Acababa de llegar y nos fundimos en un fuerte abrazo. Rápidamente nos fuimos hacia mi coche mientras nos contábamos los hechos y acontecimientos más importantes desde la última vez que nos vimos:
- Por fin en Sevilla.
- Sí. Tenía muchas ganas de conocer tu ciudad - Me dijo ilusionado - Me han hablado mucho, y bien, de ella.
- Pues tengo una sorpresa para ti. Antes de ir a casa, vamos a hacer una parada y dar un paseo por el centro - Le dije con aire entusiasmado, mientras pude comprobar su alegría.
Mientras paseábamos, la luz bañaba Sevilla, esa luz característica de nuestra ciudad, la que lo llena todo, la que ilumina el ambiente. Pasamos por la Plaza de Virgen de los Reyes para contemplar nuestra Catedral, la esbeltez de la Giralda, el barrio de Santa Cruz, con su frescor pegadizo, Mateos Gago, la calle Alemanes, cargada de vida, la Plaza de San Francisco, que comenzaba a transformarse, el bullicio y ajetreo de la céntrica calle Sierpes, la mutilada Plaza del Salvador, esfuerzo en Villegas para la Cuesta del Rosario, Tres Caídas hasta Águilas, la pintoresca Alfalfa, Alcaicería, Jesús de la Pasión, el minarete de Córdoba, el intimismo de la calle Cuna, la revirá de Orfila, la Plaza de los Azahares, la Campana y la confitería que le da nombre, la Plaza del Duque y su Velázquez oteando el horizonte, la calle de Alfonso XII y su ir y venir de gentes, ramillete de plazas y calles, Plaza del Museo, Herrera el Viejo, Canalejas, la Magdalena, Reyes Católicos, Puente de Triana, y ya en la otra orilla, Altozano, Pureza, Betis y vista de la Torre del Oro, San Jacinto, Castilla y el barrio León, Patrocinio y Puente del Cachorro, frescor de nuevo por Baños, para conocer San Vicente, el barrio de Castillo-Lastrucci, un quiebro, Marqués de la Mina, Alcoy, ya estamos en San Lorenzo, Hernán Cortés, Eslava y el Señor de Sevilla, ya estamos en San Lorenzo, ya estamos en la Plaza, ya estamos en el Salón de Sevilla, donde se mudó Juan de Mesa para estar cerca de su Nazareno, Conde de Barajas, Amor de Dios, Alameda de Hércules, Relator, la Feria, Escoberos y San Gil, esencia Macarena, San Luis, Santa Marina, Plaza San Marcos, Bustos Tavera, Plaza de los Terceros, Santa Catalina, Gerona, doña María Coronel, Plaza del Cristo de Burgos, bendita Santa Ángela, recogimiento de San Juan de la Palma, San Martín, Cervantes, angosta San Andrés, estrecha San Miguel, dos revueltas y enfilamos Las Cortes, a la derecha Plaza de la Gavidia, a la izquierda, Plaza de la Concordia. Y fue allí, en esta sevillanísima plaza, donde mi amigo pidió tomar asiento para descansar, y razón tenía. Delante de San Hermenegildo, delante de la fuente que cruza sus aguas y brinda un repiqueteo agradable que complementa la luz, esa luz de Sevilla tan característica, esa luz de primavera, esa luz que trae una brisa templada, que te acaricia y ornamenta ese azul limpio que sirve de fondo a un inconmensurable sol, que nos siguió en todo nuestro recorrido, iluminando Sevilla, sus calles y sus naranjos, ¡ay sus naranjos!, en Santa Cruz, en Alemanes, en San Francisco, en el Salvador, en Azahares, el barrio León, Macarena, la Palma, Gavidia y Concordia. Y fue allí donde pude observar su expresión, ¿asombro?,¿extrañeza?,¿alegría?,¿ilusión?...
- ¿A qué huele? - Me preguntó, sorprendiéndome en mis pensamientos. Lo miré y le dije:
- Huele a Misericordias en Santa Cruz, a pescaíto frito en Mateos Gago, a madera de sillas en San Francisco, a cera en Sierpes, a tapas en el Salvador, huele al crujir de la madera en la Cuesta del Bacalao, a Presentación y Sangre en Tres Caídas, a Desamparo y Abandono en Águilas, a cuero de sandalias en Alcaicería, huele a Pan en la Plaza de Jesús de la Pasión, y también en Orfila, huele a caramelos, crema, miel y dulce en la Campana, huele a nazarenos, a Silencio en Alfonso XII, a Murillo en el Museo, a Calvario y Descendimiento en la Magdalena, hasta Reyes Católicos llega el olor de los toques de Triana, huele a Cigarreras y Pureza, a Esperanza, Estrella, en San Jacinto y carey en Castilla, huele a túnicas blancas, costal y morcilla en el barrio León, a izquierdo por delante, a Expiración en el Patrocinio, a Penas en San Vicente, huele a madera y barníz en Castillo-Lastrucci, huele a rachear de pasos en San Lorenzo, a Soledad, a Bofetadas, a devoción, a cuero, esparto y ruán, huele a esmeraldas en Relator, a Rosarios en Feria, a Esperanza en Escoberos, a venia en San Gil, a Sentencia en San Luis, a Resurrección en Santa Marina, a Mortaja en Bustos Tavera, huele a Pan y Vino en los Terceros, a aceite en doña María Coronel, a oboes en el Cristo de Burgos, a cantos y bendición en Santa Ángela, y ¡cómo huele a Amargura en San Juan de la Palma!, a Desprecio y Silencio Blanco, a lanza y llanto en San Martín, huele a sentimiento de Ortega Bru en San Andrés, a traslados y a rosas rojas de don Iñaki, huele a incienso en el Duque, huele a incienso en Sevilla, huele a cornetas y tambores, cera derretida, flores en jarrillos de plata, túnicas y esparto, ruán, sandalias racheando, huele a bordados de Ojeda, a dulces de caramelo, huele a bambalinas, a borlones, a saetas, ¡y a azahar!, ¡ay cómo huele a azahar!, en la Gavidia, en la Concordia, en toda nuestra ciudad, esencia de primavera, esencia de Sevilla...- mi amigo me miró sorprendido, con los ojos como platos, y acto seguido me sonrió.
- ¿A todo eso huele? - a lo que yo le respondí con una amplia sonrisa:- Huele a vísperas amigo mío