...me senté en mi vieja silla de madera y vertí en mi jarra el agua fresca que manaba de Sevilla...
miércoles, 27 de abril de 2011
Cambio de collación
viernes, 15 de abril de 2011
La primera vez de mi amigo Álvaro
Se abre el puesto del agua, excepcionalmente, para recoger en jarrillos de aluminio el texto que hiciera mi amigo Álvaro para el Especial de Semana Santa de Casco Antiguo. Gracias...
"La primera vez"
Acción y reacción. Llegar, conocerla y enamorarte de ella, dejarte atrapar por el frasco de las esencias que se destapa en cualquier esquina durante la semana más mágica del año.
Cofradías y cofradías, calles y más calles. De este modo descubriremos que Sevilla es su centro, calle Feria rebosante de vida y de cofradías, Plaza del Salvador y Calle Cuna, estrechez en Francos y algarabía en la Alfalfa, silencio en Doña Mª Coronel, oscuridad en Sales y Ferré, recogimiento en Conde de Barajas y Cardenal Espínola.
Cofradías y más cofradías, caminatas incesantes. De este modo descubriremos también que Sevilla son sus barrios y arrabales, brisa fresca para el visitante, aires toreros por San Bernardo y marineros en Triana, aroma de ribera en el Arenal y de naranjos en Santa Cruz. Tiro de Línea, Nervión, San Pablo, Porvenir y Cerro, barrios que alejados del casco histórico tienen sello propio y son ejemplo de juventud, fuerza e ilusión.
Pero lo más importante no es el hecho de conocer y descubrir cosas nuevas, lo verdaderamente importante es redescubrir lo ya conocido, encontrando momentos que nos vuelvan a emocionar una y otra vez: la revirá de un misterio; la trasera de un palio que se difumina entre el gentío; ciriales encendidos revolviendo las esquinas; una nube de incienso; el silencio del Postigo cuando arranca una chicotá; el tañir de las campanas durante la recogida de Santa Marta; una levantá en el puente; la oscuridad de Mateos Gago un Martes Santo…
Tesoros y detalles que guardaremos en la memoria y que permanecerán con nosotros para siempre, pudiéndolos revivir cada vez que queramos con sólo cerrar los ojos.
Detalles, que aunque pequeños esconden un inmenso significado.
Detalles como aquella estampita del Cristo de San Bernardo o del Sentencia que me regalaron hace años y que siempre guardaré como oro en paño, o esa medallita de San Esteban que descansa en un rincón privilegiado de mi casa. Detalles que todos conservamos como un preciado botín que nos acercará a la Semana Santa cuando no la tengamos cerca.
La Semana Santa sevillana es un punto y aparte en la vida del cofrade, es el manantial de sentimientos que no cesa de brotar; el manantial del que merece la pena beber; del que hay que empaparse.
Un año más durante una semana, Sevilla rezará en silencio y hablará con la mirada; un año más merecerá la pena conocerlo, vivirlo y sentirlo.
miércoles, 21 de julio de 2010
Holidays
Antes de que estalle, emigro al seno de unas necesitadas vacaciones. Tras un año complicado, en el que las Musas eran asustadas por Cronos y la Universidad volvía a mi vida, ha llegado el momento del tan deseado descanso. Marcho a Isla Cristina, donde un tabernero famoso ha abierto un chiringuito con deliciosos gin-tonics. Allí descansaré, también trabajaré y pensaré si este humilde puesto del agua merece un cambio o un cierre. Pero sobre todo, disfrutaré de mi familia, mis amigos y su compañía.
Que paséis unas felices vacaciones.
Vuestro amigo Ramsés.
sábado, 3 de julio de 2010
Mi General
Ya hablé en una ocasión de este encuentro y no quiero repetirme. El gusano del tiempo devora los días como lo hace en los lienzos del Barroco. Mendrugos de pan duro se resecan en las historias pintadas de los genios del XVII, anunciando que la vida acaba en el beso que ofrece una pálida dama. Mi puesto del agua está seco y las palabras se evaporan con el calor de estos días. Pocos son los que pasan ya por aquí, y no les culpo, pues las cántaras yacen abandonadas al descuido temporal de un tiempo sin tiempo. Puede que vuesas mercedes me recuerden como un blog abandonado, con la imagen del cuadro que preside este rincón, o tal vez con otra, pero con una imagen al fin y al cabo. Todos tenemos sobre nosotros una imagen, o varias, que trascienden más allá del subconsciente de la persona que nos mira o nos recuerda. En la memoria de los demás podemos ser cuadros, momentos, fotografías, caricias, ciudades, perfumes o incluso palabras. Podemos ser todo con lo que nos relacionan, o todo cuanto significamos para ellos. Podemos ser un icono, un sentimiento o un objeto, o todos a la vez. Incluso podemos aumentar esa lista. Hoy tendré una imagen más de mi amigo Sergio, que aumentará la forma en la que se refleja en mi memoria.
Sergio es y será siempre mi General. Antes de conocerlo siempre me lo imaginé con armadura y luchando con espada ancha y pesada, unido en contra del monarca que revolucionó el Alcázar estéticamente. Luego llegó aquella noche lluviosa de abril y su rostro ya no sería el retrato medieval de un general francés. La ficción se retiraba con elegancia para dejar pasar la realidad de una persona más allá de la abstracción de la Historia. El pseudónimo marcaba la referencia a fuego de su futuro, pero quedaría tatuado de la misma forma que la burla socarrona y pueril reconoce las debilidades de los niños cuando la infancia es un sueño que puede aspirarse y sentirse. Du Guesclin para identificarlo ante aquél que no lo conociera en persona, pero ya siempre sería Sergio. Mi amigo Sergio. Y el tiempo pasó y todo cambió. Ya no era solo el apellido de un mercenario francés, era algo más. No sólo eran las Sevillanadas más críticas, mordaces e irónicas, ni tampoco la Historia de la Sevilla que nos muestra a través de sus ojos y su buen hacer, se convirtió en mucho más.
Mi amigo Sergio es un tío especial, y me acuerdo de él cada vez que paso por la calle Rábida y veo las columnas que forman parte de la verja que separa el parque o cuando un rojo especial suena a gloria tras gritar Freddie: “lo quiero todo”. Sergio es una llamada en el momento exacto, una colaboración de lujo cuando quieres hablar de Historia, cervecitas en el Garlochí, un historiador vestido de arquitecto, el amigo de mi primo, Las Misericordias de Santa Cruz perfumadas por el azahar de la antigua Borceguíes, el descubrimiento de última hora, “La Escuela de Atenas” de Rafael, Ester, una película de espadas y caballos, la reencarnación de un emperador romano en un cócker o el premio de un pony inesperado. Mi amigo Sergio es el punto y final de una Madrugá eterna que termina en los labios entreabiertos de la Madre de un Gitano divino. La tez morena de la Niña de San Román que deshace en Angustias el final de una noche eterna.
La nobleza hecha persona, amigo de sus amigos, la sonrisa cuando te hace falta, la mano fuerte que agarrar y que te agarra. Ese es mi amigo Sergio, que hoy dará su palabra en una alianza que le convertirá en un galán de cine comprometido.
