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sábado, 30 de enero de 2010

Auschwitz

Algunos hombres giran la cabeza ante su nombre, otros responden con palabras duras, y muchos miran de forma extraña. Mantienen sus ojos vacíos e inexpresivos. Conozco esa mirada, pues tuve que contemplarla durante años ante el espejo. Son cicatrices que el tiempo se encarga de grabar a fuego en los arrabales de nuestro corazón. Sitian el alma de terror y desesperación que tarda en desaparecer. La mancha de la humillación emponzoña la conciencia y el pavor envenena la vida. La infancia se antojaba tan lejos… era apenas un esbozo de felicidad desdibujado en aquella tristeza a rayas. Nuestra infancia es como un juguete olvidado en el cajón de nuestra habitación, acudimos a ella cuando necesitamos refugiarnos de nuestra realidad. Huir de la presión adulta, de la madurez y sus problemas. Pero a mí me arrebataron mi infancia. Se encargaron de borrarla de mi memoria, sin embargo, fue cuando más intenté rescatarla. La buscaba y la ansiaba entre tanto horror. En ocasiones cerraba los ojos e intentaba soñar. Es difícil tener fantasías dentro de una pesadilla, sin embargo solía conseguirlo muy a menudo. Luego tenía que volver. Siempre había que despertar. Empecé a desear quedarme dormido para siempre en el eterno sueño de mi infancia olvidada. Aquella sensación inmaculada de la inocencia de un niño. De su libertad. De su tranquilidad. De su belleza idealizada. Siempre tenía que acudir a ella mediante recuerdos, porque mi infancia, hijo mío, se quedó fuera de aquella alambrada para siempre.

Dicen que hace mucho calor. Dicen que es cavernoso y que huele a azufre, que las tinieblas y la oscuridad se turnan para decorar el interior de sus entrañas, pero el infierno no es así. El infierno es frío. Frío como el metal de las armas. Frío como la humedad de los barracones. Frío como el alambre, como si no tuvieras sentimientos. Frío como el gas que evaporaba la dignidad de los seres humanos que lo poblaban y como los cuerpos inertes de mis compañeros, de mis amigos, de mis familiares. Fríos como los recuerdos que veo aparecer en sueños. Tan frío como el hielo que se acurrucó en mi alma para siempre. No supe a qué sabía la alegría y el tiempo se convirtió en el peor de los diablos de aquella morada. A la Esperanza se le paró el reloj y estábamos tan cercanos a la Muerte que nos confundían con ella.

Un día todo acabó. Parecía otro de mis sueños, pero hacía mucho que no soñaba. Nos rescataron y entonces desperté de mi madurez obligada. Ya no era un niño, pero me di cuenta que volvía a llorar como si lo fuera, volví a descubrir el tacto de la luz y el calor más allá del frío infierno. Volví a sentir la libertad de mi infancia y la belleza de la vida. Aquellos pequeños detalles de mi niñez siempre me han acompañado, porque cuando salí de aquel lugar me di cuenta que la vida me había dado otra oportunidad. Perdí mi infancia, pero volví a tener otra. Recuerda siempre, hijo mío, que tu padre sobrevivió al campo de concentración de Auschwitz, pero muchos de sus amigos, de mi familia y la tuya, perecieron allí. Mis cicatrices son las del Mundo civilizado, que debe saber mirar en ellas para no volverlas a sufrir.

Cerró la carta de su abuelo y la guardó en aquel sobre amarillento por el paso del tiempo. A partir de ese día, Violeta sintió la luz de la vida más fuerte que nunca…

Texto realizado para el programa Radio Estilo que dirige, magistralmente,
Saray Pavón Márquez

Desde aquí le agradezco la oportunidad que me brindó al participar

sábado, 6 de junio de 2009

Seis de junio, dos genios

“No sabemos lo que hacían los padres de Velázquez. De ser hidalgos, ‘con lustre’, no harían nada, sino vivir de las rentas o propiedades que pudieran tener. Si eran conversos o cristianos nuevos, es probable que se dedicaran a alguna actividad. Su hijo primogénito, Diego, nació el 1599; fue bautizado en la parroquia de San Pedro el 6 de junio, siendo padrino Pablo de Ojeda” - Julián Gállego

Cuatrocientos diez años que nació don Diego. Felicidades querido pintor. Gran genio.
1599-2009

* * * * * * * * *
Du Guesclin nació un 6 de junio. No Bertrand, el general francés, sino Sergio, nuestro general, sevillano, para más señas, que alumbra el camino del conocimiento de esta tierra mariana. Batallador y luchador nato, investigador pasional y arquitecto profesional, historiador vocacional y nazareno de la más bella de Las Angustias.

Felicidades don Sergio, general que nos enseña la Historia de esta bendita ciudad. ¿No sabéis quién es?, quizás ahora sea un buen momento para conocerlo, allí donde sus Sevillanadas son el azote de la ignorancia y la desidia contra el Patrimonio.

lunes, 9 de febrero de 2009

Santa Inés

Era la quietud más que el silencio. La calma peligrosa y la falta de ruido. El siseo de la brisa tibia e incluso caliente como trasfondo del teatro barroco. La templanza combate con los nervios y la soledad se puede tornar en compañía desagradable. La luz de un candil titilaba en una esquina mientras su oscilante lengua anaranjada lamía con parsimonia los rincones más cercanos. Había sido una jornada de revuelo. Aún se escuchaban anclados en las entrañas de la ciudad los ecos lejanos de la ceremonia. Celebración precedida de muerte y Sevilla siempre voluble. Lluvia y mal tiempo para despedir al monarca de aquella España desangrada monetariamente por los cuatro costados. Aguas revueltas de monarquía flemática y abúlica que adolecía un cambio. Tres días antes celebraba la ciudad las honras por el fallecido rey. Se iba un Filipo y llegaba otro. El cuarto. Había sido un día alegre y apacible y se dejó a un lado el luto, se alzaron los pendones por el nuevo rey, el cuarto Felipe, y la jornada había sido de chanza y fiesta. De corrillos altaneros y juergas tras el fruto de Baco. Aquel 6 de junio de 1621, domingo de la Santísima Trinidad, expiraba y la noche se deshacía entre la oscuridad moteada de las calles.

La luz plateada se filtraba entre los resquicios de esquinas despellejadas por el tiempo. Brillaba la luna después de varios días de cielo rojizo sobre la ciudad. Pero no era lo único que brillaba en las calles de Sevilla en esas horas de noche recién estrenada. Un mal encuentro envuelto en una chuscada de hijosdalgo dio pie a un grito ahogado antes de que pudiera maldecir. Tres borbotones de sangre saltaban manchando el jubón de cortapisa de su compañero, que había sacado la toledana y daba muestras de buen hacer. Revuelta rápida y nuevo brillo de hoja. Mellada por el paso del tiempo, pero de buena mano, que aunque era mercenario de espada, la honradez en el bello arte de matar en la Sevilla del Barroco escaseaba. Pasos racheados y resuello aplacado por el vino. Medio giro y piqueta en la siniestra del soldado buscavidas. Muerde el brazo el frío acero de una toledana, pero deja espacio su costado para que tres palmos de hoja vieja le ensarten en el infierno de los nobles caballeros. Esta vez el grito sí se hace oír. Ya no hay bromas ni bravuconerías. El pisaverde aristócrata ya sabe cuál es el precio de la fanfarronería en los rincones oscuros de las calles sevillanas. Es una pena que no le sirva para el futuro, pues la parca le ha sonreído en aquella esquina de luz titilante y brillo plateado.


Se acercan tres y él está herido. No quiere más lances para celebrar la llegada del nuevo rey. Envaina la espada y siente el frío de la vizcaína al tacto con sus riñones. Embozado en la capa y con el chapeo calado hasta la sien, pone tierra de por medio con zancadas amplias entre las sombras que acarician. Voces de alarma a su espalda y ruido de botas sedientas de sangre vengativa. Enfila la calle Santa Inés y busca San Pedro. No le da tiempo. Sabe que sus perseguidores le alcanzarán. Entonces aminora la marcha y se da la vuelta. Mira hacia arriba con aire desafiante y se echa atrás la capa. Se atusa la barba y sonríe bajo su bigote de soldado. Llegó la hora. Escupe al suelo y contempla cómo tres siluetas se recortan en la tibia noche. Avanzan hacia él. El brillo de sus aceros anuncia un final escarlata. Decide morir con su vieja toledana en la mano y blandiendo la vizcaína. Mira a su alrededor y afianza el flanco izquierdo, donde tiene el tajo, junto a la puerta lateral del Convento de Santa Inés. Aprieta los dientes y espera la llegada de los tres. Pero lo siguiente que aparece es un milagro con sotana, exornada con brocados, cuyo rostro palidece al encontrarse con la figura del soldado enguantado y presto para batirse. Antes de nombrar al Hijo de Dios y comenzar un Paternóster atropellado, dos fuertes manos lo empujan al compás lateral del convento y lo tiran de espaldas al suelo. Un chillido agudo se escapa de la garganta del cura, que empieza a creer que ha llegado su hora y pide perdón por sus pecados. Que no son pocos, pues la Sevilla que era Puerto del Mundo también lo era de los lupanares más frondosos de España. Pero el soldado, curtido en veteranas batallas de la vida, y no pocos lances de guerra, cierra desde dentro la puerta y escucha como maldicen sus perseguidores. Sonríe al cura y le ayuda a levantarlo, mientras le pide acogerse a sagrado. El presbítero tuvo que ver el cielo, o la salvación terrenal, en la sonrisa del aquel hombre herido, pues le ofrece ocultarse en la Iglesia, previo aviso de la clausura de dicho edificio sagrado. Envainadas espada y daga, ambos hombres se acercaron a la puerta del templo. El clérigo le ofreció entrar en la iglesia, mientras él avisaría a la congregación del visitante forzoso.


