las Angustias. Pero no sería hasta las 5:30 de la madrugá cuando podría contemplarte. Sólo entonces, un río negro de tinieblas trazaría su curso por Gravina, y sería allí dónde te vería y tú me verías. Porque mi madre me reconoce por mis manos, pero tú, queridísima mía, lo harías por mi mirada, pues no habría antifaz que impidiera reconocer a aquella persona que te ama. Y me sonreirías y yo lo haría tras el ruán negro. Luego llegaría el Señor y mi padre no te diría nada. Sobran las palabras. Una saeta cruzaría la noche y el aire helado que sentirías en tu espalda te erizaría los vellos. Antesala de una música trenzada en palio de cajón. Tampoco mi padre hablaría cuando llegara María Santísima del Mayor Dolor y Traspaso, porque sabe que yo ya te lo habría dicho todo. Porque sabe que yo te habría dicho ya que Su Mirada me puede, que Ella es especial. Cómo la primera vez que fuiste a la Basílica. ¿Recuerdas aquel día? Lo pasamos realmente bien, y lo terminamos allí. Nos sentamos en el primer banco y el silencio fue la mejor forma de hablar.



Quería enseñarte tantas cosas que está carta está siendo demasiado larga, y necesito un final. Solamente quería mostrarte que el Viernes Santo tiene una luz diferente. Una luz que hace que todo tenga un brillo distinto. Es como si el cielo tuviera un velo blanco, un filtro por el que no pasan los rayos en su totalidad. Como el día que fuimos a Itálica y nos sentamos en la colina para observar la ciudad desplegada a nuestros pies o la mañana que nos deleitamos con la vista que ofrecen las almenas de la Torre del Oro. Y quizás el amanecer de este día es el más tardío de todos. Me habrías preguntado qué monumento veríamos ese viernes, y yo te diría que uno de los más bellos. El Barroco en todas sus representaciones. Y a pesar de ser ese el estilo, te hubiera descrito cómo el Romanticismo de la Carretería se deshace en el barrio de los toneleros y la bella cruz de carey que tiene un Nazareno de la calle Castilla. Te habría recordado, al ver la Soledad de San Buenaventura, lo bonito que fue aquel día que entramos en su templo. Las tres cruces de Montserrat y la Verónica penitente, justo antes de que el sol se oculte por Triana. Cuando la cava retrocede en el tiempo y un filtro blanco y negro se extiende por sus arrabales y un Cachorro gitano se atreve a morir a la vuelta. Para entonces ya habríamos visto a Jesús en su tercera caída y aquél Cirineo que tanto te gustó. Sí te acuerdas… fue el día que fuimos a San Isidoro a ver la exposición de Roelas y estaba tras una vitrina de cristal. Ése es. Pero la noche sería de luto y te enseñaría la verdad del silencio de Sevilla. La verdad de un muñidor que tañe el presente con hilos del pasado, en el compás del Convento de la Paz, dónde el tiempo se detiene y te contaría porqué al Señor lo anteceden dieciocho ciriales. Todo se habría consumado y estaría escrito el final. Quedaría el epílogo. Tambor destemplado para los Servitas, que escucharíamos en la Plaza de Santa Isabel, donde mora un crucificado de Mesa que un día veríamos. La centuria romana (ahora no son armaos) del Santo Entierro, que a mi padre siempre ha gustado más. El paseo de la Muerte por la ciudad, derrotada, ante la presencia Divina del día siguiente. Y para poner el broche final, aquella virgencita pequeñita que te enseñé una tarde de invierno tras una reja de forja. La Soledad de San Lorenzo. Y sería curioso, porque te diría, mientras esperamos a que la luz de la plaza se apague y los cirios consuman los últimos suspiros de la Semana Santa, que allí, en San Lorenzo, Todo Empieza y Todo Acaba. Se cerrarían las puertas de la Pasión tras una lluvia de cera y al acercarnos a la puerta, entre un mar de gente que nos lleva, te contaría por qué tenemos que tocarla. El porqué de una Tristeza Necesaria. Al volver a casa, te susurraría al oído que no todo se ha acabado, que en la Trinidad, allí donde una vez intentamos ver las Sagradas Cárceles, queda lo más importante. Queda la Esperanza.


Quería enseñarte tantas cosas que esta epístola se ha convertido en un evangelio, en algo excesivo, pero hay cosas que sólo se pueden decir por carta. Seguramente estés sonriendo, porque siempre me has dicho que cuando hablo de la Semana Santa no tengo límite. Soy un jartible. Lo sé. Sigo siendo un soldado anacrónico versado en las vicisitudes de la vida. Tempus fugit para los Siete Días de la Pasión. Quizás leas esta misiva tumbada en la arena fina de una playa de Huelva. O puede que el sol te esté acariciando en el patio de tu casa. No pretendo nada. Caligrafía precisa y torpe, a la vez, de aquellas emociones que he sentido sin ni siquiera llegar a vivir el momento narrado. ¿Qué hacemos? In Ictu Oculi, que diría Valdés Leal. Todo fue en un abrir y cerrar de ojos, como esta Semana que se aproxima. Solamente quería escribir aquello que pudo haber sido o que, sin darnos cuenta, fue. La ilusión es un destello efímero de los deseos de una persona. A veces se cumple, y otras, tan sólo queda impreso en el boceto del alma. Lo cierto es que yo siempre fui un iluso. Una vez leí que sólo recordamos lo que nunca sucedió. Tal vez por eso recuerdo esta carta tan bien. Por eso cada instante lo he vivido y sentido estando a tu lado. Abrazándote, besándote y acariciándote. Me has dado esa oportunidad. Una vez escuché decir que el placer está tan cerca del dolor, que a veces se llora de alegría. Dentro de poco comenzará la Gloria, y sencillamente, me hubiera gustado enseñarte cómo Sevilla se viste de primavera y se perfuma con azahar e incienso. Como dijo don Antonio Núñez de Herrera “Sí, es verdad que hay este mundo. Pero ¿Quién lo hizo? ¿qué Dios provisional para estos siete días? Hay este mundo que dura una semana. Y otro, que rueda su discurso durante todo el año. Este mundo de la Semana Santa reluce en fiesta nueva para unos nuevos ojos”.



