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sábado, 3 de julio de 2010

Mi General

Hace mucho que no escribo. El tiempo pasa y la virginidad de las ideas escritas resucita como si nunca antes hubiera sabido plasmar pensamientos sobre papel. Las divagaciones de este pobre viejo que no deja de ser joven, se pierden en el eco de la memoria, traslúcida del uso. Hoy tiene que ser distinto. Hoy tiene que ser algo especial, algo diferente, porque hoy se trata de un amigo. Voto a tal que no miento si lo esperaba sobre un jamelgo blanco, quizás con cierto toque de galán de cine, espada al cinto y armadura ceñida, antes del siglo de las luces. Mano derecha de los Trastamara y mercenario de la tierra gabacha, sin ser perro luterano, pero alquilando su espada al mejor postor, que no era otro que la alternativa al trono de un Pedro rey conocido como cruel y justiciero a la vez. No debemos engañarnos, pues sólo se trataba del personaje ficticio, el personaje real lo conocí una noche en el Vizcaíno, al despuntar lluvia en la Plaza de los Carros.


Ya hablé en una ocasión de este encuentro y no quiero repetirme. El gusano del tiempo devora los días como lo hace en los lienzos del Barroco. Mendrugos de pan duro se resecan en las historias pintadas de los genios del XVII, anunciando que la vida acaba en el beso que ofrece una pálida dama. Mi puesto del agua está seco y las palabras se evaporan con el calor de estos días. Pocos son los que pasan ya por aquí, y no les culpo, pues las cántaras yacen abandonadas al descuido temporal de un tiempo sin tiempo. Puede que vuesas mercedes me recuerden como un blog abandonado, con la imagen del cuadro que preside este rincón, o tal vez con otra, pero con una imagen al fin y al cabo. Todos tenemos sobre nosotros una imagen, o varias, que trascienden más allá del subconsciente de la persona que nos mira o nos recuerda. En la memoria de los demás podemos ser cuadros, momentos, fotografías, caricias, ciudades, perfumes o incluso palabras. Podemos ser todo con lo que nos relacionan, o todo cuanto significamos para ellos. Podemos ser un icono, un sentimiento o un objeto, o todos a la vez. Incluso podemos aumentar esa lista. Hoy tendré una imagen más de mi amigo Sergio, que aumentará la forma en la que se refleja en mi memoria.

Sergio es y será siempre mi General. Antes de conocerlo siempre me lo imaginé con armadura y luchando con espada ancha y pesada, unido en contra del monarca que revolucionó el Alcázar estéticamente. Luego llegó aquella noche lluviosa de abril y su rostro ya no sería el retrato medieval de un general francés. La ficción se retiraba con elegancia para dejar pasar la realidad de una persona más allá de la abstracción de la Historia. El pseudónimo marcaba la referencia a fuego de su futuro, pero quedaría tatuado de la misma forma que la burla socarrona y pueril reconoce las debilidades de los niños cuando la infancia es un sueño que puede aspirarse y sentirse. Du Guesclin para identificarlo ante aquél que no lo conociera en persona, pero ya siempre sería Sergio. Mi amigo Sergio. Y el tiempo pasó y todo cambió. Ya no era solo el apellido de un mercenario francés, era algo más. No sólo eran las Sevillanadas más críticas, mordaces e irónicas, ni tampoco la Historia de la Sevilla que nos muestra a través de sus ojos y su buen hacer, se convirtió en mucho más.


Mi amigo Sergio es un tío especial, y me acuerdo de él cada vez que paso por la calle Rábida y veo las columnas que forman parte de la verja que separa el parque o cuando un rojo especial suena a gloria tras gritar Freddie: “lo quiero todo”. Sergio es una llamada en el momento exacto, una colaboración de lujo cuando quieres hablar de Historia, cervecitas en el Garlochí, un historiador vestido de arquitecto, el amigo de mi primo, Las Misericordias de Santa Cruz perfumadas por el azahar de la antigua Borceguíes, el descubrimiento de última hora, “La Escuela de Atenas” de Rafael, Ester, una película de espadas y caballos, la reencarnación de un emperador romano en un cócker o el premio de un pony inesperado. Mi amigo Sergio es el punto y final de una Madrugá eterna que termina en los labios entreabiertos de la Madre de un Gitano divino. La tez morena de la Niña de San Román que deshace en Angustias el final de una noche eterna.


La nobleza hecha persona, amigo de sus amigos, la sonrisa cuando te hace falta, la mano fuerte que agarrar y que te agarra. Ese es mi amigo Sergio, que hoy dará su palabra en una alianza que le convertirá en un galán de cine comprometido.

¡Disfruta de tu día mi General!

sábado, 10 de abril de 2010

Los momentos...

Hoy ya es mañana y no hay pasos. Siempre nos apoyamos en el mañana para no consumir el presente demasiado cuando vivimos la Semana Santa. Siempre queda un día más. Siempre tenemos la esperanza de volver a ver aparecer dos parejas de ciriales detrás de una esquina, o una nube de incienso velándonos la mirada de unas bambalinas. Hoy ya es mañana y Sevilla está vacía de cera. Ya terminó. Ya acabó. Todo pasa y todo queda. Se fue tan rápido como vino y de la misma forma que se desvanece el perfume de azahar cuando el incienso se guarda en navetas de fe. La Semana Santa es una vida que se rueda en Siete Días, una vida diferente a la que se desarrolla el resto del año. Ya lo dijo Caro Romero, "el mundo es ancho y difuso, la vida es una semana". Pero ¡qué semana! Y es así como nos encontramos, tristes y nostálgicos, todos aquellos que vivimos esta vida de Siete Días. Nos abraza la melancolía, con retales quebrados de compasión, cuando amanece un nuevo lunes, que ya no tendrá ni faldones ni varales.


A veces el final se contempla como un palio que se va. El palio se aleja lentamente y deja atrás un sabor agridulce que nos envuelve de melancolía y nostalgia. Una vez más, el tiempo se ha vuelto traicionero y nos engaña con engarces de belleza atrapados en suspiros etéreos y efímeros. El vaivén de unas bambalinas que marcan el compás de los minutos derramados en sílabas de oboe. De fondo suena la Banda de Música de Santa Ana y el bellísimo paso de María Santísima de Regla se prepara para enfilar la calle Argote de Molina. Pronto todo pasa. La quietud virtuosa deja paso al vigor sosegado. La bulla se mueve y sólo queda el rumor de lo acontecido minutos antes. Sevilla se hace y se deshace con una rapidez extraordinaria. Era Miércoles Santo, y sin embargo la 1 de la madrugada anunciaba ya mantillas. Dicen que la Semana Mayor te devuelve a tu infancia, que vuelves a recordar y a vivir como un niño, pero no te dicen que con el tiempo de un anciano. Las calles se beben la cera y en tu memoria sólo permanecen los recuerdos de unos días marcados por la transfiguración de nuestro espíritu. Así me sentí yo cuando la Virgen de la Hermandad de los Panaderos reviró en la calle Alemanes y el reloj se replegó sobre sí mismo para anunciarme la llegada del principio del fin. Fue entonces cuando me di cuenta que el final insinuado durante los primeros días, se materializaba. Ya era Jueves Santo cuando volvía a mi casa y sólo quedaba una Cuesta del Rosario empinada que terminaría en El Salvador Resucitado. El Jueves Santo el reloj nos engaña y juega con nosotros escondiendo un día. Cuando despiertas, ya es Sábado Santo y el epílogo se escribe con azucenas en el seno dorado de La Soledad.


Creo que me estoy haciendo viejo, y no sólo lo digo por la suma lógica de años, o por los nuevos dolores que han surgido en esta Semana Santa, lo digo por otros motivos. Por el paso ineludible, y cada vez más fugaz, del tiempo, y por mi incapacidad de expresión emocional. Cuando somos niños, aquello que nos gusta lo decimos con sinceridad y desechamos los menesteres que obstaculizan nuestra comodidad, regurgitamos improperios sin ser prudentes y entendemos más cosas sin el raciocinio de la madurez. Ahora que soy adulto me cuesta expresar con palabras todo lo que quiero decir en este texto. No se equivoquen vuesas mercedes, no pretendo hacer ninguna crónica de la Semana Santa de 2010. Hay gente que sabe hacerlo mejor que yo, y luego están los periódicos, que demuestran tener grandes redactores con calidad literaria suficiente. Con este texto pretendía escribir mis sensaciones, mis vivencias desde que se abrieron las puertas en El Porvenir y se cerraron en San Lorenzo, pero me doy cuenta que me estoy haciendo viejo y que sólo he escrito dos párrafos de torpes emociones.