¡Disfruta de tu día mi General!
martes, 27 de abril de 2010
F.F.de C.
- Salí por la puerta... no me queda ningún recuerdo.
- Vuelve y al menos inventa una despedida... finjamos que la tuvimos."
"¡Olvídate de mí!" - Michel Gondry
sábado, 10 de abril de 2010
Los momentos...
A veces el final se contempla como un palio que se va. El palio se aleja lentamente y deja atrás un sabor agridulce que nos envuelve de melancolía y nostalgia. Una vez más, el tiempo se ha vuelto traicionero y nos engaña con engarces de belleza atrapados en suspiros etéreos y efímeros. El vaivén de unas bambalinas que marcan el compás de los minutos derramados en sílabas de oboe. De fondo suena la Banda de Música de Santa Ana y el bellísimo paso de María Santísima de Regla se prepara para enfilar la calle Argote de Molina. Pronto todo pasa. La quietud virtuosa deja paso al vigor sosegado. La bulla se mueve y sólo queda el rumor de lo acontecido minutos antes. Sevilla se hace y se deshace con una rapidez extraordinaria. Era Miércoles Santo, y sin embargo la 1 de la madrugada anunciaba ya mantillas. Dicen que la Semana Mayor te devuelve a tu infancia, que vuelves a recordar y a vivir como un niño, pero no te dicen que con el tiempo de un anciano. Las calles se beben la cera y en tu memoria sólo permanecen los recuerdos de unos días marcados por la transfiguración de nuestro espíritu. Así me sentí yo cuando la Virgen de la Hermandad de los Panaderos reviró en la calle Alemanes y el reloj se replegó sobre sí mismo para anunciarme la llegada del principio del fin. Fue entonces cuando me di cuenta que el final insinuado durante los primeros días, se materializaba. Ya era Jueves Santo cuando volvía a mi casa y sólo quedaba una Cuesta del Rosario empinada que terminaría en El Salvador Resucitado. El Jueves Santo el reloj nos engaña y juega con nosotros escondiendo un día. Cuando despiertas, ya es Sábado Santo y el epílogo se escribe con azucenas en el seno dorado de La Soledad.
Creo que me estoy haciendo viejo, y no sólo lo digo por la suma lógica de años, o por los nuevos dolores que han surgido en esta Semana Santa, lo digo por otros motivos. Por el paso ineludible, y cada vez más fugaz, del tiempo, y por mi incapacidad de expresión emocional. Cuando somos niños, aquello que nos gusta lo decimos con sinceridad y desechamos los menesteres que obstaculizan nuestra comodidad, regurgitamos improperios sin ser prudentes y entendemos más cosas sin el raciocinio de la madurez. Ahora que soy adulto me cuesta expresar con palabras todo lo que quiero decir en este texto. No se equivoquen vuesas mercedes, no pretendo hacer ninguna crónica de la Semana Santa de 2010. Hay gente que sabe hacerlo mejor que yo, y luego están los periódicos, que demuestran tener grandes redactores con calidad literaria suficiente. Con este texto pretendía escribir mis sensaciones, mis vivencias desde que se abrieron las puertas en El Porvenir y se cerraron en San Lorenzo, pero me doy cuenta que me estoy haciendo viejo y que sólo he escrito dos párrafos de torpes emociones.
Tal vez ya es demasiado tarde para evocar aquellos momentos cofrades que han enraizado en mi alma este año, que se han clavado de la misma forma que las miradas del Domingo de Ramos lo hacían con la Virgen que vive en San Juan de la Palma. Son muchos los finales que tiene nuestra Pasión, pero cuando entra la Virgen de la Amargura, no sólo acaba el Domingo de Palmas, acaba algo de la Semana Santa. Algo se desvanece y se esfuma sin que te des cuenta. Algo se evapora ante tus ojos y sólo eres consciente cuando las puertas de la iglesia se cierran. Entonces sabes que tendrás que esperar un año para volver a ver a San Juan intentando animar a María con las chanzas y corrillos de la calle Feria. Y te quedas perdido entre tanta gente. En soledad, rodeado de personas. Pero este año tenía a mi amiga Rocío. Me había acordado de ella algunas horas antes, cuando el Socorro del Amor endulzaba Cuna mientras Jesús de las Penas se escuchaba andar a través de Pantión. Nos miramos y recorrimos el inicio del Lunes Santo hasta el coche, haciendo balance de la jornada extinta ante las puertas de la Señora de la Amargura. La compañía de Rocío fue otro regalo. Es bonito saber que los recuerdos más bellos de un día pueden ser compartidos con una persona querida. Gracias Rocío.
Si el Lunes Santo me quedo con el inmortal reflejo de la Virgen de las Tristezas y la traición de Judas en la Alfalfa, el Martes Santo siempre tiene un recuerdo fijo que renuevo anualmente. A veces buscamos los momentos y los lugares más precisos del pasado para intentar vivir de la misma forma la felicidad de antaño. El flaco de Madrid, poeta canalla y pirata cojo, lo dijo en una ocasión, o tal vez lo cantó, que “al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver”, pero muchos de nosotros lo hacemos cada año, como peces de ciudad, cuando la Luna de Nissan ilumina el cielo sevillano. Quizás solemos caer en ese error, o puede que busquemos inútilmente sensaciones enraizadas en nuestra infancia, que tienen su eco en una madurez que se empapa de incienso nuevo cada año. Sin embargo, y pese a la frase de don Joaquín, creo que muchos de nosotros lo conseguimos, de forma diferente, pero alcanzamos emociones parecidas anualmente. La Semana Santa se repite todos los años, pero de forma distinta. Nosotros no somos los mismos. Nuestras circunstancias no son las mismas. La vida no es la misma. El tiempo no espera a nadie y la experiencia nos rebaja la candelería de la razón y la infancia la exorna de flores.
Pero el Martes Santo decía, tras divagar entre reflexiones barrocas y olvidar el hilo de este pensamiento abierto, que siempre tengo un recuerdo fijo. Hay un sentimiento que suele repetirse cada año, con sus matices diferentes, pero manteniendo su espíritu intacto. Me tiembla el pulso cuando intento comprender que Juan de Mesa creó la Muerte más Buena, o se me ahoga el aliento al ver llorar a la Candelaria por la calle Alcaicería, pero no son ninguno de esos dos los sentimientos exactos. Contemplé cómo se burlaban los judíos ante el Señor de la Ventana mientras todos los que estábamos en la Alfalfa nos rendíamos ante Él y Su Madre, que me conmovió como hacía años, pero tampoco era ese el sentimiento. Cuando la noche se cierra entre orcos sanguinarios que ignoran el mensaje trazado y la comprensión del respeto, Jesús es Presentado ante una turba ignorante y maleducada que se burla de Él y alborota la entrada del santo de Nursia. Allí es donde vuelvo a sentir, cada Semana Santa, lo que hace unos años palpé con el corazón. En esta ocasión me acompañaba un garabato artístico de aquel arroyo que bajara por el callejón de los nazarenos de la Fundación. Sin capirote y sin bocina, pero con la mirada de nazareno del Cristo de la Sangre, mi amigo Antonio, una de esas personas que te hace sentir bien, exquisita compañía la fría noche del Martes Santo, padre de una fiebre literaria apadrinada por Peyré, fue testigo junto a mí de aquél recuerdo fijo, de aquel sentimiento del que hablo. Y no hay misterio señores. No se trata de algo oculto o prohibido. No es un caso excepcional ni prodigioso. No esperen que anuncie la panacea de la emoción o la inconmensurable sensación del misticismo ascético que pueda sentir un religioso fanático, atado a la columna vertebral de su ideología. Es algo mucho más simple y mucho más sencillo. Mi recuerdo oscila y gira en torno a la mirada de mi hermana cuando abandona el terciopelo morado de su capirote y el Ave María se ha cantado en la Calzá. La devoción brilla en mis ojos porque ella hace que me sienta orgulloso. Ese recuerdo fijo que se renueva cada año tiene mucho que ver con las tardes de nuestra infancia, esas tardes de vídeos antiguos y la película de Juan Lebrón. Es mi hermana pequeña, la que me puede, culpable de ese sentimiento de cariño orgulloso. Tal vez sea porque en ese instante, la memoria me ofrece la visión de aquella infancia, lejana ya, que oculta la mujer que ya es y a la que quiero con locura.