Así es esto. Así es la Pasión según Sevilla. Todo es más hermoso. Todo es más bello porque hay un final. Porque son siete días. Porque quedará un clavel negro, chamuscado, que habrá apagado los cirios rebajados de la candelería más hermosa que ilumina la ciudad. Sólo quería que lo supieras. No podré estar a tu lado para contarte todas estas cosas, pero si quieres encontrarme, ya sabes dónde estoy.

Tu soldado de retaguardia.



(Cerró la carta con lágrimas en los ojos y salió a pasear por aquel Domingo de Resurrección)

lunes, 9 de febrero de 2009

Santa Inés

Era la quietud más que el silencio. La calma peligrosa y la falta de ruido. El siseo de la brisa tibia e incluso caliente como trasfondo del teatro barroco. La templanza combate con los nervios y la soledad se puede tornar en compañía desagradable. La luz de un candil titilaba en una esquina mientras su oscilante lengua anaranjada lamía con parsimonia los rincones más cercanos. Había sido una jornada de revuelo. Aún se escuchaban anclados en las entrañas de la ciudad los ecos lejanos de la ceremonia. Celebración precedida de muerte y Sevilla siempre voluble. Lluvia y mal tiempo para despedir al monarca de aquella España desangrada monetariamente por los cuatro costados. Aguas revueltas de monarquía flemática y abúlica que adolecía un cambio. Tres días antes celebraba la ciudad las honras por el fallecido rey. Se iba un Filipo y llegaba otro. El cuarto. Había sido un día alegre y apacible y se dejó a un lado el luto, se alzaron los pendones por el nuevo rey, el cuarto Felipe, y la jornada había sido de chanza y fiesta. De corrillos altaneros y juergas tras el fruto de Baco. Aquel 6 de junio de 1621, domingo de la Santísima Trinidad, expiraba y la noche se deshacía entre la oscuridad moteada de las calles.

La luz plateada se filtraba entre los resquicios de esquinas despellejadas por el tiempo. Brillaba la luna después de varios días de cielo rojizo sobre la ciudad. Pero no era lo único que brillaba en las calles de Sevilla en esas horas de noche recién estrenada. Un mal encuentro envuelto en una chuscada de hijosdalgo dio pie a un grito ahogado antes de que pudiera maldecir. Tres borbotones de sangre saltaban manchando el jubón de cortapisa de su compañero, que había sacado la toledana y daba muestras de buen hacer. Revuelta rápida y nuevo brillo de hoja. Mellada por el paso del tiempo, pero de buena mano, que aunque era mercenario de espada, la honradez en el bello arte de matar en la Sevilla del Barroco escaseaba. Pasos racheados y resuello aplacado por el vino. Medio giro y piqueta en la siniestra del soldado buscavidas. Muerde el brazo el frío acero de una toledana, pero deja espacio su costado para que tres palmos de hoja vieja le ensarten en el infierno de los nobles caballeros. Esta vez el grito sí se hace oír. Ya no hay bromas ni bravuconerías. El pisaverde aristócrata ya sabe cuál es el precio de la fanfarronería en los rincones oscuros de las calles sevillanas. Es una pena que no le sirva para el futuro, pues la parca le ha sonreído en aquella esquina de luz titilante y brillo plateado.


Se acercan tres y él está herido. No quiere más lances para celebrar la llegada del nuevo rey. Envaina la espada y siente el frío de la vizcaína al tacto con sus riñones. Embozado en la capa y con el chapeo calado hasta la sien, pone tierra de por medio con zancadas amplias entre las sombras que acarician. Voces de alarma a su espalda y ruido de botas sedientas de sangre vengativa. Enfila la calle Santa Inés y busca San Pedro. No le da tiempo. Sabe que sus perseguidores le alcanzarán. Entonces aminora la marcha y se da la vuelta. Mira hacia arriba con aire desafiante y se echa atrás la capa. Se atusa la barba y sonríe bajo su bigote de soldado. Llegó la hora. Escupe al suelo y contempla cómo tres siluetas se recortan en la tibia noche. Avanzan hacia él. El brillo de sus aceros anuncia un final escarlata. Decide morir con su vieja toledana en la mano y blandiendo la vizcaína. Mira a su alrededor y afianza el flanco izquierdo, donde tiene el tajo, junto a la puerta lateral del Convento de Santa Inés. Aprieta los dientes y espera la llegada de los tres. Pero lo siguiente que aparece es un milagro con sotana, exornada con brocados, cuyo rostro palidece al encontrarse con la figura del soldado enguantado y presto para batirse. Antes de nombrar al Hijo de Dios y comenzar un Paternóster atropellado, dos fuertes manos lo empujan al compás lateral del convento y lo tiran de espaldas al suelo. Un chillido agudo se escapa de la garganta del cura, que empieza a creer que ha llegado su hora y pide perdón por sus pecados. Que no son pocos, pues la Sevilla que era Puerto del Mundo también lo era de los lupanares más frondosos de España. Pero el soldado, curtido en veteranas batallas de la vida, y no pocos lances de guerra, cierra desde dentro la puerta y escucha como maldicen sus perseguidores. Sonríe al cura y le ayuda a levantarlo, mientras le pide acogerse a sagrado. El presbítero tuvo que ver el cielo, o la salvación terrenal, en la sonrisa del aquel hombre herido, pues le ofrece ocultarse en la Iglesia, previo aviso de la clausura de dicho edificio sagrado. Envainadas espada y daga, ambos hombres se acercaron a la puerta del templo. El clérigo le ofreció entrar en la iglesia, mientras él avisaría a la congregación del visitante forzoso.