Tal vez ya es demasiado tarde para evocar aquellos momentos cofrades que han enraizado en mi alma este año, que se han clavado de la misma forma que las miradas del Domingo de Ramos lo hacían con la Virgen que vive en San Juan de la Palma. Son muchos los finales que tiene nuestra Pasión, pero cuando entra la Virgen de la Amargura, no sólo acaba el Domingo de Palmas, acaba algo de la Semana Santa. Algo se desvanece y se esfuma sin que te des cuenta. Algo se evapora ante tus ojos y sólo eres consciente cuando las puertas de la iglesia se cierran. Entonces sabes que tendrás que esperar un año para volver a ver a San Juan intentando animar a María con las chanzas y corrillos de la calle Feria. Y te quedas perdido entre tanta gente. En soledad, rodeado de personas. Pero este año tenía a mi amiga Rocío. Me había acordado de ella algunas horas antes, cuando el Socorro del Amor endulzaba Cuna mientras Jesús de las Penas se escuchaba andar a través de Pantión. Nos miramos y recorrimos el inicio del Lunes Santo hasta el coche, haciendo balance de la jornada extinta ante las puertas de la Señora de la Amargura. La compañía de Rocío fue otro regalo. Es bonito saber que los recuerdos más bellos de un día pueden ser compartidos con una persona querida. Gracias Rocío.


Si el Lunes Santo me quedo con el inmortal reflejo de la Virgen de las Tristezas y la traición de Judas en la Alfalfa, el Martes Santo siempre tiene un recuerdo fijo que renuevo anualmente. A veces buscamos los momentos y los lugares más precisos del pasado para intentar vivir de la misma forma la felicidad de antaño. El flaco de Madrid, poeta canalla y pirata cojo, lo dijo en una ocasión, o tal vez lo cantó, que “al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver”, pero muchos de nosotros lo hacemos cada año, como peces de ciudad, cuando la Luna de Nissan ilumina el cielo sevillano. Quizás solemos caer en ese error, o puede que busquemos inútilmente sensaciones enraizadas en nuestra infancia, que tienen su eco en una madurez que se empapa de incienso nuevo cada año. Sin embargo, y pese a la frase de don Joaquín, creo que muchos de nosotros lo conseguimos, de forma diferente, pero alcanzamos emociones parecidas anualmente. La Semana Santa se repite todos los años, pero de forma distinta. Nosotros no somos los mismos. Nuestras circunstancias no son las mismas. La vida no es la misma. El tiempo no espera a nadie y la experiencia nos rebaja la candelería de la razón y la infancia la exorna de flores.


Pero el Martes Santo decía, tras divagar entre reflexiones barrocas y olvidar el hilo de este pensamiento abierto, que siempre tengo un recuerdo fijo. Hay un sentimiento que suele repetirse cada año, con sus matices diferentes, pero manteniendo su espíritu intacto. Me tiembla el pulso cuando intento comprender que Juan de Mesa creó la Muerte más Buena, o se me ahoga el aliento al ver llorar a la Candelaria por la calle Alcaicería, pero no son ninguno de esos dos los sentimientos exactos. Contemplé cómo se burlaban los judíos ante el Señor de la Ventana mientras todos los que estábamos en la Alfalfa nos rendíamos ante Él y Su Madre, que me conmovió como hacía años, pero tampoco era ese el sentimiento. Cuando la noche se cierra entre orcos sanguinarios que ignoran el mensaje trazado y la comprensión del respeto, Jesús es Presentado ante una turba ignorante y maleducada que se burla de Él y alborota la entrada del santo de Nursia. Allí es donde vuelvo a sentir, cada Semana Santa, lo que hace unos años palpé con el corazón. En esta ocasión me acompañaba un garabato artístico de aquel arroyo que bajara por el callejón de los nazarenos de la Fundación. Sin capirote y sin bocina, pero con la mirada de nazareno del Cristo de la Sangre, mi amigo Antonio, una de esas personas que te hace sentir bien, exquisita compañía la fría noche del Martes Santo, padre de una fiebre literaria apadrinada por Peyré, fue testigo junto a mí de aquél recuerdo fijo, de aquel sentimiento del que hablo. Y no hay misterio señores. No se trata de algo oculto o prohibido. No es un caso excepcional ni prodigioso. No esperen que anuncie la panacea de la emoción o la inconmensurable sensación del misticismo ascético que pueda sentir un religioso fanático, atado a la columna vertebral de su ideología. Es algo mucho más simple y mucho más sencillo. Mi recuerdo oscila y gira en torno a la mirada de mi hermana cuando abandona el terciopelo morado de su capirote y el Ave María se ha cantado en la Calzá. La devoción brilla en mis ojos porque ella hace que me sienta orgulloso. Ese recuerdo fijo que se renueva cada año tiene mucho que ver con las tardes de nuestra infancia, esas tardes de vídeos antiguos y la película de Juan Lebrón. Es mi hermana pequeña, la que me puede, culpable de ese sentimiento de cariño orgulloso. Tal vez sea porque en ese instante, la memoria me ofrece la visión de aquella infancia, lejana ya, que oculta la mujer que ya es y a la que quiero con locura.


Los crucificados del Miércoles Santo te dan que pensar. Sevilla convierte la Muerte en obra de Arte y los claveles rojos lloran con lágrimas de lirios. No pude ver a San Bernardo, el crucificado de la Escuela de Cristo que me recuerda una tradición de estreno, que vivió su segundo año allá en Cuaresma, cuando los sueños estaban por estrenar y las ilusiones se planchaban con papel de estraza. Decía que los crucificados te dan que pensar. La verticalidad mortal, que pende del madero presagiando el sudario del Sábado Santo, cae a plomo sobre la horizontalidad vital, el mar de personas que la rodea. Dos líneas perpendiculares que confluyen en el punto exacto marcado por el paso en movimiento. En Francos me reencontré con la Sed. Hacía mucho tiempo que no veía esta cofradía. ¿Hay algo más humano que tener sed? El Cristo de Nervión nos recuerda esa humanidad de Jesús, esa debilidad que demostraba su carácter más terrenal. Pero esa jornada está marcada por esa sensación que cité anteriormente, ver alejarse el palio de María Santísima de Regla. Otro de esos finales personales que me hacen consciente de cómo la cruz de guía del tiempo entra con adelanto en la razón de la sinrazón de esa Semana Eterna. Cuando el candelabro de guardabrisas del palio de Los Panaderos desapareció tras la esquina de Argote de Molina, la tierra, hasta entonces detenida en un suspiro ahogado por le exquisita revirá, reanuda su movimiento, pero mucho más rápido, para recuperar el tiempo congelado. Así fue como volví a casa, mientras recibía una llamada de cuatro hachones que esperaban en El Salvador. Por las calles vacías, ya brillaba el augurio de las peinetas.


A mi amigo Guille no le gusta la Semana Santa. Siempre ha hecho incursiones en los siete días de la Pasión de forma discreta, en ocasiones contadas y con motivo de casos muy concretos, como la salida de nazareno de un amigo o en la inmortal Madrugá. Quizás por estas premisas, me extrañó sobremanera que me llamara la radiante mañana del Jueves Santo, ofreciéndome ver la salida de Los Negritos. Y allí estábamos cuando el sol bañaba de luz una jornada brillante y exquisita, rodeados de trajes de chaqueta y mantillas. Me acordé de mi amigo Álvaro cuando observé los balcones que se convertían en palcos provisionales, y en mi amiga Mercedes, y busqué entre los encajes negros unos ojos verdes de gata, pero pronto aparecieron los característicos faroles de caoba y la efigie de Ocampo, don Andrés, el tío de don Francisco, de apellido Ocampo también, que se recordaría esa noche cuando ya no fuera Jueves Santo y el Silencio impusiera su cruz del revés en Sevilla y el Calvario fuera un monte de la Magdalena. Pero en ese momento estaba perdido en la curva sinuosa de Bizancio y en cómo una lluvia de pétalos grababa en mi cabeza mi primera salida de los Negritos. Y luego, una vez más, vi alejarse el palio entre peinetas, me acordé de mi amiga Reyes y sentí como la gente se movía de un lado a otro buscando nuevos destinos. El manto de la Virgen de los Ángeles brillaba al sol y las bambalinas perfumaban el aire con su vaivén, mientras la banda cerraba mi jornada de Jueves Santo. A partir de ahí, nada es lo que parece y los días se confunden para trabarse con los minutos y perderse en el tiempo sin tiempo de lo irracional. Las imágenes se sobreponen y la realidad es una confusión desvirtuada en una cascada de acontecimientos. Deja de ser hoy sin ser todavía mañana y no ha dejado de ser ayer cuando vuelve a ser hoy. ¡Pero qué estoy diciendo! Sólo sé que salí de mi casa el Jueves Santo para volver cuando el Sábado Santo ya era una realidad escondida en las frías calles de Sevilla.