Imagen modificada del libro El Capitán Alatriste


No era junio. Ni siquiera hacía calor. Hacía frío. Las manos no respondían con la suficiente rapidez y las tardes de enero eran noches largas prolongadas por una oscuridad invernal. El nuevo año había comenzado envuelto en una gélida sensación de azote constante. La pareja cruzó la calle en pasos rápidos adelantándose a la llegada del coche y se adentró en el compás del convento. Santa Inés yacía tranquilo. Calma y sosiego roto tan sólo por el traqueteo continuo de los coches sobre los adoquines. El rugir de un ejército de caballos metálicos que se filtraba por la puerta. Ya caía la noche sobre aquella tarde huidiza de enero. El invierno sembraba de oscuridad los ocasos precoces de una Sevilla fría. Se aproximaron a la puerta de la iglesia y cruzaron su dintel. La sensación posterior fue un golpe de efecto a la lógica. Todo un revés de conciencia a lo natural experimentado hasta ahora. A veces nuestros sentidos pierden pie y se ahogan en una situación incomprensible a la razón. No hay explicación. Un murmullo constante se convertía en oración continua y un rumor de meditación cruzaba las paredes como un riachuelo baña un valle. El eco de sus pasos resonaba incluso antes de que pisaran. Pero lo que más sorprendía, lo que más sobrecogía, era el silencio del corazón de la ciudad. Sin decir nada, se dirigieron al último banco. El mismo que estaba pegado a la reja que separaba el coro de la iglesia. El trenzado metálico que servía de límite entre el exterior palpable y la clausura espiritual.



Dos figuras ocupaban dos bancos más. Un señor con sombrero y cabellera plateada al castigo de los años y una señora con una bolsa de la compra. Cuatro en total con ellos. El tiempo se había detenido como también lo había hecho con Doña María Coronel. Solo un rumor sacro estremecía a los congregados. La clausura era un velo transparente que no dejaba ver la realidad. Las monjas rezaban a su espalda y nadie se atrevía a darse la vuelta. El corazón de la ciudad palpitaba alrededor de aquellos muros ancianos de la Historia, pero nada de eso penetraba en su interior. El bullicio y la prisa quedaban fuera, aislados, como si al cruzar el dintel el pasado fuera una realidad y los años retrocedieran en contra del tempus fugit. No sólo se paraba el tiempo, sino que los años retrocedían y casi se podía sentir el frío helado del toque legendario. Las monjas callaron y el rumor sacro de misal se disipó y embotelló en un quejido metálico. Tañó una campana y a cada golpe las almas presentes se estremecían en una quietud lastimera y ausente de toda racionalidad. El señor del sombrero y pelo cano se levantó y abandonó la iglesia. La campana seguía sonando y rompía el silencio en toques cadenciosos. La señora se levantó, se santiguó y en tres zancadas rápidas cruzó el dintel del templo para desaparecer en la penumbra de la noche que ya caía sobre la ciudad. Se quedaron solos.

La soledad nunca fue tan estremecedora. La pareja se dio la mano y sintió el calor y el amor a través de ellas. A sus espaldas, y tras la reja que separa el mundo irreal de la clausura, sonidos secos y movimientos recordaban que allí había alguien. A veces una tos achacosa. Nada más. Silencio profundo, ascético y cuasi místico que inundaba la iglesia. Sólo la campana, como el aviso de vida exterior, cruzaba el paso del tiempo y se aventuraba a adornar el silencio. Un escalofrío recorrió sus nucas y las piernas se estremecieron ante la idea de tener personas atrás y no poder volverse. Sentir la presencia de alguien que respira a tu espalda. Que te observa tras unos ojos tristes y nostálgicos. Alguien que añora el tacto de una persona querida. Alguien que, después de muchos años encerrado en la meditación eterna de una clausura, suspira por saber cómo es la caricia de unos labios. La pareja se soltó inmediatamente. Había movimientos en la puerta. La campana había dejado de sonar y nada se escuchaba en la iglesia. De pronto, como si el volumen del presente hubiera sido aniquilado, desapareció todo ruido. Todo sonido. Ya nadie tosía. No había susurros vacíos ni pies lastimeros. Un silencio denso y tremendamente sordo se había adueñado de la iglesia. De su presencia. De la ciudad. No pasaban coches fuera. No había presencia humana a sus espaldas. Ni siquiera Maese Pérez el organista acariciaba las teclas del órgano. Ni siquiera Doña María Coronel se acercaba a la reja del coro a rezar. Ni una de las Once Mil Vírgenes se dejaba ver entre los bancos de la primera fila. Nada. Silencio absoluto como si la iglesia quedara suspendida atemporalmente y el efímero soplo del presente se hubiera reducido a la existencial mirada de los dos enamorados. Ambos miraban a la puerta. Alguien entraba. El único ruido del mundo que en ese momento existía era un roce cansino de pies… y estaba en la puerta de la iglesia.



Fue entonces cuando se dieron cuenta que las sensaciones no siempre son movimientos del alma impulsadas por la razón. Ante ellos apareció una figura, alta y robusta. Las ropas revueltas y una mancha carmesí en el brazo izquierdo, que descendía hasta la mano, que empezaba a mostrar un tono parduzco. Sangre. En la diestra el sombrero. En sus pies, botas raídas y gastadas. Pantalones bombachos y carcomidos por la miseria y agujeros de pagas inconclusas. Su rostro poseía tres cicatrices que cerraban su expresión de asombro en una amenazante mirada. Bigote y barba descuidadas y un gesto de alerta sempiterna terminaban por rematar un rostro curtido en las estocadas de la vida. El asombro y sorpresa no era propiedad sólo del veterano soldado barroco, sino de aquella pareja del presente, que ya no sabía si el pasado los había alcanzado y todavía no habían nacido. Estupefactos los tres, quedaron inmóviles durante unos segundos mientras se escrutaban con la mirada. Finalmente, decidido ante el mutismo de la pareja, el soldado hizo una leve inclinación de cabeza y dio las buenas noches. Los enamorados, que viajaban con su mirada de la mano izquierda ensangrentada a los ojos vivos y en avizor de aquel hombre, contestaron al unísono con el mismo saludo. Luego, el soldado desechó el peligro y prosiguió su camino en amplias zancadas hasta un extremo de la iglesia. Sólo el eco de sus pasos y el tintineo metálico de la toledana cruzaban como un espíritu el frío aire del templo conventual. Ni Maese Pérez ni Doña María Coronel les habían puesto la piel tan erizada como aquel hombre. Cuando el silencio volvió a ocuparlo todo y sólo los nerviosos corazones se dejaban escuchar, la pareja se levantó. Sin cruzar palabra. Sin mirar atrás. Tan sólo se giraron en la puerta, justo antes de cruzar el dintel Un segundo antes de abandonar la iglesia. Echaron un vistazo al otro extremo y se encontraron con los ojos vivos de aquel hombre. Y una sonrisa, acompañada de un guiño.

Ya había caído la noche en Sevilla y el frío seguía siendo el compañero de aquel día. En el compás de Santa Inés ya no había silencio. La soledad se dejaba sentir menos y los coches pasaban por el adoquinado de la calle. La puerta abierta dejaba ver la luz artificial de las farolas. Era el presente de nuevo. ¿O tal vez el futuro?. Giraron la cabeza y se quedaron inmóviles observando la entrada de la iglesia. No hablaron. No dijeron nada. Tan sólo se miraron. Un beso fue el siguiente invitado en aquella intimidad del compás conventual. Se abrazaron y salieron del recinto sagrado sin intercambiar una sola palabra. Solo miradas cómplices y silencios cariñosos.



A veces nos da la sensación de que el pasado nos alcanza. Otras sencillamente viajamos atrás con recuerdos trenzados en momentos vividos. Y en algunas ocasiones, aquello que se fue y se ocultó bajo la arena de ese reloj imparable que es el tiempo, nos sorprende. Un día aparece tras una puerta cargado de cicatrices, que son las nuestras propias, y nos guiña un ojo. Entonces por un momento, sólo por un momento, desaparecemos del presente y nos perdemos en los entresijos y resquicios de aquellas sombras que, alguna vez, fueron la vida de un tiempo, de un instante, y que ahora se ahogan en los recuerdos de la memoria.

jueves, 29 de enero de 2009

El naufragio

Y apareció a lo lejos. Una diminuta mota de polvo en la inmensidad del cielo. Cuando pierdes la razón y la esperanza se convierte en una gota perdida en la grandiosidad del mar, crece la incredulidad de la vida. Las dudas plagian el desanimo y la desazón se pega a la piel del subconsciente. Pero allí estaba. El frágil y débil rayo de luz de esa bóveda oscura que aquellos hombres tenían por destino. Apenas un perfil disimulado que atravesaba las retinas de la emoción. El final del castigo. El comienzo de la vida. Era como si, en todo aquel tiempo, hubieran vagado por los ríos de la muerte que bañan el infierno. Un infierno sin penumbra ni tinieblas. Un averno de líquido salado y sol castigador, donde la luz maltrata y el agua quema las entrañas y no sacia la sed. Y ahora… ahora parecía que la esperanza cobraba rédito de nuevo. La muerte campaba a sus anchas por el boceto de balsa que se emborronaba con el paso de los días, diluyéndose entre las olas de una cuenta atrás, pero aquel punto de la lejanía hizo brotar vida. Era la esperanza. La oportunidad. La certeza de saber que, quizás la arena del reloj no terminaría aplastándolos en la soledad de aquel desierto de agua y sales movedizas. Inmediatamente los nervios se desataron en la precariedad de unos tablones deformados y las fuerzas, que creían perdidas por los resquicios de la balsa, aparecieron de nuevo. Tenían que hacerse ver. Tenían que volver a la vida. Tal vez no consiguieran nada… o quizás fuera la última ocasión de no escribir el final bajo las arenas oscuras del mar.