Imagen modificada del libro El Capitán Alatriste


No era junio. Ni siquiera hacía calor. Hacía frío. Las manos no respondían con la suficiente rapidez y las tardes de enero eran noches largas prolongadas por una oscuridad invernal. El nuevo año había comenzado envuelto en una gélida sensación de azote constante. La pareja cruzó la calle en pasos rápidos adelantándose a la llegada del coche y se adentró en el compás del convento. Santa Inés yacía tranquilo. Calma y sosiego roto tan sólo por el traqueteo continuo de los coches sobre los adoquines. El rugir de un ejército de caballos metálicos que se filtraba por la puerta. Ya caía la noche sobre aquella tarde huidiza de enero. El invierno sembraba de oscuridad los ocasos precoces de una Sevilla fría. Se aproximaron a la puerta de la iglesia y cruzaron su dintel. La sensación posterior fue un golpe de efecto a la lógica. Todo un revés de conciencia a lo natural experimentado hasta ahora. A veces nuestros sentidos pierden pie y se ahogan en una situación incomprensible a la razón. No hay explicación. Un murmullo constante se convertía en oración continua y un rumor de meditación cruzaba las paredes como un riachuelo baña un valle. El eco de sus pasos resonaba incluso antes de que pisaran. Pero lo que más sorprendía, lo que más sobrecogía, era el silencio del corazón de la ciudad. Sin decir nada, se dirigieron al último banco. El mismo que estaba pegado a la reja que separaba el coro de la iglesia. El trenzado metálico que servía de límite entre el exterior palpable y la clausura espiritual.



Dos figuras ocupaban dos bancos más. Un señor con sombrero y cabellera plateada al castigo de los años y una señora con una bolsa de la compra. Cuatro en total con ellos. El tiempo se había detenido como también lo había hecho con Doña María Coronel. Solo un rumor sacro estremecía a los congregados. La clausura era un velo transparente que no dejaba ver la realidad. Las monjas rezaban a su espalda y nadie se atrevía a darse la vuelta. El corazón de la ciudad palpitaba alrededor de aquellos muros ancianos de la Historia, pero nada de eso penetraba en su interior. El bullicio y la prisa quedaban fuera, aislados, como si al cruzar el dintel el pasado fuera una realidad y los años retrocedieran en contra del tempus fugit. No sólo se paraba el tiempo, sino que los años retrocedían y casi se podía sentir el frío helado del toque legendario. Las monjas callaron y el rumor sacro de misal se disipó y embotelló en un quejido metálico. Tañó una campana y a cada golpe las almas presentes se estremecían en una quietud lastimera y ausente de toda racionalidad. El señor del sombrero y pelo cano se levantó y abandonó la iglesia. La campana seguía sonando y rompía el silencio en toques cadenciosos. La señora se levantó, se santiguó y en tres zancadas rápidas cruzó el dintel del templo para desaparecer en la penumbra de la noche que ya caía sobre la ciudad. Se quedaron solos.

La soledad nunca fue tan estremecedora. La pareja se dio la mano y sintió el calor y el amor a través de ellas. A sus espaldas, y tras la reja que separa el mundo irreal de la clausura, sonidos secos y movimientos recordaban que allí había alguien. A veces una tos achacosa. Nada más. Silencio profundo, ascético y cuasi místico que inundaba la iglesia. Sólo la campana, como el aviso de vida exterior, cruzaba el paso del tiempo y se aventuraba a adornar el silencio. Un escalofrío recorrió sus nucas y las piernas se estremecieron ante la idea de tener personas atrás y no poder volverse. Sentir la presencia de alguien que respira a tu espalda. Que te observa tras unos ojos tristes y nostálgicos. Alguien que añora el tacto de una persona querida. Alguien que, después de muchos años encerrado en la meditación eterna de una clausura, suspira por saber cómo es la caricia de unos labios. La pareja se soltó inmediatamente. Había movimientos en la puerta. La campana había dejado de sonar y nada se escuchaba en la iglesia. De pronto, como si el volumen del presente hubiera sido aniquilado, desapareció todo ruido. Todo sonido. Ya nadie tosía. No había susurros vacíos ni pies lastimeros. Un silencio denso y tremendamente sordo se había adueñado de la iglesia. De su presencia. De la ciudad. No pasaban coches fuera. No había presencia humana a sus espaldas. Ni siquiera Maese Pérez el organista acariciaba las teclas del órgano. Ni siquiera Doña María Coronel se acercaba a la reja del coro a rezar. Ni una de las Once Mil Vírgenes se dejaba ver entre los bancos de la primera fila. Nada. Silencio absoluto como si la iglesia quedara suspendida atemporalmente y el efímero soplo del presente se hubiera reducido a la existencial mirada de los dos enamorados. Ambos miraban a la puerta. Alguien entraba. El único ruido del mundo que en ese momento existía era un roce cansino de pies… y estaba en la puerta de la iglesia.



