miércoles, 10 de septiembre de 2008

El Humilladero de San Onofre: flores para mantenerlo con vida

“Cruz sobre pedestal que hay junto a un camino o a la entrada de una población”. Recordabas la definición que ofrecía el Diccionario de Fatás y Borrás. Tus conocimientos se habían ampliado y ahora sabías mucho más. Sabías que un humilladero, además de dicha definición, ayudaba a regular el tráfico en el cruce de caminos en el cual se colocaba. Recordaba a los viandantes la obligación cristiana de arrodillarse ante la señal de la cruz, así como persignarse y rezar. Incluso recordabas que, en algunas ocasiones, los humilladeros servían para instaurar los límites de la ciudad. Ocurría en el de la Cruz del Campo, y ocurría en ese. Pero lo que más recordabas eran aquellas historias de tu infancia. Aquella mano nudosa que te aferraba con fuerza y aquella voz que te decía que, sin saber quién ni cómo, siempre había flores frescas que mantienen con vida el lugar. El tiempo ha pasado. El mundo se mueve y no espera a nadie. Y a veces parece que no espera a nada.


Como las escamas de un pescado, las hojas del calendario se fueron cayendo, desvaneciéndose al paso de los días, las semanas, los meses y los años. Y empezaste a hacer el camino sólo. El puente ya no era el mismo. Los arañazos del tiempo aparecían como marcas de óxido en sus barandillas. Se había convertido en una vía secundaria, apartada del tráfico intenso y relegada al paso de camiones de mercancías o coches de bodas y convites puntuales. La acera comenzaba cuando el puente se hacía dueño del terreno suspenso. Y entonces apareció a tu vista. Aquella construcción que había resistido al tiempo, que había desafiado el paso de los siglos y que ahora se retorcía en una agonía incesante a la espera de su final, que tú esperas no llegue. Desde arriba la primera imagen. Siempre desde arriba. Te agarraste a la barandilla y dudaste si bajar o permanecer aferrado al presente antes de sumergirte en los recuerdos del pasado. Descendiste pausadamente por las mismas escaleras por las que otros pasos te guiaron años atrás. Te acercabas poco a poco y podías sentir que el abandono era mayor del esperado. Todo seguía igual pero dentro de un desconsuelo doloroso e insoportable. En tu interior sabías que quizás, ésta fuera la última vez que lo contemplaras, pues siglos de Historia se quebraban ante la desidia y dejadez del ser humano, pero te aferrabas a la esperanza de que no fuera así.



Ahora sabías más que cuando eras pequeño. Cuando lo mirabas, sabías de qué se trataba y qué secretos guardaba en su interior. Al verlo con estudiada mirada, te convertías en el Historiador del Arte que había en tu interior, y reconocías su estilo, elementos y detalles artísticos. Un templete Gótico-Mudéjar, de cuatro aguas que acaban en cuatro arcos apuntados, herencia del estilo Gótico, pero flamígero, casi rozando el siguiente cambio de gusto. Las puntas de diamante que acompañaban a los arcos dotaban el conjunto de un exquisito valor artístico, pues se relacionaban con el Mudéjar de forma directa. Gótico flamígero, como tu Catedral Hispalense, y Mudéjar, como tantas iglesias y parroquias de tu ciudad. Y todo realizado con piedra del Puerto de Santa María, como la Montaña Hueca de Mateo Alemán. El interior del templete te lo sabías de memoria. Desde la primera vez que tus ojos se llenaron de sus detalles y características. Una cúpula apuntada con dos nervios que se cruzan en el centro, rematado dicho encuentro en una bellísima clave. Y en los rincones interiores de sus cuatro pequeñas paredes en ele a modo de soporte, lucen cuatro magníficas semicolumnas con capiteles de mocárabes. Un precioso detalle que aportaba al conjunto un valor incuestionable y lo catalogaba de joya artística. Ahora bajabas por aquellas escaleras de metal oxidado, y te dabas cuenta que un puñado de años habían servido para azotarlo y maltratarlo. Un nudo comenzó a apretarte en la garganta, pero quedó completamente disuelto al descubrir un movimiento extraño en las sombras del interior del templete. Agudizaste la mirada y escudriñaste lo que tu visión alzada te permitía ver. Nada. Silencio y calor.



Por fin llegaste al suelo y te colocaste frente al templete. El Humilladero de San Onofre. Nunca habías escuchado este conjunto de palabras hasta que investigaste sobre él. Realizado hacia 1431, o tal vez algo más tarde, su construcción está íntimamente ligada al Monasterio de San Jerónimo de Buenavista, y la función que tenía éste de residencia real desde época de los Reyes Católicos, ya que todos los reyes llegaban desde Córdoba por el camino de la Rinconada y pasaban por dicho templete. Fama regia, habías pensado en más de una ocasión. Límite norte de Sevilla y de la leprosería de San Lázaro. En tu barrio siempre había sido el Santo Negro. Avanzaste en su interior y contemplaste la espalda de aquella escultura con tus ojos estudiosos. Un Sagrado Corazón de baja calidad pero alta devoción. San Onofre, el protector de los caminos, vestido con sus propios cabellos y barba, desapareció con el paso aplastante del tiempo. Cuando eras pequeño, tu abuelo te llevaba al Santo Negro, pero nunca era San Onofre. Y fue entonces, al recordar a tu abuelo, cuando los cuentos de tu infancia, aquellas leyendas cuyos personajes vivían atrapados en el pasado, se entremezclaban con la Historia. Rodeaste aquella majestuosa y alta figura que miraba al fiel que se arrodillase frente a su pedestal. Abajo, unas pequeñas flores de plástico flanqueaban otras naturales, ya marchitas, en un jarrón de porcelana blanco, mientras varias velas rojas se apilaban unas contra otras. Tu abuelo te había contado que allí fue donde el caballo de San Fernando paró a beber. Te había contado que una anciana vestida de luto lo vio y comenzó a traer flores. El cortijo de Tercia, donde se encontraba parte del ejército del asedio a la Isbiliya musulmana no quedaba lejos, tal vez fuera cierta aquella historia. O también podría tratarse del destacamento adelantado del Campamento Real, que estaba cerca de la Rinconada. De una forma u otra, tú te inclinabas más porque fuera una leyenda. Leyenda e Historia. Siempre mezcladas en la vida de tu Sevilla. Sopesaste la posibilidad que habías leído sobre un Via+Crucis hacia el lugar dónde te encontrabas, desde San Lázaro. Un Via+Crucis similar al que se dirigía al Humilladero de la Cruz del Campo. No era descabellado, pues la distancia existente entre el ahora Hospital y el Templete del Santo Negro, es la misma o muy parecida a la concurrida entre la Casa de Pilatos y la Cruz del Campo, luego era digno de tener en cuenta. Encerraba mucha Historia tu humilladero para yacer olvidado bajo un puente. Pensaste qué tuvo que sentir el 30 de octubre de 1914 don Miguel Sánchez-Dalp y Calonge, al redescubrir aquella maravillosa arquitectura que, una vez más, te cobijaba del sol.


