Mostrando entradas con la etiqueta 'Modernización'. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 'Modernización'. Mostrar todas las entradas

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Recuerdos de Santa Catalina

“Llegará un día que nuestros recuerdos serán nuestra riqueza”Paul Géraldy

Se había enterado por casualidad. Una frase suelta en el aire que llegó hasta sus oídos, mientras la bolsa amarilla recogía las escasas monedas que el día otorgaba. Todos tenemos un pasado, y Mariano también lo tenía. No tan diferente al de mucha gente. Tenía familia y un buen trabajo, pero la vida suele ponerte obstáculos que resultan impredecibles. Eran dos hombres bien ataviados los que comentaron algo al pasar por su lado. Chaqueta y corbata. Ropa de trabajo en campos de negocios, donde las batallas se libran con plumas o estilográficas, y las guerras se ganan con sonrisas y estrategias. Algo le sonaba a Mariano. La información llegó mutilada, casi tanto como su desayuno diario, pero pudo hilvanar los datos suficientes para la cita. Día 12 – Santa Catalina – Nueve de la noche. Siempre había sido un enamorado de aquella Iglesia. No tenía otra cosa que hacer y el tiempo le sobraba a raudales, hasta que la vieja Parca que corta el hilo se decidiera a guardar el suyo.

Gente de todo tipo y condición. Muchos le miraron cuando llegó envuelto en ese viejo abrigo verde raído y lleno de agujeros que había encontrado la semana anterior en la basura. La cara sucia y llena de churretes. Barba de un puñado de días olvidada y pelo enmarañado. Y encima de todo eso, una capa pesada de pobreza, oportunidades perdidas y abandono de la esperanza. Quizás esta última prenda, invisible para los demás, era la que más le pesaba a Mariano. Pero allí estaba. Había acudido a la cita de aquellos dos hombres de chaqueta y corbata. Pero él no se había colado en ninguna reunión de importantes empresas. Ni siquiera estaba estorbando para que los negocios llegaran a buen puerto. Estaba colaborando sin darse cuenta, porque lo que realmente quería y deseaba era estar cerca de ella. De Santa Catalina.


Se apartó un poco del gentío y se sentó apoyado en los muros. Alzó la vista y contempló las personas allí reunidas. Chaquetas, corbatas, botines, camisetas, rebecas, tocas, abrigos. Entonces dejó caer su cabeza hacia atrás y sintió cómo su nuca tocaba la pared. ¿Qué es lo que le queda a un hombre que ya no tiene nada?, sus recuerdos. Aquellos recuerdos era toda la riqueza que Mariano tenía. Y Santa Catalina estaba en la mayoría de ellos. Y lloró. Lloró desconsolada y amargamente. Sin compasión de sí mismo y acordándose de todos los momentos. Cada recuerdo era una pequeña joya envenenada. Era como un puñal de oro que se clavaba en su corazón. La primera vez que cruzó sus puertas acompañado de su padre, la llegada de Cuaresma y sus ansias por contemplar aquel Misterio imponente, las Lágrimas de Su Señora, la cara de su hijo, el mayor, cuando contempló su Capilla Sacramental. Y su mujer, diciéndole que sí ante el altar. Lo había perdido todo... menos sus recuerdos. La única riqueza que le quedaba. No quería que Santa Catalina también se perdiera...

“Los recuerdos no pueblan nuestra soledad, como suele decirse; antes al contrario, la hacen más profunda”
Gustav Flaubert

La echaba de menos. Mucho más de lo que él mismo hubiera pensado. Rodeado entre todo aquel gentío aglomerado, se sintió sólo. Una soledad extraña y melancólica. Nostalgia de todo lo vivido y ahora desaparecido de su vida, aunque no olvidado. Los recuerdos permanecían y poblaban su mente, pero no ayudaban a combatir el vacío que ella había dejado en su vida. No se sentía con fuerzas para nada más, pero sabía que, si recuperaba Santa Catalina, una parte de su amor volvería con él. Y por eso estaba allí. Por Santa Catalina y sus recuerdos.


Hacía frío y la gente se frotaba las manos. Una señora mayor estaba junto a él con rebeca y toca negra. Tenía que rondar un buen puñado de años, pues su rostro estaba poblado por unas líneas profundas y marcadas, pero sus ojos desprendían vida. Más allá, la gente seguía llegando para apoyar la causa de una restauración. Entonces todo se archivó en un instante fugaz y latente. El abrir y cerrar de ojos de un segundo apiñado en el rincón de lo preciso. Su respiración se quebró y permaneció suspendida. La inmovilidad acudió a su cuerpo y un rictus de expectación congeló su rostro. Había sido tan sólo un momento. Un perfil familiar y un pellizco agudo en la boca del estómago. Pero entonces lo que creyó ver se convirtió en lo que quiso ver. No era quien esperaba. Su respiración volvió y con ella la relajación convertida en desazón y tristeza. Y la soledad. No hay nada más triste que sentirse solo rodeado de gente. Y él se sentía así.


Quizás sus recuerdos no poblaran su soledad después de todo. No veía nada ni escuchaba nada de su alrededor. Sólo sentía una indomable necesidad de sentarse en el interior de la Iglesia de Santa Catalina y contemplarla. Acariciarla con la mirada y perderse entre sus recuerdos de Historia y Arte. La necesitaba porque su amor se había quedado encerrado allí. No quería pasar toda su vida entre recuerdos de una Iglesia desaparecida, quería recuperarla. Y sabía que estaba haciendo todo lo posible... pues ahora, su soledad era mucho más profunda.

“La vida sería imposible si todo se recordase. El secreto está en saber elegir lo que debe olvidarse”
Roger Martin du Gard

Quizás fuera por eso. Tal vez en su interior, en lo más profundo de sus entrañas, sabía que no podía olvidar. No podía ni quería olvidar, porque su viejo corazón no le dictaba otro menester. Y allí estaba frente a las puertas de su niñez, los muros de su juventud, el arco de su madurez y la cubierta ajada y arruinada de su anciana existencia. Hacía frío, pero el calor humano ayudaba a seguir junto a sus recuerdos. A su espalda se encontraba aquel edificio por el cual había salido tan de noche para ella. A sus noventa años, Angelita gustaba de cenar pronto en invierno, cuando el frío se hacía notar fuera y su brasero encendía el hogar con calor dulce. Un calor exornado con el vapor de la alhucema, mientras su sopa humeaba volutas de picatoste con sabor a hierbabuena. Sorbos pequeños que servían para romper el silencio de su soledad. Y cuando el postre se desmembraba en dulces gajos de naranja, la sintonía de Arrayán la acompañaba en sus noches calcadas en un trasluz de rutina.

Las nueve de la noche era tarde para ella, pero ese día era diferente. Se lo había dicho su vecina por la mañana y ella no lo dudó. Frotó sus desvencijadas piernas con todas las fuerzas de su carácter nonagenario y se armó de rebeca y toca negras, pues el luto sería ya eterno. Y allí estaba. A la hora citada. Rodeada de gente de todas las edades y condiciones. Hombres de negocios, chavales, personas mayores, incluso vio a un indigente mirar la Iglesia con nostalgia. Su pulso temblaba, más por el peso de los años que por el frío, que también hacía mella en sus desgastados huesos. Pero sabía por qué había acudido esa noche allí. Tenía unas grandísimas ganas de vivir, pero era consciente que sus noventa años la acercaban al atardecer de su vida, y quizás no viera restaurada su Iglesia, la misma que la acogió de niña en esos juegos perdidos en la memoria. Pero algo dentro de ella le decía que tenía que estar allí, para que sus hijos la disfrutaran, y sus nietos y todos los que vinieran detrás.