Habían zarpado en la fragata real “Medusa” el 17 de junio desde Francia, para navegar hasta San Luis en Senegal. Corría el año 1816, y tenían como objetivo tomar posesión de la colonia del África occidental que Inglaterra había restituido al país galo. A bordo se encontraban el nuevo gobernador de Senegal acompañado de su familia, el personal administrativo y un batallón de infantería de marina encargado de proteger las posesiones de ultramar, así como unos sesenta científicos que querían explorar el país al que se dirigían. En total cerca de cuatrocientos pasajeros se encontraban a bordo de la fragata, mucho más de lo habitual y, en todo caso, demasiado para los botes de salvamento. La arrogancia aristocrática del comandante, Hugues Du Roy de Chaumareys, cuya posesión del puesto correspondía más a una lealtad monárquica que a los conocimientos de navegación y experiencia marítima, parece que le impidió hacer caso a los consejos de sus oficiales en la travesía. Se produjeron conflictos y, finalmente, la catástrofe. Los errores de navegación y la negligencia hicieron que la fragata encallara en el banco de Arguin, cerca de las costas africanas, entre las Islas Canarias y Cabo Verde, para finalmente naufragar el 2 de julio. Después de algunas tentativas de poner la nave a flote, los responsables perdieron el control de los nervios y dieron bruscamente la orden de evacuar el barco. En medio del pánico, el egoísmo y la brutalidad, el gobernador, el capitán y los más altos oficiales ocuparon los seis botes de salvamento. Las ciento cuarenta y siete personas que no tuvieron sitio en los botes, se vieron impelidas a ocupar una balsa construida precariamente con tablones, fragmentos del mástil y cuerdas. Los ocupantes de los botes prometieron que los remolcarían hasta tierra firme, pero dos horas más tarde cortaron las cuerdas que unían los botes con la balsa. Jamás llegó a aclararse el por qué y en qué circunstancias. Los ciento cuarenta y siete náufragos se quedaron a solas. Atados a la angustia y la impotencia de una armadía de ocho por quince metros de destino flotante. Para muchos, el último viaje antes de subirse a la barca de Caronte.

Durante trece días, el espacio que otorgaba la precaria embarcación, se convirtió en un pequeño mundo donde el estatus y la jerarquía quedaban a manos de los pocos funcionarios y oficiales que no tuvieron sitio en los botes. Pronto se desató una situación de pánico aderezado con profundos matices de angustia aterradora y asfixiante. No había salida y la esperanza comenzó a consumirse con el paso del tiempo. Los bordes de la balsa se hundían en el agua y llegar al centro era símbolo de salvación momentánea, evitando lo máximo posible el azote de las olas y las posibilidades de caer al mar. Un mar de desolación donde el retorno a la vida se vendía muy caro. Cuando la primera tarde murió, el ocaso extendió su espeso manto sobre el mar y la oscuridad lo inundó todo, había veinte personas en los bordes de la balsa. Un desfile de quejidos, lamentos y gritos desfiló durante toda la noche. A la mañana siguiente, las veinte personas habían desaparecido. El drama y la angustia se acentuaron la segunda noche. El miedo y el pavor a la muerte se podían sentir y palpar en un ambiente de tensión e incertidumbre. Todos querían llegar al centro para no desaparecer cuando el sol cayera. Era la lucha por la supervivencia. La fuerza por mantenerse vivo. Entonces la locura rompió los amarres de la razón y se desató un torbellino de nervios que acabó desquiciando a los pocos oficiales a bordo, los únicos que iban armados. El primer disparo no fue el último. Los ojos de la sinrazón se apoderaban de los actos de locura y el sonido de los disparos se unía al grito de los hombres que aullaban de miedo. La tragedia y la enajenación se habían apoderado de la balsa y campaban a sus anchas entre la insensatez y la barbarie, compañeras inseparables. La muerte cedió su guadaña a los oficiales, que sesgaron la vida de sesenta y cinco hombres. ¿Acaso el infierno era peor que aquello?.



Al cabo de una semana no quedaban a bordo más que veintiocho supervivientes, de los cuales sólo catorce parecían capaces de sobrevivir algunos días más. La razón había desaparecido en muchos de ellos y había dejado paso a la demencia. Otros estaban gravemente heridos y sus miradas se perdían más allá del presente. Más allá de este mundo. El hambre también iba a bordo desde el primer día y la sed abrasaba más que el sol. Todos empezaban a temer que la esperanza se había desvanecido y que estaban a merced de un destino escrito con letras negras de epitafio. Fallecieron muchos y se decidió tirarlos por la borda, pero no todos. Algunos quedaron a merced del abrasador astro rey, que cuarteaba las pieles y agrietaba los labios casi tanto como la sal del agua que los rodeaba. La fortaleza del hambre empezó a afectar a los supervivientes y se lanzaron ávidamente sobre los cadáveres. Algunos se resistieron, pero la necesidad se hizo mayor y la única forma de prolongar la existencia dándole una oportunidad a la esperanza, pasaba por alimentarse. Aunque fuera de una manera deplorable. El espectáculo de la precaria balsa era dantesco. Una escena discordante que decoraría el salón más fastuoso del infierno. El teatro de una realidad amarga que ensombrecería la razón del hombre más cuerdo y enaltecería la locura de la mente más morbosa y sádica. La monstruosidad más humana.


Fue entonces cuando alguien lo divisó. Era algo. Algo en el horizonte. Algo distinto. Pero daba igual. Cualquier cosa distinta en el horizonte, diferente a la línea que dividía el cielo del mar, era buena. Luego una voz emergió con fuerza entre los pocos hombres que quedaban y se arremolinaban intentando perfilar con nitidez el punto lejano. Era la punta de un mástil. Una mezcla de sensaciones y sentimientos se apoderó de la balsa y los hombres que quedaban en ella. Afloraron energías renovadas impulsadas por la ilusión y el último destello que la esperanza les hacía para continuar con vida. Alegría mezclada con miedo. Miedo y terror que ensombrecían la última oportunidad del destino, pues estaban muy lejos y los cascotes que quedaban por balsa, apenas sobresalían por encima del agua. Apilaron las pocas barricas y cajas que quedaban y se apoyaron sobre ellas. En lo más alto se colocó el náufrago superviviente de raza negra Jean-Charles, el único náufrago del pueblo que quedaba entre los catorce. El resto eran oficiales, científicos o secretarios. Pero nada de eso importaba ya. Todos eran iguales ante el hambre, la sed y el miedo. Todos eran iguales ante la muerte.



El revuelo y los nervios se mezclaban con la alegría y la angustia. La esperanza crecía y se topaba de bruces con el miedo. Toda la embarcación era un ramillete inquieto de sentimientos y emociones. Todos los supervivientes trataban de mantenerse con vida un poco más. Todos trataban de hacerse ver. Todos menos uno. Aquél hombre miraba en dirección contraria. Su vista perdida en un destino incontrolable y en el castigo sufrido. Perdido a la deriva, se dejaba llevar por la desazón y la resignación. Ya nada importaba. Nada tenía sentido. La vida se había convertido en un viaje impulsado por las cadenas de la supervivencia. El tiempo castigaba los sueños y los flagelaba con las tiras de cuero de la desesperación. Poco quedaba de aquellas ilusiones que brillaban en el horizonte, que aparecían como una estrella de esperanza en la línea divisoria de la incertidumbre. Quizás el tiempo se había parado y naufragaba por el purgatorio de la soledad. Sin rumbo. El aire soplaba con fuerza en dirección contraria y movía los hilos del abatimiento. Las nubes se arremolinaban y la penumbra se cerraba en la oscuridad de la desolación. Las aguas se crispaban y la balsa de la duda temblaba ante un futuro incierto. Pronto llovería y, tal vez, acabaría aquel infierno entre los abrazos mortales del mar. Devorado por la crudeza implacable de la languidez y el desfallecimiento del destino, que terminaría por hacerlo desaparecer de la existencia. Quizás ya estaba muerto y no lo sabía. A su alrededor todo se movía y sus compañeros saltaban de un lado a otro. Pero él… él dudaba si todo aquello era verdad o una nueva mentira de aquel azar grotesco que se burlaba y mofaba de los hombres hacinados en un puñado de palos vaporosos. No sabía qué hacer. Al borde de la desconfianza y la incertidumbre, no sabía si mirar atrás y aferrarse a la esperanza del mástil que se dibujaba en el horizonte, o dejarse llevar por el abatimiento y el aire en contra. Agarrado a la muerte en una combinación de eterna duda entre la meditación de lo existencial y la enajenación perpetua. Oscilaba en la delgada y fina línea de su destino. ¿El final o seguir luchando?