El Tagarete, que todos llamaban Tamarguillo, te acompañaba con su fresco y rápido susurro. Te diste media vuelta y saliste fuera del templete, bajando la pendiente hasta el borde del arroyo. Subiste de nuevo y te apoyaste en uno de los pilares del humilladero. Observaste el curso del Tagarete acuchillando el terreno hundido algo más allá de uno de los soportes del puente. Hiciste un arco con la mirada y viste la palmera que se pegaba contra el muro. Dátiles y agua. Sonreíste. Los símbolos de San Onofre. ¿Una burla al pasado o una curiosa coincidencia?. Diste dos pasos en el interior del templete. Las marcas de incendios formaban regueros oscuros en el suelo y los rincones. Más allá señales de otros ritos inciertos. Te acercaste al pequeño lienzo de muro en ele delante y a la derecha del Sagrado Corazón. En la pared, marcas de chinchetas y clavos, oxidaban en pequeños círculos la piedra, y dejaban entrever imágenes de santos y vírgenes. Despintadas y carcomidas por los bordes. Imágenes religiosas que te miraban detrás de aquel halo celeste y transparente del despinte del sol. Volviste a colocarte delante de la gran escultura negra. El Santo Negro. Hacía calor. El aire era denso y espeso. Nada se escuchaba. Ningún pájaro. Ni siquiera los coches cabalgando sobre el puente. Un silencio hermético y tremendamente inquietante. Entonces bajaste la mirada. No lo podías creer. Allí estaban. Un escalofrío te subió por la espalda para acariciarte profusamente la coronilla. Frío en el cuello. Tus pequeños cabellos de la nuca se erizaron rápidamente. Un ramillete de flores frescas descansaba en el viejo jarrón de porcelana blanco. A ambos lados, las pequeñas flores de plástico y las velas rojas en su desperdigado orden. Levantaste la vista rápidamente. Miraste a un lado y otro. Tragaste saliva y sentiste un frío inhóspito alrededor de aquel sofocante calor. Silencio. Estabas paralizado bajo la penetrante mirada del Sagrado Corazón. No sabías si tenías miedo o curiosidad. Por fin decidiste moverte y explorar los alrededores rápidamente. Nadie. Estabas sólo. El calor te hizo calmar y el silencio se dilató hasta romper en un continuo murmullo. Como si hubiera vuelto, el arroyo volvió a correr rápidamente por su canal. Los pajarillos cantaban alrededor y las ruedas volvían a cruzar el asfalto del puente. A la espalda de la escultura y fuera del templete, observaste de nuevo aquella maravillosa construcción. Sumergido en la belleza de aquellas puntas de diamante, los magníficos capiteles de mocárabes y las nervaduras del interior, comenzaste a subir la oxidada escalera. Tus ojos volvieron a ver de forma diferente y el análisis acudió a tu mirada. Una profunda grieta partía el arco trasero en dos. Preocupación en tu rostro. Seguiste subiendo y tu cabeza se llenó de nostalgia, melancolía, rabia e impotencia. Un tesoro histórico-artístico, abandonado a la ignorancia y despreocupación de los de siempre.



Antes de llegar a la cima de la escalera, te volviste. Un impulso incontrolable te hizo girar. Te hizo mirar. Y entonces fue cuando me viste. Vestida de luto negro, con mis manos huesudas y atrapada en la Historia y la leyenda. Rezando ante el Sagrado Corazón ahora y ante San Onofre antes. Levanté la cabeza y nuestras miradas se cruzaron en una eternidad de siglos pasados. Parpadeaste y me perdiste. Llegaste arriba y deshiciste el camino. El mismo camino que hacías con tu abuelo. Pensaste que había sido tu imaginación, pero luego recordaste algo. Recordaste aquella voz que te decía que, sin saber quién ni cómo, siempre había flores frescas que mantienen con vida el lugar.

Con el tiempo viniveron dos más. No traían flores. Ambos tenían ojos inquietos y miradas que rebuscaban entre los entresijos del humilladero. Buscaban soluciones. Buscaban esperanza. Buscaban la protesta. No traían flores, pero uno de ellos traía una cántara de agua y otro un caballo con porte de General, y sé que, de alguna forma u otra, ambos elementos ayudarían a traer flores frescas. ¿Que quiénes eran?... ¡Dios sabrá! Sólo sé que harían algo por el lugar. Que esta historia que cuento tendrá continuación. Que estas palabras mías siguen allí... en un lugar dónde se escucharán mis rezos. ¿Dónde?, en las Sevillanadas del General.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Bernini vs. Rembrandt

La Mitología ha servido siempre inspiración a muchos artistas a lo largo de la Historia del Arte. Ha sabido adaptarse a todos los soportes posibles, ya sea arquitectura, escultura o pintura, sin olvidar aquellas técnicas como la musivaria, la orfebrería o la joyería, mal llamadas Artes Menores.

En ocasiones, un tema en concreto ha sido reproducido en varios medios y tratado con asiduidad a lo largo de la Historia, lo cual nos sirve para comparar cómo ha evolucionado el tratamiento de dicho mito según la época. Pero... ¿qué ocurre cuando coinciden en una misma época el mismo tema?, es el caso de El Rapto de Proserpina, cuya representación corre a cargo de Gian Lorenzo Bernini en Escultura y Harmennsz van Rijn Rembrandt en Pintura.




¿Qué opinan vuesas mercedes?, ¿os gusta la Mitología?, qué preferís, ¿escultura o pintura?, ¿Bernini o Rembrandt?, ¿quién creéis que representa mejor el mito citado?... echaos un trago para calmar la sed del calor que llegará con el veranillo del membrillo.

viernes, 5 de septiembre de 2008

A Beautiful Day




It's a beautiful day
The sun is shining
I feel good
And no-one's gonna stop me now, oh yeah

It's a beautiful day
I feel good, I feel right
And no-one, no-one's gonna stop me now
Mama

Sometimes I feel so sad, so sad, so bad
But no-one's gonna stop me now, no-one
It's hopeless - so hopeless to even try




Felicidades Freddie

martes, 2 de septiembre de 2008

A ti

Queridísima mía:

Te echaba de menos. No puedo evitarlo. Todos los años me pasa lo mismo. Cuando me voy de tu lado me falta el aire y se me encoge el alma. Por eso, cuando te vi a lo lejos, volví a sentir que me estremecía. Volví a sentir que me perdía en tu silueta. Volví a sentirte. ¿Qué te voy a decir que no sepas ya tú?