Los crucificados del Miércoles Santo te dan que pensar. Sevilla convierte la Muerte en obra de Arte y los claveles rojos lloran con lágrimas de lirios. No pude ver a San Bernardo, el crucificado de la Escuela de Cristo que me recuerda una tradición de estreno, que vivió su segundo año allá en Cuaresma, cuando los sueños estaban por estrenar y las ilusiones se planchaban con papel de estraza. Decía que los crucificados te dan que pensar. La verticalidad mortal, que pende del madero presagiando el sudario del Sábado Santo, cae a plomo sobre la horizontalidad vital, el mar de personas que la rodea. Dos líneas perpendiculares que confluyen en el punto exacto marcado por el paso en movimiento. En Francos me reencontré con la Sed. Hacía mucho tiempo que no veía esta cofradía. ¿Hay algo más humano que tener sed? El Cristo de Nervión nos recuerda esa humanidad de Jesús, esa debilidad que demostraba su carácter más terrenal. Pero esa jornada está marcada por esa sensación que cité anteriormente, ver alejarse el palio de María Santísima de Regla. Otro de esos finales personales que me hacen consciente de cómo la cruz de guía del tiempo entra con adelanto en la razón de la sinrazón de esa Semana Eterna. Cuando el candelabro de guardabrisas del palio de Los Panaderos desapareció tras la esquina de Argote de Molina, la tierra, hasta entonces detenida en un suspiro ahogado por le exquisita revirá, reanuda su movimiento, pero mucho más rápido, para recuperar el tiempo congelado. Así fue como volví a casa, mientras recibía una llamada de cuatro hachones que esperaban en El Salvador. Por las calles vacías, ya brillaba el augurio de las peinetas.
A mi amigo Guille no le gusta la Semana Santa. Siempre ha hecho incursiones en los siete días de la Pasión de forma discreta, en ocasiones contadas y con motivo de casos muy concretos, como la salida de nazareno de un amigo o en la inmortal Madrugá. Quizás por estas premisas, me extrañó sobremanera que me llamara la radiante mañana del Jueves Santo, ofreciéndome ver la salida de Los Negritos. Y allí estábamos cuando el sol bañaba de luz una jornada brillante y exquisita, rodeados de trajes de chaqueta y mantillas. Me acordé de mi amigo Álvaro cuando observé los balcones que se convertían en palcos provisionales, y en mi amiga Mercedes, y busqué entre los encajes negros unos ojos verdes de gata, pero pronto aparecieron los característicos faroles de caoba y la efigie de Ocampo, don Andrés, el tío de don Francisco, de apellido Ocampo también, que se recordaría esa noche cuando ya no fuera Jueves Santo y el Silencio impusiera su cruz del revés en Sevilla y el Calvario fuera un monte de la Magdalena. Pero en ese momento estaba perdido en la curva sinuosa de Bizancio y en cómo una lluvia de pétalos grababa en mi cabeza mi primera salida de los Negritos. Y luego, una vez más, vi alejarse el palio entre peinetas, me acordé de mi amiga Reyes y sentí como la gente se movía de un lado a otro buscando nuevos destinos. El manto de la Virgen de los Ángeles brillaba al sol y las bambalinas perfumaban el aire con su vaivén, mientras la banda cerraba mi jornada de Jueves Santo. A partir de ahí, nada es lo que parece y los días se confunden para trabarse con los minutos y perderse en el tiempo sin tiempo de lo irracional. Las imágenes se sobreponen y la realidad es una confusión desvirtuada en una cascada de acontecimientos. Deja de ser hoy sin ser todavía mañana y no ha dejado de ser ayer cuando vuelve a ser hoy. ¡Pero qué estoy diciendo! Sólo sé que salí de mi casa el Jueves Santo para volver cuando el Sábado Santo ya era una realidad escondida en las frías calles de Sevilla.
La noche más larga, que termina cuando Las Angustias sienten expirar al Gitano de la cava, empezó como siempre para mí. Dos medallas. Dos escudos. Mi madre me ayuda a ponerme la cola por detrás del cinturón de esparto, mientras mi padre me lo abrocha y me ajusta los bajos. Luego el camino es siempre el más corto, mi abuela me lo señala desde su casa, para cumplir el rito y la regla que dijera don Rafael. Los momentos siguientes serán un compás a boga de ariete, al cuadril mientras la respiración se hace ruán, dos golpes de canasto para bajar el reloj de cera y pasos cortos. Gracias por permitirme, un año más, volver a acompañarte Señor, gracias un año más, por dejarme marcarte el camino Madre del Traspaso. Basílica, cuando todo se ha consumido y Sevilla no sabe si anochece de nuevo o amanece, en el momento en que el sol se asoma por las azoteas de San Lorenzo para contemplar a la Madre de Dios, sin éxito, porque cuando llega a la plaza, solo quedan los vencejos que acompañan a los nazarenos. Siempre por el camino más corto. Y se acaba. Se consume de la misma forma que la luz nueva del Viernes Santo. Se presiente el final cuando mis lágrimas se evaporan tras el antifaz, cuando vuelvo a casa para ser consciente que el epílogo de esta rosa de Pasión está escrito en la cera sin derramar de La Soledad. Como la penúltima levantá de una cuadrilla, acudí esa misma tarde para contemplar el Romanticismo de Sevilla y derretirme con una resucitada Ione tras Buenaventura. Fue el Cachorro quien marcó el ocaso de una noche fría. Me hizo ilusión volver a contemplar a la Sagrada Mortaja después de muchos años, pero me quedo con un instante preciso. Un momento congelado en mi memoria que no hacía otra cosa que retrotraerme a esa revirá del Miércoles Santo. Otra vez un palio alejándose. Otra vez el final escondido en la cera cuajada, derretida y solidificada. El paso del tiempo, oculto en el resquicio abierto a mi mirada, se materializaba en el bosque que precedía la peana de la Virgen de Loreto. Podía contemplar el final. Otro de esos finales. Se había consumido el Viernes Santo. No podía imaginarme que para mí también concluiría la Semana Santa entre la candelería del palio de San Isidoro.