Fue entonces cuando se dieron cuenta que las sensaciones no siempre son movimientos del alma impulsadas por la razón. Ante ellos apareció una figura, alta y robusta. Las ropas revueltas y una mancha carmesí en el brazo izquierdo, que descendía hasta la mano, que empezaba a mostrar un tono parduzco. Sangre. En la diestra el sombrero. En sus pies, botas raídas y gastadas. Pantalones bombachos y carcomidos por la miseria y agujeros de pagas inconclusas. Su rostro poseía tres cicatrices que cerraban su expresión de asombro en una amenazante mirada. Bigote y barba descuidadas y un gesto de alerta sempiterna terminaban por rematar un rostro curtido en las estocadas de la vida. El asombro y sorpresa no era propiedad sólo del veterano soldado barroco, sino de aquella pareja del presente, que ya no sabía si el pasado los había alcanzado y todavía no habían nacido. Estupefactos los tres, quedaron inmóviles durante unos segundos mientras se escrutaban con la mirada. Finalmente, decidido ante el mutismo de la pareja, el soldado hizo una leve inclinación de cabeza y dio las buenas noches. Los enamorados, que viajaban con su mirada de la mano izquierda ensangrentada a los ojos vivos y en avizor de aquel hombre, contestaron al unísono con el mismo saludo. Luego, el soldado desechó el peligro y prosiguió su camino en amplias zancadas hasta un extremo de la iglesia. Sólo el eco de sus pasos y el tintineo metálico de la toledana cruzaban como un espíritu el frío aire del templo conventual. Ni Maese Pérez ni Doña María Coronel les habían puesto la piel tan erizada como aquel hombre. Cuando el silencio volvió a ocuparlo todo y sólo los nerviosos corazones se dejaban escuchar, la pareja se levantó. Sin cruzar palabra. Sin mirar atrás. Tan sólo se giraron en la puerta, justo antes de cruzar el dintel Un segundo antes de abandonar la iglesia. Echaron un vistazo al otro extremo y se encontraron con los ojos vivos de aquel hombre. Y una sonrisa, acompañada de un guiño.

Ya había caído la noche en Sevilla y el frío seguía siendo el compañero de aquel día. En el compás de Santa Inés ya no había silencio. La soledad se dejaba sentir menos y los coches pasaban por el adoquinado de la calle. La puerta abierta dejaba ver la luz artificial de las farolas. Era el presente de nuevo. ¿O tal vez el futuro?. Giraron la cabeza y se quedaron inmóviles observando la entrada de la iglesia. No hablaron. No dijeron nada. Tan sólo se miraron. Un beso fue el siguiente invitado en aquella intimidad del compás conventual. Se abrazaron y salieron del recinto sagrado sin intercambiar una sola palabra. Solo miradas cómplices y silencios cariñosos.



A veces nos da la sensación de que el pasado nos alcanza. Otras sencillamente viajamos atrás con recuerdos trenzados en momentos vividos. Y en algunas ocasiones, aquello que se fue y se ocultó bajo la arena de ese reloj imparable que es el tiempo, nos sorprende. Un día aparece tras una puerta cargado de cicatrices, que son las nuestras propias, y nos guiña un ojo. Entonces por un momento, sólo por un momento, desaparecemos del presente y nos perdemos en los entresijos y resquicios de aquellas sombras que, alguna vez, fueron la vida de un tiempo, de un instante, y que ahora se ahogan en los recuerdos de la memoria.

viernes, 14 de noviembre de 2008

No lloréis...

Un sonido mudo y apagado en la penumbra. Noche recién estrenada que antecede una jornada de despedida. Seis lágrimas de cristal. Sombras perfiladas en la oscuridad y luz radiante en los rincones. El compás inagotable de un reloj que marca el destino de los hombres. El tiempo cayendo por los resquicios de la razón en una cuenta atrás. La melodía de lo perfecto alejándose en la claridad exterior. El rumor de los besos de Sevilla. Los meses plegados cuidadosamente en un abanico de días, horas y segundos. Los ojos sedientos de miles de fieles perdidos en un ramillete salomónico. Incienso ahogado. El alfa y omega en dos manos. El cariño y el amor en una mirada. Un sollozo contenido mientras una espina atraviesa al Hijo de Dios. Puñal de plata y reja dorada. Hábitos almidonados y corazones entristecidos. La garganta se cierra y certeros dardos de pasión cruzan el alma. Lágrimas nocturnas para una marcha anunciada. Y no es otra cosa... es agonía. Tal vez fuera eso lo que sentía aquella hermana. Ahora sólo había silencio. Fuera el mundo seguía girando y el reloj contaba las horas pero dentro... dentro se paraba todo y no había pasado ni futuro, ni siquiera presente. La clausura congela el mundo y suspende los días en saltos puntuales. Pero desde hacía varios meses, la arena que desgranaba el tiempo había vuelto a funcionar en la rutina de su corazón. Los días se consumían como los cirios de promesa y la cera manchaba el adoquinado de su memoria con recuerdos imborrables. Y ahora, en silencio, perdida en las Manos que mueven el mundo, y buscando en la Mirada del Traspaso, un suspiro contenido remueve sus entrañas. No hay nada peor que la agonía. Y ella puede verlo, puede palparlo. La certeza de saber que algo se acaba y no poder hacer nada por remediarlo. Y entonces un temblor le recorre sus manos y en las ventanas de su alma aparece una perla de cristal. Una lágrima cruza su mejilla y siente que es el Señor el que acaricia su rostro y Su Madre la que lo seca con Su pañuelo. Ya se van...



Gracias a R. Villarrica


- ¿Por qué lloras hermana?
- Lloro porque no podré más acariciar Sus Manos con mi mirada. Porque ya no podré contarle a Ella lo bonita que está por la mañana. Porque ya no podré disfrutar de sus silencios. No podré darles un beso de buenas noches. Ver la Luz en la oscuridad. Lloro porque aún no se han ido y ya los echo de menos. Porque el vacío no es otra cosa que la ausencia de aquello que lo llena. Porque se van y siento que no podré dejarlos ir sin acompañarlos. Lloro porque no se qué voy a hacer ahora cuando los busque y no los encuentre... ahora que he conocido el Cielo.