Estaba deseando volver a estrecharte entre mis brazos y cerrar los ojos, mientras tu perfume me envuelve y me endulza el alma. Despistarme entre los entresijos de tus cabellos de verde Murillo y sumergirme en el incienso de tu azahar. Acariciar tu piel de tapial y mármol. Convertirme una vez más, mientras te dejas querer, en el explorador de tus entrañas. Amarte sin importarme nada más, mientras el tiempo corre fuera y el mundo gira. Tan sólo, querida mía, anhelaba esto. Anhelaba el tenerte cerca para seguir con mi mirada aquellos rincones prohibidos de tu geografía, contarte lo que mi cabeza piensa o lo que mi corazón siente. Besar el talón de tu Señor, mi tendón de Aquiles. Perderme en esa Mirada que me puede, en el frescor entoldado de tus calles, bajo la sombra de tus magnolios o la afrutada fragancia de tus naranjos. Te necesitaba porque no puedo pasar mucho tiempo sin sentir tu latir en mis venas. Te necesitaba porque tú me das vida.


Y ya he vuelto, un año más, para volverme a preguntar qué es lo que tienes que hace que me vuelva loco. Que mi corazón de un vuelco cuando te miro y te siento. Cuando te recuerdo en mi febril sentimiento a flor de piel. Con tu primavera verde, tu 30 de mayo, esa niña de la cava que se llama Triana, tus campanas, tu Domingo de Palmas, tu luz, tu sonrisa fresca de Guadalquivir, tu palacio árabe, mi monasterio renacentista, tu Puerto de Indias, tu San Lorenzo, tu Virgen de los Reyes, tus parihuelas al fondo, San Fernando, tu Giralda, mi Betis, tu Nervión, esa Montaña Hueca de Mateo Alemán, tu Santa Cruz blanca, tu cielo, mi judería, tu don Bartolomé, mi don Diego, tus volantes de luces, ese Arenal de Maestranza, tu Santa Ángela, mi Sor Ángela, el Duque y Campana, tu lunes de pescaíto, tu Torre del Oro, mi torre de San Jerónimo, tus bambalinas y tus faldones, mi cera y mi antifaz, tus barrios y el mío. Tu gente. Tu corazón. Tu alma.


Queridísima mía, ¿qué hago?, no puedo evitarlo. Lo sabes desde hace tiempo. Lo sabes desde que abrí mis ojos por primera vez. Estoy enamorado de ti. Loco por tus entrañas y tus secretos. Absorto por tus encantos y tu belleza. Apasionado de tu Historia y tu Semana Santa...



Ya he vuelto Sevilla mía, y este humilde aguaó se ha dado cuenta, que te quiere todavía más.


Las impresionantes imágenes son gracias a mi amigo Canónigo Alberico


Boomp3.com

lunes, 11 de agosto de 2008

El guardia árabe

"necesitaba la impresión de la calle, el espectáculo de la vida oriental, el episodio característico, ocupado en coleccionar los documentos que debían servirle para pintar los primeros cuadros importantes" - Carlos Iriarte


La vista perdida. Dos niños jugaban. El sol caía con fuerza y sin piedad. Bajo mi sombrilla hacía surcos en la arena. No había brisa ninguna. Calor. Mucha calor. Miré al mar. El agua se antojaba fría. Dualidad opuesta. Calor fuera y frío dentro. Volví a fijarme en los niños de la orilla. Un agujero se abría en el suelo como un pozo oscuro. Apenas sumarían cinco años entre los dos. Sonreí. Ambos se fajaban en una empresa ardua. El agujero excavado comenzaba a estar amenazado por el avance del agua. Chapurreando palabras y rozando la perfección gramatical, pero sin conseguirla, trazaban la idea de apostar una suerte de barrera de arena que impidiera al agua destrozar su trabajo. De pronto, comenzó una batalla desigual. Una guerra entre el reloj y la voluntad. Un desafío entre el paso del tiempo y la fe ciega. Parecía interesante. Volví a sonreír y me fijé en el incesante trabajo de ambos chiquillos. No tenían dudas de que conseguirían sobreponerse a los envites del agua y contrarrestar las olas que avanzaban cada vez más. El agujero, circundado por un muro de arena que coronaba el borde, comenzaba a resentirse de las constantes agresiones del mar. Mientras, los dos niños hacían un pequeño foso ante la pequeña muralla que evitaba el paso del agua. Una nueva ola lamió sin miramientos el muro enfrentado a la orilla. La cara de los pequeños se tornó en un gesto de angustia. Se aleccionaban uno al otro. No había descanso. La implacable evolución de la marea los hacía sudar. Era una lucha contra la naturaleza, pero ellos no lo sabían. Una lucha contra el tiempo. Contra el reloj. Sus intentos por detener el avance del agua caían en saco roto. La desazón crecía en sus rostros al comprobar como una fina lengua de agua salada conseguía superar el muro y derretirse por el lado interno del foso. Pese a todo, no decaían sus intentos por detener la destrucción. Aún quedaba marea por subir. Observé el límite de arena húmeda. Estaba más alto de lo excavado. El trabajado agujero de aquellos niños desaparecería en cuestión de minutos. A pesar del desmesurado esfuerzo y de la férrea voluntad que abanderaban. Una auténtica pena. El tiempo se comería aquella obra de arena por mediación del agua. El salitre inundaría las entrañas del foso y desaparecería ante la mirada de aquellos dos pequeños. La forma volvería a ser un todo. La materia granulosa volvería a ser alfombra de arena del mar. Me sorprendí a mí mismo con ese aire trascendental. Casi filosófico. Tal vez necesitaba escribir. Echaba de menos arañar el teclado en busca de un texto. Demasiado halo romántico bajo la sombrilla. Entonces me acordé de Mariano Fortuny Marsal. De cómo retrató a aquel guardia árabe. De cómo tuvo que encontrarse con él y cómo atrapó su alma. Me imaginaba al gran Fortuny sentado frente al mar. Divagando en su último verano en la playa de Portici.