El Sábado Santo, la fiebre me privó de despedir mi Semana Santa frente a la puerta de San Lorenzo, como todos los años. Una llamada de mi General me requería ante la oscuridad de una plaza que vive dos momentos muy diferentes en dos días unidos por el destino precipitado, y sin frenos, de algo inevitable, pero no pude. Y me quedé con la nostalgia de pensar que aún me queda un día más. Me quedé con la melancolía de sentir la ausencia de una jornada que se tornó febril. Y entonces todo se deshizo. Ya no hubo pasos. Ya no hubo incienso. Ya no hubo cera. Se alejó completamente el palio de Los Panaderos. Solamente hubo vacío, pero quedaron estos momentos que os he narrado entre reflexiones vagas de este aguaó que se hace viejo. No hace mucho escuché que la vida no se mide por minutos, sino por momentos. Tal vez estos sean mis mejores minutos, o mis mejores momentos de esta Semana Santa, y sólo quería compartirlos con vuesas mercedes.
Hace unos días, mientras estábamos sentados en el sofá, mi madre cosía hilvanando un volante de un traje de flamenca para la Feria de Abril. Dentro de mi ignorancia costurera, le pregunté si todo el hilo que estaba pasando de un lado a otro, tenía que quitarlo una vez la máquina de coser hacía su trabajo, a lo que mi madre respondió “sí… en esta vida todo es hacer para luego deshacer”. La Semana Santa se hace para deshacerse poco a poco, para volatilizarse y convertirse en un suspiro etéreo que permanece en nuestra memoria hasta el año que viene, y luego pasará como un suspiro, al nombrarla se desvanecerá, pero eso es lo que la hace grande. Eso es lo que hace que esperemos. Hoy ya es mañana y sólo queda esperar. Ya siento el principio de la cuenta atrás de la Luna de Parasceve, de nuevo estoy sentado en el banco de la espera, como haría un padre con su hijo. Y será en Sevilla, como dijo don Antonio Núñez de Herrera… “Tiene mucha importancia ser hijos de Dios… pero mejor ser sus padres. Porque ved que un día entre los días, como en la cumbre del monte sagrado, le dijeron a la ciudad: - Mujer, he ahí a tu hijo. Y era un lirio con siete pétalos a orillas del Guadalquivir”.
viernes, 26 de marzo de 2010
Cera
Velo oscuro de la promesa. Rocalla rizada del costado de palio. Rojo sangre del cuerpo de Cristo. Lumbre de sentimientos ante las lágrimas de cristal de la Madre de Dios. Tinieblas que iluminan la oscuridad del día. La luz de la fe. El fuego de la lengua que sigue el camino de la cruz. Ni se creará ni se destruirá, sólo se transformará en el tiempo fugado y breve que el Barroco materializa en siete días de Pasión. La cera es el preludio, la señal del comienzo, el mejor testigo de la Semana Santa, la marca más efímera que sufre la ciudad cuando todo se haya cumplido. Se consumirá con el aire de siete días, que son toda una vida, pero permanecerá en nuestros corazones desde la infancia.
Como la vanitas del Barroco, el suspiro de sabernos mortales, de la presencia de la Muerte, nos hace tener constancia del paso del tiempo. Si hay un elemento común en la Semana Santa que nos recuerda lo efímero de la misma, es la cera. Cuando se es niño, la cera es el mayor juego para la espera eterna de la llegada del paso. Las filas de nazarenos se multiplican y los cientos se convierten en miles. No hay número limitado en la infancia inocente del niño, pues las horas son siglos, como dijo el poeta. La espera es consumida por una bola de cera que no deja de crecer, como el niño que la alimenta. La cera se convierte en ilusión. Su picadura ardiente sorprenderá la inocencia de aquellos que no necesitan comprender lo que ocurre, porque lo están viviendo. La promesa, transmutada en luz de fe, se derrite en la penitencia como testigo de lo ocurrido, y desprenderá sus lágrimas de color sobre la bola de un niño. Principio, fin y principio de nuevo. La penitencia transformada en ilusión. El adulto sabe que la señal que deja la cera en el alma es más duradera que el calor que emana del pabilo, pero el chiquillo aún no lo sabe. La madurez se ha consumado y la ilusión deja paso a una conciencia del transcurrir del tiempo. Reloj de cera que se derrite cada año en las manos del niño hecho hombre.
Un año la bola dejará de crecer y descansará en un cajón junto al pañuelo de papel que servía para evitar la breve quemadura. Allí estarán las estampas dobladas por las esquinas y los caramelos que no se comieron. En ese cajón se guarda el juego de la espera penitencial, el tacto de la sonrisa de la infancia, el olor de la crepitación del humo, el sonido de la ilusión al gotear el tiempo derretido ante sus ojos. En ese cajón se guardan los años endurecidos en una bola que dejará de crecer porque el niño ya es adulto y la razón no deja entender lo que ocurre. Ya no hay que esperar al reloj porque es el tiempo el que se consume tan rápido como la cera de la promesa al cuadril, como la la penitencia que da luz.
Cuando todo se haya consumido quedará ella, como no podía ser de otra forma. La ciudad se vestirá con una alfombra de colores que demuestran el camino que ha seguido el Hijo de Dios y Su Bendita Madre. Y un año más, el niño seguirá pidiendo cera, mientras el adulto sabe que la verdadera marca de su infancia se queda guardada en el cajón de su alma, fundida y consolidada, como aquella bola que descansa en el cajón de los recuerdos de su niñez.
Excelente imagen del Canónigo Alberico
martes, 23 de marzo de 2010
Luz de Viernes
Ya no será lo mismo, porque todo es diferente. El final se acerca y todo reluce pero con un brillo distinto. Hay un cierto toque mate que bruñe las formas del día sacando un lustre de nostalgia y melancolía. Todo tiene una belleza sutil y delicada, casi insinuada. Se presiente la culminación y los roces suaves de la Pasión se deslizan con un tacto sedoso y terso, dúctil a la percepción de un sueño. Todo parece ya lejano y el Domingo de Ramos se convierte en huella para nuestra memoria. Se siente el final haciéndose eco repetido en el abismo de lo ascético. Todo aparece tremendamente reposado, sosegado y apacible. Se va cerrando la Semana en un curvo omega, tan extremo de aquel alfa luminoso. La luz es diferente. Todo será diferente. Se ahoga en un suspiro de último estertor el gozo y la alegría tan esperada y ansiada. No falta más aire en los pulmones del que espera, que justo antes de la ansiada llegada, y más pena marchita, que ver partir aquello que tanto se ha deseado. Por eso la luz del Viernes Santo es diferente. Alumbra con un velo transparente, traslúcido, un divino telón calado que deja ver un haz luminoso que se derrite. Se consume. Como la cera del penitente, que derrama lágrimas de tiempo consumido en la ilusión vivida en una Semana. Todo se acaba ya. Es el fin y no queremos verlo. Llegan las postrimerías de la Pasión, rebajadas como la candelería de un palio a su vuelta. Es el principio del fin, y llega con una luz diferente.