Se giró y contempló Santa Catalina. Estaba sucia, estropeada y enferma. Angelita había olvidado muchas cosas en su vida. Algunos momentos que quiso borrar de su cabeza un día, casi sin darse cuenta. Otros que desaparecieron con el paso de los años y que nadie se ocupó de recuperar. Quizás el secreto fuera ese... saber elegir lo que debe olvidarse. Ella no se había olvidado de Santa Catalina, y allí estaba para demostrarlo. Le habían dicho que su Iglesia estaba enferma, pero que la curarían, y que volvería a entrar. Cerró los ojos y se perdió en todos esos recuerdos que había apilado en su memoria. No era difícil acudir a Santa Catalina, pues su vida había pasado alrededor de aquellos muros que ahora se agrietaban como sus manos.


De vuelta a casa, paseó por el camino de la memoria y las imágenes cuarteadas de su amor incondicional a su Iglesia. Movió el brasero y avivó el cisco. Se apartó un poco de sopa caliente y puso a Juan con sus niños. No sabía si llegaría el día en que volvería a cruzar su puerta prestada, pero tenía la sensación de que no había sido en balde. Tenía la sensación de que todo aquello serviría para algo. Quizás ella no la viera, pero tal vez sus niños sí. Sonrió y se dejó calentar por la sopa y el olor de la alhucema.

“Poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces”Marco Valerio Marcial

Afortunadamente iba con don Benito y no con ‘el Cabrillas’, pues su singular humor le hubiera servido en bandeja la posibilidad, casi irresistible, de soltarle un chorlito en sus gélidas orejas. Don Anselmo tenía congelados los pabellones auriculares, que diría don Benito, o los pestiños, que remacharía Paco el lechero, pero sabía que estaba allí porque tenía que estar. Habían entrado en el bar de Antoñito comentándolo. En Santa Catalina a las nueve de la noche el día doce de diciembre. No tenía nada que perder, salvo las orejas, que pronto se desprenderían como dos estalactitas que ceden bajo su propio peso.

Don Benito no paraba de citarle el rico patrimonio que atesoraba la Iglesia. Se había enterado de las intenciones de acudir a aquella concentración de su amigo, y no dudó en preguntarle, siempre bajo una pulcra introducción de corrección impoluta, si podía acompañarle. Don Anselmo no dudó un instante, y ambos se habían encajado hasta las puertas de la desafortunada Iglesia. Aquello parecía una bulla sin canis de punta en blanco, aunque el Jueves de la calle Feria no podía presumir de un ramillete más variado de personajes. Tras echar una rápida visual a su alrededor, don Anselmo consiguió reconstruir una repisa de los diferentes estratos que tiene su Sevilla. Incluso había personas mayores, como la que tenían delante, una señora tocada de negro con rebeca.


Se volvió hacia don Benito y le contó cómo había conocido a Santa Catalina:
- Tengo mushos recuerdoh de Santa Catalina amigo don Benito... pero recuerdo la primera vé que entré. ¡Qué maravilla!. Iba con mi padre y era domingo. Ojú don Benito... frío hasía esa mañana com’ahora. Tenía lah orejah que eran doh poshicle de los que vendían en loh ambigú de los ssine de verano de Triana. Mabía comprao mi padre un papé de calentitoh... ya por aqué entonse tenía yo que tomá Armá. Y me dijo, Ansermo hijo, vamo antrá en la Iglesia de Santa Catalina, verá qué bonita. Y llevaba rassón. Mira... cuando yo entré por ehta puerta y luego crussé la otra... y vi ese retablo tan bonito...
- De don Diego López Bueno mi querido don Anselmo. Sí señor que es una obra magnífica. A nadie deja indiferente – le interrumpió don Benito, que en seguida abrió los ojos como dos huevos tibios al comprender su desliz interrumpiendo a don Anselmo – discúlpame amigo que te he interrumpido.
- No pasa ná. Po lo que tiba dissiendo amigo... mira me subió una cosa por er pesho. Y no eran ardentíah en. Eran unah cohquiyitah dessas que te dissen, ¡coño!, ¡qué cosa má bonita!. Y luego me metió en Capilla Sacramentá... y eso sí que é una joya. ¡Que recuerdo má bonito! Y tó esto agarrao de la mano de mi padre. Estoy reviviéndolo otra vé. Como viví doh vesse.
- Te entiendo amigo don Anselmo. A mí la Capilla Sacramental me encantó la primera vez que la vi. Tiene una riqueza ornamental estupenda. Un tesoro histórico-artístico inconmensurable. Leonardo de Figueroa en estado puro.
- Y esoh Caballos... En Cuarehma entrá en la Iglesia y encontrártelos de esparda. Y esa Señora... ¿hay lágrimah má bonita?


La cosa se movía y la gente se dispersaba como si el último preste de un palio hubiera pasado ante sus ojos. Con el izquierdo por delante y en parejas nombradas, don Anselmo y don Benito se dirigieron al Rinconcillo, con la venia de Antoñito, para calentarse a base de coroneles y poner en fila a un puñado de soldaos.



Y vuesas mercedes... ¿estarán presentes el viernes 12 de diciembre a las nueve de la noche?, ¿qué recuerdos tienen de Santa Catalina? ...echaos un trago y calmar vuestra sed, pues aunque haga frío, el agua siempre es necesaria.

Imágenes de la Fototeca de la Universidad de Sevilla
Cartel gracias al amigo Híspalis

viernes, 5 de diciembre de 2008

El señor de la esquina

Me acosté con la espalda hecha trizas. El silencio me envolvía y la penumbra me arropaba. La negra boca de la oscuridad se cerraba ante mis ojos, completamente abiertos, pero agotados por el trajín de los días. El tiempo no se detenía. No se compraba. El maldito reloj de arena no dejaba ni un solo grano en la base superior, ni un solo resquicio por el que se pudiera arañar un minuto. Las fauces eran enormes y su apetito voraz. Es curioso el tiempo, pues se hace notar cuando la espera se convierte en la sinrazón de una vida y el ostracismo marca el tedio de un compás que languidece. Y es fugaz cuando el momento se goza y las tareas lo asaltan. De pronto me acordé de aquella imagen. En la negra noche y el gris silencio, contemplé ese momento congelado en la calle Laraña, anclado en mi memoria. Aquella imagen que había encontrado en la Fototeca de la Universidad de Sevilla.



Manchas fugaces de personas se dejaban entrever a lo largo de la calle. Un par de coches de caballos y los raíles de un tranvía, ya desaparecido, acompañaban a tres automóviles antiguos, que también se habían perdido a lo largo de los años. No estaba el actual kiosco de prensa ni los semáforos. Pero allí estaba la Iglesia de la Anunciación y la antigua Universidad, persistentes en el pasado y el presente. Testigos de los cambios y del paso del tiempo. Aquellas personas aparecían desvanecidas, en movimiento, como si el reloj corriera para ellas... pero una se mantenía inmóvil. Es como si el mundo girara sin descanso para todos menos para el señor de la esquina. Un hombre tocado con una gorrilla o mascota, ataviado con un traje de chaqueta y corbata, y un abrigo sobrepuesto para calmar el frío. Ese señor parece suspendido en el tiempo. Libre de las cadenas que tiran a los demás a un paso fugaz. Inmóvil y perdurable como la portada de la Iglesia de la Anunciación.