Dos viajes. El primero fue extremadamente corto, pero necesario. Sería la semilla que germinaría en un futuro. Aquellas imágenes quedarían impregnadas en las entrañas de su memoria y en lo más profundo de su ser. La atracción del Norte de África se convertiría en determinante para su carrera. Ahora, mientras miraba al mar, me imaginaba a Fortuny de la misma manera en el pasado. Perdiéndose en la inmensidad del agua. Realizando las obras que quería. Cuando quería. En sus propias palabras, pintando como me de la santísima gana, que le confesaría a Davillier, en ese último verano de su vida. El 12 de febrero de 1860 Fortuny llegó a la playa de Tetuán. Dos meses y medio se extenderían a partir de entonces madurando su relación con la pintura. Carlos Iriarte escribiría que el pintor estaba "casi siempre silencioso, nada comunicativo, pero sin tristeza ni mal humor, condescendiente, atento y benévolo... Fortuny vivía en medio de nosotros absorbido en fecunda contemplación y solicitado por todos lados y a la vez por mil episodios brillantes, pintorescos, inesperados y dramáticos que se desenvolvían ante él". No cabía duda. El gran Mariano estaba absorbiendo todo lo necesario para destacar en la pintura. Ese viaje se convertiría en el instrumento perfecto para crecer en su carrera pictórica. A Fortuny le gustaba involucrarse en el pueblo árabe. Se vistió como tal y se sumergió en aquella forma de vida. Pasaba desapercibido pero su cabeza lo retenía todo. Como un corresponsal de guerra, se internó en las entrañas del convulso momento. Y se llenó de apuntes. De esbozos. De dibujos. Recogió todo el material que pudo y estuvo en su mano. Fue tal vez en esa primera impresión de África donde se lo encontró. Fue quizás en 1860 cuando observó aquel guardia árabe. Al doblar una esquina. Sentado sobre una estera y ataviado con esos paños blancos que tanto juego daban a su pintura de luz y claroscuros. Sostenía un fusil en su mano derecha y le miró fijamente a sus ojos. Mariano quedó perplejo. La imagen del guardia imponía, pero su vista recorría aquel momento. Su cabeza se había convertido en una cámara oscura. Aquella imagen quedó latente en su memoria. El soldado estiró las piernas y desvió la mirada del pintor. Disimuladamente, Mariano dio varios pasos y echó una mirada de reojo. Seguía perdido en aquel misterioso hombre. El guardia había cogido una larga pipa y fumaba con desgana, mientras que Fortuny seguía reteniendo aquella imagen en su memoria. Tres años después lo plasmaría en un lienzo. El alma de aquel guardia árabe quedaría atrapada para siempre en un marco de luz y sombras. Un conjunto de claroscuros ricamente equilibrado. Sería allí, en Marruecos, donde Fortuny se liberaría de los convencionalismos y preocupaciones académicas. Volvería a Tetuán, pero la esencia de su madurez ya había sido plantada. Varios años después, en 1975, el Marqués de Lozoya resumiría a la perfección esta etapa, como bien indican sus palabras: "cuando salió de Roma era un simple discípulo, después de su breve ausencia volvió convertido en un artista completo".


Cortesía de ArteHistoria


Y me lo imaginaba en las postrimerías de su vida. Sentado en aquella playa de Portici. Haciendo un repaso de su carrera. Su corta vida. Era joven, pero aquellas molestias no cesaban. Se encontraba más débil y había notado que su estado había empeorado. Quizás por eso presentía que aquel verano iba a ser el último. Me acordé de Mariano Fortuny y me moví en mi silla de playa. Hacía calor. Muchísima calor y la sombra me había abandonado con mis pensamientos y mis recuerdos. Me levanté sin ganas y trasladé la silla. Me preguntaba qué habría sido del guardia árabe. Fortuny atrapó su alma y la dejó latente de vida en aquel lienzo de luces blancas y ocres. Envuelto en un sudario blanco fumaría pipa hasta que alguien le hiciera levantarse. Sin remediarlo. Quizás tuvo que hacer frente a su fin. Al fin de todo soldado. Quizás tuvo que batirse con su destino escrito. Hay caminos que ya están surcados de antemano. Tal vez Mariano lo presintió con aquel soldado, y por eso inmortalizó aquel momento. Posiblemente el propio Fortuny sintió que, como aquel guardia árabe, su destino estaba marcado como las encuadernadas de oscuros tugurios. La perforación de estómago que adolecía desde hacía varios años o la malaria de las Lagunas Pontinas. Las dos olas que habían sellado su destino en la ciudad eterna, hallá por 1874. Me levanté y caminé hacia la orilla. El agua avanzaba y dejaba surcos de su saliva salada cuando se retiraba. Entonces vi cómo la arena hacía un extraño. Señales del movimiento como cicatrices. Un hueco se abría de cara al mar. Acariciando con su blanca espuma el resto de corona de arena, el agujero había desaparecido. Un espacio abierto en dos brazos mostraba aquella corona de arena que los chiquillos habían hecho. Me recordaba un esbozo de la plaza de Bernini del Vaticano. Finalmente la batalla se decantó por los favoritos. El mar... el tiempo. Aquella construcción, derretida por el agua, era devorada como algo totalmente inevitable. Levanté la vista y busqué a los niños. Allí estaban. Más allá de mi posición. Jugando en la orilla. Ya habían olvidado la lucha anterior. Qué más daba... Sonreí una vez más. El sol y el calor de la mañana giraban para convertirse en tarde. Hora de darse un baño. Tal vez escribiera algo...

Desde Isla y gracias a Er Tato...

miércoles, 30 de julio de 2008

Vacaciones

Blanco. Blanco como un antifaz de la Amargura. Así se quedó don Anselmo cuando vio el maletero. Era la una de la tarde y seguía llevando cosas al coche. Puso los ojos en blanco y miró al cielo. Parecía buscar alguna respuesta en la inmensa bóveda azul. Pero no encontró nada. Se escuchó una voz aguda que salía de su espalda. Allí estaba su querida suegra. Parecía pintada en el decorado de la calle. Pero su barrio no era muy aficionado a las pinturas rupestres. Aquella mirada quemaba a don Anselmo. Más incluso que el impertinente sol, que azotaba con furia su cabeza, libre de malas hierbas allí donde la coronilla debía recibir el nombre de remolino. Su querida suegra, Manolita, aparecía a sus espaldas con una señora maleta y un batiburrillo de bolsas y macutitos varios que harían las delicias de perros registradores. Pero no iban a ningún aeropuerto. Don Anselmo resopló. El calor seguía apretando las tuercas de su cabeza y cada vez se le escapaba más sudor. Y quizás más paciencia. Echó un nuevo vistazo al maletero, abierto de par en par y totalmente acolapsao, como la Palmera. No cabía nada más. Tragó saliva el pobre de don Anselmo. Allí estaba él, frente a su viejo coche, bañado en sudor, literalmente, con la camisa abierta más de la cuenta, los pantalones medio caídos por el esfuerzo, como Cantinflas, resoplando aquí y allá, sosteniendo en cada mano una mochila y totalmente abatido. Justamente detrás, su querida suegra, quejándose por la demora de reacción de su yerno y por el tremendísimo desorden que reinaba en el maletero del coche.