Y es en ese momento cuando sentimos que se nos va. Que no podemos hacer nada por parar el tiempo. Hay detalles que se repiten cada año, pero de forma distinta. No es lo mismo. El Barroco está presente en todos y cada uno de los pormenores que exornan la Semana Santa de Sevilla, sello inconfundible del tempus fugit. Hay una sensación de lo efímero y breve. Un examen meticuloso del paso del tiempo y de cómo los momentos experimentados un año, no serán iguales al siguiente. Todo es diferente y el prisma cambia. La sombra de aquel nazareno volviendo a casa por el camino más corto, alargada como el recuerdo de lo vivido, será un epílogo que anteceda la cubierta final del libro sagrado de la Gloria. Sólo la luz del Viernes Santo se repetirá. Una luz que irradia de una Mirada.
Ese final barroco aparece insinuado desde el principio. Le dio forma Francisco Antonio Gijón, y los años han querido que se difumine en retales a lo largo de los Siete Días Sagrados. Pero es el Viernes Santo cuando lo recordamos. Cuando miramos hacia atrás, y aún sentimos la sangre del pelícano que se abre el pecho por sus hijos. Porque se puede morir por Amor, y quien lo dude, que vaya al Salvador. O cuando el presente llama a nuestra conciencia y un Cirineo ayuda a llevar el peso de la cruz del último ruán negro. Cuando volvemos a sentir escalofríos en nuestra espalda al ver pasar al Gran Poder con su poderosa zancada, sobre la canastilla del creador del Cachorro. Porque cuando vio terminada su obra, ese Crucificado, Francisco Antonio Gijón se emocionó. No lo sabía, pero había creado el final del Barroco. Lo ignoraba, pero el colofón de lo efímero quedaba resumido en la agonía que tenía frente a él. Desconocía que los años lo recordarían como el ilustre imaginero que tallara la leyenda de un moribundo de Triana. Ya lo dijo don Antonio Núñez de Herrera: “Él le vio morir. Y aún le ve, con el recuerdo en las manos y la visión atormentada en el filo de las gubias. Después ¡Santana bendita! El escultor sigue viéndolo, transfigurado, cierto, con los ojos de la cara. Muchedumbre de gentes lo verían”. ¿Qué podía hacer?.
No pudo hacer otra cosa Francisco Antonio Gijón que emocionarse. Quiso esculpir la Expiración del Señor, y cinceló la volatilidad de una mortaja aún con vida. La abstracción de un rayo eterno que ilumina de forma diferente una tarde de luto en Sevilla. Lo etéreo convertido en madera y la espiritualidad en forma de suspiro agónico. Consiguió materializar lo divino y el espolón de la vida como remate en una Mirada al Cielo. No pudo hacer otra cosa que emocionarse, porque al contemplar su obra, Francisco Antonio Gijón se dio cuenta que había tallado la Luz. Porque el Viernes Santo no amanece cuando se escucha El Silencio de vuelta en San Antonio Abad, o cuando los vencejos reciben al Señor de Sevilla y a Su Bendita Madre del Mayor Dolor y Traspaso. Ni cuando el Calvario sella La Magdalena. Ni siquiera cuando la Esperanza se reparte por las dos orillas del Guadalquivir y un Gitano vuelve con los labios moraos a la calle Verónica. El Viernes Santo amanece a las tres de la tarde en la cava de Triana, y es entonces, sólo entonces, cuando podemos darnos cuenta que la luz de Sevilla es diferente. Ya no es la luminosidad del Domingo Ramos. La claridad del Lunes Santo. La alegría del Martes o el colorido del Miércoles. El brillo radiante y azul del Jueves Santo. La Luz del Viernes está en la Mirada glauca del Señor del Cachorro. El Santísimo Cristo de la Expiración que eleva su último estertor al Cielo de Sevilla para morir un año más en el ocaso malva de Triana. Allí dónde los rayos del día se desvanecen y se hunde el Sol para escribir el epílogo de una Semana que morirá al día siguiente, y volverá a nacer el Domingo de Resurrección. El principio del fin. Filosofía grabada a fuego de la Semana Santa de Sevilla. Se apagan los cirios de la Pasión y la Luz se derrama por el Cielo. Ha muerto el Cachorro.
Dicen que el Señor murió la Madrugá del Viernes Santo, pero en realidad lo hace cuando llega la noche, cuando la Expiración cruza el puente y exhala en Triana, a la altura de Callao, donde el Cachorro es un gitano con la cara del Hijo de Dios.
Texto publicado en la revista "Último Tramo" de 2009.
Fotografías gracias a Canónigo Alberico y Diego Escobedo
miércoles, 17 de febrero de 2010
No existe la espera
Pero, ¿son estos cuarenta días una espera? No. Sevilla no espera, Sevilla se prepara. Sevilla se transforma. Sevilla se viste de primavera y se queda prendida de una cuarentena que la fragmenta en sensaciones fundidas con el aroma del incienso que se presiente. Todo se presiente. Es la espera de lo que ya ha llegado. La realidad se transforma porque no existe una coherencia y al reloj se le para la arena de su destino. No busquemos un razonamiento porque no existe. No busquemos una explicación porque ya está ocurriendo. Es la paradoja de esta Sevilla donde una espera puede ser tan dulce como el momento de la llegada. El tiempo sin tiempo que diría el poeta. Saboreamos la sensación de una dulce angustia por el lento pasar de los días, sin saber que la espera no existe, porque Sevilla ya ha dejado de esperar. Esta cuarentena es efímera y breve y se evaporará como la canela y el clavo del incienso, se rebajará como el cirio de la penitencia, en un abrir y cerrar de ojos tan certero como el que pende de la pared del Hospital de la Caridad. Cuarenta días no es una espera, es un suspiro de aquél niño interior que parte el reloj para vivir otra vida dentro de la vida misma, degustando cada momento la ansiada llegada de la primera visión de la Pasión. Cuando crecemos perdemos la dilatación de las horas, sin embargo en estos cuarenta días la arena del reloj se irá cuajando como el aceite de la cera. Las agujas del tiempo descansarán conforme avancen los días. La vida quedará prendida de un capullo de azahar, en el momento exacto de mezclarse la miel y el vino, en ese instante preciso en que nuestra infancia vuelve a surgir de nuestro interior. Los días pasarán cada vez más lentos y se congelarán. Será entonces cuando volvamos atrás y nuestra niñez se presente de nuevo ante nosotros. Volveremos a tener la capacidad de ilusionarnos y la experiencia será una ausencia sin recuerdo. Nos alcanzará de nuevo la virtud de la inocencia y nos enfrentaremos virginales al Domingo de Ramos, como si nunca hubiera ocurrido antes. Entonces aparecerá nuestra infancia cruzando la ciudad y volveremos a ser niños. Y el incienso brillará y los cirios derretirán el tiempo. Volveremos a ser niños y tendremos ante nosotros toda una vida que se consumirá en siete días, para luego volver a esperar.
“Es tan dulce esperarte y soñar tu llegada, que no quiero que llegues, quiero oírte llegar” – Francisco Morales Padrón
Y llegará. El tiempo se detendrá cuando la eclosión de la Gloria esté a punto de hacerse nombre. Cuando ya nada se presienta porque sea una realidad. Todo estallará cuando le den la cruz a la Victoria de la Paz y un río blanco nos anuncie que El Porvenir ya no es un barrio, sino la Semana Santa hecha realidad… entonces se extenderán las palmas y los olivos, aquéllos que serán la ceniza del mañana. Las cenizas del Miércoles del año que viene.