El silencio comenzaba a zumbar con fuerza en mis oídos y la oscuridad se hizo más tenue, cómo si un gris marengo se derramara por las paredes de mi habitación. A veces paso por Laraña y me quedo mirando aquella esquina. La ausencia del hombre inmóvil está allí... pero en otras ocasiones, esos días en los que el cielo se vuelve plomizo y una fina capa de agua cae sobre Sevilla, una sombra se refleja en el suelo y la silueta de un hombre aparece entre las luces brillantes del semáforo. Hay algunas cosas que el tiempo no se puede comer... o no quiere comerse.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

El Humilladero de San Onofre: flores para mantenerlo con vida

“Cruz sobre pedestal que hay junto a un camino o a la entrada de una población”. Recordabas la definición que ofrecía el Diccionario de Fatás y Borrás. Tus conocimientos se habían ampliado y ahora sabías mucho más. Sabías que un humilladero, además de dicha definición, ayudaba a regular el tráfico en el cruce de caminos en el cual se colocaba. Recordaba a los viandantes la obligación cristiana de arrodillarse ante la señal de la cruz, así como persignarse y rezar. Incluso recordabas que, en algunas ocasiones, los humilladeros servían para instaurar los límites de la ciudad. Ocurría en el de la Cruz del Campo, y ocurría en ese. Pero lo que más recordabas eran aquellas historias de tu infancia. Aquella mano nudosa que te aferraba con fuerza y aquella voz que te decía que, sin saber quién ni cómo, siempre había flores frescas que mantienen con vida el lugar. El tiempo ha pasado. El mundo se mueve y no espera a nadie. Y a veces parece que no espera a nada.


Como las escamas de un pescado, las hojas del calendario se fueron cayendo, desvaneciéndose al paso de los días, las semanas, los meses y los años. Y empezaste a hacer el camino sólo. El puente ya no era el mismo. Los arañazos del tiempo aparecían como marcas de óxido en sus barandillas. Se había convertido en una vía secundaria, apartada del tráfico intenso y relegada al paso de camiones de mercancías o coches de bodas y convites puntuales. La acera comenzaba cuando el puente se hacía dueño del terreno suspenso. Y entonces apareció a tu vista. Aquella construcción que había resistido al tiempo, que había desafiado el paso de los siglos y que ahora se retorcía en una agonía incesante a la espera de su final, que tú esperas no llegue. Desde arriba la primera imagen. Siempre desde arriba. Te agarraste a la barandilla y dudaste si bajar o permanecer aferrado al presente antes de sumergirte en los recuerdos del pasado. Descendiste pausadamente por las mismas escaleras por las que otros pasos te guiaron años atrás. Te acercabas poco a poco y podías sentir que el abandono era mayor del esperado. Todo seguía igual pero dentro de un desconsuelo doloroso e insoportable. En tu interior sabías que quizás, ésta fuera la última vez que lo contemplaras, pues siglos de Historia se quebraban ante la desidia y dejadez del ser humano, pero te aferrabas a la esperanza de que no fuera así.



Ahora sabías más que cuando eras pequeño. Cuando lo mirabas, sabías de qué se trataba y qué secretos guardaba en su interior. Al verlo con estudiada mirada, te convertías en el Historiador del Arte que había en tu interior, y reconocías su estilo, elementos y detalles artísticos. Un templete Gótico-Mudéjar, de cuatro aguas que acaban en cuatro arcos apuntados, herencia del estilo Gótico, pero flamígero, casi rozando el siguiente cambio de gusto. Las puntas de diamante que acompañaban a los arcos dotaban el conjunto de un exquisito valor artístico, pues se relacionaban con el Mudéjar de forma directa. Gótico flamígero, como tu Catedral Hispalense, y Mudéjar, como tantas iglesias y parroquias de tu ciudad. Y todo realizado con piedra del Puerto de Santa María, como la Montaña Hueca de Mateo Alemán. El interior del templete te lo sabías de memoria. Desde la primera vez que tus ojos se llenaron de sus detalles y características. Una cúpula apuntada con dos nervios que se cruzan en el centro, rematado dicho encuentro en una bellísima clave. Y en los rincones interiores de sus cuatro pequeñas paredes en ele a modo de soporte, lucen cuatro magníficas semicolumnas con capiteles de mocárabes. Un precioso detalle que aportaba al conjunto un valor incuestionable y lo catalogaba de joya artística. Ahora bajabas por aquellas escaleras de metal oxidado, y te dabas cuenta que un puñado de años habían servido para azotarlo y maltratarlo. Un nudo comenzó a apretarte en la garganta, pero quedó completamente disuelto al descubrir un movimiento extraño en las sombras del interior del templete. Agudizaste la mirada y escudriñaste lo que tu visión alzada te permitía ver. Nada. Silencio y calor.



Por fin llegaste al suelo y te colocaste frente al templete. El Humilladero de San Onofre. Nunca habías escuchado este conjunto de palabras hasta que investigaste sobre él. Realizado hacia 1431, o tal vez algo más tarde, su construcción está íntimamente ligada al Monasterio de San Jerónimo de Buenavista, y la función que tenía éste de residencia real desde época de los Reyes Católicos, ya que todos los reyes llegaban desde Córdoba por el camino de la Rinconada y pasaban por dicho templete. Fama regia, habías pensado en más de una ocasión. Límite norte de Sevilla y de la leprosería de San Lázaro. En tu barrio siempre había sido el Santo Negro. Avanzaste en su interior y contemplaste la espalda de aquella escultura con tus ojos estudiosos. Un Sagrado Corazón de baja calidad pero alta devoción. San Onofre, el protector de los caminos, vestido con sus propios cabellos y barba, desapareció con el paso aplastante del tiempo. Cuando eras pequeño, tu abuelo te llevaba al Santo Negro, pero nunca era San Onofre. Y fue entonces, al recordar a tu abuelo, cuando los cuentos de tu infancia, aquellas leyendas cuyos personajes vivían atrapados en el pasado, se entremezclaban con la Historia. Rodeaste aquella majestuosa y alta figura que miraba al fiel que se arrodillase frente a su pedestal. Abajo, unas pequeñas flores de plástico flanqueaban otras naturales, ya marchitas, en un jarrón de porcelana blanco, mientras varias velas rojas se apilaban unas contra otras. Tu abuelo te había contado que allí fue donde el caballo de San Fernando paró a beber. Te había contado que una anciana vestida de luto lo vio y comenzó a traer flores. El cortijo de Tercia, donde se encontraba parte del ejército del asedio a la Isbiliya musulmana no quedaba lejos, tal vez fuera cierta aquella historia. O también podría tratarse del destacamento adelantado del Campamento Real, que estaba cerca de la Rinconada. De una forma u otra, tú te inclinabas más porque fuera una leyenda. Leyenda e Historia. Siempre mezcladas en la vida de tu Sevilla. Sopesaste la posibilidad que habías leído sobre un Via+Crucis hacia el lugar dónde te encontrabas, desde San Lázaro. Un Via+Crucis similar al que se dirigía al Humilladero de la Cruz del Campo. No era descabellado, pues la distancia existente entre el ahora Hospital y el Templete del Santo Negro, es la misma o muy parecida a la concurrida entre la Casa de Pilatos y la Cruz del Campo, luego era digno de tener en cuenta. Encerraba mucha Historia tu humilladero para yacer olvidado bajo un puente. Pensaste qué tuvo que sentir el 30 de octubre de 1914 don Miguel Sánchez-Dalp y Calonge, al redescubrir aquella maravillosa arquitectura que, una vez más, te cobijaba del sol.