Don Anselmo se volvió y le pidió una pequeña tregua a su querida suegra. La mirada del pobre hombre era de clemencia. Casi de súplica. Manolita suspiró y dejó escapar un desde luego. Con el murmullo incesante de la madre de su mujer a la espalda, dejó las mochilas en el suelo y contempló el maletero reflexionando. Estaba todo como tenía que estar. Don Anselmo, amante de los crucigramas y los autodefinidos, había calculado perfectamente cada rincón del habitáculo de su coche. Ya no cabía nada más. Todos los años es lo mismo, y nos vamos un mes... ¡¡un mes!!, pensó. Miró en el asiento de atrás y vio que la mitad ya estaba invadida por una serie de elementos prescindibles en las vacaciones para cualquier persona, pero no para su querida mujer. Su Anita, cabezona como ella sola. Menos mal que los niños ya son mayores van por sus propios medios, pensó don Anselmo, observando el ridículo espacio que quedaba para Manolita, la cual montaría en cólera cuando lo viera. Se volvió y le cogió a su querida suegra la señora maleta. El recortado soplido que le salió de su boca era producto del esfuerzo, pues el peso de aquel equipaje comprimido era similar a cuatro bocinas de hermandad con solera. Puso lo que parecía el arcón familiar en el asiento de atrás y se dio cuenta que doña Manuela iba a disfrutar de una ligera brisa todo el camino, pues cobraba fuerza la posibilidad de ir sobre el techo. Allí no cabía nada más. El pobre don Anselmo sudaba. El calor que no dejaba de apretar. Y para colmo, con agravio y sorna, una mosca decidió tensar aún más las cuerdas de la paciencia. Calor, sudor, maletero completo, bolsas, mochilas, señora maleta y dos moscas cojoneras: la que volaba sobre su cara y su querida suegra, que no dejaba de quejarse por la disposición de los elementos vacacionales en el coche. Tras disponer el maletón de una forma imposible, como aquella pieza de puzle que no quiere encajar, quedaban el par de mochilas, que hacían sombra en el suelo, y el batiburrillo de bolsas y macutitos de Manolita, que esperaba con un murmullo eterno, como ese transistor que se deja encendido por la noche. Miradas de un lado a otro. Esto tiene que caber aquí. Cuentas y sumas. Ecuaciones y raíces cuadradas. Don Anselmo medía con cuartas de su mano los pocos huecos que iban quedando. ¿Po no sale San Esteban to’ los años?, y parece que no cabe... ese palio... perilla a perilla. Así estaba el pobre de don Anselmo, sonriendo con la cara de bobalicón perdido en la tarde de un Martes Santo, sin escuchar los improperios de su querida suegra, cuando la vio aparecer. Su alma al suelo. Tragó saliva. ¡Más sudor!, parecía que decía su cabeza, simulando aquella frase de los Hermanos Marx, pero con un ligero cambio. Llegaba su querida mujer. Anita aparecía con otra maleta... ¡otra maleta!, una mochila más y la sombrilla, ¡coño la sombrilla, es verdad!. Tenía ganas de llorar. Desesperación. Abatimiento. Y para rematar la faena, Manolita se dejaba caer con un... anda, ahí viene Anita, y ¡fite como viene!, si hubieras puesto las cosas del maletero como te dije to cabría. No podía más. Tres mochilas, bolsas, macutitos y la sombrilla. Pero... ¿dónde iba a meter todo eso?, el coche parecía un palio recargado en exceso de exorno floral. Se dirigió a su querida suegra y le cogió las bolsas y macutitos. Había visto un hueco rigurosamente medido entre un espacio que parecía no existía. Pero allí estaba. Tapando el único resquicio libre de bártulos. Macutitos pegados al techo en la zona de atrás, adiós visión de la luna trasera, mochilas justo detrás del cabecero, poca calor iba a tener en el cogote, que ya de por sí babeaba como si tuviera una boca en la nuca, y por último, las bolsas. No sabía que tenían, pero tampoco le importaba. Las apretó con todas sus fuerzas entre el sillón y la zona para poner los pies del asiento de atrás. Una sonora protesta emergió tras don Anselmo. Su querida suegra gritaba impertinencias e improperios con la rapidez que un contraguía rectifica la trasera de un Misterio. Entonces se volvió y la vio. Manolita aparecía libre de cosas, pero en su cintura tenía una riñonera. Esa imagen le golpeó en su cabeza. Y detrás, su mujer con la sombrilla en la mano. Sudor. Calor. Moscas. Gritos. Calor. Más calor. Más sudor.


Y algo se movió dentro de su cabeza. Don Anselmo empezó a reír. No podía parar de reír. Tenía ganas de perderse entre carcajadas. Y era eso lo que hacía. Risas y risas mientras su querida suegra se enfurecía más y le pedía explicaciones a su hija. De pronto, el pobre hombre comenzó a moverse con rapidez. Parecía que ya no tenía calor. Sudaba, pero no le importaba. Tan sólo reía. Su mirada perdida. Mirada de loco. Cogió la maleta de su mujer, de su Anita, la llevaría delante... ¿por qué?, porque no había más sitio material. Imposible. Y ¿la sombrilla?, miró dentro del coche, donde Manolita ya se había sentado en el único rincón libre que quedaba, protestando, claro está, por la falta de oxígeno. En su airada reclamación de más espacio, golpeó las mochilas y una montaña de cosas cayó encima de ella. Don Anselmo reía. No podía evitarlo. Reía una y otra vez. Risas y risas. No escuchaba nada. Manolita aparecía cubierta de cosas, pero en lugar de ayudarla, don Anselmo le colocó la sombrilla en sus pies y apoyada en la puerta. Risas. Su querida suegra no estaba mal, solo más estrecha que antes de su protesta. Más risas. Anita se sentó delante y cerró la puerta. No dijo nada más. Don Anselmo cerró el maletero. Todas sus sospechas se cumplieron... no cerraba. Más risas. ¿Locura?, tal vez. Loco. Un mes... un mes en la playa y se llevaban toda la casa. De locos. Faltaban el somier y el romi, pero por lo demás, estaba todo. Cogió la cuerda de la sombrilla y ató como pudo la puerta del maletero. Sin parar de reír, y bronceado con un brillo de sudor se sentó en el coche. Calor. Sofocante calor. Puso la radio, aún de casete, y buscó una cinta. La puso y comenzó a relajarse cuando sonó. Evidentemente, su querida suegra soltó un comentario sobre lo inapropiado de la banda sonora que les acompañaría durante el viaje, pero don Anselmo no la escuchó. Se dejó perder en el sonido que salía de detrás de todos los bártulos que rodeaban la visibilidad interior de su coche. Se dejó perder en aquella marcha que le llevaba a esa Semana. Sonaba Virgen del Valle. Arrancó y por fin comenzaron a moverse. Eran las dos de la tarde y el pobre hombre echó un último vistazo a su casa. Al salir de su calle vio una persona ataviada de una forma extraña. Parecía que tenía ropa de otro siglo. Su mujer, su querida Anita, dijo que quizás fuera a una obra de teatro, pero que no comprendía por qué cargaba el coche con cántaras para el agua. Su marido le dijo que quizás fuera un aguador. O un aguaó. Y el caso es que, al bueno de don Anselmo, le sonaba mucho su cara.