La noche más larga, que termina cuando Las Angustias sienten expirar al Gitano de la cava, empezó como siempre para mí. Dos medallas. Dos escudos. Mi madre me ayuda a ponerme la cola por detrás del cinturón de esparto, mientras mi padre me lo abrocha y me ajusta los bajos. Luego el camino es siempre el más corto, mi abuela me lo señala desde su casa, para cumplir el rito y la regla que dijera don Rafael. Los momentos siguientes serán un compás a boga de ariete, al cuadril mientras la respiración se hace ruán, dos golpes de canasto para bajar el reloj de cera y pasos cortos. Gracias por permitirme, un año más, volver a acompañarte Señor, gracias un año más, por dejarme marcarte el camino Madre del Traspaso. Basílica, cuando todo se ha consumido y Sevilla no sabe si anochece de nuevo o amanece, en el momento en que el sol se asoma por las azoteas de San Lorenzo para contemplar a la Madre de Dios, sin éxito, porque cuando llega a la plaza, solo quedan los vencejos que acompañan a los nazarenos. Siempre por el camino más corto. Y se acaba. Se consume de la misma forma que la luz nueva del Viernes Santo. Se presiente el final cuando mis lágrimas se evaporan tras el antifaz, cuando vuelvo a casa para ser consciente que el epílogo de esta rosa de Pasión está escrito en la cera sin derramar de La Soledad. Como la penúltima levantá de una cuadrilla, acudí esa misma tarde para contemplar el Romanticismo de Sevilla y derretirme con una resucitada Ione tras Buenaventura. Fue el Cachorro quien marcó el ocaso de una noche fría. Me hizo ilusión volver a contemplar a la Sagrada Mortaja después de muchos años, pero me quedo con un instante preciso. Un momento congelado en mi memoria que no hacía otra cosa que retrotraerme a esa revirá del Miércoles Santo. Otra vez un palio alejándose. Otra vez el final escondido en la cera cuajada, derretida y solidificada. El paso del tiempo, oculto en el resquicio abierto a mi mirada, se materializaba en el bosque que precedía la peana de la Virgen de Loreto. Podía contemplar el final. Otro de esos finales. Se había consumido el Viernes Santo. No podía imaginarme que para mí también concluiría la Semana Santa entre la candelería del palio de San Isidoro.


El Sábado Santo, la fiebre me privó de despedir mi Semana Santa frente a la puerta de San Lorenzo, como todos los años. Una llamada de mi General me requería ante la oscuridad de una plaza que vive dos momentos muy diferentes en dos días unidos por el destino precipitado, y sin frenos, de algo inevitable, pero no pude. Y me quedé con la nostalgia de pensar que aún me queda un día más. Me quedé con la melancolía de sentir la ausencia de una jornada que se tornó febril. Y entonces todo se deshizo. Ya no hubo pasos. Ya no hubo incienso. Ya no hubo cera. Se alejó completamente el palio de Los Panaderos. Solamente hubo vacío, pero quedaron estos momentos que os he narrado entre reflexiones vagas de este aguaó que se hace viejo. No hace mucho escuché que la vida no se mide por minutos, sino por momentos. Tal vez estos sean mis mejores minutos, o mis mejores momentos de esta Semana Santa, y sólo quería compartirlos con vuesas mercedes.


Hace unos días, mientras estábamos sentados en el sofá, mi madre cosía hilvanando un volante de un traje de flamenca para la Feria de Abril. Dentro de mi ignorancia costurera, le pregunté si todo el hilo que estaba pasando de un lado a otro, tenía que quitarlo una vez la máquina de coser hacía su trabajo, a lo que mi madre respondió “sí… en esta vida todo es hacer para luego deshacer”. La Semana Santa se hace para deshacerse poco a poco, para volatilizarse y convertirse en un suspiro etéreo que permanece en nuestra memoria hasta el año que viene, y luego pasará como un suspiro, al nombrarla se desvanecerá, pero eso es lo que la hace grande. Eso es lo que hace que esperemos. Hoy ya es mañana y sólo queda esperar. Ya siento el principio de la cuenta atrás de la Luna de Parasceve, de nuevo estoy sentado en el banco de la espera, como haría un padre con su hijo. Y será en Sevilla, como dijo don Antonio Núñez de Herrera… “Tiene mucha importancia ser hijos de Dios… pero mejor ser sus padres. Porque ved que un día entre los días, como en la cumbre del monte sagrado, le dijeron a la ciudad: - Mujer, he ahí a tu hijo. Y era un lirio con siete pétalos a orillas del Guadalquivir”.

viernes, 26 de marzo de 2010

Cera


Velo oscuro de la promesa. Rocalla rizada del costado de palio. Rojo sangre del cuerpo de Cristo. Lumbre de sentimientos ante las lágrimas de cristal de la Madre de Dios. Tinieblas que iluminan la oscuridad del día. La luz de la fe. El fuego de la lengua que sigue el camino de la cruz. Ni se creará ni se destruirá, sólo se transformará en el tiempo fugado y breve que el Barroco materializa en siete días de Pasión. La cera es el preludio, la señal del comienzo, el mejor testigo de la Semana Santa, la marca más efímera que sufre la ciudad cuando todo se haya cumplido. Se consumirá con el aire de siete días, que son toda una vida, pero permanecerá en nuestros corazones desde la infancia.

Como la vanitas del Barroco, el suspiro de sabernos mortales, de la presencia de la Muerte, nos hace tener constancia del paso del tiempo. Si hay un elemento común en la Semana Santa que nos recuerda lo efímero de la misma, es la cera. Cuando se es niño, la cera es el mayor juego para la espera eterna de la llegada del paso. Las filas de nazarenos se multiplican y los cientos se convierten en miles. No hay número limitado en la infancia inocente del niño, pues las horas son siglos, como dijo el poeta. La espera es consumida por una bola de cera que no deja de crecer, como el niño que la alimenta. La cera se convierte en ilusión. Su picadura ardiente sorprenderá la inocencia de aquellos que no necesitan comprender lo que ocurre, porque lo están viviendo. La promesa, transmutada en luz de fe, se derrite en la penitencia como testigo de lo ocurrido, y desprenderá sus lágrimas de color sobre la bola de un niño. Principio, fin y principio de nuevo. La penitencia transformada en ilusión. El adulto sabe que la señal que deja la cera en el alma es más duradera que el calor que emana del pabilo, pero el chiquillo aún no lo sabe. La madurez se ha consumado y la ilusión deja paso a una conciencia del transcurrir del tiempo. Reloj de cera que se derrite cada año en las manos del niño hecho hombre.

Un año la bola dejará de crecer y descansará en un cajón junto al pañuelo de papel que servía para evitar la breve quemadura. Allí estarán las estampas dobladas por las esquinas y los caramelos que no se comieron. En ese cajón se guarda el juego de la espera penitencial, el tacto de la sonrisa de la infancia, el olor de la crepitación del humo, el sonido de la ilusión al gotear el tiempo derretido ante sus ojos. En ese cajón se guardan los años endurecidos en una bola que dejará de crecer porque el niño ya es adulto y la razón no deja entender lo que ocurre. Ya no hay que esperar al reloj porque es el tiempo el que se consume tan rápido como la cera de la promesa al cuadril, como la la penitencia que da luz.

Cuando todo se haya consumido quedará ella, como no podía ser de otra forma. La ciudad se vestirá con una alfombra de colores que demuestran el camino que ha seguido el Hijo de Dios y Su Bendita Madre. Y un año más, el niño seguirá pidiendo cera, mientras el adulto sabe que la verdadera marca de su infancia se queda guardada en el cajón de su alma, fundida y consolidada, como aquella bola que descansa en el cajón de los recuerdos de su niñez.

Texto publicado en la revista "Último Tramo" de 2010.
Excelente imagen del
Canónigo Alberico

martes, 23 de marzo de 2010

Luz de Viernes

Dicen que tiene una leyenda. Cuentan que su nombre se debe a un gitano de la cava, allí por la antigua alfarería de la niña de Sevilla. Que el imaginero talló la agonía en madera de sentimiento. Otros dicen que su apodo viene del cariño de los gitanos de Triana, que lo tratan con el amor que se reserva a un niño, y ¿acaso no es el Hijo del Hombre?. Algunos opinan, sin embargo, que se llama así porque es el “Cachorro del León de Judá”. Qué más da... Es el Santísimo Cristo de la Expiración, el Cachorro, y lo que mucha gente no sabe, es que la Luz del Viernes Santo está en Su Mirada.

Ya no será lo mismo, porque todo es diferente. El final se acerca y todo reluce pero con un brillo distinto. Hay un cierto toque mate que bruñe las formas del día sacando un lustre de nostalgia y melancolía. Todo tiene una belleza sutil y delicada, casi insinuada. Se presiente la culminación y los roces suaves de la Pasión se deslizan con un tacto sedoso y terso, dúctil a la percepción de un sueño. Todo parece ya lejano y el Domingo de Ramos se convierte en huella para nuestra memoria. Se siente el final haciéndose eco repetido en el abismo de lo ascético. Todo aparece tremendamente reposado, sosegado y apacible. Se va cerrando la Semana en un curvo omega, tan extremo de aquel alfa luminoso. La luz es diferente. Todo será diferente. Se ahoga en un suspiro de último estertor el gozo y la alegría tan esperada y ansiada. No falta más aire en los pulmones del que espera, que justo antes de la ansiada llegada, y más pena marchita, que ver partir aquello que tanto se ha deseado. Por eso la luz del Viernes Santo es diferente. Alumbra con un velo transparente, traslúcido, un divino telón calado que deja ver un haz luminoso que se derrite. Se consume. Como la cera del penitente, que derrama lágrimas de tiempo consumido en la ilusión vivida en una Semana. Todo se acaba ya. Es el fin y no queremos verlo. Llegan las postrimerías de la Pasión, rebajadas como la candelería de un palio a su vuelta. Es el principio del fin, y llega con una luz diferente.