El Tagarete, que todos llamaban Tamarguillo, te acompañaba con su fresco y rápido susurro. Te diste media vuelta y saliste fuera del templete, bajando la pendiente hasta el borde del arroyo. Subiste de nuevo y te apoyaste en uno de los pilares del humilladero. Observaste el curso del Tagarete acuchillando el terreno hundido algo más allá de uno de los soportes del puente. Hiciste un arco con la mirada y viste la palmera que se pegaba contra el muro. Dátiles y agua. Sonreíste. Los símbolos de San Onofre. ¿Una burla al pasado o una curiosa coincidencia?. Diste dos pasos en el interior del templete. Las marcas de incendios formaban regueros oscuros en el suelo y los rincones. Más allá señales de otros ritos inciertos. Te acercaste al pequeño lienzo de muro en ele delante y a la derecha del Sagrado Corazón. En la pared, marcas de chinchetas y clavos, oxidaban en pequeños círculos la piedra, y dejaban entrever imágenes de santos y vírgenes. Despintadas y carcomidas por los bordes. Imágenes religiosas que te miraban detrás de aquel halo celeste y transparente del despinte del sol. Volviste a colocarte delante de la gran escultura negra. El Santo Negro. Hacía calor. El aire era denso y espeso. Nada se escuchaba. Ningún pájaro. Ni siquiera los coches cabalgando sobre el puente. Un silencio hermético y tremendamente inquietante. Entonces bajaste la mirada. No lo podías creer. Allí estaban. Un escalofrío te subió por la espalda para acariciarte profusamente la coronilla. Frío en el cuello. Tus pequeños cabellos de la nuca se erizaron rápidamente. Un ramillete de flores frescas descansaba en el viejo jarrón de porcelana blanco. A ambos lados, las pequeñas flores de plástico y las velas rojas en su desperdigado orden. Levantaste la vista rápidamente. Miraste a un lado y otro. Tragaste saliva y sentiste un frío inhóspito alrededor de aquel sofocante calor. Silencio. Estabas paralizado bajo la penetrante mirada del Sagrado Corazón. No sabías si tenías miedo o curiosidad. Por fin decidiste moverte y explorar los alrededores rápidamente. Nadie. Estabas sólo. El calor te hizo calmar y el silencio se dilató hasta romper en un continuo murmullo. Como si hubiera vuelto, el arroyo volvió a correr rápidamente por su canal. Los pajarillos cantaban alrededor y las ruedas volvían a cruzar el asfalto del puente. A la espalda de la escultura y fuera del templete, observaste de nuevo aquella maravillosa construcción. Sumergido en la belleza de aquellas puntas de diamante, los magníficos capiteles de mocárabes y las nervaduras del interior, comenzaste a subir la oxidada escalera. Tus ojos volvieron a ver de forma diferente y el análisis acudió a tu mirada. Una profunda grieta partía el arco trasero en dos. Preocupación en tu rostro. Seguiste subiendo y tu cabeza se llenó de nostalgia, melancolía, rabia e impotencia. Un tesoro histórico-artístico, abandonado a la ignorancia y despreocupación de los de siempre.



Antes de llegar a la cima de la escalera, te volviste. Un impulso incontrolable te hizo girar. Te hizo mirar. Y entonces fue cuando me viste. Vestida de luto negro, con mis manos huesudas y atrapada en la Historia y la leyenda. Rezando ante el Sagrado Corazón ahora y ante San Onofre antes. Levanté la cabeza y nuestras miradas se cruzaron en una eternidad de siglos pasados. Parpadeaste y me perdiste. Llegaste arriba y deshiciste el camino. El mismo camino que hacías con tu abuelo. Pensaste que había sido tu imaginación, pero luego recordaste algo. Recordaste aquella voz que te decía que, sin saber quién ni cómo, siempre había flores frescas que mantienen con vida el lugar.

Con el tiempo viniveron dos más. No traían flores. Ambos tenían ojos inquietos y miradas que rebuscaban entre los entresijos del humilladero. Buscaban soluciones. Buscaban esperanza. Buscaban la protesta. No traían flores, pero uno de ellos traía una cántara de agua y otro un caballo con porte de General, y sé que, de alguna forma u otra, ambos elementos ayudarían a traer flores frescas. ¿Que quiénes eran?... ¡Dios sabrá! Sólo sé que harían algo por el lugar. Que esta historia que cuento tendrá continuación. Que estas palabras mías siguen allí... en un lugar dónde se escucharán mis rezos. ¿Dónde?, en las Sevillanadas del General.

lunes, 30 de junio de 2008

Sólo en fotografías

Entonces fue cuando Toñi sacó las fotos. Quizás fueran de las últimas instantáneas de papel cuché. Aún olían con ese peculiar aroma de lo antiguo. De aquello que ha pasado y se ha perdido. Pepe se acercó a su señora. Sonrió anegado de melancolía y recuerdos. La vieja caja de cartón contenía un buen taco de fotografías. Soporte desvanecido de la existencia. Blanco, negro, sepia y color. Figuras y formas que el tiempo se había encargado de convertir en polvo. Personas que vivían en lo más profundo del corazón y el cariño. Aquello que fue y no era ya. Y entonces, entre la amalgama de momentos latentes, apareció ella. Pepe cogió la instantánea. Su pulso ya no era el de antes. Su mirada ya no era la de aquel joven lleno de vida. Pero sus ojos, sus ojos seguían siendo los mismos. Los mismos que la habían visto una y otra vez. Toñi lo miró. En silencio, contempló como su querido esposo tragaba saliva una y otra vez mientras su cabeza se perdía en el pasado. Pepe repasó con cuidado cada rincón de aquella fotografía. Allí estaba él, con cincuenta y cinco años menos. Llevaba aquellos vaqueros que tanto le gustaban y ese calzado deportivo tan cómodo. Pasaba su brazo derecho por el hombro de Toñi, la que con el tiempo sería su señora. Y detrás de ambos, ella. Cuando aún se podía salvar. Cuando aún tenía vida. Pepe suspiró. El nudo de su garganta le oprimía. Casi se quedaba sin aire. Se la habían quitado. Se la habían arrebatado. Él seguía pensando que podía haberse salvado. Derrotado y cansado, dueño de una pesada angustia se dejó caer sobre su sillón. Toñi le quitó la fotografía y la guardó en la vieja caja de cartón.