Y ese humilde aguaó, un servidor que os escribe, carga sus cántaras en el coche para marcharse de vacaciones. Para recargar energías. Para leer. Para disfrutar y relajarse con su familia y amigos. Si todo va bien, estaré el mes de agosto perdido en una Isla con nombre de regente, así pues, me pasaré por un chiringuito que monta un famoso Tabernero, desde el cual podré visitar vuestros blogs de vez en cuando, aunque no sé si realizaré entradas o no.

Antes de marcharme quiero daros las gracias, una vez más, por estar ahí y conseguir que este humilde rincón avance y se haga más grande con vuestra presencia y comentarios. Gracias a los amigos anónimos que leen en silencio y no se atreven a comentar, a los que leen y luego me llaman, y por supuesto, a todos aquellos que me leéis, me dejáis un comentario y hacéis posible que mi motivación crezca y continúe adelante.


Precisamente gracias a todos vosotros, y a mi amigo Híspalis en especial, he tenido la oportunidad de ser entrevistado en el programa “Protagonistas Sevilla”, de Punto Radio, el lunes 28 de julio, dirigido por Fernando García Haldón y Teresa Puig, a los que desde aquí les agradezco su atención y su exquisito trato, pues es todo un honor para mí que se hayan fijado en mi blog para su programa. Gracias a vuestros comentarios, motivación y ánimos constantes, este blog sigue adelante y fue posible esta entrevista:

boomp3.com

Un fuerte abrazo a todos, y una vez más... gracias, de todo corazón.

Vuestro amigo Ramsés.

Gracias a
Er Tato por la grabación de la entrevista y al grandísimo Forges por sus viñetas.

viernes, 25 de julio de 2008

El rostro del pintor

"Esa fiera Gorgona y cruel a la que horriblemente colúmenes viperinos dan escuálida pompa, y espantosa tiene la crin" – Giovanni Battista Marino, 1613


Sudaba. Tenía la frente empapada. Su corazón bombeaba sangre con fuerza. Atrapado en su propio destino, avanzaba prudentemente. No se encontraba cerca de su tierra. No se encontraba en ningún lugar conocido. Allí sólo había oscuridad. Casi el fin del mundo. No lejos del reino de los muertos. Al Occidente Extremo. Un cavernoso hogar para tres monstruos. Una gran boca de piedra que daba la bienvenida a una profunda garganta oscura. Fauces de la muerte que recibían a todos aquellos que querían morir. Tres horribles hermanas, pero sólo una de ellas mortal. Se desplazaba con sigilo en el interior de aquel espeso lienzo de tinieblas. La vista se adaptaba como podía. Haces de luz repartidos por un angosto recorrido iluminaban con luz titilante pequeños retazos de aquel horrible agujero. Se acercó con mucho sigilo envuelto en penumbras. No se veía nada. Su corazón iba a estallar. En sus sienes sentía un martilleo profundo que se confundía con su agitada respiración. Un ruido. Los ojos se abren de par en par. Poca luz. Agarró con fuerza su espada y levantó el escudo. Un escudo pulido con esmero y conciencia. Tan brillante que reflejaba la realidad. Y esa era su intención. La poca luz del tenebroso lugar dejó ver miembros petrificados. Un brazo. Una pierna. Una cabeza cuyo rostro había quedado atrapado en un grito de terror. Llegó al final del angosto pasillo cavernoso y se abrió una galería con varias columnas. Poco más se podía ver. Un nuevo ruido. Los músculos se tensaron. El sudor brotaba a borbotones y caía en surcos interminables por su cuello. La mirada iba de un lado a otro. Pupilas dilatadas. Escudo en alto. Espada presta. Pegó su espalda a una de las columnas. Silencio. Nada. Un fortísimo silencio que helaba su sangre. Avanzó con paso inseguro sin hacer ruido hasta la próxima columna. Quietud. Silencio y calma. Una calma similar a la que antecede una tormenta. No se escucha nada. Tan sólo el corazón tamborilea en su pecho. Un siseo aceitoso cruza la galería. Denso y agudo a la vez. Levantó la espada y ocultó su rostro tras el escudo. Comenzó a mirar a través de él. Algo se arrastraba. Su corazón martilleaba con fuerza. El sudor no dejaba de empaparle. Un penetrante escalofrío recorrió su espalda. Algo se acercaba. Tragó saliva y abrió más los ojos. El ruido venía de la penumbra interior. De aquella garganta interminable de sombras y noche. No se veía nada. Tensión. Espera. Un nuevo siseo. La sangre golpea con fuerza sus sienes. Levanta el escudo y empieza a contemplar aquello que se acerca por su espalda. De nuevo silencio. Un olor nauseabundo le rodea. Y entonces, un reflejo dorado aparece ante sus ojos. Aquel monstruo ya no estaba a su espalda. Estaba frente a él. No pudo evitar contemplarla. Alas de oro y manos de bronce. Y su cabeza... su cabeza estaba rodeada de serpientes y sus ojos echaban chispas. Aquella mirada penetró hasta lo más profundo de su ser. No pudo dejar de mirarla. Y de pronto sintió que todo se paraba. Sintió que sus piernas se clavaban al suelo. Que sus manos quedaban atrapadas en un rictus mortal. Que su pecho lo aprisionaba con fuerza. Sintió que la piedra lo ahogaba por dentro y que su hálito de vida escapaba en un suspiro frío. Un suspiro de terror y muerte. Cuando la oscuridad eterna lo envolvía volvió a contemplar ese rostro. El rostro de la Gorgona Medusa. Aquel rostro que no era otro sino el suyo.