Y es en ese momento cuando sentimos que se nos va. Que no podemos hacer nada por parar el tiempo. Hay detalles que se repiten cada año, pero de forma distinta. No es lo mismo. El Barroco está presente en todos y cada uno de los pormenores que exornan la Semana Santa de Sevilla, sello inconfundible del tempus fugit. Hay una sensación de lo efímero y breve. Un examen meticuloso del paso del tiempo y de cómo los momentos experimentados un año, no serán iguales al siguiente. Todo es diferente y el prisma cambia. La sombra de aquel nazareno volviendo a casa por el camino más corto, alargada como el recuerdo de lo vivido, será un epílogo que anteceda la cubierta final del libro sagrado de la Gloria. Sólo la luz del Viernes Santo se repetirá. Una luz que irradia de una Mirada.


Ese final barroco aparece insinuado desde el principio. Le dio forma Francisco Antonio Gijón, y los años han querido que se difumine en retales a lo largo de los Siete Días Sagrados. Pero es el Viernes Santo cuando lo recordamos. Cuando miramos hacia atrás, y aún sentimos la sangre del pelícano que se abre el pecho por sus hijos. Porque se puede morir por Amor, y quien lo dude, que vaya al Salvador. O cuando el presente llama a nuestra conciencia y un Cirineo ayuda a llevar el peso de la cruz del último ruán negro. Cuando volvemos a sentir escalofríos en nuestra espalda al ver pasar al Gran Poder con su poderosa zancada, sobre la canastilla del creador del Cachorro. Porque cuando vio terminada su obra, ese Crucificado, Francisco Antonio Gijón se emocionó. No lo sabía, pero había creado el final del Barroco. Lo ignoraba, pero el colofón de lo efímero quedaba resumido en la agonía que tenía frente a él. Desconocía que los años lo recordarían como el ilustre imaginero que tallara la leyenda de un moribundo de Triana. Ya lo dijo don Antonio Núñez de Herrera: “Él le vio morir. Y aún le ve, con el recuerdo en las manos y la visión atormentada en el filo de las gubias. Después ¡Santana bendita! El escultor sigue viéndolo, transfigurado, cierto, con los ojos de la cara. Muchedumbre de gentes lo verían”. ¿Qué podía hacer?.

No pudo hacer otra cosa Francisco Antonio Gijón que emocionarse. Quiso esculpir la Expiración del Señor, y cinceló la volatilidad de una mortaja aún con vida. La abstracción de un rayo eterno que ilumina de forma diferente una tarde de luto en Sevilla. Lo etéreo convertido en madera y la espiritualidad en forma de suspiro agónico. Consiguió materializar lo divino y el espolón de la vida como remate en una Mirada al Cielo. No pudo hacer otra cosa que emocionarse, porque al contemplar su obra, Francisco Antonio Gijón se dio cuenta que había tallado la Luz. Porque el Viernes Santo no amanece cuando se escucha El Silencio de vuelta en San Antonio Abad, o cuando los vencejos reciben al Señor de Sevilla y a Su Bendita Madre del Mayor Dolor y Traspaso. Ni cuando el Calvario sella La Magdalena. Ni siquiera cuando la Esperanza se reparte por las dos orillas del Guadalquivir y un Gitano vuelve con los labios moraos a la calle Verónica. El Viernes Santo amanece a las tres de la tarde en la cava de Triana, y es entonces, sólo entonces, cuando podemos darnos cuenta que la luz de Sevilla es diferente. Ya no es la luminosidad del Domingo Ramos. La claridad del Lunes Santo. La alegría del Martes o el colorido del Miércoles. El brillo radiante y azul del Jueves Santo. La Luz del Viernes está en la Mirada glauca del Señor del Cachorro. El Santísimo Cristo de la Expiración que eleva su último estertor al Cielo de Sevilla para morir un año más en el ocaso malva de Triana. Allí dónde los rayos del día se desvanecen y se hunde el Sol para escribir el epílogo de una Semana que morirá al día siguiente, y volverá a nacer el Domingo de Resurrección. El principio del fin. Filosofía grabada a fuego de la Semana Santa de Sevilla. Se apagan los cirios de la Pasión y la Luz se derrama por el Cielo. Ha muerto el Cachorro.


Dicen que el Señor murió la Madrugá del Viernes Santo, pero en realidad lo hace cuando llega la noche, cuando la Expiración cruza el puente y exhala en Triana, a la altura de Callao, donde el Cachorro es un gitano con la cara del Hijo de Dios.

Texto publicado en la revista "Último Tramo" de 2009.
Fotografías gracias a
Canónigo Alberico y Diego Escobedo

miércoles, 17 de febrero de 2010

No existe la espera

Será como si nada hubiera existido hasta entonces. Será como si el tiempo se rompiera. Será como si los minutos rebosaran de la esfera del reloj y la arena trazara el camino que nos lleva de nuevo a nuestra infancia. Está escrito sobre las marcas de nuestra ciudad que cuarenta días marcarán la espera del tiempo añorado. Girará el mundo para que tenga sentido la vida en una semana, que vaticinarán cuarenta días y cuarenta noches. Sólo entonces volveremos a ser niños para envejecer en siete días ante el presagio de lo que va a ocurrir. Y Sevilla volverá a renacer de las entrañas de su propia razón de ser. En cuarenta días.


Pero, ¿son estos cuarenta días una espera? No. Sevilla no espera, Sevilla se prepara. Sevilla se transforma. Sevilla se viste de primavera y se queda prendida de una cuarentena que la fragmenta en sensaciones fundidas con el aroma del incienso que se presiente. Todo se presiente. Es la espera de lo que ya ha llegado. La realidad se transforma porque no existe una coherencia y al reloj se le para la arena de su destino. No busquemos un razonamiento porque no existe. No busquemos una explicación porque ya está ocurriendo. Es la paradoja de esta Sevilla donde una espera puede ser tan dulce como el momento de la llegada. El tiempo sin tiempo que diría el poeta. Saboreamos la sensación de una dulce angustia por el lento pasar de los días, sin saber que la espera no existe, porque Sevilla ya ha dejado de esperar. Esta cuarentena es efímera y breve y se evaporará como la canela y el clavo del incienso, se rebajará como el cirio de la penitencia, en un abrir y cerrar de ojos tan certero como el que pende de la pared del Hospital de la Caridad. Cuarenta días no es una espera, es un suspiro de aquél niño interior que parte el reloj para vivir otra vida dentro de la vida misma, degustando cada momento la ansiada llegada de la primera visión de la Pasión. Cuando crecemos perdemos la dilatación de las horas, sin embargo en estos cuarenta días la arena del reloj se irá cuajando como el aceite de la cera. Las agujas del tiempo descansarán conforme avancen los días. La vida quedará prendida de un capullo de azahar, en el momento exacto de mezclarse la miel y el vino, en ese instante preciso en que nuestra infancia vuelve a surgir de nuestro interior. Los días pasarán cada vez más lentos y se congelarán. Será entonces cuando volvamos atrás y nuestra niñez se presente de nuevo ante nosotros. Volveremos a tener la capacidad de ilusionarnos y la experiencia será una ausencia sin recuerdo. Nos alcanzará de nuevo la virtud de la inocencia y nos enfrentaremos virginales al Domingo de Ramos, como si nunca hubiera ocurrido antes. Entonces aparecerá nuestra infancia cruzando la ciudad y volveremos a ser niños. Y el incienso brillará y los cirios derretirán el tiempo. Volveremos a ser niños y tendremos ante nosotros toda una vida que se consumirá en siete días, para luego volver a esperar.



“Es tan dulce esperarte y soñar tu llegada, que no quiero que llegues, quiero oírte llegar”Francisco Morales Padrón

Y llegará. El tiempo se detendrá cuando la eclosión de la Gloria esté a punto de hacerse nombre. Cuando ya nada se presienta porque sea una realidad. Todo estallará cuando le den la cruz a la Victoria de la Paz y un río blanco nos anuncie que El Porvenir ya no es un barrio, sino la Semana Santa hecha realidad… entonces se extenderán las palmas y los olivos, aquéllos que serán la ceniza del mañana. Las cenizas del Miércoles del año que viene.

Son cuarenta días, pero… ¿qué son cuarenta días? Cuarenta días es un suspiro, cuarenta días es toda una vida, toda una vida para morir en una semana.