Tres años después, en 1819, un joven pintor exponía su obra en el Salón Oficial de París. La exposición no sólo tenía una función artística, sino también política. Mediante una presentación especialmente brillante, los Borbones, que habían recuperado el trono en 1814, querían demostrar la estabilidad y la prosperidad de la nación bajo el soberano legítimo. Casi todos los artistas del Salón, rendían homenaje al régimen y a la Iglesia, unida estrechamente a él. De los cuadros históricos de gran formato, que siempre ocupaban el centro del Salón, dos tercios mostraban escenas de la vida de los Santos y el resto celebraban a los monarcas franceses del pasado. Todos menos uno. Un joven pintor llamado Théodore Géricault, con apenas 27 años, el cual exponía una obra titulada “Escena de un naufragio”. No adulaba ni al trono ni al altar, no contribuía a ‘la gloria de la nación’. Todo lo contrario. Recordaba una catástrofe y un escándalo todavía vivos en la memoria de todos. Un episodio trágico que el nuevo régimen hubiera preferido olvidar. El cuadro era una provocación. Un patético símbolo del sufrimiento humano.



Pocos fueron los que alabaron la obra de Géricault. Tenía una dosis macabra de realismo, en el que la pincelada extraordinariamente enérgica acentúa la sensación de arremolinamiento y garantiza la emoción. Había creado un cuadro de marina diferente. La composición piramidal era patente. Quizás el objetivo de Géricault no era del todo el realismo, sino una monumentalidad elaborada artísticamente. Se podía apreciar el profundo estudio anatómico, aunque había omitido las señales de putrefacción de los cadáveres y los cuerpos esqueléticos de los náufragos. Todos estaban bien afeitados y peinados. Pero fueron muy pocos los que se detuvieron en el Salón a ver aquella obra. Entre ellos se hablaba de un hombre que había permanecido más de dos horas frente al cuadro. Un hombre diferente. Taciturno y solitario, pero con un brillo inusitado en su mirada. La gente que pudo verlo decía que era un lunático modernista. Un amante de las nuevas pinturas. Otros dijeron que se trataba de un sádico que disfrutaba con aquella imagen grotesca del género humano. Y muchos fueron los que vieron en su rostro los ojos de un demente. Pero la gente no se daba cuenta. Nadie le preguntó. Nadie le habló. Todo el mundo pensó que era un loco, pero nadie se dio cuenta que era el más cuerdo del salón. Nadie se dio cuenta que había probado el agua salada de aquel lienzo. El hambre más perversa del mundo. La oscuridad más aciaga del infierno. El terror más angustioso de la vida. La supervivencia. La esperanza. Aquel hombre que dudaba entre abrazar a la muerte o seguir luchando.



El barco llegó y los rescató. Finalmente creyó en la esperanza y no se rindió. A veces, cuando la vida parece que nos paga con la moneda más negra del destino, nos reserva un barco en el horizonte para rescatarnos de la deriva. Una mota de polvo insinuada. Un pequeño haz luminoso que se filtra por los resquicios más diminutos. Nada más. Pero el rayo de luz destilado más insignificante, se puede convertir en el sol que ilumine nuestro camino. La pequeña llama de una vela a medio consumir, puede transformarse en el mayor fuego que nos caliente. El espectador de aquella obra suspiró. Sonrió y una lágrima le recorrió la mejilla. Nadie lo reconoció. Abandonó el Salón cruzando un mar de rumores y miradas indiscretas, pero poco le importó. Se sintió más despierto. Más loco. Más alegre. Más triste. Más nervioso. Más calmado. Podía sentir todo aquello. Se sintió más vivo que nunca.

Para mi amigo Carlos, gran luchador, eterno superviviente...

viernes, 26 de diciembre de 2008

Wembley '86

En una ocasión, hablando con mi querido amigo Ludwig de temas musicales, me lanzó una pregunta que contesté rápidamente y sin dudar ningún segundo: “si tuvieras la oportunidad de elegir un concierto en el que te hubiera gusta estar ¿cuál sería?”. Siempre había deseado estar en aquel evento. En aquel acontecimiento que tantas veces había visto en el salón de mi casa. Le sonreí al mirarlo e inmediatamente él supo mi respuesta sin necesidad de que yo respondiera. “En Wembley ‘86”. Por supuesto, me refería al espectacular concierto que dio Queen los días 11 y 12 de julio de 1986 en el estadio de Wembley de Londres.


Queen anunciaba una serie de conciertos al aire libre en Europa para el verano del '86. Durante ocho semanas irían de gira por Escandinavia, Alemania, Francia, Bélgica, Suiza, España e Irlanda. La gira europea Magic Tour había empezado el 7 de junio de aquel año en Suecia. En una conferencia de prensa en St James Club, Picadilly, el promotor británico Harvey Goldsmith, declara que la venta de entradas para los dos conciertos de Queen en el Wembley Stadium se acercan al medio millón, y que las entradas para el concierto de Newcastle se agotaron a la hora de salir a la venta. Los conciertos en Wembley para los días 11 y 12 de julio tienen como teloneros a Status Quo y The Alarm. Como parte del festival organizado por Capital Radio, el concierto se graba para una futura retransmisión, y la marca de cerveza ‘Harp Lager’ patrocina el evento. Tuvieron que añadir la actuación del día 12 cuando vieron que, solo por correo, las ochenta mil localidades del estadio de Wembley se habían vendido. De esta forma, Queen se convirtió en el tercer grupo de rock de la historia que daba dos conciertos sucesivos en el estadio. Harvey Goldsmith, promotor del ‘Live Aid’, estaba a todas luces encantado: “la verdad es que estoy emocionado”, comentó, “esto demuestra que, tras quince años, Queen está en la cima de su popularidad”.


Para los nuevos conciertos, la banda debuta con su nuevo espectáculo: un escenario para el que hizo falta practicar agujeros en los cimientos del estadio, un sistema de sonido nuevo de Clare Brothers y el equipo de iluminación más gigantesco de la historia. El efecto general, según Roger Taylor, será “más grandioso que la grandeza en sí. Comparado con esto, Ben-Hur parecería un teleñeco”. No obstante, las características del mismo eran colosales: aparte del panel de luces más grande que se había montado nunca para una actuación en directo -su peso era de 9’5 toneladas- un escenario con casi 55 metros de ancho por más de 15 de alto desde el suelo hasta la parte superior de la iluminación, era el más grande que se había montado jamás en Wembley. El inmenso sistema de sonido tenía una potencia de más de medio millón de vatios, contaba con revolucionarias torres retardadas y comportaba el uso de 180 altavoces situados de cara al público en cada actuación. Se utilizó por primera vez una pantalla Starvision de 6 por 9 metros, para compartir el espectáculo que se desarrollaba en el escenario con el público situado en el fondo del recinto. Fue necesario colocar un enorme depósito de agua detrás del escenario para contrarrestar el tremendo peso de la pantalla, colocada por encima de la parte central del escenario. Gavin Taylor grabó este concierto en Wembley para la televisión del Reino Unido. Se utilizaron 15 cámaras situadas alrededor del estadio, además de una cámara aérea en un helicóptero. Channel 4 adquirió la grabación, y el 25 de octubre de 1986 se retransmitió una versión editada del concierto, llamada Real Magic, simultáneamente en la televisión y en todas las emisoras de radio independientes. El programa de televisión atrajo por sí solo a tres millones y medio de espectadores.


Pero si todas estas características son ya, por sí solas, algo sorprendente, la actuación del grupo en el concierto del 12 de julio, fue sublime. Una actuación impresionante que no se puede describir y es necesario ver y disfrutar, la cual concluyó con la ya legendaria y mítica imagen de Freddie Mercury ataviado con un manto o capa roja de armiño y una corona. En los altavoces suena “God Save The Queen”, la gente corea el himno británico, y Freddie alza la corona, para despedirse del público: “Thank you, beautiful people. Good Night. God bless you”.




Así pues, respondiendo a la pregunta de mi querido amigo Ludwig, me hubiera gustado estar en el concierto de Queen celebrado el 12 de julio de 1986 en el estadio de Wembley de Londres. Y vuesas mercedes... ¿conocen este concierto?, ¿lo han visto alguna vez?, ¿qué opinan?, y por supuesto... ¿en qué concierto os hubiera gustado estar?...echaos un trago para bajar las comilonas del 24 y 25 de diciembre.

martes, 16 de diciembre de 2008

Judit

La noticia la traspasó y le heló la sangre. No podía creérselo. Había vivido todo aquel tiempo en una espera eterna, sin compasión ni clemencia, siempre atada a la desidia y abandono de unas palabras que iluminaban el único camino que aún veía con algo de luz. El camino de la esperanza. Ahora sentía miedo. Quizás un miedo diferente al de una amenaza, pero muy parecido al que se siente cuando ya no sientes nada. Se desvanecía de un plumazo todo su esfuerzo y el desgaste sufrido. Se sentía sitiada por el destino y atrapada en una emboscada de sentimientos encontrados. La impotencia la tenía agarrada firmemente y no quería soltarla. Se despidió de sus amigos y llegó al coche en un corto camino sin sentido. Todo era diferente a como había soñado. Del amor al odio hay sólo un paso, y tal vez ella lo estaba comprobando, pues en lo más profundo de sus entrañas reverberaban manojos de emociones en erupción. Quería reaccionar ante aquel cerco de mentiras y falsas esperanzas. Ante aquel engaño.