Era temprano. El verano se hacía sentir como siempre. En Sevilla la llegada de Helios era siempre prematura. Pepe cogió su bastón. Había pasado el tiempo, los años, y el presente era el futuro, pero había algunas cosas que no cambiaban nunca, y el viejo bastón de su abuelo, que luego utilizó su padre, le ayudaba ahora a caminar por su Sevilla. Arrastrando su ánimo y su pesadumbre, llevó sus desvencijados pasos hasta aquel lugar que mostraba la fotografía de la tarde de ayer. La misma que ahora descansaba en el bolsillo de su camisa. Quería verla. Quería ver lo que quedaba de ella. Sabía que su corazón le traería amargura y que los recuerdos lo atravesarían con saetas del olvido. Desde que ocurrió aquello no había vuelto. Hacía ya varios años, pero tenía la imagen grabada a fuego en su cabeza. Era ya mayor cuando sucedió, y en ese momento pensó que no volvería por allí. Sin embargo, hoy tenía ese impulso. Esa necesidad. Y ya le quedaba poco. El frescor de la calle Azafrán se apagaría pronto, pues el calor ya amenazaba. Entonces emergió ante él. Pepe empalideció y su rostro quedó petrificado como si la Gorgona le hubiera mirado con sus ojos malditos.




A su alrededor la gente pasaba. Idas y venidas. Todo giraba mientras la locura se apoderaba de él. ¿Qué habían hecho con ella?, ¿dónde estaba?. Había desaparecido. Los restos de su existencia se acoplaban sin sentido junto a una nueva construcción. La gente comenzó a mirarle. Su corazón le soltó una punzada profunda que le recorrió su cuerpo. Las piernas le temblaron y sintió que la vista se le nublaba. Todo le daba vueltas. Alguien le preguntó algo, y las palabras resonaron a lo lejos. Un par de brazos le ayudaron a sentarse en un escalón cercano, mientras algo se movía con fuerza ante su mirada perdida, abanicándole. Entonces reaccionó. Llevó su temblorosa mano al bolsillo de su camisa y extrajo aquella fotografía. La volvió a mirar. Sus ojos se humedecieron mientras la mirada desprendía una cariñosa melancolía. Suspiró. ¿Se encuentra bien?. La muchacha lo miraba con gesto de preocupación. Pepe asintió con la cabeza e hizo el ademán de levantarse. Los mismos brazos que lo asentaron le ayudaban a recuperar el equilibrio. Hemos llamado a una ambulancia, tranquilo, no se mueva. Dijo una voz a su alrededor. Pepe escuchaba pero no hablaba. Dio un par de pasos para asomarse a la esquina que no había llegado. A la confluencia de Azafrán con Juan de Mesa. Y allí pudo verla. Un escalofrío recorrió su espalda hasta la nuca, y en su garganta, la angustia de los recuerdos le quemaba. Ya no escuchaba nada. Una explosión de sentimientos afloraron inmediatamente. Dos lágrimas comenzaron a descender por las arrugas de los años. Un suspiro entrecortó la respiración. Y una boqueada de aire cedió el turno al llanto. La gente lo miraba, pero él no veía a nadie. Sólo podía ver los restos de aquella amante arquitectura que le habían cautivado desde niño. La torre, y detrás de ella, la cúpula de la Capilla Sacramental.




Dio media vuelta con el rostro surcado de lágrimas. Pepe negó con la cabeza. No necesitaba una ambulancia. Volvió a fijarse en aquella fotografía en color que mostraba la bella Parroquia de Santa Catalina. Acarició el papel cuché. Cariñosamente. Con aquel maldito temblor que le había llegado algunos años atrás. La guardó en el bolsillo de su camisa delicadamente y sonrió a las personas que le habían ayudado. Alguien le dijo algo, pero no escuchó. La joya mudéjar se había perdido para siempre. Entonces recordó la primera vez que cruzó su doble puerta. Las impresiones cuando era niño. Recordó a su Hermandad. Recordó cuando salió por primera vez vestido de nazareno. Todo se había perdido en el pasado. Tan sólo la Capilla Sacramental y la torre recordaban la desidia y la dejadez del ser humano. Pepe no comprendía cómo había podido desaparecer la joya mudéjar de Santa Catalina. Suspiró. El tiempo pasó. Los que podían hacer no hicieron. Y así... fue muriendo poco a poco. Primero un desprendimiento. Luego otro. Y al fin, se la tragó el futuro. En un puñado de décadas, desapareció aquello que no lo había hecho en siglos. Luego llegaron los lamentos. Las protestas. Las quejas... pero ya fue tarde. Y ahora... ahora tan sólo existía en las fotografías que se apilaban en los recuerdos de memorias de cartón. Agarró su bastón y volvió a avanzar hacia su casa. Sus pesados pies enganchados a un arrastre continuo. Silencio. Roto tan sólo por aquel monótono compás de pesadumbre. O quizás fuera lo único que Pepe alcanzaba a oír. Eso, y una vieja canción de aquel grupo de su infancia. Un hilo melódico que comenzaba a crecer en sus recuerdos. Aquella letra lo resumía todo muy bien...


boomp3.com

jueves, 15 de mayo de 2008

Un derribo para la nostalgia

"fue el templo popular de la noche sevillana"

Lo habían cerrado. Todo estaba preparado para borrarlo de la existencia. Pronto desaparecería. Sencillamente quedaría el eco de voces flamencas. Apenas un esbozo. Una cicatriz en la memoria de la ciudad. En el corazón de Sevilla se preparaba el derribo del gran edificio de Aníbal González. La tristeza embargaba a los ciudadanos. Un halo de nostalgia se respiraba en los alrededores de las calles Martín Villa y Santa María de Gracia. Algunos dicen que escucharon cómo de su interior, desolado y vacío, salían voces retenidas en el tiempo. Unos lo achacaban al Arte que se había sentido en sus entrañas, otros hablaban de que el edificio por sí solo tenía espíritu, y que ahora veía su final y se quejaba. No era baladí el elenco que había pisado su escenario. Figuras como Juana Antúnez, María Malvido, La Jerezana, Fosforito, La Niña de los Peines, El Niño de Medina, Antonio Bilbao, El Niño de la Isla. Otros lo dejaron escrito o pintado, como Carlos Reyles o Joaquín Sorolla.


Gracias a la Fototeca de la Universidad de Sevilla


Pero ahora lo mirabas con resignación. Con impotencia y rabia. Los comentarios se hilvanaban en el aire. Mirabas alrededor y pensabas en lo que iba a cambiar esa plaza. Un ensanche para la modernidad. Un derribo para la melancolía. La ciudad cambiaba, aunque no sabías si evolucionaba. Había gente en la plaza, pero a ti te llamó la atención un hombre. Alguien que estaba por encima de los demás. Detrás de aquella enorme escalera. En aquel edificio. Una persona preparaba una fotografía. Te ajustaste el sombrero y fue entonces cuando te diste cuenta que quizás ese momento no cayera en el olvido.

jueves, 10 de enero de 2008

Crema de champiñones

- ¡La crema de champiñones está buenísima!

- Pues a mí no me...

- Pero... ¿tú con que la has probao?

- El otro día no sabía qué hacerme de comer y tiré de la despensa. Me puse a hacer unos espaguetis y encontré un sobrecito de crema de champiñones. La calenté y se la eché a la pasta... pero no me sentó mu bien.

- Po es mu raro ¿eh?. A mí me sienta de lujo.

- Puede ser que me sentara mal porque estaba caducá.

- ¡Claro cojones! Seguro que es eso... ¿cuándo caducaba?

- En octubre del 2005.

- ¡¡Normal!! Quillo, solo a ti se te ocurre comerte una crema de champiñones caducá desde hace dos años y pico.

