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sábado, 10 de abril de 2010

Los momentos...

Hoy ya es mañana y no hay pasos. Siempre nos apoyamos en el mañana para no consumir el presente demasiado cuando vivimos la Semana Santa. Siempre queda un día más. Siempre tenemos la esperanza de volver a ver aparecer dos parejas de ciriales detrás de una esquina, o una nube de incienso velándonos la mirada de unas bambalinas. Hoy ya es mañana y Sevilla está vacía de cera. Ya terminó. Ya acabó. Todo pasa y todo queda. Se fue tan rápido como vino y de la misma forma que se desvanece el perfume de azahar cuando el incienso se guarda en navetas de fe. La Semana Santa es una vida que se rueda en Siete Días, una vida diferente a la que se desarrolla el resto del año. Ya lo dijo Caro Romero, "el mundo es ancho y difuso, la vida es una semana". Pero ¡qué semana! Y es así como nos encontramos, tristes y nostálgicos, todos aquellos que vivimos esta vida de Siete Días. Nos abraza la melancolía, con retales quebrados de compasión, cuando amanece un nuevo lunes, que ya no tendrá ni faldones ni varales.


A veces el final se contempla como un palio que se va. El palio se aleja lentamente y deja atrás un sabor agridulce que nos envuelve de melancolía y nostalgia. Una vez más, el tiempo se ha vuelto traicionero y nos engaña con engarces de belleza atrapados en suspiros etéreos y efímeros. El vaivén de unas bambalinas que marcan el compás de los minutos derramados en sílabas de oboe. De fondo suena la Banda de Música de Santa Ana y el bellísimo paso de María Santísima de Regla se prepara para enfilar la calle Argote de Molina. Pronto todo pasa. La quietud virtuosa deja paso al vigor sosegado. La bulla se mueve y sólo queda el rumor de lo acontecido minutos antes. Sevilla se hace y se deshace con una rapidez extraordinaria. Era Miércoles Santo, y sin embargo la 1 de la madrugada anunciaba ya mantillas. Dicen que la Semana Mayor te devuelve a tu infancia, que vuelves a recordar y a vivir como un niño, pero no te dicen que con el tiempo de un anciano. Las calles se beben la cera y en tu memoria sólo permanecen los recuerdos de unos días marcados por la transfiguración de nuestro espíritu. Así me sentí yo cuando la Virgen de la Hermandad de los Panaderos reviró en la calle Alemanes y el reloj se replegó sobre sí mismo para anunciarme la llegada del principio del fin. Fue entonces cuando me di cuenta que el final insinuado durante los primeros días, se materializaba. Ya era Jueves Santo cuando volvía a mi casa y sólo quedaba una Cuesta del Rosario empinada que terminaría en El Salvador Resucitado. El Jueves Santo el reloj nos engaña y juega con nosotros escondiendo un día. Cuando despiertas, ya es Sábado Santo y el epílogo se escribe con azucenas en el seno dorado de La Soledad.


Creo que me estoy haciendo viejo, y no sólo lo digo por la suma lógica de años, o por los nuevos dolores que han surgido en esta Semana Santa, lo digo por otros motivos. Por el paso ineludible, y cada vez más fugaz, del tiempo, y por mi incapacidad de expresión emocional. Cuando somos niños, aquello que nos gusta lo decimos con sinceridad y desechamos los menesteres que obstaculizan nuestra comodidad, regurgitamos improperios sin ser prudentes y entendemos más cosas sin el raciocinio de la madurez. Ahora que soy adulto me cuesta expresar con palabras todo lo que quiero decir en este texto. No se equivoquen vuesas mercedes, no pretendo hacer ninguna crónica de la Semana Santa de 2010. Hay gente que sabe hacerlo mejor que yo, y luego están los periódicos, que demuestran tener grandes redactores con calidad literaria suficiente. Con este texto pretendía escribir mis sensaciones, mis vivencias desde que se abrieron las puertas en El Porvenir y se cerraron en San Lorenzo, pero me doy cuenta que me estoy haciendo viejo y que sólo he escrito dos párrafos de torpes emociones.


Tal vez ya es demasiado tarde para evocar aquellos momentos cofrades que han enraizado en mi alma este año, que se han clavado de la misma forma que las miradas del Domingo de Ramos lo hacían con la Virgen que vive en San Juan de la Palma. Son muchos los finales que tiene nuestra Pasión, pero cuando entra la Virgen de la Amargura, no sólo acaba el Domingo de Palmas, acaba algo de la Semana Santa. Algo se desvanece y se esfuma sin que te des cuenta. Algo se evapora ante tus ojos y sólo eres consciente cuando las puertas de la iglesia se cierran. Entonces sabes que tendrás que esperar un año para volver a ver a San Juan intentando animar a María con las chanzas y corrillos de la calle Feria. Y te quedas perdido entre tanta gente. En soledad, rodeado de personas. Pero este año tenía a mi amiga Rocío. Me había acordado de ella algunas horas antes, cuando el Socorro del Amor endulzaba Cuna mientras Jesús de las Penas se escuchaba andar a través de Pantión. Nos miramos y recorrimos el inicio del Lunes Santo hasta el coche, haciendo balance de la jornada extinta ante las puertas de la Señora de la Amargura. La compañía de Rocío fue otro regalo. Es bonito saber que los recuerdos más bellos de un día pueden ser compartidos con una persona querida. Gracias Rocío.


Si el Lunes Santo me quedo con el inmortal reflejo de la Virgen de las Tristezas y la traición de Judas en la Alfalfa, el Martes Santo siempre tiene un recuerdo fijo que renuevo anualmente. A veces buscamos los momentos y los lugares más precisos del pasado para intentar vivir de la misma forma la felicidad de antaño. El flaco de Madrid, poeta canalla y pirata cojo, lo dijo en una ocasión, o tal vez lo cantó, que “al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver”, pero muchos de nosotros lo hacemos cada año, como peces de ciudad, cuando la Luna de Nissan ilumina el cielo sevillano. Quizás solemos caer en ese error, o puede que busquemos inútilmente sensaciones enraizadas en nuestra infancia, que tienen su eco en una madurez que se empapa de incienso nuevo cada año. Sin embargo, y pese a la frase de don Joaquín, creo que muchos de nosotros lo conseguimos, de forma diferente, pero alcanzamos emociones parecidas anualmente. La Semana Santa se repite todos los años, pero de forma distinta. Nosotros no somos los mismos. Nuestras circunstancias no son las mismas. La vida no es la misma. El tiempo no espera a nadie y la experiencia nos rebaja la candelería de la razón y la infancia la exorna de flores.


Pero el Martes Santo decía, tras divagar entre reflexiones barrocas y olvidar el hilo de este pensamiento abierto, que siempre tengo un recuerdo fijo. Hay un sentimiento que suele repetirse cada año, con sus matices diferentes, pero manteniendo su espíritu intacto. Me tiembla el pulso cuando intento comprender que Juan de Mesa creó la Muerte más Buena, o se me ahoga el aliento al ver llorar a la Candelaria por la calle Alcaicería, pero no son ninguno de esos dos los sentimientos exactos. Contemplé cómo se burlaban los judíos ante el Señor de la Ventana mientras todos los que estábamos en la Alfalfa nos rendíamos ante Él y Su Madre, que me conmovió como hacía años, pero tampoco era ese el sentimiento. Cuando la noche se cierra entre orcos sanguinarios que ignoran el mensaje trazado y la comprensión del respeto, Jesús es Presentado ante una turba ignorante y maleducada que se burla de Él y alborota la entrada del santo de Nursia. Allí es donde vuelvo a sentir, cada Semana Santa, lo que hace unos años palpé con el corazón. En esta ocasión me acompañaba un garabato artístico de aquel arroyo que bajara por el callejón de los nazarenos de la Fundación. Sin capirote y sin bocina, pero con la mirada de nazareno del Cristo de la Sangre, mi amigo Antonio, una de esas personas que te hace sentir bien, exquisita compañía la fría noche del Martes Santo, padre de una fiebre literaria apadrinada por Peyré, fue testigo junto a mí de aquél recuerdo fijo, de aquel sentimiento del que hablo. Y no hay misterio señores. No se trata de algo oculto o prohibido. No es un caso excepcional ni prodigioso. No esperen que anuncie la panacea de la emoción o la inconmensurable sensación del misticismo ascético que pueda sentir un religioso fanático, atado a la columna vertebral de su ideología. Es algo mucho más simple y mucho más sencillo. Mi recuerdo oscila y gira en torno a la mirada de mi hermana cuando abandona el terciopelo morado de su capirote y el Ave María se ha cantado en la Calzá. La devoción brilla en mis ojos porque ella hace que me sienta orgulloso. Ese recuerdo fijo que se renueva cada año tiene mucho que ver con las tardes de nuestra infancia, esas tardes de vídeos antiguos y la película de Juan Lebrón. Es mi hermana pequeña, la que me puede, culpable de ese sentimiento de cariño orgulloso. Tal vez sea porque en ese instante, la memoria me ofrece la visión de aquella infancia, lejana ya, que oculta la mujer que ya es y a la que quiero con locura.