No lloréis Hermanas. No lloréis porque hoy, cuando los rostros sagrados del Señor de Sevilla y Su Bendita Madre sientan el frescor de la tarde, Sevilla sabrá que han estado bien. Sevilla entera sabrá que las Hermanas de Santa Rosalía les habéis cuidado. No lloréis porque Él y Ella nunca olvidan y nunca se van. No lloréis porque vuestros corazones están en esas Manos que mueven el mundo. No lloréis porque vuestros ojos están en esa Mirada que sigue la zancada del Hijo de Dios.



No lloréis más, Hermanas de Santa Rosalía, que cuando la noche sea eterna en Sevilla y la Madrugá se pierda en los resquicios de una mañana de vencejos, un río de negro ruán iluminará el camino hasta vuestra puerta, para recordaros que sois las Hijas del Gran Poder y el Mayor Dolor y Traspaso.

jueves, 16 de octubre de 2008

Recuerdos de la CalleFeria


Siempre me ha gustado perderme en ella. Siempre me ha gustado acariciar sus entrañas de Historia y saborear sus rincones. Dejarme llevar por su música diaria y probar sus tapas de magnífica literatura ensartada en dulces de palabras perfectamente armonizados. Y sentir su ambiente y su gente. Y sumergirme en el batiburrillo de tesoros callejeros cuando llega el ecuador de la semana. Y me encantan sus Hermandades. Y la añoraba porque hacía tiempo que no paseaba por ella y que no tenía estas sensaciones. Fue quizás por este motivo que me decidí a recorrerla como antaño. A verla y contemplarla lentamente, recreándome y haciéndome de rogar en cada paso para sentirme como siempre me he sentido. Pero en esta ocasión fue un doble juego de recuerdos y mi corazón me avisó de que había echado de menos a un amigo muy querido.


Tenía la mañana libre y no lo dudé ni un momento, pues si tenía que elegir un día, tenía que ser aquel. Jueves. Bajé por Regina desde la Encarnación y llegué a la esquina de San Juan de la Palma, rincones y recovecos perdidos de conventos, aderezados con dogmas inmaculistas, llegaron a mi cabeza. Esta Sevilla mía y sus disputas internas. Allí estaba la plaza y la leyenda que recorre el cementerio y su palma, y al otro lado comenzaba la calle Feria ahora, antes llamado ese tramo, hasta la Capilla de Montesión, San Juan de la Palma. Y entonces respiré profundamente y me adentré en su corazón. Lentamente. Como llega la Amargura envuelta en la oscuridad de la noche e iluminada su Mirada por la luz de la candelería a los sones de su marcha. Sobre los pies y sin mucho paso, contemplé el Señor Cautivo de la ventana, el despertar de una persiana tardía, el baño de lejía y agua sobre la acera, el primer lingotazo de aquél jubilado sobre la barra del bar, el olor a tostadas del poco madrugador y el crujir de espalda de la calle, que bosteza ante las primeras horas de sol de la mañana. Fue entonces cuando me crucé con dos turistas. Un matrimonio de media edad que lucían una bonita sonrisa y ojos sorprendidos, todo bajo un dosel de cabellos rubios. Ella llevaba una camisa remangada y una mochila, y él una camiseta de franjas horizontales verdiblancas que reconocí al instante. La camiseta del Céltic de Glasgow. Escocia en la calle Feria. Recordé las sabias palabras de mi profesor, aunque él se empeñe en lo contrario.

“Si viajaran con vosotros,
si se mezclaran con vuestra gente,
sabrían la alegría que contagiáis allá por donde vais,
descubrirían cómo una pinta sabe mejor en vuestra compañía
y se sorprenderían y mucho
al veros llenar las iglesias allá por donde vais.
Porque ellos no lo saben pero
no, no sois iguales”

No eran iguales. Curiosas palabras las de mi amigo, pues él tampoco se daba cuenta que no era igual. Así estaba, dando vueltas a la cabeza, cuando se estrechó la calle y un coche me pitó sacándome de mis recuerdos. Le dejé paso y descubrí el lugar donde había visto este año a Los Javieres, cuando su vuelta se consumaba y la Estación de Penitencia expiraba cerca de su parroquia. Seguí mi camino y crucé la línea de Castellar para sentir el cuello de embudo que antecede a las Plaza de los Carros. Allí estaba El Kilo y el Vizcaíno, sellos imborrables de la Historia más cercana de la calle, tatuados a fuego en la cabeza de los sevillanos. Y el Jueves. Se abría como un abanico extendiéndose y prolongándose hasta el giro de Corredurías, vulgo Doctor Letamendi. Aquello era una parada obligada, pero no ahora, después. Cuando el sol apretara a pesar de ser ya otoño, y la garganta pidiera algo más que agua. Dejé mi curiosa vista aparcada y continué hacia Omnium Sanctorum. Hacía mucho tiempo que no entraba en la antigua parroquia y contemplaba el buen hacer de Pires Azcárraga y la Negación de San Pedro. Recordé cómo mi amigo había hablado con alegría de la nueva Hermandad de su calle y cómo, una vez más, había dejado que su corazón escribiera por él, como sólo los grandes saben hacerlo...

“Sentimos una inmensa, total y plena alegría, porque aquel día, aquel Miércoles, llegaron a la Catedral muchos años de PAZ que llevasteis antes que a la Campana, a los hogares del barrio de la Feria...”