Michelangelo despertó sobresaltado. Jadeaba con fuerza mientras se miraba las manos. Aún lleno de incredulidad se levantó. Las sábanas estaban empapadas. Su frente brillaba de sudor. Se acercó al espejo y contempló su rostro. Había soñado con Medusa. Con la Gorgona a la que mató Perseo. En su sueño tenía que matarla... pero no pudo. Quedó atrapado por esa mirada petrificante de vida. Lo que más sorprendió a Michelangelo fue que el rostro de la Gorgona... era el suyo. El mismo que ahora contemplaba en el espejo. Se palpó su cara y comprobó que no había sido más que un sueño. Se dio media vuelta y observó el lienzo preparado para pintar. La luz del alba irrumpía con fuerza en la ciudad eterna cuando Michelangelo comenzó a teñir con pintura la inmaculada tela. No podía parar. Tenía una idea en su cabeza. Su mano se movía con destreza y agilidad y sus miradas oscilaban entre el espejo y el lienzo que empezaba a mostrar la silueta de un rostro. El esbozo de una mirada. Rondaba el año de 1595.


Francesco del Monte estaba muy orgulloso de su protegido. Aquel muchacho de 29 años demostraba en cada encargo que su genialidad pictórica era incuestionable. El Arte de la Pintura era un poder que conseguía dominar hábilmente. Sin embargo, su fuerte carácter, huraño, amargo y violento, a veces le jugaban malas pasadas. Aún así, Del monte sonreía. Por fin había acabado. Hacía un año que le encargaron las pinturas de la Capilla Contarelli, y las había entregado rápidamente. En ellas se podía contemplar un claroscuro perfecto. Un contraste de luces magnífico. El tenebrismo puro de un pintor que se abría camino hacia la fama. Si bien ese éxito lo compartía con sus riñas y continuos enfrentamientos. Del Monte no sabía que su protegido ya palpaba el Barroco con las dos manos. Lo único que sabía el cardenal era que por fin iba a contemplar aquella obra que le encargó hacía cinco años. Y entonces entró y la vio. Allí estaba la obra. Terminada y ajustada sobre un escudo, como había pedido. La cabeza de la Gorgona. Medusa. El regalo que le había prometido al Gran Duque de Toscana, Fernando I de Médicis. Del Monte no daba crédito. Unos terribles ojos le miraban desde la superficie convexa. Las serpientes se arremolinaban alrededor del rostro. Un rostro desencajado. Un rostro que destila dolor y sufrimiento pero a la vez transmite horror y pavor. Una cabeza recién mutilada de la que brota sangre mientras exhala un último grito ahogado. Un grito de miedo y odio. La cabeza de Medusa. La mirada de Medusa. Capaz de petrificar a cualquier ser mortal e inmortal incluso después de muerta.

Del Monte miró a su protegido. Michelangelo esperaba su opinión, aunque la mirada del cardenal expresaba su desconcierto. Silencio. Nadie habló. El pintor levantó la cabeza. Francesco del Monte volvió a mirar el escudo. Realmente aquel muchacho era un genio. Perseo utilizó el escudo como espejo para matar a la Gorgona. Igual que había hecho él para pintar el lienzo. Pero el rostro... el rostro era el suyo. El terror y el miedo procedía de aquel rostro que ahora esperaba con mirada arrogante una opinión. Para su sorpresa, el cardenal sonrió. Eres un genio, Michelangelo Merisi da Caravaggio, le dijo Francesco del Monte.


Corría el año 1600, y aquel encargo acabó en las manos del Gran Duque de Toscana. Las malas lenguas decían que el cardenal tenía otras intenciones. Por aquella época, había en el Palacio de los Médicis un cuadro con la misma temática, pero del gran Leonardo da Vinci. Del Monte quería demostrar que Caravaggio era tan bueno como el gran genio da Vinci. Algunos lo tomaron tan sólo como una oportunidad del cardenal para manifestar la gran calidad de su protegido. Pero qué más da... de una forma u otra, aquel escudo terminó en Florencia. En el Palacio de los Médicis. Observándolo todo con su mirada. La misma que atraparía la conciencia de todos aquellos que la vieran. De todos aquellos que comprobaran que aquel rostro de miedo y horror, era el de un hombre que en lo más profundo de su ser, se veía como un monstruo...


Retrato de Caravaggio - Ottavo Leoni

lunes, 21 de julio de 2008

¿Arte o Deporte?

Dentro de mis habituales preguntas sobre la Historia del Arte, encontramos algunas que sacaron debates muy curiosos. Entre esos ejemplos podemos destacar el provocador mobiliario de Allen Jones, la cuestión sobre la validez artística de un graffiti o la obra pictórica de Jackson Pollock. Hoy quiero haceros otra pregunta. Solemos englobar en la palabra Arte muchos objetos, edificios, escritos e incluso personas. Es muy normal escuchar que fulanito o menganito, dos muchachos que todo el mundo conoce, tienen mucho Arte por hacer esto o lo otro. Pero... ¿puede entrar dentro de la clasificación artística un gol?



Un gol es un cúmulo de elementos. Un conjunto de habilidades que se transforman en una imagen que puede ser atractiva o despreciada, según se mire. El DRAE ofrece el siguiente significado: En el fútbol y otros deportes, entrada del balón en la portería. Ya está. Sencillamente eso. Pero entonces debemos hacer una aclaración, ya que no todos los goles podrían tener características artísticas. Independientemente del equipo que se sea, de si te guste el fútbol o no, cuando se transforma un gol en un golazo, tiene varios elementos que pueden clasificarse como artísticos. Después de aclarar este detalle, os facilito el segundo volumen de los Grandes Goles de la Historia.


Después de ver ambos vídeos... ¿Puede llegar a ser un gol una Obra de Arte?, ¿es plausible englobar en una corriente artística alguno de los golazos que aparecen en los dos vídeos?, ¿Arte o Deporte?, ¿qué opinan vuesas mercedes?, ¿Obra de Arte o un juego?...saciad la sed pues, voto a tal, hace una calor de mil demonios.

viernes, 18 de julio de 2008

Feliz Aniversario

No puedo. En esta ocasión no puedo. Soy incapaz. Me siento ante el ordenador e intento escribir algo. Cualquier cosa. Un conjunto de palabras correctamente entrelazadas que tengan sentido. Que expresen aquello que siento. Pero lo pienso, reflexiono, y me doy cuenta que ese es el problema. Ahí radica la dificultad, pues no puedo expresar con palabras ni describir lo que siento. Hubo una vez que os lo dije. Hubo una vez que os lo confesé. Mientras paseábamos por las calles de esta ciudad que me vio nacer, os revelé mi incapacidad para escribir una entrada sobre vosotros. ¿Por qué?. Es muy sencillo. Más sencillo de lo que parece. No podría escribir nada que fuera tan bueno que igualara lo que siento por ustedes. Cualquier cosa que escribiera me parecería poco. Muy poco. Paupérrimo para todo lo que me habéis dado. Porque vosotros, mis padres, me habéis enseñado a ser como soy. Me habéis apoyado siempre. Me habéis educado y me habéis protegido. Por eso hoy, día de vuestro aniversario, tan sólo puedo felicitaros y daros la enhorabuena, por quererse siempre, como el primer día, enseñarnos a mi hermana y a mí los valores de la vida, la educación y el respeto, y convertirse en un punto de referencia al que admirar y tomar como ejemplo.