Los crucificados del Miércoles Santo te dan que pensar. Sevilla convierte la Muerte en obra de Arte y los claveles rojos lloran con lágrimas de lirios. No pude ver a San Bernardo, el crucificado de la Escuela de Cristo que me recuerda una tradición de estreno, que vivió su segundo año allá en Cuaresma, cuando los sueños estaban por estrenar y las ilusiones se planchaban con papel de estraza. Decía que los crucificados te dan que pensar. La verticalidad mortal, que pende del madero presagiando el sudario del Sábado Santo, cae a plomo sobre la horizontalidad vital, el mar de personas que la rodea. Dos líneas perpendiculares que confluyen en el punto exacto marcado por el paso en movimiento. En Francos me reencontré con la Sed. Hacía mucho tiempo que no veía esta cofradía. ¿Hay algo más humano que tener sed? El Cristo de Nervión nos recuerda esa humanidad de Jesús, esa debilidad que demostraba su carácter más terrenal. Pero esa jornada está marcada por esa sensación que cité anteriormente, ver alejarse el palio de María Santísima de Regla. Otro de esos finales personales que me hacen consciente de cómo la cruz de guía del tiempo entra con adelanto en la razón de la sinrazón de esa Semana Eterna. Cuando el candelabro de guardabrisas del palio de Los Panaderos desapareció tras la esquina de Argote de Molina, la tierra, hasta entonces detenida en un suspiro ahogado por le exquisita revirá, reanuda su movimiento, pero mucho más rápido, para recuperar el tiempo congelado. Así fue como volví a casa, mientras recibía una llamada de cuatro hachones que esperaban en El Salvador. Por las calles vacías, ya brillaba el augurio de las peinetas.


A mi amigo Guille no le gusta la Semana Santa. Siempre ha hecho incursiones en los siete días de la Pasión de forma discreta, en ocasiones contadas y con motivo de casos muy concretos, como la salida de nazareno de un amigo o en la inmortal Madrugá. Quizás por estas premisas, me extrañó sobremanera que me llamara la radiante mañana del Jueves Santo, ofreciéndome ver la salida de Los Negritos. Y allí estábamos cuando el sol bañaba de luz una jornada brillante y exquisita, rodeados de trajes de chaqueta y mantillas. Me acordé de mi amigo Álvaro cuando observé los balcones que se convertían en palcos provisionales, y en mi amiga Mercedes, y busqué entre los encajes negros unos ojos verdes de gata, pero pronto aparecieron los característicos faroles de caoba y la efigie de Ocampo, don Andrés, el tío de don Francisco, de apellido Ocampo también, que se recordaría esa noche cuando ya no fuera Jueves Santo y el Silencio impusiera su cruz del revés en Sevilla y el Calvario fuera un monte de la Magdalena. Pero en ese momento estaba perdido en la curva sinuosa de Bizancio y en cómo una lluvia de pétalos grababa en mi cabeza mi primera salida de los Negritos. Y luego, una vez más, vi alejarse el palio entre peinetas, me acordé de mi amiga Reyes y sentí como la gente se movía de un lado a otro buscando nuevos destinos. El manto de la Virgen de los Ángeles brillaba al sol y las bambalinas perfumaban el aire con su vaivén, mientras la banda cerraba mi jornada de Jueves Santo. A partir de ahí, nada es lo que parece y los días se confunden para trabarse con los minutos y perderse en el tiempo sin tiempo de lo irracional. Las imágenes se sobreponen y la realidad es una confusión desvirtuada en una cascada de acontecimientos. Deja de ser hoy sin ser todavía mañana y no ha dejado de ser ayer cuando vuelve a ser hoy. ¡Pero qué estoy diciendo! Sólo sé que salí de mi casa el Jueves Santo para volver cuando el Sábado Santo ya era una realidad escondida en las frías calles de Sevilla.


La noche más larga, que termina cuando Las Angustias sienten expirar al Gitano de la cava, empezó como siempre para mí. Dos medallas. Dos escudos. Mi madre me ayuda a ponerme la cola por detrás del cinturón de esparto, mientras mi padre me lo abrocha y me ajusta los bajos. Luego el camino es siempre el más corto, mi abuela me lo señala desde su casa, para cumplir el rito y la regla que dijera don Rafael. Los momentos siguientes serán un compás a boga de ariete, al cuadril mientras la respiración se hace ruán, dos golpes de canasto para bajar el reloj de cera y pasos cortos. Gracias por permitirme, un año más, volver a acompañarte Señor, gracias un año más, por dejarme marcarte el camino Madre del Traspaso. Basílica, cuando todo se ha consumido y Sevilla no sabe si anochece de nuevo o amanece, en el momento en que el sol se asoma por las azoteas de San Lorenzo para contemplar a la Madre de Dios, sin éxito, porque cuando llega a la plaza, solo quedan los vencejos que acompañan a los nazarenos. Siempre por el camino más corto. Y se acaba. Se consume de la misma forma que la luz nueva del Viernes Santo. Se presiente el final cuando mis lágrimas se evaporan tras el antifaz, cuando vuelvo a casa para ser consciente que el epílogo de esta rosa de Pasión está escrito en la cera sin derramar de La Soledad. Como la penúltima levantá de una cuadrilla, acudí esa misma tarde para contemplar el Romanticismo de Sevilla y derretirme con una resucitada Ione tras Buenaventura. Fue el Cachorro quien marcó el ocaso de una noche fría. Me hizo ilusión volver a contemplar a la Sagrada Mortaja después de muchos años, pero me quedo con un instante preciso. Un momento congelado en mi memoria que no hacía otra cosa que retrotraerme a esa revirá del Miércoles Santo. Otra vez un palio alejándose. Otra vez el final escondido en la cera cuajada, derretida y solidificada. El paso del tiempo, oculto en el resquicio abierto a mi mirada, se materializaba en el bosque que precedía la peana de la Virgen de Loreto. Podía contemplar el final. Otro de esos finales. Se había consumido el Viernes Santo. No podía imaginarme que para mí también concluiría la Semana Santa entre la candelería del palio de San Isidoro.


El Sábado Santo, la fiebre me privó de despedir mi Semana Santa frente a la puerta de San Lorenzo, como todos los años. Una llamada de mi General me requería ante la oscuridad de una plaza que vive dos momentos muy diferentes en dos días unidos por el destino precipitado, y sin frenos, de algo inevitable, pero no pude. Y me quedé con la nostalgia de pensar que aún me queda un día más. Me quedé con la melancolía de sentir la ausencia de una jornada que se tornó febril. Y entonces todo se deshizo. Ya no hubo pasos. Ya no hubo incienso. Ya no hubo cera. Se alejó completamente el palio de Los Panaderos. Solamente hubo vacío, pero quedaron estos momentos que os he narrado entre reflexiones vagas de este aguaó que se hace viejo. No hace mucho escuché que la vida no se mide por minutos, sino por momentos. Tal vez estos sean mis mejores minutos, o mis mejores momentos de esta Semana Santa, y sólo quería compartirlos con vuesas mercedes.


Hace unos días, mientras estábamos sentados en el sofá, mi madre cosía hilvanando un volante de un traje de flamenca para la Feria de Abril. Dentro de mi ignorancia costurera, le pregunté si todo el hilo que estaba pasando de un lado a otro, tenía que quitarlo una vez la máquina de coser hacía su trabajo, a lo que mi madre respondió “sí… en esta vida todo es hacer para luego deshacer”. La Semana Santa se hace para deshacerse poco a poco, para volatilizarse y convertirse en un suspiro etéreo que permanece en nuestra memoria hasta el año que viene, y luego pasará como un suspiro, al nombrarla se desvanecerá, pero eso es lo que la hace grande. Eso es lo que hace que esperemos. Hoy ya es mañana y sólo queda esperar. Ya siento el principio de la cuenta atrás de la Luna de Parasceve, de nuevo estoy sentado en el banco de la espera, como haría un padre con su hijo. Y será en Sevilla, como dijo don Antonio Núñez de Herrera… “Tiene mucha importancia ser hijos de Dios… pero mejor ser sus padres. Porque ved que un día entre los días, como en la cumbre del monte sagrado, le dijeron a la ciudad: - Mujer, he ahí a tu hijo. Y era un lirio con siete pétalos a orillas del Guadalquivir”.

sábado, 6 de febrero de 2010

Avatar

“Año 2154. Jake Sully (Sam Worthington) es un ex-marine confinado en una silla de ruedas que, a pesar de su cuerpo tullido, todavía es un guerrero de corazón. Jake ha sido reclutado para viajar a Pandora, donde las corporaciones están extrayendo un mineral extraño que es la clave para resolver los problemas de la crisis energética de la Tierra. Al ser tóxica la atmósfera de Pandora, ellos han creado el programa Avatar, en el cual los humanos "conductores" tienen sus conciencias unidas a un avatar, un cuerpo biológico controlado de forma remota que puede sobrevivir en el aire letal. Estos cuerpos están creados genéticamente de ADN humano, mezclado con ADN de los nativos de Pandora, los Na'vi. Ya en su forma avatar, Jake puede caminar otra vez. Ha recibido la misión de infiltrarse entre los Na'vi, los cuales se han convertido en el mayor obstáculo para la extracción del mineral. Pero una bella Na'vi, Neytiri (Zoe Saldana), salva la vida de Jake, y todo cambia. Jake es admitido en su clan y aprende a ser uno de ellos, lo cual le hace someterse a muchas pruebas y aventuras. Mientras, los humanos siguen con su plan, confiando en que la información de Jack les sea útil”FilmAffinity.