Gracias a CalleFeria


Salí y me di de bruces con el mercado, el sempiterno regalo de vida que tiene este tramo. Allí se puede encontrar de todo y saborearlo de verdad. Saludé a mi prima, frutera del ilustre edificio desde hace años, y luego me adentré por su calle central y su jaleo diario, tan familiar y singular a la vez. Todo apretado y aparentemente desordenado, pero siguiendo un programa iconográfico digno de la mejor fachada barroca. Dispuesto de manera confusa pero ordenada a la lógica, el producto de uno se abraza con el de otro, y las voces del que atiende aquí se cruzan con el de allí. Toque especial que denota el barrio. El mercado de la Feria es algo arraigado en la semilla del fruto de la calle. ¿Habría chicharrones?. Me acordaba otra vez de él, quizás porque sé que ha vuelto y eso me llena de alegría. Y de recuerdos...

“No tardes en volver querido amigo,
no tardes que en el barrio te esperamos.
Como cada verano, como cada año te esperamos,
a ti y a tu hechura y aroma inconfundibles.
No tardes en volver chicharrón,
chicharrón del mercado de la Feria...”


Y tal vez como su chicharrón, se decidió a volver. Afortunadamente para todos. Sonreí y continué mi paseo por los recuerdos de la CalleFeria. El último tramo se convertía en un despiezado dominó de fichas desordenadas. Coches alineados y rectificación de tráfico hasta que Resolana irrumpía con fuerza en su estrenado sentido único. Por allí va y viene la Esperanza Macarena, y era ese tramo de Feria, al pasar el mercado, uno de mis preferidos para ver cómo se aleja. Tiempo ha de aquello, cuando aún no seguía con mi cirio al Señor de Sevilla y antecedía a mi Virgen del Mayor Dolor y Traspaso. Recordaba esto cuando volvía sobre mis pasos y me encontré dos amigos charlando y sonriendo luciendo la camiseta del Sevilla F.C. uno y la del Real Betis el otro. Mi amigo también es sevillista. Pero es diferente. Lo demostró en dos ocasiones, porque él es muy elegante. No sólo escribe como si la literatura fuera su religión y las palabras su condición, sino que además, es exquisito en su forma de ser. ¿Exageración?... no. Ya lo demostró cuando su equipo iba a jugar una final.

“Y Sevilla está en Silencio...
Porque como dicen en Anfield Road:
‘El fútbol no es una cuestión de vida o muerte, es algo más importante’.
Por eso ayer, al saber que jugaremos otra final me acordé de vosotros,
de los que os fuisteis sin ver un título, sin vivir una final,
de los que vivís en el tercer anillo y siempre empujáis al equipo”


Su equipo jugaba una final y él se acordaba del tercer anillo. Ese anillo sevillista donde todos tenemos a alguien. Ya os lo he dicho, que es muy elegante. Pero su elegancia la demostró cuando más llovía en La Palmera. Cuando verdaderamente hacía falta que apaciguara el chaparrón. Cuando muchos hicieron leña del árbol caído y las chanzas y corrillos agravaban y se aprovechaban de la situación. Fue entonces cuando su estilo y buen hacer derramó en forma de palabras un capote sobre los hombros de aquellos aficionados béticos que sufríamos las embestidas de los medios de comunicación...

“A los que, como yo, dejáis la paga de verano en los carnets,
A los que, como mis hijos, no coméis cuando perdéis,
A los que, como yo, no necesitáis títulos para mantener una devoción,
A los que, como mis hijos, limpiáis lágrimas con banderas.

Porque sois y sentís cómo yo.
Porque vuestro equipo nunca caminará solo,
porque el amor no se compra con dinero,porque una lágrima vale más que una acción,
porque al final de la Palmera no hay una empresa, hay un sentimiento.

A vosotros, porque sois, soñáis y sentís como yo...”


Éste es mi amigo. Y no dejaba de acordarme de él porque sabía que cuando llegara a mi casa lo encontraría de nuevo. Revisando mi memoria y encontrando cada texto escrito en imágenes latentes, llegué ensimismado al famoso mercadillo de la calle. Una pena que se redujera tanto. Allí se podía encontrar de todo, como demostró don Juan de Mata Carriazo al encontrar el famoso bronce de la diosa Astarté. Curioso y popular. Tan ricamente exornado con los tesoros de la calle o aquellas joyas desprestigiadas por el paso del tiempo. Se amontonan los años y la Historia se revuelve en viejas revistas, desnudos de tersas pieles arrugadas en el presente. Una panera olvidada y sin limpiar. Una vieja lámpara que fue comprada antaño para alguien que la perdió cuando el olvido llegó a su existencia. Hay de todo. Todo está en el Jueves. Retales de vidas anónimas esparcidos por la calle. Y como marco incomparable, la Plaza de los Carros, con el Kilo, el Vizcaíno y la Capilla de Montesión. Y allí fue donde acabé mi paseo. Sentado frente al Señor de la Sagrada Oración y Su Mirada. Aquella Mirada que suplicaba y pedía ayuda entre olivos.


Fotografía recortada de Roberto Villarrica


“No es fácil escribirte, es mejor hablarte.
No, no es fácil escribirte, es mejor contarte.

Hablarte sobre lo pasado y por pasar,
hablarte de lo acontecido y por venir,
contarte lo acaecido y lo vivido,
contarte lo soñado y deseado.

Hablarte de las ilusiones rotas y de las que incólumes están,
hablarte de eso que Tú sabes y que a veces te oculté,
contarte sueños que hiciste realidad,
contarte realidades que nunca soñé.