Como diría Mina, Parole, Parole, Parole. Me ha salido una pésima entrada. Ya os lo he dicho, no puedo escribir nada porque no se puede expresar lo que siento con palabras, así que os dejo a Eric Clapton y su 'Wonderful Tonight' en directo, que pertenece al disco "One More Car One More Rider".





Felicidades
Os quiero

Para mis padres...

lunes, 14 de julio de 2008

El Duelo (y II)

La esperanza de una victoria nubla la visión. Se escucha el jadeo en el silencio del alba. Los pájaros comienzan a trenzar la melodía de fondo. Nuestras miradas se cruzan. Los dos sangramos. Jadeamos. Entonces avanzo dos pasos y retraso la espada atacando con la vizcaína, mientras que mi contrario se revuelve con una agilidad incuestionable y se deshace de su daga al clavarla en mi pierna. El grito rompe la calma. Los pájaros enmudecen y remontan el vuelo. Retraso mis pasos y me apoyo en un árbol cercano, pero mi adversario no iba a darme tregua en el último momento. Me saqué la daga del muslo izquierdo y giré sobre mi mismo defendiéndome con la espada. Dos palmos de acero me silbaron junto a mi rostro. La cosa se ponía fea. Muy fea. Los lances eran rápidos. ¡Maldito trabajo!. La mente corre más de lo esperado. Ahora cojeo y sólo me queda intentar una última estocada. Si funciona, hay posibilidades de concluir lo pactado. Si falla, quizás el alba de esta mañana teñida de sangre sea lo último que contemple. Con la espada en una mano y la vizcaína en otra me desplazo lateralmente observando los movimientos pausados de mi enemigo. Han cambiado las tornas. Inesperadamente. Súbitamente. Él sigue sangrando por el costado, y el movimiento final parece que lo ha agotado más de lo pensaba. Siento como la sangre se desliza por mi pierna izquierda. La punzada es horrorosa. Un último esfuerzo. Una última estocada. Debe ser certera. Lo más certera posible. Mortal. Pasan segundos, pero el tiempo parece que se detiene. Nos miramos. Fijamente. La tensión se palpa. Un instante antes de lanzarnos el uno contra otro. Se siente. Se sabe. Se ve. El sudor acaricia mi rostro lentamente. Todo será. Todo acabará.


Como si de un resorte se tratara, se tensan aún más los músculos y una nueva coreografía se desarrolla rápidamente. Levanto la vizcaína pero meto mi vieja cazoleta al abdomen, me giro sobre mi pierna herida para dejarme caer con la derecha, pero él se desliza con soltura. Estocada al aire y media vuelta. Me hiere la mano y pierdo la vizcaína. Ahora ataca sin darme respiro. Parece no sentir dolor. Retraso mis pasos e intento un último golpe. Demasiado desesperado. Un corte en su pierna. Mi izquierda queda adelantada pero desprotejo mi flanco derecho. El costado es todo suyo. Y ahí. En ese momento, sientes que todo se acaba. Y cómo el acero penetra la carne. Y el dolor. Un intenso dolor. La boca sabe a sangre. Y a hierro. Una blasfemia al aire. Todo da vueltas. Unos segundos. Tan sólo unos segundos eternos. Demasiadas heridas. No hay rendición. Aprieto los dientes mientras mi contrario jadea y se lleva la mano al costado. Su herida está abierta, pero sobrevivirá. Sin bajar mi espada, siento como la sangre gotea en mis botas. Los dos flancos heridos. Pardiez, que de esta no salgo. Sigo con la espada en alto. No hay rendición. Segundos que parecen horas. Todo da vueltas. La pierna izquierda me falla. El sudor me recorre mi rostro. Todo se nubla. Mi adversario no se mueve, pero recupera el aliento. Siento que me falta el aire. Y las piernas empiezan a derrumbarse. No bajo mi espada. Mi cuerpo empieza a desplazarse hacia atrás. Todo se vuelve borroso. Nada está definido. Cuatro pasos atrás. Me caigo. Me siento caer. Estoy cayendo al vacío. Ya no veo a mi adversario. No veo a mi enemigo. Agua. Tengo sed. La boca me sabe... me sabe a hierro y sangre. Y entonces caigo. Sed. Hierro. Sangre. Ya no siento nada. In Ictu Oculi. Un golpe más y la cabeza estalla en mil estrellas fugaces. Oscuridad.


EPÍLOGO

Cuando desperté estaba en el Monasterio de San Jerónimo de Buenavista. Volvía a sentir dolor. Cualquier movimiento me asestaba una punzada en todo mi cuerpo. Un monje me dijo que no me moviera. Tenía un aparatoso vendaje en el costado. Me llevé la mano a él y lo palpé. Húmedo.
- Tenéis suerte de seguir con vida soldado – me miró con el gesto serio – si no hubiera sido por fray Miguel, aquel caballero te hubiera mandado con Dios, si ese es vuestro camino o hundido en la profundidad de los infiernos. Os vio caer y golpearos la cabeza contra el árbol del camino.
- Y... qué hay del caballero...
- Fray Miguel dice que cogió sus cosas y marchó al Monasterio de la Cartuja de las Cuevas. También dijo que se pondría bien. Al parecer, es vuestro adversario un famoso caballero, aunque digno de ser comparado con el mismísimo Belcebú, según cuentan algunos que han visto cómo despachaba a sus contrarios. Sois afortunados de seguir vivo. A voacé le ha salvado su juventud. Dios le ha dado otra oportunidad hijo.
- Quizás sea eso padre... Gracias – el monje me sonrió y se marchó de la celda. Así que otra oportunidad. Me palpé la pierna vendada. Demasiadas estocadas. Otra oportunidad... aquel famoso caballero volvería dentro de dos años. Y entonces tendría otra oportunidad para devolverle las estocadas. Dos años y de nuevo nos veríamos las caras. O no...