Si usted ha acudido a ver "Avatar" en 3D y ha tenido mareos o ha sufrido molestias oculares, está dentro de los afectados por el nuevo formato propuesto para los cines de España, Europa y el resto del mundo, según las noticias. Si por el contrario se encuentra dentro de aquellos usuarios del cine que no ha visto la película de James Cameron en 3D, no tiene porqué preocuparse por la posible repercusión en los defectos causados en la vista, sin embargo se ha perdido una de esas cintas que dejan un muy buen sabor de boca.



"Avatar" era una de esas películas que no me llamaban la atención. Leí la sinopsis y no consiguió engancharme. Escuchaba las buenas críticas y opiniones de mis amigos que habían ido a verla, pero no terminaban de convencerme. Un fin de semana, tal vez por exceso de recomendaciones, compré las entradas un día antes para asegurarme una buena butaca, aunque estaba seguro que la sala no se llenaría, pero me gusta ser previsor. Acerté. La sala se llenó completamente, a pesar de llevar más de un mes y medio en cartelera. Tenía tres horas de film ante mis ojos y me preparé para la ocasión. Apenas noté el paso del tiempo. Puede que este detalle no sorprenda en una película de acción, pero si a esta información le agrego que la cinta de James Cameron no tiene un guión extraordinario ni una historia espectacular, surgen algunas dudas sobre la calidad de la película. Nada más lejos de la realidad. "Avatar" es un espectáculo visual y auditivo, un film cargado de colorido y efectos sonoros magníficos enmarcados en una buena música, todo cargado de acción a raudales, que deja una sensación majestuosa cuando las letras finales despiden al espectador.



Con una muy buena dirección, James Cameron consigue crear una cinta con un argumento bastante predecible, pero no por ello decepcionante. Sabemos lo que va a ocurrir y los elementos que crean la historia, pero a pesar de ello nos gusta. No posee un guión brillante y lleno de giros sorprendentes, de hecho adolece de esos elementos sorpresa a los que nos tiene acostumbrados su director en anteriores cintas (“Terminator”, “Alien, el regreso”, “Terminator 2” o “Titanic”), pero consigue sumergir al espectador en el mundo de Pandora y concienciarse de la difícil vida de sus habitantes. Con un pequeño toque inocente que acoge la clasificación de todos los públicos y una pincelada Disney sin pertenecer a la compañía (con un malo muy malo incluido) hace que un film con un gran porcentaje de digitalización, se convierta en una aventura llena de sensaciones que todos queremos vivir. Pese a su alto contenido digital, el reparto ayuda a cerrar esta creación con las buenas interpretaciones, aunque no excesivamente brillantes, de Sam Worthington, Sigourney Weaver y Zoe Saldana, de la que sólo podemos ver sus facciones en el mundo Na’vi. Se completa la ficha técnica con la música de James Horner, compositor con el que ya contó Cameron en su ultrapremiada “Titanic”, y la fotografía de Mauro Fiore.



No es fácil. No es fácil pero James Cameron lo ha conseguido. Se ha gastado un presupuesto de más de 250 millones de dólares en crear un mundo fantástico donde el espectador es un visitante de lujo, y lo mejor: lo ha hecho bien. Con un grandísimo mensaje que transmite unas ideas muy claras y deja un regusto excelente, "Avatar" es de esas películas que consigue sacar una expresión de satisfacción a todo aquel que se pase por un cine a verla. Un film que ha sido nominado con cuatro Globos de Oro ganando dos (Mejor Película y Mejor Director) y que entra en las listas de los Óscar con nueve nominaciones (Mejor Película, Mejor Director, Mejor Fotografía, Mejor Banda Sonora, Mejor Montaje, Mejor Dirección Artística, Mejor Sonido, Mejores Efectos Sonoros y Mejores Efectos Visuales). Cameron, ante el grandísimo éxito de su obra, ya ha anunciado que habrá trilogía. Quizás sea porque las 3D me cautivaron, tal vez porque quise ser un Na’vi o puede que, sencillamente, fuera porque me hizo ilusión formar parte de una gran aventura visual y sonora, pero "Avatar" me gustó… además, siempre quise montarme en un dragón. Un ocho en la escala de diez.


¿Habéis visto "Avatar"?, ¿qué os parece la idea de la trilogía?

martes, 29 de septiembre de 2009

Ya no sale

Es un rito. Ya lo dijo don Rafael Montesinos, el rito y la regla. Todos tenemos un rito personal, cargado de símbolos e iconografía propia y familiar. Todos respiramos la tradición y costumbre enraizada en el corazón más profundo de nuestra semilla cofrade. Es así y así debe ser. Llegará el día, y como siempre, nos costará respirar. Llegará y necesitaremos inhalarlo entrecortadamente, como si el aliento fuera denso en nuestros pulmones y le costara entrar y salir. Nos faltará el aire y la emoción silenciará las palabras que sobran cuando hay gestos que lo llenan todo. Y habrá recuerdos, deshilachados en el ambiente por la ausencia de quien se quiere y no está. Será entonces cuando sintamos llegar el momento. Y no se hablará. Y será en silencio. Túnica sobre los hombros. Ya sientes el peso de la estación y el olor inmaculado, sin rastro del paso del tiempo. Huele a una tarde santa. A una noche eterna. Ceñirás cíngulo o cinturón de esparto. Botonadura o cola. Medalla propia y ajena, pero familiar. Y luego, cuando el aire que acaricie tu cara sea el de la calle, cubrirás tu rostro y serán tus ojos la única ventana de tu alma. Escucharemos a nuestras espaldas: ¡mira mamá, un nazareno!. Y habrá comenzado la Estación de Penitencia. Son los nazarenos dueños de su anonimato. El antifaz los convierte en iguales. Todos son figuras aisladas dentro de un conjunto equilibrado. El cortejo de la cofradía. Un año puede faltar uno, pero la gente no se da cuenta. Otro puede tener uno de más, pero tampoco se dan cuenta. Solo la madre, la mujer, el marido, el hijo, la hija, el amigo son conscientes de esa ausencia o de esa incorporación. Para el resto, es una masa articulada que se adapta al horario de paso. Un río de cera ardiendo que antecede al Señor y Su Madre.

Siempre he dicho que mis años comienzan en septiembre. Es en este mes cuando la vida laboral vuelve a ponerse en funcionamiento. Es en septiembre cuando queda un año para las vacaciones. Y es en este mes cuando empezamos a calcular con mayor frecuencia los días que faltan para Semana Santa. En esa cuenta, en la que caen las hojas del almanaque como marchitas manos de árbol, es cuando la ilusión se incuba de manera especial. Se acumula en nuestro interior y estalla el siete de enero, cuando la Estrella de Bagdad aún no ha dejado de brillar en el horizonte. Pero este año será diferente. Este año ya no sale. Dice nuestro amigo Diego que no quiere salir más. Dice nuestro amigo Diego que cuelga su túnica de red internacional. Ya ves, dirán muchos, un nazareno menos para el cortejo. Algunos no lo notarán, gran cantidad de internautas no se enterarán, a otros no les importará, pero muchos de nosotros notaremos el hueco en la fila. Dice nuestro amigo Diego que todo llega. Tal vez ya era hora de no volver a sacar más papeletas de sitio de este cortejo de redes. Tenemos que respetar su decisión, pues no cabe otra, pero no tenemos porqué estar de acuerdo. Yo no lo estoy amigo Diego, porque tus versos me han hecho reír, me han hecho reflexionar. Porque tus versos han traído incienso a mi cabeza, han sido la protesta de todos nosotros. Porque tus versos, amigo mío, me han emocionado. No me lo tengas en cuenta, que ya sé que tengo que respetar tu decisión, simplemente me he drogado demasiado con tus palabras y ahora, cuando vuelva a cruzar LaCava de la red buscándote, notaré tu ausencia en las filas. Son los nazarenos dueños de su anonimato. El antifaz los convierte en iguales, pero muchos de nosotros nos daremos cuenta que este año, cuando el azahar sea semilla y el incienso ni siquiera esté mezclado, nos faltarán los versos de nuestro amigo Diego, Lacava. Gracias por regalarnos tres años de exquisita elegancia escrita. Aquí tiene voacé su casa y, no te preocupes amigo, que dejaremos la puerta abierta, por si acaso se te ocurre regresar.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Estabas equivocado