“El ejército de Asiria con infantes, carros y jinetes los tuvieron cercados durante treinta y cuatro días, de modo que el agua se agotó en Betulia. Las cisternas quedaron vacías, y ni un solo día podían beber a satisfacción, ya que el agua estaba racionada. Los niños languidecían, las mujeres y los jóvenes desfallecían consumidos por la sed, y caían en las plazas de la ciudad y junto a las puertas. Estaban ya todos al límite de sus fuerzas” La Biblia, Antiguo Testamento, Jdt 10,19



Fotografía del gran Chema Madoz


No sabía exactamente qué sentía en su interior, pues una mezcla amarga de pena y dolor se dejaba perforar por la rabia y la impotencia. Se aferraba con fuerza al volante mientras las curvas de la carretera obligaban aminorar la velocidad. El impulso irrefrenable de su interior la hacía hundir sin piedad el pie en el acelerador. Sentir cómo su cuerpo se adaptaba al asiento con el empuje de la rapidez la calmaba, como si la celeridad le diera la solución. Su mirada se enturbió y poco a poco las imágenes se quebraron en un puzle de cristales rotos. Una punzada trepó desde su pecho hasta sus ojos. Varias convulsiones acudieron a su corazón sin previo aviso y su garganta se plegó sobre sí misma. No pudo más y rompió a llorar. No tenía ganas de nada más, sencillamente llorar y dejarse llevar por ese momento de angustia y rabia. No podía seguir conduciendo. Se apartó a un lado y aparcó su coche entre sollozos de impotencia. Fuera, la noche se convertía en un telón de fondo inundado de estrellas y luna. Aquella maldita luna que tanto le recordaba a él. Ahora más que nunca, se sentía sola. Una soledad tremendamente insultante. Los recuerdos, a veces, acuden sin ser llamados, y acuchillan el alma sin piedad. Aquellos momentos de cariño, de caricias encontradas, de miradas cómplices, de besos perdidos en noches iluminadas por el sol. No paraba de llorar y tampoco quería. Sintió que todo se derrumbaba a su alrededor y que se había quedado sin nada. La rendición sobrevoló su subconsciente, pero el olor putrefacto de la mentira hedía azotando el ambiente. Sintió que todo había sido una farsa. Sintió que había vivido en un engaño. Tenía la boca seca y pastosa y un sabor extraño. El sabor de la decepción y la desilusión. Y quizás de la rabia. El dolor y el odio se abrazaban en ese momento convirtiéndose en uno. Su mirada se endureció y las lágrimas cesaron de pronto. Sus músculos se tensaron y sintió que la ira se apoderaba de su ser. Tenía que hacer algo. Fue entonces cuando recordó la historia de Judit y el cuadro de Artemisia. Acudió a su cabeza de la misma forma que los recuerdos habían surgido del corazón.

“Sólo quedaron en la tienda Judit y Holofernes, que estaba tumbado en su lecho totalmente borracho. Judit había dicho a su criada que se quedara fuera de la alcoba y que esperara a que ella saliera como los demás días, pues saldría para hacer oración como había dicho a Bagoas. Salieron todos de la alcoba y no quedó en ella nadie, ni pequeño ni grande. [...] Avanzó hacia el poste que estaba a la cabecera de Holofernes, tomó su alfanje, se acercó a la cama, lo agarró por la cabellera y dijo:
-
Fortaléceme en este momento Señor, Dios de Israel
La Biblia, Antiguo Testamento, Jdt 13,15


Sus ojos vacuos, enrojecidos profundamente debido al llanto incontrolable, permanecían fijos. Sin dirección. En su cabeza aparecía la imagen que siguió a la narración bíblica. Se desarrollaba en el cuadro de Artemisia Gentileschi, que había incluido a su criada en la escena. El momento álgido se presentaba en una composición magnífica, donde la cabeza de Holofernes era la protagonista, creando un semicírculo de acción alrededor de ella y quedando brillantemente iluminada. Tenebrismo en estado puro. Con dos fuertes golpes, Judit hundió la espada en el cuello del ebrio general asirio, que se revuelve sin éxito mientras una maraña de brazos va y viene en un único movimiento de resistencia. La sangre salta por todas partes y emerge a borbotones del mutilado gaznate de Holofernes, que comienza a perder la mirada, mientras su brazo se destensa del cuello de la criada, cuyo semblante sigue firme y carente de piedad. La vida se desvanece en unos ojos perdidos y en un reguero carmesí que tiñe los almohadones blancos. Nada tiene que ver esta pintura con la plácida versión de Caravaggio, pintor al que Artemisia profesó una gran admiración. Gentileschi aborda el tema con una terrible crudeza, sin miedo alguno a plasmar los horrores de la decapitación e introduciendo novedades técnicas que sitúan el cuadro en una de las mejores representaciones barrocas.



Aunque la cabeza de Holofernes sea el foco central de la escena, Judit atrae la mirada del espectador. Es inevitable no pararse en ella. Sus fuertes brazos realizan la acción sin dudar un momento. El izquierdo agarra sin piedad alguna la cabeza del general asirio, mientras el derecho cercena con crueldad. Es inevitable no advertir la ira y rabia que encierra su rostro. Su ceño fruncido derrocha coraje, y una leve pincelada de repugnancia, casi imperceptible, asoma en su boca y sus ojos. Pero por encima de todos estos detalles, está su mirada. Esa mirada dura y carente de misericordia o clemencia. Esa mirada que no puede apartar de su víctima porque necesita ver cómo su ira y rabia contenida se desatan con fuerza.



Recordaba la historia de Judit y el cuadro de Gentileschi mientras en sus ojos no dejaba de sentir el calor del sofoco y la irritación del dolor. Sabía que detrás de aquel cuadro había una hipótesis. Sabía que Artemisia lo había pintado como deseo de venganza por la violación sufrida por su maestro, Agostino Tassi y la tortura del juicio posterior. Sabía que, tal vez... la había pintado a ella misma sin darse cuenta. Sorbió la nariz y se limpió el rastro que habían dejado sus lágrimas. Se sintió vacía. Más vacía que nunca. Y perdida en un mundo de engaños y mentiras, donde el sol jugaba a quemar a la luna. Alzó la vista y observó la claridad que desprendía la noche. Parecía como si nada hubiera ocurrido. Parecía como si nada hubiera pasado. Era como si el tiempo se hubiera replegado sobre sí mismo y nunca hubiera existido aquello que tanto anhelaba. Se acabó. Sencillamente se terminó. Se deshizo por el camino de la espera. Y ahora sentía pena y tristeza. Amargura y desilusión. Decepción y dolor. Rabia e ira. Demasiado para asimilar.


Gracias a mi amigo
Canónigo por la luna


Arrancó lentamente el coche y se incorporó a la circulación en medio de un torbellino de sentimientos, emociones y sensaciones. Perdida en la confusión y un sinsentido que no merecía. Perdida en la mirada de Judit. Se imaginó dueña de esos brazos y esa espada. Dueña de ese momento. De esa posibilidad. Justo antes de la decapitación... ¿sería capaz?. Tal vez esa noche en la que Judit mató a Holofernes no había luna. Si fue así... sería porque estaba dentro de la tienda.

Para mi amiga Patri...

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Recuerdos de Santa Catalina

“Llegará un día que nuestros recuerdos serán nuestra riqueza”Paul Géraldy

Se había enterado por casualidad. Una frase suelta en el aire que llegó hasta sus oídos, mientras la bolsa amarilla recogía las escasas monedas que el día otorgaba. Todos tenemos un pasado, y Mariano también lo tenía. No tan diferente al de mucha gente. Tenía familia y un buen trabajo, pero la vida suele ponerte obstáculos que resultan impredecibles. Eran dos hombres bien ataviados los que comentaron algo al pasar por su lado. Chaqueta y corbata. Ropa de trabajo en campos de negocios, donde las batallas se libran con plumas o estilográficas, y las guerras se ganan con sonrisas y estrategias. Algo le sonaba a Mariano. La información llegó mutilada, casi tanto como su desayuno diario, pero pudo hilvanar los datos suficientes para la cita. Día 12 – Santa Catalina – Nueve de la noche. Siempre había sido un enamorado de aquella Iglesia. No tenía otra cosa que hacer y el tiempo le sobraba a raudales, hasta que la vieja Parca que corta el hilo se decidiera a guardar el suyo.

Gente de todo tipo y condición. Muchos le miraron cuando llegó envuelto en ese viejo abrigo verde raído y lleno de agujeros que había encontrado la semana anterior en la basura. La cara sucia y llena de churretes. Barba de un puñado de días olvidada y pelo enmarañado. Y encima de todo eso, una capa pesada de pobreza, oportunidades perdidas y abandono de la esperanza. Quizás esta última prenda, invisible para los demás, era la que más le pesaba a Mariano. Pero allí estaba. Había acudido a la cita de aquellos dos hombres de chaqueta y corbata. Pero él no se había colado en ninguna reunión de importantes empresas. Ni siquiera estaba estorbando para que los negocios llegaran a buen puerto. Estaba colaborando sin darse cuenta, porque lo que realmente quería y deseaba era estar cerca de ella. De Santa Catalina.


Se apartó un poco del gentío y se sentó apoyado en los muros. Alzó la vista y contempló las personas allí reunidas. Chaquetas, corbatas, botines, camisetas, rebecas, tocas, abrigos. Entonces dejó caer su cabeza hacia atrás y sintió cómo su nuca tocaba la pared. ¿Qué es lo que le queda a un hombre que ya no tiene nada?, sus recuerdos. Aquellos recuerdos era toda la riqueza que Mariano tenía. Y Santa Catalina estaba en la mayoría de ellos. Y lloró. Lloró desconsolada y amargamente. Sin compasión de sí mismo y acordándose de todos los momentos. Cada recuerdo era una pequeña joya envenenada. Era como un puñal de oro que se clavaba en su corazón. La primera vez que cruzó sus puertas acompañado de su padre, la llegada de Cuaresma y sus ansias por contemplar aquel Misterio imponente, las Lágrimas de Su Señora, la cara de su hijo, el mayor, cuando contempló su Capilla Sacramental. Y su mujer, diciéndole que sí ante el altar. Lo había perdido todo... menos sus recuerdos. La única riqueza que le quedaba. No quería que Santa Catalina también se perdiera...