Son cuarenta días, pero… ¿qué son cuarenta días? Cuarenta días es un suspiro, cuarenta días es toda una vida, toda una vida para morir en una semana.
“Desde el seno eterno del tiempo –como los ríos yacentes en las entrañas de la tierra, que al mar despierta con su remota voz–, vuelven siempre redivivas estas horas embalsamadas de incienso y de rosas para la inmortalidad. Así guarda Sevilla en su seno el ‘tiempo suyo’, y el hombre la muerte dentro de sí mismo, igual que se esconde el hueso en la fruta apetecible –que escribió el lírico germano, de la innumerable, caudal agonía–.“ – Rafael Laffón
Imágenes del siempre increíble Canónigo Alberico
miércoles, 10 de febrero de 2010
Nazarenas para el Gran Poder
sábado, 6 de febrero de 2010
Avatar
Si usted ha acudido a ver "Avatar" en 3D y ha tenido mareos o ha sufrido molestias oculares, está dentro de los afectados por el nuevo formato propuesto para los cines de España, Europa y el resto del mundo, según las noticias. Si por el contrario se encuentra dentro de aquellos usuarios del cine que no ha visto la película de James Cameron en 3D, no tiene porqué preocuparse por la posible repercusión en los defectos causados en la vista, sin embargo se ha perdido una de esas cintas que dejan un muy buen sabor de boca.
"Avatar" era una de esas películas que no me llamaban la atención. Leí la sinopsis y no consiguió engancharme. Escuchaba las buenas críticas y opiniones de mis amigos que habían ido a verla, pero no terminaban de convencerme. Un fin de semana, tal vez por exceso de recomendaciones, compré las entradas un día antes para asegurarme una buena butaca, aunque estaba seguro que la sala no se llenaría, pero me gusta ser previsor. Acerté. La sala se llenó completamente, a pesar de llevar más de un mes y medio en cartelera. Tenía tres horas de film ante mis ojos y me preparé para la ocasión. Apenas noté el paso del tiempo. Puede que este detalle no sorprenda en una película de acción, pero si a esta información le agrego que la cinta de James Cameron no tiene un guión extraordinario ni una historia espectacular, surgen algunas dudas sobre la calidad de la película. Nada más lejos de la realidad. "Avatar" es un espectáculo visual y auditivo, un film cargado de colorido y efectos sonoros magníficos enmarcados en una buena música, todo cargado de acción a raudales, que deja una sensación majestuosa cuando las letras finales despiden al espectador.
Con una muy buena dirección, James Cameron consigue crear una cinta con un argumento bastante predecible, pero no por ello decepcionante. Sabemos lo que va a ocurrir y los elementos que crean la historia, pero a pesar de ello nos gusta. No posee un guión brillante y lleno de giros sorprendentes, de hecho adolece de esos elementos sorpresa a los que nos tiene acostumbrados su director en anteriores cintas (“Terminator”, “Alien, el regreso”, “Terminator 2” o “Titanic”), pero consigue sumergir al espectador en el mundo de Pandora y concienciarse de la difícil vida de sus habitantes. Con un pequeño toque inocente que acoge la clasificación de todos los públicos y una pincelada Disney sin pertenecer a la compañía (con un malo muy malo incluido) hace que un film con un gran porcentaje de digitalización, se convierta en una aventura llena de sensaciones que todos queremos vivir. Pese a su alto contenido digital, el reparto ayuda a cerrar esta creación con las buenas interpretaciones, aunque no excesivamente brillantes, de Sam Worthington, Sigourney Weaver y Zoe Saldana, de la que sólo podemos ver sus facciones en el mundo Na’vi. Se completa la ficha técnica con la música de James Horner, compositor con el que ya contó Cameron en su ultrapremiada “Titanic”, y la fotografía de Mauro Fiore.
No es fácil. No es fácil pero James Cameron lo ha conseguido. Se ha gastado un presupuesto de más de 250 millones de dólares en crear un mundo fantástico donde el espectador es un visitante de lujo, y lo mejor: lo ha hecho bien. Con un grandísimo mensaje que transmite unas ideas muy claras y deja un regusto excelente, "Avatar" es de esas películas que consigue sacar una expresión de satisfacción a todo aquel que se pase por un cine a verla. Un film que ha sido nominado con cuatro Globos de Oro ganando dos (Mejor Película y Mejor Director) y que entra en las listas de los Óscar con nueve nominaciones (Mejor Película, Mejor Director, Mejor Fotografía, Mejor Banda Sonora, Mejor Montaje, Mejor Dirección Artística, Mejor Sonido, Mejores Efectos Sonoros y Mejores Efectos Visuales). Cameron, ante el grandísimo éxito de su obra, ya ha anunciado que habrá trilogía. Quizás sea porque las 3D me cautivaron, tal vez porque quise ser un Na’vi o puede que, sencillamente, fuera porque me hizo ilusión formar parte de una gran aventura visual y sonora, pero "Avatar" me gustó… además, siempre quise montarme en un dragón. Un ocho en la escala de diez.
¿Habéis visto "Avatar"?, ¿qué os parece la idea de la trilogía?
jueves, 4 de febrero de 2010
Tres años...
- No, ya no.
- Eso no se olvida ¿no?
- No".
"Alatriste" - Agustín Díaz Yanes
[Tres años repartiendo agua.
sábado, 30 de enero de 2010
Auschwitz
Algunos hombres giran la cabeza ante su nombre, otros responden con palabras duras, y muchos miran de forma extraña. Mantienen sus ojos vacíos e inexpresivos. Conozco esa mirada, pues tuve que contemplarla durante años ante el espejo. Son cicatrices que el tiempo se encarga de grabar a fuego en los arrabales de nuestro corazón. Sitian el alma de terror y desesperación que tarda en desaparecer. La mancha de la humillación emponzoña la conciencia y el pavor envenena la vida. La infancia se antojaba tan lejos… era apenas un esbozo de felicidad desdibujado en aquella tristeza a rayas. Nuestra infancia es como un juguete olvidado en el cajón de nuestra habitación, acudimos a ella cuando necesitamos refugiarnos de nuestra realidad. Huir de la presión adulta, de la madurez y sus problemas. Pero a mí me arrebataron mi infancia. Se encargaron de borrarla de mi memoria, sin embargo, fue cuando más intenté rescatarla. La buscaba y la ansiaba entre tanto horror. En ocasiones cerraba los ojos e intentaba soñar. Es difícil tener fantasías dentro de una pesadilla, sin embargo solía conseguirlo muy a menudo. Luego tenía que volver. Siempre había que despertar. Empecé a desear quedarme dormido para siempre en el eterno sueño de mi infancia olvidada. Aquella sensación inmaculada de la inocencia de un niño. De su libertad. De su tranquilidad. De su belleza idealizada. Siempre tenía que acudir a ella mediante recuerdos, porque mi infancia, hijo mío, se quedó fuera de aquella alambrada para siempre.