Llegábamos algo más tarde que otros años. Parecía que estaba saliendo todo a pedir de boca, aunque pareciera ser una trama cargada de golpes de efecto. El hilo argumentativo de esa película en la que todo va perfectamente hasta que al director, o al guionista, dependiendo de la soldadura del cerebro de cada uno, se le ocurre aliñar la historia con un quiebro. Y no una bicicleta o un taconazo llegando a la línea de fondo, pues sería espectacular, sino otro tipo de regate. Algo furibundo para el espectador. Pero, afortunadamente, iba todo sobre ruedas, o sobre zapatillas de esparto olvidadas por deportivas. Mejor, mucho mejor. Pero que todo estuviera saliendo bien no significaba que no llegáramos algo más tarde que otros años. Se notó enseguida. La gente se agolpaba con ansia y el ambiente traía aires cargados de humo aromático, pero aún no se veía ni la cruz de guía. Cogimos asiento frente a la farola que está a eje con la puerta. Un buen sitio. El suelo aún sigue siendo gratis. Desde allí podíamos contemplar la entrada sin problemas. Miré al cielo buscando estrellas. Enfoqué lo mejor posible, pero la contaminación lumínica había guardado las estrellas en la mochila de su luz, así que lo único que pude distinguir fue un negro perfectamente limpio. No llovería al día siguiente. Y casi enfrascado en mis predicciones miopes, el redoble del tambor sonó de la misma forma que huele un petisú recién hecho. Creció el rumor, aumentó el público y pronto regalaron pisotones y empujones a diestro, siniestro, delantera y trasera. Yo saqué mi cámara nueva. Una flamante Canon Reflex Digital que me hacía babear cada vez que la miraba y maldecir a final de mes. No tenía ni idea de cómo usar más de la mitad de los botones que ocupan su dorsal, pero si girabas el objetivo eras capaz de ver las imperfecciones faciales de un niño de dos meses. Poco más sabía, así pues, modo automático. Pulso el disparador y el flash ejerce una erección fulgurante. Presiono con más fuerza y la imagen queda petrificada en el momento exacto. Un instante del tiempo atrapado en un fragmento de segundo. Sientes la luz, ves la luz, pero sólo en tu recuerdo. No eres capaz de seguir el encendido y apagado lacónico del destello, solo intuirlo. Sabes que ha ocurrido, y como prueba de ello, aparece un resorte en tu memoria que queda archivado, pero apenas es una idea. Una impresión fugaz de algo familiar.


Todo es efímero. Me lo habías dicho con naturalidad. Me encogí de hombros y acepté aquella afirmación. Al fin y al cabo llevabas razón. Pero ese día, mientras esperaba al segundo de los pasos, supe que te habías equivocado. Todo tiene un final. La existencia es perecedera y el Barroco nos lo enseñó hace cuatrocientos años. La Semana Santa es barroca en su mayor parte. Contemplé aquel río de capirotes morados de hermanos nazarenos avanzando por la calle Oriente y girando en San Benito para aparecer su blanco inmaculado. El desgaste y la erosión se hacen patente en cada una de las marcas hechas por las horas. Los cirios han consumado el tiempo, y éste se ha evaporado en volutas negras y derretido en recuerdos sólidos. La cera puede ser un ejemplo brillante para ilustrar esta reflexión. Cuando los años hayan llenado de polvo el alma de la memoria, las cenizas de la vida sustituirán nuestra existencia. Fue entonces cuando me di cuenta que te habías equivocado, al ver aparecer al Santísimo Cristo de la Sangre. Tambores y cornetas para un Crucificado de suma elegancia y clase exquisita. Música para los cuatro clavos de la calle Oriente. Se siente el aire de Juan de Mesa en las manos de Francisco Buiza. Se palpa el Amor en la Sangre de Cristo. Giró y avanzó por la calle para encontrarse con la puerta. Desde hace años espero el segundo paso con otras cosquillas diferentes, con un interés especial. Y allí estaba el bosquecillo de ángeles mancebos, el Sacramento y el Hijo de Dios. Un nazareno levanta la mano. Lleva bocina. Yo te sonrío, intento saludarte y hago el mayor de los esfuerzos por hacer una foto decente. Al menos que se vea bien. Lástima. Otro año será. Me dio coraje porque no pude acercarme para decírtelo. Para comentarte que me había dado cuenta que estabas equivocado. Luego pasaron los días, las semanas y los meses. Nos vimos, pero nunca te lo he dicho. Y ahora, intentando escribir algo con sentido para ti y tu cumpleaños, me acuerdo de este momento. Menuda entrada que me está saliendo... ¿aún no sabes por qué estás equivocado?



Amigo Antonio, a veces nos da la sensación de que pasaremos desapercibidos en la vida. A muchos les preocupa este detalle pero para otros, no deja de ser algo inevitable. Me dijiste que es efímero cuanto nos rodea, que todo es perecedero. Quizás sea así. Algunos momentos son destellos cegadores. Imágenes desvirtuadas por el paso del tiempo que han perdido su nitidez. Recuerdos atrapados en figuras sin color. Son la pincelada fulminante de un instante atrapado en la memoria. Como la luz del flash. Sabemos que ha ocurrido y las sensaciones que tuvimos permanecerán intactas. En otras ocasiones, sin embargo, somos conscientes de cómo se derriten los años a nuestro paso, y aflora la angustia por el apetito voraz del tiempo. Todo se consume, como el cirio que nos acompaña en nuestra Estación de Penitencia. Cada año, una velita más en la tarta de la vida. Esta es la teoría y, casi siempre, la realidad. Pero la noche del Martes Santo, cuando contemplé el rostro del Cristo de la Sangre, su bello perfil compacto, más reunificado que el mesino del Amor, me di cuenta que no llevabas razón. Un hombre como tú no debe preocuparse por lo efímero o por el paso del tiempo. Lucía y Martín aprenden contigo los valores necesarios para moverse en este mundo que cambia cada día más. Lo sé porque lo he visto. Eso es suficiente. Esto te hará imperecedero porque ellos se encargaran de transmitirlo, como tú lo hiciste. Será la mejor forma de evitar la fugacidad de los momentos. Y luego está Él. El Cristo de la Sangre. Muchos de nosotros lo relacionamos contigo, y Él, amigo mío, no es efímero. Es eterno.


Para mi amigo Antonio en el día de su cumpleaños, dueño de un Callejón y de un Arroyo, palangana (nadie es perfecto), buen filósofo, gran persona, merecedor de una entrada mejor...

sábado, 6 de junio de 2009

Seis de junio, dos genios

“No sabemos lo que hacían los padres de Velázquez. De ser hidalgos, ‘con lustre’, no harían nada, sino vivir de las rentas o propiedades que pudieran tener. Si eran conversos o cristianos nuevos, es probable que se dedicaran a alguna actividad. Su hijo primogénito, Diego, nació el 1599; fue bautizado en la parroquia de San Pedro el 6 de junio, siendo padrino Pablo de Ojeda” - Julián Gállego

Cuatrocientos diez años que nació don Diego. Felicidades querido pintor. Gran genio.
1599-2009

* * * * * * * * *
Du Guesclin nació un 6 de junio. No Bertrand, el general francés, sino Sergio, nuestro general, sevillano, para más señas, que alumbra el camino del conocimiento de esta tierra mariana. Batallador y luchador nato, investigador pasional y arquitecto profesional, historiador vocacional y nazareno de la más bella de Las Angustias.

Felicidades don Sergio, general que nos enseña la Historia de esta bendita ciudad. ¿No sabéis quién es?, quizás ahora sea un buen momento para conocerlo, allí donde sus Sevillanadas son el azote de la ignorancia y la desidia contra el Patrimonio.

martes, 2 de junio de 2009

A day in the life


Cuando la rutina desaparece convertida en trizas por una bofetada que te despierta, que te sumerge en altas dosis de realidad, el aire se vuelve denso y espeso. Casi inexistente. La atmosfera se contrae en un velo grueso que se ciñe a tu rostro sin dejarte respirar, apretando cada vez más, pero sin llegar a ahogarte completamente. Al principio deseas zafarte de esa barrera que te impide respirar, o al menos, que te retrasa la toma de oxígeno necesaria para mantenerse con vida. Te sientes como si practicaras submarinismo, pero sin tubo ni gafas. Una experiencia pueril, recuerdo de nuestra infancia, cargada de un riesgo inexistente. Tu cuerpo ya está mojado. La superficie te besa en el cuello. Sólo la cabeza se resiste, preparada en el exacto momento para retener el aire. El tiempo, aún en el exterior, no se ha sumergido. Aprietas la nariz fuertemente con el pulgar y el nudillo del dedo índice, abres la boca ampliamente y aspiras con fuerza, llenando tus pulmones con una extensa bocanada de aire fresco. Luego llenas tus carrillos sin soltarlo. Estás preparado para la inmersión. Y entonces desciendes hasta las sombras del corazón marino, donde la realidad es más densa, más lenta, más borrosa de contemplar, menos ruidosa, pero no por ello más tranquila. Todo se vuelve extremadamente espeso y pesado. El tiempo pasa más despacio, pero no se puede bucear eternamente con un pulgar y un dedo índice en la nariz. Tocas la arena con la punta de tus dedos, suave alfombra granulada que se deshace en delgados hilos de placentera caricia. La presión aumenta, pero no puedes subir a la superficie porque tienes que mantenerte cerca del suelo. La realidad, en ocasiones, está tan cerca de la tierra, que alejarse de ella sería evadirse de nuestra propia existencia. No sabes cuánto tiempo ha transcurrido, pero empiezas a pensar en el aire. El esfuerzo crece y no paras de bracear con dificultad para mantenerte sumergido, mientras tus pulmones adolecen de un oxígeno que no llega y comienza a desaparecer. Vuelves a tocar la arena y su roce te tranquiliza, pero la calma es finita. Tus ojos observan pasar la vida con parsimonia, pues todo parece fluir lentamente bajo el agua. No hay tiempo real, sólo insinuado, pero necesitas aire. Necesitas volver a la superficie. Evadirte de la realidad profunda. Ya no existe la rutina de un oxígeno al alcance de una respiración pausada y rítmica, solo bocanadas de aire fresco de vez en cuando. Subidas a la superficie para aislarte de esa sima subterránea, donde la penumbra reina en contra de la luz y siembra de desconcierto tu vida diaria. Es la nueva rutina. No puedes más. Los ojos te escuecen y no puedes llorar. No sabes reír y te cuesta trabajo mantenerte sin impulso. La presión en tu pecho crece y la vista se torna en manto oscuro salpicado de puntos brillantes. Exhalas un par de volutas de aire que se transforman en dos enormes burbujas. Aire que se libera convertido en dióxido de carbono. No puedes tragar. Sientes una punzada en la nuca que te atraviesa con un dolor indescriptible y la garganta se pliega sobre sí misma. Todo da vueltas y la angustia aumenta considerablemente. La ansiedad se apodera de tu conciencia, la poca que resiste, y te giras para mirar hacia arriba. Hacia la luz. La superficie. Necesitas subir para respirar y aislarte de esa realidad que tocas con tus manos y se desvanece en el agua, porque abajo no hay aire. Tu sien te martillea, la cabeza te da vueltas, y las piernas comienzan a fallar. Cuando crees que no vas a llegar, el sol baña tu rostro y el agua se escurre por tus mejillas. Has salido al exterior. Fuera de la realidad densa y espesa. ¿Estás soñando?, tal vez sólo se trate de una pesadilla, pero ahora da igual, sólo quieres respirar. Tomar aire. Llenar tus pulmones. Quieres sonreír, y reír, y respirar, y hablar, y chillar, y respirar de nuevo. Pronto habrá que sumergirse otra vez, porque ahora la rutina está en esa penumbra compacta y apelmazada, no lo puedes olvidar, así que es bueno respirar. Así era como se sentía él. Cogió aire y su vista se aclaró antes de volver a lo difuso. Incluso podía escuchar un sonido. Un piano… un toque orquestal. ¿Qué demonios….?, es música.