Vídeo del gran Antonio Casado

“Desde el seno eterno del tiempo –como los ríos yacentes en las entrañas de la tierra, que al mar despierta con su remota voz–, vuelven siempre redivivas estas horas embalsamadas de incienso y de rosas para la inmortalidad. Así guarda Sevilla en su seno el ‘tiempo suyo’, y el hombre la muerte dentro de sí mismo, igual que se esconde el hueso en la fruta apetecible –que escribió el lírico germano, de la innumerable, caudal agonía–.“Rafael Laffón



Imágenes del siempre increíble Canónigo Alberico

miércoles, 10 de febrero de 2010

Nazarenas para el Gran Poder

"Aún lleva este Cristo sobre sí las briznas de la carpintería de José y el dolor antiguo de los proletarios. Pero es un hombre vigoroso, musculado por el trabajo y los caminos, que podría, si quisiera, transfigurarse en el extremista aquel que daba al eco y al viento de las montañas su palabra magnífica y rebelde:
'Me han ungido para dar buenas nuevas a los pobres... para poner en libertad a los quebrantados... ¡ay de vosotros los hartos! Porque tendréis hambre'" - Antonio Núñez de Herrera



Hermanas nazarenas del Gran Poder: ¡ENHORABUENA!

Y vuesas mercedes, ¿qué opinan de la decisión de la Hermandad de aceptar hermanas nazarenas en sus filas?

viernes, 1 de enero de 2010

Ya es mañana... y todo empieza

Hoy es viernes, tenía que ser viernes. Hoy es 1 de enero, y al igual que el año, hoy en San Lorenzo hay cera nueva. En la Plaza Donde Todo Empieza...


"¿Cómo siente Sevilla la devoción hacia Nuestro Padre Jesús del Gran Poder? Es indefinible; para el observador extraño, será siempre un misterio este movimiento impulsivo de nuestro pueblo hacia el Nazareno de Montañés"
- La Ciudad, Manuel Chaves Nogales

martes, 29 de septiembre de 2009

Ya no sale

Es un rito. Ya lo dijo don Rafael Montesinos, el rito y la regla. Todos tenemos un rito personal, cargado de símbolos e iconografía propia y familiar. Todos respiramos la tradición y costumbre enraizada en el corazón más profundo de nuestra semilla cofrade. Es así y así debe ser. Llegará el día, y como siempre, nos costará respirar. Llegará y necesitaremos inhalarlo entrecortadamente, como si el aliento fuera denso en nuestros pulmones y le costara entrar y salir. Nos faltará el aire y la emoción silenciará las palabras que sobran cuando hay gestos que lo llenan todo. Y habrá recuerdos, deshilachados en el ambiente por la ausencia de quien se quiere y no está. Será entonces cuando sintamos llegar el momento. Y no se hablará. Y será en silencio. Túnica sobre los hombros. Ya sientes el peso de la estación y el olor inmaculado, sin rastro del paso del tiempo. Huele a una tarde santa. A una noche eterna. Ceñirás cíngulo o cinturón de esparto. Botonadura o cola. Medalla propia y ajena, pero familiar. Y luego, cuando el aire que acaricie tu cara sea el de la calle, cubrirás tu rostro y serán tus ojos la única ventana de tu alma. Escucharemos a nuestras espaldas: ¡mira mamá, un nazareno!. Y habrá comenzado la Estación de Penitencia. Son los nazarenos dueños de su anonimato. El antifaz los convierte en iguales. Todos son figuras aisladas dentro de un conjunto equilibrado. El cortejo de la cofradía. Un año puede faltar uno, pero la gente no se da cuenta. Otro puede tener uno de más, pero tampoco se dan cuenta. Solo la madre, la mujer, el marido, el hijo, la hija, el amigo son conscientes de esa ausencia o de esa incorporación. Para el resto, es una masa articulada que se adapta al horario de paso. Un río de cera ardiendo que antecede al Señor y Su Madre.

Siempre he dicho que mis años comienzan en septiembre. Es en este mes cuando la vida laboral vuelve a ponerse en funcionamiento. Es en septiembre cuando queda un año para las vacaciones. Y es en este mes cuando empezamos a calcular con mayor frecuencia los días que faltan para Semana Santa. En esa cuenta, en la que caen las hojas del almanaque como marchitas manos de árbol, es cuando la ilusión se incuba de manera especial. Se acumula en nuestro interior y estalla el siete de enero, cuando la Estrella de Bagdad aún no ha dejado de brillar en el horizonte. Pero este año será diferente. Este año ya no sale. Dice nuestro amigo Diego que no quiere salir más. Dice nuestro amigo Diego que cuelga su túnica de red internacional. Ya ves, dirán muchos, un nazareno menos para el cortejo. Algunos no lo notarán, gran cantidad de internautas no se enterarán, a otros no les importará, pero muchos de nosotros notaremos el hueco en la fila. Dice nuestro amigo Diego que todo llega. Tal vez ya era hora de no volver a sacar más papeletas de sitio de este cortejo de redes. Tenemos que respetar su decisión, pues no cabe otra, pero no tenemos porqué estar de acuerdo. Yo no lo estoy amigo Diego, porque tus versos me han hecho reír, me han hecho reflexionar. Porque tus versos han traído incienso a mi cabeza, han sido la protesta de todos nosotros. Porque tus versos, amigo mío, me han emocionado. No me lo tengas en cuenta, que ya sé que tengo que respetar tu decisión, simplemente me he drogado demasiado con tus palabras y ahora, cuando vuelva a cruzar LaCava de la red buscándote, notaré tu ausencia en las filas. Son los nazarenos dueños de su anonimato. El antifaz los convierte en iguales, pero muchos de nosotros nos daremos cuenta que este año, cuando el azahar sea semilla y el incienso ni siquiera esté mezclado, nos faltarán los versos de nuestro amigo Diego, Lacava. Gracias por regalarnos tres años de exquisita elegancia escrita. Aquí tiene voacé su casa y, no te preocupes amigo, que dejaremos la puerta abierta, por si acaso se te ocurre regresar.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Estabas equivocado

Llegábamos algo más tarde que otros años. Parecía que estaba saliendo todo a pedir de boca, aunque pareciera ser una trama cargada de golpes de efecto. El hilo argumentativo de esa película en la que todo va perfectamente hasta que al director, o al guionista, dependiendo de la soldadura del cerebro de cada uno, se le ocurre aliñar la historia con un quiebro. Y no una bicicleta o un taconazo llegando a la línea de fondo, pues sería espectacular, sino otro tipo de regate. Algo furibundo para el espectador. Pero, afortunadamente, iba todo sobre ruedas, o sobre zapatillas de esparto olvidadas por deportivas. Mejor, mucho mejor. Pero que todo estuviera saliendo bien no significaba que no llegáramos algo más tarde que otros años. Se notó enseguida. La gente se agolpaba con ansia y el ambiente traía aires cargados de humo aromático, pero aún no se veía ni la cruz de guía. Cogimos asiento frente a la farola que está a eje con la puerta. Un buen sitio. El suelo aún sigue siendo gratis. Desde allí podíamos contemplar la entrada sin problemas. Miré al cielo buscando estrellas. Enfoqué lo mejor posible, pero la contaminación lumínica había guardado las estrellas en la mochila de su luz, así que lo único que pude distinguir fue un negro perfectamente limpio. No llovería al día siguiente. Y casi enfrascado en mis predicciones miopes, el redoble del tambor sonó de la misma forma que huele un petisú recién hecho. Creció el rumor, aumentó el público y pronto regalaron pisotones y empujones a diestro, siniestro, delantera y trasera. Yo saqué mi cámara nueva. Una flamante Canon Reflex Digital que me hacía babear cada vez que la miraba y maldecir a final de mes. No tenía ni idea de cómo usar más de la mitad de los botones que ocupan su dorsal, pero si girabas el objetivo eras capaz de ver las imperfecciones faciales de un niño de dos meses. Poco más sabía, así pues, modo automático. Pulso el disparador y el flash ejerce una erección fulgurante. Presiono con más fuerza y la imagen queda petrificada en el momento exacto. Un instante del tiempo atrapado en un fragmento de segundo. Sientes la luz, ves la luz, pero sólo en tu recuerdo. No eres capaz de seguir el encendido y apagado lacónico del destello, solo intuirlo. Sabes que ha ocurrido, y como prueba de ello, aparece un resorte en tu memoria que queda archivado, pero apenas es una idea. Una impresión fugaz de algo familiar.