Dicen que hace mucho calor. Dicen que es cavernoso y que huele a azufre, que las tinieblas y la oscuridad se turnan para decorar el interior de sus entrañas, pero el infierno no es así. El infierno es frío. Frío como el metal de las armas. Frío como la humedad de los barracones. Frío como el alambre, como si no tuvieras sentimientos. Frío como el gas que evaporaba la dignidad de los seres humanos que lo poblaban y como los cuerpos inertes de mis compañeros, de mis amigos, de mis familiares. Fríos como los recuerdos que veo aparecer en sueños. Tan frío como el hielo que se acurrucó en mi alma para siempre. No supe a qué sabía la alegría y el tiempo se convirtió en el peor de los diablos de aquella morada. A la Esperanza se le paró el reloj y estábamos tan cercanos a la Muerte que nos confundían con ella.
Un día todo acabó. Parecía otro de mis sueños, pero hacía mucho que no soñaba. Nos rescataron y entonces desperté de mi madurez obligada. Ya no era un niño, pero me di cuenta que volvía a llorar como si lo fuera, volví a descubrir el tacto de la luz y el calor más allá del frío infierno. Volví a sentir la libertad de mi infancia y la belleza de la vida. Aquellos pequeños detalles de mi niñez siempre me han acompañado, porque cuando salí de aquel lugar me di cuenta que la vida me había dado otra oportunidad. Perdí mi infancia, pero volví a tener otra. Recuerda siempre, hijo mío, que tu padre sobrevivió al campo de concentración de Auschwitz, pero muchos de sus amigos, de mi familia y la tuya, perecieron allí. Mis cicatrices son las del Mundo civilizado, que debe saber mirar en ellas para no volverlas a sufrir.
Cerró la carta de su abuelo y la guardó en aquel sobre amarillento por el paso del tiempo. A partir de ese día, Violeta sintió la luz de la vida más fuerte que nunca…
Texto realizado para el programa Radio Estilo que dirige, magistralmente,
Saray Pavón Márquez
Desde aquí le agradezco la oportunidad que me brindó al participar
viernes, 1 de enero de 2010
Ya es mañana... y todo empieza
"¿Cómo siente Sevilla la devoción hacia Nuestro Padre Jesús del Gran Poder? Es indefinible; para el observador extraño, será siempre un misterio este movimiento impulsivo de nuestro pueblo hacia el Nazareno de Montañés" - La Ciudad, Manuel Chaves Nogales
jueves, 31 de diciembre de 2009
...otro día.
jueves, 24 de diciembre de 2009
La sonrisa del pastor
Hoy es Nochebuena. Hoy comienza la Navidad. Hoy un pastor sonreirá en el cuadro del retablo de la Anunciación, aquella obra impresionante de don Juan de Roelas. Una sonrisa que valía un cambio estilístico. Una sonrisa que sorprendía a Pacheco y le despertaba de su imperio inquisitivo. Una sonrisa que permanecerá intacta cuando el crepúsculo de la Estrella de Bagdad sea un hecho. Una sonrisa, queridos amigos, que no podemos olvidar en todo el año. Ahora es el momento de la solidaridad artificial, pero durante todo el año, es el periodo que tenemos para reescribir el guión planificado. Ese capítulo de este libro que es la vida. No nos quedemos sólo aquí. No nos quedemos atrapados en ese boceto que destila el devenir más cercano. El destino está escrito, pero podemos reescribirlo. Ese pastor sonríe durante todo el año, por eso yo os deseo una Feliz Nochebuena, una Feliz Navidad y la permanencia de la sonrisa, tu sonrisa, durante estos 365 días que vienen.
Un grandísimo abrazo de vuestro amigo Ramsés.
viernes, 18 de diciembre de 2009
Final
domingo, 13 de diciembre de 2009
F.F.de C.
- ¿Dónde estabas, chico psicótico?
- Quería destrozar algo hermoso".
¿Habéis sentido esto alguna vez?
lunes, 23 de noviembre de 2009
Cello
El alma es igual que el aire.
Con la luz se hace invisible,
perdiendo su honda negrura.
Sólo en las profundas noches
son visibles alma y aire.
Sólo en las noches profundas.
Que se ennegrezca tu alma,
pues quieren verla mis ojos.
Oscurece tu alma pura.
Déjame que sea tu noche,
que enturbia tu transparencia.
¡Déjame ver tu hermosura!
Estás hablando de una fotografía de Man Ray, le dije por primera vez roncando las palabras de mi garganta, pero con la misma seguridad con la que una voz sensual te invita a una cama gratis. Siempre he sido un experto para perderme entre los nutritivos escotes de las mujeres que asoman por El Torino. Agarro las curvas femeninas con la misma pasión con la que trabaja un escultor. No me importa gastar la lengua con los labios de bocas ajenas o tallar mi saliva con la madera de la nariz de Pinocho, si eso me sirve para salir acompañado cuando se acuesta la luna. Sin embargo, debo reconocerte que no supe interpretar el mensaje de ese tipo. Me miró sin saber de qué hablaba y me respondió tan serenamente como el silbido de un sicario tras despachar su trabajo.
¿Man Ray? No sé quién es Man Ray. Yo hablo de una mujer que conozco. Cuando escuchas hablar a un cello, el sonido de su corazón te atrapa como el canto de una sirena, como el alcohol embriaga los sentidos de un borracho. Puedes ver qué color tienen los sentimientos y la música de la vida. La elegancia toma forma y el perfume de las notas embriaga el ambiente. Así es la mujer que conozco. Te hace vibrar como las cosquillas del arco que dan vida a las cuerdas. Te hace temblar cuando te mira. Y su sonrisa parte en dos la conciencia racional de un hombre y vuelve cuerdo a un loco. Es capaz de derretir el fuego con su cuerpo. ¿Has conocido alguna vez a una mujer capaz de pintarse los labios con el carmín del vino? Así es ella. Elegante y con clase. Créeme cuando te digo, muchacho, que cuando la conoces jamás has sentido una tentación tan atractiva y prohibida a la vez. El alma es igual que el aire, con la luz se hace invisible. El alma del cello no se ve, pero se siente, sólo así eres capaz de tocarlo.
Fue eso. Nada más. No volví a verlo. Susurró una historia breve como el suspiro de un niño. Tenue como la luz amarillenta de la barra. El hilo destilado de su voz me acomodó una imagen borrosa en mi cabeza que sólo recuerdo cuando bebo ginebra. Desde entonces busco a una mujer que se parezca a la de Man Ray. Busco a una mujer que me enseñe el decálogo de la tentación del vicio y el alma oculta de un violonchelo. Cuando la encuentre le contaré mi historia y se la dedicaré para hacerla inmortal. Sólo tendré que decir: "para el cello que me enseñó cómo suena la vida..."