No es fácil escribirte, es mejor hablarte.
No, no es fácil escribirte, es mejor contarte”



Gracias a J. Iván Martín


Es mejor hablarte, escribía mi amigo. Es mejor contarte, decía su corazón. Volví a sonreír, como otras veces lo había hecho esa mañana, porque sabía que volvería a leerle. Porque cuando vi a María Santísima del Rosario recordé, una vez más, que mi amigo había vuelto y que la ausencia no es el olvido. Estaba feliz. Salí de la Capilla y contemplé la luz bañándolo todo. Volvería a disfrutar de aquellas visiones del mundo desde la Plaza de los Carros. Ya no serían recuerdos de CalleFeria. Los recuerdos son la voz de ese apuntador escondido en tu cabeza. La ausencia no es el olvido y yo no te he olvidado amigo mío. Y me alegro que vuelvas para deleitarnos con tu magnífica prosa, tu fina literatura, tu excelente buen hacer y tu elegante pluma. Pero sobre todo... me alegro que vuelvas para disfrutar de tu compañía. De tus lecciones. De tus valores humanos. De tu exquisita forma de ser. De tu amistad. Me alegro que vuelvas, amigo mío... y tú ¿me sigues llamando profesor cuando nunca he dejado de ser tu alumno?


Y vuesas mercedes... ¿no lo conocen aún?, ¿y a qué están esperando?... os presento a mi amigo CalleFeria.

Para Luis...

viernes, 6 de junio de 2008

domingo, 25 de mayo de 2008

A las nueve y cuarto en el Vizcaíno

Camino de vuelta. Olía muy fuerte. Quizás aquella gata con nombre de ciudad eterna llevaba razón y mi coche perdía gasolina. En la radio sonaba Back Chat. Ya no era madrugada. No despuntaba el alba aún, pero le faltaba poco. Volvía solo hacia mi casa mientras recordaba cómo había comenzado todo aquello. Se había materializado en un correo que había leído aquella misma tarde. Una reunión. Esa misma noche. Sonreí mientras cogía la rotonda. Freddie gritaba blow y dejaba paso al punteo de Brian.


A las nueve, nueve y cuarto o en fin… cuando vayáis pudiendo, nos vemos en la ilustrísima taberna de Vizcaíno. Esta era la señal. El pistoletazo de salida. Me dirigí hacia la Plaza de los Carros al ritmo de Los Beatles. Adentrándome por la calle San Luis llegué hasta la Plaza de San Román, girando por Doña María Coronel para luego introducirme en Gerona. La primera en la frente. Justo delante mía aparca un afortunado. Continúo mi camino para coger la calle Feria. Primer paso por Vizcaíno. Valoro la doble fila en la Plaza, pero compruebo con desesperación que unos cuantos antes que yo ya han optado por dicha opción. Sigo recorriendo Feria. Llego a Becquer y giro hacia la Basílica de la Esperanza Macarena. Comienza mi segunda vuelta mientras Paul y John me recuerdan lo sucedido La Noche Anterior. Esta vez hay suerte. Un hueco junto al mercado de la Feria, siempre tan lleno de vida y ahora tan silencioso. Tan dormido. Lo contemplo mientras abro mi paraguas. Comenzaba a chispear.


Gracias a CalleFeria


Apagué el coche. Olía muchísimo a gasolina. Pese al peso de mis párpados, me agaché para ver si había alguna pérdida. Ni una gota. El silencio que me rodeaba se veía interrumpido a retales por un gorrión madrugador. Habrá ido a por calentitos, pensé mientras me incorporaba tras el breve análisis visual buscando perdidas petrolíferas. Al de los calentitos se le sumó otro. Miré al cielo. Oscuro aún, pero ya no era noche. Ni siquiera madrugada. No había nubes. Parecía mentira después de la tormenta que había surcado la ciudad. Recordaba que amenazaba cuando aparqué en la calle Feria. La lluvia en Sevilla es una pura maravilla, aquella maltrecha traducción de My Fair Lady se me venía a la cabeza. Una pura maravilla pero no era el momento de llover. Cerré el paraguas. Habían sido tan solo unas gotas. Un aguaó quejándose del agua. Parecía algo extraño, pero no lo era. Si había agua el aguaó no trabajaba. Le daba vueltas a esta ridícula tesitura cuando la Plaza de los Carros se abrió ante mí, y con ella, la gente que disfrutaba en el Vizcaíno. Entonces unos ojos azules se encontraron con los míos. Sonreí y ella me devolvió la sonrisa. Recordé el blanco inmaculado que viene del Barrio León. Ese izquierdo por delante trianero. Ese sabor entremezclado de San Pablo. Ese sonido del Callejón del Agua. Al menos había encontrado a Ainoha. Pero no estaba sola. Tras ella apareció unos ojos verdes a los sones de un poeta canalla de Jaén, un caos teórico entre el azul y el crema, envuelta en una bandera tricolor, Corpus Christie en una boda, la organizadora del evento, aquella que nos recuerda el nombre de una ciudad eterna, mientras deambula con andar gatuno por los tejados de una ciudad mariana a la orilla del Guadalquivir. Toda una Teoría del Caos gatuna. Casi sin tiempo apareció junto a mí un penitente de Jesús Despojado. Un delantero centro conocido en Sevilla y Madrid. El señor Juez. Mi más sincera enhorabuena para el gran Cabezota sin remedio, pero de enorme corazón, que acababa de llegar para estrenar maza con nosotros. Dos más casi al unísono. Una Luz de Gas que brillaba con fuerza. El gran actor. Ahora no sangraba ni estaba perseguido por la mafia. Sonreía y llevaba una cerveza en la mano, mientras se presentaba y entraba a formar parte de la película que había comenzado a las 9 de la noche. También entraba en la lista de parientes del señor Juez. El mundo es un pañuelo... una vez más. Su acompañante era un personaje histórico. Se apellidaba Du Guesclin y su nombre era Bertrand, y aunque no vino a caballo, para desilusión de la Gata Roma, nos compensó y agradó regalándonos historias sobre nuestra ciudad y compartiendo sus Sevillanadas con nosotros. Y quien sabe... tal vez un viaje a Madrid. Además me demostró que Sevilla es más pequeña de lo que parece cuando me dijo que conocía a mi primo. Y cuando todos nos creíamos que la Reina María de las Mercedes estaba sobre un caballo junto a la Maestranza, Mer se presentó y nos trajo altamuces o chochos, que aquí no son altramuces, y asitunas, que tampoco son aceitunas, que estábamos en casa Vihcaíno y junto a Montensión. Así estábamos, recién llegados, fajados en menesteres cerveciles y de altamuces cuando un coche apareció bajando por la Plaza de los Carros. Varios reconocieron ese perfil, pero hasta que no lo vi de frente y con una leve inclinación a su izquierda, nuestra derecha, no supe que había visto y oído a mi amigo Miguel Andreu. Después de conseguir aparcamiento, apareció junto a su señora, y entonces tuve el honor de conocer a uno de los amigos más antiguos del blog. Comenzó a chispear justo cuando teníamos una mesa fuera. La tormenta se acercaba. Pronto llovería y tronaría con fuerza, pero nosotros éramos ajenos a todo ello.