Todo es efímero. Me lo habías dicho con naturalidad. Me encogí de hombros y acepté aquella afirmación. Al fin y al cabo llevabas razón. Pero ese día, mientras esperaba al segundo de los pasos, supe que te habías equivocado. Todo tiene un final. La existencia es perecedera y el Barroco nos lo enseñó hace cuatrocientos años. La Semana Santa es barroca en su mayor parte. Contemplé aquel río de capirotes morados de hermanos nazarenos avanzando por la calle Oriente y girando en San Benito para aparecer su blanco inmaculado. El desgaste y la erosión se hacen patente en cada una de las marcas hechas por las horas. Los cirios han consumado el tiempo, y éste se ha evaporado en volutas negras y derretido en recuerdos sólidos. La cera puede ser un ejemplo brillante para ilustrar esta reflexión. Cuando los años hayan llenado de polvo el alma de la memoria, las cenizas de la vida sustituirán nuestra existencia. Fue entonces cuando me di cuenta que te habías equivocado, al ver aparecer al Santísimo Cristo de la Sangre. Tambores y cornetas para un Crucificado de suma elegancia y clase exquisita. Música para los cuatro clavos de la calle Oriente. Se siente el aire de Juan de Mesa en las manos de Francisco Buiza. Se palpa el Amor en la Sangre de Cristo. Giró y avanzó por la calle para encontrarse con la puerta. Desde hace años espero el segundo paso con otras cosquillas diferentes, con un interés especial. Y allí estaba el bosquecillo de ángeles mancebos, el Sacramento y el Hijo de Dios. Un nazareno levanta la mano. Lleva bocina. Yo te sonrío, intento saludarte y hago el mayor de los esfuerzos por hacer una foto decente. Al menos que se vea bien. Lástima. Otro año será. Me dio coraje porque no pude acercarme para decírtelo. Para comentarte que me había dado cuenta que estabas equivocado. Luego pasaron los días, las semanas y los meses. Nos vimos, pero nunca te lo he dicho. Y ahora, intentando escribir algo con sentido para ti y tu cumpleaños, me acuerdo de este momento. Menuda entrada que me está saliendo... ¿aún no sabes por qué estás equivocado?



Amigo Antonio, a veces nos da la sensación de que pasaremos desapercibidos en la vida. A muchos les preocupa este detalle pero para otros, no deja de ser algo inevitable. Me dijiste que es efímero cuanto nos rodea, que todo es perecedero. Quizás sea así. Algunos momentos son destellos cegadores. Imágenes desvirtuadas por el paso del tiempo que han perdido su nitidez. Recuerdos atrapados en figuras sin color. Son la pincelada fulminante de un instante atrapado en la memoria. Como la luz del flash. Sabemos que ha ocurrido y las sensaciones que tuvimos permanecerán intactas. En otras ocasiones, sin embargo, somos conscientes de cómo se derriten los años a nuestro paso, y aflora la angustia por el apetito voraz del tiempo. Todo se consume, como el cirio que nos acompaña en nuestra Estación de Penitencia. Cada año, una velita más en la tarta de la vida. Esta es la teoría y, casi siempre, la realidad. Pero la noche del Martes Santo, cuando contemplé el rostro del Cristo de la Sangre, su bello perfil compacto, más reunificado que el mesino del Amor, me di cuenta que no llevabas razón. Un hombre como tú no debe preocuparse por lo efímero o por el paso del tiempo. Lucía y Martín aprenden contigo los valores necesarios para moverse en este mundo que cambia cada día más. Lo sé porque lo he visto. Eso es suficiente. Esto te hará imperecedero porque ellos se encargaran de transmitirlo, como tú lo hiciste. Será la mejor forma de evitar la fugacidad de los momentos. Y luego está Él. El Cristo de la Sangre. Muchos de nosotros lo relacionamos contigo, y Él, amigo mío, no es efímero. Es eterno.


Para mi amigo Antonio en el día de su cumpleaños, dueño de un Callejón y de un Arroyo, palangana (nadie es perfecto), buen filósofo, gran persona, merecedor de una entrada mejor...

lunes, 31 de agosto de 2009

Es diferente



“Hay destinos humanos ligados con un lugar o con un paisaje. Allí, en aquel jardín, sentado al borde de una fuente, soñaste un día la vida como embeleso inagotable. La amplitud del cielo te acuciaba a la acción; el alentar de las flores, las hojas y las aguas, a gozar sin remordimientos. Más tarde habías de comprender que ni la acción ni el goce podrías vivirlos con la perfección que tenían en tus sueños al borde de la fuente. Y el día que comprendiste esa triste verdad, aunque estabas lejos y en tierra extraña, deseaste volver a aquel jardín y sentarte de nuevo al borde de la fuente, para soñar otra vez la juventud pasada”Ocnos, Luis Cernuda

Es diferente. Está claro y fuera de toda duda. Es diferente cuando no la sientes cerca. Tan diferente como algo inexistente, pero añorado a la vez. Es el saber que no puedes tocarla, olerla, oírla, que no puedes besarla, contemplarla, degustarla, que no puedes sentirla. La carencia total de cada una de las emociones que tiñen tus versos de la memoria con bellos colores monocromos. No hay que darle más vueltas porque es así. Sin más. Pero a veces, sólo en ocasiones, es necesario recordar, y hacer recordar, y cuando la memoria ha desdibujado los perfiles nítidos de la última imagen, sólo quedará la sensación imborrable e incorrupta, inmaculada incluso, del primer sentimiento vivido, pero también revivido. Y no es otra cosa, sino el exilio, bien forzado bien placentero, el que hace quebrar nuestro corazón cuando acudimos a un Amor incondicional. Es ella, y siempre lo fue. Y lo es. Y lo será cuando su perfil aparezca insinuado en la tibieza del aire cálido que solo tiene su cielo, perfumada con la dama de noche de un manto iluminado, brillante bajo la luz que posee o sensual tras un velo calado de fina lluvia. Cuando aparece sentada a los pies de la Cuesta del Caracol, esperándonos justo después de la corona del Quinto Centenario, entre las cuerdas del arpa del Alamillo o detrás de un pequeño indio que otea el horizonte de asfalto.


Por muchas cartas que le quieran escribir a esa mujer de origen fenicio, entrañas romanas, alma árabe y nombre de reconquista, los recuerdos de las primeras sensaciones serán el perfume que nos embriague cuando estemos fuera. Y es diferente. Ya lo dijo don Manuel Chaves Nogales “Hay, sin embargo, otra ciudad -¡hay tantas ciudades en cada recinto!- para los exégetas meticulosos, para los líricos, siempre insatisfechos, hambrientos de un hambre insaciable de ideal”. Es diferente porque cuando no estamos cerca, es cuando nuestros momentos a solas, nuestra intimidad compartida, acude a borbotones y nos hace revivir de manera especial esa complicidad que solo tenemos con ella. Porque Sevilla es la Giralda, la Torre del Oro y los Alcázares para los turistas, pero para muchos de nosotros es algo más. Es un adarve fresco, un jardín templado calado de luz, el escarceo amoroso de la trasera de un palio, una tapita de boquerones en adobo, el brillo del Giraldillo cuando las nubes esconden al sol, el olor de la mañana de un domingo silente, la cervecita del Tremendo, la primavera de su otoño, la luz de su Viernes Santo, el albero de nuestra ropa el domingo de Feria, el sabor de la grama del Parque del Alamillo, el sonido que tiene el reflejo del río, la espina clavada de un Cisquero, el sabor de Triana, la esquina de Santa Catalina, el color de las fuentes, el tacto del Parque de María Luisa, el cajón que corona un Traspaso, la nieve con perfume de azahar, el verde de la Palmera, el frío luterano, el olor del Rinconcillo, la hiedra de la calle Mármoles, el rojo de Nervión, la muralla del Valle, la lona verdiblanca, los coroneles alineando soldaos de la calle Gerona, el sabor del incienso, el farolillo rojo, las croquetas del Ovidio, la mancha de cera en la chaqueta, el chirimiri que cala, el magnolio de la esquina, los calentitos celestiales de doña Juana, la palmera de San Juan de la Palma, el codazo del Vizcaíno, el suspiro de miel del Señor del Cementerio, los adoquines de la calle Sol o el Monasterio de San Jerónimo.



Sevilla no es la ciudad más bonita del mundo, a veces amanece acuchillada por zanjas, su transporte público adolece de mejora, es agobiada por obras y mutilada en su idiosincrasia interna, anclada en la mentalidad rancia de alguna élite vagabunda y asfixiada en su intento de contemporaneidad en muchas de las ocasiones. Pero a pesar de todo, la quiero, estoy enamorado de ella, no puedo, ni quiero, hacer nada por evitarlo, y ella lo sabe.

He vuelto, y quizás la mejor de las sensaciones sea la que tenía aquel niño de don Luis Cernuda cuando acudía en busca de la ciudad una mañana veraniega de domingo, uno de esos paseos exquisitos e íntimos que recuerdo cuando estoy fuera: “Pero siempre sobre todo aquello, color, movimiento, calor, luminosidad, flotaba un aire limpio y como no respirado por otros todavía, trayendo consigo también algo de aquella misma sensación de lo inusitado, de la sorpresa, que embargaba el alma del niño y despertaba en él un gozo callado, desinteresado y hondo. Un gozo que ni los de la inteligencia luego, ni siquiera los del sexo, pudieron igualar ni recordárselo”Ocnos, Luis Cernuda



Fotos de nuestro genial Canónigo

sábado, 6 de junio de 2009

Seis de junio, dos genios

“No sabemos lo que hacían los padres de Velázquez. De ser hidalgos, ‘con lustre’, no harían nada, sino vivir de las rentas o propiedades que pudieran tener. Si eran conversos o cristianos nuevos, es probable que se dedicaran a alguna actividad. Su hijo primogénito, Diego, nació el 1599; fue bautizado en la parroquia de San Pedro el 6 de junio, siendo padrino Pablo de Ojeda” - Julián Gállego

Cuatrocientos diez años que nació don Diego. Felicidades querido pintor. Gran genio.
1599-2009

* * * * * * * * *
Du Guesclin nació un 6 de junio. No Bertrand, el general francés, sino Sergio, nuestro general, sevillano, para más señas, que alumbra el camino del conocimiento de esta tierra mariana. Batallador y luchador nato, investigador pasional y arquitecto profesional, historiador vocacional y nazareno de la más bella de Las Angustias.