Entonces apareció en la superficie, y el sol calentaba su cuerpo. Y la arena era sólida y no flotaba en el agua. Sacudió su cabeza se incorporó y observó la costa dorada que se extendía ante su mirada. Excesivamente pequeña. No era una isla, más bien simulaba una roca flotante, a la deriva, como un iceberg sin hielo. Apenas cincuenta o sesenta metros cuadrados en círculo. Arena o piedra, le permitía descansar de su sempiterna inmersión subacuática, mientras aquel respiro de aire fresco le perdurara, o el sueño estallara en veinte mil punzadas de dolor submarino. Pero la música no dejaba de sonar. Un piano y una voz. Aquello no era la realidad, y él lo sabía. La superficie ya no era la rutina, sino algo especial y fuera de lo común. La anormalidad de una locura transitoria que sentaba realmente bien. Algo razonable dentro de una irracionalidad surrealista. Comenzó a rodear la pequeña lengua de arena, y los pasos se iban alargando, y la arena iba creciendo y la tierra se iba ampliando. Había más terreno conforme avanzaba. De un impulso casi innato, sus piernas, entumecidas hace unos segundos por el esfuerzo del buceo diario, empezaron a trotar, y pronto se vio corriendo. Corría con todas sus fuerzas. Abrió los brazos y sintió cómo una brisa tibia secaba su cuerpo empapado de realidad y el sol bañaba su rostro. Sintió ganas de gritar y gritó. Sintió ganas de chillar y chilló. No paró de correr. Cada vez más deprisa. La arena no se acababa y seguía extendiéndose sin descanso. Cuando una punzada cruzó su costado derecho y el corazón palpitaba con fuerza en su pecho, se dejó caer, totalmente agotado, pero sonriendo. Ahora era consciente de que aquel descanso, aquella toma de aire, era diferente de las demás, pues se extendía su periplo en la superficie. Miró al cielo. Un azul diferente. Azul intenso y casi mareante, en una perfección inmaculada, concebida con una tonalidad fija e infinita. No veía nada más, pero sí escuchaba. Música de nuevo. Se incorporó y ya no había arena a su alrededor. Tres mesas unidas preparadas para un festín nocturno. El sol ya dormía en el horizonte y todos le esperaban en la mesa para comenzar la cena en un lugar extraño, allende la ría de Bilbao, cerca del monte Sinaí, donde el carvajo no era un árbol de tronco grueso y grandes ramas tortuosas, sino un bar de veladores con flamenquines muy decentes y mechá muy insolente.


Tomó asiento y observó la compañía de la que gozaba, reunida en una estampa singular, y aunque surrealista, más considerada como temática Pop que del manifiesto de André Breton. Se acordó de Peter Blake y de su portada para el disco de Los Beatles “Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band”. El artista Pop había utilizado un collage impresionante de personajes conocidos, todos apretados, asistiendo a un funeral desconocido. Pero en esta ocasión no existía ningún sepelio, pues lo más luctuoso de los congregados eran algunos matices de negro, como alivio de luto, tal vez, en un ambiente distendido y agradable. Esto era más de lo esperado en una usual bocanada de aire fresco. Se imaginaba al señor Blake y su entonces esposa, Jann Haworth, reunidos más allá, observando la escena para un nuevo collage como la portada del disco de los escarabajos. Allí estaban casi todos, huecos vacíos de ausencia se dejaban sentir, pero la cena colorista se completaba con comensales de la más variopinta locura, a veces necesaria para acudir a la verdad del mundo. Una serie de personajes tras la línea del anonimato, quebrada en aquella isla flotante de asfalto, donde los rostros dejaban atrás una realidad inventada. A la mesa, el Sr. Andreu, que aparcaba un espejismo de seriedad de lo visto y oído para declamar con bromas y buen humor, su verdadera forma de ser. A su lado, su Estrella, que no se llama así, pero posee las virtudes de un astro nocturno, pues brilla, y siempre supone la mitad perfecta a la pieza de su compañero. Juan reía detrás de su barba, alumbrado por una luz de gas eléctrica, y quizás el modelo a seguir por Peter Blake, pues era el único actor, con radio incluida, que comía esa noche. También estaba allí María de las Mercedes, muy guapa, y a pesar de ser Borbón, sin obedecer a las leyes del paso del tiempo, engalanada con bella vestimenta y haciendo halago de su anacronismo favorito. No sería el primero de aquella cena suspendida en la inconsciencia de un día ilógico y predecesor de otro más irracional si cabe. Acompañaba a Su Majestad un Fiscal, pero no de despachos amplios y tribunas de madera que preservan la ley de la justicia… no. Eso no. Otra clase de fiscal, amante de vértebras dorsales y mantos recogidos en la cintura. Más allá, en el vértice opuesto de la mesa donde se sentaba él, un zapatero recortado sobre fondo verde, se abanicaba el calor que se adhería con fuerza a los cuerpos. Y aunque todo pueda indicar que era un insecto, no lo era, pues la ficción a veces juega malas pasadas. Fue así como el Rocío de una mañana valverdeña, aún lejana, se materializó de la mejor forma posible. A su lado, Martín. Martín era sencillamente Martín, y eso era lo más espectacular de aquel niño que no necesitaba máscara, que reía cuando quería y protestaba cuando algo no le gustaba. Quizás fue observando a Martín, sencillamente Martín, cuando se dio cuenta que los adultos habían perdido esa libertad de reír cuando desean y protestar cuando algo no les gusta. La paciencia era la máxima virtud que atesoraban sus padres, dueños del Callejón de los Negros, también presentes, aunque el verdadero propietario era bocina del Cristo de la Sangre. Martín tenía una hermana, que también acudió a la cena, pero ya no era sencillamente una niña, sino una brujita cuyo perfil se recortaba en un fondo rosa chicle. Su nombre sonaba a composición de Serrat, y su cara era tan bonita como la letra de dicha canción. ¿Qué es esto?, se preguntaba. Miró a su siniestra y observó dos ojos azules que le sonreían Por la puerta trasera de una agradable sonrisa. A su diestra, el sarcasmo y la ironía tomaban forma en una Gata de ojos verdes y nombre de capital de imperio, toda una teoría del caos hecha persona. ¿Y él?, ni siquiera se había mirado.


Vestía de negro, pero no era luto. Y respiraba. Tomaba aire en sus pulmones de una forma inusitada. Tranquilamente y deleitándose con cada bocanada, pues no sabía cuando tendría que volver a sumergirse en la realidad. Y si aquello, finalmente, no era más que un sueño, estaba plácidamente despierto en una ficción onírica. Peter Blake no podría haberlos retratado mejor. Se acordaba del pintor inglés pop. O del Pop del pintor inglés. No sabía quién era el Sargento Pimienta. Más tarde llamó alguien, pero no era el sargento, pues resultó ser un general francés, también anacrónico, que no había podido acudir a la cena. De algo estaba seguro, y es que después de sobrevivir a la última inmersión, él no era aquel sargento que buscaba en los demás. Aunque tampoco creía que ellos fueran los integrantes de la banda del club de corazones solitarios. Todos eran buenas personas, de buen humor, mejor carácter y agradable compañía. Todo era muy divertido y tenía ganas de reír. Él, que en ocasiones se olvidaba de lo que era eso. Entonces cayó en la cuenta… Blake no podría haberlos retratado, por mucho que aquella escena le recordara la portada del disco de Los Beatles. El artista del Pop Art pretendía una protesta inusitada de la realidad de su tiempo. Una verdad oculta por la banalización de lo importante y la elevación sagrada de lo superficial. En los altares estaban la fama, el dinero, las imágenes comerciales, la parte individual de una sociedad inundada por nuevos iconos célebres que ocultaban todo lo anterior. La realidad de los sesenta se convierte en un collage que superpone los nuevos clichés, anónimos algunos, otros famosos personajes que encarnan los modelos que la sociedad pretende seguir, en una constante adoración. Detrás de esa superposición de planos quedan los verdaderos modelos de la vida, los sueños, las esperanzas, las metas, los trabajos, abandonados a favor de una ideología de estrellato contemporáneo, nueva e innovadora, frente al viejo pensamiento desligado de una exitosa realidad de fama efímera. No. Nada de lo que allí se contemplaba tenía que ver con eso. En aquella cena tan real como la fiesta de no-cumpleaños de Alicia, y tan ficticia como el montadito de mechá sin sabor, había gente que no ha perdido sus valores. Las máscaras cayeron sin necesidad de soltar amarres. Y la memoria ya no incluía el esfuerzo de respirar. El ritmo se adaptó perfectamente a la existencia onírica, si realmente era un sueño. Tal vez ni él mismo se había dado cuenta.