“Los recuerdos no pueblan nuestra soledad, como suele decirse; antes al contrario, la hacen más profunda”
Gustav Flaubert

La echaba de menos. Mucho más de lo que él mismo hubiera pensado. Rodeado entre todo aquel gentío aglomerado, se sintió sólo. Una soledad extraña y melancólica. Nostalgia de todo lo vivido y ahora desaparecido de su vida, aunque no olvidado. Los recuerdos permanecían y poblaban su mente, pero no ayudaban a combatir el vacío que ella había dejado en su vida. No se sentía con fuerzas para nada más, pero sabía que, si recuperaba Santa Catalina, una parte de su amor volvería con él. Y por eso estaba allí. Por Santa Catalina y sus recuerdos.


Hacía frío y la gente se frotaba las manos. Una señora mayor estaba junto a él con rebeca y toca negra. Tenía que rondar un buen puñado de años, pues su rostro estaba poblado por unas líneas profundas y marcadas, pero sus ojos desprendían vida. Más allá, la gente seguía llegando para apoyar la causa de una restauración. Entonces todo se archivó en un instante fugaz y latente. El abrir y cerrar de ojos de un segundo apiñado en el rincón de lo preciso. Su respiración se quebró y permaneció suspendida. La inmovilidad acudió a su cuerpo y un rictus de expectación congeló su rostro. Había sido tan sólo un momento. Un perfil familiar y un pellizco agudo en la boca del estómago. Pero entonces lo que creyó ver se convirtió en lo que quiso ver. No era quien esperaba. Su respiración volvió y con ella la relajación convertida en desazón y tristeza. Y la soledad. No hay nada más triste que sentirse solo rodeado de gente. Y él se sentía así.


Quizás sus recuerdos no poblaran su soledad después de todo. No veía nada ni escuchaba nada de su alrededor. Sólo sentía una indomable necesidad de sentarse en el interior de la Iglesia de Santa Catalina y contemplarla. Acariciarla con la mirada y perderse entre sus recuerdos de Historia y Arte. La necesitaba porque su amor se había quedado encerrado allí. No quería pasar toda su vida entre recuerdos de una Iglesia desaparecida, quería recuperarla. Y sabía que estaba haciendo todo lo posible... pues ahora, su soledad era mucho más profunda.

“La vida sería imposible si todo se recordase. El secreto está en saber elegir lo que debe olvidarse”
Roger Martin du Gard

Quizás fuera por eso. Tal vez en su interior, en lo más profundo de sus entrañas, sabía que no podía olvidar. No podía ni quería olvidar, porque su viejo corazón no le dictaba otro menester. Y allí estaba frente a las puertas de su niñez, los muros de su juventud, el arco de su madurez y la cubierta ajada y arruinada de su anciana existencia. Hacía frío, pero el calor humano ayudaba a seguir junto a sus recuerdos. A su espalda se encontraba aquel edificio por el cual había salido tan de noche para ella. A sus noventa años, Angelita gustaba de cenar pronto en invierno, cuando el frío se hacía notar fuera y su brasero encendía el hogar con calor dulce. Un calor exornado con el vapor de la alhucema, mientras su sopa humeaba volutas de picatoste con sabor a hierbabuena. Sorbos pequeños que servían para romper el silencio de su soledad. Y cuando el postre se desmembraba en dulces gajos de naranja, la sintonía de Arrayán la acompañaba en sus noches calcadas en un trasluz de rutina.

Las nueve de la noche era tarde para ella, pero ese día era diferente. Se lo había dicho su vecina por la mañana y ella no lo dudó. Frotó sus desvencijadas piernas con todas las fuerzas de su carácter nonagenario y se armó de rebeca y toca negras, pues el luto sería ya eterno. Y allí estaba. A la hora citada. Rodeada de gente de todas las edades y condiciones. Hombres de negocios, chavales, personas mayores, incluso vio a un indigente mirar la Iglesia con nostalgia. Su pulso temblaba, más por el peso de los años que por el frío, que también hacía mella en sus desgastados huesos. Pero sabía por qué había acudido esa noche allí. Tenía unas grandísimas ganas de vivir, pero era consciente que sus noventa años la acercaban al atardecer de su vida, y quizás no viera restaurada su Iglesia, la misma que la acogió de niña en esos juegos perdidos en la memoria. Pero algo dentro de ella le decía que tenía que estar allí, para que sus hijos la disfrutaran, y sus nietos y todos los que vinieran detrás.


Se giró y contempló Santa Catalina. Estaba sucia, estropeada y enferma. Angelita había olvidado muchas cosas en su vida. Algunos momentos que quiso borrar de su cabeza un día, casi sin darse cuenta. Otros que desaparecieron con el paso de los años y que nadie se ocupó de recuperar. Quizás el secreto fuera ese... saber elegir lo que debe olvidarse. Ella no se había olvidado de Santa Catalina, y allí estaba para demostrarlo. Le habían dicho que su Iglesia estaba enferma, pero que la curarían, y que volvería a entrar. Cerró los ojos y se perdió en todos esos recuerdos que había apilado en su memoria. No era difícil acudir a Santa Catalina, pues su vida había pasado alrededor de aquellos muros que ahora se agrietaban como sus manos.


De vuelta a casa, paseó por el camino de la memoria y las imágenes cuarteadas de su amor incondicional a su Iglesia. Movió el brasero y avivó el cisco. Se apartó un poco de sopa caliente y puso a Juan con sus niños. No sabía si llegaría el día en que volvería a cruzar su puerta prestada, pero tenía la sensación de que no había sido en balde. Tenía la sensación de que todo aquello serviría para algo. Quizás ella no la viera, pero tal vez sus niños sí. Sonrió y se dejó calentar por la sopa y el olor de la alhucema.

“Poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces”Marco Valerio Marcial

Afortunadamente iba con don Benito y no con ‘el Cabrillas’, pues su singular humor le hubiera servido en bandeja la posibilidad, casi irresistible, de soltarle un chorlito en sus gélidas orejas. Don Anselmo tenía congelados los pabellones auriculares, que diría don Benito, o los pestiños, que remacharía Paco el lechero, pero sabía que estaba allí porque tenía que estar. Habían entrado en el bar de Antoñito comentándolo. En Santa Catalina a las nueve de la noche el día doce de diciembre. No tenía nada que perder, salvo las orejas, que pronto se desprenderían como dos estalactitas que ceden bajo su propio peso.

Don Benito no paraba de citarle el rico patrimonio que atesoraba la Iglesia. Se había enterado de las intenciones de acudir a aquella concentración de su amigo, y no dudó en preguntarle, siempre bajo una pulcra introducción de corrección impoluta, si podía acompañarle. Don Anselmo no dudó un instante, y ambos se habían encajado hasta las puertas de la desafortunada Iglesia. Aquello parecía una bulla sin canis de punta en blanco, aunque el Jueves de la calle Feria no podía presumir de un ramillete más variado de personajes. Tras echar una rápida visual a su alrededor, don Anselmo consiguió reconstruir una repisa de los diferentes estratos que tiene su Sevilla. Incluso había personas mayores, como la que tenían delante, una señora tocada de negro con rebeca.


Se volvió hacia don Benito y le contó cómo había conocido a Santa Catalina:
- Tengo mushos recuerdoh de Santa Catalina amigo don Benito... pero recuerdo la primera vé que entré. ¡Qué maravilla!. Iba con mi padre y era domingo. Ojú don Benito... frío hasía esa mañana com’ahora. Tenía lah orejah que eran doh poshicle de los que vendían en loh ambigú de los ssine de verano de Triana. Mabía comprao mi padre un papé de calentitoh... ya por aqué entonse tenía yo que tomá Armá. Y me dijo, Ansermo hijo, vamo antrá en la Iglesia de Santa Catalina, verá qué bonita. Y llevaba rassón. Mira... cuando yo entré por ehta puerta y luego crussé la otra... y vi ese retablo tan bonito...
- De don Diego López Bueno mi querido don Anselmo. Sí señor que es una obra magnífica. A nadie deja indiferente – le interrumpió don Benito, que en seguida abrió los ojos como dos huevos tibios al comprender su desliz interrumpiendo a don Anselmo – discúlpame amigo que te he interrumpido.
- No pasa ná. Po lo que tiba dissiendo amigo... mira me subió una cosa por er pesho. Y no eran ardentíah en. Eran unah cohquiyitah dessas que te dissen, ¡coño!, ¡qué cosa má bonita!. Y luego me metió en Capilla Sacramentá... y eso sí que é una joya. ¡Que recuerdo má bonito! Y tó esto agarrao de la mano de mi padre. Estoy reviviéndolo otra vé. Como viví doh vesse.
- Te entiendo amigo don Anselmo. A mí la Capilla Sacramental me encantó la primera vez que la vi. Tiene una riqueza ornamental estupenda. Un tesoro histórico-artístico inconmensurable. Leonardo de Figueroa en estado puro.
- Y esoh Caballos... En Cuarehma entrá en la Iglesia y encontrártelos de esparda. Y esa Señora... ¿hay lágrimah má bonita?


La cosa se movía y la gente se dispersaba como si el último preste de un palio hubiera pasado ante sus ojos. Con el izquierdo por delante y en parejas nombradas, don Anselmo y don Benito se dirigieron al Rinconcillo, con la venia de Antoñito, para calentarse a base de coroneles y poner en fila a un puñado de soldaos.