- Yo que sé... como ahora ha salío el Monteseirín diciendo que los champiñones se deben hacer “sin prisa pero sin pausa” pensé que...

- “Pensé que...”, anda que... vaya tela. También dijo que el Metropol Parasol iba a estar para septiembre de 2007 y todavía siguen los muchachos montando el Tente. Ahora dice que hasta diciembre de 2009 ná de ná.

- Bueno pero ahora va a quedar mu bien, que esta zona estaba mu abandoná, que ahí lleva razón el Monteseirín.

- Abandoná estaba, pero yo la hubiera arreglao, no cambiao radicalmente. Además... ¿cuándo llegó él al Ayuntamiento?

- En el 99 ¿no?

- ¡Eso es! O sea que lleva ya... 8 pa 9 años en la Plasa Nueva... empezó un aparcamiento en la Encarnación (que todavía está la rampa en la calle Imagen), y cuando aparecieron los yacimientos romanos, en lugá de protegerloh los dejó abandonao de la mano de Dios cuando se acabó las excavaciones, hasta que se decidió lo de los champiñones. El mismo que acaba de desi que estaba abandoná la Plasa de la Encarnación. Yo la hubiera arreglao, pero no la hubiera cambiao radicalmente... en fin. Esperemos que termine pronto.

- En diciembre de 2009.

- Si todo va bien ¿no?

- Que sí hombre. No seas negativo. Además... en la Wikipedia ya sale el Monteseirín, y en actividades realizadas, ya sale el proyecto del Metropol.

- Tú sabes que la Wikipedia la hacen los internautas, ¿no?

- Sí, sí...

- Vale... era para asegurarme. ¿Qué crees que pensarán el resto de sevillanos de este retraso?, ¿estarán cansados de plazos incumplidos?, ¿habrán probado la crema de champiñones?



- Espero que no la probaran caducá...

miércoles, 3 de octubre de 2007

El rasero de la vanguardia

Ya tenemos portada para el Real de la Feria del año que viene. José Manuel Peña Jiménez, natural de Mairena del Alcor, ha pensado en el Costurero de la Reina para su proyecto, que presentó en julio con el nombre de “CostureroSevilla”. “Cada vez que paso por delante del edificio me quedo mirándolo. Es un edificio coqueto que me ha permitido conformar una portada de feria hecha edificio y no al contrario”, así se expresaba José Manuel sobre el edificio que le ha inspirado. El Costurero de la Reina tiene esa forma tan peculiar y original que recuerda a un pequeño castillo, anclado en la actualidad en un amplio cruce con rotonda donde se levanta majestuosamente. Antiguamente perteneció a los jardines del Palacio de San Telmo, cuyos dueños eran los Duques de Montpensier, y recibía el nombre de Pabellón de San Telmo. Fue el primer edificio de estilo Neomudéjar que se levanta en Sevilla, fechado en 1893, siendo su autor Juan Talavera y De La Vega. En el momento de su construcción se convirtió en signo de vanguardia y modernización de Sevilla, gracias al duque Antonio de Orleáns, ya que quiso adaptar la corriente orientalista que predominaba en esos años en las islas británicas.


Gracias a Diario de Sevilla

El adornado de lacería árabe neomudéjar y el cuerpo bicolor, rojizo y amarillo, resaltarán una portada diferente a la que nos tienen acostumbrados.
Se podría decir que llega la vanguardia a la portada de la Feria, un cambio que ya se venía barruntando desde que aparecieran aquellos tres grandes abanicos como acceso principal al Real de la Feria en el año 2005. Con este nuevo diseño se rompe la famosa estética de color albero con ventanas de fondos celestes.

En 1992, y con motiva de la Exposición Universal, se realizaron en Sevilla pabellones que entraban dentro de las corrientes artísticas contemporáneas del momento. La vanguardia se plasmó de manera eficaz en muchos de los edificios que poblaron el suelo de la Cartuja para recibir a personas de todo el planeta. Entre esos pabellones se encontraban el de la Santa Sede y el de Cruzcampo, dos edificios que compartían autor, el arquitecto Miguel de Oriol Ybarra. En el momento de su realización constituían un símbolo de la ‘modernización’ y un ejemplo de vanguardia, no obstante Oriol Ybarra está considerado un afamado arquitecto, el cual obtuvo la mayor calificación en City Planning de la Universidad de Yale y es el autor del Centro de Estudios Universitarios Técnicos de San Sebastián, artífice de la remodelación del Monasterio de Alcántara, en Cáceres o de la Torre Europa.


Gracias a Expo92

Sevilla, ciudad de dualidades y acostumbrada a contradecirse a sí misma, ha decidido demoler el pabellón de la Santa Sede, cuya propietaria es la Confederación de Entidades para la Economía Social (CEPES), entidad que la compró hace un año. CEPES se planteó la posibilidad de conservar el pabellón, pero concluyó que no le merecía la pena. Cartuja ’93 ha dado ya el visto bueno a esta formación para que inicie su actividad y ahora queda la autorización de la Dirección General de Patrimonio de la Junta.

Hay algo que no llego a comprender. Nuestro querido Ayuntamiento siempre está proclamando y abanderando una vanguardia necesaria para Sevilla, una ‘modernización’ que nos sitúe a la altura de ciudades tan importantes como Madrid o Barcelona, y para ello pone en marcha varios proyectos que conjugan con una estética artística contemporánea, como el Metropol Parasol de la Plaza de la Encarnación o la reurbanización de las Plazas del Pan y Pescadería, dentro del proyecto Piel Sensible, proyectos vanguardistas, como las nuevas farolas, semejantes a duchas militares, que vienen a sustituir aquellas preciosas farolas fernandinas, la remodelación de la Alameda o la desaparición del Palenque. Planes vanguardistas y ‘modernos’ que ahora contemplan una portada de Feria diferente a las demás, muy original y atrevida, dispuesta a romper con todo lo anterior, y la verdad que de muy buen gusto, pero a su vez, demoler el Pabellón de la Santa Sede, obra de un arquitecto contemporáneo y considerado vanguardista, Miguel de Oriol Ybarra... ¿en qué quedamos?.

¿Cuánto dura la vanguardia?, ¿cuándo ya ha pasado de moda se tira?, ¿os gusta la portada de la Feria de 2008?, ¿es necesario demoler el Pabellón de la Santa Sede?

El Duque de Montpensier creó el Costurero de la Reina según las directrices vanguardistas del momento, y afortunadamente nadie lo destruyó. La vanguardia, y el Arte Contemporáneo en general, son perecederos pero no por ello lo eliminamos, no creo que se derribe la Torre de César Pelli cuando tenga quince años... ¿o sí?

El tiempo arrecia y llueve, el frío comienza a aparecer, pero el agua siempre es necesaria y mis cántaras están frías... ¿queréis un trago?

viernes, 3 de agosto de 2007

Los pañales del Ayuntamiento


Desde Isla y gracias a Er Tato.


Sentado bajo la sombra y escuchando el rumor de las olas, me vino a la mente una sensación de añoranza. Os echaba de menos queridos amigos.

A mis oídos había llegado la noticia de que un famoso tabernero se había instalado por aquí con su chiringuito estival, así pues, cogí mis bártulos y preparé un buen cántaro de agua, con el que mendigaría mi acceso a la famosa red informática. Me acerqué a sus alrededores y vio mis intenciones antes incluso de llegar... y aquí estoy, gracias a su generosidad, para saludaros a todos, pues este humilde aguaó no se olvida de vuesas mercedes.