Lo de Bohemia fue un insulto. Allí se acabo la noche. Murió el día sin necesidad de que comenzase otro y un escalofrío le recorrió su cuerpo. Si se marchaba y volvía a dormir, tal vez despertaría en su otrora pesadilla de rutina. Tenía que mantenerse despierto. O soñando en esa superficie móvil que había encontrado. Ese pedrusco donde naufragó llevado por la marea, cuyo perfil cambiaba vertiginosamente y le ofrecía oxígeno gratis. ¡Gratis!. A veces un pensamiento horrible cruzaba por su cabeza. La comercialización de oxígeno a precio exagerado le causaba pavor. Y el caso es que sabía, porque no se le olvidaba, que adolecería aquel aire cuando tuviera que volver a sumergirse. Inmersión inmediata cuando sus ojos se cerraran para abrirlos bajo el agua. Pero ahora estaba en Bohemia, un insulto cuando la Rapsodia era sustituida por el zumo de mambo, perfecto para encender los motores de una brasileña que bailaba a ritmo desbocado. El resto fue breve. Y la arena cayó tan rápido del reloj como el agua desciende por una cascada. Agua… eso le recordó su inmersión. Se agobió y decidió no dormir. Diáspora de comensales. Como si de un espejismo se tratara, se desvanecieron los protagonistas de la cena. Estaba sólo otra vez, seguía sonando música, aunque no la reconocía, pero la isla permanecía a flote y él había decidido no dormir.


Sin saber cómo el tiempo avanzó, y sin estar dormido pero tampoco despierto, observó a la Esperanza. Y de eso sí se acordó. De su figura perfilada en el azul del cielo. De su tez morena. De su contoneo. Por eso quizás flotaba y oscilaba entre el ensueño etéreo y la realidad que estrechaba su isla. Pero estaba cansado. Agotado. Y tenía miedo. Un miedo indescriptible. Un pánico que había vivido anteriormente y que ahora volvía con una normalidad extrema, como si estuviera todo preparado para esa vuelta. Una preocupación le angustiaba y le rodeaba el cuello en un esbozo de llanto. La realidad, o tal vez aquel sueño que comenzaba a desvanecerse, estaba desvirtuado. Las imágenes aparecían a través de un cristal esmerilado. No supo nada más, pero tampoco se acordaba de cómo había llegado hasta allí. Sin saberlo volvía a tener el agua al cuello. Sintió que sus piernas le pesaban como dos barras de plomo. Intentaba mantenerse a flote. El final de nuevo. Otra vez a coger aire. No era rutina el aire que respiraba, sino pura y dura exclusividad, alcanzada sin esperarlo y arrebatada de la misma forma. ¿Había sido un sueño y acababa de despertarse o era ahora cuando cerraba los ojos para volver a tener una pesadilla prolongada?. No lo sabía, ni tenía mucho tiempo para pensarlo. Miró a su alrededor. Agua. Sólo una superficie dúctil y blanda, decidida a tragársele. La música que le había acompañado durante aquel día largo, o quizás doble jornada, se perdía en el aire. Ese ansiado aire. Entonces apretó su nariz con el pulgar y el nudillo del índice, cogió una bocanada de oxígeno y se dejó lastrar por la atracción de la realidad. Cuando llegó al fondo abrió los ojos. Borrosidad de nuevo. Todo atrapado en aquel mundo lento de visión turbia e imprecisa. Tocó la arena, como siempre hacía, deslizándola entre sus dedos. Y fue cuando sacó algo. Se le escaparon dos grandes burbujas de la sorpresa. Las lágrimas son más saladas cuando la amargura es mayor. Lloró y el agua se volvió dulce comparada con aquel llanto. Sostenía entre sus manos el escudo de su equipo. En lo más profundo. En la penumbra. ¿Era un sueño?, no. Era la realidad convertida en pesadilla. La música traspasó la densidad del agua. I’d love to turn you on¿entusiasmarme? Pensó. Y los recuerdos acudieron. ¡Ya está!, aquella canción de Los Beatles. El sargento Pimienta. La cena con aquellos personajes tan amables. Y su equipo. Bajo el agua, con los carrillos inflados y la visión entumecida, supo que estaría con su equipo en el hundimiento y cuando volviera a la superficie. Ahora y siempre. Me encantaría entusiasmarte




viernes, 15 de mayo de 2009

Pasatiempo

A continuación os propongo un pasatiempo:
Descubre las diferencias y rodéalas con un círculo


Quizás sea difícil, pues las diferencias no siempre aparecen exteriormente. O tal vez no las haya. En cierto modo me recuerda al siguiente vídeo, donde una misma imagen puede ser vista de forma muy distina, aunque pueda parecer que nada haya cambiado de una a otra.



¿Hay diferencias de la temporada pasada a ésta?, ¿cuál es el locutor que os gusta más del vídeo?, ¿ganará el Real Betis al Almería?, ¿hay diferencia de esta temporada a las tres anteriores?, ¿os gusta la jugada del vídeo?, ¿bajará el Real Betis a Segunda División?, ¿qué pasará el año que viene?, quizás vuesas mercedes puedan ayudarme con estas dudas existenciales. Os vertiré agua fresca mientras opináis...

* * * * *
(Nota del domingo 17 de mayo)
Real Betis 2-0 Almería
¿salvados?

martes, 5 de mayo de 2009

Lección de Conan

De la aventura "La búsqueda de la Corona Cobra"


Corresponde al ejemplar americano "The Savage Sword of Conan 41"
Guión: Roy Thomas / Dibujo: John Buscema y Tony DeZuñiga


- y le llaman bárbaro -

domingo, 26 de abril de 2009

Paciencia

Como cada día se puso la ropa del trabajo. Los pantalones de pinzas negros y la camisa blanca. Exquisitez pulcra de un inmaculado traje de espera. Ciñó las mangas, anchas por el paso del tiempo, ese maldito reloj que no cesa de pasar para el resto de mortales, pero que a él se le congeló sin que se diera cuenta. Luego abrazó al chalequillo desde dentro. Zapatos negros, lustrados con todo el primor y pulcritud de una buena mano acostumbrada. Y así un día más. Así de nuevo rueda el tiempo para el resto del mundo, menos para él. Esclavo de los minutos congelados, en una eterna espera que se convierte en una compañera fatal. No existe el tiempo. Los segundos son personajes desconocidos cuyo rostro ignora. Las horas, bellas damas que se fueron cuando el retraso de una llegada fantasma hizo presencia. Los días apenas se hacen notar en reflejos diurnos temporales, que dan paso a un velo negro de recogida. Y luego vuelta a empezar. Otra vez. El bucle en espiral de una historia interminable que repite sus frases cada día. Un cuadro dentro de otro cuadro. Y fue así, y es así, como pasan las jornadas. Primero los días, luego los meses y más tarde, casi sin darse cuenta, los años. Porque él no envejece, sólo espera. Y cada mañana, al despuntar el alba, se vuelve a vestir con ropa de trabajo, a pesar de estar ya jubilado. Se enciende un habano y cruza los brazos, rodeado de la soledad y el silencio. Hoy es domingo, pero eso no le importa, pues el domingo de un jubilado antecede a otro domingo.