El silencio de mi casa me acogió con los brazos abiertos. Miré a la cama y me entraron ganas de acostarme directamente. Había estado a punto de aparcar en mi cuarto, y eso que vivo en un segundo, pues estaba tremendamente cansado. Me cambié rápidamente y me dirigí dando tumbos hasta la cama. Y entonces llegó ese momento que adoro. El momento de echarme en la cama. Situar la espalda lentamente sobre el colchón y dejarme caer hasta que apoyo mi cabeza. Relajación. Tranquilidad. Sueño. Pero antes de que Morfeo me venciera en esa batalla que tenía ya ganada, me perdí entre los retales de los últimos momentos de la noche. O la madrugada. Como el Santísimo Cristo de la Buena Muerte y Su Madre de La Angustia el Lunes Santo por la tarde, nos trasladamos de Vizcaíno a Jeromo, para comer entre cuatro cuernos, sabor taurino y macareno, Pilatos, Sentencia, la Esperanza de San Gil, montera, luces y capotes. Montaito de lomo, que hay que mover el bigote, literalmente, y remojar el gaznate, pero no con agua, que esa noche servidor descansaba pues bastante caía ya del cielo. Se alargaban las horas. Se retira la Luz de Gas. Tenemos que volver a repetirlo. No hay duda. Luces de tormenta para inmortalizar el momento. Luces de flash para iluminar la noche. Jeromo ya ha llegado. Ya ha entrado. Apenas quedan algunos penitentes en la calle tras el palio y cierran las puertas. Todavía queda noche. Igual que el Domingo de Ramos, nunca quieres que se termine. Miramos el pograma, que aquí en Sevilla no es programa, y como el Domingo de Palmas, siempre queda La Amargura o La Estrella. Así pues, hay que aprovechar. Queda noche y no quieres que termine el encuentro, que no quedada. Y entonces la penúltima. Siempre la penúltima. Cerca de Parras, la calle donde nació mi abuela, vecina de Juanita Reina. Y fue allí donde vimos a La Amargura... y a Jesús Despojado, y a La Paz. Varias veces además. Una nueva escisión. Ya es madrugada. Miguel, su señora, Mer y Ainoha se retiran. Besos de despedida. No es un adiós, es un hasta luego, pues todos estamos seguros de que tenemos que volver a repetir. Cuatro personajes quedábamos alrededor de una mesa. Un general francés sin caballo, un juez cabezota pero de gran corazón, una gata de ojos verdes y un aguaó sin cántaro. Alargando la noche. Estirando las horas hasta que ya no se pudo más, pues el camarero instaba con sus preparativos a cerrar. Hora de marchar.


boomp3.com
Casi sin pensar, en mi cabeza suena el fragmento de una canción “se acabó, el sol nos dice que llegó el final, por una noche se olvidó, que cada uno es cada cual”, la Fiesta de Serrat, aunque por mis recuerdos recientes, no está solo, le acompaña otro pajarraco de voz quebrada y bombín “vamos bajando la cuesta que arriba en mi calle se acabó la fiesta”. Sonreía en la oscuridad de mi cuarto. El silencio me envolvía, tan solo quebrado por algunos gorriones madrugadores que comenzaban a surcar mi barrio. Había sido una noche genial. Inolvidable. Acostarse con una sonrisa es muy buena señal. Comenzaba a perder el hilo de mis pensamientos y a sumergirme en el Surrealismo del mundo de los sueños cuando le asesté un último mandoble a Morfeo, manteniéndome sobrio algún tiempo más. Había conocido a unas personas magníficas. No eran blogueros, eran amigos. Se podría decir que son unas personas recomendables de conocer. Me di la vuelta y me acordé de todos aquellos que no habían podido venir. Había conocido a un grupo estupendo, pero esa noche habían faltado muchos. Bostecé y cerré los ojos. Mi fuerza se debilitaba. Volví a sonreír. ¡Qué bien me lo había pasado!. Comencé a perder mi conciencia mientras pensaba en el próximo encuentro, donde espero que aquellos que no han podido venir, estén presentes. La musiquilla sonaba en un rincón de mi cabeza. Aquellos dos pájaros seguían cantando. Y entonces Morfeo me tumbó definitivamente...