Este año estoy disfrutando de unas dilatadas vacaciones, sin embargo, sigo informándome de todo lo que ocurre en mi querida ciudad gracias a la prensa, y más concretamente a El Diario de Sevilla. Por este periódico pude comprobar que el ruido ronco y apagado que se advertía en la lejanía del horizonte, no correspondía al faenar de los barcos, ni tampoco a las lanchas y motos acuáticas que se paseaban por el agua, ni siquiera a esos aviones que se pierden diminutos en el inmenso azul del cielo que ejerce como techo. Ese ruido ronco y apagado es del tranvía, el cual supera en un 38% el límite que fija la ordenanza municipal. “El pico más alto que registró el sonómetro al paso del Metrocentro fue de 89’7 decibelios, cuando el máximo permitido es de 65” según el DDS. Ahora tan solo hay tres convoyes, falta uno para completar la plantilla y pasar con una frecuencia estimada de cuatro minutos a 19 kilómetros por hora. De momento no está circulando a esta velocidad ni con esta frecuencia, solo entonces se convertirán en Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis.

Pero dejando a un lado el transporte del futuro, hace poco leí una noticia referente al transporte del pasado que me llamó la atención, por lo estrafalario del asunto y por el problema que trataba, ya que nos encontramos con una situación compleja en ambas partes. El titular rezaba de la siguiente manera: “’Pañales’ especiales para caballos”, en la edición de el DDS del viernes 27 de julio de 2007, donde se informaba el deseo del Consistorio de utilizar dichos elementos que eviten convertir ciertas calles en paseos exornados a base de abono equino y fragancia estercolera.

Los cocheros se niegan aceptar la nueva propuesta del Ayuntamiento, alegando que “los pañales nos crearán problemas a nosotros y a los usuarios, porque los excrementos que se acumulen producirán un olor insoportable, y más cuando tengamos que aguantar cuarenta grados”, agregando además que “sólo algunos caballos aceptan este dispositivo, los que no lo hacen patalean hasta romperlo, por lo que pueden herir a alguien”. En cierto modo, son los cocheros los que mejor conocen el comportamiento de los animales, y es normal que algunos caballos sean reacios a los ‘pañales’. También hay que tener en cuenta el primer detalle aportado por los cocheros, ya que los ‘artilugios’ pueden convertir un agradable paseo por Sevilla y sus fragancias de azahar, en un trote abonado por el perfume y aroma que se suele percibir en el Real de la Feria, pero sin zotal incorporada. La visión de nuestra hermosa y eterna ciudad quedaría, indudablemente, modificada sin justicia alguna.

Sin embargo, la postura y motivos del Ayuntamiento son totalmente razonables, ya que el sistema consistiría en “una especie de ‘bolsa’ donde s acumularán las heces y que irá enganchada a la parte trasera del animal”, según explicó el concejal de Movilidad Francisco Fernández. Dicho invento sería sufragado por el Consistorio hispalense, con el fin de eliminar los malos olores y la acumulación de excrementos en la calle, que como indicó el concejal, “es una situación que ni los turistas ni los propios sevillanos entendemos que ocurran en pleno siglo XXI”.

Los cocheros se lavan las manos en este aspecto, que no las calles, porque según dicen “antes hacía el mismo recorrido que nosotros un coche Lipasam, eliminando en gran medida el olor”, aunque este detalle les corresponde a ellos, al igual que el trato correcto a los clientes, un atuendo decoroso y uniforme como elemento identificador, y el cuidado de los caballos como obligaciones básicas.

El paseo de una hora se cobra a 30 euros, así pues, un cochero puede ingresar al mes entre 3000 y 5000 euros libres de facturas, y además el Ayuntamiento se compromete a pagarles los famosos ‘pañales’, con dinero de los contribuyentes claro está.

¿Qué opináis de este tema queridos amigos?, ¿véis viable los pañales equinos?, ¿cuál puede ser la solución definitiva?

Dicen que cuando agosto llega, un vacío informático cubre el panorama de la actualidad, pero parece que Sevilla, la ciudad dominada por una veleta con forma de mujer, siempre tiene una noticia que debatir, y el calor trae estos días temas variados, desde un botellódromo llamado Edén hasta la llegada del tranvía a la Campana, pasando por “Santa Rufina” en la Plaza Nueva o los tropiezos de un Real Betis que deja en el aire un ambiente de incertidumbre para una tercera temporada de mal juego que puede ser la vencida.

Volveré a mendigar por este chiringuito estival donde un buen tabernero me acoge siempre con amabilidad, cariño y trato exquisito, y a la vez, me da la oportunidad de volver a vuesas mercedes, a las cuales os mando un fuerte abrazo y una buena jarra de agua fría, la cual os será entregada con el primer mensajero que salga para Sevilla.

lunes, 18 de junio de 2007

Adiós al Palenque


Cuando un sevillano habla del Palenque, no se refiere a los restos arqueológicos de la ciudad Maya que se encuentra en Chiapas, el estado mexicano. Tampoco se refiere a esos lugares donde se concentraban los negros cimarrones en la etapa virreinal y comienzos de la República Peruana, donde los alcaldes tenían un completo dominio sobre ellos. No está hablando de la ciudad de Palenque, en la provincia de Colón. Ni tampoco de la lengua hablada en Colombia, cuya invención corrió a cargo de los esclavos negros huidos.
Cuando un sevillano habla del Palenque, se refiere al recinto que perteneció a la Exposición Universal de 1992 que se celebró en Sevilla, y que ahora han comenzado a demoler.

El Palenque se realizó para acoger los espectáculos de celebración de cada país, y cuando concluyó la Expo ’92, permaneció como un recinto preparado para toda clase de eventos, tanto deportivos como sociales, para cenas o congresos, conciertos y discotecas en verano.
La presidenta de Agesa (la Sociedad Estatal de Gestión de Activos), Carmen Rodríguez Ares, autorizaba el desmantelamiento y derribo de este singular lugar para ubicar en estos suelos un centro empresarial. De este modo, la plaza pública que era disfrutada por todos los sevillanos en conciertos, eventos culturales o bailes nocturnos, a partir de ahora va a ser gestionada por Agesa, que construirá como promotora un centro de oficinas, que luego alquilará para mayor beneficio de la señora Rodríguez Ares. Y todo ello con el consentimiento y el permiso del Ayuntamiento de Sevilla. Este detalle es curioso. Hace poco, hasta que el Consistorio decidió el negro futuro del emblemático lugar, en la página de Turismo de Sevilla aparecía el Palenque anunciado de la siguiente manera: “Hoy, espacios escénicos singulares como El Palenque, gran plaza bioclimática con capacidad para 1500 espectadores...”. Para comprobar que esto es cierto, recurrimos a la versión Caché de Google, que como la misma página explica “es la versión Google guardada en el caché de la ‘http://www.turismo.sevilla.org/paginas_es/expo92.asp’ obtenida el 14 Jun 2007 05:49:21 GMT. La caché de Google es la instantánea de la página que tomamos cuando exploramos la Web en forma automática. Es posible que la página haya cambiado desde entonces”, y continúa indicando “Esta página guardada en el caché puede hacer referencia a imágenes que ya no están disponibles” o textos, como es nuestro caso.