Edward Hopper - Sunday (Domingo)


Está jubilado de la vida, pero nunca deja de esperar. Vive en un tiempo sin tiempo, donde la luz es el único indicio del paso de las horas, pero sin conocimiento exacto. Lo único que se consume es ese puro a medio fumar, que está suspendido dentro de la calma total. A veces, cuando le gente lo observa, se da cuenta que no mira a ningún sitio. Su mirada está vacía y parece estar atrapado en un mundo sin vida. Vacío a su alrededor, vacío en los escaparates, vacío en la ciudad… vacío en su espíritu y su alma. Está sólo. Resignación de algo que presientes, pero nunca termina de suceder. Dicen que está esperando, que a veces, cuando alguien se le acerca, dice que vendrá. Que ella llegará. Que todo saldrá bien. Que sólo necesita algo de tiempo. Tiempo… precisamente lo que se nos esfuma de las manos constantemente, a ese hombre, sentado con sus pantalones negros y su camisa blanca manchada de chalequillo de luto, le sobra. Vive atrapado en una balsa sin salida, donde las manecillas del reloj han muerto. Nada se mueve. Aferrado a un cabo de esperanza en cuyo extremo aparece una promesa en labios de carmín. Constantemente esperando sin el menor atisbo de llegada. Esperando, en ocasiones, sin saber quién es, qué es o dónde está. Evaporándose en un torbellino de preguntas entrelazadas, que la inmortalidad de la espera le impone sin piedad. Prisionero de un cuento de nunca empezar. Sin embargo, aquel hombre, perdido y náufrago, aguarda algo. Dicen que de vez en cuando rueda una lágrima por su mejilla. La gente lo mira y encuentra en él un símbolo de la soledad, pero algunos dicen que musita algo de vez en cuando. Dicen que con la vista perdida en el fondo de la nada, articula palabras de esperanza. Dicen que habla de una mujer, la más bella que haya conocido nunca nadie. Dicen que entonces, sólo en ese momento, sus ojos brillan con una luminosidad iridiscente. Que llegará algún día. Que todo saldrá bien. Pero sobre todo, la gente que ha tenido la oportunidad de escucharle, dicen que la palabra que más se le escucha, ahogada entre suspiros, es paciencia. Que sólo necesita un poco de paciencia. Sólo un poco de paciencia…

(1..2...1, 2, 3, 4)
Me cayó una lágrima porque te echo de menos
Aún estoy bien para sonreír
Chica, ahora pienso en ti todos los días
Hubo un tiempo en el que no estaba seguro
Pero pusiste mi mente agusto
No hay duda de que ahora estás en mi corazón

Dije, Mujer, tómalo con calma
Funcionará bien por sí solo
Todo lo que necesitamos es un poco de paciencia
Dije, cariño, hazlo lento,
Y estaremos bien juntos
Todo lo que necesitamos es un poco de paciencia
(Paciencia)
Mmm, sí...

Me siento aquí en las escaleras
Porque preferiría estar sólo
Si no puedo tenerte ahora mismo,
Esperaré querida,
A veces me pongo tan tenso
Pero no puedo acelerar el tiempo,
Pero tú sabes, amor,
Que hay algo más que considerar.

Dije, Mujer, vayamos despacio
Y las cosas saldrán bien,
Todo lo que necesitamos es un poco de paciencia
Dije, cariño, tómate tu tiempo,
Porque las luces están brillando fuerte
Tú y yo tenemos todo lo necesario para lograrlo
No lo estropearemos, ni lo romperé
Nunca, porque no podría soportarlo...

...Un poco de paciencia, mmm sí, mmm sí,
Necesitamos un poco de paciencia, sí
Sólo un poco de paciencia, sí...
Algo más de paciencia, sí...

He estado caminando por las calles de noche
Tratando de tomarlo bien,
Difícil de ver con tantos alrededor
Sabes que no me gusta estar atrapado entre la multitud,
Y las calles no cambian excepto, chica, el nombre
No tengo tiempo para el juego
Porque te necesito,
Sí sí, te necesito,
Ohh, te necesito,
Sí, te necesito...
...todo este tiempo.

Paciencia
- Guns N' Roses


(1..2...1, 2, 3, 4)
Shed a tear 'cause I'm missin' you
I'm still alright to smile
Girl, I think about you every day now
Was a time when I wasn't sure
But you set my mind at ease
There is no doubt
You're in my heart now

Said, woman, take it slow
It'll work itself out fine
All we need is just a little patience
Said, sugar, make it slow
And we come together fine
All we need is just a little patience
(patience)
Mm, yeah

I sit here on the stairs
'Cause I'd rather be alone
If I can't have you right now
I'll wait, dear
Sometimes I get so tense
But I can't speed up the time
But you know, love
There's one more thing to consider

Said, woman, take it slow
And things will be just fine
You and I'll just use a little patience
Said, sugar, take the time
'Cause the lights are shining bright
You and I've got what it takes
To make it, We won't fake it,
I'll never break it
'Cause I can't take it

...a little patience, mm yeah, mm yeah
need a little patience, yeah
just a little patience, yeah
some more patience, yeah
need some patience, yeah
could use some patience, yeah
gotta have some patience, yeah
all it takes is patience,
just a little patienceis all you need

I been walkin' the streets at night
Just tryin' to get it right
Hard to see with so many around
You know I don't like
Being stuck in the crowand
The streets don't change
But baby, the name
I ain't got time for the game
'Cause I need you, yeah, yeah,
But I need you, whoa,
I need you, whoa,
I need you...
...all this time.

Patience
- Guns N' Roses



¿Qué opinan vuesas mercedes?, ¿llegará esa mujer de la que habla?, ¿lo ha engañado?, ¿o sencillamente espera su propio destino?, ¿cómo terminará la espera?

lunes, 26 de enero de 2009

Locura

La locura es un estado, o quizás una sensación. Un sabor extraño en el paladar de la razón que afecta a los sentidos externos invadiendo el subconsciente de los internos. No todas las locuras son iguales. Como norma general, y aplicando el significado de un diccionario cualquiera, podríamos decir que la locura tiene relación directa con la privación del juicio o del uso de la razón. Pero… ¿es siempre necesaria el uso de la razón?, ¿qué ocurre cuando una situación requiere la privación del juicio?. Supongo que nadie se ha planteado esta cuestión. Y si se la ha planteado, probablemente ahora mismo sea preso de la locura. Quizás Vincent no estaba loco, sencillamente le hicieron pensar eso. Solo se lo creyó. La locura es un estado emocional al que se puede llegar por medios colaterales. Seguramente si un médico, psiquiatra o psicólogo lee esto, pensará que mi reflexión no se apoya en una base científica y que no llevo razón, y no estaría equivocado, pues no soy ninguna de las tres cosas.

Dicen que cuando la locura te atrapa entras en un mundo diferente. Es como si la realidad se derritiera, pero no llega a ser Surrealismo. Tal vez la locura te atrapa. Arremete contra ti y te hace suyo en un mundo lleno de sinrazón. Un mundo que ha perdido el juicio. Un mundo de locos donde, estar cuerdo, es una locura. Entonces, sólo entonces, te sientes perdido. Como si fueras el náufrago de una tabla flotante en las aguas de algo desconocido. No sabes dónde estás. No sabes quién eres. Te confunden con personajes famosos o crees ser uno de ellos. Cuando llega este momento ves las cosas más claras. Ya no comprendes la realidad porque eres parte de ella. La realidad es una locura y tú perteneces a su entramado. Ese es el momento de ingresar en el Fletcher Memorial Home.

¿Qué es lo que podemos encontrar en dicho lugar?, ya lo dijeron ellos. "Damas caballeros, por favor, den la bienvenida a Reagan y Haig, al señor Begin y amigos. A la señora Thatcher y Paisley, al señor Brezhnev y compañía. Al fantasma de McCarthy y a las memorias de Nixon. Y ahora, para añadir color, un grupo de anónimos magnates. Latinoamericanos de las conservas cárnicas". Sí amigos. Ya hemos entrado en el Fletcher Memorial Home. El lugar donde se honra la memoria selectiva de los grandes gobernadores de la locura. La forma de protesta después de la victoria del Reino Unido en la Guerra de las Malvinas. ¿Y no se sigue viviendo esta locura?, cambien los nombres mis queridos amigos. Sólo adáptenlos al presente. La locura no se ha extinguido, sigue siendo patrimonio del ser humano racional. Para estar loco, sólo hay que perder la razón. O no. “¿Esperaban que les tratásemos con algo de respeto?”. Ellos lo estaban anunciando, “Un rinconcito que sea sólo suyo. El Hogar Conmemorativo Fletcher para tiranos y reyes incurables”. ¿Y qué es la locura? Tan sólo un estado en el que el ser humano desconecta de la realidad para, quizás, pertenecer a ella. Cuando esto ocurra. Ya sabéis dónde tenéis que ir. Allí el fluido rosa convivirá con la razón más clara y nítida. La que otorga la locura.