Felicidades don Sergio, general que nos enseña la Historia de esta bendita ciudad. ¿No sabéis quién es?, quizás ahora sea un buen momento para conocerlo, allí donde sus Sevillanadas son el azote de la ignorancia y la desidia contra el Patrimonio.

martes, 2 de junio de 2009

A day in the life


Cuando la rutina desaparece convertida en trizas por una bofetada que te despierta, que te sumerge en altas dosis de realidad, el aire se vuelve denso y espeso. Casi inexistente. La atmosfera se contrae en un velo grueso que se ciñe a tu rostro sin dejarte respirar, apretando cada vez más, pero sin llegar a ahogarte completamente. Al principio deseas zafarte de esa barrera que te impide respirar, o al menos, que te retrasa la toma de oxígeno necesaria para mantenerse con vida. Te sientes como si practicaras submarinismo, pero sin tubo ni gafas. Una experiencia pueril, recuerdo de nuestra infancia, cargada de un riesgo inexistente. Tu cuerpo ya está mojado. La superficie te besa en el cuello. Sólo la cabeza se resiste, preparada en el exacto momento para retener el aire. El tiempo, aún en el exterior, no se ha sumergido. Aprietas la nariz fuertemente con el pulgar y el nudillo del dedo índice, abres la boca ampliamente y aspiras con fuerza, llenando tus pulmones con una extensa bocanada de aire fresco. Luego llenas tus carrillos sin soltarlo. Estás preparado para la inmersión. Y entonces desciendes hasta las sombras del corazón marino, donde la realidad es más densa, más lenta, más borrosa de contemplar, menos ruidosa, pero no por ello más tranquila. Todo se vuelve extremadamente espeso y pesado. El tiempo pasa más despacio, pero no se puede bucear eternamente con un pulgar y un dedo índice en la nariz. Tocas la arena con la punta de tus dedos, suave alfombra granulada que se deshace en delgados hilos de placentera caricia. La presión aumenta, pero no puedes subir a la superficie porque tienes que mantenerte cerca del suelo. La realidad, en ocasiones, está tan cerca de la tierra, que alejarse de ella sería evadirse de nuestra propia existencia. No sabes cuánto tiempo ha transcurrido, pero empiezas a pensar en el aire. El esfuerzo crece y no paras de bracear con dificultad para mantenerte sumergido, mientras tus pulmones adolecen de un oxígeno que no llega y comienza a desaparecer. Vuelves a tocar la arena y su roce te tranquiliza, pero la calma es finita. Tus ojos observan pasar la vida con parsimonia, pues todo parece fluir lentamente bajo el agua. No hay tiempo real, sólo insinuado, pero necesitas aire. Necesitas volver a la superficie. Evadirte de la realidad profunda. Ya no existe la rutina de un oxígeno al alcance de una respiración pausada y rítmica, solo bocanadas de aire fresco de vez en cuando. Subidas a la superficie para aislarte de esa sima subterránea, donde la penumbra reina en contra de la luz y siembra de desconcierto tu vida diaria. Es la nueva rutina. No puedes más. Los ojos te escuecen y no puedes llorar. No sabes reír y te cuesta trabajo mantenerte sin impulso. La presión en tu pecho crece y la vista se torna en manto oscuro salpicado de puntos brillantes. Exhalas un par de volutas de aire que se transforman en dos enormes burbujas. Aire que se libera convertido en dióxido de carbono. No puedes tragar. Sientes una punzada en la nuca que te atraviesa con un dolor indescriptible y la garganta se pliega sobre sí misma. Todo da vueltas y la angustia aumenta considerablemente. La ansiedad se apodera de tu conciencia, la poca que resiste, y te giras para mirar hacia arriba. Hacia la luz. La superficie. Necesitas subir para respirar y aislarte de esa realidad que tocas con tus manos y se desvanece en el agua, porque abajo no hay aire. Tu sien te martillea, la cabeza te da vueltas, y las piernas comienzan a fallar. Cuando crees que no vas a llegar, el sol baña tu rostro y el agua se escurre por tus mejillas. Has salido al exterior. Fuera de la realidad densa y espesa. ¿Estás soñando?, tal vez sólo se trate de una pesadilla, pero ahora da igual, sólo quieres respirar. Tomar aire. Llenar tus pulmones. Quieres sonreír, y reír, y respirar, y hablar, y chillar, y respirar de nuevo. Pronto habrá que sumergirse otra vez, porque ahora la rutina está en esa penumbra compacta y apelmazada, no lo puedes olvidar, así que es bueno respirar. Así era como se sentía él. Cogió aire y su vista se aclaró antes de volver a lo difuso. Incluso podía escuchar un sonido. Un piano… un toque orquestal. ¿Qué demonios….?, es música.


Entonces apareció en la superficie, y el sol calentaba su cuerpo. Y la arena era sólida y no flotaba en el agua. Sacudió su cabeza se incorporó y observó la costa dorada que se extendía ante su mirada. Excesivamente pequeña. No era una isla, más bien simulaba una roca flotante, a la deriva, como un iceberg sin hielo. Apenas cincuenta o sesenta metros cuadrados en círculo. Arena o piedra, le permitía descansar de su sempiterna inmersión subacuática, mientras aquel respiro de aire fresco le perdurara, o el sueño estallara en veinte mil punzadas de dolor submarino. Pero la música no dejaba de sonar. Un piano y una voz. Aquello no era la realidad, y él lo sabía. La superficie ya no era la rutina, sino algo especial y fuera de lo común. La anormalidad de una locura transitoria que sentaba realmente bien. Algo razonable dentro de una irracionalidad surrealista. Comenzó a rodear la pequeña lengua de arena, y los pasos se iban alargando, y la arena iba creciendo y la tierra se iba ampliando. Había más terreno conforme avanzaba. De un impulso casi innato, sus piernas, entumecidas hace unos segundos por el esfuerzo del buceo diario, empezaron a trotar, y pronto se vio corriendo. Corría con todas sus fuerzas. Abrió los brazos y sintió cómo una brisa tibia secaba su cuerpo empapado de realidad y el sol bañaba su rostro. Sintió ganas de gritar y gritó. Sintió ganas de chillar y chilló. No paró de correr. Cada vez más deprisa. La arena no se acababa y seguía extendiéndose sin descanso. Cuando una punzada cruzó su costado derecho y el corazón palpitaba con fuerza en su pecho, se dejó caer, totalmente agotado, pero sonriendo. Ahora era consciente de que aquel descanso, aquella toma de aire, era diferente de las demás, pues se extendía su periplo en la superficie. Miró al cielo. Un azul diferente. Azul intenso y casi mareante, en una perfección inmaculada, concebida con una tonalidad fija e infinita. No veía nada más, pero sí escuchaba. Música de nuevo. Se incorporó y ya no había arena a su alrededor. Tres mesas unidas preparadas para un festín nocturno. El sol ya dormía en el horizonte y todos le esperaban en la mesa para comenzar la cena en un lugar extraño, allende la ría de Bilbao, cerca del monte Sinaí, donde el carvajo no era un árbol de tronco grueso y grandes ramas tortuosas, sino un bar de veladores con flamenquines muy decentes y mechá muy insolente.