Resulta, cuanto menos, curioso que nuestro querido Ayuntamiento proponga este lugar como visita de interés en su página de Turismo, y que él mismo decida su destrucción, borrando así otro vestigio de la Expo ’92, la cual cumplía en este 2007 quince años. Así pues, tenemos que decir adiós al Palenque.


¿Qué opináis vosotros de este tema?, ¿estáis de acuerdo con la demolición?, ¿creéis que el cambio es positivo o negativo?...hay agua para todos. Entrad y echaos un trago.

lunes, 16 de abril de 2007

El nuevo (¿?) transporte

Nuestro querido Consistorio nos propone un proyecto de 'modernización' que empape la ciudad de elementos y detalles acordes con las grandes ciudades europeas, a las que pretende emular. Se fijó en Madrid y Barcelona. De la primera ciudad tomó como referencia la gran cantidad de obras que posee, para así estar a la altura de la capital de España. De la segunda escogió algo más sutil para el paladar: la duración de la Sagrada Familia de Barcelona, la cual lleva en construcción desde 1883, una gran y avariciosa obra que, tras la muerte de Antonio Gaudí en 1926, aún sigue inconclusa, al igual que nuestra Línea 1 de Metro.
Pero ahí no queda la cosa. Nuestro Ayuntamiento, de nuevo atraído por el poder de 'lo moderno', decidió llevar a cabo un proyecto ambicioso y vanguardista: un complejo vehículo que circula sobre raíles en el interior de la ciudad y que se usa principalmente para transportar viajeros. Lo que se viene llamando un tranvía vamos. La idea partió de nuestro querido alcalde, el señor Alfredo Sánchez Monteseirín, autor de frases tan populares como: "Habrá gente a la que yo no le guste, pero a todo el mundo le gustan las obras", o la inolvidable "Qué sería de nosotros los astronautas si no nos dijeran los astrólogos o los astrónomos cómo son las cosas, qué es lo que nos podemos encontrar en el más allá, qué podemos hacer o qué podríamos desarrollar nosotros". Filosofía pura. Surrealista, pero pura.

Telecinco decidió cambiar el nombre del programa cultural "Salsa Rosa" por "Sábado Dolce Vita", aunque el formato y el contenido seguían siendo el mismo, y el señor Monteseirín decidió cambiar el nombre de "tranvía" por el de "metro-centro", para que la forma y el contenido fueran pragmatismo de la tan ansiada vanguardia.

La peatonalización de la Avenida de la Constitución es un completo acierto. Nuestra Catedral, joya indiscutible del Gótico, sufría cada vez más las inclemencias de la contaminación, y pedía a gritos el corte del tráfico por la fachada principal. Sin embargo, no creo que la inclusión en el proyecto de un tranvía sea necesaria. Si tenemos en cuenta el recorrido que realiza (desde la Plaza Nueva hasta la estación de autobuses de El Prado), nos encontramos con la escasa distancia que cubre, la cual nos demuestra su ineficacia. Si a ello le sumamos la gran cantidad de dinero que se está dedicando a este proyecto, sufragado por todos los contribuyentes, en unos tiempos donde la deuda de nuestro Consistorio roza lo histórico, deja como resultado un aire poco atractivo para el nuevo(¿?) transporte. Tan atractivo como las catenarias que exornan la Avenida y San Fernando.



¿Qué opináis del Metro-centro?, ¿qué aporta a Sevilla?, ¿lo verá concluido el señor Monteseirín como alcalde de nuestra ciudad?, ¿nos obsequiará de nuevo con alguna frase profunda?, ¿os gustan las catenarias?, ¿tenéis sed?, saciadla pues, en este humilde rincón de Internet.

Imagen extraída y retocada del TBO de Mortadelo y Filemón titulado "Mortadelo y Filemón contra el Gang del Chicharrón" del genial Francisco Ibáñez.

lunes, 19 de marzo de 2007

Los 'champiñones' de Mayer


Hace pocos años, si preguntabas por el apellido Mayer en Sevilla la respuesta sonaba a salchicha. En la actualidad, aunque la salchicha siga predominando en la contestación general, se suma una cada vez más usual referencia a los champiñones. El de la salchicha, de toda la vida, ha sido Oscar, y el que ahora le hace sombra con sus champiñones, nunca mejor dicho, es Jürgen.

Jürgen Mayer es el creador del proyecto Metropol Parasol, destinado a ocupar lo que actualmente se conoce como Plaza de la Encarnación, donde ya se empiezan a vislumbrar los grandes falos que sostendrán la cubierta. El proyecto, como la mayoría de los sevillanos sabrán, consiste en una estructura ligera metálica de techumbre de treinta metros de altura, que dotará de sombra a la plaza y que contará con varios niveles. Debido a su diseño, comenzó a llamarse popularmente como “las setas”, nombre que la guasa sevillana se ha encargado de ir deformando para convertirlo en “los champiñones”.
Una vez más se tira del término ‘modernidad’ para justificar el radical cambio de una plaza tan sevillana como la Encarnación. La modernidad es algo que se debe convertir en un proceso evolutivo, y no estancarse en varios puntos detallados, que en ocasiones, como en este caso, se realiza en detrimento de un esquema y un sello propiamente sevillano, que será modificado en su totalidad. La Plaza de la Encarnación como hoy la conocemos, desaparecerá para siempre para dar paso a una estructura que en su diseño y forma no esta nada mal, de hecho, me parece un proyecto muy innovador y con una línea muy equilibrada, pero no destinado al centro histórico de Sevilla. No hace mucho, alguien me dijo sobre la famosa torre de César Pelli, que el lugar idóneo era precisamente donde se iba a realizar, ya que se encontraba lejos del casco histórico, y ello permitía una mejor adaptación al perfil sevillano, respetando el sello de identidad de nuestra ciudad. En este caso, sin embargo, no se puede decir lo mismo.


¿Qué opináis vosotros queridos amigos?, ¿cómo creéis que va a quedar la Iglesia de la Anunciación de Hernán Ruiz bajo el techo “ergonómico” de Mayer?, ¿qué aportan los champiñones a Sevilla?, ¿qué ocurrirá con la fuente?... los champiñones de Jürgen pretenden calmar el calor con su sombra, yo os ofrezco mi rincón para que saciéis vuestra sed.

jueves, 8 de febrero de 2007

¿La Giralda del siglo XXI?

El pasado 24 de enero salía elegido el proyecto de César Pelli para Sevilla. El autor, creador de las famosas Torres Gemelas Petronas de Kuala Lumpur, ha optado por un edificio de 178 metros de altura, que significará un coste económico global de 177 millones de euros, siendo 250 millones si se incluyen los terrenos. Se dice que es "símbolo de un tiempo nuevo y de una pretendida modernidad", aunque también hay un refrán que dice "Una golondrina no hace verano". Sevilla está a cuatro años (si se cumplen los plazos) de cambiar su techo de 97 metros por el de 178, de realizar una nueva torre, aunque esta vez con formas y materiales distintos.
¿Qué pensáis de este tema?,¿estáis de acuerdo con el proyecto?,¿qué creeis que puede aportar a la ciudad?,¿es necesaria una torre de 178 metros para ser 'modernos'?... pasad, echarse un trago de agua y opinad.