“¿Está todo el mundo dentro? ¿Lo estáis pasando bien? Ahora puede ser aplicada la solución final”

The Fletcher Memorial Home - Pink Floyd

Take all your overgrown infants away somewhere
And build them a home
A little place of their own
The Fletcher Memorial Home for incurable tyrants and kings

And they can appear to themselves every day
On closed circuit T.V.
To make sure they're still real
It's the only connection they feel

"Ladies and gentlemen,
please welcome Reagan and Haig,
Mr. Begin and friends
Mrs. Thatcher and Paisley,
Mr. Brezhnev and party
The ghost of McCarthy
The memories of Nixon
And now adding colour
A group of anonymous
Latin-american meat packing glitterati"

Did they expect us to treat them with any respect?
They can polish their medals and sharpen their smiles,
And amuse themselves playing games for a while
Boom boom, bang bang, lie down you're dead

Safe in the permanent gaze of a gold glass eye
With their favorites toys
They'll be good girls and boys
In the Fletcher Memorial Home
for colonial wasters of life and limb

Is everyone in?
Are you having a nice time?
Now the final solution can be applied



Llevad a todos vuestros grandullones niños a algún lugar lejano
Y construidles un hogar
Un rinconcito que sea sólo suyo
El Hogar Conmemorativo Fletcher para tiranos y reyes incurables

Allí ellos podrán aparecer ante sí mismos cada día
En circuito cerrado de televisión
Para asegurarse de que todavía son reales
Es la única relación que sienten

"Damas caballeros, por favor,
den la bienvenida a Reagan y Haig,
al señor Begin y amigos
A la señora Thatcher y Paisley,
al señor Brezhnev y compañía
Al fantasma de McCarthy
Y a las memorias de Nixon
Y ahora, para añadir color,
un grupo de anónimos magnates
Latinoamericanos de las conservas cárnicas"

¿Esperaban que les tratásemos con algo de respeto?
Pueden sacar brillo a sus medallas y exagerar sus sonrisas
Y divertirse entre ellos haciendo juegos durante un tiempo
Bum bum, bang bang, cáete al suelo estás muerto

A salvo bajo la permanente mirada de un frío ojo de cristal
Sus juguetes favoritos
Serán buenas chicas y buenos chicos
En el Hogar Conmemorativo Fletcher para
Colonizadores derrochadores de vidas y cuerpos

¿Está todo el mundo dentro?
¿Lo estáis pasando bien?
Ahora puede ser aplicada la solución final.

martes, 16 de diciembre de 2008

Judit

La noticia la traspasó y le heló la sangre. No podía creérselo. Había vivido todo aquel tiempo en una espera eterna, sin compasión ni clemencia, siempre atada a la desidia y abandono de unas palabras que iluminaban el único camino que aún veía con algo de luz. El camino de la esperanza. Ahora sentía miedo. Quizás un miedo diferente al de una amenaza, pero muy parecido al que se siente cuando ya no sientes nada. Se desvanecía de un plumazo todo su esfuerzo y el desgaste sufrido. Se sentía sitiada por el destino y atrapada en una emboscada de sentimientos encontrados. La impotencia la tenía agarrada firmemente y no quería soltarla. Se despidió de sus amigos y llegó al coche en un corto camino sin sentido. Todo era diferente a como había soñado. Del amor al odio hay sólo un paso, y tal vez ella lo estaba comprobando, pues en lo más profundo de sus entrañas reverberaban manojos de emociones en erupción. Quería reaccionar ante aquel cerco de mentiras y falsas esperanzas. Ante aquel engaño.

“El ejército de Asiria con infantes, carros y jinetes los tuvieron cercados durante treinta y cuatro días, de modo que el agua se agotó en Betulia. Las cisternas quedaron vacías, y ni un solo día podían beber a satisfacción, ya que el agua estaba racionada. Los niños languidecían, las mujeres y los jóvenes desfallecían consumidos por la sed, y caían en las plazas de la ciudad y junto a las puertas. Estaban ya todos al límite de sus fuerzas” La Biblia, Antiguo Testamento, Jdt 10,19



Fotografía del gran Chema Madoz


No sabía exactamente qué sentía en su interior, pues una mezcla amarga de pena y dolor se dejaba perforar por la rabia y la impotencia. Se aferraba con fuerza al volante mientras las curvas de la carretera obligaban aminorar la velocidad. El impulso irrefrenable de su interior la hacía hundir sin piedad el pie en el acelerador. Sentir cómo su cuerpo se adaptaba al asiento con el empuje de la rapidez la calmaba, como si la celeridad le diera la solución. Su mirada se enturbió y poco a poco las imágenes se quebraron en un puzle de cristales rotos. Una punzada trepó desde su pecho hasta sus ojos. Varias convulsiones acudieron a su corazón sin previo aviso y su garganta se plegó sobre sí misma. No pudo más y rompió a llorar. No tenía ganas de nada más, sencillamente llorar y dejarse llevar por ese momento de angustia y rabia. No podía seguir conduciendo. Se apartó a un lado y aparcó su coche entre sollozos de impotencia. Fuera, la noche se convertía en un telón de fondo inundado de estrellas y luna. Aquella maldita luna que tanto le recordaba a él. Ahora más que nunca, se sentía sola. Una soledad tremendamente insultante. Los recuerdos, a veces, acuden sin ser llamados, y acuchillan el alma sin piedad. Aquellos momentos de cariño, de caricias encontradas, de miradas cómplices, de besos perdidos en noches iluminadas por el sol. No paraba de llorar y tampoco quería. Sintió que todo se derrumbaba a su alrededor y que se había quedado sin nada. La rendición sobrevoló su subconsciente, pero el olor putrefacto de la mentira hedía azotando el ambiente. Sintió que todo había sido una farsa. Sintió que había vivido en un engaño. Tenía la boca seca y pastosa y un sabor extraño. El sabor de la decepción y la desilusión. Y quizás de la rabia. El dolor y el odio se abrazaban en ese momento convirtiéndose en uno. Su mirada se endureció y las lágrimas cesaron de pronto. Sus músculos se tensaron y sintió que la ira se apoderaba de su ser. Tenía que hacer algo. Fue entonces cuando recordó la historia de Judit y el cuadro de Artemisia. Acudió a su cabeza de la misma forma que los recuerdos habían surgido del corazón.

“Sólo quedaron en la tienda Judit y Holofernes, que estaba tumbado en su lecho totalmente borracho. Judit había dicho a su criada que se quedara fuera de la alcoba y que esperara a que ella saliera como los demás días, pues saldría para hacer oración como había dicho a Bagoas. Salieron todos de la alcoba y no quedó en ella nadie, ni pequeño ni grande. [...] Avanzó hacia el poste que estaba a la cabecera de Holofernes, tomó su alfanje, se acercó a la cama, lo agarró por la cabellera y dijo:
-
Fortaléceme en este momento Señor, Dios de Israel
La Biblia, Antiguo Testamento, Jdt 13,15


Sus ojos vacuos, enrojecidos profundamente debido al llanto incontrolable, permanecían fijos. Sin dirección. En su cabeza aparecía la imagen que siguió a la narración bíblica. Se desarrollaba en el cuadro de Artemisia Gentileschi, que había incluido a su criada en la escena. El momento álgido se presentaba en una composición magnífica, donde la cabeza de Holofernes era la protagonista, creando un semicírculo de acción alrededor de ella y quedando brillantemente iluminada. Tenebrismo en estado puro. Con dos fuertes golpes, Judit hundió la espada en el cuello del ebrio general asirio, que se revuelve sin éxito mientras una maraña de brazos va y viene en un único movimiento de resistencia. La sangre salta por todas partes y emerge a borbotones del mutilado gaznate de Holofernes, que comienza a perder la mirada, mientras su brazo se destensa del cuello de la criada, cuyo semblante sigue firme y carente de piedad. La vida se desvanece en unos ojos perdidos y en un reguero carmesí que tiñe los almohadones blancos. Nada tiene que ver esta pintura con la plácida versión de Caravaggio, pintor al que Artemisia profesó una gran admiración. Gentileschi aborda el tema con una terrible crudeza, sin miedo alguno a plasmar los horrores de la decapitación e introduciendo novedades técnicas que sitúan el cuadro en una de las mejores representaciones barrocas.



Aunque la cabeza de Holofernes sea el foco central de la escena, Judit atrae la mirada del espectador. Es inevitable no pararse en ella. Sus fuertes brazos realizan la acción sin dudar un momento. El izquierdo agarra sin piedad alguna la cabeza del general asirio, mientras el derecho cercena con crueldad. Es inevitable no advertir la ira y rabia que encierra su rostro. Su ceño fruncido derrocha coraje, y una leve pincelada de repugnancia, casi imperceptible, asoma en su boca y sus ojos. Pero por encima de todos estos detalles, está su mirada. Esa mirada dura y carente de misericordia o clemencia. Esa mirada que no puede apartar de su víctima porque necesita ver cómo su ira y rabia contenida se desatan con fuerza.



Recordaba la historia de Judit y el cuadro de Gentileschi mientras en sus ojos no dejaba de sentir el calor del sofoco y la irritación del dolor. Sabía que detrás de aquel cuadro había una hipótesis. Sabía que Artemisia lo había pintado como deseo de venganza por la violación sufrida por su maestro, Agostino Tassi y la tortura del juicio posterior. Sabía que, tal vez... la había pintado a ella misma sin darse cuenta. Sorbió la nariz y se limpió el rastro que habían dejado sus lágrimas. Se sintió vacía. Más vacía que nunca. Y perdida en un mundo de engaños y mentiras, donde el sol jugaba a quemar a la luna. Alzó la vista y observó la claridad que desprendía la noche. Parecía como si nada hubiera ocurrido. Parecía como si nada hubiera pasado. Era como si el tiempo se hubiera replegado sobre sí mismo y nunca hubiera existido aquello que tanto anhelaba. Se acabó. Sencillamente se terminó. Se deshizo por el camino de la espera. Y ahora sentía pena y tristeza. Amargura y desilusión. Decepción y dolor. Rabia e ira. Demasiado para asimilar.


Gracias a mi amigo
Canónigo por la luna


Arrancó lentamente el coche y se incorporó a la circulación en medio de un torbellino de sentimientos, emociones y sensaciones. Perdida en la confusión y un sinsentido que no merecía. Perdida en la mirada de Judit. Se imaginó dueña de esos brazos y esa espada. Dueña de ese momento. De esa posibilidad. Justo antes de la decapitación... ¿sería capaz?. Tal vez esa noche en la que Judit mató a Holofernes no había luna. Si fue así... sería porque estaba dentro de la tienda.

Para mi amiga Patri...