Y vuesas mercedes... ¿estarán presentes el viernes 12 de diciembre a las nueve de la noche?, ¿qué recuerdos tienen de Santa Catalina? ...echaos un trago y calmar vuestra sed, pues aunque haga frío, el agua siempre es necesaria.

Imágenes de la Fototeca de la Universidad de Sevilla
Cartel gracias al amigo Híspalis

viernes, 5 de diciembre de 2008

El señor de la esquina

Me acosté con la espalda hecha trizas. El silencio me envolvía y la penumbra me arropaba. La negra boca de la oscuridad se cerraba ante mis ojos, completamente abiertos, pero agotados por el trajín de los días. El tiempo no se detenía. No se compraba. El maldito reloj de arena no dejaba ni un solo grano en la base superior, ni un solo resquicio por el que se pudiera arañar un minuto. Las fauces eran enormes y su apetito voraz. Es curioso el tiempo, pues se hace notar cuando la espera se convierte en la sinrazón de una vida y el ostracismo marca el tedio de un compás que languidece. Y es fugaz cuando el momento se goza y las tareas lo asaltan. De pronto me acordé de aquella imagen. En la negra noche y el gris silencio, contemplé ese momento congelado en la calle Laraña, anclado en mi memoria. Aquella imagen que había encontrado en la Fototeca de la Universidad de Sevilla.



Manchas fugaces de personas se dejaban entrever a lo largo de la calle. Un par de coches de caballos y los raíles de un tranvía, ya desaparecido, acompañaban a tres automóviles antiguos, que también se habían perdido a lo largo de los años. No estaba el actual kiosco de prensa ni los semáforos. Pero allí estaba la Iglesia de la Anunciación y la antigua Universidad, persistentes en el pasado y el presente. Testigos de los cambios y del paso del tiempo. Aquellas personas aparecían desvanecidas, en movimiento, como si el reloj corriera para ellas... pero una se mantenía inmóvil. Es como si el mundo girara sin descanso para todos menos para el señor de la esquina. Un hombre tocado con una gorrilla o mascota, ataviado con un traje de chaqueta y corbata, y un abrigo sobrepuesto para calmar el frío. Ese señor parece suspendido en el tiempo. Libre de las cadenas que tiran a los demás a un paso fugaz. Inmóvil y perdurable como la portada de la Iglesia de la Anunciación.



El silencio comenzaba a zumbar con fuerza en mis oídos y la oscuridad se hizo más tenue, cómo si un gris marengo se derramara por las paredes de mi habitación. A veces paso por Laraña y me quedo mirando aquella esquina. La ausencia del hombre inmóvil está allí... pero en otras ocasiones, esos días en los que el cielo se vuelve plomizo y una fina capa de agua cae sobre Sevilla, una sombra se refleja en el suelo y la silueta de un hombre aparece entre las luces brillantes del semáforo. Hay algunas cosas que el tiempo no se puede comer... o no quiere comerse.

miércoles, 8 de octubre de 2008

El dolor del Guernica

Como si de una densa niebla se tratara, las imágenes se fueron disipando en los ojos de la memoria y una faz blanca lo inundó todo. Un destello de luz roto de pronto por la oscuridad profunda de las tinieblas. Miedo y pavor extendiéndose como la pólvora de miles de cañones. Hay recuerdos que no se pueden borrar. Hay momentos que no se pueden desterrar de la mente. Hay heridas que el tiempo jamás podrá cerrar y curar, porque el olvido no es suficiente para hacer frente a muchos de los sentimientos que mueven el corazón de una persona. Es entonces cuando los sueños se convierten en pesadillas y aquellas imágenes que se intentaban desvanecer, vuelven una y otra vez. Sudando y ahogando un grito desesperado, Emilia se incorporó en la cama. Hacía tiempo que su pasado no le visitaba cuando Morfeo la abrazaba, pero esa noche la sobresaltó un ruido de aviones y cientos de explosiones a su alrededor. Gritos de terror y miedo fundidos en sepia. Miró a su alrededor y comprobó que todo estaba en orden. Silencio y tranquilidad. La maleta antigua, de piel gastada por el paso del tiempo, reposaba cerca de la puerta. Su ropa para el viaje esperaba en la silla de su cuarto, mientras su marido no dejaba de resoplar rítmicamente en sonoros ronquidos. Miró el reloj y se dio cuenta que aún le quedaban varias horas hasta que la alarma avisara para la hora de partir. Madrid les esperaba. Se volvió a acostar y cerró los ojos, con la esperanza de no encontrar más gritos en sus sueños.


“Fue en la edad de nuestro primer amor
cuando los mensajes son propicios al precoz embelesamiento
y los suaves atardeceres toman un perfume dulcísimo
en forma de muchacha azul o de mayo que desaparece,
cuando
unos hombres duros como el sol del verano
ensangrentaban la tierra blasfemando
de otros hombres tan duros como ellos;”

Las noticias de la Guerra Civil no hacían otra cosa que minar el ánimo de Pablo. La Exposición Internacional de París se acercaba a pasos agigantados y tenía que entregar su obra para el Pabellón Español. Una obra que no tenía acabada. Una obra que no había comenzado. Impotente por los acontecimientos que se vivían en su país, se dejaba calmar por la tranquilidad de los alrededores de la casa rural, no lejos de Versalles, en las inmediaciones de Le-Tremblay-sur-Mauldre. Pero las noticias no dejaban de llegar. Su madre, residente en Barcelona, le pone al corriente de cómo España se acuchilla y masacra. Todos los relatos son negras necrológicas de un país que estalla por los cuatro costados y el desmoronamiento de la razón humana. España se muere en una guerra incivil. Hasta Salvador se dio cuenta y realizó una premonición de receta para una “Construcción blanda con judías hervidas”. Una auténtica metáfora visual de las tensiones físicas y emocionales que ahogaban a la piel de toro. Y entonces llegó el 26 de abril de 1937 y la muerte cayó del cielo en el vientre de unos misiles. Al día siguiente, Pablo leía el periódico francés L’Humanité y temblaba en lo más profundo de sus entrañas, al comprobar cómo la locura de la guerra y el miedo del poder irracional, sesgaba la vida de inocentes. Las dramáticas fotografías del rotativo galo sobrecogieron al pintor y le sumieron en un profundo pesar. Su mente retuvo esas imágenes latentes de barbarie y terror y la inspiración acudió en forma de musas cadáveres que danzaban a su alrededor. Sintió pena, rabia, ira e impotencia. Angustia frente al dolor universal que simboliza una guerra. Los tres días siguientes serían el marco geográfico de una idea. La gestación de modelos de dolor imborrable que perdurarían por siempre en la creación de uno de los mayores alegatos genéricos contra la barbarie, el terror y la guerra. El sábado 1 de mayo de 1937, apareció el primer boceto de su futura obra para el Pabellón de España de la Expositión Internationale Des Arts Et Techniques Dan La Vie Moderne de París. El sábado 1 de mayo de 1937, "El Guernica" comenzó a tomar forma.


“tenían prisa por matar para no ser matados
y vimos asombrados con inocente pupila
el terror de los fusilados amaneceres,
las largas caravanas de camiones desvencijados
en cuyo fondo los acurrucados individuos
eran llevados a la muerte como acosada manada;”

Camino de Madrid. El tren no se parecía para nada a los de antaño y la gente estaba alegre y contenta. Su marido, su fiel compañero, la besó manteniendo sus labios con tremendo cariño entre los suyos. Habían pasado los años y seguían manteniendo la llama del amor vivo como el primer día, alimentándolo cuando era preciso con caricias y cariño. Ella le sonrió pero estaba lejos del tren y su amortiguado traqueteo. Se frotó el dorso de la mano lentamente y dejó notar las arrugas del tiempo en el tacto. Tenía un par de señales de dos cortes profundos de su infancia en la mano izquierda. Recuerdos de aquella tarde del 26 de abril de 1937. Sus ojos se endurecieron y su mente cruzó el horizonte del pasado para perderse entre gritos de desesperación y llanto. Sonidos de pólvora y terror. Olores de metralla y humo de barbarie. Cicatrices sin cerrar del todo en una vida marcada por un bombardeo. Guernica explotando al aire en un torbellino de gritos y llanto. Ojos desorbitados y miradas de miedo que precedieron a una jornada de dolor. Ni siquiera un mes después, Emilia subía a “La Habana”, el barco que trasladaría a Inglaterra a más de 3500 niños, evitando esa sangrienta guerra incivil que atravesaba el país. Nunca se había sentido tan sola como en aquel barco. Rodeada de niños y sola. La soledad... no siempre se presenta de la misma manera. Tenía catorce años y jamás olvidaría el bombardeo y la última vez que vio el rostro de su madre, bañado en lágrimas.


Faltaba poco y su marido la despertó del pasado con una dulce sonrisa. Sabía en qué pensaba y no hizo falta hablar. A veces... las palabras sobran cuando se conocen los sentimientos. Y él lo sabía. Acarició su mejilla con toda la delicadeza que pudo y le besó la mano. Emilia sonrió y se dejó llevar por el presente y el delicioso sabor a vida que ofrecía. Pronto estarían en Madrid.