Tomó asiento y observó la compañía de la que gozaba, reunida en una estampa singular, y aunque surrealista, más considerada como temática Pop que del manifiesto de André Breton. Se acordó de Peter Blake y de su portada para el disco de Los Beatles “Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band”. El artista Pop había utilizado un collage impresionante de personajes conocidos, todos apretados, asistiendo a un funeral desconocido. Pero en esta ocasión no existía ningún sepelio, pues lo más luctuoso de los congregados eran algunos matices de negro, como alivio de luto, tal vez, en un ambiente distendido y agradable. Esto era más de lo esperado en una usual bocanada de aire fresco. Se imaginaba al señor Blake y su entonces esposa, Jann Haworth, reunidos más allá, observando la escena para un nuevo collage como la portada del disco de los escarabajos. Allí estaban casi todos, huecos vacíos de ausencia se dejaban sentir, pero la cena colorista se completaba con comensales de la más variopinta locura, a veces necesaria para acudir a la verdad del mundo. Una serie de personajes tras la línea del anonimato, quebrada en aquella isla flotante de asfalto, donde los rostros dejaban atrás una realidad inventada. A la mesa, el Sr. Andreu, que aparcaba un espejismo de seriedad de lo visto y oído para declamar con bromas y buen humor, su verdadera forma de ser. A su lado, su Estrella, que no se llama así, pero posee las virtudes de un astro nocturno, pues brilla, y siempre supone la mitad perfecta a la pieza de su compañero. Juan reía detrás de su barba, alumbrado por una luz de gas eléctrica, y quizás el modelo a seguir por Peter Blake, pues era el único actor, con radio incluida, que comía esa noche. También estaba allí María de las Mercedes, muy guapa, y a pesar de ser Borbón, sin obedecer a las leyes del paso del tiempo, engalanada con bella vestimenta y haciendo halago de su anacronismo favorito. No sería el primero de aquella cena suspendida en la inconsciencia de un día ilógico y predecesor de otro más irracional si cabe. Acompañaba a Su Majestad un Fiscal, pero no de despachos amplios y tribunas de madera que preservan la ley de la justicia… no. Eso no. Otra clase de fiscal, amante de vértebras dorsales y mantos recogidos en la cintura. Más allá, en el vértice opuesto de la mesa donde se sentaba él, un zapatero recortado sobre fondo verde, se abanicaba el calor que se adhería con fuerza a los cuerpos. Y aunque todo pueda indicar que era un insecto, no lo era, pues la ficción a veces juega malas pasadas. Fue así como el Rocío de una mañana valverdeña, aún lejana, se materializó de la mejor forma posible. A su lado, Martín. Martín era sencillamente Martín, y eso era lo más espectacular de aquel niño que no necesitaba máscara, que reía cuando quería y protestaba cuando algo no le gustaba. Quizás fue observando a Martín, sencillamente Martín, cuando se dio cuenta que los adultos habían perdido esa libertad de reír cuando desean y protestar cuando algo no les gusta. La paciencia era la máxima virtud que atesoraban sus padres, dueños del Callejón de los Negros, también presentes, aunque el verdadero propietario era bocina del Cristo de la Sangre. Martín tenía una hermana, que también acudió a la cena, pero ya no era sencillamente una niña, sino una brujita cuyo perfil se recortaba en un fondo rosa chicle. Su nombre sonaba a composición de Serrat, y su cara era tan bonita como la letra de dicha canción. ¿Qué es esto?, se preguntaba. Miró a su siniestra y observó dos ojos azules que le sonreían Por la puerta trasera de una agradable sonrisa. A su diestra, el sarcasmo y la ironía tomaban forma en una Gata de ojos verdes y nombre de capital de imperio, toda una teoría del caos hecha persona. ¿Y él?, ni siquiera se había mirado.


Vestía de negro, pero no era luto. Y respiraba. Tomaba aire en sus pulmones de una forma inusitada. Tranquilamente y deleitándose con cada bocanada, pues no sabía cuando tendría que volver a sumergirse en la realidad. Y si aquello, finalmente, no era más que un sueño, estaba plácidamente despierto en una ficción onírica. Peter Blake no podría haberlos retratado mejor. Se acordaba del pintor inglés pop. O del Pop del pintor inglés. No sabía quién era el Sargento Pimienta. Más tarde llamó alguien, pero no era el sargento, pues resultó ser un general francés, también anacrónico, que no había podido acudir a la cena. De algo estaba seguro, y es que después de sobrevivir a la última inmersión, él no era aquel sargento que buscaba en los demás. Aunque tampoco creía que ellos fueran los integrantes de la banda del club de corazones solitarios. Todos eran buenas personas, de buen humor, mejor carácter y agradable compañía. Todo era muy divertido y tenía ganas de reír. Él, que en ocasiones se olvidaba de lo que era eso. Entonces cayó en la cuenta… Blake no podría haberlos retratado, por mucho que aquella escena le recordara la portada del disco de Los Beatles. El artista del Pop Art pretendía una protesta inusitada de la realidad de su tiempo. Una verdad oculta por la banalización de lo importante y la elevación sagrada de lo superficial. En los altares estaban la fama, el dinero, las imágenes comerciales, la parte individual de una sociedad inundada por nuevos iconos célebres que ocultaban todo lo anterior. La realidad de los sesenta se convierte en un collage que superpone los nuevos clichés, anónimos algunos, otros famosos personajes que encarnan los modelos que la sociedad pretende seguir, en una constante adoración. Detrás de esa superposición de planos quedan los verdaderos modelos de la vida, los sueños, las esperanzas, las metas, los trabajos, abandonados a favor de una ideología de estrellato contemporáneo, nueva e innovadora, frente al viejo pensamiento desligado de una exitosa realidad de fama efímera. No. Nada de lo que allí se contemplaba tenía que ver con eso. En aquella cena tan real como la fiesta de no-cumpleaños de Alicia, y tan ficticia como el montadito de mechá sin sabor, había gente que no ha perdido sus valores. Las máscaras cayeron sin necesidad de soltar amarres. Y la memoria ya no incluía el esfuerzo de respirar. El ritmo se adaptó perfectamente a la existencia onírica, si realmente era un sueño. Tal vez ni él mismo se había dado cuenta.


Lo de Bohemia fue un insulto. Allí se acabo la noche. Murió el día sin necesidad de que comenzase otro y un escalofrío le recorrió su cuerpo. Si se marchaba y volvía a dormir, tal vez despertaría en su otrora pesadilla de rutina. Tenía que mantenerse despierto. O soñando en esa superficie móvil que había encontrado. Ese pedrusco donde naufragó llevado por la marea, cuyo perfil cambiaba vertiginosamente y le ofrecía oxígeno gratis. ¡Gratis!. A veces un pensamiento horrible cruzaba por su cabeza. La comercialización de oxígeno a precio exagerado le causaba pavor. Y el caso es que sabía, porque no se le olvidaba, que adolecería aquel aire cuando tuviera que volver a sumergirse. Inmersión inmediata cuando sus ojos se cerraran para abrirlos bajo el agua. Pero ahora estaba en Bohemia, un insulto cuando la Rapsodia era sustituida por el zumo de mambo, perfecto para encender los motores de una brasileña que bailaba a ritmo desbocado. El resto fue breve. Y la arena cayó tan rápido del reloj como el agua desciende por una cascada. Agua… eso le recordó su inmersión. Se agobió y decidió no dormir. Diáspora de comensales. Como si de un espejismo se tratara, se desvanecieron los protagonistas de la cena. Estaba sólo otra vez, seguía sonando música, aunque no la reconocía, pero la isla permanecía a flote y él había decidido no dormir.


Sin saber cómo el tiempo avanzó, y sin estar dormido pero tampoco despierto, observó a la Esperanza. Y de eso sí se acordó. De su figura perfilada en el azul del cielo. De su tez morena. De su contoneo. Por eso quizás flotaba y oscilaba entre el ensueño etéreo y la realidad que estrechaba su isla. Pero estaba cansado. Agotado. Y tenía miedo. Un miedo indescriptible. Un pánico que había vivido anteriormente y que ahora volvía con una normalidad extrema, como si estuviera todo preparado para esa vuelta. Una preocupación le angustiaba y le rodeaba el cuello en un esbozo de llanto. La realidad, o tal vez aquel sueño que comenzaba a desvanecerse, estaba desvirtuado. Las imágenes aparecían a través de un cristal esmerilado. No supo nada más, pero tampoco se acordaba de cómo había llegado hasta allí. Sin saberlo volvía a tener el agua al cuello. Sintió que sus piernas le pesaban como dos barras de plomo. Intentaba mantenerse a flote. El final de nuevo. Otra vez a coger aire. No era rutina el aire que respiraba, sino pura y dura exclusividad, alcanzada sin esperarlo y arrebatada de la misma forma. ¿Había sido un sueño y acababa de despertarse o era ahora cuando cerraba los ojos para volver a tener una pesadilla prolongada?. No lo sabía, ni tenía mucho tiempo para pensarlo. Miró a su alrededor. Agua. Sólo una superficie dúctil y blanda, decidida a tragársele. La música que le había acompañado durante aquel día largo, o quizás doble jornada, se perdía en el aire. Ese ansiado aire. Entonces apretó su nariz con el pulgar y el nudillo del índice, cogió una bocanada de oxígeno y se dejó lastrar por la atracción de la realidad. Cuando llegó al fondo abrió los ojos. Borrosidad de nuevo. Todo atrapado en aquel mundo lento de visión turbia e imprecisa. Tocó la arena, como siempre hacía, deslizándola entre sus dedos. Y fue cuando sacó algo. Se le escaparon dos grandes burbujas de la sorpresa. Las lágrimas son más saladas cuando la amargura es mayor. Lloró y el agua se volvió dulce comparada con aquel llanto. Sostenía entre sus manos el escudo de su equipo. En lo más profundo. En la penumbra. ¿Era un sueño?, no. Era la realidad convertida en pesadilla. La música traspasó la densidad del agua. I’d love to turn you on¿entusiasmarme? Pensó. Y los recuerdos acudieron. ¡Ya está!, aquella canción de Los Beatles. El sargento Pimienta. La cena con aquellos personajes tan amables. Y su equipo. Bajo el agua, con los carrillos inflados y la visión entumecida, supo que estaría con su equipo en el hundimiento y cuando volviera a la superficie. Ahora y siempre. Me encantaría entusiasmarte