sábado, 31 de octubre de 2009
Erótico chocolate
No hacía ni más de veinticuatro horas cuando empezó todo, en el vestíbulo de su cine habitual, donde acudía todos los miércoles desde hacía más de diez años. Como acostumbraba, echó un vistazo a la cartelera y seleccionó la película nueva que iba a acompañarle esa noche. No tenía muy buena pinta, pero su papel de cinéfilo empedernido le obligaba hacer una visita semanal a su cine preferido, y el único filme que quedaba con algo de dignidad era ese. Compró su entrada y frenó sus pasos en el vestíbulo para aprovisionarse de un cargamento de golosinas dulces y saladas. Por ese motivo escogía la sesión de las diez de la noche, la mejor excusa para cenar palomitas con coca-cola, precedidas de un paquete de avellanas caramelizadas, y para rematar, una bolsita cargada de regaliz. Su estómago sabía rezar a tiempo y se preparaba para esos cócteles explosivos a media semana, a cambio, recibía una dieta sana y equilibrada el resto de días. Pero aquel miércoles fue diferente. Al acercarse a la vitrina de palomitas, y antes de saludar a Laura, la chica que le atendía en los últimos meses, algo le llamó la atención de forma inusual. Sus ojos se llenaron de asombro y el corazón le dio un vuelco vertiginoso. Sus pulmones se hincharon de aire y la boca segregaba un dulzor especial. Es la sensación del encuentro que paladeaba en ese mismo instante. Tras la vitrina aparecían, perfectamente ordenadas en su caja, las chocolatinas que tanto tiempo había esperado. Sonrió con labios bobalicones y su mirada se ablandó como si de una amante deseada se tratara. Pero no iba muy desencaminada tal sensación, pues esperaba encontrarla en su interior, guiñándole un ojo, besándose en la mano y lanzándole sus labios después de soplar sutilmente. Desde ese momento, supo que esa noche no habría palomitas con coca-cola, que no saborearía el caramelo de las avellanas, y que ni siquiera se mancharía la comisura de sus labios de negro, tras devorar el regaliz ávidamente. Empezaba a sospechar que esa noche, ni siquiera vería la película.
Conocía la obra de Mel. La conocía desde hacía mucho tiempo, pero por otros motivos diferentes a los artísticos. Ignoraba que sus pinturas eran el símbolo de un icono Pop de la época del consumismo. No le interesaba saber que cada uno de sus cuadros se relacionaba directamente con alguna multinacional, como el propio refresco que consumía. Tampoco se preocupaba en indagar sobre la forma y estilo en que sus figuras cuadraban a la perfección con los productos que aparecían en los lienzos. Sólo había visto uno, pero le daba igual. Le daba absolutamente igual. Lo único que quería, que deseaba fervientemente, era encontrar el premio que Mel le había sugerido cuando le encontró en una revista de corte erótico. No era la única publicación que tenía de ese estilo, pues hasta dos cajas de zapatos llenas bajo su cama, atesoraban en sus entrañas revistas de curvas peligrosas, perfiles imposibles, interiores atrevidos y deseos irrefrenables. Al ver la obra, pintura entre tanta fotografía resultaba extraña, pero no por ello menos atractiva, buscó información. Dio con ella en el pie de página, donde aparecía el autor, Mel Ramos… y nada más. Su imaginación tejió una red densa, amplia y extraña que terminó por atar cabos excesivamente surrealistas, pese a tratarse de un tema Pop, pero él no lo sabía. Ni le importaba. Nunca le importó. Ahora tenía la chocolatina ante sus ojos, la misma que tanto tiempo había esperado. La misma que tanto tiempo había deseado.
Abrió su cartera y sacó varios billetes. Sus ojos le brillaban y Laura se dio cuenta de ese destello inusitado en la mirada de aquel cliente habitual, la sonrisilla nerviosa y el pulso galopante que quebraba el aire en agitaciones convulsas. Cuando la joven comenzó a rellenar la correspondiente ración de palomitas, él negó con la cabeza y señaló la caja de chocolatinas marca “Snickers” que estrenaba localidad en la vitrina, extendió tres billetes en el mostrador y la requirió en su totalidad. Laura abrió mucho los ojos pero le despachó su petición, le cobró y le sonrió como hacía cada miércoles. Pero no era un miércoles cualquiera. No lo había sido desde que vio las chocolatinas. Acarició la caja con un gesto a caballo entre el cariño y la lujuria, aún en el vestíbulo del cine, sintió un calor sofocante ascender por su espalda y un vértigo que le cortaba la respiración. Estaba excitado y no podía esperar. Sacó su entrada del bolsillo, salió a la calle y se la dio a la primera persona que vio en la cola. Su imaginación daba forma a deseos carnales con ayuda de la lujuria, y la excitación le impulsaba a caminar cada vez más deprisa hasta su casa. Cruzó volando el zaguán, subió las escaleras de dos en dos y abrió la puerta a trompicones. Cerró tras de sí, se desnudó con una sola mano y se sentó en el sofá. Estaban solos él y su caja de chocolatinas “Snickers”. Se relamió nervioso. Estaba degustando ese momento con un placer inconmensurable. El brillo de sus ojos hacía desfilar la mirada en un vaivén intenso entre las barras de chocolate. El deseo y la lujuria eran dos ingredientes dulces para él, que se frotaba las manos al pensar, imaginar, sin problema alguno, la visión de una diosa pagana, de piel suave y rosada, de una blancura bella e idealizada, dorada cabellera, pechos turgentes y generosos, y un perfil perfecto. Una línea curvada en la armonía del equilibrio, uniéndose en una estrechez impecable. La sublime estructura formada de una Venus bellísima, que le miraba a través de unos ojos azules inmensos, cargados de sensualidad sugerente. Casi pudo sentir una erección. Chasqueó la lengua y se frotó las manos. Abrió la primera chocolatina y no encontró nada. Una suave brisa de decepción secó el sudor de su frente. Quizás tenga que comérmela. Una vez devorada la primera, sin éxito, acudió a la segunda. Le quitó el envoltorio y apareció otra nueva barra de chocolate. Se encogió de hombros y se la zampó en dos bocados. Comenzó así una tarea sistemática. Un bucle de tiempo encogió en repetición matemática el mismo gesto, a veces más rápido, otras a menor velocidad. Una tras otra, las chocolatinas se perdían en la ansiedad erótica del cinéfilo empedernido, que había cambiado su película por una ilusión.
Lo sabía. Sabía exactamente por qué estaba allí sentado. Esa ilusión… ya no era capaz de hacerse realidad, era una pintura. Se trataba de un tema del Arte Pop. Ahora lo sabía. Sabía quién era Mel Ramos a la perfección: un pintor nacido en Sacramento, California, en 1935, que descubre un filón a sus treinta años, en 1965, cuando sus mujeres desnudas representan marcas publicitarias en una época de consumismo y desarrollo. El estilo de cartel de Pop Art de Ramos deja al descubierto las estrategias de venta de la industria publicitaria al utilizar sus imágenes. Eso era. Un lienzo asqueroso entremezclado con las bellezas de su revista erótica. Un cuadro Pop… Ahora le importaba. Nunca le importó, pero ahora, mientras se deshidrataba sentado en el váter por comerse toda una caja de chocolatinas “Snickers” buscando una exuberante mujer de piel blanca y mirada fatal, le daba tiempo a pensar en su denuncia. Pensaba denunciarlo, sin duda alguna, porque la inocencia de personas como él podían verse en peligro. ¿Qué es una ilusión?, una visión desvirtuada de la realidad que se quiere ver. En ese momento otro retortijón acudió a su barriga y se retorció temblando. ¡Maldito Mel!