“era la guerra, el terror, los incendios, era la patria suicida,
eran los siglos podridos reventando;
vimos las gentes despavoridas en un espanto de consignas atroces;
iban y venían, insultaban, denunciaban, mataban,
eran los héroes, decían golpeando
las ventanillas de los trenes repletos de su carne de cañón;”

Junio de 1937. Había cumplido y la obra estaba terminada. Pablo la observó alejándose hacia atrás, con su vista cansada y su ánimo encontrado en un cruce de sinsabores. Allí estaba su mural para el Pabellón Español. "El Guernica". La expresividad se hacía patente en la distorsión y fragmentación de las figuras. De ellas emergía la angustia y el sufrimiento. El caos se apodera de la estructura del cuadro en un primer momento, como si aún siguieran cayendo bombas y la gente no dejara de chillar y correr. Luego todo se aclara y la lectura puede seguirse. Una figura que grita con los brazos en alto entre el fuego, una mujer que cae en la carrera desesperada por la supervivencia, un caballo que exhala un aullido de dolor al ser herido mientras pisotea un cadáver descuartizado, una mujer que ilumina con una vela la escena y otra que llora desesperadamente la muerte de su hijo, como una Piedad renacentista, mientras un toro mira con vista perdida tras ella. Arriba, una lámpara, un ojo o una bomba, o tal vez los tres elementos.


El pintor pasó su mirada por los detalles que habían cambiado a lo largo del desarrollo del cuadro. Se paró en le herida del caballo, de la cual había desaparecido la figura emergente de un caballito alado, símbolo de la esperanza. Suspiró. Sólo quedaba la flor en la mano de aquel guerrero caído. Una flor que permanecía en el centro del caos. Imperturbable. Como la esperanza. Símbolo de ella y que no se puede quebrantar. Y la luz. Sería el pueblo el que entendería su obra. Todo opuesto y sin embargo relacionado. Blanco y negro para dotarlo de policromía. Antónimos y relacionados. Gris como el horizonte que presagiaba Pablo. Angustia, pena y rabia. Y la impotencia. Sobre todo la impotencia. Cerró los ojos y aspiró con fuerza una bocanada de aire, como si le faltara en ese momento, para luego asentir ante la propia obra y confirmarse a sí mismo. "El Guernica" no volvería a España a menos que Franco perdiera. O cuando éste no estuviera. No sabía el gran genio de la pintura que no lo vería en su tierra de origen. El genial Pablo Picasso no vería nunca su cuadro en España.

“nosotros no entendíamos apenas el suplicio
y la hora dulce de un jardín con alegría y besos;
fueron noches salvajes de bombardeo, noticias lúgubres,
la muerte banderín de enganche cada macilenta aurora;
y héteme aquí solo ante mi vejez más próxima
preguntar en silencio
¿qué fue de nuestro vuelo de remanso,
por qué pagamos las culpas colectivas
de nuestro viejo pueblo sanguinario;
quién nos resarcirá de nuestra adolescencia destruida
aunque no fuese a las trincheras?”

Llegaron a Madrid pronto y el sol aún servía de luz. Salieron de Atocha y comprobaron que el tráfico y los ríos de personas se adueñaban de las calles y mantenían el pulso de la ciudad activo, sin cesar ni un momento. La capital de España se les antojó como un hormiguero que vibraba de vida en un bombeo continuo de ideas y venidas. Podría decirse que el movimiento y el dinamismo sorprendió a Emilia y su marido. Tal vez no se dieron cuenta que era hora punta y eso ayudaba a que todos confluyeran en un ir y venir de pasos acelerados. Observándolo todo y adquiriendo el aire de turistas involuntarios, llegaron hasta el museo. Entraron y se sumergieron en el Arte Contemporáneo, hasta que lo vieron. Todo el viaje tenía un único motivo. Un único sentido. Y allí estaba. Delante de ellos. Emilia cogió aire y lo retuvo en su pecho. Su marido no hacía otra cosa que apretarle la mano con fuerza, pero entonces ella lo miró y no hizo falta nada más. Era su momento íntimo. El encuentro con sus recuerdos mutilados. Él la besó y se alejó dando un paseo.


La gente se arremolinaba para verlo. Era grande, pero nadie quería perderse ninguno de sus detalles. Emilia se hizo sitio y consiguió situarse frente a frente, entre el público ansioso. Todo el mundo hacía comentarios, todo el mundo hablaba y un jaleoso rumor se extendía aceitosamente. Pero ella no los escuchaba a ellos, pues los gritos de su memoria no dejaban pasar nada más. No los veía, porque las imágenes de sus recuerdos inundaban su cabeza. No había otro olor que no fuera el de la pólvora y el miedo. Allí estaba su infancia arrebatada. Su inocencia interrumpida por un bombardeo. Su vida quebrada en mil pedazos de recuerdos fragmentados en retales de angustia, rabia e impotencia. Allí estaba pintado su dolor. Picasso no pintó la Legión Cóndor alemana. Ni siquiera pintó Guernica. Picasso pintó el pueblo y su dolor. Picasso la pintó a ella. A todos los que sufrieron.


Su mirada comenzó a temblar y la garganta se cerró como un cepo dentado. Observó cada detalle del cuadro y la realidad se confundió con la ficción. Los símbolos con la verdad. Sus recuerdos con el propio cuadro. Y entonces se dio cuenta que sabía leer en el idioma oculto de aquel cuadro y comenzó a ver. A verlo todo. La tormenta de los aviones. Muchos aviones. Uno tras otro. No dejaban de sobrevolar cuervos entre gritos y carreras. Aquel ojo artificial en forma de bombilla en lo alto lo anunciaba. Las bombas miraban desde el cielo y caían en forma de guadaña. Y algunos símbolos más que recordaban a la guerra. La espada en la mano del caído, las flechas, la lanza, el fuego... que se hace partícipe del desastre y devora a los inocentes, como la mujer que perece entre las llamas. Emilia la escucha gritar y traga saliva ante el dolor que muestra su rostro desencajado. Los ojos vacuos y llenos de miedo. El miedo es algo que se pudo encontrar fácilmente en todas las miradas. Una mujer corría de derecha a izquierda huyendo de lo que todos huían aquella tarde. Se dejaba el pie atrás y estaba a punto de caer. Recordaba las caídas de gente desesperada. Y las carreras. Como la de aquel caballo herido que chilla al aire mientras pisa un cadáver descuartizado. Un hombre abandonado a la suerte de la guerra cuya mirada sacude un fuerte escalofrío a Emilia. Vio muchas miradas perdidas como la de aquel hombre que yace bajo los cascos de la guerra. Y también tuvo la sensación de ver aquella paloma de ala rota. La esperanza perdida. El túnel profundo que enfilaba su vida aquella tarde. Emilia sintió algo dentro de ella y su corazón latió con fuerza. Sacó un pañuelo de su bolso y se limpió la humedad de sus ojos. Fue entonces cuando contempló la figura de aquella piedad cubista. Aquel símbolo inequívoco de los verdaderos perjudicados de la guerra. El llanto del pueblo. La madre que abraza a su hijo por última vez antes de darse cuenta que su vida se ha ido con él. Que ya nada tendrá sentido. Que la barbarie y la sinrazón se ha apoderado del mundo. Y chilla y grita. Y nada puede hacer, pues ha muerto en vida con él. Entonces Emilia lloró. Dejó que sus lágrimas acariciaran los pliegues de sus años y que su corazón se desatara de aquel dolor que la oprimía.



“Vanas son las preguntas a las piedras
y mudo el destino insaciable por el viento;
mas quiero hablarte aquí de mi generación perdida,
de su cólera, paloma en una sala de espera con un reloj parado siempre;
de sus besos nunca recobrados,
de su alegría asesinada
por la historia siniestra
de un huracán terrible de locura.”

Miguel Labordeta (1921-1969) – 1936


Se secó las lágrimas y recordó aquel verso de Miguel Labordeta, “paloma en una sala de espera con un reloj parado siempre”. Hay algunas heridas que el tiempo sólo alivia, pero no cierra. De cicatrices está nuestro corazón lleno, pero algunas se abren con más facilidad que otras. Pero hay un brillo sempiterno de algo inesperado en lo más oscuro del horizonte. Lo hubo para Emilia y ella pudo verlo. Supo verlo. Porque hay que saber mirar para verlo. Y también lo vio Picasso. Y en medio de toda aquella vorágine, lo supo encontrar y plasmar. Y allí estaba aquel brazo que ilumina la escena y dota de luz la oscuridad del terror. Y la mano del caído se agarra con mayor fuerza a la flor. Luz y vida. Esperanza. Esperanza para acabar con la guerra, para una vida mejor. Esperanza como pilar básico y motor de la ilusión que no debe morir. La esperanza... siempre presente. Emilia suspiró ante aquella revelación que le regalaba Picasso y que ella supo ver.


Aturdida y algo desorientada por el viaje al pasado, miró a su alrededor. La gente se había marchado. Sólo quedaba una persona a su lado. Era una mujer joven y alta que se volvía en ese momento para mirarla. Sus miradas, húmedas por la emoción del cuadro, se encontraron. Había muchos años de diferencia entre unos ojos y otros, pero sentimientos encontrados. Se sonrieron cómplices de una intimidad inusitada entre dos personas extrañas. Ambas estaba emocionadas. Y entonces apareció el marido de Emilia. La besó con todo el cariño del mundo, y en silencio se dieron la mano. Al marcharse... la anciana se volvió y miró a la joven por última vez, sonriéndole de nuevo, antes de darse la vuelta. Emilia supo que el reloj de la paloma de Labordeta volvió a funcionar. Sabía que habría muchas cosas en la vida que no podría olvidar... porque algunos recuerdos pertenecen al corazón, y no a la memoria. Sabía que la herida de aquel 26 de abril de 1937, sólo se aliviaba con el tiempo, pero que no se cerraría. Y también sabía que no olvidaría nunca a aquella joven dama del museo, con su pelo rizado y su pulsera de ámbar...

Para esa dama de sevillano nombre y pulsera de ámbar, mi amiga Reyes...